Durante octubre, Barranquilla y su área metropolitana cerraron con 39 homicidios, una cifra que, aunque representa una leve reducción frente a meses anteriores, no termina de convencer a todos los ciudadanos. En las calles se respira una mezcla de alivio, duda y desconfianza frente a los anuncios de las autoridades sobre la mejora en los indicadores de seguridad.
Mientras algunos barranquilleros aseguran sentirse más tranquilos y perciben menos hechos violentos, otros sostienen que la realidad cotidiana contradice las cifras oficiales.
“Yo me siento seguro; creo que eso depende de cada quien. Mira que a mí me toca andar por toda la ciudad y la verdad no veo nada extraño, no he visto atracos ni nada raro. Todo me parece normal”, dice Dairo Ortega, un domiciliario que recorre a diario distintos barrios del sur. Para él, la sensación de inseguridad puede ser más una percepción colectiva que una vivencia real.
Sin embargo, no todos lo ven así. Para Martín, residente del barrio Olaya, “una cosa es lo que dice la Policía y otra es la realidad. La verdad es que esto es grave, cada vez es peor. Inseguro totalmente”.
Un testimonio similar comparte Henry Camacho, quien fue enfático al resaltar su temor por estar en las calles; no obstante, asegura que no puede dejarse llevar por el miedo, pues debe salir a buscar el sustento para su familia.
“Yo te digo una cosa: yo voy de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa, porque ya uno ve tanta inseguridad que teme andar en la calle. Así como me lo preguntas a mí, se lo puedes preguntar a cualquiera, porque la inseguridad en Barranquilla es increíble y ya uno no sabe qué hacer”.
¿Qué hay detrás de la reducción?
Las cifras de homicidios han bajado, pero la explicación no es sencilla. Detrás de esta aparente calma podría haber tanto acciones institucionales como factores criminales que, por ahora, mantienen una tensa paz.
Para Luis Trejos, profesor e investigador de la Universidad del Norte, sería un error atribuir la reducción únicamente a la “mesa de diálogo” entre Los Pepes y Los Costeños.
“Es imposible afirmar que la reducción de algunos indicadores de inseguridad se deba única y exclusivamente a esa mesa o a la eventual tregua. No hay una herramienta metodológica que nos permita hacerlo”, explica Trejos.
Según el académico, la disminución de homicidios podría obedecer a una combinación de factores entre la acción de las instituciones distritales y metropolitanas, y los efectos temporales de la tregua entre los grupos criminales.
“Lo que pactaron Pepes y Costeños fue la disminución de los delitos relacionados con homicidio, extorsión y hurto. Eso es lo que debemos medir en cuanto a beneficios”.
Trejos también advierte que la tregua no tiene un marco jurídico formal que la respalde, por lo que podría ser una calma pasajera. “Hoy no hay un marco normativo que regule lo que está pasando. La mesa no va a terminar en desarme ni en desmovilización, y su continuidad dependerá de factores políticos nacionales. Si se rompe la tregua, podría venir el rebote de la violencia”, puntualiza.
Mientras las autoridades destacan los avances en seguridad, muchos ciudadanos continúan adaptando su rutina a un entorno que aún sienten frágil. Evitar ciertas zonas, moverse solo en horarios específicos y confiar cada vez menos en las promesas institucionales se han convertido en nuevos hábitos urbanos.
La reducción de homicidios es un dato positivo, pero en los barrios aún hay heridas abiertas: extorsiones silenciosas, robos cotidianos y una sensación persistente de vulnerabilidad. Por ahora, Barranquilla registra una tregua estadística; aunque las cifras bajan, la incertidumbre sigue.
