Mia Hamm lo tenía todo para triunfar en el fútbol. La leyenda estadounidense, una de las primeras superestrellas mundiales del fútbol femenino, debutó con la selección nacional con solo quince años y forjó un palmarés extraordinario: dos Copas Mundiales Femeninas de la FIFA™, dos medallas de oro olímpicas y el reconocimiento como Jugadora Mundial de la FIFA en dos ocasiones.
La segunda máxima goleadora histórica de Estados Unidos tenía tanto talento que incluso llegó a ejercer de guardameta, aunque solo fuera durante unos minutos, en la Copa Mundial Femenina de la FIFA Suecia 1995™. Aquel episodio se produjo tras la expulsión de Briana Scurry en el partido frente a Dinamarca, cuando el seleccionador Tony DiCicco ya había agotado todos los cambios. Sin dudarlo, Hamm asumió el reto y mantuvo su portería imbatida.
Hoy en día, Hamm sigue plenamente vinculada al deporte como copropietaria del LAFC, de la Major League Soccer, y del Angel City FC, de la National Women’s Soccer League.
Sin embargo, su implicación va más allá del terreno de juego. A través de la Fundación Mia Hamm, impulsa la concienciación y la recaudación de fondos para familias que necesitan trasplantes de médula ósea o sangre de cordón umbilical. La fundación nació tras el fallecimiento de su hermano mayor, Garrett, a causa de complicaciones derivadas de una anemia aplásica.
Este fin de semana, Hamm unirá fuerzas con otra gran figura del fútbol estadounidense, Alex Morgan, para organizar el partido benéfico Goal Cup en el estadio Rawlinson de la Universidad del Sur de California, en Los Ángeles. El objetivo es recaudar fondos para las fundaciones de ambas. Antes del evento, Hamm habló con la FIFA sobre su brillante carrera y comentó algunos de sus recuerdos más memorables en la Copa Mundial Femenina.
FIFA: ¿Hasta qué punto influyó crecer en Italia en tu amor por el fútbol?
Mia Hamm: Yo era muy pequeña; nos mudamos allí cuando apenas tenía un año. Mi padre iba a cursar un posgrado en la Universidad de Florencia y, rodeados de italianos y de aficionados de la Fiorentina, mis padres se enamoraron del fútbol. Él veía los partidos por televisión con uno de sus vecinos y, cuando regresamos a Estados Unidos y fuimos suficiente mayores para jugar, mi padre ya tenía un respeto y una pasión por el fútbol que probablemente no tenía antes de viajar a Italia.
Debutaste con la selección absoluta con solo quince años. ¿Cómo afrontaste un escenario de tal envergadura a una edad tan temprana?
No creo que estuviera preparada en absoluto. Creo que nuestro entrenador, Anson Dorrance, vio potencial en mí. En aquella época, la selección se reunía para disputar apenas cuatro partidos al año, o seis con suerte. Todo tenía más que ver con el futuro, con la idea de que yo fuera a la Universidad de Carolina del Norte y jugara para él. Fue una especie de prueba. Yo era muy inexperta cuando llegué a la selección y tenía muchísimo que aprender y desarrollar como futbolista.
¿Qué recuerdos guardas de la Copa Mundial Femenina de 1991?
Teníamos una gran ilusión por competir. Fue un torneo muy intenso, con solo doce selecciones y partidos cada dos días. Representar a tu país en lo que sentíamos como el mayor torneo posible era algo muy emocionante. Ser las primeras campeonas del mundo fue histórico y nos permitió dar un impulso decisivo al crecimiento del fútbol femenino.
Es muy conocido el episodio en el que acabaste jugando de portera en 1995. ¿Fue el momento más inesperado de tu carrera?
Sin duda. Había hecho algún ejercicio puntual bajo palos, pero en ese partido habíamos agotado los cambios y Bri fue expulsada por tocar el balón con la mano fuera del área. Recuerdo que Tony DiCicco, nuestro entrenador, se me acercó y me dijo: “Tienes que ponerte de portera”. Tenía sentido: ganábamos 2-0 y no podíamos prescindir de una defensa o una centrocampista. El primer disparo que tuve que afrontar fue un lanzamiento de falta desde la frontal del área. Fueron, probablemente, los once minutos más largos de toda mi carrera.
Debes de estar orgullosa de haber mantenido la portería a cero, ¿no?
Sí, pero debo decir que nuestras defensas se dejaron la piel para minimizar cualquier ocasión que pudiera ponernos en peligro.
¿Fue la primera y la última vez que jugaste como guardameta?
Sí, por supuesto. ¡Con mi estatura, no me quieren ahí ni en un buen día!
¿Cuál crees que es el legado más importante de la Copa Mundial Femenina de 1999?
Hay que reconocer el mérito del comité organizador, que presionó tanto a la FIFA como a la Federación Estadounidense de Fútbol para llevar el torneo a grandes estadios de todo el país. No solo creyeron en nuestro equipo, sino en todo el fútbol femenino. Además de hacer historia, sentaron las bases de un legado que ha permitido que el fútbol femenino llegue hasta donde está hoy.
¿Hubo algún gol o partido que marcara especialmente tu carrera?
En cuanto a mi evolución como jugadora y goleadora, tras los Juegos Olímpicos de 1996 jugamos contra Inglaterra en San José y marqué tres goles muy distintos entre sí. Fueron goles muy trabajados. Como delantera, me preocupaba por mi oficio: tenía muchas ganas de convertirme en una gran goleadora, pero no quería limitarme a marcar, así que me fijaba en la superficie, la textura y la velocidad del campo y buscaba entender la posición de la portera y las defensas para saber si debía golpear el balón con fuerza, darle efecto o levantarlo.
Todas estas cosas formaban parte de mi aprendizaje y en ese partido marqué tres goles muy trabajados y sofisticados. En términos de desarrollo como jugadora, me sentí muy orgullosa de aquello y me dio mucha confianza para seguir adelante.
¿Cómo gestionaste convertirte en el rostro del fútbol femenino a nivel mundial?
No fue tan abrumador como la gente piensa. Soy la cuarta de seis hermanos y siempre supe cuál era mi lugar en la familia. Nunca hubo sitio para egos. Formé parte de un equipo extraordinario del que aprendí mucho y en el que gané confianza cada día. Mis compañeras confiaron en mí y yo en ellas y salimos todas ganando. No hubiera sido posible sin su apoyo. Por ello, me resultó bastante fácil mantenerme centrada y con los pies en la tierra, porque es como mejor me siento. Además, nunca sentí que se tratara solo de mí; mi único objetivo era usar mi talento para el bien del equipo.
¿Cómo ves al equipo de Emma Hayes en este nuevo ciclo mundialista?
Creo que Emma ha aportado al equipo una alegría y una confianza renovadas. Ha inyectado entusiasmo, ha retado a las veteranas y ha dado alas a las jóvenes. Ha ofrecido oportunidades a muchas jugadoras, y es una entrenadora con una gran lectura táctica, pero también se preocupa por conocer a cada futbolista y ubicarla donde pueda rendir mejor. Como jugadora, cuando sabes que tienes la confianza de tu entrenadora y tus compañeras y te sientes preparada, saltas al campo con una energía extra de la que se beneficia todo el equipo.
Para terminar, este fin de semana se disputa la Goal Cup. ¿Por qué decidisteis organizarla Alex Morgan y tú?
Yo ya organizaba este partido benéfico cuando creé mi fundación, pero ahora Alex está haciendo un trabajo increíble con la suya. Pensamos que era una forma divertida de unirnos y, al mismo tiempo, de seguir devolviendo al fútbol y a la comunidad parte de lo que nos ha dado. En él, participarán celebridades, exjugadoras y antiguas compañeras de Alex. Los beneficios irán destinados a nuestras fundaciones, y tengo muchas ganas de ver a todo el mundo. Para nosotras, utilizar el fútbol para ayudar a las jugadoras más jóvenes, con todo lo que nos ha aportado a nivel personal, es algo fundamental.
