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El Oficio de la Luz: John Bitar, entre el estetoscopio y la vela

por Redacción: Noticias Coopercom

En el corazón ardiente de Sincelejo, donde el sol cae como una moneda encendida sobre los techos y la brisa levanta polvo y memorias, nació el 7 de julio de 1965 John Nicolás Bitar Beltrán.

No fue un nacimiento cualquiera: fue la llegada de un hombre destinado a mirar lejos, más allá del horizonte inmediato de las sabanas, con la obstinación serena de quien sabe que el mundo empieza en el patio de su casa, pero no termina allí.

Sincelejo era entonces una ciudad de campanas tempranas y conversaciones en las aceras. Allí creció entre relatos familiares que hablaban de Líbano, de letras, de medicina y de periodismo, como si en su sangre confluyeran el bisturí y la pluma, el microscopio y la metáfora.

Su padre, José Joaquín Bitar Bitar, fue el primer periodista de escuela que llegó a Sucre, formado en la severidad académica de la Pontificia Universidad Javeriana en los años cuarenta. De él heredó no solo el respeto por la palabra, sino la convicción de que contar el mundo es también una forma de salvarlo.

De un tío lejano y casi mítico, Salomón Bitar, médico formado en Beirut, recibió otra herencia: la del asombro. No lo conoció en vida, pero lo leyó en cartas y discursos, y descubrió que la prosa puede tener la misma precisión que una cirugía y la misma ternura que una despedida.

Cursó la primaria en el Colegio del Sagrado Corazón —el popular “Colegio de las Martínez”—, donde aprendió que la disciplina no es enemiga de la imaginación. Allí, entre pupitres de madera y cuadernos con márgenes azules, comenzó a dibujar el mapa de su carácter.

La adolescencia lo llevó a Bogotá, al Colegio Franciscano del Virrey Solís. Era 1978, y la capital le abrió los ojos a una dimensión distinta del país: más fría, más vasta, más compleja. Pero la muerte de su padre, en 1979, lo obligó a regresar. Hay regresos que duelen, pero también fundan.

Volvió a Sincelejo para culminar el bachillerato en el Liceo Panamericano. Se graduó en 1983 con una madurez que no suele acompañar a los dieciocho años. La orfandad temprana le enseñó que el tiempo no concede prórrogas y que el deber puede ser una forma de amor.

En 1985 emprendió el camino de la medicina en la Universidad del Norte. Barranquilla lo recibió con su humedad salobre y su vocación caribeña. Allí aprendió que el cuerpo humano es un territorio tan misterioso como cualquier océano.

Se graduó como médico cirujano en 1991. Luego vino la medicatura rural en municipios de Sucre, donde el estetoscopio era puente y la consulta, confidencia. En esos pueblos comprendió que la medicina no es solo ciencia, sino presencia.

Pero el horizonte volvió a llamarlo. En 1993, junto a su esposa Judith Name Guerra y sus hijos pequeños, partió hacia Estados Unidos. No fue una huida: fue una apuesta. Miami se convirtió en su aula extendida.

Estudió inglés intensivo en el Lindsay Hopkins Technical Education Center y se entrenó en el instituto oftalmológico Bascom Palmer como observador. Allí afinó su mirada clínica, como quien pule una lente hasta que la luz la atraviesa sin distorsión.

La oftalmología no fue una elección casual: fue una vocación por la claridad. Mientras otros exploran las sombras del cuerpo, él decidió custodiar la visión, ese milagro cotidiano que nos permite reconocer el rostro amado y el contorno del mundo.

En 1999, regresó a Colombia para especializarse en la Universidad de Cartagena. Obtuvo su título de oftalmólogo cirujano en 2001 y, desde entonces, ha ejercido con la sobriedad de quien sabe que cada ojo es una historia.

Pero no todo en él es bisturí y lámpara de hendidura. En Key Biscayne aprendió a navegar a vela. Descubrió que el viento también es un maestro y que el mar no se conquista: se respeta.

Esa pasión lo llevó a una empresa casi quijotesca: construir su propio velero. Durante tres años, en fines de semana y vacaciones, levantó pieza por pieza a “Agualuna”, una embarcación de 24 pies, con mástil y vela áurica, madera de teca y fibra de vidrio. No fue solo carpintería naval: fue un acto de fe.

En 2009, cuando “Agualuna” tocó el agua por primera vez, no botó un barco al mar: lanzó una parte de sí mismo. El constructor y el navegante se abrazaron en silencio, como dos versiones del mismo hombre.

Su vida familiar es otra travesía sostenida. Judith ha sido puerto y cómplice. Sus hijos —José Joaquín y David José, administradores; María José, abogada— prolongan la estirpe del esfuerzo. Y los nietos, Antonio y Alicia, son faros diminutos que iluminan el porvenir.

De esa mezcla de médico, navegante y heredero de periodistas nació el escritor. Su inclinación por la palabra lo acompañó siempre, pero fue el mar el que terminó de abrirle la compuerta.

Su novela, El infinito mar del tiempo, no es solo ficción: es una cartografía del alma caribe. Allí, el Golfo de Morrosquillo y el Islote de Santa Cruz se vuelven escenario mítico, donde el tiempo se pliega como una vela bajo el viento.

El poeta José Luis Hereyra Collante escribió sobre su obra que el mar une “sudor y lágrimas”. Esa frase basta para entender el tono de la travesía: no hay épica sin herida, ni aventura sin memoria.

En sus páginas, el mar no es decorado sino personaje. Es una criatura viva, de respiración profunda y paciencia milenaria. A veces manso como un animal dormido; a veces feroz, con dientes de espuma y mandíbula de tormenta.

El mar que describe John Bitar huele a sal antigua, a madera mojada, a redes recién izadas. Es un espejo movedizo donde los hombres se miran y se reconocen frágiles, pero también obstinados.

Hay en su prosa una tensión constante entre ciencia y misterio. El médico que mide presiones intraoculares convive con el narrador que intuye engranajes invisibles del tiempo. Ambos habitan el mismo cuerpo.

John Nicolás Bitar Beltrán es, en suma, un hombre que ha aprendido a navegar en tres aguas: la del conocimiento, la del oficio y la de la imaginación. Médico que devuelve la luz; constructor que confía en el viento; escritor que escucha el rumor profundo del océano.

Y como todo buen navegante, sabe que ninguna travesía termina del todo. Porque mientras exista memoria, mientras alguien lea o mire el horizonte, su historia —como ese mar infinito que lo habita— seguirá avanzando, ola tras ola, hacia el porvenir.

Con el telón ya descorrido y el personaje en cubierta, presento veinte preguntas concebidas no como un simple cuestionario, sino como una travesía intelectual y humana por las aguas de su memoria, su vocación y su obra.

  1. ¿Cómo recuerda su infancia en Sincelejo, esa primera geografía emocional que lo vio nacer el 7 de julio de 1965, y qué huellas de aquel paisaje persisten hoy en su carácter y en su manera de comprender el mundo?

JB: Fui el menor de seis hermanos. La vida entonces era apenas una alegre perspectiva de todo lo que vendría, y entre juegos, estudios de primaria y una inocencia protectora, esperaba entusiasmado cómo sería “cuando estuviera grande”. Nada faltaba, en el seno de padres amorosos y proveedores solícitos la infancia fue una época inolvidable. Recuerdo con especial nostalgia el llamado para almorzar “los ocho en la mesa”. 

En el Sincelejo aquel, los días transcurrían sin prisas, en una especie de letargo amable en donde todo estaba cerca, todo se conocía, todo era alcanzable sin afanes. 

Sincelejo cambió rápido y con él la vida. Aquel de la infancia ya no se concibe como un sitio geográfico, es ahora un lugar en la memoria, un anhelo del corazón que no permite el retorno.  Permanece la casa paterna —hoy deshabitada— como testigo de años felices y guardián de entrañables recuerdos. 

Se rehúsa uno a pensar que lo que fue amorosa realidad un día, sea hoy absoluto olvido, y se apela entonces a la esperanza de que, aun cuando sea en algún punto remoto e inalcanzable, el tiempo, compasivo los guarde en un eterno ahora. 

  • La muerte de su padre en 1979 marcó un quiebre temprano en su biografía. ¿De qué manera esa pérdida redefinió su sentido de responsabilidad y su concepción del destino?

JB: Si, sin duda alguna, la partida prematura de una padre marca un quiebre definitivo en el niño que queda. Todo cambia y todo parece derrumbarse en un instante.

 En términos de responsabilidad podría mencionar que me hice la promesa de no permitir que sucediera lo mismo con mis hijos. Fue quizás una de las razones por las que pedí matrimonio a mi esposa cuando apenas ella con diecisiete años y yo con diecinueve nos casamos.

Quería ver crecer a mis hijos, hacerse adultos, que contaran conmigo y contar también con ellos para vivir el amor que nunca es completo en ausencia.

Éramos “niños criando niños”, como alguna vez nos dijo una vecina mayor, pero fuimos capaces.

El deber se nos imponía a temprana edad, el destino —en el que creo determinado desde antes de nacer— nos aguardaba, a él hemos llegado y lo seguimos abrazando.

  • Su padre, José Joaquín Bitar Bitar, fue pionero del periodismo en Sucre. ¿Qué herencia espiritual o intelectual siente usted que recibió de él, más allá de la sangre y el apellido?

JB: Puedo decir que mi padre fue un hombre culto, inquisitivo, de verbo fácil y elocuente, un redactor fluido y claro.

De él recuerdo una memoria admirable, su intensa afición por la lectura y su empeño por ponderarla ante sus hijos como un hábito que forjaba buenos hombres y mujeres.

Podría decir que de él recibo esta tendencia a escribir, el gusto por la lectura, la inclinación creativa que he intentado -debo decirlo- tímidamente desarrollar.  

Pero, además, hay un aspecto que sí tiene que ver con la sangre, decía jocosamente mi suegro Asaad Gerardo Name Quessep (QEPD), médico psiquiatra, que yo estaba “cargado con genes fenicios” y que mi pasión por la navegación venia con mis abuelos paternos, llegados del Líbano. 

  • En su formación hubo desplazamientos decisivos: Bogotá, Sincelejo, Barranquilla. ¿Cómo influyeron esos cambios de ciudad en su mirada social y en su sensibilidad humana? 

JB: Los cambios de ciudad, de cultura y de contexto traen como resultado una visión ampliada del mundo, una mejor comprensión de la existencia y con suerte, del lugar que a cada uno corresponde. Permite el contraste entre lo “antiguo y lo nuevo” o entre lo que se tuvo y se dejó atrás y lo que en adelante se obtiene. 

Eso permitió identificar y valorar las bondades de este entorno sin dejar de reconocer los otros, como también sus carencias y dificultades y la necesidad de contribuir en lo posible a resolverlas. 

Puesto todo en balance, supe con relativa facilidad en donde quería que trascurriera mi vida y a que actividades y oficio quería dedicarla.

  • ¿Por qué eligió la medicina como camino profesional? ¿fue una vocación temprana o una decisión que se fue revelando con el tiempo?

JB: En la familia ha habido varios médicos, podría decirse que en cada generación la tradición se mantuvo. En mi caso fue una vocación temprana reforzada por la promesa hecha a mi padre el último día en que hablamos. 

Fue una conversación telefónica: él en Barranquilla a punto de abordar un avión, yo cursando segundo de bachillerato en Bogotá. 

Le prometí que sería médico; dos días después fallecería en un hospital en Houston, Texas, a donde viajó para un tratamiento que no alcanzaron a realizarle.

A partir de ahí la vocación fue reforzada por una promesa inquebrantable, honrada en su memoria.

  • En su ejercicio como médico rural en los municipios de Sucre, ¿qué le enseñó el contacto directo con la vulnerabilidad humana que ninguna aula universitaria podía ofrecerle?

JB: Que incluso en medio de la vulnerabilidad y las carencias el ser humano es capaz de expresar su mejor condición. 

Recuerdo como las precarias condiciones locativas y ambientales y las limitaciones tecnológicas de la época en ocasiones frustraban nuestros objetivos. Se hacia todo lo humano y técnicamente posible y muchas veces —no con poco éxito— se tomaban decisiones y se trabajaba con lo que se tenía a la mano. 

Eran esas situaciones y decisiones que como dice el enunciado de la pregunta, ningún aula universitaria en donde todo se aprende según protocolos y esquemas establecidos, logra enseñar.

Y en medio de las necesidades y el dolor de la enfermedad, aparecía la fe con devoción por el médico, la solidaridad entre ellos, la comprensión y la disposición a ayudar sin retribución alguna.

No pocas veces fuimos abrumados por el afecto y por los humildes obsequios de los que se desprendían en medio de su modesta condición y que nos insistían en recibir. 

Hay mucho que hacer aún por esas comunidades, pero también mucho que aprender de quienes, despojados de pretensiones materiales, incluso hasta de la esperanza, muestran que todo ser humano, por humilde que sea, tiene en su espíritu algo valioso que dar.

  • La decisión de emigrar a los Estados Unidos en 1993 supuso un salto cultural y emocional. ¿Qué significó para usted empezar de nuevo en otro idioma, en otra lógica de vida?

JB: Un reto asumido con el entusiasmo propio de la juventud y la expectativa de los objetivos propuestos, aunque no exento de algún temor inicial con respecto al cambio cultural y al nuevo idioma por aprender, y que se disipó pronto, en tanto los estudios empezaron y la adaptación se dio sin dificultades. 

Pesaba también la añoranza por el resto de la familia, del ambiente, de la calidez tan esquiva en esa cultura, aspectos que encontraban compensación en lo valiosa de la experiencia y en la ganancia de los conocimientos y de la segunda lengua adquirida.

  • En el instituto oftalmológico Bascom Palmer, bajo la modalidad de observership, ¿qué descubrimientos técnicos o éticos, marcaron su comprensión de la oftalmología?

JB: En cuanto a los técnicos o tecnológicos, podría mencionar lo que en la época fue la adopción y puesta en práctica de una nueva técnica revolucionaria para la cirugía ocular de cataratas que permitía reducir el tamaño de la incisión, la consistencia del lente intraocular y una recuperación más fácil y rápida. Años después, sería adoptada por muchos países incluido Colombia, ayudando a millones de pacientes alrededor del mundo. 

En lo ético, llamó siempre mi atención el inmenso respeto y dedicación de nuestros médicos tutores por sus pacientes. La acuciosa calma en el examen, el tiempo dedicado a escucharlos en la anamnesis, la calidez en el trato que contrastaba con la distancia en otros ámbitos de la vida. 

Era inevitable compararlo con lo que empezaba a observarse aquí, y que hoy lamentablemente es ya una queja permanente en relación con la atención deshumanizada en un sistema masificado, en donde la prisa en ocasiones no permite siquiera el contacto visual entre el paciente y el médico, imposibilitado para levantar sus ojos del computador ante la tarea de registros interminables. 

  • La oftalmología es, en cierto modo, la ciencia de la luz. ¿En qué punto se encuentran el bisturí que devuelve la visión y la palabra que explora la sombra? 

JB: Diría que, en ámbitos distintos, ambos persiguen la luz sin posibilidad alguna de encontrarse más allá de la intención. 

 El bisturí como herramienta rígida en el pulso cuidadoso y firme, con el protocolo adecuado y la técnica mil veces practicada, conseguirá la luz como resultado predecible. 

La palabra en cambio, instrumento maleable al servicio de los anhelos del alma, jamás -en mi opinión- termina de explorar la sombra. Ahonda inexorablemente en ella, solo para descubrir una nueva y progresiva e insondable profundidad. 

No obstante, bisturí y palabra pueden ser igualmente hirientes y devastadores; en la mano equivocada, o en la voz que no mide su poder descomunal. 

  1. Entre bisturíes y consultas, usted decidió aprender navegación a vela en Key Biscayne. ¿En qué momento comprendió que el mar no sería solo una afición, sino una extensión de su identidad?

JB: La afición por el mar, el entusiasmo por la navegación y la pesca creo estuvieron siempre, desde que tengo uso de razón. No podría precisar un momento en el que su cercanía o su contacto se convirtieron en un factor que complementa en gran medida la vida, aunque la pasión fue creciendo en cuanto más y mejores conocimientos y destrezas fueron adquiridos. Los cursos en Key Biscayne fueron un objetivo buscado y logrado cuando en Colombia no existían escuelas destinadas a esa actividad, y el destino y las circunstancias me pusieron en el tiempo y el lugar propicio.

  1. La construcción de “Agualuna” en 2009, tras tres años de trabajo paciente en Sincelejo, es casi una metáfora de su vida. ¿Qué simboliza ese velero de 24 pies para usted?

JB: Agualuna fue el feliz término de un propósito perseguido por años cuando los recursos no permitían soñar siquiera con un barco comprado de fábrica.

Fue la recompensa después de la espera, la confirmación de que la realidad perseguida está navegando oculta entre los deseos y las manos dispuestas a lograrla, apenas a la distancia de una decisión que requería trabajo y paciencia.

El día de su botadura fue probablemente uno de los mejores de la vida, lo recuerdo como si fuese hoy, entre alegría y asombro surgía la convicción de que casi todo es posible cuando el fin te apasiona.

12.) El mar aparece en su novela como espacio físico y como dimensión metafísica. ¿Qué representa el mar en su imaginario: libertad, riesgo, eternidad, memoria?

JB: Es todo ello y mucho más. Mario Benedetti expone en uno de sus poemas la dualidad entre “la mar ella” y “el mar él”. Ella, receptiva, sosegada y tranquila; mansa y plana en su superficie, el infinito perfecto para navegar la libertad y expandir el horizonte. “El mar él”, enfurecido, recio, inmisericorde, puede ser entonces la más vasta expresión del peligro y del riesgo. 

“Antes que el sueño (o el terror) tejiera mitologías y cosmogonías, antes que el tiempo se acuñara en días, el mar, el siempre mar, ya estaba y era…” dice también Borges; eternidad, más allá de toda descripción.

Y es memoria, pero mucho más remota que los simples recuerdos, es información, memoria cósmica, cuna primigenia; no en vano se acepta científicamente que el primer hálito de vida se dio en el mar, de él venimos, y retornar a él, es retornar al hogar. 

No en vano, el recién nacido se calma y duerme cuando es mecido con un movimiento que semeja el de las olas. También duerme así el anciano. ¿Qué recuerdan en su tierno silencio? ¿qué paz de otros tiempos anida en ese vaivén?

Alguna vez leí una frase que grabé y que atesoro desde entonces: “Estamos atados al mar desde la cuna hasta el mecedor, ojalá que la muerte no nos desate…”

13.) En El infinito mar del tiempo, el golfo de Morrosquillo y el Islote de Santa Cruz trascienden lo geográfico para convertirse en mito. ¿Cómo logró esa transmutación literaria?

JB: No resultó difícil.  La línea entre lo real y lo mágico de esos paisajes puede ser muy tenue. Hay ayuda en el ambiente, en la brisa salada, en las profundidades, en los colores y sus contrastes, en el sentir y las creencias de sus gentes que crean espacio para la visión onírica. 

Pero, además, hay sucesos como, por ejemplo, el hundimiento de la Isla Maravilla, habitada siempre por pájaros mientras estuvo en superficie y que al desaparecer realizó por si misma la transición entre la realidad y el mito, solo esperando por alguien que volviera a soñarla despierto.

  1. El capitán Valerio de Hayll parece habitar una frontera entre historia y destino. ¿Cuánto de usted hay en ese personaje que enfrenta fuerzas invisibles del tiempo?

JB: Debo reconocer que hay mucho en común entre el capitán Valerio y yo. Somos en esencia nostálgicos de un pasado que tal vez trasciende los recuerdos conscientes. 

Valerio es un hombre de decisiones, leal, con una inmensa fascinación por su entorno y gratitud sincera por la vida que le ha sido dado vivir. Es un hombre devoto a los seres que ama, sin condiciones (eso incluía a Magallanes, su perro). En la profesión de ese amor incondicional, está dispuesto incluso al sacrificio sin quejas ni reproches.

Valerio y yo compartimos esa saudade, la amorosa presencia de la ausencia, la dulce nostalgia por la pérdida que no alcanza a ser drama ni tragedia. La resignada inquietud cuando empieza a avizorarse el destino compartido por todos los hombres, el del final del camino transitado en el tiempo, ese otro océano inconmensurable y desconocido en el que imperceptiblemente, empezamos a hundirnos desde el momento primero en que abrimos los ojos.

  1. El poeta José Luis Hereyra ha vinculado su obra con la tradición de Homero, Stevenson, Verne o Melville.  ¿Se siente heredero consciente de esa literatura marítima o su impulso fue más intuitivo que referencial?

JB: Me incluyo en esos millones de lectores que hemos leído con entusiasmo y perplejidad las gestas de Odiseo, de Nemo y del capitán Ahab, pero debo decir que no hay en mi relato la intención o la influencia —por lo menos no consciente— de reproducir ni aun tangencialmente esas aventuras. Sí, mi impulso fue intuitivo, vivencial, incluso descriptivo de un entorno más cercano y real —no por ello desprovisto de su intrínseca magia—.

 Y fue fundamentalmente el deseo de escribir un relato entre realidad y fantasía dedicado a Antonio, mi nieto, con la esperanza de legarle un recuerdo que se resista al paso del tiempo, una salvaguarda para combatir el olvido.

  1.  Su novela explora el continuo espacio-tiempo como engranaje narrativo. ¿Cómo logra equilibrar el rigor conceptual con la emoción literaria para que la historia no pierda humanidad?

JB: El concepto espacio-tiempo como un continuo, ha ido cambiando desde lo que antes se concebía como una idea extraída de la ficción, a una hipótesis científica formulada por renombrados astrofísicos, con argumentos serios sustentados en la matemática pura y la exploración del universo observable, con cada día más y mejores instrumentos y recursos. 

La naturaleza cuántica del universo – implícita en el trasfondo del relato—es un hecho científicamente comprobado hace décadas, si bien, poco entendido por la mayoría. Trata sobre la naturaleza de las partículas de las que todo y todos estamos hechos, de su entrelazamiento, y de su eventual capacidad para “alterar” la realidad según el observador, como lo demostró el famoso experimento de La Doble Rendija realizado por primera vez en 1801 por Thomas Young, y repetido en 1961 por Claus Jonsson y otros hasta nuestros días, con resultados idénticos y reproducibles. 

Sabido esto, la historia y sus protagonistas se sitúan en algunos pasajes de la obra en un contexto improbable, pero por definición, remotamente posible; eso, mantiene a este relato, a sus hombres y mujeres, atados a su humanidad.  También al lector, a quien no se le pide que crea en un “unicornio rosa”, se le invita en cambio a explorar con la imaginación las fronteras de lo inverosímil, pero que no alcanza a ser imposible.

  1.  Usted es médico, navegante, constructor, escultor y ahora novelista. ¿Cómo conviven esas identidades en su vida cotidiana? ¿se complementan o se tensionan?

JB: Pienso que se complementan.  A mi edad, con lo hijos definidos en sus profesiones y rumbos, liberado de algunos de los deberes otrora apremiantes, el ejercicio profesional se ha reducido a un mínimo deseable.  Ahora existe disponibilidad del tiempo que antes debía “robarle” a la profesión y la libertad para dedicarlo al llamado creativo que intento desarrollar. Maxime, cuando ninguna de esas facetas parece reñir con las demás, no se excluyen, diría que se potencian.

18.) Su familia —su esposa Judith, sus hijos y ahora sus nietos Antonio y Alicia— es un eje fundamental en su biografía. ¿Qué papel juega la familia como puerto seguro en medio de sus travesías profesionales y creativas?

JB: Un papel fundamental. Es fuente de apoyo incondicional, entusiasmo permanente, críticos en lo necesario y proveedores del amor que nutre el alma, que motiva y alimenta los sueños y los objetivos propuestos. Compañía, lealtad, verdad, puerto seguro como bien lo enuncias, en el cambiante mar de la existencia.

19.) En su experiencia vital, ¿qué ha sido más desafiante: operar un ojo delicado, enfrentar una tormenta en altamar o concluir una novela?

JB: Sin duda alguna el desafío que atañe a la cirugía, por cuanto la responsabilidad de enfrentarlo y el resultado que deviene involucra otras vidas, las del paciente y su familia, su fe y su confianza puestas en nuestras manos y su expectativa en el éxito de un procedimiento que no admite fallas ni dudas, que en la inmensa mayoría de los casos no es susceptible de correcciones posteriores. 

  • Por último, si tuviera que definir el tiempo —ese gran protagonista de su obra— en una sola imagen, ¿lo vería como una marea que arrastra, como un viento que impulsa o como un océano que lo contiene todo?

JB: Lo vería como el océano que lo contiene todo, y paradójicamente, que a su vez está en la humanidad contenido. ¿Qué sería del tiempo sin el espíritu que lo percibe y la mente que lo cuantifica? Curiosamente, su única razón de ser descansa en nuestro continuo transcurrir. 

No hay tiempo si no hay hombre, no existiría, si no hubiese quien tuviera la certeza del hoy, o la expectativa del futuro, o la añoranza por el pasado. 

La existencia del frágil hombre le da sentido al coloso.

Por: Fausto Perez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom.-