Ibagué no es para Carlos Pardo Viña un simple mapa, sino el escenario donde ha aprendido a reconocerse en su propia historia. Allí, en la capital del Tolima, abrió los ojos el 5 de febrero de 1970, y quedó marcado por una geografía que, con los años, transmutaría en el centro de su cartografía literaria. No requiere de preámbulos ni anuncios: basta hallarlo en la pausa de un café, refugiado en una mesa discreta, para comprender que en ese ademán cotidiano se trasluce una vida consagrada a la observación, al silencio cómplice y, finalmente, al oficio de narrar.

Primogénito de Carlos Orlando Pardo —aquel orfebre de las letras que, hombro a hombro con su hermano Jorge Eliécer, dio vida al hito de Pijao Editores—, Carlos ha sabido blindar su identidad. Más allá del peso del linaje, su mayor triunfo reside en la soberanía de su propia voz: un camino labrado con la tenacidad de quien no se conforma con la sombra del árbol familiar, sino que busca su propia luz.
Su estampa delata una alianza entre la quietud y la templanza. La barba y el cabello, surcados por un rastro de plata, acompañan una voz que no conoce la prisa. En él, cada frase parece pasar por un tamiz invisible, conservando ese celo del editor que pule, del maestro que guía y del cronista que no permite que la verdad se le escape entre los dedos.
Carlos Pardo Viña no es únicamente novelista. Es, en esencia, un hombre que ha hecho del lenguaje su herramienta para explorar distintas formas del mundo. Escritor, periodista, investigador, docente: su trayectoria se despliega con la coherencia de quien ha sabido construir un oficio sin traicionar la curiosidad.
Antes de que las novelas llegaran, ya existía el impulso por contar. La historia, la cultura, la memoria colectiva se convirtieron en materia de estudio y de escritura. Libros dedicados a la música, a la pintura, a los procesos sociales del Tolima comenzaron a delinear un mapa personal en el que cada obra respondía a una necesidad de comprender.
Su formación como Comunicador Social, reforzada por estudios en cultura y en conflicto, no se quedó en los títulos académicos. Se convirtió en una manera de leer la realidad, de identificar en las cisuras de la vida cotidiana los relatos que merecen ser contados.
Luego, el lenguaje se hizo imagen. Entre 1998 y 2000, su nombre quedó ligado a una empresa que aún resuena en la memoria audiovisual del país: Babelia. Este proyecto, que materializó en Señal Colombia, en una alianza indisoluble con su tío, Jorge Eliécer Pardo, no fue un empeño menor: cerca de ochocientos documentales sobre artistas, escritores y creadores desfilaron por su lente. Bajo esa firma, lograron un reconocimiento inusual para la televisión cultural, convirtiendo la pantalla en un archivo vivo de la intelectualidad colombiana. Ese trabajo no solo documentó una época; también consolidó en él una manera de mirar. Aprendió a escuchar a los otros, a ordenar sus voces, a convertirlas en relato sin perder la fidelidad a lo esencial.
El cambio de siglo lo encontró explorando otros lenguajes. El mundo digital se abría con promesas de velocidad y alcance. En ese escenario asumió responsabilidades como gestor de contenidos para América Latina en plataformas tecnológicas que exigían precisión y visión estratégica.
A pesar de esos desplazamientos, algo persistía: la necesidad de la ficción. No fue inmediata ni evidente. Durante años, la novela permaneció como una posibilidad lejana, casi esquiva.
Cuando finalmente apareció, lo hizo en voz baja. Como si fuera viernes (2000) surgió como una prueba íntima, una tentativa que no buscaba estridencias. Era, más que nada, un ejercicio de confianza en la propia capacidad de sostener una historia más allá de unas pocas páginas.
Su paso por las redacciones no fue un tránsito, sino una escuela de ascetismo. Al frente del diario Tolima 7 días, de la Casa Editorial El Tiempo, afinaría el ojo para detectar historias pasadas por alto entre el ajetreo de las páginas impresas. Pero su rastro profesional también permeó la sensibilidad del arte. En 2005, junto al pintor Darío Ortiz, codirigió la revista ‘Arte para fanáticos’ y, tres años más tarde, fue el encargado de dotar de palabra la memoria del Museo de Arte del Tolima (MAT) al redactar el libro sobre la histórica exposición de Fernando Botero en Ibagué.
A mediados de esa década, Carlos decidió ignorar las ofertas del exterior para sembrarse de nuevo en su origen. En Ibagué, mientras seguía las huellas de los actores culturales del siglo pasado, encontró en las aulas de la Universidad del Tolima un nuevo púlpito para heredar su impronta.
El tiempo le dio otra dimensión a ese gesto inicial. Años después, Bohemian Rhapsody (2015), reeditada en España en 2017 por Sial Pigmalión, irrumpió con una fuerza distinta. La novela no solo amplió su universo narrativo, también lo situó en un lugar visible dentro de la literatura hispanoamericana.
El reconocimiento llegó acompañado de lecturas críticas. Universidades, investigadores, ensayistas comenzaron a desentrañar sus páginas. Ese mismo año, 2017, la obra obtuvo el Premio Internacional de Literatura Rubén Darío, un espaldarazo que consolidó su presencia más allá de las fronteras nacionales.
Ese impulso encontró una nueva forma en Los días del trueno (2022). La novela se despliega entre 1989 y 2019, décadas atravesadas por tensiones políticas, violencias persistentes y memorias que se niegan a desaparecer.
En sus páginas, la realidad y la ficción se entrelazan con una precisión inquietante. Los hechos remiten a una historia reconocible; los personajes, en cambio, sostienen la libertad de la invención. Ese equilibrio define buena parte de su escritura.
El reconocimiento en la Feria del Libro de Madrid, con el X Premio Escriduende a mejor novela hispanoamericana en 2022, marcó otro momento decisivo. No como punto de llegada, sino como confirmación de una trayectoria que venía construyéndose con paciencia.
Su obra narrativa incluye también Cuesta Abajo (2017), un libro de cuentos que confirma su destreza en la distancia corta, y su presencia en la antología Frankfurt Territorio Literario (2022), presentada en la Feria del Libro de Frankfurt.
La escritura de Carlos Pardo Viña ha sido objeto de estudios rigurosos. Bohemian Rhapsody ha motivado tesis de pregrado y posgrado, además de ensayos publicados en América Latina, Europa y Estados Unidos, lo que revela la densidad de sus propuestas narrativas.
En el campo histórico y cultural, su producción resulta amplia y sostenida. Títulos como Memoria de una identidad (2022), galardonado con el Premio de Investigación Cultural Ibagué 2020, evidencian su compromiso con la reconstrucción del pasado.
A esa línea pertenecen también La red que une a Colombia: 100 años del transporte de hidrocarburos en el país(2022), Porkcolombia, historia de la porcicultura en el país (2019) y Rafael Rocha Gutiérrez (2011), entre muchos otros.
Su interés por las artes plásticas se manifiesta en libros como Darío Ortiz: una ventana al mundo (2008) y Botero en Ibagué (2008), así como en la versión bilingüe Botero-Ortiz. Contemporary Narration (2008).
La historia regional ocupa un lugar central en su obra. Allí se inscriben trabajos como Manual de Historia del Tolima (2007), Músicos del Tolima siglo XX (2002) e Itinerario de una hazaña: Historia del Conservatorio del Tolima(1999).
Desde etapas más tempranas ya aparecía esa vocación: Pintores del Tolima siglo XX (1998), Protagonistas del Tolima siglo XX (1995) e Ibagué, médicos del ayer (1994) configuran una cartografía de intereses que nunca abandonó.
En el terreno del ensayo, destacan Configuración de la memoria colectiva de la ciudad de la Música, Ibagué 1850-1950 (2016) y La violencia: expresión de la manera como conocemos (2015), textos que dialogan con sus preocupaciones narrativas.

A continuación, la entrevista con Carlos Pardo Viña, quien reflexiona sobre la evolución de su estética narrativa y sus principales obsesiones temáticas como la soledad y la desesperanza. Así mismo, analiza cómo su trayectoria profesional en el periodismo, la tecnología y la investigación cultural ha moldeado obras clave como Bohemian Rhapsodyy Los días del trueno. A través de sus respuestas, se revela una conexión intrínseca entre la identidad regional del Tolima y una visión cosmopolita marcada por la influencia de la música y la historia contemporánea. El diálogo destaca, además, la importancia de los reconocimientos internacionales en la validación de su oficio y su particular enfoque en la memoria colectiva. Pardo Viña también defiende la literatura como un espacio de libertad y un híbrido necesario entre la realidad cruda y la reconstrucción simbólica de la ficción.
¿De qué manera Como si fuera viernes anticipa las preocupaciones narrativas que luego se consolidan en su obra posterior?
Tengo sentimientos encontrados con Como si fuera viernes. A veces, siento que no debí haberla publicado, que le faltaba solidez, una mayor construcción de los personajes y los espacios. Esa nouvelle necesitaba madurar mucho más. Sin embargo, allí aparecen los elementos que marcarían mi trabajo literario: la soledad, la desesperanza, la música, la falta de fe en el ser humano y el rechazo por el mundo contemporáneo. De alguna manera, es un gran pastiche hecho con retazos de pequeños textos atravesados por esos hilos que, por entonces, eran invisibles para mí, pero que más adelante aparecerían de manera insistente en mi trabajo. Desde el punto de vista técnico, Como si fuera viernes me enseñó a desarrollar ciertos elementos de la voz narrativa, de los diálogos, de las atmósferas, del ritmo. Se convirtió en un gran laboratorio de ideas y frases que escribí mientras vivía el mundo corporativo de las multinacionales tecnológicas y que de alguna manera salvaría mi alma de escritor. El lector crítico que hay en mí, le encuentra todas las costuras; el escritor, agradece el tiempo que pasé atrapado en su mundo.
¿Qué elementos convierten a Bohemian Rhapsody en una pieza clave dentro de su trayectoria literaria?
Bohemian Rhapsody es una novela más madura. Y ha tenido una buena vejez. Sobre ella se han publicado artículos críticos y reseñas en México, Estados Unidos, Francia, España y Colombia, además de ser objeto de estudio en universidades, donde ya existen tesis de grado y artículos académicos publicados en diversas revistas y libros tan importantes como The Oxford handbook of the latinamerican novel, uno de los estudios más importantes sobre la literatura continental desarrollado en la Universidad de Oxford, donde me ubican como exponente de la literatura postmoderna. Así, la obra me puso en el radar internacional. Los críticos y académicos nacionales e internacionales han valorado el ritmo vertiginoso, la profundidad humana de sus personajes que se debaten entre la desesperanza y la soledad y la muerte. Coinciden en que es una obra profundamente contemporánea, centrada en el vacío, la soledad y la crisis humana en el mundo digital de la que emerge el ser humano envuelto en una dimensión de derrota no como signo de un fracaso moral sino como consecuencia de la falta de sentido. Y aquí es justamente la clave de esa novela. Es una especie de punto de condensación de mis obsesiones. En esta novela me expongo. Aparece una tensión muy clara entre el oficio de escribir y la imposibilidad de escribir, entre la necesidad de sentido y la experiencia del vacío, entre la hiperconexión y la soledad radical. Funciona como un espejo incómodo que no solo representa personajes en crisis, sino que captura una pregunta que atraviesa mi vida: para qué escribir, desde dónde escribir, qué lugar tiene la literatura y la cultura en un mundo saturado de información, pero vacío de significado. De cierta manera Bohemian Rhapsody combina tres capas: una conquista estética (porque logra una forma propia), una exposición personal (porque condensa mi conflicto como escritor y hombre de la cultura) y una certeza histórica (en la que la violencia contemporánea del país pareciera ahora estar atada al silencio, el vacío, la alienación y la saturación mediática).
¿Cómo se relaciona Los días del trueno con los acontecimientos históricos comprendidos entre 1989 y 2019?
Me gusta pensar en Los días del trueno como una “novela histórica”, así, entre comillas, en la que todo es cierto menos los personajes y su viaje interior. En 2019, vi el documental 1989: the year that made us, y mientras lo hacía, comprendí cómo ese año había marcado nuestras vidas. De alguna manera, fue el real fin del siglo: la caída del muro de Berlín, el nacimiento del internet. El documental solo se ocupaba de los contextos internacionales y comencé a rastrear ese año en lo local: la bomba del DAS, el avión de Avianca, la consolidación de la violencia paramilitar, los atentados, las masacres. Me obsesioné con ese año y comencé a escribir una historia que estuviera enmarcada en ese momento histórico. El protagonista, Oscar Maldonado, un periodista aspirante a poeta que termina trabajando en la agencia EFE, en Madrid, corrigiendo textos y haciendo las efemérides. ¿Cómo vive un poeta el horror del mundo y de su patria desde el exilio, mientras intenta hacer un verso que le salve el alma, consignando en un pequeño diario todo el espanto de su tiempo? Esa fue la premisa alrededor de la que construí la novela y en la que acompaño al personaje en 1989 y en 2019, treinta años más tarde, cuando pasa los días como catedrático de una universidad pública, en Ibagué. La investigación histórica fue profunda. Tenía todos los diarios de El País, ABC, El Mundo. Las noticias me regalaban los capítulos. El amor, la música y la violencia atraviesan todas sus páginas y siguen cargando las mismas obsesiones que llevo encima desde mis primeros textos: la desesperanza, la soledad, la falta de fe, la muerte.
¿Qué significado tuvo para su carrera obtener el Premio Internacional de Literatura Rubén Darío en 2017?
El premio me puso en un circuito de validación internacional y no solo regional. A partir del premio que fue registrado en muchos países latinoamericanos, el interés por la novela Bohemian Rhapsody creció. Críticos y académicos comenzaron a escribir sobre mi obra y reseñas aparecieron en diversos países e idiomas. Aunque en 2017 ya había publicado una decena de libros, solo a partir de este premio asumí mi oficio de escritor. Pude decirlo sin vergüenza, no como un acto de arrogancia sino de validación interior que me permitió seguir escribiendo no solo textos de investigación cultural sino narrativa.
¿En qué medida el X Premio Escriduende 2022, recibido en la Feria del Libro de Madrid, redefine la proyección internacional de su obra?
Los días del trueno ganó el galardón a la Mejor novela hispanoamericana y creo que el haber retratado el mundo de España y Colombia ayudó mucho a que los jurados vieran mi obra como un puente entre los dos países. Unos meses más tarde, la obra fue presentada en la Feria del Libro de Frankfurt, donde también se lanzó una antología de autores hispanoamericanos en la que fui incluido. Así, la obra más que redefinir, no solo consolidó una proyección internacional, sino que, curiosamente, me brindó un lugar en la literatura regional: a lo largo de la historia, no muchos autores tolimenses de mi generación han logrado este tipo de galardones. Si el Rubén Darío fue un bautizo, esta fue la confirmación, lo que quiere decir, de alguna manera, que falta la vida y que las carreras literarias se consolidan con la madurez del autor. Hacia allá se dirigen mis palabras. Sigo trabajando con la idea de convertirme en un escritor maduro capaz de crear mundos que conectan con la humanidad del lector.
¿Qué tensiones entre realidad y ficción atraviesan su narrativa y cómo se resuelven en sus novelas?
Esa tensión no la resuelvo eliminando la realidad ni subordinando la ficción, sino haciendo que ambas convivan en el mismo plano narrativo. En mi caso, la realidad, que aparece en forma de noticias, de música, de la cotidianidad urbana, no aparece como simple referencia o decorado, sino como materia viva que entra al texto y lo contamina, lo atraviesa. La ficción no la siento como un espacio de evasión sino de reorganización: tomo esos fragmentos del mundo y los reconfiguro para producir sentido. Quizá por eso en mis novelas no hay una frontera clara entre lo real y lo inventado; lo que hay es una tensión constante, donde la realidad aporta densidad, inmediatez y contexto, mientras la ficción introduce distancia, interpretación y, sobre todo, una forma.
Esa tensión se “resuelve”, si es que puede hablarse de resolución, en una escritura que asume su carácter híbrido. Mis novelas no buscan ocultar la realidad ni volverse puramente imaginarias; al contrario, hacen visible el cruce entre ambas, como si el texto fuera un espacio donde el mundo entra en bruto y la literatura lo transforma sin domesticarlo del todo. En ese sentido, mi narrativa se inscribe en una tradición donde la literatura no compite con la realidad, sino que dialoga con ella, la interroga y la reescribe. Lo periodístico aporta el pulso del presente; la ficción, la posibilidad de ir más allá de lo evidente. Y es justamente en ese punto de fricción, no en la pureza de uno u otro, donde aparece la obra.
¿De qué forma su experiencia como periodista en medios como Arte para fanáticos, Enlaces latinoamericanos y Tolima 7 días ha incidido en su escritura literaria?
Mi formación periodística incide, ante todo, en la manera de mirar, de leer el mundo como un sistema de signos en movimiento, donde cada detalle, una noticia menor, una frase oída al pasar, una canción en la radio, puede ser revelador. Esa sensibilidad se traduce en una escritura atenta al presente, con un fuerte anclaje en lo real y en lo verificable, pero también con una conciencia clara de que toda realidad está mediada por discursos. En mi trabajo, lo periodístico no aparece solo como tema, aunque ha sido una constante (periodista, el personaje de Como si fuera viernes; periodistas, los personajes de Bohemian Rhapsody, periodista, el personaje de Los días del trueno), sino como método, en la medida que hay una búsqueda de precisión, de contexto, de ritmo informativo, incluso cuando el relato se desplaza hacia lo íntimo o lo imaginario. De esa manera, lo que se narra parece ocurrir en un tiempo reconocible, compartido. Sin embargo, la obra no se queda en el registro del periodismo, sino que lo tensiona. La literatura me permite hacer algo que el periodismo no puede: detenerme en la subjetividad, explorar las zonas ambiguas, darle espesor simbólico a lo que en la noticia aparece como dato. En ese cruce, mi formación periodística se vuelve una especie de punto de partida que la ficción expande y desborda. No abandono la realidad, pero tampoco me someto a ella. Lo periodístico es una estructura de base que sostiene la narración, mientras la literatura introduce la complejidad, la duda y la pregunta por el sentido.
¿Qué aprendizajes dejó la producción de cerca de 800 documentales en Babelia para su manera de construir relatos?
La producción de documentales en Babelia me dejó, sobre todo, una disciplina de la mirada y de la síntesis. El programa se transmitió por Señal Colombia entre 1998 y 1999 y supuso un ritmo de trabajo agotador. Hacer cientos de piezas sobre artistas y procesos culturales me obligó a entender que toda historia, por compleja que sea, tiene un núcleo, una tensión interna que hay que descubrir y narrar con claridad. Aprendí a escuchar, a observar detalles, a construir relatos a partir de materiales reales, pero también a tomar decisiones narrativas: qué entra, qué queda por fuera, desde dónde se cuenta. Esa economía del relato, ese sentido del ritmo y del enfoque, es algo que se trasladó directamente a mi escritura. Pero quizás el aprendizaje más importante es que el relato siempre es una construcción. El documental, que parece tan cercano a la realidad, también implica selección, montaje, punto de vista. Esa conciencia me llevó a entender que toda narrativa, incluida la novela, es una forma de organizar el mundo. En mis libros, esa experiencia se traduce en una escritura que trabaja con materiales reales, pero que los reconfigura, los tensiona, los vuelve significativos. En ese sentido, Babelia no solo fue una escuela técnica, sino una escuela de pensamiento narrativo que me enseñó que contar es, ante todo, elegir una forma de mirar.
¿Cómo se articula su labor investigativa en libros como Memoria de una identidad con su visión de la historia regional?
Soy un músico aficionado. La banda sonora de mi infancia, al lado de mi familia materna, los Viña, fueron bambucos y pasillos viejos que mi abuelo atesoraba en una colección maravillosa. Aprendí a tocar guitarra y tiple y algo de piano, que resultaron los espantadores oficiales de la soledad de la niñez y la adolescencia (por supuesto, también en la madurez). Más adelante, impulsado por mi padre, comencé a trabajar procesos históricos de la región. Mi primer libro en este campo fue Itinerario de una hazaña, historia del Conservatorio de Música del Tolima, en el que recorrí un siglo de labor institucional. Desde ese momento, la construcción del sello de Ibagué como ciudad musical, me interesó. Desarrollé ensayos históricos para el Manual de Historia del Tolima y otras publicaciones académicas. Esta investigación se consolidó cuando hice mi maestría en Territorio, conflicto y cultura. Con mi tesis Configuración de la memoria colectiva en la ciudad de la música Ibagué 1850-1950 obtuve grado de honor, gané la convocatoria editorial que permitió que la misma fuera publicada por el sello de la Universidad del Tolima bajo el nombre de Memoria de una identidad, obtuve el Premio de Investigación Cultura Ibagué 2020 de la Alcaldía, y uno de sus apartes fue incluido en un libro académica en la Universidad de San Luis, Argentina. En 2025 publiqué Somos ciudad musical, historia de la música en Ibagué, en la que confluye buena parte de mi investigación pasada, además de nuevos aportes. Este trabajo obtuvo el Premio de Memoria la Alcaldía de Ibagué en ese año. Han sido tres décadas sumergidas en periódicos viejos, intentando descubrir cómo se constituyó la idea de Ciudad musical en la memoria colectiva, una interpretación desde la categoría de Memoria, que intenta sobrepasar la historiografía, construyendo sentido regional. Este trabajo me permitió no solo comprender la historia de la música, sino la historia de una región.
¿Qué lugar ocupa el Tolima en su obra, tanto en la narrativa como en los textos de investigación cultural?
Mi trabajo investigativo ha girado en torno al Tolima. No lo hago desde la historiografía: no soy historiador, aunque pertenezco a la Academia de Historia del Tolima; lo hago desde la Memoria colectiva, un concepto de Maurice Halbwachs y otros tantos teóricos como los hermanos Assmann, que me regalaron la idea de Memoria cultural, o Pierre Norá, con sus Lugares de la memoria. La memoria y la literatura tienen interesantes puntos de unión, en la medida que intenta configurar los sentidos de la realidad. Así, nunca he sentido miedo por nombrar mi territorio. En algún tiempo, se creyó equivocadamente que si se nombraba el pueblo en donde transcurre la historia podría caerse en provincialismos. Los escritores optaban por inventar nombres de pueblos ficticios. Yo no. Yo decía Ibagué, mencionaba las calles, sus personajes, su cotidianidad. Creo que fui de los primeros en hacerlo sin ambages en la capital del Tolima. Esta región, su historia, también definen lo que soy y no intento ocultarlo. Es cierto que mis historias deambulan por muchos lugares, pero Ibagué siempre será el centro, el ancla en la cual reposan tanto mis historias como mi alma.
¿De qué manera su formación académica en arraigo, conflicto y cultura se refleja en sus planteamientos literarios?
Mi formación en Territorio, conflicto y cultura no aparece en mi obra narrativa como un marco teórico explícito, sino como una estructura profunda de comprensión del mundo. Me ha dado una conciencia de que los personajes no existen en abstracto, sino inscritos en geografías concretas, atravesados por historias colectivas, por tensiones sociales y por memorias en disputa. En mis novelas, incluso cuando el foco parece íntimo o individual, hay siempre un trasfondo territorial y cultural que condiciona las decisiones, los silencios y las fracturas de los personajes. Entiendo el conflicto no solo como un hecho violento o histórico, sino como una condición que se infiltra en la vida cotidiana, en el lenguaje, en las relaciones y en la manera en que se construye la identidad. Al mismo tiempo, esa base académica me aleja de las simplificaciones. Mis planteamientos literarios no reducen el conflicto a una narrativa única ni a una explicación cerrada; por el contrario, lo muestran en su complejidad, en sus múltiples capas y contradicciones. La literatura, en mi caso, se convierte en un espacio donde esas tensiones pueden desplegarse sin la obligación de resolverse del todo. No solo aporta contexto, sino una ética de la representación: una forma de narrar que reconoce la densidad del territorio y la pluralidad de voces, y que entiende que contar una historia es también asumir una posición frente a esa realidad. Esto es algo muy evidente en mi nueva novela Todos los muertos tienen el mismo rostro, que está en etapa de finalización editorial.
¿Qué características distinguen su libro de cuentos Cuesta Abajo frente a su producción novelística?
Cuesta abajo intenta reunir algunos cuentos que he realizado a lo largo de mi vida. Es una pequeña antología personal en la que aparecen algunos cuentos tempranos, que llevan a cuesta la ingenuidad de mis primeros trazos literarios, y otros textos más maduros que se convertirían en material para mi trabajo novelístico. Ahora he terminado un nuevo libro de cuentos que tiene como título provisional Memento mori (Recuerda que morirás), en la que todos los cuentos, que considero son de mejor factura que Cuesta abajo, son atravesados por el suicidio, la muerte y la locura, que también hacen parte de mis obsesiones personales y literarias.
¿Cómo influyó su paso por el mundo digital, en empresas como Starmedia y CycleLogic, en su concepción del lenguaje y la narrativa?
Entre 2000 y 2004, fui Content Manager para América Latina de dos importantes multinacionales tecnológicas: Starmedia y CycleLogic. Esto me situó en un momento muy específico: el instante en que la tecnología dejó de ser una herramienta para convertirse en un entorno de vida. No es lo mismo observar ese cambio desde afuera que vivirlo desde el centro de producción de contenidos, donde el tiempo se acelera, la información se fragmenta y la atención se vuelve un recurso escaso. Esa experiencia se filtra en mi obra como una conciencia del presente inmediato. Mis narraciones respiran el ritmo de lo digital, incorporan la lógica de la simultaneidad, la sobrecarga informativa y la sensación de que todo ocurre al mismo tiempo. No es casual que en mis textos aparezcan noticias, referencias culturales, música: son huellas de ese mundo en flujo constante que conocí desde adentro. Pero más allá de lo formal, esa experiencia también dejó una marca conceptual en mi literatura. Haber estado en el corazón de la explosión tecnológica me permitió entender que no se trataba solo de un cambio en los medios, sino en la forma de percibir y habitar la realidad. En mis novelas, eso se traduce en personajes atravesados por la dispersión, la ansiedad, la hiperconexión y, paradójicamente, la soledad. La tecnología no aparece como tema decorativo, sino como condición de existencia. Y ahí hay una clave importante: mi obra no juzga ese mundo, lo narra desde dentro, con sus contradicciones. En ese sentido, esa etapa no solo influyó en mi escritura; le dio una materia contemporánea, una sensibilidad de época que permite que mis textos dialoguen directamente con la experiencia del sujeto en el siglo XXI.
¿Cuál ha sido el aporte de sus publicaciones sobre arte —como Botero en Ibagué o Darío Ortiz: una ventana al mundo— a la divulgación cultural?
En 1998, con prólogo de Francisco Gil Tovar, publiqué mi primer libro de arte: Forma y color de 15 figurativos colombianos. A partir de ese momento he publicado diversos textos en Estados Unidos, Colombia y China (traducido al mandarín). De la mano del pintor Darío Ortiz ingresé al mundo del arte colombiano. Sin embargo, más allá de la forma y el color, intento encontrar sentidos a la obra de los artistas que analizo. Es, esencialmente, un esfuerzo por desentrañar sus símbolos para construir una narración contemporánea de su obra. Mi trabajo aborda la historiografía y la cultura de la región, y completa ya una veintena de libros publicados. Es una tarea que he desarrollado al lado de mi padre, quien se ha erigido como la memoria de esta tierra en diversos campos. Con él he aprendido a valorar el trabajo de tantos gestores culturales que, desde las sombras, sin apoyo estatal, intenta tejer el alma de la tierra. Así, mi trabajo en este campo no es más que una continuación de su labor, como homenaje a su vida y obra, al tiempo que una reconstrucción simbólica de la cultura. Paso horas en los archivos, intentando desentrañar nuevas historias que se convierten en paradigmas culturales… como a veces digo, siempre con mi desesperanza, siento que hago cosas muy importantes que no le importan a nadie, con la esperanza de que alguien que lea mi trabajo, encuentre sentido a su propia existencia y la de su tierra.
¿Qué tipo de lectura recomienda a los jóvenes que se inician en el ejercicio de la lectura?
Fui un lector voraz desde niño. Intentaba leerlo todo. Recuerdo devorarme La isla del tesoro y El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de Robert Louis Stevenson, Raíces, de Alex Haley. En un mundo en el que leemos más los videos y las redes sociales, con tantos distractores multimediáticos que pueden parecer mucho más atractivos para los niños y los jóvenes, intentar que ellos sean los directores de la película en sus mentes a partir de los libros, es una apuesta interesante. Por eso siempre los animo con novelas de aventuras.
¿Qué tipo de libros o propuestas considera que deberían evitar los jóvenes en sus primeras aproximaciones a la lectura?
Creo, con Daniel Pennac, que un lector tiene todos los derechos: a no leer, a saltarse las páginas, a mirar primero el final, a leer lo que le gusta, a no terminar un libro… el libro no debe ser una jaula sino un espacio de la libertad. Que lo hagan sin las obligaciones académicas, sin las obligaciones morales, sin las obligaciones familiares. Que lean lo que quieran… pero que lean. Ahora, si queremos pensar en libros específicos, que ni se acerquen al Ulises, de James Joyce. Yo llevo años intentando leerlo y jamás lo he logrado. Esta es una verdad que es difícil entre intelectuales. Se supone que debemos saberlo todo y valorar especialmente una obra tan encumbrada por los críticos. Quizá, como diría Borges, es que no soy digno de esa obra. Pero que lean, lo que quieran, una novela de Corín Tellado si les apetece… que lean. Encontrarán un sentido diferente del mundo.
¿Qué lecciones deja su tránsito por múltiples oficios —periodismo, docencia, investigación— en la construcción de una voz literaria sólida?
El tránsito por el periodismo, la docencia y la investigación no fragmenta mi voz: la afina. Cada oficio me ha obligado a desarrollar una relación distinta con el lenguaje y con el mundo, y esa diversidad termina consolidándose en una escritura más consciente de sus herramientas. El periodismo me dio precisión, sentido de actualidad y la capacidad de leer lo real sin adornos innecesarios; la docencia, en cambio, me obligó a explicar, a ordenar ideas, a pensar en la claridad y en la transmisión; la investigación me aportó profundidad, contexto y una ética frente al conocimiento. Lo que en principio podrían ser registros distintos, en mi caso se integran como capas de una misma voz: una escritura que sabe observar, pensar y decir.
La lección más importante es que una voz literaria sólida no nace de la pureza, sino del cruce. Mi obra no busca aislarse en lo estrictamente ‘literario’, sino que se alimenta de esos otros campos para ganar densidad y sentido. Por eso mis textos pueden moverse con naturalidad entre lo inmediato y lo reflexivo, entre lo concreto y lo conceptual. Esa mezcla no diluye la voz; al contrario, la vuelve reconocible: una voz que no renuncia a la complejidad del mundo, pero que tampoco pierde la capacidad de narrarlo con claridad. En ese equilibrio entre rigor, experiencia y sensibilidad es donde intento construir la consistencia de mi escritura.
