¡Qué curioso —y, al mismo tiempo, inquietante— es el modo en que la realidad irrumpe en la literatura, o quizá, al contrario, cómo la literatura se anticipa a los latidos más oscuros de la realidad!

En diciembre de 2024 leí, de un tirón y durante un fin de semana, El puente, la segunda novela de Juana Restrepo, joven narradora ibaguereña cuya voz ya se consolidaba con una madurez poco común. A medida que avanzaba por sus páginas —moldeadas con una prosa sólida, envolvente, de esas que no solo cuentan, sino que arrastran al lector—, la ciudad de Ibagué se me revelaba como un mapa vivo: calles, silencios y murmullos que convergen en una polifonía de voces, casi coral, empeñadas en conjurar una tragedia persistente, la de quienes han visto en el puente de la Variante una salida definitiva.
Era imposible no sentirse interpelado por esa tensión narrativa. Y fue entonces, en una de esas sincronías que no parecen casuales, cuando me topé en un periódico local con un análisis sombrío: el recuento de muertes por suicidio registradas en la Universidad del Atlántico durante 2024. ¡Cinco casos, cinco historias truncadas! ¡Cinco silencios que pesan!
La lectura se volvió, de pronto, más densa. Más urgente.
Mi mente, como empujada por una corriente subterránea, retrocedió varias décadas y me llevó hasta los años setenta, cuando en el Centro Cívico se volvió casi costumbre —qué palabra tan dura para estos asuntos— que algunas personas eligieran el vacío como desenlace. Aquella imagen, que creía archivada en los pliegues del tiempo, regresó con una claridad incómoda: el eco de una ciudad que también tuvo su propio borde, su propio abismo cotidiano.
Esa analogía, inevitable y dolorosa, se la compartí a Juana Restrepo cuando la contacté para esta entrevista. Mostró un interés genuino por conocer más. Algún día, le dije, le contaré con detalle. Porque hay relatos que no caben en una conversación apresurada.
El puente (2022), la novela que la confirma como una voz a seguir, no es solo un ejercicio literario logrado: es también una forma de interpelación. Una obra que, sin estridencias, se instala en el lugar donde la ficción roza la herida. Ganadora del primer premio del Concurso Internacional de Mujeres y publicada por Sticky Books, se levanta como una suerte de vigilia narrativa: un intento —quizá uno de los más nobles— de tender palabras donde otros han visto solo el vacío.
Pero hay algo más, algo que queda gravitando después de cerrar el libro. Y es la sospecha —incómoda, persistente— de que la literatura, cuando es honesta, no se limita a contar lo que ocurre: también advierte, señala, ilumina zonas que preferiríamos no mirar. Tal vez por eso, novelas como esta no solo se leen: se quedan, interrogan, acompañan. Como si, en medio del ruido y del vértigo, alguien hubiese decidido escribir no para distraer, sino para sostener —aunque sea por un instante— a quienes caminan al borde.
Detrás de esa mirada que escruta las grietas de la realidad está Juana, nacida en Ibagué, el 24 de septiembre de 1987, formada como Comunicadora Social y Periodista en la Pontificia Universidad Javeriana, y posteriormente en la Universidad Complutense de Madrid, España, donde profundizó con un máster en Escritura Creativa y otro en Estudios Literarios. Esa doble condición —la del periodismo que observa y la de la literatura que transforma— subyace en su obra con una naturalidad que no se impone, pero se siente.
Su tránsito por el mundo editorial y periodístico —en espacios como Bacánika, Kienyke y la Radio Nacional de Colombia, así como en medios de amplia circulación como El Espectador, El Tiempo y revistas como Avianca y Bienestar— le ha permitido afinar una escritura atenta a los matices, a los silencios y a las historias que suelen quedar al margen.
Pero más allá de las credenciales, lo que distingue a Juana Restrepo es su vocación de creadora y gestora cultural. En Ibagué ha impulsado talleres de escritura para distintos públicos, convencida de que la literatura no es un ejercicio solitario, sino una conversación que se expande. Esa misma convicción la llevó a fundar la editorial Nous Books, desde donde abre espacio a nuevas voces del Tolima y del país, y a participar activamente en encuentros y circuitos literarios en ciudades como Medellín y Bogotá.
Su obra narrativa, aún en expansión, revela una profunda coherencia temática y estética. Elisa (2019), su primera novela, propone un universo en el cual lo fantástico y lo lírico se entrelazan para explorar el miedo, la libertad y los rincones más íntimos de la conciencia. A lo largo de sus páginas breves, organizadas con una precisión casi arquitectónica, los personajes emergen y se transforman sin que nada resulte fortuito: cada fragmento parece cumplir una función dentro de un engranaje narrativo cuidadosamente construido.
En 2022 publica El puente, obra que la proyecta con mayor fuerza en el panorama literario. Con una estructura coral y una atmósfera que oscila entre lo urbano y lo simbólico, la novela recorre distintos escenarios de Ibagué mientras sigue a personajes que buscan respuestas —o tal vez sentido— en medio de encrucijadas personales. El libro obtuvo el primer lugar en el Concurso Internacional Historias de Mujeres y fue publicado por la editorial Sticky Books en formato impreso y digital, consolidando su alcance.
Ese mismo año incursiona en la literatura infantil con Historias de niños que aman las estrellas, una apuesta por ampliar su registro sin perder la sensibilidad que atraviesa su escritura.
Actualmente trabaja en Sacerdotisas, su tercera novela, aún inédita, mientras continúa tejiendo —desde la edición y la creación— un proyecto literario que no solo busca contar historias, sino también generar comunidad alrededor de la palabra. Por eso avanza en su labor como editora desde proyectos independientes, como la editorial Nous Books, y como correctora de estilo en el Grupo Planeta, donde trabaja con distintos escritores colombianos, como Alejandro Gaviria, Mario Mendoza, León Valencia, María del Mar Ramón, entre otros. Sin embargo, no olvida que la labor de la escritura es un oficio diario que requiere la precisión de un artesano: también está terminando de escribir el libro de cuentos Bicho, para un público adulto, y un nuevo libro infantil, Un huequito en el corazón.

En Juana Restrepo, la literatura no es un gesto aislado: es una forma de estar en el mundo, de leerlo y, en ocasiones, de intentar transformarlo. A su vez, la palabra encuentra una forma de memoria, de oficio y de celebración de la vida. He aquí la entrevista que ofrece una mirada profunda al proceso creativo y la visión literaria de una escritora que utiliza a Ibagué como un eje emocional en su narrativa. A través de la discusión sobre sus obras, ella explica cómo transforma tragedias sociales y tabúes como el suicidio en relatos cargados de compasión y estructura polifónica. Juana describe su tránsito hacia la narrativa de ficción y la relevancia de equilibrar técnica e instinto al dar forma a mundos que amalgaman lo real con lo fantástico.
En El puente, Ibagué se convierte en un personaje más: ¿cómo construye esa geografía emocional donde el espacio conversa con la vida interior de los personajes?
El puente tuvo como primer personaje a Ibagué, la ciudad que, como territorio, también piensa, siente, actúa, respira y se desenvuelve según el conglomerado de individuos que la conforman y la historia que la precede. Nací y crecí en Ibagué y a mis diecisiete años me fui a vivir al exterior, luego a Bogotá por diez años, otra vez al exterior, y nuevamente a Ibagué. Volví a mis treinta años, ya siendo madre, y viví un redescubrir de la ciudad que dejé; de su gente, de sus lugares y de su idiosincrasia. Fui sintiendo diferentes lugares de la urbe, presenciando como foránea a mi propia ciudad y así esta fue mi primera protagonista. Pude crear esa geografía emocional atada a distintos barrios, localidades, así como a sus habitantes, por edades, sectores, intereses y formas de vida. Yo regresé con una bebé pequeña y mi labor era pasearla en las tardes por barrios como La Pola, Belén y la zona nueva de la ciudad: La Samaria, esto me permitió convertirme en observadora. Caminar por la ciudad era un momento único en el día. No conocía tantas personas y eso me hacía ser aún más atenta en mis percepciones. Los primeros dos años de mi hija estuve en esa forma de observación de la ciudad que me rodeaba, la vida, las oportunidades que existían, o no, la maternidad y de mí misma; abono para El puente. Sin embargo, el momento donde supe que tenía que escribir la novela fue tras el suicidio de una madre que se lanza de ‘El puente de la Variante’ con su hijo. Hubo un punto de quiebre, un dolor muy grande, colectivo y personal, que solo pude exorcizar a través de esta novela, pues lo que yo venía observando, percibiendo y sintiendo sobre la ciudad tuvo una respuesta clara ese día tan trágico, lamentable y estremecedor.
Su novela aborda, de manera sutil pero persistente, el tema del suicidio: ¿cómo se escribe sobre una herida social sin caer en el morbo ni en la simplificación?
La herida del suicidio es como una herida que contiene cada una de las heridas que como seres humanos podemos cargar: vergüenza, humillación, traición, rechazo, abandono, injusticia, entre otras. El suicidio es el desenlace para una serie de dinámicas sociales que cierran cualquier salida sobre el individuo, sobre todo si hay una enfermedad mental de base o se desencadena una a partir de la realidad y de los sucesos vividos con antelación. Es una herida que todos cargamos y que se siente como el fracaso del modelo en que vivimos. Muchos de estos suicidios, como el de esa madre que se lanzó del puente, fueron desencadenados tras una serie de sucesos en la vida de ella, como la soledad, la ruina económica, el ser madre soltera, la ruptura con su pareja, el no tener red de apoyo y no sabemos si una enfermedad o trastorno de base. Así que la manera de escribir sobre esta herida fue hecha desde una herida propia, desde recordar mi propia experiencia con una fuerte ansiedad posparto, de la red de apoyo que sí tuve y el tratamiento con especialistas que me ayudó en un momento urgente para mí. Tal vez lo que muchísimas personas no llegan a tener. También, al escribir, está la actitud de la escucha a los personajes, el sentarse y dejarlos hablar, pero no desde el juzgamiento o el morbo, sino desde la atención a sus vidas, con un toque de humildad y de compasión por las luchas que ellos, tanto los seres de ficción, como los de carne y hueso, enfrentamos.
La estructura coral de El puente permite múltiples voces: ¿qué le ofrece esta polifonía que no le daría una narración lineal?
Tengo que aceptar que me gustan las novelas corales y me siento a gusto con esta manera de narrar. Virginia Woolf es una de las escritoras que más me ha gustado leer por su manera no lineal de narrar, su polifonía de voces y esos monólogos interiores magistrales. Sin ánimo de compararme con la Woolf, creo que lo que intento es adentrarme en las cabezas, corazones, y entrañas de mis personajes, un juego que a veces desarrollo con extraños que veo pasar; tengo una especie de afición al imaginarme ese mundo interior, ese mundo tan propio, que todos llevamos dentro. En este caso me imagino como una exploradora de esos mundos interiores de los personajes y por eso me gusta darles la voz, usar el monólogo interior y permitirles expresarse libremente, lo que me permitió la estructura de El puente. A veces encuentro más escueto y superficial lo que desencadenan los sucesos en ellos y otras aparecen ante mí secretos y hoyos profundos a donde me sumerjo para explicar las complejidades de quiénes son, cómo actúan y cómo perciben el mundo, lo que en realidad configura la realidad, y realidades, que se viven en la novela. No tengo nada en contra de las narraciones lineales, de hecho, leerlas también es un placer y hay obras magistrales con esta manera de contar, pero sí me gustan los retos: el reto de leer autores que me lleven por vericuetos como Borges, Cortázar, Padura, Greene y generarle, a su vez, un reto al lector al ir y volver en la cabeza de los personajes y muchas veces en generar el efecto de que el final es en realidad el principio de todo.
En El puente, los personajes enfrentan encrucijadas vitales: ¿le interesa más el destino de los personajes o las decisiones que los conducen a él?
Me interesan muchísimo más las decisiones que conducen a esas propias encrucijadas. Es decir; puede que un personaje ni siquiera tenga que vivir lo que acontece, pero en el caso de Paula, una de las protagonistas de El puente, aunque puede seguir en su matrimonio, y casi que no se libra de este, prefiere al final emprender un rumbo nuevo (llevada también por decisiones ajenas), pero al final lo logra. Sin embargo, si se quedara ahí en esa comodidad, no se moverían el resto de fichas que la conducen a un final que tiene sentido en el puente de la Variante y que irrumpe en la vida de los otros personajes. Hay también decisiones internas, interconexiones, que generan destinos. Pero, si los personajes no se enfrentaran a esas encrucijadas vitales, las que todos atravesamos, su vida no se movería, no se conectaría con otras y no se transformaría en lo que sea que pueda resultar, y así es la vida: decisiones, bifurcaciones y no un destino como tal predestinado, a mi manera de ver.
En su obra hay una tensión entre lo urbano y lo simbólico: ¿hasta qué punto la ciudad que narra es real y hasta qué punto es una construcción imaginaria?
La ciudad narrada a través de los personajes y mi propia percepción siempre va a ser una construcción alterna a la real. Sin embargo, hay mucho de real en cuanto a los barrios, parajes, la idiosincrasia, los habitantes, algunas leyendas, modos de vida. Lo simbólico está en el aura que emite cada lugar, en cómo las personas responden a la propia esencia y personalidad de la ciudad y a la manera en que desde la literatura se recrea la realidad vivida. Sin embargo, también en la narración se entrelazan historias que se han recreado en la imaginación de los locales, chismes, habladurías, etcétera, que ya son parte del imaginario colectivo y que, por lo tanto, son terreno simbólico, pero que también permean y dan forma a la realidad local. El tema de las ciudades imaginadas es uno que me llama mucho la atención como en Las ciudades invisibles de Italo Calvino, o en la recreación de las ciudades reales que han hecho autores como Franz Kafka con Praga, la cual genera un encierro y suerte de prisión para él, o la propia Alejandría en El cuarteto de Alejandría, donde Lawrence Durrell recrea esa ciudad a través de los sentidos. En mi primera novela, Elisa, abordo la ciudad de Bogotá, la que se configura en barrios como La Soledad, Teusaquillo y Chapinero y también hay una creación de una ciudad imaginaria: La ciudad más bella del mundo, que contiene una especie de retazo onírico y real de distintas urbes en el planeta. Por lo tanto, creo que la literatura recrea, configura y genera múltiples sentidos a lo existente y a lo inexistente.
El puente parece surgir de una preocupación ética además de estética: ¿cree que la literatura tiene una responsabilidad frente a los conflictos sociales?
El puente nace de una percepción, la propia, frente a distintos conflictos sociales, pero también ante el imaginario, el territorio y sus gentes; sin embargo, llega al terreno de la denuncia frente a complejidades que en la época en que lo publiqué pasaban aún más desapercibidas, como el tema de la salud mental, la soledad en la maternidad, las crisis de los jóvenes y la falta de oportunidades. “Tanto va el agua al cántaro que al final se rompe”, dice el dicho, y en la pandemia de 2020 a causa del COVID-19 todo ese conflicto estalló a nivel local, regional, nacional y mundial. Así que más que dar cuenta de los conflictos sociales, que no creo sea una obligación en la literatura, sí creo que debemos narrar o recrear el mundo que nos rodea y, si en este existen conflictos sociales, el autor tiene la libertad de elegir poner un foco en ellos o no. Sin embargo, una narración que cuente o recree un mundo como el que existe actualmente difícilmente puede ignorar la alta ebullición de conflictos sociales que vivimos simultáneamente y que impactan incluso de diversas maneras a nuestra esfera privada y cotidiana.
Su prosa ha sido descrita como envolvente y precisa: ¿qué tanto hay de trabajo consciente y qué tanto de intuición en su estilo?
En el trabajo de escritura hay mucho de poda, reescritura, edición, pues el oficio de escribir se asemeja a un trabajo artesanal donde como con un cincel se esculpe la obra. Pero también hay bastante de intuición, de una escritura que fluye a borbotones, a veces, y otras gotea, poco a poco. En mi oficio prefiero dejar que fluya o esperar que fluya la escritura, luego de hacer un boceto anterior, pero también dedico mucho tiempo a esculpir, usar el cincel (a veces más de lo que me gustaría), tal vez porque también trabajo como editora. Así que encuentro que tanto el trabajo intuitivo como el consciente son fundamentales.
En Elisa, su primera novela, lo fantástico y lo lírico tienen un papel central: ¿qué lugar ocupa lo fantástico en su manera de comprender la realidad?
Es una pregunta muy interesante, pues vengo planteándomela constantemente. En mi escritura me es difícil decidirme por un solo género. Es decir, no podría escribir una novela totalmente de fantasía dejando a un lado la realidad. Pero tampoco podría escribir una novela hiperreal, dejando de lado lo fantástico. Me es muy complejo escoger, pues en la actualidad admiro la forma de escribir contemporánea, minimalista, puntual, en mi caso preferible, ya que provengo del oficio periodístico, y es lo que se nos enseña a través de la economía de palabras. También admiro la manera menos adornada, si se le puede llamar así, de narrar. Sin embargo, creo que se hace mucha antesala al hiperrealismo y no podría dedicarme solo a describir la realidad, sin un poco de ficción o fantasía, pues creo que hasta los hechos más oscuros la tienen. En mi novela Elisa la realidad dio paso a lo fantástico, pero nunca abandonó la narración de lo cotidiano. En El puente la vida real tuvo que tener al menos un personaje que conectara los dos mundos: un ángel, aunque las vivencias son plenamente reales en las otras dos protagonistas. Y actualmente me encuentro escribiendo un libro de cuentos donde la realidad, por más dura, cruda y sencilla que sea, genera un tipo de sutileza, parecida a la ficción.
Elisa explora el miedo y la libertad: ¿son estos dos ejes constantes en su universo narrativo?
Totalmente, la dualidad entre el miedo y la libertad es la que mueve a los personajes de mi universo narrativo. Pero detrás de ese miedo y esa libertad también se esconden obsesiones muy claras: la locura, la muerte, el amor, la herida, y una búsqueda muy clara sobre la dualidad entre lo femenino y lo masculino.
Sus capítulos breves, casi fragmentarios, parecen responder a una arquitectura muy cuidada: ¿cómo concibe la estructura de una novela?
Aunque puede parecer extraño esos capítulos breves vienen de la obsesión de mis mentores y profesores periodistas, luego también la mía: el minimalismo, tratar de decir lo máximo que se pueda en pocas líneas, y también generar pensamientos, imaginaciones e ideas propias en el lector. Sí hay detrás de la estructura de cada novela, o proyecto literario, un esbozo, una especie de plano (soy hija de dos arquitectos), en donde me siento a pensar un mapa del camino por el que podrían ir los personajes (aunque a veces estos se acaban yendo por otros lugares), pero ese diseño me permite ir por el sendero de la novela con más calma, y menos angustia. A veces hay que rediseñar, pero esto me permite —la estructura— tener preconcebido un esquema de la novela, que siempre recomiendo antes de iniciar la escritura, pues al esbozar de manera general lo que se pretende recrear, puede el autor dedicarse a los detalles, a los sucesos de cada personaje, a conocerlos, sin perderse en la idea general (que a veces apabulla).
¿Escribe primero desde la imagen, desde la emoción o desde la idea?
Soy una persona y autora bastante indecisa (risas), me cuestan las definiciones cerradas, los finales cerrados, las decisiones radicales. Por eso creo que he escrito desde las tres formas: desde la imagen, como me ocurrió con Elisa, a quien preconcebí a través de un sueño y por eso con esa novela hubo una exploración del mundo onírico. Desde la emoción con El puente y lo que me generaba volver a Ibagué, así como lo que sentí cuando esa mujer se lanzó del puente. Desde la idea con Sacerdotisas, mi tercera novela, donde sabía que desde siempre me ha gustado explorar la idea de la simultaneidad, las realidades paralelas, y la ficcionalidad del propio tiempo, tal y como se puede ver en películas como Todo a la vez en todas partes, de Daniel Kwan y Daniel Scheinert, El viaje de Chihiro, de Hayao Miyazaki, Interstellar o El origen de Christopher Nolan y en la propia narrativa de varias novelas de Haruki Murakami, como El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Así que puede surgir la escritura desde las tres formas, entremezclarse y potenciar incluso que en una novela donde la imagen me haya motivado a escribir, la emocionalidad se anteponga, o donde la emoción nos lleve a escribir, como en El puente, y se quede una idea que prevalezca. La literatura, como la vida misma, es impredecible.
Su formación como periodista está presente en su mirada: ¿cómo dialogan en su escritura el rigor del periodismo y la libertad de la ficción?
Es una dialéctica muy interesante, pues muchas veces la escritora de ficción ha querido deshacerse de la periodista y otras veces la periodista quiere evitar a la escritora. Sin embargo, no pueden estar la una sin la otra. La escritora necesita el rigor periodístico, la economía de palabras, la estructura, para poder llegarle al lector de manera directa, amena y atractiva. Pero la periodista necesita a la escritora para dejar que su imaginación fluya, que se pierda en búsqueda de los personajes, que se encuentren los mundos reales con los ficcionales. Ambas se sientan a oír a los personajes, a entrevistarlos, y aunque a veces a cada una le toque hacer concesiones, es en realidad cuando estas dos facetas están de acuerdo, desde el lado periodístico y desde el literario, que me siento satisfecha menos para dar por terminado un texto.
Ha trabajado como editora y gestora cultural: ¿cómo influye esa experiencia en su proceso creativo?
La otra faceta, la de editora, influye en la manera de pulir el texto, de generar una estructura y de pensar en el lector. Sin embargo, y esta regla debe ser muy clara, la editora tiene que dejar a la escritora fluir, sentir, desbordarse, para que pueda surgir una historia, para que la creatividad no esté tan constreñida y luego de un tiempo sí puede intervenir, pero respetando a la voz que narra, igual que hago con los autores con quienes trabajo. En cuanto a mi experiencia en la gestión cultural, esta me impulsa a mesurarme en la manera en que trato a los autores que trabajan conmigo en la editorial: con compasión, amabilidad, respeto por ellos y por su voz (a veces más paciencia de la que quisiera aceptar), y con dignidad en su labor, así como en saber que tengo la fortuna de colaborarles para lograr que publiquen sus libros, sean autores conocidos o no.
Como fundadora de Nous Books, usted impulsa nuevas voces: ¿qué busca en un manuscrito para decidir publicarlo?
Busco voces auténticas, honestas, e incluso “extrañas”. Pretendo ayudar a que salgan a la luz manuscritos que sé que en las editoriales tradicionales no tendrían cabida y donde, por sobre todas las cosas, los autores puedan permitirse sacar a flote, y sin miedo, sus ideas y escritos. A veces mi labor consiste en darles el impulso para creer también en sus voces, lo cual no es fácil al comienzo. Huimos muchas veces de lo “comercial” o de lo “tradicional” para dejar que esas “extrañezas” literarias lleguen a los lectores que las buscan.
¿Qué papel juegan los talleres de escritura en la formación de una voz literaria auténtica?
Para mí juegan un valor fundamental. No solo porque gracias a una beca pude estudiar un máster de Escritura Creativa, sino porque lo he vivido en los talleres que doy, en donde se permite explorar, jugar, y encontrar esa voz de cada autor. También me encuentro con muchos autores extraordinarios que tienen historias increíbles que narrar, pero no han tenido la suerte de explorar, trabajar y profundizar en su escritura y siempre les recomiendo hacer algún taller, curso o programa, siempre que puedan, pues son espacios donde se logra pulir y dejar salir esa voz que está como ahogada dentro de uno.
Su obra parece atravesada por personajes en búsqueda: ¿cree que toda narrativa es, en el fondo, una forma de indagación existencial?
Lo creo. Toda narrativa e incluso toda expresión artística es una forma de indagación existencial. Donde los personajes hacen un viaje interno, o un simple retorno a su consciencia, donde se preguntan por la existencia misma, que es siempre una búsqueda, querámoslo o no. Esa búsqueda puede que nunca termine y por eso el proceso artístico es infinito.
¿Qué autores y qué tipo de lectura recomienda a los jóvenes que desean iniciarse en la literatura con sensibilidad y profundidad?
Recomiendo que lean géneros que les interesen siempre al comienzo y que luego vayan, poco a poco, indagando en lecturas clásicas o contemporáneas. Sin embargo, y si estas no los atrapan, no les diría que se queden ahí, les diría que busquen y rebusquen. Pero no solo en la escritura, sino en todo tipo de arte. Les propondría leer autores contemporáneos, donde se narren sus mismas búsquedas y que, luego, se permitan abrir la mente a distintos géneros y momentos de la humanidad. Pero en cuanto a recomendaciones me parece en Colombia que la literatura de Sara Jaramillo Klinkert, Lorena Salazar Masso, María del Mar Ramón, Pilar Quintana, Laura Restrepo, entre muchas otras autoras nacionales e internacionales, son imprescindibles. A su vez autores como Tomás González, Carlos Orlando Pardo, Felipe Restrepo Pombo, Juan Sebastián Cárdenas, entre muchos otros, están en mis recomendados más actuales. Pero también conozco autores, que han publicado en Nous Books, con una escritura muy contemporánea, como María Paz Cuéllar, Geraldine Silva, Miriam Alicia Sendoya, Juan Andrés Meléndez, Alejandra María Ortega, Rita María Medina, Ricaurte Rivera Sierra, entre muchos otros, aún sin ser conocidos algunos de ellos, con una gran calidad literaria. Se me quedan muchísimas recomendaciones por fuera, pero sé que estos autores generarán un gran enganche en el lector joven e inquieto.
¿De qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes si quieren formar un criterio sólido y una voz propia?
Como editora he visto que hay una gran cantidad de libros “sin mucho contenido de valor” que se publican cada año y no por el género, sino que encontramos cantidad de personajes a los que se les pide ubicar cualquier contenido que produzcan y conformar un libro, solo por su fama o cantidad de seguidores. Esto se nota desde la portada y la temática. Y vuelvo y digo, no es cuestión de género. El crecimiento personal, o autoayuda, está muy golpeado, pero en ese género se puede encontrar, como en todos, libros de calidad alta, media y baja. Hay grandes libros como Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola Estés o los del doctor Brian Weiss o el doctor Joe Dispenza. Sin embargo, los invito a ir leyendo desde cómics hasta novelas gráficas, leer sus géneros favoritos e ir creando un criterio propio que les permita determinar un libro de calidad, a uno que no lo es, sin importar el género. Más ahora que con la IA cualquier persona siente y cree que puede escribir un libro.
Su incursión en la literatura infantil con Historias de niños que aman las estrellas amplía su registro: ¿qué desafíos implica escribir para públicos distintos?
Además de indecisa soy inquieta por naturaleza y me gusta la posibilidad de escribir para distintos públicos, entre estos el infantil y el juvenil, así como el adulto. Sí hay desafíos pues la escritura va a cambiar dependiendo del público, pero también creo en la inteligencia y sabiduría de los más jóvenes y por eso aunque el lenguaje estético cambie, muchas de mis mismas obsesiones al escribir para un público adulto permanecen, solo que de manera creativa busco explorar distintas formas de expresar los temas que tanto a niños como adultos nos interesan, y que muchas veces pueden ser los mismos. Esto ocurre por ejemplo en el libro infantil que estoy terminando, Un huequito en el corazón, que habla de esa herida, o heridas, que todos cargamos desde la infancia.
En su próxima novela, Sacerdotisas, ¿qué nuevas búsquedas narrativas o temáticas se propone explorar?
En Sacerdotisas, que de hecho ya está terminada, me di la opción, no con algo de reticencia, de explorar un narrador omnipresente, que en realidad no es uno solo, sino que lo conforma la tríada de las moiras o parcas. Así que el uso del narrador fue para mí desafiante, pero entretenido. También tuve que hacer una labor de investigación histórica más exhaustiva: de la cultura chichimeca, celta y egipcia.
El libro que estoy escribiendo actualmente, Bicho, me ha dejado explorar el cuento a más profundidad, buscando narrar solamente lo necesario. Según lo que afirmaba Borges el cuento es uno de los géneros más exigentes pues el autor no se da tantas licencias literarias como en la novela. Así que estoy disfrutando este nuevo reto. Anteriormente he escrito cuentos, pero nunca un libro de relatos que lleve una misma línea narrativa y se enfoque en historias independientes, pero interconectadas. Sin embargo, creo que necesitaba el descanso que produce el cuento frente a la estructura de la novela.
