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Nelson Romero: La voz que permanece

por Redacción: Noticias Coopercom

Nelson Romero es, sin exageración, uno de los nombres mayores de la poesía del Tolima, del suroccidente colombiano y del país.

Su obra, construida con rigor y profundidad a lo largo de los años, le ha valido reconocimientos decisivos: el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura (2015), el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá (2007), Premio de Poesía Universidad de Antioquia (1999) y, de manera sobresaliente, el Premio Casa de las Américas (2015), uno de los galardones más prestigiosos de la lengua española.

Antes de todo eso —antes del nombre consolidado, de los libros, de los jurados y los aplausos—, hubo una intención distinta. Quiso ser narrador. Soñó con la prosa, con el cuento, con la novela. Hubo en él una vocación inicial por la historia contada en líneas extensas, por la urdimbre de la ficción.

Intentó ese camino con disciplina. Escribió relatos, exploró la minificción, avanzó incluso en una novela que llegó a ocupar cerca de noventa páginas. Pero algo no terminaba de cuajar. Había una fisura, una distancia entre lo que quería decir y la forma que elegía para decirlo.

Esa disyuntiva lo condujo, casi inevitablemente, hacia la poesía. No como una renuncia, sino como una revelación. Allí encontró la medida exacta de su voz, el espacio donde lo esencial podía decirse sin rodeos.

Mucho antes de ese hallazgo, su infancia ya había dejado inscrita una sensibilidad singular. Nació el 28 de septiembre de 1962 en Ataco, enclave del sur tolimense rodeado de cumbres, y creció en un entorno que él mismo reconoce como privilegiado: naturaleza abierta, el rumor constante de los pájaros y el discurrir del agua entre ríos y quebradas. Esa música temprana terminó por modelar una perspectiva que él mismo define como una infancia acuática. En este universo, el río Saldaña y sus afluentes no solo marcaron el paisaje, sino también una forma de percibir el entorno, de atender a sus murmullos y a su recogimiento natural. Ha vivido siempre en Tolima, y reside en Ibagué desde hace más de treinta años.

A ese entorno se sumaron los relatos familiares. Su padre, figura determinante, poseía una imaginación desbordada: podía afirmar, sin titubeos, que los peces caían del cielo. Esas imágenes, a medio camino entre lo fantástico y lo cotidiano, se quedaron adheridas a la memoria del niño.

Su madre, por su parte, representó otro tipo de influencia: vigilancia, formación, disciplina. Fue una presencia atenta, orgullosa del crecimiento intelectual de su hijo, consciente de que algo singular se gestaba en ese vínculo temprano con la palabra.

La escuela fue un punto de inflexión. En la Urbana de Varones Camilo Torres, entre cartillas como La alegría de leer y la cartilla Charry, descubrió el placer de la lectura, aun sin saber todavía que ese placer conduciría a la literatura.

La biblioteca se convirtió en su refugio. Permanecía más tiempo entre libros que en el aula, y al salir del colegio prolongaba esa estancia en la Biblioteca Municipal. Allí comenzó una formación en la sombra, casi clandestina.

No hubo guías en ese proceso. Ni en casa ni en la escuela alguien le indicó qué leer. No creció rodeado de libros. Esa ausencia lo obligó a construir su propio camino, a elegir, a equivocarse, a insistir.

Fue una formación autodidacta. A través de ella se acercó a la poesía de José Asunción Silva, de Porfirio Barba Jacob, a la narrativa de Gabriel García Márquez y, en general, a la tradición colombiana y latinoamericana.

En esos primeros años, entendía la poesía como forma clásica. Escribía sonetos, cuartetos, textos sujetos a la métrica tradicional. Había en él un respeto casi reverencial por la estructura.

Con el tiempo, esa concepción fue transformándose. La experiencia, la lectura y la escritura misma lo llevaron a flexibilizar su lenguaje, a buscar una expresión más acorde con su sensibilidad.

Ese tránsito se hizo visible en sus primeros libros: Días sonámbulos (1988) y Rumbos (1993). Ahí se advierten las líneas iniciales de su universo poético. Más adelante, con Surgidos de la luz (2000) y Voy a nombrar las cosas (2000), su escritura adquirió mayor precisión en la relación entre palabra y realidad.

En Grafías del insecto (2005) y La quinta del sordo (2006), su obra se interna en zonas más densas, en las que la imagen y la reflexión se entrelazan con mayor intensidad. Esa exploración continúa en Obras de mampostería (2007) y Apuntes para un cuaderno secreto (2011), libros que consolidan una voz cada vez más definida.

El punto de madurez se hace evidente con Música lenta (2014), obra que le valió el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura y que confirma la solidez de su propuesta estética.

En 2015 publica Bajo el brillo de la luna, libro distinguido con el Premio Casa de las Américas. En este poemario, Nelson se aproxima a la obra del pintor Edvard Munch, no para describirla, sino para habitar sus tensiones, sus zonas de angustia y revelación.

El libro es fruto de un prolongado proceso creativo, cercano a una década, en el que el poeta entra y sale del universo del artista como quien desciende a una región oscura para extraer imágenes, formas y resonancias. La poesía se convierte allí en un puente hacia la pintura, en una forma de traducir lo indecible.

Su producción posterior incluye títulos como La locura de los girasoles (2015), Oficios varios (2019) y Proverbios y carnavales (2021), en los que continúa explorando nuevas formas de decir sin perder la esencia de su escritura.

En paralelo, ha desarrollado una labor ensayística con obras como El espacio imaginario en la poesía de Carlos Obregón (2012) y El porvenir incompleto (2012), así como trabajos críticos en colaboración.

Además de su trabajo como escritor, se ha desempeñado como docente e investigador en la Universidad del Tolima, y ha sido editor de revistas literarias, contribuyendo a la circulación y reflexión de la literatura en su región.

En suma, la trayectoria de Nelson Romero revela a un autor que encontró en la poesía el lugar definitivo de su voz. Una obra que no persigue el deslumbramiento inmediato, sino que se instala con paciencia en la memoria del lector y permanece.

Con este autor, arraigado al Tolima y radicado en Ibagué desde hace más de tres décadas, sostuvimos la siguiente conversación:

Su obra ha alcanzado un lugar destacado en la poesía colombiana. ¿En qué momento sintió que su voz había encontrado una forma propia?

“Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo”. A propósito de este verso de Rubén Darío, sigo buscando formas poéticas, maneras de decir, y esa es una de las razones por la que me gusta escribir poesía, justamente porque permite diferentes posibilidades de juego, aunque el lenguaje de mis primeros libros estuvo muy ligado a la búsqueda de la imagen y la sorpresa, hoy siento que el encuentro con los modos narrativos y las formas discursivas no propiamente poéticas, me han permitido más libertad y me hacen sentir más a gusto.

Antes de consagrarse a la poesía, intentó la narrativa. ¿Qué le reveló ese tránsito sobre su verdadera vocación?

Yo empecé a escribir, muy joven, creyendo que iba a ser un narrador, principalmente, pero no fue así. Leía novelas y cuentos colombianos, sobre todo de la generación de escritores que inevitablemente cayeron en los modelos del Realismo Mágico con Gabo a la cabeza. Fracasé con un proyecto de novela que no terminé; luego me apasioné por el minicuento, creo que llegué a escribir más de cien y ser finalista en un premio de este género, pero por fortuna me fui deshaciendo de ellos. No obstante, escribía poesía y fui tomando conciencia que este era mi verdadero lugar de escritura y hasta hoy lo hago con profunda pasión. 

¿Qué quedó de ese impulso narrativo en su manera de construir los poemas?

Quedó una experiencia maravillosa a la que hoy acudo con más frecuencia: contar pequeñas historias con la poesía, valerme de los modos narrativos de la crónica o del relato para entrar a la conciencia de personajes, sobre todos pintores, y hacer que nos revelen desde adentro asuntos secretos de sus vidas y sus obras. Muchos de mis poemas acuden a la prosa, porque hay algo que me dice esto solo lo puedes decir en prosa, esto otro lo debes escribir en versos. De esa manera soy un animal de instintos poéticos.

Su infancia en Ataco está marcada por la naturaleza. ¿Cómo se filtra ese paisaje en su escritura?

El paisaje de Ataco hasta hace poco empezó a ser dicho en mi poesía. Ando trabajando un libro sobre mi infancia y allí está pleno el paisaje y mi contacto directo con el río, los bosques, las montañas y los seres de la naturaleza que me acompañaron y me acompañan. Ese encuentro ya se estaba convirtiendo en una deuda que pronto estará saldada.

La figura de su padre aparece asociada a la imaginación y al relato. ¿Qué huella dejó en su forma de concebir la palabra?

Mis padres, aunque ya no están, siguen andando en mis poemas. Ahora puedo decir que son imágenes vivas en mi obra. Casi se convirtieron en referentes poéticos, por lo que significaron en mi vida y el apoyo que recibí de ellos, que siempre se alegraron al verme leer o escribir. Mi padre fue un hombre fascinado por el río, lo navegó toda su vida y lo acompañábamos a las faenas de campo. En mi poesía es esencial, fue el lado poético en mi vida; mi madre me completó por el lado práctico. 

Su formación como lector fue autodidacta. ¿Cómo influyó esa libertad en la construcción de su criterio literario?

Mi niñez y buena parte de mi juventud la pasé en Ataco, de modo pues que allí inicié mi actividad como lector en la biblioteca municipal y la biblioteca del colegio. Desde luego, las carencias de una orientación literaria eran evidentes, por lo que tenía que abrirme paso en la poesía a través de las lecturas y así fui descubriendo la riqueza de la poesía en muchos autores. La lectura de la poesía y del ensayo me fueron fundamentales, como el estudio las tradiciones poéticas a través de los libros que por fortuna estaban en la biblioteca. De esa manera me fui encausando en el oficio, por cuenta propia. Por necesidad me convertí a la vez en profesor y alumno de mí mismo. Todo gracias al deseo de escribir, que implicaba ponerse a tono con las fuentes poéticas del pasado y del presente. Eso me lo dictó el instinto.

En sus inicios trabajó con formas clásicas. ¿Qué lo llevó a abandonar esas estructuras y buscar una expresión más libre?

Sí, como la imagen más inmediata que tenemos de la poesía son las formas clásicas como el soneto o el cuarteto, creí que la poesía llegaba hasta ahí, además era lo que permeaba a la escuela en sus textos, de modo que terminé aprendiendo de memoria abundantes poemas de ese estilo. Mi primer libro de lectura de poesía fue el Parnaso colombiano, que exhibía el clasicismo en sus formas más puras de raigambre romántica. Desde luego, lo que mejor pude aprender de esta experiencia para mi oficio, es que la poesía tenía un ritmo y una musicalidad, incluso en prosa. Cuando leo poesía, no dejo de llevan el compás con un pie. Entendí que el oído es el sentido principal de la poesía. 

¿Cómo entronca hoy con la tradición poética colombiana que leyó en su juventud?

Bueno, yo leía bastante poesía colombiana. Las selecciones de Fernando Charry Lara o de Andrés Holguín, además de libros recién editados que llegan a la biblioteca como pan recién horneado. Comparaba mucho, leía en cada libro la manera como cada poema estaba escrito. A los poetas nadaístas los sentí siempre distintos, eran para mí la ruptura entre tanto verso parecido. Pero aprendí de Eduardo Mallea que uno escribe con su tiempo y contra su tiempo. La poesía colombiana ha sido siempre muy respetuosa, en su gran mayoría, entonces preferí ser más prosaico, sin perder la cordura, y sigo intentándolo.

Música lenta obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Cultura. ¿Qué significó ese reconocimiento en su trayectoria?

No tenía muchas esperanzas con el libro. Incluso fue un libro que publiqué sin terminar y tuve que completarlo con otros poemas. Se iba a llamar Música negra, pero surgió un proyecto editorial y le puse el título provisional deMúsica lenta, con la esperanza de que luego terminaría mi proyecto de Música negra, pero finalmente quedó así y me hubiera gustado que se llamara Música negra. Sin embargo, el estímulo del premio fue fundamental, poque de alguna manera nos confirma que en este oficio no lo hacemos del todo mal y significó un impulso grande y grato por lo que significa hacer más lectores.

Bajo el brillo de la luna, distinguido con el Premio Casa de las Américas, establece un vínculo con la pintura. ¿Cómo surgió esa conexión con la obra de Edvard Munch?

El título Bajo el brillo de la luna hace parte de una frase del diario de Munch que puse como epígrafe del libro. Este fue mi tercer encuentro poético con un pintor; el primero ya lo había hecho con Van Gogh y el segundo con Goya. Edvard Munch, protagonista de Bajo el brillo de la luna, me llamó la atención, primero porque de alguna manera compartía con los pintores anteriores un desquicio mental y esto ya los hace distintos en la tradición, sumado a que esas vidas produjeron obras que a mí me relataban algo. Ese algo es el que exploro en mis poemas. Los cuadros de Munch son desgarradores, así que el procedimiento fue dejar que el pintor nos contara historias íntimas a través de sus retratos y autorretratos, crónicas y un diario, que es como se estructura la composición de este libro.

Ese libro tomó cerca de una década de trabajo. ¿Qué transformaciones personales ocurrieron durante ese proceso creativo?

Sí, fueron diez años de labor poética. Casi no se deja escribir. Rompí una primera versión, por insinuación del poeta Santiago Mutis, quien lo leyó y no le gustó y por eso es mi amigo. Lo volví a escribir conservando mucho del tono y rescatando y mejorando algunos textos. Desde luego, fue una escritura laboriosa, línea a línea. Cuando me llamaron de Casa de las Américas la sorpresa fue grande, la verdad no creí que el premio fuera para mí, hasta llegué a creer cuando me lo comunicaron, que estaba atravesando por una pesadilla. Bueno, son asuntos que te toman por sorpresa; llegaba otro estímulo en mi vida dedicada a esta labor de la escritura.

En su obra se percibe una búsqueda constante de lo esencial. ¿Qué lugar ocupa el silencio en su escritura?

Hace poco, escuchando una conferencia de un científico, llegué a entender que el silencio fue el origen del universo. Hay dos silencios en el artista: el de su propia persona y el de su obra. Las obras silenciosas, de las que casi nada se dice en el presente, maduran con el tiempo. No digo que ese será el destino de mis poemas, hay muy buenos poetas, enormes. Pero es bueno que el poeta guarde silencio frente a su obra. Siento que hay muchos poetas ruidosos por todas partes y ahora más con las redes sociales. El lugar de la poesía es la lectura callada y el descubrimiento propio por parte del del lector. Si algo nos susurra la poesía, es la voz el silencio.

¿Cómo entiende la relación entre imagen y pensamiento dentro del poema?

El pensamiento es como una cámara llena de imágenes y las imágenes, según Aristóteles, son los fantasmas de las cosas. Por ejemplo, en la mente guardamos la imagen del pájaro o de la casa. Pero al poeta no le basta con crear buenas imágenes, sino pensamientos sugeridos por las imágenes. La poesía, o los mejores poemas, son formas de pensamiento. Incluso, hay poemas que filosofan en medio de lo sagrado, del humor o la ironía. La poesía que fuera de ser bella por los procedimientos del lenguaje, nos hacen pensar, es la que más respeto. Creo que los poetas y en general los artistas, son críticos a través de su arte. La inconformidad ha producido grandes obras, sea el cuadro El sueño de la razón de Goya o un poema aparentemente sencillo como Los heraldos negros de César Vallejo; obras que hablan de cara al hombre, sin rebuscamientos, además de que sojuzgan la modernidad.

Ha recibido reconocimientos como el Premio de Poesía Universidad de Antioquia y el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá. ¿De qué manera inciden —o no— los premios en el oficio del poeta?

Para el oficio llegan como estímulos, pero hay que saber recibirlos y nunca entenderlos como merecimientos consagratorios. Sabemos que las grandes obras, las que mejor hablan por nosotros, pertenecen a artistas que nunca recibieron ningún premio. Si una obra perdura es por su propia obra y no por obra de un premio. Pero son momentos de satisfacción, traen un reconocimiento transitorio, pero si la obra no encierra un talento verdadero, será olvida. Yo no temo al olvido, basta con el goce que me produce escribir, que es como jugar a las escondidas con uno mismo. 

Además de poeta, ha sido ensayista y docente. ¿Cómo se entrecruzan esas facetas en su trabajo?

Me ha gustado escribir prosa, pero no estoy seguro de que sean verdaderos ensayos, quizá algunos artículos, unos que he hecho de manera libre y otros por compromisos académicos o investigativos. Es normal que en todos los libros de poesía aparezcan los datos biográficos del autor y todos inician poniendo el nombre, lugar de nacimiento y de manera inevitable se diga poeta, ensayista, etc., etc. En los datos biográficos de mis libros omito esas referencias a poeta o ensayista. Quizá sea un ensayista de poeta y me siento mejor así que andar tan seguro de las cosas. Ahora, he ejercido la docencia por muchos años. Actualmente soy profesor de la Universidad del Tolima y eso si lo pongo dentro de mis datos biográficos. Es un oficio que me ha permitido llevarme bien con poesía. Enseñar es también un goce y una pasión que ha cultivado mi sensibilidad para escribir y ver el mundo.

¿Qué exigencias le impone hoy la escritura frente a sus primeros libros?

Cada libro ha sido una experiencia distinta y placentera. No me siento identificado con lo que suele llamarse un estilo o un diccionario o tono propio. Sentirse otro cuando se escribe —y así lo percibo y lo vivo—, no sé si suene artificioso. Más bien creo, como Wallece Stevens, que no es el tema el que se agota en uno mismo, sino la poesía del tema. Hoy siento que la poesía del tema sobre pintura, se me agotó en mi cuarto libro titulado Proverbios y carnavales, donde le di la voz al pinto Brueghel el Viejo, con el que completé cuatro libros conectados con las artes plásticas. De modo pues que cada libro trae consigo sus propias exigencias, con la confianza que puede darnos el tiempo.

¿Cómo percibe el lugar de la poesía en el panorama contemporáneo, marcado por la inmediatez?

Vuelvo a lo que dije hace poco, el panorama contemporáneo para la poesía, está interconectado por la red de internet, donde buena parte de la poesía viaja a través de revistas digitales, blogs, círculos o grupos de poetas que atienden más a disputarse espacios de poder en la sociedad o en la cultura, que a la búsqueda estética en sus afinidades generacionales, con un auge bastante fuerte de la autopromoción individual o grupal, con plataformas virtuales dispuestas a poner en circulación sus productos artísticos recién salidos del horno. Asimismo, los poetas asisten con más frecuencia a espacios masivos de contacto con públicos amplios y diversos, como los festivales nacionales e internacionales de poesía y los eventos de las ferias del libro, que vinculan cada vez más la escuela y las zonas urbanas periféricas con los poetas y la lectura de poesía. Por otro lado, la promoción del taller de poesía se institucionaliza y se amplía cada vez más como una práctica de acceso a jóvenes que encuentran en la poesía la primera oportunidad de ingresar a la literatura, ya sea como lectores o autores principiantes. Por lo mismo, las convocatorias a participar en concursos nacionales o internacionales de poesía han venido creciendo, al punto que en estos momentos no hay ningún poeta que no se haya alzado, por lo menos, con un premio regional, nacional o internacional.

¿Qué tipo de lectura considera fundamental para los jóvenes que se acercan a la literatura?

Cualquier libro para un poeta, hasta un libro de economía y si es sobre turismo, mejor. Lo importante es acercarnos de manera crítica a la materia que leemos y desarrollar el instinto estético para persuadirnos cuándo estamos leyendo o no un buen libro. Para un poeta no recomiendo un libro que brinde consejos, sino que lo desaconseje; lea la biblia, pero sin fe, y sí lea con mucha fe Las Letanías de Satán de Baudelaire o las Cartas del Vidente de Rimbaud y si lee a Pablo Coello, léalo al revés, es decir, no se deje llevar por el camino recto sino más bien dejarse conducir por el sendero de la oveja perdida, que entre más uno se pierda en asuntos del lenguaje con la poesía, más y mejor reconfortado se vive y se escribe. 

Del mismo modo, ¿de qué tipo de libros deberían apartarse o ser cautelosos los jóvenes lectores?

Ya lo dije en la anterior respuesta. Pero si es para escribir poesía, uno puede sacar buena poesía de malos libros. Ya para ir afinando el gusto de la lectura, leer la poesía de vanguardia europea y latinoamericana; recomiendo poetas peruanos, chilenos, cubanos y venezolanos del siglo XX, por ahora. Y ensayos sobre poesía, los que más pueda, porque nos ayudan a pensar el oficio de escribir el poema.

¿Qué permanece inalterable en usted cada vez que se enfrenta a la página en blanco?

Que voy a encontrarme con alguna sorpresa. Y siempre, en mi caso: escribir mucho y al final quedarse con poco o con nada.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom