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Escritura y rebeldía en Óscar Perdomo Gamboa

por Redacción: Noticias Coopercom

Óscar Perdomo Gamboa saboreó las mieles del éxito concursante en 1998, cuando obtuvo el Premio Jorge Isaacs de la Gobernación del Valle del Cauca con su ópera prima, Hacia la aurora. Aquel triunfo no fue una irrupción estrepitosa, sino una de esas revelaciones que avanzan en voz baja, pidiendo permiso antes de instalarse definitivamente. Esa novela inaugural no solo le otorgó un lugar en el mapa narrativo del país, sino que anunció una vocación temprana por explorar los límites entre la realidad y el lenguaje.

Dentro de las páginas de Hacia la aurora, el autor propone la historia de Marco, un joven cuya timidez contrasta con un don improbable: intervenir en los sueños ajenos. Lo que inicia como una extensión inocente de su sensibilidad —sembrando poesía y amor en otros— termina por colisionar con la naturaleza de la gran literatura, donde la inocencia rara vez sale ilesa. Esta pieza clave de su catálogo fue reeditada en 2005 y 2015, consolidándose como ese punto de origen al que se vuelve para reconocer la raíz de su estilo.

Nacido el 1 de agosto de 1974, Perdomo Gamboa empezó a trazar su destino mucho antes de que las portadas llevaran su nombre. Su biografía arranca como las vidas que se transforman en narrativa: con un punto fijo en el calendario y una serie de desplazamientos invisibles hacia la palabra. Radicado en Cali, su existencia ha guardado una doble fidelidad hacia la creación y la academia. Como Magíster en Literatura y Doctor en Humanidades, su paso por las aulas no fue un simple acopio de títulos, sino una forma de afinar la mirada para reescribir el mundo.

Bajo el sello de la Universidad del Valle, su labor docente prolonga este compromiso. Allí no solo enseña literatura, sino que la tensiona y la vuelve materia viva en la discusión colectiva. Una década después de aquel primer gran premio, publicó Ella, mi sueño y el mar (2008), una colección de cuentos de corte romántico que le valió su maestría en Literatura Colombiana y Latinoamericana. El libro, reeditado en 2012, reveló un registro más íntimo y emocional, aunque siempre atento a los pliegues de lo real.

Corría el año 2009 cuando apareció De cómo perdió sus vidas el gato, novela juvenil publicada por Caza de Libros que logró un eco notable en colegios de Bogotá, Ibagué y Cali, demostrando su facultad para interpelar a lectores de diversas generaciones. Sin detener su marcha, y en compañía de Hernando Urriago Benítez, impulsó Escrito en la grama, una antología de relatos sobre fútbol que hermana dos pasiones nacionales que suelen caminar juntas, pero pocas veces se nombran con tal rigor.

La parodia surreal llegó en 2011 con MD™, una novela que propone una lectura incisiva y ácida de la sociedad de consumo. A esa misma línea de exploración se sumó Fútbol de carnaval, cuentos que utilizan a la selección brasileña como eje para desentrañar las mitologías contemporáneas del deporte. El año 2016 marcó un nuevo hito con Allá en la Guajira arriba, obra que obtuvo la convocatoria Estímulos Cali y en la cual Perdomo Gamboa se sumergió en la novela histórica para reconstruir la figura del almirante José Prudencio Padilla.

Aquella misma temporada marcó su incursión en el ensayo con Lecturas sobre la afrocolombianidad, trabajo que revela su dimensión como pensador crítico sobre la identidad y la historia. Dicha veta ensayística se expandió con títulos como Afrografías, Mil caricaturas afro en la historia de Colombia y Afrofuturismo en dos novelas colombianas y otras elucubraciones, textos que examinan las tensiones raciales y los discursos visuales del país. Su producción, por tanto, no admite un solo género: transita con soltura entre la novela, el cuento y el ensayo, sin que esa diversidad signifique dispersión, sino una curiosidad persistente.

Cali ha sido el epicentro desde donde su escritura teje un mapa propio, abierto a dimensiones simbólicas y culturales. No es casual que su obra se lea con igual interés en recintos académicos y en aulas escolares. Hay en su camino una coherencia que no reside en la repetición, sino en la búsqueda. Cada libro responde a una inquietud distinta, situándolo como un autor que no teme al riesgo formal ni a la deriva, pues es precisamente en esa incertidumbre donde su literatura encuentra su fuerza más perdurable.

Viene a continuación, esta entrevista con Óscar Perdomo Gamboa en la que el escritor tolimense despliega una reflexión gravitante sobre su premiada novela, Hacia la aurora, subrayando su naturaleza experimental y disruptiva. El autor desentraña cómo la obra se vale de un lenguaje laberíntico y de juegos tipográficos para fracturar las estructuras narrativas convencionales, logrando que los límites entre la realidad y el sueño se vuelvan porosos. A través de su protagonista, se indaga en la soberanía del inconsciente y en la facultad de la imaginación para transmutar la percepción del mundo. Al cierre, Perdomo Gamboa reivindica la rebeldía juvenil como un motor creativo inagotable y aboga por una formación académica crítica que repudie lo previsible en favor de la densidad intelectual.

¿Qué pulsión estética sostiene Hacia la aurora como obra premiada y por qué su riesgo narrativo resultó digno del Premio Jorge Isaacs en 1998?

Ante todo, quería jugar con el lenguaje y la narrativa. Esa pasión juvenil por romper esquemas, por tratar de crear algo nuevo, por gritar en el vacío fue lo que motivó la novela. Supongo que ese nivel de experimentación convenció al jurado.

¿Cuál es la clase de lector que convoca esta novela: uno pasivo o uno dispuesto a perderse en sus laberintos de lenguaje y sentido?

El segundo. Hacia la aurora es en sí misma un pequeño laberinto, con múltiples narradores, además de que las historias se desenvuelven en el plano onírico y en el real, si se permite esa ilusión en la literatura. Los juegos de palabras, de sentidos y hasta de tipografías requieren la complicidad del lector, la novela lo invita a que desafíe las narrativas tradicionales y se sumerja en un mundo diferente.

¿En qué consiste la naturaleza del don de Marco y cómo se transforma, a lo largo del relato, de promesa luminosa en zona de inquietud?

El escapismo es natural al ser humano, la literatura es una forma de escapismo. Los sueños son una zona ajena a la realidad, inexistente, pero que todos vivimos de manera cotidiana. Marco puede controlar esos viajes al inconsciente onírico; de esta forma, cambia la realidad de sus conocidos, pero no puede cambiar la propia, no puede controlar sus propios sueños. Por ende, al no poder escapar a ese reino involuntario, él mismo empieza a evolucionar, a buscarse en sus propios interrogantes.

¿Hasta dónde llega la propuesta de la novela sobre los límites entre sueño y realidad y en qué momento esos límites se vuelven irrelevantes?

En la novela, ambos planos son claramente identificables, cada personaje ofrece las claves que le permiten al lector entender que se trata de sus sueños. Pero la narrativa, sobre todo la que gira alrededor de Marco, el protagonista, se empieza a diluir, haciendo esta frontera cada vez menos precisa. Los protagonistas y, por supuesto, el lector se confunde de manera inevitable, pero eso también es parte del juego de la novela, sorprender al lector y hacerlo partícipe de la trama.

¿Cuál es el papel del lenguaje como materia inestable dentro de la obra y por qué su ruptura se convierte en una apuesta estética central?

La juventud es atrevida. Esta novela fue escrita cuando aún no cumplía los veinte años. Uno de los objetivos en mi núbil existencia era la ruptura con los formatos previos, la muerte de los padres y la fundación de una nueva estética. Todo esto suena muy ingenuo, desde luego, pero es una fuerza vital de la que el arte siempre se ha nutrido. Por eso, la experimentación con el lenguaje y sus formas tenía que estar presente. Todo debía ser destruido y vuelto a crear.

¿Qué clase de sensibilidad exige el texto para ser plenamente habitado, más allá de la simple comprensión argumental?

Cada lector tendrá sus preferencias, pero siempre he pensado que el texto requiere una cierta complicidad con los juegos de la poética y las formas narrativas. A veces, hay trazos poéticos con un romanticismo ajeno a nuestro tiempo, y a veces hay densas y pesimistas visiones del mundo; a veces jugamos con la tipografía y a veces nos encontramos con códigos de la historia de la literatura. Inevitablemente, la novela pide a sus lectores que abran las mentes y entren al juego.

¿Dónde se sitúan los juegos de palabras y las claves cifradas en la construcción de sentido dentro de la novela?

Como toda obra literaria, son pistas a los abismos internos del escritor y, por ende, a lo que quiere transmitir. La novela está plagada de claves de la literatura, el rock, la narrativa gráfica y hasta mi entorno social del momento. Aparte de las historias descritas en el argumento, hay historias internas en códigos casi irresolubles, pero que permiten nuevos sentidos para el lector, para que construya su propia narrativa interna.

¿Cuáles tradiciones literarias resuenan en Hacia la aurora y de qué modo son reinterpretadas desde una perspectiva contemporánea?

En ese momento estaba leyendo mucho a Charles Baudelaire y a Jorge Luis Borges, algo de ellos está en esas páginas. Los poetas malditos influyen en muchos párrafos ahí impresos. Pero también hay alusiones a formas más nuevas, como la narrativa gráfica, que aún tiene detractores, pero que ha sido una constante en mi aventura lectora.

¿Hasta qué punto Óscar Perdomo Gamboa asume riesgos al tensionar la estructura narrativa y desafiar las convenciones del relato lineal?

Toda empresa literaria es un riesgo, pero desafiar los parámetros establecidos dentro de esos sistemas lo es aún más. Sin embargo, esos parámetros se han forjado por las innovaciones de autores previos, así que siempre estamos caminando sobre los hombros de nuestros maestros. A pesar de lo atrevida que pueda parecer mi novela, no me he inventado nada. Cortázar y Cabrera Infante, por mencionar sólo a dos de los más grandes, ya lo habían hecho y con mucha, mucha mayor maestría.

¿De qué tejido se compone la relación entre lo urbano, lo lírico y lo surreal en la atmósfera de la obra?

Parafraseando a Shakespeare, “del mismo material del que se tejen los sueños”. Los personajes se mueven en un plano real del que la ciudad, Luda, también es partícipe, dibujada con las herramientas oníricas, surreales del plano de los sueños. Eventualmente, hasta la realidad parece alucinada. Citando a otro dramaturgo, Calderón de la Barca, “toda la vida es sueño”.

¿Cómo se configura la experiencia estética del lector ante un texto que deliberadamente lo desorienta?

Sin duda, cada lector hallará su camino entre mis páginas o las abandonará sin remedio. La novela propone una búsqueda entre argumentos, entre significados y entre interpretaciones de cada lector. La primera página marca la entrada al laberinto, en cuyo centro no se encuentra un minotauro, sino un espejo.

¿Desde qué perspectiva se construye la noción de poder —aunque sea íntimo o simbólico— a partir de la capacidad de intervenir en los sueños ajenos?

Es un poder insignificante, aunque pueda parecer lo contrario. Nada tan vívido y tan inexistente como un sueño. El poder sobre lo onírico es una paradoja en Marco, pues puede crear mundos infinitos que se desvanecen con la mañana y el olvido. También es metáfora del escritor, de mí mismo, claro, pues creamos universos en páginas que quizá nunca se abran. Dioses paupérrimos.

¿Hasta dónde alcanza la reflexión de la novela sobre la fragilidad de la realidad cuando es intervenida por la imaginación?

Si García Márquez dijo que la vida no es como la recordamos, sino como la contamos; mi novela propone que la realidad no es como la vivimos, sino como la soñamos. En cierta forma, eso hacemos todos: soñamos que somos escritores, periodistas, médicos, arquitectos… que tenemos matrimonios, haciendas, bibliotecas, negocios… que somos tíos, madres, líderes, intelectuales, negociantes… Y en el fondo todo es un constructo intelectual que hemos forjado para darnos dos centavos de identidad, todo es narrativa, todo es imaginación.

¿Cómo se explica la permanencia de Hacia la aurora tras sus reediciones de 2005 y 2015, y qué sostiene su vigencia frente a nuevos lectores?

Me atrevería a decir que su juventud. Es una obra joven, no sólo porque la haya escrito en mis años mozos, sino porque se forja desde la irreverencia, casi la arrogancia, de la juventud. Es un experimento temerario, irredento, invulnerable ante la ley, el futuro o la muerte, como lo somos todos a los veinte años. Quizá por eso cada generación puede reflejarse en ella, en su rebeldía y su sagacidad; pero también en sus dudas existenciales y su búsqueda de sentido.

¿En qué lugar se inscribe esta obra dentro del conjunto de la producción literaria de Óscar Perdomo Gamboa?

Por ser mi ópera prima, inevitablemente abre la puerta al mundo de la literatura de golpe, pues entra con un premio de novela. A partir de ahí es cuando decido dedicarme seriamente a las letras, no sólo como un joven inquieto que escribe por capricho de los hados. Y también me obliga a vigilar la calidad y a no repetirme en las ideas.

¿Desde qué horizonte de lectura recomienda Óscar Perdomo Gamboa a los jóvenes los autores que deberían frecuentar al iniciarse en la literatura?

Siempre debemos leer lo que nos entretenga, desde Hemingway hasta Batman. Pero también hay que acunarse con los clásicos. No es posible dedicarse a este oficio sin haber leído a Dante, Dostoievski o Cervantes. Esta constante lectura, sobre todo de los maestros permite refinar las estéticas personales, y esto se verá reflejado en la escritura.

¿Con qué criterio orienta este autor las lecturas que podrían formar lectores críticos, sensibles y abiertos a propuestas no convencionales?

Las búsquedas personales siempre han de dirigir los nortes de cada lector. Pero también hay que levantar la cabeza y ver el mundo, leer a los premios internacionales, explorar narrativas de otros continentes, buscar propuestas jóvenes. Hoy, gracias a la facilidad de publicación que antes no existía, hay infinidad de publicaciones, incluso con formatos que antes eran impensados. Y no sólo hablo de fanzines o novelas gráficas, sino de orientaciones hacia públicos y temáticas particulares, como lo queer, lo feminista o lo afro. En esas manifestaciones, contestatarias por naturaleza, hay mucha experimentación, pero también un retrato inmediato de la sociedad actual.

¿Qué caminos de lectura favorecerían en los jóvenes una relación más profunda con el lenguaje y la imaginación?

La escuela casi siempre obliga y no invita a leer, solemos culpar a las instituciones educativas. Pero la costumbre de la lectura debe partir del hogar, en las casas debe haber libros, momentos y espacios para la imaginación y la introspección. Lamentablemente, lo que más recibimos es ruido.

¿Qué tipo de lectura deberían evitar los jóvenes si desean construir un criterio literario sólido y no conformarse con narrativas previsibles?

Nunca lean superación personal, eso es basura, veneno para la mente. Son mentirosos que pretenden tener las claves de la vida, como si éstas existieran, y cobrar por ello. No sólo son ladrones, sino que minan la inteligencia, pues les dicen a los lectores que no piensen, sino que sigan sus recetarios. 

¿Qué riesgos implica permanecer únicamente en lecturas fáciles o complacientes frente a propuestas más exigentes como Hacia la aurora?

Precisamente, quedarse con una mente fácil y complaciente que solo podrá tener vidas fáciles y complacientes. La incapacidad de imaginar tramas en un libro es la misma incapacidad de trazar objetivos en la existencia. El mundo es un libro muy complicado, y sólo los verdaderos lectores pueden trascender en él; los demás, si mucho sobrevivirán sin anhelos ni sentido.

Por: Fausto Pérez Villarreal – Especial para www.noticiascoopercom.co