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Isaías Peña Gutiérrez: Un cafetero de la palabra

Isaías Peña Gutiérrez aprendió temprano que las palabras no son un adorno del pensamiento, sino su forma más perdurable. En su vida, cada frase tiene un peso específico, una gravedad que la arranca de lo efímero y la fija, con delicadeza y firmeza, en la memoria. Es un hombre culto, sí, pero no en el sentido superficial de quien acumula lecturas, sino en el de quien ha comprendido que el lenguaje es una forma de salvación.

Habla con precisión, escribe con una devoción casi silenciosa, y en ese ejercicio cotidiano ha ido levantando, página a página, una especie de archivo íntimo del mundo. Para Isaías, el libro no es un objeto que se abre y se cierra: es una presencia que acompaña, que ordena, que da sentido. Hay en él una fe serena en la palabra escrita, como si cada línea pudiera fijar lo que de otro modo se perdería sin remedio.

Suele repetirlo con una convicción que no admite fisuras:

“Solo el libro nos permite volver al pasado, saber el presente y anunciar el futuro”. No lo dice como una cita aprendida, sino como quien ha vivido lo suficiente para comprobarlo. En esa certeza ha ido modelando su existencia: rodeado de páginas, de márgenes subrayados, de anotaciones que buscan atrapar el instante antes de que se desvanezca. Porque Isaías sabe —y lo sabe con una lucidez que a veces duele— que todo pasa, que todo se disuelve, excepto aquello que logra fijarse en la palabra justa.

Nació el 13 de junio de 1943 en Saladoblanco, un pueblo asomado al suroeste del Huila, allí donde las ramificaciones de la cordillera Central se encuentran con un flanco oriental de mesetas y colinas, bajo la mirada lejana de la serranía de Las Minas. Apenas seis meses después de su nacimiento, su madre emprendió una travesía por tierra y ríos, cruzando el mapa en busca de su marido hasta alcanzar Leticia. En ese rincón amazónico se dio el feliz encuentro familiar, antes de que el destino los trajera de vuelta para echar raíces definitivas en Pitalito (Huila).

Hijo de Ana Silvia, maestra llegada de Aipe, y de un padre de oficios múltiples —enfermero a bordo del Vapor Nariño, aduanero, panadero y agricultor—, creció en una hermandad de siete voces. Su infancia transcurrió repartida entre la finca heredada del abuelo Isaías y los traslados que imponían las etapas de su educación.

Ese origen no es un dato menor: explica su temprana inclinación por la memoria y la urgencia de fijarla sobre el papel. Comprendió pronto que lo vivido se desvanece si no se nombra. En tercero de primaria, cuando un profesor solicitó una redacción sobre la Semana Santa, él entregó un texto que ya tenía el peso y la forma de un cuento. No lo supo entonces, pero en ese ejercicio escolar se bautizaba su verdadera vocación.

“Fausto, trabajé hasta pensionarme en la Universidad Central —me confesó el maestro—. Allí conservo todavía algunas actividades, lo que me permite vivir entre la agitación de Bogotá y el aire familiar de Pitalito, el pueblo donde he habitado, de modo intermitente, durante toda la vida”.

Su formación intelectual fue un ejercicio de equilibrio. Entre 1964 y 1968 cursó Derecho en la Universidad Externado de Colombia, una disciplina que le otorgó rigor, estructura y un afilado sentido de la argumentación. Años más tarde, en 1974, se adentró en la Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo, refinando una mirada que dejó de limitarse a la lectura para empezar a interrogar a los textos. De ese doble aprendizaje —la ley y la letra— surgiría una obra crítica sólida, siempre atenta a los misterios y procesos de la creación literaria.

Fue profesor en universidades como la Externado, la Libre, la Javeriana y la Central; columnista y colaborador en medios como El Tiempo, El Espectador, El Siglo, Vanguardia Liberal, Diario del Huila y revistas como Credencial y Abisinia Review. Su voz no se limitó al aula: también participó como jurado en concursos nacionales e internacionales en distintos géneros y llevó sus reflexiones a congresos en México, Venezuela, Honduras, Alemania, Cuba, Estados Unidos y Australia.

Pero hay un gesto que define su paso por la academia: en 1981 fundó el Taller de Escritores de la Universidad Central, un espacio que con los años se convirtió en semillero de nuevas voces. Más tarde impulsó la Especialización en Creación Narrativa (2008), el pregrado en Creación Literaria (2010) y la maestría en Creación Literaria (2013). Durante casi dos décadas, entre 1997 y 2016, dirigió el Departamento de Humanidades y Letras de esa misma universidad, mientras mantenía viva la revista Hojas Universitarias. Su idea de formación nunca se plegó a moldes rígidos: defendió la libertad creadora, la escucha individual, el desarrollo de un criterio propio.

En paralelo, su obra fue creciendo con disciplina. Desde Cinco cuentistas (1972), escrito en coautoría, hasta títulos fundamentales como La generación del bloqueo y del estado de sitio (1973), Estudios de literatura (1979), La narrativa del Frente Nacional: génesis y contratiempos (1982), Manual de la literatura latinoamericana (1987), Breve historia de José Eustasio Rivera (1988) y José Eustasio Rivera (1989), su trabajo se ha movido entre la crítica, el ensayo y la exploración de la tradición.

A esa línea se suman libros como Yo soy la tierra. Compilación de textos sobre la obra de Manuel Mejía Vallejo(1990), Escribir para respirar. Latinoamérica: ensayos y entrevistas (1998), Ensayos y contraseñas de la literatura colombiana (1967-1997) (2002), La puerta y la historia (2004, reedición en 2014) y El universo de la creación narrativa(2010, 2014), obra que encuentra una prolongación reciente en El universo de la creación literaria (2023). A su interés por José Eustasio Rivera regresó con títulos como Rivera, el visionario de la selva oscura (2020) y La historia de José Eustasio Rivera (2024).

No se trata de una acumulación de títulos, sino de una línea de pensamiento: entender cómo se escribe, por qué se escribe, qué fuerzas intervienen en el acto creativo. Él mismo lo ha dicho con sencillez: en literatura, el camino se hace leyendo y escribiendo, afinando el oído y el sentido.

Su trabajo ha sido reconocido en distintos momentos: Mención de Honor en el Concurso Nacional de Cuento de la revista Nova (1967), segundo lugar en el Concurso Nacional de Cuento Universitario (1968), Premio Nacional de Periodismo Cultural Eddy Torres (1985), segundo lugar en el Concurso Internacional de Cuento Breve Prensa Nueva (1991), primer premio en el Concurso de la Universidad Central (2008) y en el Concurso Nacional Metropolitano de Cuento de Barranquilla (2009). En 2011 recibió la Medalla al Mérito Cultural del Ministerio de Cultura.

Aun así, más que los premios, hay una coherencia que recorre su vida: la confianza en el libro como forma de permanencia. En una de sus evocaciones de infancia, incluida en Memoria secreta de la infancia (2004), se percibe ese impulso por rescatar lo vivido antes de que se disuelva. Como si cada recuerdo exigiera ser escrito para no desaparecer del todo.

Quien lo escucha entiende que no cree en fórmulas ni en recetas. A los nuevos escritores no les ofrece consejos, sino una práctica: leer, escribir, afinar la sensibilidad. Insiste en que el criterio se forma en el ejercicio continuo, en la capacidad de decidir frente a la crítica y frente al mercado editorial, que observa con distancia crítica, consciente de sus limitaciones en el contexto colombiano.

Así, entre aulas, libros, artículos y conversaciones, Isaías ha construido una vida fiel a una idea inicial: que la palabra, bien usada, puede salvar algo del tiempo. Y en esa convicción, paciente y sostenida durante décadas, ha dejado no solo una obra, sino una forma de entender la literatura como memoria activa de los seres.

Al término de este recorrido, se abre ahora una conversación necesaria para ahondar en la vida, la obra y las convicciones de un hombre que ha hecho de la palabra su forma de permanencia.

Maestro Isaías Peña Gutiérrez, su obra insiste en la escritura como una forma de permanencia, ¿en qué momento esa idea dejó de ser intuición para convertirse en certeza?

Su pregunta, Fausto, me recuerda la novela Canon de cámara oscura, de Enrique Vila-Matas. Da para un ensayo o un cuento, además. Creo que, en el fondo, el ser humano quisiera, no solo permanecer, sino ser eterno. Y más que la escritura, el mejor medio para lograrlo, es el arte, que es la roca que representa la eternidad. Pero no estoy seguro de haber reflexionado de esta manera cuando escribí con tanto ahínco mi primer texto literario por allá en tercero de primaria, en la Escuela Anexa a la Normal de Pitalito, al regreso de unas vacaciones en la finca La Batalla que acababa de refundar Joaquín Peña Polanía, mi papá, hacia los años 50 del siglo pasado, luego de regresar de Leticia (Amazonas), donde yo había vivido mis primeros cinco años de vida.

Usted ha transitado entre la creación, la crítica y el ensayo, ¿qué vínculos se establecen entre estas facetas en su trayectoria?

Eso que se sistematizaron los sociólogos de la cultura muchos años después de haberlo practicado en mi vida -la interdisciplinariedad y la integralidad del conocimiento-, se compendia en un concepto que me encanta, ‘el hombre renacentista’. Es ese que une (no que separa) ciencia, arte y oficios, teoría y práctica, mito y realidad, que sueña y es capaz de actuar. La mirada renacentista la perdimos hace rato y nos volvimos excluyentes, reducidores de cabezas. A la creación, la crítica y el ensayo, que citas en tu pregunta para hablar de lo que he hecho, yo le añadiría (por mi experiencia realizada, no por vana pretensión) otras arandelas, porque, Fausto, mira, yo, también,  he querido ser cuentista, cronista, periodista cultural y columnista (mantuve por 18 años continuos una columna dominical en El Tiempo que integraba el centro con las regiones), teórico y crítico literario, historiador (acabo de publicar mi libro Historia de la literatura latinoamericana), provocador literario, reseñista, fundador de revistas y concursos, creador del Taller de Escritores Universidad Central (en junio de 2026 celebraremos los 45 años de su fundación) y otros más, prologuista y contratapista o contratapero (el que escribe las contracarátulas de los libros), corrector, jurado literario,  docente y administrador universitario, editor (en dos épocas he manejado una pequeña editorial, Ediciones El Huaco), gestor cultural, gacetillero (así me llamó, queriéndome ofender, un notable ensayista colombiano, aunque después me ofreció disculpas), bloguero,  youtuber,  tertuleador, cafetero (en todos los sentidos, porque lo cultivo, lo vendo, lo tomo y lo aprovecho para hablar de los libros que sigo leyendo y escribiendo) y tanta más cosas que amo y respeto y me hacen un renacentista anacrónico, no importa el calibre. Lástima que ya va cayendo el telón y cae la oscuridad sin haber terminado la función. Pero ha valido la pena ser una sombra renacentista. Dicho esto, entenderás que todo tiene relación con todo. Integralidad e interacción.

En libros como La generación del bloqueo y del estado de sitio y La narrativa del Frente Nacional: génesis y contratiempos, hay una lectura histórica de la literatura colombiana, ¿qué le interesa revelar en ese cruce entre literatura y contexto político?

Son temas y preguntas recurrentes en la historia humana. Pertenecemos a un momento y a un espacio, querámoslo o no. Pertenecemos a la historia. Alí están la literatura, usted y yo. Todo y todos. No importa que el avestruz entierre la cabeza. Somos historia. Mi primer libro individual (antes, en 1972, había hecho parte de uno colectivo, Cinco cuentistas) apareció en un momento de gran efervescencia política continental e internacional, años 60-70 del siglo XX. Entonces, les pregunté a 23 escritores de mi generación ¿qué piensan ustedes de la relación entre literatura y política? Allí en ese libro que citas quedaron sus respuestas. Son diversas. Y siempre aparecen las dos corrientes, la consciente del proceso político del día a día, y la de quienes aparentan desconocerlo. Pero somos históricos, con fantasía y realidad (componentes ineludibles de toda realidad): origen de la confusión. 

Su obra Manual de la literatura latinoamericana ha sido referencia académica, ¿qué criterios guiaron su construcción y qué vacíos buscaba llenar?

Siempre en mi vida he evitado la palabra manual y me tocó usarla en 1987 por razones comerciales de la editorial. El manual es un catecismo y nada más ajeno a mi modo de ser que el adoctrinamiento. Yo vi crecer, yo creciendo, el beligerante e innovador Boom de la literatura latinoamericana en los años 60 y la llamada Nueva narrativa latinoamericana, la que, en verdad, superó a las otras del mundo. Y escribí, por solicitud de mi compañero de primaria, el escritor Benhur Sánchez y mi exprofesor de primaria Jorge Erazo, una historia de nuestras literaturas nacionales, con vocación latinoamericana, como lo hacía en ese momento, sin fronteras políticas, la Casa de las Américas de La Habana. Llenaba varios vacíos, Fausto: a) La ausencia hasta ese momento de la literatura aborigen en nuestras historias continentales; b) La ausencia del teatro, género básico en nuestra historia; c) La ausencia de nuestros pensadores, es decir, la filosofía que se había construido desde la Colonia por nuestros grandes ensayistas; La ausencia de la literatura brasilera, un gigante desconocido en Latinoamérica (Acabo de publicar una edición, recuperando mis ideas iniciales, de ese libro, con el título original, Historia de la literatura latinoamericana).

A lo largo de su trayectoria ha vuelto varias veces sobre la figura de José Eustasio Rivera, ¿qué encuentra en él que lo obliga a regresar, una y otra vez, a su estudio?

En mi Huila, donde nací, la figura de José Eustasio Rivera no siempre ha sido bien recibida; obispos y generales se opusieron en su época al empuje de sus propuestas literarias y políticas; luego, en mi generación, hubo resistencia porque se creía que nos había eclipsado a los escritores jóvenes. A partir de 1988, cuando cambié la propuesta de trabajar en Shanghái en el diccionario chino-español, para quedarme en Colombia coordinando la celebración nacional del natalicio de Rivera, jamás he olvidado insistir en la importancia de su obra literaria y, sobre todo, su obra política, tan vigente y tan desconocida: ninguna investigación suya, ninguna propuesta social o económica, su lucha contra la corrupción, la defensa de las fronteras, su mirada republicana de inmenso sentido social, su defensa del medioambiente, cuando nada se sabía de la ecología y lo que hoy estamos padeciendo a nivel planetario, nada de eso, ha perdido vigencia, al contrario, ha crecido: incluso su visión latinoamericanista de 1928, poco antes de morir, sigue demasiado actual. En literatura, su novela fue un grito vanguardista, sin que él mismo lo supiera. 

En El universo de la creación narrativa y más recientemente en El universo de la creación literaria, usted reflexiona sobre el acto de escribir, ¿qué ha cambiado en su concepción de la creación a lo largo de los años?

Gracias, Fausto, por hacer así la pregunta. Tampoco, ese libro, es un manual. Un libro que trabajé durante 40 años y seguirá cambiando. Mi propuesta es reflexionar sobre la creación narrativa de principio a fin, en todos los sentidos, siempre postulando la libertad como eje de toda creación. Apartando la teoría de quienes llegan a los cánones sin ver los movimientos entre las diferentes épocas de la humanidad. Vuelvo a la lectura de las obras paradigmáticas de todos los siglos para exponer la pentafonía de la creación. Nada es nuevo, todo es nuevo. Y vuelvo a lo ya dicho: la historicidad de la escritura nos da las raíces y nos da el vacío del futuro. Abajo el canon, viva el canon que estoy creando, decíamos. Y, catecismo, cero.

¿Cómo definiría hoy el oficio de escribir en un tiempo marcado por la inmediatez y la sobreproducción de contenidos?

El arte y el oficio de escribir siempre han cambiado a través de la historia. Cuando apareció la competencia de la imagen cinematográfica, por ejemplo, la influencia se invirtió: los escritores aprendieron del cine. Antes, la relación entre la literatura y el periodismo, habiendo sido primero la literatura, también, cambió: el periodismo fue tan importante que se pensó que acabaría con la literatura (de hecho, en la prensa, a finales del siglo pasado, la literatura de ficción desapareció de los periódicos, cuando, incluso, la poesía había hecho parte de las páginas editoriales de los periódicos). Hoy, la inmediatez de los sistemas electrónicos y la facilidad con que algunos han asumido la producción de contenidos (súmele la facilidad tramposa de la IA), parecieran derrotar a la literatura. Pero, mire, entre otros casos, cómo la literatura sale avante: en el reciente Premio AENA de Narrativa Hispanoamericana (2026), organizado por España, cinco grandes autores resultaron premiados con cinco obras significativas y renovadoras, con índices alentadores, porque, por primera vez, a nivel mundial, el género cuento resultó premiado (así no fuera por unanimidad, sino por mayoría), una mujer pasó a la delantera y cayó en América Latina: me refiero al libro de cuentos de la argentina, residente en Berlín, Samantha Schweblin, titulado El buen mal, donde ella propone, con lenguaje rápido, muy personal y fantasioso, una tesis aventurada: no todo lo malo es malo. La literatura nos permite ser históricos frente a lo mediático y coyuntural. Lo mismo podemos decir de los otros autores finalistas: Nona Fernández (Chile), Enrique Vila-Matas, Marcos Giralt Torrente (España) y Héctor Abad Faciolince (Colombia), cada uno enfrentado a temas íntimos o sociales.  Claro, su pregunta, Fausto, tiene un eco que nos sobrecoge a todos y los peligros que afrontamos ya mismo son muy grandes para la literatura. Yo he dicho que esta es una época triste porque el género epistolar, por ejemplo, entre los escritores pasará sin ser registrado por la historia.

Su experiencia como fundador del Taller de Escritores de la Universidad Central ha sido fundamental, ¿qué buscaba al crear ese espacio y qué considera que ha sido su mayor logro?

El 24 de junio de 2026, en el Teatro Bogotá de la Universidad Central, en Bogotá, celebramos los 45 años de la fundación del TEUC. El comienzo del TEUC tuvo que ver con el azar y con mi vocación literaria. Primero, porque Jorge Enrique Molina, rector de la Central, me autorizó fundar el TEUC sin ningún plan, creo que él tampoco sabía qué era un taller. Lo segundo, porque en 1981 yo acababa de abandonar mi carrera de Derecho y quería dedicarme a la literatura. Y en Colombia apenas nacían los talleres de creación literaria, aunque muy indefinidos. Había estado en otros grupos, tertulias, muy académicos, muy canónicos, muy de crítica literaria ortodoxa. Yo quería hacer algo nuevo, alejado del análisis arqueológico literario, sin ningún catecismo. Me puse un plazo de cinco años. Y antes de ese plazo, mis ‘estudiantes’ comenzaron a figurar en los fallos de concursos regionales y nacionales. Porque, me prometí, yo no iba evaluar, como en la academia. Sería en la vida práctica la evaluación. Hoy, los resultados, a ese nivel, los medimos, primero, en reconocimientos ganados en concursos literarios, segundo, en publicaciones (prensa o libros) y, tercero, en cargos ocupados por nuestros egresados (ya no, solamente, del TEUC, sino de la carrera de Creación Literaria, que se generó en 2010, cuando Guillermo Páramo, rector de la Central, me pidió que la fundáramos a nivel institucional, más la maestría que llegó pronto en 2013).

Usted ha defendido la libertad creadora por encima de los moldes académicos, ¿cómo se forma un escritor sin caer en la rigidez de los cánones?

Esto no es fácil en un país tan conservador como Colombia. Y más si se tiene en cuenta que nuestra educación sigue regida por criterios aristotélicos, sometida a criterios de autoridad y a obediencias y reverencias casi religiosas. Frente al canon que rige el análisis literario, mi propuesta fue integralidad e interacción. Y volver a los textos originales, abandonar a los intermediarios. La gente no leía el Quijote, sino que leía 20 libros sobre él.  Y vimos que los cambios, solo, se pueden dar en ámbitos de libertad. Porque, además, si no hay libertad, no habrá autonomía.

En su paso por la docencia universitaria, ¿qué errores recurrentes encontraba en quienes comenzaban a escribir y cómo los enfrentaba?

Además de lo dicho antes, los talleres o grupos literarios de esa época (todavía existen muchos), eran lo que llamé focalistas. Estudiaban al autor preferido del director del taller. Leían la Biblia. De nuevo, el catecismo. Lo contrario fue enfrentar los procesos complejos de los saltos en la historia. Volvimos a leer (muchos se opusieron) con lupa los cuentos y novelas originales, del siglo XII al XX. Y conocer el todo nos puso a 360 grados de luz y enceguecidos nos obligamos a buscar nuestra propia luz. El canon solo sirve si se recrea en movimientos integradores, donde el catecismo deja de existir y uno se siente perdido en la totalidad de la esfera y obligado a buscar con pasión la nueva ruta. Por supuesto, muchos se quedarán en el camino, bajo la comodidad arqueológica de lo que ya existe.

Su obra Escribir para respirar sugiere una relación vital con la escritura, ¿escribir es para usted una necesidad, una disciplina o una forma de comprender el mundo?

Exacto, Fausto, por eso nunca he aceptado aquello de la disciplina para escribir. Uno no respira por disciplina (lo del yoga es otra cosa). Quien no sienta la necesidad de escribir, jamás la adquirirá por disciplina. No se trata de un ejercicio militar. No es un acto de obediencia. No se trata de cumplir unas reglas. Se trata de respirar profundo, de gozar y sufrir cuando se aspira y se expira. Y, sobre todo, siempre lo he dicho, de pasión, de enamoramiento, de hambre y apetito, de lujuria, algo que te nubla la vista para poder ver.

Ha sido jurado de múltiples concursos literarios, ¿qué distingue a un texto que logra imponerse entre muchos otros?

¿Cómo haces para saber si ese vino es bueno? ¿Necesitas tomarte toda la botella? Con un sorbo sabes si la taza de café que pusieron en la mesa es malo o bueno. Ahora, los concursos colombianos oficiales ponen a los jurados a llenar unas tablas de “evaluación”. ¡Qué horror! Confunden el arte con la pedagogía. Les encanta el canon, no la creación. En las primeras páginas, en el único y primer sorbo del vino o el café, ya están las notas de la calidad. Y podría decir -sin que sea claro, por supuesto- que, además de todo lo que significa literariamente una novela, por ejemplo, lo que la define como ganadora es lo que he dicho, que esté a la medida del momento en que está escrita. Que en esa obra esté la primera luz de un nuevo canon.

¿Cómo evalúa hoy el estado de la crítica literaria en Colombia y su incidencia en la formación de lectores y escritores?

No sé si para bien o para mal, la crítica literaria desapareció en Colombia. Incluso, la información bibliográfica, las simples reseñas, desparecieron. Y uno encuentra una labor comercial que las ha reemplazado cuando busca el resumen del libro en las plataformas de ventas de libros. La bobería gringa llamada ‘spoiler’, que impide hablar de una trama, confundiendo el qué con el cómo está escrita la obra, ha ayudado mucho en eso. Curiosamente, cosa que me aburre, en las presentaciones de libros ya no se hacen interpretaciones de la obra, sino repasos de los procesos de creación literaria, que solo le interesan al autor, no al lector común y corriente.

Usted ha señalado que el escritor debe desarrollar autonomía y criterio, ¿cómo se construye esa capacidad frente a la presión editorial y la opinión crítica?

La relación autor, lector y editor, ha sido toda la vida muy tensa y conflictiva. Sin duda, siempre ha influido en los textos literarios, de una u otra forma. García Márquez fue vertical en ese manejo. Yo hablo de ese ejemplo y dejo abiertas todas ventanas. 

Desde su experiencia, ¿qué papel juega la memoria en la construcción de una obra literaria sólida?

Primera vez que veo esta pregunta en una entrevista, Fausto. ¡Excelente! En mis investigaciones sobre creación literaria, algo que trato de reivindicar -porque la escuela estructuralista lo abolió- es la vida del autor. Por eso, al leer cualquier texto literario, vamos a la vida del autor. Allí encuentra uno que todo texto, en mayor o menor proporción, así sea de CF, proviene de la experiencia, de la realidad del autor (por eso, me parece bobo ese otro invento de la ‘autoficción’).  Y uno cruza coordenadas y descubre que la memoria ha sido fundamental en la creación literaria. Cuando no tienes memoria suficiente, entonces, investigas y acumulas información hasta cuando, por obligación, te sientas solo al escritorio a inventar con base en lo que recuerdes o vaya aflorando en tu fantasía real. Uno nota la flojera de algunos autores actuales en este sentido. La densidad literaria, la riqueza en la creación, que da la buena memoria, se echa de menos. Es un tema novedoso, jamás tenido en cuenta. Difícil de probar, pero palpable. Cuando Gabo comenzó a perder la memoria, las cosas ya no salieron bien.

¿Qué lugar ocupa hoy la literatura colombiana dentro del panorama latinoamericano, según su lectura?

Veo que el continente, incluido Brasil, sigue en un buen momento. En el recién fallado (8 de abril de 2026) Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, convocado en España, de los cinco finalistas, tres eran latinoamericanos: Samantha Schweblin (ganadora), Nona Fernández y Héctor Abad Faciolince. La supremacía la tienen hace una década las mujeres. Falta por hacer un balance, creo que son buenas obras que, también, han pasado por el filtro anglosajón. Pero, si uno es detallista ya comenzamos a resentirnos de repetición de lenguajes orales y cargas cuasi barrocas.

Usted ha acompañado procesos de formación durante décadas, ¿qué ha cambiado en las nuevas generaciones de escritores?

Hay un fenómeno nuevo y es que, al contrario de hace 50 años, hoy se publica con una extraordinaria facilidad. Lo digo en los dos sentidos, primero, porque editar (incluida la impresión) se volvió una actividad casi popular, las nuevas tecnologías permiten que saques un o mil ejemplares, la pantalla permite diseñar mejor, la virtualidad no acabó con el papel y se va en correo sin estampillas, y, segundo, la gente perdió el miedo (a veces, también, perdió el sentido de la responsabilidad que ello implica) a dejarse leer. También, veo que se asumen los temas con más libertad. Me gustaría que no se banalizara, que es el peligro.

¿Cómo ha sido su relación con el mercado editorial colombiano y cuáles considera que son sus principales desafíos?

Un tema grande, pero te hablo de dos cosas. El mercado editorial colombiano hoy está organizado en tres asociaciones y el número de ferias del libro creció en los últimos años. Eso le ha dado otra dimensión al mundo del libro. Crecimos mucho cuando pensábamos que la virtualidad o los impuestos nos iba a afectar. Sin embargo, la relación entre el editor y el escritor sigue siendo precaria. En Colombia, no se siguen los protocolos de respeto y cordialidad con el escritor que uno observa en otros países como España. Lo segundo, el mercado editorial llamado independiente ha seguido creciendo, gente joven ha llegado a renovarlo, y unos salen adelante, mientras otros repiten los vicios de los anteriores. El desafío sería que ese crecimiento coincidiera con el fortalecimiento de nuestras literaturas, a nivel nacional e internacional. En la narrativa y en la poesía, tenemos mucho por hacer, mucho tema virgen y mucha sensibilidad por despertar.

¿Qué tipo de lectura recomienda a los jóvenes y a quienes inician el camino de la escritura?

Ya queda dicho, cero biblias, cero catecismos y manuales. Comenzar un plan de lectura no excluyente, pero sí paradigmático. No empozarse y abrir la ventana oscura para leer inclusive lo que no nos gusta. El escritor no es un lector de piscina. Un escritor sin lecturas completas, integrales, interdisciplinarias, jamás podrá escribir algo personal y nuevo. No se puede ser diferente al anterior si no se lo conoce. Y no olvidar que la intuición y la sinrazón también están presentes en el proceso creador.

¿De qué tipo de lectura deberían huir los jóvenes para no empobrecer su formación literaria?

Hay que tener cuidado con las prohibiciones. Y son distintas para el escritor y para el lector. Como escritor, todo me sirve, así sea para no escribirlo (ojalá no sean muchos, de todos modos). En la pentafonía de la creación narrativa que expongo en El universo de la creación literaria, digo que cualquiera de las cinco categorías que usa el narrador (sujeto, objeto, relación, perspectiva y medios) podría ser mal usada, maltratada, pero en otro contexto otro autor podría darle validez. Para el escritor todo es útil; para el lector no. Es probable que estés hablando, también, de los libros de auto ayuda y otros parecidos. No creo que ningún escritor inteligente los necesite, es decir, no debiera ser necesaria la prohibición. Lo otro es que son tantos los libros ejemplares, paradigmáticos, que el tiempo no alcanza para darles tiempo. La vida es corta. Desafortunadamente.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom