miércoles, junio 3, 2026 11:07 am

Casa CulturaJoaquín Peña Gutiérrez: La sobriedad que cautiva

Joaquín Peña Gutiérrez: La sobriedad que cautiva

por Redacción: Noticias Coopercom

De Joaquín Peña Gutiérrez, hermano del escritor opita Isaías Peña Gutiérrez —figura connotada de la narrativa del suroccidente de Colombia— y siete años menor que él, leí con profundo agrado el poema Deshabitado, incluido en su bello libro Aspirina al corazón, publicado en 1987 por la Editorial Contracartel. En ese texto, más que una escena, se despliega una inquietud: la del wsujeto que amanece fuera de sí, como si durante la noche algo esencial hubiese sido removido sin dejar rastro.

La palabra ‘sueño’ no nombra allí el descanso, sino un umbral en el que ocurre lo decisivo. “Un sueño soñado en otro sueño” rompe la lógica de lo lineal y desplaza la experiencia hacia una zona inaccesible: no se recuerda lo vivido, pero sí sus efectos. El yo despierta transformado; su “corazón de trapo” parece haber sido sustituido en silencio, y lo único que queda es ese amanecer distinto —de amor, de luz, de canto— que no responde a la voluntad. En esa operación discreta, casi invisible, el poema sugiere que la identidad no se construye del todo en la vigilia, sino en ese espacio incierto en el que el tiempo cede su curso y el sujeto, sin saberlo, se rehace.

Y es quizá esa certeza inestable —la de despertarse siendo otro sin haberlo decidido— lo que convierte al poema en una resonancia duradera: un yo que no se explica del todo, pero que cada mañana insiste en reaparecer.

Pero no solo Deshabitado me agradó. En realidad, el libro en su conjunto me resultó cautivador: todos sus poemas —Destino, En mis oraciones, Alegría, La mujer— dejan una impresión de intensidad contenida. Suelo volver a las páginas de Aspirina al corazón con frecuencia. Me conmueve por su fuerza, por su contundencia, por su brevedad cargada de sentido. Es un libro que parece decir mucho en poco espacio, y que incluso en sus epígrafes abre resonancias significativas, como el del poeta chileno Vicente Huidobro, iniciador del creacionismo literario: “A veces quisiera ahogarme en un océano de mujeres”. ¡Bárbaro!

Nacido en Pitalito el 27 de julio de 1950, Joaquín Peña Gutiérrez se ha consolidado como una voz singular de las letras colombianas. Desde 1972 reside en Bogotá, ciudad en la que ha desarrollado buena parte de su fecunda trayectoria intelectual y literaria. Dueño de una escritura de honda sensibilidad, fulgor expresivo y entrañable autenticidad, su palabra, nutrida por la memoria del campo, la contemplación de la naturaleza y la experiencia humana posee la rara virtud de conmover sin estridencias y de cautivar desde la sobriedad. Poeta, narrador, ensayista y maestro de varias generaciones, ha construido una obra respetable, donde conviven la lucidez crítica, la imaginación creadora y una permanente fidelidad a sus raíces. En cada página suya late una inteligencia serena y una sensibilidad que ennoblece cuanto toca, razones suficientes para reconocer en él a un autor de relieve, de presencia perdurable y de indiscutible valía en el panorama literario nacional.

Desde sus primeros años mantuvo un vínculo profundo con el campo y con la vida rural, escenario del que —según su propia visión— nunca ha querido apartarse. La naturaleza, los animales y la guía de sus padres, Joaquín y Ana, marcaron en él una manera de existir distante de los afanes impuestos por el progreso y el exitismo contemporáneo.

En el ámbito académico y cultural, hizo parte del equipo fundador de los programas de Creación Literaria de la Universidad Central. En la revista Hojas Universitarias aparecieron ensayos y reseñas de su autoría. También publicó trabajos en Grafía Cuaderno de Humanidades, de la Universidad Autónoma de Colombia, así como en la revista virtual Primero estaba el mar.

Su trayectoria docente incluye cátedras de Humanidades, Lengua Castellana, Literatura y Creación Literaria. De igual manera, su nombre permanece estrechamente unido al Taller Literario Contracartel, espacio significativo dentro de su desarrollo intelectual y creativo.

En poesía figuran títulos como Aspirina al corazón (1987) y Lectura en Pitalito (2025). En narrativa breve publicó La puerta de par en par (1983), Días de asfalto (Editorial Magisterio, 1995) y Caspas (Caza de Libros, fecha no precisada).

Dentro del ensayo y la reflexión literaria sobresalen Cocino finales y másDiario de un cuento (Universidad Central, 2017), Construcción de una novela. Insinuaciones a La Vorágine (2024), El paisaje en la poesía huilense (2025), Marca la muerte (2025), Deliberaciones y autogénesis de La Vorágine (2025) y Desde acá (2026).

Como antólogo y editor participó en obras como Es hora de cambiar de traje (Instituto Huilense de Cultura, 1972), además de selecciones como Cuentos fantásticos, Cuentos de miedo, Cuentos de ciencia ficción y Cuentos picarescos, publicadas por Editorial Magisterio. También integró libros colectivos como Desde las fauces de la sombra y otros relatos, Literatura de Contracartel, Narrativa colombiana contemporánea, Poesía joven de Colombia, Poesía de Contracartel, Cuentos de Contracartel y Cuentos infantiles, además de otras publicaciones e inéditos.

En cuanto a reconocimientos, obtuvo un concurso departamental de poesía en el Huila; fue finalista en cuento en el Concurso Testimonio de Pasto en 1982, y su libro de relatos Las atracciones nocturnas alcanzó condición de finalista en el Premio Casa de las Américas.

En 2025, la Editorial El Huaco dio a conocer su primera novela, El insomne, ampliando así una obra literaria diversa, sostenida entre la poesía, el cuento, el ensayo y la reflexión crítica.

A continuación, la entrevista con Joaquín Peña Gutiérrez. El escritor reflexiona sobre la profunda conexión entre su infancia rural en Pitalito y su identidad literaria. Así mismo, explora cómo la vida campesina y el silencio del monte moldearon una voz narrativa caracterizada por la sobriedad expresiva y la contención. A lo largo del diálogo, Peña repasa su trayectoria como docente universitario, ensayista y miembro del taller Contracartel, defendiendo la literatura como un acto de indagación existencial frente al ruido de la ciudad.

¿Qué recuerdos conserva de su infancia en Pitalito y de qué manera ese paisaje rural sigue respirando en su escritura?

Nací en la casa de la calle segunda con cuarta. Luego, no sé si así ocurrió o que lo imagino, me amarraron con sábanas en el anca de un caballo y me llevaron al campo. A una casa alquilada en La Ceja. Allí empiezan a formarse las imágenes; a fijarse. Empieza a crearse la maravilla del recuerdo. Por todos lados, para donde uno se asomara, naturaleza. Un verde que allí, en ese sitio al que algunas veces nos referimos como los peladeros de La Laguna, una Inspección de Pitalito donde queda la Laguna de Guaitipán, buena parte del año es de una tonalidad pajiza; un verde seco. Un verde camino de la claudicación. No recuerdo cuánto tiempo vivimos allí. Papá subía todos los días a la finca, y bajaba, a caballo. ¿Cuándo partimos todos? No lo recuerdo. En todo caso, nos acomodamos en una casa de madera, toda, desde los durmientes hasta las tejas. Que papá sacó a trocero de la montaña. Fíjate, había montaña virgen. Había mondey, balsero, cedro, qué necesitas. ¿Para una puerta, tapar un hueco, una teja? En un principio no había diferencia entre el espacio, la troja donde se quedaban el maíz y el frijol, del cuarto, lo puedes llamar alcoba, donde nosotros, los hermanos, nos quedábamos. La vida era dura. Sobre todo, para mamá. Ni siquiera había pisado. Fui creciendo con la casa. Ahora la entrada es entrada, sala y comedor. Posee una mesa y unos asientos. Y, así. Hacia afuera miraba cómo el patio corría los montes hacia allá y se ensanchaban. No debía, alguien en mí también debía ensancharse y sentirse más y mejor. Fuimos creciendo en despertar, en las insinuaciones de la vida. Me integro, me integran a las labores que puede ir haciendo un barrigoncito. Pronto me le trepo a un caballo. Las actividades de ese campo. Se parecen a las de otros sitios, pero las de cada sitio son exclusivas. La singularidad de la vida. Como se ve, esto apenas empieza.

Me preguntas por recuerdos. Creo que te defraudo. No guardo recuerdos de entonces. Cargo la vida. La vida entera. La segunda parte de la pregunta, con los indicios que señalo, el lector será la persona indicada para responderla. Aunque se puede agregar esto. Existen al menos dos maneras como el pasado que uno ha sido y es se manifiesta en la escritura. Una, como manifestación directa. Un revival, hoy, de entonces. Pura nostalgia. Otra, así no aparezca ningún paisaje rural, así se encuentre a miles de tiempos de lejanías, pervive una presencia, unos olores a monte, un reclamo de pureza o de bondad que no está y está. Ojo. No tiene que ver con el cuento de la infancia como el paraíso perdido. No tuve ningún paraíso en el que fui y que hubiera perdido. Creo que ese paisaje, como momentos de existencia, en toda la complejidad, en la presencia o en una ausencia presente, ocupa y ocupará mi obra. Nada de extraño. Es lo común, lo normal para los escritores de siempre. Para qué ejemplos. Suficiente con coger uno de entre los millones que por fortuna hay. Homero. Fiódor Dostoyevski. Ernesto Sábato. De ahí que la cosa esa, que a veces se quiere decir con palabras grandes, la autoficción, no sea más que una tautología, una ignorancia o una genialidad.

Usted ha dicho que nunca ha querido apartarse del campo. ¿Qué le ha enseñado la vida campesina que no se aprende en las ciudades?

Es cierto. También lo es que uno no se manda solo. Nadie, en realidad, es autónomo en las decisiones acerca de su existencia. Cómo, si no sabe para dónde va. Qué haces si un día le dicen a uno: quítese ese sombrero desguarambilado. Deje esa ruana. Póngase zapatos y móntese en el anca del caballo de su hermana. Nos vamos. A Pitalito. A estudiar. La tomé en serio. Hasta ahora. No dejo de estudiar. Creo que escribir es una manera superior de hacerlo. Siempre me he preguntado de dónde carajos el semianalfabeto que era papá sacó una especie de premisa para dirigirnos la vida. Al menos la mía. Había que estudiar. Había que ser alguien. Tochadas, concepciones, ideas, formalizaciones mentales que se convierten en guías y en acciones.

Me la paso en pueblos, Pitalito y Garzón, durante 10 años. Después, Bogotá, hasta hoy. Pero siempre, no es una añoranza, se encuentra el impulso de regresar. Hace poco redescubrí, escuché en dimensión más profunda la canción de Atahualpa Yupanqui. “Tú que puedes, vuélvete / me dijo el río llorando. / Los cerros que tanto quieres / allá te están esperando”. Allá, entre mis montes, es el único sitio en donde no debo soportar estar en un sitio que no es el mío. ¿Es la no aceptación del desarraigo? Había veces en que me detenía en las clases y debía parecer más zurumbático que el ensimismado normal. Sí. Muy bacano. Un tipo del monte entre los ríos salvajes. No. Mentiras. Un tipo del monte al frente de una cátedra universitaria. Sin quererlo mucho.

La ciudad. La impersonalización de la ciudad. En la ciudad. Mis antenas no conseguían, y casi que ahora tampoco consiguen, establecer sintonía con las maravillas de la ciudad y el progreso. Para mí la naturaleza de la ciencia y de la tecnología no es un deslumbramiento. Con toda su omnipotencia. Lo más poderoso del mundo, después del capital. Los aspectos negativos y los positivos de su existencia se encuentran demasiado equilibrados, si no es que pesan más los negativos. Sí, como entre continentes el atraso de Latinoamérica resulta componente salvador, el atraso de mi campo me resulta salvador frente a las bellezas de los adelantos, conductas y demás que dominan en la ciudad. No sirvo para estar empujando a la gente. O que me empujen. A cuentas de qué debo soportar el medio ambiente malsano de la ciudad si poseo una casa, un cedro que me despide a cada anochecer y me saluda cada mañana. Montes. Los puedo mirar horas. Horas enteras. Y nadie me va a decir idiota. Nadie me ve. No impido el paso de nadie. Y puedo hacer respiratorios de relajo y relajación, de sanación, de carga de fuerza, de luz, con aire recién hecho. Entero. Si acaso con alguna espora.

¿Recuerdas a Plinio el Viejo? ¿Recuerda a Horacio tan pronto entra en la cuerda de los elegidos de Mecenas? ¿Ovidio? Desde luego no solo ellos. Mayor deseo: hacerse a un sitio en las afueras de la ciudad. Para vivir. ¿Y qué eran entonces las ciudades griegas? ¿Qué era Roma si el tipo que le metió candela la vio arder sin tener que dar muchos giros ni cambiar de perspectiva? Y se quería huir de ella. Una mueca estrafalaria de aquella circunstancia son las avenidas de nuestras ciudades los fines de semana. Trancones infinitos que vuelven añicos, hasta torcer las tripas, al muy magro descanso de un día, de medio día, de un rato en alguna parte que no sea la ciudad donde se vive. Donde se trabaja. Es la lógica no tan secreta. No se elige dónde vivir. Hay que vivir donde se trabaja. Donde toca vivir.

¡Señor! ¡Usted lo que tiene es hambre! Mentiras. Señor, usted lo que tiene es estrés. Ha consumido y consume demasiada ciudad. Deje tales y tales y tales comportamientos. Pero, doctor, si esa es mi vida. ¿Y para qué deja que su vida mate su vida? Cuántas veces en las noches el salto violento del rabo del ojo me revolcaba el sueño. Sudaba frío. Las encías se me inflaban. Creía en un acceso dental. Me espichaba y salía materia. No sabía que la ciudad, ese mundo que no era y sigue no siendo el mío, me gritaba cosas muy duras que entonces no entendía ni, de haber ocurrido, hubiera podido obedecer. Yo tenía, siempre tuve y tengo una alternativa segura. Mis montes en Pitalito. Un monte, un campo donde alguien me invite. No importa que la casita no tenga quebrada. Tendrá algún palo. Algún pájaro. Grama, aires, y alguna soledad para uno escaparse un rato bien bueno y encontrarse con uno.

Hablo, desde luego, desde la posición mía. La del tipo campesino que sale, se desasna un poquito desde una perspectiva, y nunca se va del campo. Habría que hablar con las personas que jornalean desde las tres de la mañana en la molienda, desde las ocho en las siembras, las cosechas, los cultivos. Se sabe, desde mediados del siglo pasado, el campo es vaciado en ecuación simultánea con el crecimiento de la ciudad. Pero eso es sociología elemental. Puedo decir que he aprendido la ciudad en una complejidad muy grande y complicada. A la vez, mi vida, una parte indistinguible de mi vida, no es que haya aprendido el campo, ha sido formada, es la parte que hemos construido en el campo con el campo. No se hable solo de los oficios. Limpiar un lote, unas matas, mirar los ciclos, a qué horas del día, ¡ve!, ya se van a dormir, pasan las bandadas de coclíes, garzas, aves. Son las respiraciones que solo están allí, solo pueden darse allí y que a retrasados culturales como a uno nos gusta mucho y no podemos soltar. ¡Jesús Santo!

Su obra transmite hondura y sobriedad expresiva. ¿Cómo fue formando esa voz literaria tan personal?

Recibo la afirmación como una gran alabanza. Mi reconocimiento. En la sociedad del barullo, el ruido y la estridencia, todo multiplicado hasta más allá de la locura, poseer esas que tú enuncias como virtudes, pueden pasar más bien como exabruptos. Me quedó claro desde cuando leí con algún detenimiento las dos primeras novelas de Tomás González. El mundo, la sociedad, había sido capaz de realizar sobre sí misma una torsión mágica, se había dado vuelta y, en apariencia, las cosas habían quedado tal cual. Lo mismo. Solo que aquellos considerados valores pasaron a constituir disvalores y a la inversa. La normalidad —cierta mesura, los campos del pensamiento y desarrollos interiores, es un ejemplo chiquitico— pasa a constituirse en componente anormal. Y lo anormal cubre a plenitud el espacio de la normalidad.

Tomás escribe en su primera novela una parábola terrible. J huye de la ciudad, del mundo de bochinche en el que se ha reconstituido el mundo, o se ha destruido, y decide irse. Abandonar. Coge a su mujer y se van. El cuento de la isla. La fuga a la isla. Pero no han llegado y J comprueba que las islas no existen. Las islas se acabaron. El hombre ha terminado con las islas. No tiene, no le queda a dónde huir. J descubre, vencido y con estupor, la mundialización del mundo.

Hondura y sobriedad expresiva en la sociedad presente, no dudo, son virtudes que cuestan. Qué lector va a atender una obrita con cierta hondura y sin estridencias comunicativas. Si acaso una o dos personas de la familia y otras tantas del gremio. Por eso ahora estoy sacando cuadernillos artesanales con tirajes de máximo 5 ejemplares. Y me sobran después de los que obsequio. Pero no transijo, como no cambio mi cedro ni mi monte. Hacerlo sería participar en mi destrucción. En mi demolición. Deben existir por ahí algunos otros retrasados culturales como yo. Tú has sido un lector de algún renglón mío en donde has percibido esas condiciones. Tú lo has captado. Te lo agradezco otra vez. Deben existir personas con las que se encuentre la obra. Ojalá no falle en esta esperanza. Seamos buenos cristianos y que sea, la esperanza, lo último que se pierde.

Ahora la pregunta. Primera respuesta. No sé. Esas condiciones, para el caso mío me da vaina llamarlas virtudes, no son el resultado del recorrido consciente de un camino, de un proyecto, de una búsqueda preestablecida. Tú lo dices y te creo que las has visto en alguna página mía, por qué no creerte. Te creo. No lo sé. Lo que diga puede ser invención. Mi padre era un hombre que, en general, no hablaba. Cada vez considero más a mamá. Las que le tocó pasar con ese hombre. El abuelo paterno ¡sí que es cierto! Horas, días enteros. A veces, si uno se arrimaba en silencio, podía escuchar algunas palabras que le murmuraba a La Reina, una magnífica purasangre zaína con quien se entendían muy bien. Puede ser, también, el silencio, los silencios de Rufino, un colaborador de la finca. Puede ser la materia y alma tangible e intangible de la que ya se ha hablado. La naturaleza, los vientos, las guacharacas. El silencio. ¡Chissst! ¡Más pasito! Hasta escuchar el hilo de agua que baja callado entre un cauce de vegetación casi vivo. Son elementos, no que se aprendan. Que van siendo, que son la vida.

Ahora, a esos y otros elementos de lo que llamo mis montes, hay que agregar elementos de un paisaje cultural literario. Gran parte de mi formación ocurre en la formación literaria. ¿Una persona metida dentro del bochinche, un rumbero de la salsa hubiera podido escribir ¡Que viva la música!? Eso lo hace Andrés Caicedo, que se subía, su isla en pleno auge del tiempo del ruido, a la casita que la madre le mandó construir en la copa de uno de los árboles del patio. Literal y metáfora. Hay que inventarse la isla. Si no hay islas, si las islas se terminaron, pues a inventarme la mía. Escuchar las voces. Las profundas. Las sensatas. Las reveladoras. Juan Rulfo. Cierto Elias Canetti. Ni siquiera sus obras más conocidas. Masa y poder. Auto de fe. No. Cositas. Apuntes. El corazón secreto del reloj. Meditaciones donde se obliga a detenerse, ¡un momento, amigo querido!, y a hablarse y escucharse. Ese hombre de acción que era Ulises, ¿a qué horas piensa? Y piensa. Y, así ahora esté de moda el tópico de que lo importante no es Ítaca sino el camino de regreso, Ulises regresa. Y la única manera de descansar a pata suelta ni siquiera es junto a esa mujer que lo espera durante 20 años. Es la cama que tiene una pata de la cabecera hecha con un árbol de olivo que mantiene sus nexos originales, sus raíces primarias con la tierra. La literatura clásica. ¿Qué gran obra estética no habla contigo desde las revelaciones, desde lo verdadero de la existencia y desde una plenitud no sofocada?

Me enorgullece y agrada mucho que, en la época de la superficialidad, lo aparatoso y la gritería un lector encuentre en una página mía hondura y sobriedad. Otra vez lo agradezco.

En Aspirina al corazón hay poemas breves y contundentes. ¿Qué busca usted cuando decide decir mucho con pocas palabras?

Yo, querido amigo Fausto, no he buscado nada. Hace 40 años y un poco más, cuando se escribía el libro, no practicaba la propuesta dichosa de decir mucho con pocas palabras. No tenía ni idea. Al menos de manera consciente. Ni siquiera sabía que escribía un libro. Escribía. Como toda la muchachada de la clase media que se asoma al trabajo asalariado y a la literatura, trabajábamos 3 jornadas al día, criábamos hijos, compartíamos con amigos. Había que mantener el ritual. Asistir al menos dos veces al mes a reunirnos con la banda muy querida y amorosa de Contracartel para pasarla bien, rearmarnos de fuego para aguantar la otra semana, beber, comer y conversar de lo que más amábamos y seguimos amando: literatura.

Esa estética que mencionas, decir mucho de vida con pocas palabras, lo ves claro, fue apareciendo entreverada entre el poema de extensión normal, el un poco más largo y el de extensión fatigosa. ¿Debía, debo ahora decidirme por alguna de estas formas para hacer mis poemas como se hacen las panelitas de leche, a mamá le quedaban tan ricas, en molde? Nunca lo he hecho y no lo voy a hacer. A estas horas de la vida. Entre otras cosas, por esta razón un poeta paisano, al igual que otras personas de las letras, no me consideran del gremio; un par. Con esas cosas, con esos desequilibrios tan tenaces, con esa falta de determinación estética, con esa inmadurez poética, no encuentran en dónde colocarme y, lo más sencillo, me sacan de la carrilera. Me desconocen. Quién sabe de ellos de haber vivido en la época de un tal Ricardo Reis. O Fernando Pessoa, que también lo llaman.

Una mañana, debió ser en una madrugada, sueño que los varios individuos que escribían esos poemas en apariencia tan distintos, todos, eran, a la vez, uno. Yo. Pero ni que viviéramos en un universo homogéneo. Por fortuna para mí, que no soy concursero, por el amor a Rivera, envié al concurso departamental del centenario, 1988. Y gané. Para qué enviaba a más concursos. Suficiente. Con una adición. Uno de los jurados que premió mis poemas era el amigo de quien hablo atrás. Todavía 15 días antes de morir, en su librería en Chapinero, por invitación de su socio, el poeta Alejandro Cortés, me repitió la inquietud tan antigua.

Yo, como el abuelo, o mi padre, o cierta sabiduría, he tenido mucha disposición para quedarme callado. Aunque siempre existe y sobreviene una oportunidad para decir algunas palabras. Solo para aclarar cosas, destinos, incomprensiones. Nada de rencores ni revanchismos. De qué. Para qué. Enferma el hígado. Y la cabeza. Y todo. Lo que he descubierto, si uno tiene algo o alguien de qué quejarse, el primer responsable, uno mismo. Estamos demasiado acostumbrados a trasladar nuestros tropiezos a los otros. Al otro.

Después, en un libro de poemas que se llama Cantos de diciembre, inédito como más del 90 % de mis cosas, fíjate mi interés por salvar a unos cuantos lectores de ciertos percances, se culmina un procedimiento que sí arranca como búsqueda o se encuentra en un momento siguiendo un camino que va del poema que tú mencionas, pasa en dos libros anteriores por una especie de liquidación de formas lingüísticas y estéticas del poema hasta llegar a una especie de estética esquelética.

  1. ¿Ustedes me censuran si me ven rondar por la hoguera con una vela en la boca? 
  2. Llovizna afuera.

Y yo que ya salía a escamparme de mí. 

Aunque también acá, no se trató de una búsqueda perseguida. Ocurrió un proceso que, una vez terminado, si nos olvidamos de Stéphane Mallarmé y Paul Valéry, de seguirlo, daba como consecuencia natural la desaparición del poema. Y esta alternativa, al menos yo, no me la puedo otorgar. Dejémosla a los europeos. A algunos. En el poema terminan con el poema. Han llegado al silencio. Y la semana entrante siguen apareciendo los poemas. Esa contradicción entre creación y vida, no me funciona. Menos en este continente tan jodido y todavía tan prometedor. No pudo Platón acabar con la poesía y uno sí va a ponerse a jugar esos juegos tontos para con el arte y con la vida.

Viejo me entero de una propiedad que parece estar en mi palabra. La esencialidad. Una de las piedras de toque al respecto ocurrió hace poco. Una niña, una muchacha, me dice: es que, si hablo con usted, es que yo no sé cómo me siento, cualquier cosa es como una revelación y una profundidad cierta, pero, pero… Muy bonito, pero también da pesar. Me da pesar. Una virtud no puede constituirse en un impedimento para la comunicación. Pero si esa propiedad se me ha dado, ya ni tiempo tengo para ensayar otra. Que se dé como un descubrimiento. Como ocurren los encuentros en el arte.

Por lo demás, como esa elaboración terrorífica y magnífica del minicuento o minificción que ha dado para tantos disparates y del que el amigo Otálvaro ha sacado en un libro cosas buenas, en el poema corto, qué impresión, no te queda chance para el circunloquio ni para hacer chistes.

Debo agradecerte en nombre de Aspirina al corazón. 40 años. El libro dormía no sé qué tipo de sueños hasta que llegas y lo redescubres. Qué magnífico. Parece, por lo que dices, que el tiempo le llega para crecerlo. Prueba decisiva en el arte. Gracias.

El poema Deshabitado deja la sensación de un ser que despierta transformado. ¿Cómo nació ese texto y qué significa para usted?

De acuerdo. Transformado por el amor. Ha pasado de una vida anterior en el desamor, en el no amor. Y en un instante se encuentra dentro de un milagro. Lleno, ocupado por el amor. Se trata de una imaginación que me ocurrió alguna mañana muy lejana al despertar. Sentirme apropiado por el amor. Por la dicha del amor. El lastre de una vida permanente en ausencia del amor, de repente, nada más en el tránsito de un amanecer, se transforma en el milagro de la dicha amorosa. Ha ocurrido un gran sobresalto.

Ocurre como casi siempre ocurren los poemas. Tan distinto a un cuento. A una narración. Te golpea el instante cuando el poema te cae en los ojos. Ahí verás cómo lo escribes o si lo dejas ir, como me ha ocurrido tanto. No importa que no signifique para mí. He aprendido un ejercicio. ¿Esto mío vale algo independiente de mí? Es posible que, en una vida, todos los días sean de invierno en el corazón. Y que un día, pero un día, ese pellejo carrasposo de sombra amanezca de luz. Y la vía sea. Ah. Se ha llegado a la vida verdadera. A la más alta opción de la existencia.

Espero, como ocurre con el arte, o debería ocurrir con todo arte, que este poema sea revelador de algún aspecto humano.

¿Cree usted que el sueño, la memoria y lo invisible son fuentes privilegiadas para la poesía?

Sin duda. Tanto como lo pueden ser otros aspectos. En realidad, cualquier aspecto. Para ciertas corrientes poéticas y para ciertos autores, los mencionados pueden considerarse aspectos fundamentales. El sueño, la vigilia, fundamentales en ciertas corrientes vanguardistas. Y en general en las corrientes que actúan sobre el desconocimiento de la razón en la creación poética. La poesía, antes que la prosa, hablamos de generalidades, se preocupa de elaboraciones en donde se procura un alejamiento de la realidad normal. El equivalente al realismo en narrativa.

Lo invisible. La noche. Lo que puede estar, el universo que acecha detrás de la puerta. Metáfora puede ser de lo que sería o encontraría el alma en las mayores profundidades. ¿La memoria no guía en buena medida un brazo muy fuerte del romanticismo, ese tipo de poesía que bajo distintos ropajes aún sobrevive con cierta ufanía?

Es fácil y más o menos inútil hablar echando globos. Hablar en abstracto. Un amigo mío, paisano, Antonio Correa, que tiene dos novelas publicadas, con más de 5 libros de poemas publicados, en uno de ellos, Desolación de la lluvia, hace el esfuerzo tremendo y triunfador de prepararse para recibir percepciones y presentarlas operadas las transformaciones que ejecutan del exterior la subjetividad del poeta. ¿Memoria? Sí. Puede crearse una memoria, pero post presencia del poema. Para un espíritu distinto, aquellas percepciones bien pueden no suscitar nada. Él descubre cuántas presencias vitales en una invisibilidad. Y se tiene, además, una especie de memoria del instante.

Para mí constituyen tópicos. No me he puesto a mirar cómo funcionan y si funcionan esos tópicos en la poesía mía. Pero no de manera capital, aunque una vez hecho el poema, él, independiente de sí mismo, se constituye en un ejercicio de la memoria. Pero creo que esto es distinto a lo que propones en la pregunta.

En varios de sus poemas aparece el amor con intensidad contenida. ¿Cómo entiende usted el amor dentro de la creación poética?

Ni más ni menos como funcionan los demás componentes del poema. Su cuidado no lo exige la naturaleza del componente. El cuidado lo determina la naturaleza de la estética que intervenga en la elaboración. Existe una estética común al poema, se puede creer, de toda o cualquier parte de la poesía, más si se mira en relación con el ensayo, el teatro y la narrativa. El poema, no debiera ser así, se lleva el trofeo de la esencialidad. Entonces, como poeta sé o debo saber que no deben quedar virutas colgando, retales, cosas que, aunque simpáticas, me interrumpen o lesionan la limpieza esencial del poema. En otros términos, se trata de un trabajo de comportamiento del lenguaje. Y se sabe que el lenguaje en el poema, antes que ser cosa del yo poético, depende de la mano del autor.

¿En qué consiste la intensidad contenida? ¿En ir haciendo las solicitudes sin precipitación? ¿Muy calculada? ¿Sin que la paciente se entere o se entere antes de tiempo? Serían reglas para el amor. No para el poema. Entiendo que, para el caso, acá el protagonista es el poema. La creación de atmósferas; la creación de riqueza significativa; la creación de resonancias. Y aquello que se trató antes. En cualquier circunstancia, la imposición, y que sea lograda, de con lo mínimo expresar lo máximo. El poema, tal como me quede, que sea la mejor realización de la ecuación. A sabiendas, o sin saber, que el poema, que la poesía en cada autor es su forma de indagación acerca de la existencia; acerca de lo que ocurre y es en el universo; el más inmenso y el pequeño.

Vista de otra forma, la presencia del amor en el poema es muy importante. El amor ha encontrado formas de existir en el poema. Una, el amor tropezado, el amor no avenido, el amor pasión, el amor problema. El ausente o ido. Estos amores llenan, han llenado la poesía amorosa durante toda la vida de la civilización y de la poesía. Es de los temas más socorridos. En la actualidad los poetas no hallan cómo meter mano y prefieren tocar otros aspectos, pero el amor se da mañas y siempre resulta presente. No se puede eludir.

Aparece entonces el amor a la naturaleza, al hijo, a los nuevos hijos de universos. Los perros, existen libros completos, incluso que han ganado concursos continentales sobre la enfermedad de mi perro. Se ve que el dueño es quien por poco muere. Son variaciones terribles del amor.

Lo que nunca ha resultado sino muy escasamente bien ha sido el amor avenido como tema del poema. Ahora, yo deseo, no sé si se trata de un deseo conseguido, que el lector de mis cosas no solo en poesía, encuentre un sedimento amoroso, de avenencia del espíritu humano, el amor por la vida, por el mundo, por el universo, por la existencia; por todo cuanto existe. Y que esto ocurra sin que se encuentre un solo indicio de que haya sido dicho.

Su escritura conmueve sin recurrir al exceso verbal. ¿La contención expresiva es una elección estética consciente?

En realidad, no sé qué se encuentra detrás de tu pregunta. De paso, me importa muchísimo que la premisa de tu pregunta sea verdadera. No lo sabía. Apenas habían ocurrido comprobaciones peligrosas y solitarias. En algunas ocasiones, al revisar un texto, un pasaje, un fragmento de una novela, resulto emocionado y aclarándome los ojos. Pero esto bien puede ser una tontada de mi sentimentalismo y de un desvío de mi buen gusto. Es un texto mío. Y cualquier padre de hecho se emociona con las bobadas de sus hijos.

Recuerdo algunas palabras de Rodrigo Parra Sandoval acerca de La puerta de par en par. Según sus palabras, fue conmovido por esos textos que parecen tan pequeños. Triunfo Arciniegas lo dice en la nota de prensa que te envié. Tú llamas contención expresiva al procedimiento de escritura para conseguir conmover. Conmover en el arte es muy importante. Es lo más importante. Si entras a conversar avenido con las emociones del lector, lo tienes del lado de tu corazón. En esto el arte se emparenta con la publicidad. Y mira cómo es manejado el mundo. No es con la razón.

Esto, creo, tiene que ver con el procedimiento de no ir diciéndolo todo, al menos de manera explícita y con ciertos excesos verbales. Aquí el lenguaje se guarda secretos importantes que la buena, que la secreta, que la magnífica escritura literaria, para ser magnífica, debe comportar. Creo que se corresponde con la mejor corriente de la mejor escritura literaria. Ahí tenemos a los clásicos, empezando, no me olvido del consejo del Sabio Catalán a aquella sarta de bebedores, allí está Homero a la cabeza.

Tiene que ver con el cuidado verbal, pero tiene que ver con la manera como se encara la realidad que se trabaja; que se literaturiza. Es un acto muy complejo que, al menos a mí, se me dificulta mucho. También por esta razón ando tan despacio. Y a veces pareciera que no ando. Por esa razón acaso me he negado a publicar. Y ahora que se me acaba el tiempo apenas empiezo a pensar qué carajos voy a hacer o qué carajos van a hacer esos hijos engavetados. Imagínate. Más de 26 en una distribución casi matemática entre narrativa, poesía y ensayo. Pero sé, creo saber, cuándo lo he conseguido. Algunos escritores poseen la fatalidad contraria. Se encuentran con que poseen tanta facilidad para escribir que no alcanzan a capturar el alma del mundo que los ocupa.

Además de poeta, usted ha sido narrador, ensayista y maestro. ¿En cuál de esas facetas se siente más plenamente realizado?

Yo, conforme se desarrolla la tragedia clásica, me limitaba a vivir la tragedia. La tragedia no posee, no otorga márgenes desde los que se pueda reflexionar qué está ocurriendo. No. Va derecho al matadero. Atrás se habló algo al respecto. El trabajo de parar la olla, el trabajo literario, la familia, los amigos. La vida. Nunca me detuve a pensar: será que la cosa va bien así. No va. Etc. No al estilo de lo que hubiera podido pensar un intelectual. Nunca me he sentido un intelectual. Creo que me limité a coger las cosas como vinieran. Y seguramente a esperar las próximas vacaciones para regresar. Dar vuelta al monte y volver a establecerme en esos lugares extraños en los que me metía. En los que se metía mi vida.

César Vallejo me acompañaba. ¿Recuerdas el poema La cena miserable? Acurrucado esperaba hasta cuándo la cena durará. Como el pongo, el personaje que nunca supo lo que valía, de ese otro autor peruano también tan especial, José María Arguedas. “Yo, señor, no puedo saber lo que valgo”, y se iba al rincón. El sueño del pongo, otra insignia en mi destino.

Ahora mismo no sé para dónde voy. Qué hacer con el grito de mis hijos. Así viví siempre. Sin la elección, como un entelerido de la premodernidad. Ahora debo indicar en qué desempeño me siento mejor. A la literatura no la divido en géneros, así tenga libros de narrativa, de ensayo y poesía. La literatura es de los encuentros mayores de mi vida. ¿Debo hacer cara un tanto agria al trabajo que me distraía de ciertas actividades, pero me daba de comer? En el fondo había una consideración. No quiero ser el escritor dedicado en exclusiva a escribir. ¿De qué escribe una persona que solo hace la vida de escribir?

Me alegra, creo que fue una especie de opción, de que mi docencia solo haya sido literaria en los últimos 10 años. Antes fue de una mixtura sobresaliente. Algo así como todero. Me formaba. Me formaba en campos muy disímiles y extraños. Para qué si tal cosa. No importa. Esas fatalidades buenísimas las recibía y las usufructuaba. Espero no desperdiciarlas tanto. En algunas de las últimas clases en la Universidad Central sentí por fin que hubiera querido ser alumno de ese profesor que hablaba. Creo que me acercaba a la dimensión del Maestro. Entonces vino la despedida. Me acordé del chiste. Cuando uno se encuentra preparado, listo, para empezar a vivir debido a que conoce la vida, muere.

¿Qué significó para usted integrar el equipo fundador de los programas de Creación Literaria de la Universidad Central?

Debo agradecerle a mi hermano la vinculación mía a la Universidad Central. Él es quien me dice: hay esto. ¿Se le mide? Yo andaba como siempre, embobado en nada. O en todo. Aunque quedado, ya había leído Que pase el aserrador. Pasé por la Facultad de Contaduría, por Administración de Empresas y finalicé en el Departamento de Humanidades. Ahora respondo, apreciado Fausto, esta entrevista, según me dices, gracias a que él te informó de mí y te pasó mi número. Bien hecho. Así tenía que ser. Él, como hermano mayor, debe cumplir y ¡cómo ha cumplido! su primogenitura. Gracias, hermano.

En los últimos 10 años a él se le ocurre crear esos programas tan bonitos y buenos y necesarios para el desarrollo de la Humanidad: Creación Literaria. Fue maravilloso. Un verdadero acto de creación. Tal como se practicaba, tal como ocurría en Contracartel, tal como sucedía en otros países, incluido el papá de estos programas, Cuba. Lo que mi hermano quería y se hizo fue una creación acerca de la creación de literatura. ¿Cómo darle identidad a un proyecto que estaba inseparado de los estudios literarios, de la historia de la literatura y de la crítica literaria? Cómo crear una episteme de la creación literaria es lo que se hace en la Central alrededor del 2010.

Todavía parece que no se entiende bien en qué consiste la cosa y se confunde con facilidad una clase normal con una clase en ese programa. La tradición pesa mucho. El profesor viene demasiado acostumbrado a dictar clase. Acá no se puede dictar clase, aunque en dos minutos se adopte esa pose necesaria. Ha sido muy gratificante haber participado en esta magnífica aventura. Apenas el tiempo suficiente para entrar, crear, desarrollar, llegar a una altura considerable. Y, muchas gracias, caballeros. Reciban mis agradecimientos, cuando precisamente ahora sí estábamos listos para seguirla en serio y con qué frutos.

La participación en la creación y desarrollo del proyecto y la participación como docente durante 10 años en la puesta en marcha, me crearon una especie de seguimiento ciego de un mapa. Escritura dirigida a crear textos necesarios en la formación de creadores de literatura. Debo tener material al respecto para más de un libro. Aproveché y, desde algún curso de Ensayo, más una asignación del entonces director del Departamento de Humanidades, escritor Roberto Burgos Cantor, para la realización de una selección de ensayos literarios, pude ahondar en la definición de un estatuto epistemológico del Ensayo Literario.

Hacer la selección era más o menos sencillo. Pero ¿qué decía en la introducción de eso que se llama Ensayo Literario? ¿El ensayo a la par que el poema, la novela, el drama? ¿El Ensayo como Literatura? Estaba claro que el Ensayo Literario no era un ensayo que cubriera un tema de literatura. No. Que él mismo fuera literatura. Fue lo que entendí. ¿Cómo hacer para no bestializar al respecto después de los aportes de Georg Lukács, Sobre la esencia y la forma en el ensayo, de 1910, y de Theodor W. Adorno, El ensayo como forma, de 1956? Quise indagar sobre el ensayo y sus no muchos, pero graves equívocos.

Muere el Maestro. Vienen cambios. Exigencias de resultados como si una investigación de verdad fuera una bagatela o un informe de gestión; y llegó el momento de los agradecimientos. Y, señores, desocupen, por favor.

Salí y me senté a revisar originales. En 5 años se perfeccionan o toman forma más de los libros mencionados arriba. Reviso. Y, sí. Todavía hay que trabajar. Trabajar mucho.

Como docente de Humanidades, Literatura y Lengua Castellana, ¿qué aprendió usted de sus estudiantes a lo largo de los años?

A convivir. A respetar. A empujar. A aleccionar. A descubrir. Continuar en el aprendizaje de la paciencia y el conocimiento. Y el tacto. Y la delicadeza. A equilibrar pensamiento con sensibilidad y emoción. Respetar a las personas y respetar el arte. La literatura, esa complejidad que anuncia a la vida, no puedo sindicarla de dadora de saberes o de conocimiento o de razón, solamente.

Cómo establecer relaciones de igualdad con personas, los estudiantes, que no son iguales al docente. Pero que ya se encuentran en el camino de ser iguales y superiores. A esos estudiantes de sectores sociales medios cómo hay que impulsarlos para que los prejuicios no los degraden ni los lastimen con la soberbia. Largo aprendizaje. Alumno-docente, una dupla que no puede funcionar, como un matrimonio, si la relación trata de sostenerse desde un solo lado. Si no hay participación mutua, chao.

Poseo memoria muy grata de algunas clases, desde Humanidades, Sociología, Historia, etc., hasta Creación Literaria, en que me daba la impresión de que creábamos el mundo. Un mundo. Y ese mundo nos servía. Nos era necesario. Por desgracia no me ocurrió durante el poco tiempo de mi experiencia en la Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Sí en la mayoría de las otras universidades. El Universidad Externado de Colombia, la mía, Universidad Libre, Universidad del Rosario y especialmente en la Universidad Central y en la Universidad Autónoma de Colombia.

En ésta se estrenaban programas de Humanidades. Historia, Filosofía, Literatura. Implantamos una cátedra de creación. Qué maravillas que se lograban de descubrimiento, atención, búsquedas, creación. Afirmación de una vocación creativa sin titubeos. Un estudiante, Mauricio. Mauro, cuando se va a graduar resulta con una novela de 500 páginas. Valluno tenías que ser, le dije, nos reímos y seguimos trabajando. Desde entonces somos amigos. Siempre se me aparece con alguna de sus creaciones y libros de amigos y amigas de esos cursos tan especiales.

Ellos contaban con un docente, con un tutor, con un guía que había trabajado bastante en los procesos del lenguaje y de la escritura literaria para resolver sus problemas particulares como escritor. Yo me encontraba con una gente que me exigía lo mejor de los avances en una pedagogía de la creación literaria y de la teoría y la crítica y la historia de la literatura, bastante inexperta, por lo reciente. Muy vital eso. Yo hasta me olvidaba de mí. Acá, como en la escritura propia, cómo imponer la contención. Cómo aguantarse las ganas de enseñar y aparecer como sabio. Cómo dejar, con las palabras necesarias, que el alma del estudiante se resuelva en altanerías nuevas y grandes y creativas. Cómo ejercer debidamente la dialéctica entre la enseñanza y el aprendizaje.

La docencia no era carga fatigosa para nadie. Nunca nos cansábamos. Apenas reposábamos cobijados bajo una especie de manto de estupor maravilloso. Forero. Iván. Forerito. De Zipaquirá. El primero que me dio noticias privadas de una pasión deportiva común. De Egan Bernal. De Ramirito, así llama a Iván Ramiro Sosa. Me dio noticias de mi paisano. De Harold Tejada, antes de que lo ficharan en un equipo europeo. Me dije, Zipaquirá empieza con el Zipa Forero, tiene en estos muchachos genios del pedal y tiene en Iván Forero al escritor para que escriba esa novela de las bielas que nadie escribe todavía mientras los tubulares se oscurecen.

Hace poco me lo encuentro. Un autor con dos novelas publicadas. Qué maravilla. Yo, en el momento, antes del año pasado, ninguna. Apenas un librito viejísimo de poemas, Aspirina al corazón. Y dos libros de cuentos, Días de asfalto y Caspas.

Su nombre está ligado al Taller Literario Contracartel. ¿Qué representó ese espacio en su formación intelectual y afectiva?

Hay que colocarlo en presente. Qué representa. Cuando un amigo tan especial como Benhur Sánchez Suárez se vincula al Grupo, él ya era una de las figuras centrales de los escritores y pintores jóvenes del país. Escogió condescender con una partida de muchachos y chicas que tenían ganas de la literatura, muchas ganas, pero que apenas se empezaban en ella como conocedores y actores. Siempre alabé y agradecí ese gesto suyo de compartir tesoros.

El Taller aparece cuando comenzábamos estudios de Español y Literatura en la Universidad Libre. En particular los ocurrentes son dos. Andrés Elías y yo. No corresponde a algún tipo de invento particular. Los talleres literarios eran una onda cultural muy fuerte que recorrió al país y al continente. Nosotros solo hicimos nuestra parte. Reunirnos. No cupimos en un salón ante la primera citación. Tocó en el potrero. Pero estuvimos tranquilos. Ciertas efervescencias bajan muy rápido. A la segunda aparecieron unos 20. Alto número para tintear alrededor de una mesa. Al tercero, que hicimos en un restaurante en el Centro de Bogotá, aparecieron 8. 9. Más razonable. Por ahí se fue estableciendo el número. Y definiendo condiciones. Nombre, métodos, tareas. Así hasta hoy.

En esos comportamientos, amigo, nunca llegamos a la mayoría de edad. Nos tranquilizaba la conducta de Gabriel García Márquez al respecto. No hubo obra suya publicada que no pasara antes por la lectura purificadora de Álvaro Mutis. Aprendimos, creo que todos, literatura. Leímos cuidadosamente nuestras primeras, nuestras segundas, nuestras siguientes cosas. Teníamos lectores antes de la aventura de la publicación. Nos conocimos.

El taller fue un encuentro cultural nacional que se unificó en un destino y se mantuvo celoso en la preservación de la independencia de cada quien. Fue también una indagación y realización en la profundización de la convivencia y la amistad. Se comentaba, que no seamos nobeles, pero la pasamos bastante bien.

Alonso Quintín Gutiérrez organizaba encuentros de escritores en varios sitios. El emblemático fue el Encuentro de Escritores de Chiquinquirá. Todavía se realiza. Asistí de chorro a los primeros 25, tal como lo hice con la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Sí, de alguna manera soy una especie de hombre escéptico y cabalístico. El Taller fue sustento importante en la realización de Los Encuentros. A la vez, los encuentros nos fortalecían; ofrecían intercambios; confrontación saludable.

Lilia Gutiérrez da origen y desarrollo a Poesía sin fronteras. Una de las ejecuciones de mayor repercusión en la vida nacional e internacional de la poesía. Sí. Todavía nos necesitamos en esa cosa medio simple y medio complicada que se llama la vida. Y la vida en literatura.

Extraño eso. Los grupos casi todos, incluidos los de literatura, nacen como un motivo de fortalecimiento ante los comienzos. Pero tan pronto se coge alguna fortaleza, alguna confianza, cada quien sigue por su lado. Cuánto dura como grupo la Generación del 27. Cuánto como sociedad creativa Los Nuevos o Piedra y Cielo o Ulrika.

¿Qué reacción me produce que ahora, cuando Andrés Elías anda en reediciones, uno de los mejores cuentistas del país de todos los tiempos, me busque y me exija casi angustiado que le lea cualquier agregado que hizo, como una confirmación? ¿Qué me produce sino también risita de la mala cuando digo a mis amigos: ¿es que, como ustedes no han leído con juicio esas cosas mías, no he publicado sino tres libros? ¿Cuándo será que lo hacen, si ya esto se va a terminar? Y no nos da vergüenza.

En sus ensayos se advierte interés por La vorágine y por la tradición literaria colombiana. ¿Qué encuentra usted en esos clásicos que sigue dialogando con el presente?

Poseo un interés universal por todas las tradiciones culturales, incluidas, desde luego, las literarias. Este interés parte de un principio. El conocimiento de lo que mis colegas de Humanidad, de toda tradición, han realizado. Un intento, insuficiente siempre, de enterarme, de buscar y encontrar un punto, un sitio donde me pueda parar. No sirve en el momento. Creo que, en ningún momento, como proyecto de formación.

Ese rastreo de las distintas tradiciones culturales literarias, no se facilita ni con la ayuda imperialista de la cultura occidental al hacerse dominante en el mundo entero. Mira, la novela existe en la India, en África, si el autor indio o africano escribe una novela de acuerdo al canon occidental. El Nobel nunca se lo han dado a creaciones culturales distintas a las occidentales, aunque sí aclimatadas muy talentosamente por autores japoneses, chinos, etc.

La gran novela japonesa tiene que ser llevada de Londres por Natsume Sōseki para que crezca allá y abra camino a escritores como Yasunari Kawabata, Kenzaburō Ōe y demás. Un escritor, el último samurái, Yukio Mishima, no escribe una novela japonesa. En fin. No estamos en una clase.

Tengo un libro sobre los escritores callados. Mi generación. La generación más silenciosa de cuantas han transcurrido en la historia literaria del país. Evelio Rosero, Pedro Badrán Padauí, Tomás González, William Fernando Torres Silva, Julio Olaciregui, César Pérez Pinzón, Eduardo García-Aguilar. Hablo de los narradores. En algún ensayo se dicen cosas acerca de los poetas sin mayor definición generacional.

Me encanta que menciones esa maravilla que a 100 años de existencia todavía no encuentra un espacio cultural que la redima de tanta bobada que sigue promoviendo. La Vorágine. Sobre 2020, primer año de pandemia, me descubrí un amanecer leyendo la novela, suspendiendo la lectura y escribiendo consideraciones sobre lo que acababa de leer. Nace un libro muy diverso, apuntes de lectura. Creí que la cosa terminaba ahí. Estaba equivocado. Solo comenzaba.

Revisé fragmentos, subrayados, bocadillos. Miles de bocadillos. Descubro entonces lo que puede ser considerado el método de escritura de la novela. Cómo, de qué manera el lenguaje, la palabra de José Eustasio Rivera va construyendo una de las edificaciones más llamativas de la literatura mundial. Encuentro sistemáticamente el empleo de tríadas, de pares dialécticos, de acotaciones y algunos otros rasgos del todo distintivos de esa prosa magnífica. Nace un cuaderno de 100 hojas. Creí que ahí terminaba la cosa. Pues, no. También estaba equivocado.

Reviso más; vuelvo sobre la novela. Resulta que la novela todavía no ha establecido su estatuto estético. Todavía es imperfecta, defectuosa, llena de manchones. Sí. Una novela que a 100 años continúa un crecimiento inmenso en el universo de la cultura mundial. Entonces decido fijar mi visión sobre (1) la génesis de la novela, (2) el cumplimiento eficaz del canon narrativo de comienzo del siglo XX y revelar (3) los 6 aspectos que la novela desde sí plantea como lo que podemos llamar la autogénesis. Un rasgo múltiple de modernidad que no sé quiénes poseen buena vista, en 100 años, no han visto.

Otro cuaderno de 100 hojas. Más no sé cuántas páginas sin encuadernar sobre aspectos puntuales. La dedicatoria, las ilustraciones, las relaciones tan importantes para Rivera y para La Vorágine con don Antonio Gómez Restrepo. El estudio de la retórica, etc.

Este conjunto de cosas creo que sobrepasan un interés personal particular. Me gustaría que se hiciera algo serio para el centenario que se avecina. Buena justificación. Más que vale la pena. A ver cómo no seguimos siendo cortos de vista, por no decir mezquinos o ignorantes, con este ser humano y escritor tan grande. No es asunto de paisanaje, de provincianismo. Es asunto de pequeñez. O de grandeza.

Después de una trayectoria amplia, en 2025 apareció su primera novela, El insomne. ¿Por qué decidió llegar a la novela en ese momento de su vida?

Es necesaria una reiteración. Más del 90% de mi obra se encuentra inédita. Es decir, se trata de una obra fantasma. No existe en realidad. Aunque en realidad sí existe. El Insomne se publica el año pasado, pero fue escrita en la última década del siglo anterior. Sí. Ocurre una decisión. Publicarla. Di las últimas revisiones y afuera. No podía hacerle nada más. Se había agotado el ejercicio de la búsqueda de perfección. Y se presentó la coyuntura de la edición.

Ahora me ocupo de una novela que puede asimilarse a cierta épica del Sur. Saladoblanco, Pitalito, desde mediados del siglo XIX a finales del XX, sobre una saga familiar. Creo que todavía posee muchas improcedencias. Y no sé si escribo o reescribo una narración literariamente anacrónica. Padezco las exigencias de la estructura de la novela. La mansión que es la novela.

Me acuerdo todos los días de la estructura de las novelas de Benhur Sánchez Suárez. Y todos los días me pregunto cómo hace, de dónde saca, cómo arma esas construcciones tan exactas. Tal vez se le puedan hallar puntos un tanto débiles en otros aspectos, pero en la estructura son perfectas. Y da la impresión de que lo hace como quien desayuna. De envidiar. Por desgracia, esos aspectos, fuera del hecho patente de que el ejemplo está a la vista, es inútil. Tu obra es irremediable. Necesita y exige su estructura exclusiva; única; apropiada.

Ahora que poseo más o menos organizados mis papeles, veo con extrañeza que el número de libros por género se encuentra muy cercano; alrededor de 10 por género. Pero no seré yo el encargado de decir algo al respecto. No tengo idea de lo que ese aspecto puede significar, si significa algo. De acuerdo. Sé y creo compartir un extremismo. Una obra inédita no existe.

Usted ha transitado por la poesía, el cuento, el ensayo y la novela. ¿Qué género le exige mayor disciplina interior?

El rigor en el proceso creativo bien puede igualar los distintos géneros y nivelar la disciplina interior. A una igual disciplina interior, me gusta eso, pueden encontrarse resultados desiguales. Del todo posible. Hay otros factores que pueden causar diferencias notorias. Incluso, puede ocurrir que un autor no mantenga igual brillantez en todos los géneros que practique. Y puede que no se dé cuenta. Y se empecine en mantener el ejercicio hasta el final.

Poseo un tomo gruesísimo con el Teatro completo y otro con la Poesía completa de Miguel de Cervantes. ¿Los dos merecen continuar callados gracias a Novelas ejemplares y a Don Quijote de la Mancha? La diversa poesía de José Asunción Silva y su novela me llaman la atención por igual. Los poemas de Ernest Hemingway, los de James Joyce, no me desvelan. Los ensayos de T. S. Eliot subyugan casi más que sus poemas. La misma situación, ahora sin el casi, me ocurre con la poesía y el ensayo de Octavio Paz. ¿Fue por los ensayos que le dieron el Nobel?

Los métodos, los procedimientos como nace y se desarrolla cada género es particular. Pero la tensión, cuidado y querencia es similar para cualquier palabra que se acerque a la literatura.

Su libro Las atracciones nocturnas fue finalista en el Premio Casa de las Américas. ¿Qué significó para usted ese reconocimiento?

Debió ser mi segundo libro de cuentos. Creí haber encontrado un buen título para algunos relatos breves, casi estampas, que querían ser contundentes y reveladores de ciertas situaciones sociales más o menos problemáticas. Yo no tenía idea de lo que había ocurrido. Mi hermano mantenía información de la Isla. Un día, en la casa de Mariela Zuluaga y Eutiquio Leal, trabajaba el comité directivo y editorial de la revista Gato Encerrado: Fernando Soto Aparicio, Jorge Eliécer Pardo, Germán Castro Caycedo, mi hermano y yo. Llegó el momento de las noticias.

Mi hermano, él también sentimental, para que no le vieran el efecto de la emoción que lo poseyó, volteó la cara y se fue hacia el baño atacado por una especie de acceso de felicidad. Gracias, hermano, otra vez. Como a la hora se supo lo ocurrido. Yo no había ganado, pero había quedado entre los finalistas. Ese género ha dado cosas muy buenas de manos colombianas. Las raíces de la ira, de Carlos Bastidas Padilla, sigue siendo un libro grande. Primitivos relatos contados otra vez, de Hugo Niño, ni se diga. Algún joven podrá mencionar a los ganadores recientes del Casa. Yo nunca he llevado cuentas de nada. Allí comenzó, por ejemplo, la hoy celebrada Samanta Schweblin, con Pájaros en la boca, en 2008.

Ese reconocimiento, cuando la narrativa latinoamericana atravesaba uno de sus momentos más notorios, y con todos los reparos que cargaba entonces el Premio, hoy casi olvidados, para mí fue muy importante. Me permitió aceptar una realidad: no estábamos lejos de quienes escribían una de las corrientes más fuertes de la literatura del continente.

Algo terrible ocurrió con ese libro afortunado, depositario de ciertas propiedades, aunque no las suficientes para alcanzar el rango de sobresaliente: lo perdí. No conservo un solo cuento. Vaya uno a saber también de qué nos libramos.

Mirando su recorrido, ¿cuáles han sido las mayores dificultades y también las mayores alegrías de la vida literaria?

Si una obra literaria debiera algo a su autor; alguna retribución por haber sido creada; si existiera una especie de día del padre o de la madre en el que las obras homenajearan a quienes las escribieron, en mi caso ese momento todavía no ha llegado.

Dificultades, muchas. A quienes no somos genios de la palabra nos corresponde trabajar bastante para conseguir obras de alguna significación. Y todavía falta el recorrido de la obra una vez editada. Hay, sin embargo, un instante, el final de la elaboración, en que uno se detiene y se sobrecoge porque recibe la revelación secreta de que lo ha conseguido. Uno se da cuenta. Uno se entera, así sea el único a quien la obra le haya obsequiado ese secreto maravilloso: el de su existencia.

Me alegra muchísimo el nacimiento de los libros de la gente de Contracartel; de los amigos; de mi hermano; de Diego Armando. Hay veces siento pena por mí. Por mi descuido. O abandono. De pronto aparece un libro de cuentos sobre TransMilenio en Bogotá y me pregunto: ¿a qué horas recogieron cuentos?, ¿quiénes?, ¿cómo?, ¿y mis cuentos ni siquiera se enteraron?

Acabo de saber de una antología de poemas cortos. Vine a enterarme después de la presentación del libro. No para que me hubieran incluido. Para haber asistido a la convocatoria. Y yo con tres libros de poemas breves guardados.

¿De qué autores o títulos recomienda a los jóvenes que se inician en la lectura?

De ser posible, un texto bueno. Ojalá un clásico. Aunque esto no resulta fundamental en el aprendizaje de lo que podría considerarse también una especie de aberración: la lectura como hábito positivo, necesario y conveniente en la vida de una persona. La lectura es importante en una civilización letrada. No olvidemos, sin embargo, los millones de años que vivió el hombre sin saber leer ni escribir. Sobrevivió épocas difíciles por otras razones y aun así accedió a la civilización y a la escritura; es decir, a la lectura.

Hace menos de cuarenta mil años aquello constituyó un sacudimiento impensado que transformó a la sociedad y al ser humano tanto por fuera como por dentro. Imagino que preguntas por este tipo de lectura y, particularmente, por aquella que colabora seriamente en el delineamiento de la personalidad de una persona y de una sociedad.

En la cultura occidental se han escrito páginas memorables acerca de la lectura y sus bondades. Pero esa misma cultura produjo también, en todas las páginas del Don Quijote de la Mancha, una advertencia contra ella. Por nuestra parte, consideramos que la lectura —sobre todo la de obras literarias y humanísticas— resulta hoy del todo necesaria para el andamiaje intelectual y espiritual de la sociedad. Posee muchas vetas que la hacen imprescindible.

Es bueno saber que existen miles, millones de lecturas al alcance de cualquiera. Pero también debemos detenernos en los procedimientos mediante los cuales una persona, acosada y fascinada por los infinitos distractores de la sociedad contemporánea, levanta la cabeza y decide leer no una pantalla sino un texto escrito. Esa circunstancia está marcando una mutación en los miembros de la sociedad.

Los profesores, ni magos que fueran, poseen el poder de redireccionar los gustos y las voluntades de personas sometidas al embrujo de medios poderosísimos que cumplen funciones nada invisibles de poder.

No hay que olvidar aquella frase de Gabriel García Márquez: “Llegué a las buenas lecturas por las malas lecturas”. Una persona que no posee el hábito lector, ¿tiene intereses temáticos?, ¿predilección por algún tipo de lectura? Obvio que no. Al comienzo, cuando nadie sabe jugar, todos quieren ser delanteros. Goleadores. Romper redes. Después, el conocimiento y la práctica van definiendo las cosas, los comportamientos, las tendencias.

¿De qué tipo de textos deben oír los jóvenes para despertar sensibilidad, pensamiento crítico y amor por la palabra?

Al respecto puede resultar ejemplar el vínculo que una persona establece con el deporte que practica. Existe un punto decisivo ubicado en el comienzo. ¿Cómo llegó a él? ¿Por qué le gusta subir montañas, correr, montar bicicleta o perseguir un balón de fútbol? Allí está el núcleo. Cómo nace esa inclinación que después puede convertirse en una verdadera pasión que lo arrope, lo subyugue, no lo abandone jamás y haga de esa persona, incluso, una figura mundial en ese deporte.

¿Tienen que ver únicamente las estructuras familiares? ¿Las sociales? En mi caso debió influir mucho aquello que veía. Mi padre llegaba del trabajo en la finca, se sentaba en el escaño frente al Puracé, abría el periódico y el mundo exterior desaparecía para él. De pronto, al encontrarse con alguna noticia especialmente desastrosa o sorprendente, soltaba un “¡Qué bestialidad! ¡Qué bestialidad!”. Y en la noche, mientras uno medio dormía, seguía escuchando el sonido de las hojas del periódico pasando una y otra vez.

Mi padre nunca llegó al libro. Pero sí al periódico y a la revista. Todavía no comprendo del todo su fidelidad a El Espectador como periódico liberal ni su tirria hacia El Tiempo, al que llamaba periódico godo. No sé siquiera si alguna vez tuvo entre las manos El Siglo. Y, sin embargo, en ese periódico godo apareció publicado mi primer cuento gracias al amparo de una muchacha recién llegada a esas labores: María Mercedes Carranza. Yo estaba todavía en bachillerato y el cuento, curiosamente, era muy político.

En vacaciones llegaba Isaías con libros y papeles que yo no leía porque todavía no sabía leer. Tengo la imagen, incluso una fotografía, de él trepado sobre un cerco, rodeado de monte, completamente absorto en la lectura de La peste. Imagínate eso. Con seguridad aquellos papeles y aquellas escenas iban dejando guiños, señales, llamados.

Existen casas en nuestro mundo donde, como decía una expresión bastante mala, no hay ni papel higiénico. Mucho menos libros, revistas o periódicos. ¿De dónde van a sacar esos niños la idea de que existe algo llamado lectura? Allí aparece una responsabilidad —o una irresponsabilidad— social enorme, de la cual incluso puede estar exento un gran porcentaje de padres de familia. Admirable que hijos de padres analfabetas lleguen a ser bachilleres o profesionales.

Cuando Pelé llega a la selección de Brasil a los 16 años, ¿cuánto tiempo llevaba ya pateando un balón? Dieciséis años, ni más ni menos. Toda una vida invertida en aquello que amaba. Jorge Luis Borges, a los cinco años, no solo había leído aquel “librito” llamado Don Quijote de la Mancha. Entonces uno se pregunta: ¿en qué invierten hoy su vida nuestros jóvenes de sectores medios, bajos o deprimidos?

Pienso siempre en ese punto esencial de partida: cómo establecer un cariño irreflexivo por la lectura; por el libro, que es el verdadero camino hacia ese universo de sensibilidad, pensamiento crítico y amor por la palabra que usted menciona, tan necesario y tan hermoso.

La madre, o alguien en la casa, además de dejar el libro infantil sobre la mesa, debe poseer el tiempo, la voluntad y la disposición del alma para arropar al niño y decirle: “A ver, mi vida, a dormir. Bien arropadito. Pero escuche esto. Esta noche vamos a leer este relato. ¿Por dónde íbamos anoche? Entonces el patito feo, encandilado él mismo por los rayos del sol de la mañana, no pudo darse cuenta del instante en que se convirtió en el cisne más hermoso del lago…”.

A la tercera noche, a la quinta, esa persona lectora ya no podrá librarse de la exigencia del niño o de la niña: “¿Y el cuento? ¿Qué cuento me vas a leer hoy?”. Y tampoco dejará de hacerlo ni siquiera cuando se esté muriendo de tiempo.

Ese es un camino. También está la escuela. Y las estrategias pedagógicas que, a veces, parecen bastante inútiles. Solo aparece de vez en cuando un docente capaz de inventarse una magia: enganchar a la gente y conducirla hacia la maravilla.

Como se ve, antes que los textos —que desde luego son fundamentales—, hace falta algo que los preceda y los anuncie: un acto de convicción, de entrega, de amor.

¿Qué legado quisiera dejar usted a las nuevas generaciones de lectores y escritores colombianos?

No me he dado cuenta. Qué terrible y maravilloso. Puede que uno llegue a ser importante y esté en condiciones de hacer eso que tú dices. Yo apenas trabajo en la realización de una obra. Quiero que resulte. La obra; la dedicación; la responsabilidad de la obra frente a la cultura. Páginas esenciales. Incluso livianas, pero esenciales.

Tú me pones a pensar en asuntos muy delicados cuando apenas existen tres o cuatro cositas entre el público lector. La responsabilidad con la cultura. ¿Qué puede surgir del encuentro entre mi experiencia, mi obra y el lector? No tengo idea. Mucho menos cuando no he movido un dedo para abrirle camino a la obra frente al lector. Me aterroriza. ¿Cómo va a enterarse el lector? Ni siquiera está publicada. Y lo poco que existe publicado se refunde entre el hojarascal y el bullicio del día.

Agacho la cabeza y sigo con lo mío. Con una irracionalidad que ojalá efectúe, en algún momento, alguna forma de redención.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Espacial para Noticias Coopercom.-