La primera referencia que tuve de Jorge Elías Guebely Ortega fue a través de nuestro amigo en común, Ramón Illán Bacca, en los postreros días de 2004, en una cafetería del Centro Comercial Buenavista, al norte de Barranquilla. Conversábamos sobre el reciente Premio Nacional de Periodismo que Ramón y yo habíamos obtenido en la misma temática, aunque en diferentes modalidades: él en Mejor Emisión Cultural en Prensa y yo, junto a Heberto Amor Beltrán, en Mejor Emisión Cultural en Radio.

Por aquellos días, Ramón trabajaba en la construcción de una novela histórica. Hablamos entonces sobre la técnica, la estructura y los desafíos narrativos propios del género. Entre los autores que consideraba fundamentales en ese ejercicio mencionó a Walter Scott, León Tolstói, Víctor Hugo y Alejo Carpentier. En sus manos llevaba un ejemplar de El otro dorado, de un escritor al que yo apenas conocía de nombre, pero sobre quien no tenía mayores referencias: Jorge Guebely.
“Este es un claro ejemplo de una obra en la que la veracidad de la historia se combina magistralmente con la ficción”, me dijo Ramón. Luego me explicó que, con notable agudeza narrativa, el autor reconstruía la violenta trayectoria militar de don Juan de Borja a comienzos del siglo XVII, cuyo propósito era someter y exterminar a los indígenas pijaos que resistían el dominio español.
“Más allá de su valor como novela histórica —palabras más, palabras menos, me comentó Ramón—, la obra está atravesada por profundas meditaciones filosóficas y una marcada sensibilidad humana. La travesía militar y política de don Juan de Borja termina convirtiéndose también en un viaje hacia sí mismo. Así como los conquistadores perseguían la leyenda de El Dorado, Borja emprende una búsqueda mucho más íntima y espiritual: la de su propio sentido de existencia. Precisamente de esa dualidad nace el significado del título El otro dorado”.
No volví a tener noticias de Guebely sino hasta más de veinte años después, cuando el poeta José Luis Hereyra Collante me lo recomendó para mi serie de entrevistas con escritores del suroccidente colombiano.
“Nació en Barranquilla, pero vivió durante tres décadas en el Huila y fue allí donde consolidó su carrera literaria”, me comentó Pepe, quien además dirige el proyecto editorial Colección Caribe Colombiano, serie bajo la cual apareció mi libro Entre palabras, publicado por Pijao Editores en abril de 2026.
Bastó aquella recomendación para ponerme en contacto con mi paisano, un escritor que comparte sus días con la academia, la crítica, el humanismo y las artes plásticas. Tras su jubilación, halló en los pinceles una nueva forma de expresión: el resultado es la transposición pictórica del poemario Tierra de promisión. A lo largo de su fructífera trayectoria, ha publicado los libros de poesía Fiesta del silencio, Plenitud de la nada y el ensayo sobre la poesía de José Eustasio Rivera, Tentativas de sacralidad; de igual manera, es autor de ensayos notables, entre los que sobresalen Soledad y orfandad del hombre moderno en la poesía huilense y Humanismo en la literatura huilense.
La trayectoria intelectual de Jorge Elías Guebely Ortega constituye un puente perfecto entre la exuberancia del Caribe y la profundidad del suroccidente colombiano. Su historia comenzó en Barranquilla el 27 de junio de 1944, en un entorno de música, oralidad y mestizaje cultural que despertó su temprana inclinación por las letras como herramienta para descifrar la existencia. En la Escuela Normal de la capital del Atlántico recibió sus primeras lecciones pedagógicas y estéticas, cimientos de una vocación docente que lo acompañaría a lo largo de su vida.
Dispuesto a ensanchar su horizonte, se trasladó a Bogotá, en cuya Universidad Libre obtuvo el título en Filología e Idiomas, un paso crucial que le permitió asimilar la literatura hispanoamericana desde una perspectiva más crítica. El perfeccionamiento de sus herramientas de análisis humanístico llegó poco después, gracias a los estudios de especialización literaria que cursó en las aulas del Instituto Caro y Cuervo.
La insaciable búsqueda de conocimiento lo llevó a cruzar el Atlántico. Su primera escala europea tuvo lugar en Madrid, en el Instituto Hispánico de España, centro en el cual examinó los vasos comunicantes entre las vanguardias universales y las letras latinoamericanas. Sin embargo, la cúspide de su periplo continental ocurrió en París; en la Universidad de La Sorbona alcanzó el doctorado en Literatura Hispanoamericana y asimiló las lecciones de los seminarios sobre novela y música, de manera particular aquellos dictados por Milan Kundera, cuyas concepciones estéticas dejaron una impronta indeleble en su visión creadora.
A su regreso, el destino lo vinculó de forma definitiva al departamento del Huila. Aunque el mar nutrió sus raíces, el suelo opita se transformó, durante más de tres décadas, en su taller creativo y en su hogar espiritual. En Neiva, la Universidad Surcolombiana fue el escenario de su magisterio; allí no solo dictó cátedras que invitaban a la introspección y al rescate de la memoria, sino que también asumió el liderazgo institucional desde los cargos de decano y vicerrector, dignidades a partir de las cuales defendió la vigencia de las humanidades frente al auge de los saberes técnicos. Por este arraigo, la comunidad académica y el entorno afectivo de la región lo acogieron como a un hijo legítimo.
Su producción literaria prefiere la indagación de la conciencia antes que la simple crónica de sucesos externos. En el ámbito de la novela sobresale Crónicas del invisible pez azul, obra galardonada en 2018 con el Premio de Novela Distrito de Barranquilla ‘Estuario’ —otorgado por el Portafolio de Estímulos de la Secretaría de Cultura— y publicada en 2019. El libro rescata con irreverencia el ambiente bohemio de La Cueva y rinde homenaje a la generación que transformó el pensamiento caribeño. En esa misma línea de rescate cultural se inscribe Asesinato de un fantasma, pieza narrativa en la cual explora la biografía y los enigmas del dramaturgo huilense Gustavo Andrade Rivera.
El conflicto interior y las grietas de la condición humana también habitan en su volumen Cuentos del día y la noche, colección de relatos donde la crítica exalta una sutil amalgama de rigor filosófico y lirismo. Por otra parte, su universo lírico halla una voz madura en los poemarios Plenitud de la nada y Fiesta del silencio, composiciones que dialogan de cerca con el vacío y la contemplación mística.
Como pensador y ensayista, la figura de José Eustasio Rivera y las letras regionales han sido sus grandes obsesiones. Fruto de ese rigor son los volúmenes Tentativas de sacralidad y José Eustasio Rivera o la caída en la Historia, valiosas exégesis que aproximan la literatura a la espiritualidad. Sus agudas reflexiones en torno a la identidad y la poesía contemporánea obtuvieron eco internacional al ser traducidas y difundidas por publicaciones adscritas a la UNESCO.
Jorge Elías Guebely Ortega encarna, en definitiva, al humanista pleno: un autor que logró amalgamar la memoria de su origen costeño con la madurez intelectual cultivada en el Huila, legando una obra indispensable para comprender el alma humana.

Viene, seguidamente, la entrevista a Jorge Elías Guebely Ortega. Es un diálogo profundo y reflexivo en el que se explora la evolución intelectual del entrevistado desde su despertar literario en Barranquilla hasta su consolidación vital en el departamento del Huila. A través de una conversación introspectiva, Guebely analiza cómo el contraste entre la explosividad del Caribe y el espíritu conservador andino le permitió comprender la historia humana como una tensión cíclica entre el poder y la libertad.
¿Cómo recuerda sus primeros acercamientos a la literatura en la Barranquilla de su infancia y juventud?
En la Escuela Normal de Barranquilla sucedió el milagro. Un hermano de la comunidad de la Salle, profesor de literatura, nos estimuló la escritura. Escribí por tarea un relato pequeño y resultó muy vivo. Hubo algunas correcciones de comas y puntos y comas, pero la imagen literaria estaba palpitando. Fue publicado en un periódico escolar y ese acto tan pequeño me señaló un camino para toda la vida.
¿De qué manera el ambiente cultural y bohemio del Caribe colombiano influyó en su sensibilidad como escritor?
Nunca fui bohemio, pero por razones de estudios debía pasar frecuentemente por La Cueva de Barranquilla. Varias veces vi a García Márquez, a Figurita, a Cepeda Samudio, a Obregón, en serias parrandas. Mi padrastro me dijo: “Ellos son los más locos de Colombia, pero los más sabios porque entienden bien la vida.” Esa respuesta sembró una insistente curiosidad en mi consciencia. Con el tiempo entendí la profundidad de la respuesta: el arte en general, pero la literatura en particular, se comportan como un gran vehículo para auscultar la incógnita del ser humano.
¿Qué significado tuvo para usted vivir durante más de tres décadas en el Huila y cómo transformó esa experiencia su visión del mundo y de la literatura?
El Huila me mostró el espíritu conservador en su forma más amable, lo que contrastaba con el espíritu explosivo de Barranquilla. Necesitaba ese contraste para visualizar las dos caras de una misma realidad. Con el tiempo entendí que la cacofonía de la Historia era eso: una permanente confrontación entre conservadores y liberales, quienes tienen el poder y quienes desean quitárselo. Siempre lo mismo con diferentes nombres y actores desde la época del chimpancé: el macho alfa vs el macho beta. Así es la historia del poder político: quien lo tiene se vuelve conservador por su anhelo de conservarlo; quien decide quitárselo, se vuelve libertario, pero una vez en el poder, se vuelve conservador. Y, en ese vaivén, se encarcela la imaginación del arte. Sobra decir que la lucha por el poder vuela muy bajo desde el punto vista humano y, además, es muy peligroso. Para trascender esa cadena de tránsito mediocre, toca ser como Cervantes, crear un personaje loco como Don Quijote y fundirse en él.
¿Por qué considera que el Huila terminó convirtiéndose en un núcleo afectivo e intelectual tan determinante en su vida?
Es imposible vivir en el Huila y no amar a su gente. Yo los encontré cuando todavía el campo perfumaba sus consciencias. Había en ellos un alma agraria: amable, cariñosa, sincera, hasta ingenua. La serpiente del paraíso todavía no había hecho los destrozos que acostumbra a hacer. Me enamoré de la sencillez del alma huilense porque yo también pasé mi infancia entre campesinos del Atlántico. Y después, por mandato del Destino, ya nunca pude abandonar al Huila. Creo que me voy a morir en el Huila, ese es mi sitio en el universo.
¿Cómo nació la idea de escribir El otro dorado y qué lo llevó a interesarse por la historia de los indígenas pijaos?
Mi abuela era de origen indígena. De niño, viví en Tubará, un pueblo de origen indígena. Conocí algo de su cultura, ellos estaban más cerca del paraíso terrenal. Ellos conversaban con las diferentes fases de la luna, distinguían los pájaros por sus cantos y le entendían su estado de ánimo por sus formas de trinar en cada momento. Era una maravilla. Me dolió mucho cuando descubrí el desprecio por esa cultura perpetrada por la estrafalaria prepotencia de la Colombia eurocentrista. Además, su ridículo racismo también despreciaba la cultura afrodescendiente desconociendo su vitalidad humana. Por eso me interesé en la cultura pijao porque opusieron resistencia durante un siglo. Eso fue sencillamente maravilloso para su época y su nivel de desarrollo bélico.
¿Hasta qué punto la novela histórica le permite explorar no solo los hechos del pasado, sino también los conflictos interiores del ser humano?
La Historia está construida por seres humanos transportados por sus conflictos interiores. Por lo tanto, si usted quiere conocer el conflicto humano de un personaje real, le basta conocer su contexto histórico. Marx prefería leer novelas para conocer el alma de un momento histórico en vez de libros de Historia. Pero eso no es lo maravilloso del fenómeno, lo maravilloso consiste en descubrir que, sin importar el momento histórico, el conflicto esencial del ser humano es el mismo. Parece que la historia de la consciencia humana estuviese congelada. Las Memorias de Adriano escrito por Margaritte Yourcenar se las puede leer hoy como ayer o mañana, igual sucede con El evangelio según el hombre, escrita por José Saramago, el Ulises de Joyce, también la novela, José y sus hermanos, escrita por Thomas Mann. Todas están por encima del tiempo porque están en el corazón del ser humano, en la consciencia de la especie como relatos arquetípicos. Lo repito: la Historia es una cárcel del alma, el poder homogeniza a los pueblos con una “moral de rebaño” como lo dijo Nietzsche.
En El otro dorado, don Juan de Borja emprende una búsqueda espiritual paralela a su misión militar. ¿Qué reflexión quiso plantear sobre la condición humana a través de ese personaje?
No es don Juan de Borja quien viene a la Nueva Granada haciendo una búsqueda espiritual. Él era un aristócrata en Gandía, España, pero un bastardo. Esa condición lo martirizaba. Necesitaba amainar esa mácula de su tiempo por medio del poder, también su vida la transportaba una gran dosis de delirio de importancia personal. Necesitaba algo grande, así como un cargo en las colonias americanas para probarse como aristócrata con estudios militares y delirios de importancia personal. Y le tocó afrontar el genocidio de la cultura pijao. Sin embargo, su aventura terminó en un encuentro espiritual gracias a su mujer. Doña Violante, hija de un médico español, la convertí en el símbolo de lo femenino universal. Fue ella quien le señaló el camino a la condición humana libre de oropeles. Esa es la dimensión que, en nuestra cultura machista, militarista, hemos querido desconocer. Y ha sido mi obsesión tanto en la literatura como en la pintura. Parecemos un avión con deseos de atravesar el océano volando en un avión que transita tan solo con un ala. Solo con la dimensión masculina que, además, está muy averiada.
Autores como Walter Scott, León Tolstói, Víctor Hugo y Alejo Carpentier han sido referentes fundamentales de la novela histórica. ¿Cuáles de ellos dejaron una huella más profunda en su escritura?
Por supuesto, todos. Pero Scott y Hugo, me parecen de otras épocas. Tolstoy de una cultura muy lejana con problemas históricos distintos. No así con Carpantier, es más mío, era una de las figuras cuando abrí los ojos a la literatura latinoamericana, cuando comencé a leer por propia intuición. Además, escribió cuando ya el liberalismo se había convertido en otro fraude histórico. Basta leer, El siglo de las luces, para entender esa dimensión. Era más mío y le debo mucho. Además, lo saludé una vez en París cuando él era embajador. ¡Qué maravilla de ser humano!
¿Qué desafíos narrativos implica combinar el rigor histórico con la libertad de la ficción?
Cuando la literatura y la ciencia se ejercen con honestidad humana, no solo no son distintas, sino son complementarias. No existe literatura sin conocimiento científico, aun cuando las dos poseen caminos diferentes para llegar al conocimiento. Hoy la física cuántica ha demostrado las insólitas percepciones de poetas de la tradición china. Razón e intuición forman una unidad cósmica. La tierra siempre está cubierta por la noche, espacio de la inteligencia emocional, y el día, espacio de la inteligencia racional, y las dos forman una unidad llamada “día”. Igual acontece con el ser humano. Por eso posee dos hemisferios cerebrales: uno para percibirlo racionalmente, científicamente; otro, para sentirlo emocionalmente, estéticamente, literariamente. Quien percibe el Universo con honestidad y en su integralidad, lo descubre completamente armónico, incluyendo la ciencia y la literatura. Una buena obra literaria, además de estética, también es científica.
En Crónicas del invisible pez azul usted reconstruye el universo de La Cueva de Barranquilla. ¿Qué representa ese espacio dentro de la memoria cultural del Caribe colombiano?
Representa mucho para el Caribe, para Colombia, para occidente. Fue un punto luminoso en donde la locura de unos bohemios rompió momentáneamente la costra de la moral imperante y vieron una luz distinta, no las sombras de siempre. Se me ocurre comparar La Cueva de Barranquilla con la Cueva platónica donde un personaje abandona el lugar y afuera en libertad puede ver la verdad. Al volver a la cueva para liberar a sus compañeros de las sombras, no le creyeron, lo calificaron de loco. La ignorancia era atrevida desde la época de los griegos y sigue siendo atrevida en la época actual. En verdad, no hay peor locura que la de un personaje cuerdo: suele ser un asesino en potencia.
¿Qué tan importante considera la memoria en la construcción de una obra literaria?
Si es la memoria del ser humano de cada quien, limpio, libre de cadenas morales, es maravilloso porque inserta su memoria personal en la memoria colectiva. En su dolor y alegría descubre el dolor y la alegría de la comunidad o viceversa. Ya solo le queda el trabajo literario, poner en imágenes esos dolores y esas alegrías de la especie humana. Ridícula la memoria de un prepotente, es la memoria de su ego. Entonces se dedica exclusivamente a auto alabarse, a banderear su prepotencia. La memoria, como todas las dimensiones del ser humano, tiene su lado celestial y su lado infernal.
Sus libros suelen abordar la soledad, la nostalgia y las tensiones espirituales del ser humano. ¿Por qué esos temas ocupan un lugar tan central en su obra?
Usted tiene rezón, esos temas me seducen, pero no son tristes. Por lo contrario, los considero como una fiesta. No escribo mucha poesía, pero escribí un texto que titulé La fiesta del silencio. En verdad, si usted quiere despejar la incógnita del ser humano, el ruido de la multitud no es aconsejable porque el subconsciente habla solo en el silencio, en la soledad y muchas veces, en la nostalgia.
¿Cómo dialogan en su escritura la filosofía, la poesía y la narrativa?
Simplemente porque son tres disciplinas que abordan la incógnita del ser humano desde la libertad y para la libertad, libre de las cadenas de la razón. No es que la razón sea un surtidor de cadenas mentales, sino que el poder la ha convertido en cadenas mentales. La poesía y la narrativa, por ser parte de la estética, llevan en su ADN el espíritu libertario. Un poeta o un narrador obediente a los programas de un partido o de una iglesia se vuelve un ilustrador de dogmas, un publicista. Esa es, para mí, la parte débil de La Divina Comedia de Dante, ilustró bellamente el dogma de la iglesia católica. Igual sucede con el filósofo, estará perdido si intenta ilustrar un dogma o un programa de partido, se olvidó de auscultar los recovecos del alma humana. Basta recordar las desavenencias entre Sartre y Camus. Sartre se quedó anquilosado en el programa del partido comunista dirigido por Stalin; Camus avanzó al mundo libertario de la filosofía y la narración, de allí sus dos hermosos trabajos: El extranjero y El hombre rebelde.
En poemarios como Fiesta del silencio y Plenitud de la nada aparece una constante búsqueda de lo esencial. ¿La poesía ha sido para usted una forma de conocimiento interior?
Definitivamente sí. No solo la poesía, sino la narrativa, la música, la pintura, el arte en general. Es más, con el arte se llega con mayor facilidad a los conflictos interiores más profundos del ser humano. Mire usted los siguientes libros de poesía icónicos y me dará la razón: Las flores del mal, escrito por Baudelaire, examina los deseos, la culpa, la belleza, la decadencia… en la Paris del siglo XIX; Fernando Pessoa escribió, El libro del desasosiego, donde explora la soledad y la consciencia; Federico García Lorca explora la alienación y la angustia existencial en su libro, Poeta en Nueva York. Son, de enorme maravilla, los textos poéticos para hacer un poco de turismo por los rincones oscuros del alma humana.
¿Qué importancia tiene José Eustasio Rivera dentro de su trayectoria intelectual y académica?
Toda la importancia del mundo. Me parece un hombre de inmensa luz humana. Brilló y cada vez brilla más a pesar de haber nacido en una región excesivamente conservadora y un estrato social medio. Su novela ha sido ampliamente leída desde una perspectiva sociológica, histórica, pero pocas veces explorada en su dimensión estética. Y su poemario, Tierra de Promisión, se lo ha leído más como un poema casi bucólico y nos hemos perdido de su dimensión sagrada. Lo sé bien que el término sacralidad ha sido secuestrado por la iglesia católica, pero existe una sacralidad con semántica exclusivamente humana. Y eso lo hace Rivera en sus tres trabajos literarios. Un tipo que escribe con esas dimensiones debe ser un gran referente humano por las permanentes nuevas generaciones.
Después de tantos años dedicado a la docencia universitaria, ¿qué enseñanza le dejaron sus estudiantes?
Es de una inmensa ventaja mirar de frente a un grupo de estudiantes y desde una tarima. En esa gota de comunidad se concentra la humanidad entera. Todo surge en un salón de clases: el presente y el pasado, el instante y la permanencia. Es la mejor muestra para conocer los conflictos de la especia tanto en el espacio como en el tiempo. Borges afirmó una vez en Ficciones: “Yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres”. Yo podría parodiarlo, no como escritor, sino como docente, “Un salón de clase es la humanidad entera en todos los tiempos”. Para percibirlo de esa manera toca poner el enfoque visual en lo esencial y no en lo formal. El vestido solo es señal de la semántica esencial, pero no es la semántica esencial. Por lo tanto, un docente inteligente aprende mucho más y mucho de lo más importante, que lo que enseña. Yo tuve esa experiencia con mis estudiantes. Además, hace tiempo que estoy en la jubilación, pero no me olvido de ellos, me siento todavía docente y me sentiré así hasta el final de mis días.
¿Cree usted que la literatura colombiana actual conserva todavía una preocupación auténtica por el humanismo y la profundidad existencial?
No solo la literatura colombiana está en decadencia, sino el arte en general y mundial, gracias al mercado capitalista. El hecho de convertir todo en mercancía para exhibirla en vitrinas y venderla rápidamente ha desmejorado la calidad humana para potenciar la calidad comercial. Los escritores de hoy buscan más el éxito comercial y auscultan menos al ser humano. Las grandes editoriales premian cualquier cosa con tal de que sea un éxito comercial. Como cualquier mercancía, la literatura ha sustituido lo bello por lo bonito, lo trascendental por lo intrascendental. No son los fundamentos del arte, sino los del mercado, los que dominan la producción literaria. Por eso los futbolistas tienen más éxitos que los poetas porque el futbol es mejor negocio. El éxito consiste en vender más. Por eso los narcotraficantes son más exitosos, más respetados y más apreciados, nacional e internacionalmente. Ya no se piensa en el ser humano, sino en el éxito comercial. Creo que el arte está actualmente en una crisis esencial.
¿Qué tipo de lecturas les recomienda a los jóvenes que desean acercarse verdaderamente a la literatura?
Toda buena literatura es recomendable para la nueva generación, pero pasa que no toda buena literatura es recomendable para una persona en particular. Cada persona necesita un libro en particular para un momento particular. El docente debe estar atento para saber recomendar un texto a un estudiante en particular. Lo mismo, saber escoger los autores para compartir en el salón de clase. Para lograr eso, es importante tener respeto por la persona o por los estudiantes, conocer sus angustias existenciales, su grado de alienación y el origen de su alienación, para recomendar una obra. Imposible olvidar si la persona vive en la capital de Estados Unidos o en la capital de Colombia o en la capital del Huila. No es fácil recomendar un texto literario en abstracto si no se tiene en cuenta el estado del alma de la persona o del curso. Lo que debería evitarse es la imposición de lecturas porque entonces estamos alienando a través del texto libertario, estaríamos imponiendo otra cadena más.
¿De qué tipo de lecturas deberían alejarse los jóvenes para no empobrecer su sensibilidad y su pensamiento crítico?
En nuestra época de mercado fácil y mundial, con la presencia de la inteligencia artificial y todos los algoritmos disponibles, es mucho lo que se debería evitar. Sin embargo, sería un camino infinito, una especie nueva del laberinto borgiano, con muchas posibilidades de perderse en la aventura. Las dos alternativas que veo tampoco me parecen eficaces: una educación con sentido humano y el desarrollo del pensamiento crítico. Pero pienso que son dos intentos débiles que valen la pena intentar. Sin embargo, es importante no olvidar que la educación de hoy prepara más para el mercado y menos para el desarrollo humano, y el pensamiento crítico está muy contaminado de ideología que es una forma de neutralizar cualquier pensamiento crítico. Debemos ser sinceros: el capitalismo del siglo XXI está muy consolidado, demasiado fuerte. Tienen instituciones poderosas, algunas visibles y otras invisibles. Y no veo otro modelo económico con aspiraciones humanas y con fuerza en ninguna oposición del mundo. Tendremos capitalismo feroz y brutal por muchos años. Vivimos la posibilidad de una guerra devastadora, quizás en la cima de la ruina posguerra, se piense sensatamente en el ser humano.
Después de una vida entregada a las letras, ¿qué cree usted que sigue buscando todavía en la literatura y en la escritura?
Gracias por esa pregunta. Hace mucho tiempo que no busco nada y eso me ha traído mucha paz. Y no busco nada porque entendí que mi rol en mi pasaje por la tierra era ser docente de literatura y en Neiva. Quizás influido por Schopenhauer, yo escucho y creo en la voz secreta del Universo. Usted no sabe las facilidades que se dieron para que yo llegara al Huila, y peor aún, las veces que he intentado irme y haber fracasado en todos los intentos. Por eso, en este momento yo me siento docente de literatura en el Huila. Cuando estoy escribiendo, no me siento escritor, me siento docente. No aspiro a ningún premio ni a triunfar en el mercado. Escribo para que los jóvenes que pasaron por mi salón y se dedicaron a escribir, tengan fundamentos respetables para su escritura. Ese es el sentido de mi reciente libro de cuentos, Trascendencia de lo bello. Lo escribí para que mis exalumnos leyeran cómo los maestros del arte de la escritura encontraban el pulso para escribir sus textos. Creo que esa era mi misión en la tierra y creo haberla cumplido.
