jueves, julio 9, 2026 12:17 pm

Casa CulturaEl largo viaje de ‘Magil’: de las cumbres de la cordillera al teatro de la memoria

El largo viaje de ‘Magil’: de las cumbres de la cordillera al teatro de la memoria

por Redacción: Noticias Coopercom

Leí a mediados de los ochenta Concierto de desconciertos, la novela de Manuel Giraldo ‘Magil’ publicada por Plaza & Janés en 1982, luego de haber obtenido, un año antes, el Segundo Premio de Novela Colombiana Plaza & Janés.

Llegué a esas páginas movido más por la curiosidad que por una verdadera cercanía con el rock. Por aquellos días apenas comenzaba a familiarizarme con ese universo gracias a mi amigo Juan Antonio Ropaín, quien escuchaba esas guitarras eléctricas y aquellas voces ásperas con una devoción que entonces yo observaba casi como quien asiste a un rito desconocido.

Sin embargo, el libro terminó revelándome algo mucho más profundo que una simple historia ligada a la música. Lo que encontré allí fue la radiografía nerviosa y desafiante de una juventud colombiana que buscaba abrirse paso entre la asfixia moral de una época todavía rígida y solemne.

Con los años entendí que Concierto de desconciertos no había sido una novela más dentro del panorama literario nacional. Su aparición marcó una ruptura. Mientras buena parte de la narrativa colombiana seguía orbitando alrededor de la violencia partidista, los dramas rurales o las agudas tensiones políticas tradicionales, desplazó el foco hacia las calles, los conciertos improvisados, los barrios urbanos, las tribus juveniles y el desconcierto emocional de toda una generación.

En sus páginas irrumpieron el ruido eléctrico de las bandas de garaje, la rebeldía hippie, las noches de humo espeso, la psicodelia, las búsquedas existenciales y aquella sensación de vacío que acompañó a muchos jóvenes de los años sesenta y setenta. El rock dejó de ser un simple fenómeno musical para convertirse en lenguaje narrativo y en síntoma cultural.

Allí radica buena parte de la importancia de esta obra: haber incorporado la contracultura al panorama de la literatura colombiana con plena legitimidad artística.

No como adorno exótico ni como moda pasajera, sino como expresión auténtica de una sensibilidad colectiva que comenzaba a fracturar viejos moldes sociales.

La escritura de ‘Magil’ posee, además, una intensidad muy particular. Hay en su prosa un ritmo acelerado, casi febril, que avanza entre imágenes sensoriales, diálogos fragmentados y atmósferas cargadas de vértigo. El lector tiene la impresión de entrar en una ciudad estremecida por amplificadores, luces intermitentes y jóvenes que intentan encontrarse a sí mismos mientras todo alrededor parece desmoronarse.

No pocos críticos han visto en Manuel Giraldo uno de los autores que prolongaron, desde otra orilla, la senda abierta por Andrés Caicedo con ¡Que viva la música! Y la relación no resulta gratuita: ambos comprendieron que detrás del rock, la noche y el exceso también latía la urgencia de leer el país. Confieso, sin embargo, que durante más de ocho lustros perdí por completo el rastro de ‘Magil’. La novela permaneció viva en mi memoria, pero el autor se me fue borrando poco a poco entre el paso del tiempo y las urgencias cotidianas. Ni siquiera me ocupé de averiguar qué había sido de su vida.

Solo ahora, en mayo de 2026, su nombre volvió a surgir mientras rastreaba escritores oriundos del suroccidente colombiano, para esta obra que está en sus manos, amable lector. La pista apareció gracias al escritor Carlos Orlando Pardo, quien con gentil desprendimiento me facilitó su contacto.

Lo encontré a través de WhatsApp. Desde 1979 reside en Barcelona, ciudad donde echó raíces y obtuvo la nacionalidad española.

Manuel Giraldo, a quien el país aprendería a nombrar con el entrañable apelativo de ‘Magil’, nació el 2 de octubre de 1953 en El Líbano, municipio enclavado en la Cordillera Central, al norte del departamento del Tolima. Situado entre imponentes cumbres, a unos 120 kilómetros de Ibagué —un recorrido de cerca de dos horas y media por carretera—, ese enclave andino ha sido, desde hace más de un siglo, una tierra fecundada por la tradición cafetera y por una geografía que parece rozar las nubes.

Bajo la custodia de aquellos relieves que resguardan la memoria, mientras el aire desciende impregnado del aroma de los cafetales, comenzó la historia de quien habría de dejar una huella perdurable en la cultura colombiana. Porque El Líbano no es solo un punto en el mapa: es un territorio de neblinas, de laderas generosas y de horizontes abiertos, un paisaje que suele imprimir en el espíritu de sus hijos la firmeza de la roca y la serenidad luminosa de sus amaneceres.

Desde muy joven estuvo vinculado a los movimientos teatrales y literarios colombianos; su presencia fue vital en aquellos espacios culturales que vieron nacer una nueva sensibilidad artística en el país. Publicó cuentos y notas críticas en distintos medios culturales de Colombia y España, mientras de manera paralela se formaba como actor y director teatral junto al histórico grupo Teatro La Candelaria y otras agrupaciones de Europa y América Latina.

Participó, además, en la creación colectiva de Guadalupe años sin cuenta, obra emblemática galardonada con el Premio Casa de las Américas de Teatro en 1976, en La Habana. Dos años más tarde inició su experiencia europea decidido a concentrarse de lleno en la escritura.

El reconocimiento nacional le llegó en 1981 cuando obtuvo el ya mencionado Premio Nacional de Novela Plaza & Janés con Conciertos del desconcierto, publicada posteriormente por la misma editorial. Al año siguiente, el Instituto Tolimense de Cultura, bajo la dirección de Carlos Orlando Pardo, editó su libro de cuentos Más de noche y otras apariciones, obra que más adelante sería reeditada por Oveja Negra dentro de la colección de los cien mejores autores colombianos.

La trayectoria literaria de ‘Magil’ ha transitado por la novela, el cuento, el ensayo y la investigación histórica. En 1994 apareció Iluminados —también conocida como Huérfanos iluminados, publicada en 1995 como homenaje a las víctimas de Armero—, mientras que en 2001 entregó su versión novelada de El Ramayana, atribuida al sabio Valmiki.

Su obra posterior se internó con fuerza en el conflicto colombiano. A partir de los diálogos de paz de San Vicente del Caguán emprendió una investigación sobre los orígenes de la guerra y las distintas salidas políticas posibles. De ese proceso surgieron títulos como Crónica oculta del conflicto (2004), reeditada y ampliada en 2009 y publicada en Venezuela en 2012 por la editorial El perro y la rana; Colombia: una salida democrática al conflicto (2006); y más tarde Crónica oculta para la paz, aparecida en 2016 bajo el sello editorial Ibáñez.

En esa misma línea de reflexión histórica y política publicó Viaje insurreccional por América Latina en 2010, concebida como un aporte al bicentenario latinoamericano.

Pero su producción no se limitó al ensayo político. También incursionó en la ficción con Un hidalgo amerindio (2006), escrita a propósito de los cuatrocientos años de la publicación de Don Quijote de la ManchaEn noche de carnaval(2008), incluida en la colección ‘50 novelas y una pintada’ de Pijao Editores; y Ciudades del desencanto, finalista de la Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera en 2016.

Dos nuevos títulos aparecieron en 2018: La ley del saqueo, publicada por Caza de Libros en homenaje a los veinte años del asesinato del abogado y defensor de derechos humanos José Eduardo Umaña Mendoza, y Cofrades de la palabra, editada en Madrid por Pigmalión.

Su paso más cercano en el tiempo se dio en 2024, cuando volvió sobre el tema de la paz y el conflicto colombiano con una nueva actualización publicada en España en dos partes: Crónica oculta para la paz y Tras la paz de vida, obras en las que analiza los nuevos diálogos, las transformaciones políticas recientes y las reformas impulsadas por el llamado gobierno del cambio.

legendario editor Carlos Barral coordinó la Biblioteca del Fénice de la editorial Argos Vergara.

Y aunque la literatura terminó ocupando el centro de su vida, nunca abandonó del todo el teatro. Entre 1990 y 2005 regresó a los escenarios como actor y codirector del grupo colombo-español Palo Q’ Sea, participando en las creaciones colectivas Rompecandela y No me conoces.

Hoy, desde Barcelona, Manuel Giraldo ‘Magil’ sigue siendo una de esas figuras silenciosas, pero decisivas de la cultura colombiana: un escritor que atravesó el rock, la contracultura, el teatro, la memoria política y las heridas del país sin renunciar jamás a la literatura como último refugio.

A continuación, la entrevista con ‘Magil’. Un diálogo que explora una trayectoria intelectual consagrada a entrelazar la literatura con el compromiso político y la memoria histórica. A través de sus respuestas, el autor detalla de qué manera sus obras desafiaron el realismo mágico tradicional para dar voz a la contracultura, al rock y a las crudas realidades del conflicto armado en Colombia:

Después de tantos años de distancia, ¿cómo relee hoy Conciertos del desconcierto y qué siente frente a aquel joven escritor que la escribió?

La misma sensación de guerra inminente, con una ultraderecha sanguinaria y controlada por el narcoparamilitarismo y la narcoparapolítica, que han gobernado Colombia desde los tiempos del Frente Nacional y que se remonta al Bogotazo; el asesinato del Jorge Eliécer Gaitán, y la Operación Pantomima, que eliminó a Roa Sierra, el que disparó a Gaitán. Sale una edición de Conciertos del Desconcierto para la feria de Bucaramanga, veremos cómo reaccionan los jóvenes, como autor me siento satisfecho por la escritura de esta novela que se vuelve a editar, cuidada por el autor.

¿Tuvo conciencia, mientras escribía Conciertos del desconcierto, de que estaba incorporando la contracultura y el rock al campo de la literatura colombiana?

Si lo viví, cómo no voy a tener conciencia: fue una generación comprometida la de los pioneros del rock colombiano. Todo lo underground y que olía a izquierda fue perseguido. Desde esos orígenes pioneros del rock colombiano, estamos colapsados y perseguidos. De nuevo los jóvenes asumen el compromiso, el futuro de estas generaciones se está jugando en el mapa político. No los podemos dejar solos ni defraudar, teniendo en cuenta que la ultraderecha está envalentonada con el aboganster que la lidera y amenaza con destripar cualquier vestigio demócrata. El riesgo es que éste, representa los intereses de un país invasor como lo es Estados Unidos. no le gusta vivir en Colombia, desprecia a los colombianos, pero nos pretende gobernar, para saquear y terminar de entregar su soberanía a quienes lo protegen, así como lo ha hecho con los maleantes a los que ha defendido, por eso se le conoce como el aboganster de la mafia y su historial delictivo, es más osado que el de Trump y el Matarife juntos.

Muchos lectores consideran que su novela rompió con ciertos moldes tradicionales de la narrativa colombiana. ¿Sintió desdén o incomprensión en su momento frente a esa propuesta literaria?

En realidad, la ruptura se da desde el comienzo de la escritura misma. Fueron cientos de páginas las que eliminé por encontrar ese tufillo o estilo de realismo mágico pegajoso, que entonces impregnaba al mundo narrativo latinoamericano. De ahí el libro de Seymour Menton, García Márquez, Planetas y Satélites, un análisis real de la influencia sanguínea del premio Nobel en los escritores colombianos y latinoamericanos.

¿Qué significó para usted obtener el Premio Nacional de Novela Plaza & Janés en 1981?

Una deuda y un estímulo grande para seguir escribiendo. Desafortunadamente me quedé solo en el debate sobre derechos de autor, dignificar los derechos, me ha costado el ostracismo donde me siento cómodo. Las relaciones públicas quitan mucho tiempo, que se está acortando.

¿Cómo fue su relación con el mundo teatral y qué huellas dejó en su escritura la experiencia con el Teatro La Candelaria?

Para mí, La Candelaria fue mi universidad académica, en el sentido de que no solo fue el aprendizaje teatral, como tal, sino también la visión del país y los años en que llegué a este mundo. La Candelaria, por los años en que llegué estaba presentando La Ciudad Dorada y Nosotros los comunes, sus dos primeras creaciones colectivas. En Guadalupe, mi participación como actor y la ventaja de escribir con todos los dedos, facilitó que transcribiera junto con la Comisión de Dramaturgia, esas improvisaciones. En la práctica fueron dando la puesta en escena de lo que es la obra.

Usted participó en la creación colectiva de Guadalupe años sin cuenta. ¿Qué recuerdos conserva de aquella experiencia y de ese momento histórico del teatro latinoamericano?

Fue un encuentro frontal con la historia y los años en que nací en medio de la violencia en Colombia en la década de los cincuenta, cuando desaparecen a mi padre. Entonces comprendí muchas cosas relacionadas con mi vida y la de mi familia. Si bien fue un proceso de aprendizaje maravilloso, lo es mucho más el resultado: de las obras más representadas del teatro colombiano. De cierta manera, y salvando las diferencias psiquiátricas, para mí representó un tratamiento psicológico-histórico la experiencia de Guadalupe años Sin cuenta, como para el escritor Irlandés James Joyce, le significó escribir El Ulises.

¿Por qué decidió radicarse en Barcelona y cómo transformó Europa su mirada sobre Colombia y sobre la literatura?

Hacía poco tiempo había muerto el dictador Franco, era una ciudad bastante provincial, como un pueblo. El haber encontrado allí ese grupo de escritores que, motivados por la presencia de García Márquez y otros integrantes del boomlatinoamericano, fueron quizás la principal motivación para quedarme. Estuve desarrollando diversos oficios, aunque no quise volver de inmediato a trabajar como actor de teatro. El apoyo que tuve por parte del escritor tolimense Héctor Sánchez fue definitivo para que me quedara, y haber conocido a mi compañera, Tachina, hizo que la ciudad se volviera algo más que un hogar. De esos años a este primer cuarto del siglo XXI, Barcelona se ha convertido en una ciudad orientada al turismo y demasiado costosa. Ya no hay espacio para el inmigrante sin dinero. Aquí fue comenzar de cero y los pocos contactos editoriales, de trabajo como lector o engrasador de carros, lo que saliera porque la supervivencia era clave para que la literatura fluyera.

En obras como Crónica oculta del conflicto y Crónica oculta para la paz usted se aproxima a las heridas políticas del país. ¿La literatura puede ayudar a comprender un conflicto tan prolongado como el colombiano?

No solo puede, sino que es de los aportes a la verdad y la paz más necesarios para la historia veraz de los pueblos. En el caso colombiano, novelas como La vorágine o Cien años de soledad han significado un esclarecimiento en torno a la verdad histórica, no la que han mostrado los medios de los hechos narrados por los autores de estas novelas, José Eustasio Rivera y el Premio Nobel, Gabriel García Márquez. Y dentro de esta amalgama del imaginario literario colombiano, cómo no citar: En noviembre llega el arzobispo, de Héctor Rojas Erazo, o La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama, o la obra de Vargas Vila, de José Asunción Silva, León De Greiff, Luis Vidales. Si hay algo que caracteriza la literatura colombiana es el compromiso de sus autores, aunque cada día es menos ese compromiso y más descafeinado, por utilizar un término que refiera el compromiso. Últimamente, lo que se ve es mucho escritor de pasarela, pero la buena literatura es escasa. Da la impresión de que los escritores están más preocupados por cuidar su imagen, que su obra, y eso sí hace daño a la obra de un escritor. Noto demasiada mezquindad y egos alborotados, pero poca literatura.

¿Qué descubrió sobre Colombia durante sus investigaciones alrededor de los diálogos de paz y los orígenes de la guerra?

Una gran injusticia histórica, en el sentido de que la verdad los mismos medios informativos han procurado tergiversar o desinformar, y es quizás la principal motivación que me lleva a desarrollar un periodismo investigativo diferente, por eso Crónica oculta del conflicto, desde su primera edición no ha tenido demasiados comentarios; de lo único que me han acusado es que el trabajo investigativo me lo ha financiado la insurgencia, que es lo más alejado de la realidad. Ya me hubiera gustado tener un mínimo de financiación y si fuera de la insurgencia, con mayor razón, pero la realidad es que ha sido el fruto de una constancia permanente, desde cuando tuve la oportunidad de participar en la producción y realización de Guadalupe años sin cuenta. Mirándolo con objetividad, Crónica oculta del conflicto se comienza a escribir a partir del momento en que el autor entra en proceso de gestación y, cuando desaparecen a mi padre, sentí en el vientre de mi madre, como si me hubieran condenado a compilar parte de estos testimonios, que con gran conocimiento histórico en su momento reúnen a seis manos los maestros: Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, en el libro La violencia en Colombia.

¿Cómo nació su interés por llevar al terreno narrativo una obra milenaria como El Ramayana?

A mi modo de ver es la obra negada por Occidente a la humanidad por su significado y la trascendencia que ha tenido no sólo este poema, sino también El Mahabharata, el poema más extenso que se conozca, que se escribe también en sánscrito y es muy posterior. Inicialmente mi acercamiento se da precisamente por El Mahabharata y otros escritos vedhas como Los Upanishads, que son cantos antiguos de invocación a los dioses. Entre los poemas había leído ElBhagavad Gita, los diálogos de Krishna con Arjuna, antes de entrar en combate en la guerra entre los kurus y los pandavas, primos hermanos que se ven enfrentados por el control del reino, y que se refiere a la lucha espiritual del ser y su compromiso. Tuve la oportunidad de conocer y ver la puesta en escena de 9 horas, que hizo el maestro Peter Brook, con la adaptación dramática que realizó Jean Claude Carrier. Y me impresionó tanto que quise conocer más a fondo, entonces planifiqué un viaje a la India, con la suerte de tener amigos yoguis que me orientaron, ya estando allí. Del Ramayana, había leído una versión francesa bastante resumida, la inglesa era mucho más amplia, y me encontré con la traducción directa del sánscrito, que había hecho, José María Bergua, en dos tomos, cada uno de mil páginas, todo en verso y la historia me llamó tanto la atención que me propuse hacer una versión novelada, porque considero que ante todo es un canto a la paz interior del ser humano, y una propuesta de vida donde la codicia y el acumular, es vista como una enfermedad. Tanto El Ramayana como El Mahabharata, fueron escritos como un homenaje al Yoga, la Ciencia del Espíritu.

¿Qué significado tuvo para usted escribir Huérfanos iluminados como homenaje a las víctimas de Armero?

Esta novela es el resultado de un accidente de producción, que parte de un trabajo que estaba haciendo por encargo para una productora cinematográfica japonesa; escribí la primera parte del guion junto con el director, y después de haber hecho todo un estudio sobre el Zen y las Artes Marciales, un tratado maravilloso del maestro Zuzuki, que me sirvió de base para todo el lenguaje técnico de las acciones marciales en el karate, como el kung-fu, o el tiro con arco. Cuando entregué la segunda parte del guion los señores de la productora desistieron del proyecto, me pagaron el trabajo y se fueron de España. Total, me quedé con un guion cuya producción tenía que buscarla y desistí de hacerlo. Cuando ocurre la tragedia de Armero, y antes lo del Palacio de Justicia, que dejó sin juridicidad a la justicia colombiana, me propuse escribir algo relacionado con Armero y tomé como estructura para la novela los guiones de cine. Es una novela atípica, porque en Colombia, y menos en el Tolima, existe una tradición de artes marciales, pero me interesó el compromiso y los principios vitales que asume un luchador de artes marciales. Esos dos huérfanos de Armero, que termina de criar el maestro y padre adoptivo, serán los que más adelante entran a protagonizar la resistencia social y estudiantil, en un país de cafres, como dijo Darío Echandía. Es una novela que aún no ha tenido una buena edición por el compromiso tácito que hay en los protagonistas y que resulta demasiado actual, frente al conflicto que vive Colombia desde hace 7 décadas, pero a esta oligarquía genocida es lo que menos les importa.

Su obra ha transitado entre la ficción, el ensayo político, el teatro y la investigación histórica. ¿En cuál de esos escenarios siente que respira con mayor libertad?

Cada uno de ellos es una experiencia enriquecedora, en cuanto a que me formé en la investigación con el teatro La Candelaria, el acompañamiento que hizo el maestro Arturo Alape, Nicolás Buenaventura Alder y Enrique Buenaventura; además de las charlas que tuvimos de varios intelectuales como el maestro Eduardo Umaña Luna y Fals Borda, Franco Izasa, entre otros. Como creador me siento mejor en el mundo de la novela, la disfruto y creo que no hay nada más satisfactorio que disfrutar una buena novela, escrita por otro autor o autora. Son esos vasos comunicantes a los que se refería André Bretón.

¿Qué representa para usted haber trabajado junto al editor Carlos Barral en la Biblioteca del Fénice de Argos Vergara?

Fue una enseñanza en cuanto a lo exigente que era el maestro, pero también lo humano. Porque cuando el maestro Barral se enteró del ahogo económico al que estaba siendo sometido por las grandes editoriales, que se negaban a darme trabajo como corrector de estilo, lector, crítico (era lo que hacía antes de ganarme el premio nacional de novela), no dudó en contratarme como asesor de este proyecto, que fue el último que él dirigió, y cuando quiso que yo continuara porque se sentía enfermo, la editorial le dijo que con él terminaba esa colección. Entonces volví al teatro, como actor y asesorando la dirección y dramaturgia de una agrupación colombiana, que se quedó a trabajar conmigo en España. Luego ellos siguieron su camino.

¿Por qué cree que algunos autores importantes de la literatura colombiana terminan convertidos en figuras silenciosas o poco difundidas dentro del país?

Por el compromiso, y porque se dejan manipular por las grandes editoriales comerciales. Hay autores a los que se les cae la baba porque les hagan una entrevista, un comentario, etc. Personalmente, procuro evitar esa parte, no por otra razón sino porque no me gusta. En ese sentido, le aprendí al maestro Onetti, que le huía a ese tipo de compromisos, y cuando lo hacía era por colaborar con el periodista o la persona interesada en el estudio de su obra.

En novelas como Ciudades del desencanto y En noche de carnaval vuelve a aparecer cierta sensación de extravío humano. ¿El desencanto sigue siendo una marca de nuestra época?

Es la visión del desarraigo que va sumando. En realidad, es la vivencia del inmigrante y su situación de inseguridad que se ve reflejada sobre todo en Ciudades, que finalmente le cambié el título Ciudad migrante, una novela escrita hace 38 años y sigue vigente, como si este mundo ‘desarrollado’ se hubiera estancado en su prepotencia subcultural, al considerar que el inmigrante es el problema, cuando en realidad el problema son ellos y su traumatismo como sociedad esclavizada al consumo. Quizás lo que más les molesta es la dignidad del inmigrante y su capacidad de superación a tantas dificultades que les imponen y la persecución xenófoba para humillarlos aún más, cuando en realidad saben que es gracias al inmigrante trabajador que se cultivan los campos, se construye en las ciudades y se tiene mano de obra cualificada en la industria y el comercio. Los países que se consideran ‘desarrollados’ entraría en crisis laboral y económica donde prescindan de los inmigrantes, que no emigran por voluntad propia, sino por las guerras inventadas de colonización, que los obliga a viajar para salvar la vida.

Su libro de cuentos Más de noche y otras apariciones acentúa esa complicidad con las sombras. ¿De qué fuentes se nutrió para edificar los enigmas y los espectros que habitan estas páginas?

Esencialmente son historias extraídas de la realidad, personas y situaciones que han vivido en esas circunstancias. Como un ejemplo el cuento A ritmo de caballo es la situación vivida por uno de los mejores ajedrecistas que ha tenido Colombia, que incluso pudo ser campeón mundial, pero la indiferencia y el abandono del gobierno colombiano a esta competición intelectual, hace que este gran maestro de ajedrez viaje solo a Europa y comience a jugar como el primer tablero de los clubes donde juega, el dinero le llega fácil y la droga también. Seguramente, si hubiera tenido un equipo detrás no habría sido atrapado y lentamente destruido en su capacidad intelectual como jugador de ajedrez. La heroína lo agarró de tal modo que, en pocos años, de ese gran maestro no quedó sino el recuerdo como llanero solitario del deporte ciencia.

Después de tantos años viviendo fuera de Colombia, ¿cómo mantiene vivo el vínculo emocional y literario con el país donde nació?

Bastante distante, son pocos los autores con los que mantengo contacto. Hay un afán de figurar y entrar en el mundo de la pasarela literaria, que tan mala literatura produce, hasta el punto de que a algunos les montan su están en las ferias del libro, algo que solo ocurre en Colombia, y bueno ese tipo de libros con efecto y truquillo comercial fácil, es lo que vende y les interesa a las grandes editoriales. No menciono nombres para no herir susceptibilidades.

¿Qué tipo de autores recomienda usted a los jóvenes que apenas comienzan el ejercicio de la lectura y desean construir una sensibilidad literaria sólida?

Volver a los clásicos y tal vez la literatura fantástica. Sería bueno crear clubes de lectura, de lo contrario la buena literatura está condenada a desaparecer, porque requiere mucho trabajo y la contraprestación es bastante limitada.

Y en sentido contrario, ¿de qué tipo de autores deberían huir los estudiantes para no caer en lecturas superficiales o empobrecedoras?

De lo comercial, de lo violento, lo pornográfico y antisocial o ese canto a la maldad que no es novela ni nada parecido, sino una invocación a satanás y al mal, es lo que vende y lo que promueven las editoriales comerciales. Lo que menos interesa a las grandes editoriales en estos tiempos del ruido informático y de inteligencia artificial, es la buena literatura… Cada cierto año aparece una buena novela o libro de relatos. La poesía, por suerte, mantiene un buen nivel, que en palabras del poeta Juan Manuel Roca, es ‘el territorio libre del sueño’. Entre sueños, es la manera de asumir este maravilloso oficio, donde mejor me siento, y como le oí decir al maestro Juan Rulfo hace varios años, respondiendo a una pregunta sobre el porqué no había vuelto a escribir novelas ni cuentos, después de Pedro Páramo y El llano en llamas, que era lo que más le gustaba hacer “lo que más me gusta es soñar y dormir, es tan rico dormir…”.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom