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William Ospina: Una vida entre el desarraigo, la poesía y la historia

por Redacción: Noticias Coopercom

La sola apariencia física de William Ospina no corresponde al estereotipo del intelectual posmoderno. Frente ancha, entradas pronunciadas, barba tupida, espejuelos que reposan con naturalidad sobre el rostro y una larga cabellera recogida en cola: más que la imagen de un académico recluido entre papeles parece la de un viajero que hubiese regresado de los siglos para contar lo que vio. Basta escucharlo hablar —o leer apenas unas páginas suyas— para advertir que se está ante un escritor mayúsculo.

Ospina pertenece a esa estirpe poco frecuente de autores cuya obra rebasa los géneros. Es un creador de vasta producción, dueño de una imaginación fértil y de una prosa rigurosa, precisa en el concepto y cuidada en la forma. Su escritura convierte el conocimiento histórico en relato vivo y logra que el pensamiento se deslice con naturalidad por la página. Por ello, su obra figura entre las más notables que ha producido Colombia en las últimas décadas.

Ensayista de mirada ecuménica, poeta arraigado en las raíces profundas de la historia americana y narrador de gran aliento, el escritor tolimense reúne tres vocaciones que rara vez coinciden en un mismo espíritu con tanta armonía. En El país de la canela se percibe la plenitud de ese equilibrio: la crónica de la conquista avanza con la intensidad dramática del relato histórico, mientras la sensibilidad del poeta transforma el paisaje en música y la lucidez del ensayista ilumina el sentido oculto de los hechos. No hay fisuras en su prosa; hay una amalgama perfecta.

El 2 de marzo de 1954, en Padua —corregimiento del municipio de Herveo, Tolima— nació este artífice de las letras, destinado a consolidarse como una de las voces más robustas, profundas y necesarias de la literatura colombiana contemporánea. Hijo del cantante de folclor colombiano Luis Ospina, creció en un universo de pueblos montañeros, relatos familiares al calor del hogar y canciones populares; un equipaje sonoro que precedió a su definitivo encuentro con los libros y que dotó a su oído de un ritmo verbal inconfundible. Años más tarde cursó estudios de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Santiago de Cali, una etapa decisiva para la estructuración de su andamiaje intelectual.

Muy pronto, eligió la escritura como destino y oficio absoluto. Entre 1979 y 1981 fijó su residencia en Europa, y recorrió Alemania, Bélgica, Italia, Grecia y España; travesías esenciales que ensancharon su horizonte cultural y refinaron su mirada sobre el Viejo Mundo. En 1982 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo de la Universidad de Nariño gracias a su trabajo Aurelio Arturo, la palabra del hombre. Cuatro años después apareció su ópera prima en la lírica, Hilo de arena(1986), antesala de una producción poética deslumbrante que sumaría títulos fundamentales como La luna del dragón(1992), El país del viento (1992) y ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? (1995). Esta sólida trayectoria poética mereció el Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura en 1992.

El ensayo se convirtió en la columna vertebral de su labor analítica, un territorio donde Ospina despliega una prosa bellísima que invita a la reflexión profunda sobre la crisis de la modernidad. Bajo este sello publicó títulos imprescindibles: Es tarde para el hombre (1994), Los dones y los méritos (1995), Un álgebra embrujada (1996), el célebre e influyente diagnóstico sociopolítico ¿Dónde está la franja amarilla? (1996) y Las auroras de sangre (1999). A esta copiosa producción se añadieron Los nuevos centros de la esfera (2001), galardonado con el prestigioso Premio de Ensayo Ezequiel Martínez Estrada de Casa de las Américas; América mestiza (2004), La escuela de la noche (2008), El dibujo secreto de América Latina (2014), Parar en seco (2016), El taller, el templo y el hogar (2018) y En busca de la Colombia perdida (2022). En cada uno de estos volúmenes, el autor examina con pulso maestro la historia, la identidad cultural y los dilemas éticos del continente.

Su consagración definitiva en la narrativa de gran aliento comenzó en 2005 con Ursúa, deslumbrante novela centrada en la fiera y trágica figura del conquistador español Pedro de Ursúa. El poder verbal del libro deslumbró al propio Gabriel García Márquez, elogiado por el Nobel como la mejor novela publicada en aquel año. Tres años después vio la luz El país de la canela (2008), magistral relato sobre la épica odisea que condujo a Francisco de Orellana al descubrimiento del río Amazonas y las desmedidas ambiciones de Gonzalo Pizarro. Esta cima literaria le valió el Premio Rómulo Gallegos, galardón que recibió en Caracas el domingo 2 de agosto de 2009.

La imponente trilogía sobre la Conquista se completó con La serpiente sin ojos (2012). Esta pieza narra la segunda expedición de Ursúa en pos del mítico país de las Amazonas y desemboca en la sangrienta tiranía de Lope de Aguirre. A través de este tríptico novelesco, Ospina logró la hazaña de recrear uno de los períodos más convulsos de la historia americana mediante una prosa de una plasticidad y belleza inigualables.

Posteriormente, en 2015, el autor entregó al público El año del verano que nunca llegó, un artefacto literario singular en el que confluyen el ensayo, la crónica y la memoria de viaje. La obra explora el sombrío verano europeo de 1816, atmósfera lúgubre en la que Mary Shelley concibió el mito moderno de Frankenstein. El relato enlaza con maestría la intimidad de los escritores románticos ingleses con fenómenos climáticos globales y agudas reflexiones en torno a la cultura occidental.

A esta estela narrativa se sumaron Guayacanal (2019) y Pondré mi oído en la piedra hasta que hable (2023), obras que expanden y coronan una brillante producción integrada por seis novelas esenciales para comprender la literatura actual de nuestra América.

Su infatigable agitación intelectual abarca, de igual modo, el periodismo cultural de alta factura. Ejerció como redactor de la edición dominical del diario La Prensa de Bogotá entre 1988 y 1989, ha sido colaborador asiduo de El Espectador, socio fundador de la emblemática revista literaria Número y columnista de la revista Cromos. Sus páginas periodísticas guardan lúcidos perfiles e interpretaciones sobre titanes de la tradición occidental como Lord Byron, Edgar Allan Poe, León Tolstói, Charles Dickens y Emily Dickinson.

William Ospina ha condensado su mística y su inquebrantable relación con la creación literaria a través de una máxima que define su trayectoria: “Uno tiene que ser fiel a sus convicciones; nadie debería escribir lo que se supone que debe escribir, sino lo que necesita escribir”.

Esa lealtad rigurosa hacia la palabra explica la asombrosa coherencia de una obra que transita con igual majestuosidad por los senderos de la poesía, el rigor del ensayo y la magia de la novela histórica. William Ospina ha transformado la memoria americana y la introspección cultural en la materia viva de una de las escrituras más lúcidas, estéticas y perdurables de nuestro tiempo.

A continuación, el diálogo con William Ospina. En esta conversación, el autor tolimense rememora cómo su infancia en las montañas y el posterior desplazamiento forzado moldearon su sensibilidad literaria y su visión del país. Lejos de los métodos rígidos, Ospina reflexiona sobre un proceso creativo guiado por la intuición y la imitación de los grandes maestros clásicos. El escritor y poeta desentraña el origen de sus obras más emblemáticas, desde su celebrada trilogía sobre la Conquista hasta sus ensayos críticos en torno a la identidad nacional, para finalmente compartir su perspectiva sobre el destino de América: un proceso de invención y descubrimiento constante a través del lenguaje.

Usted nació en Padua, Herveo, en el Tolima. ¿Qué recuerdos de esa infancia en los pueblos de la montaña marcaron de manera decisiva su sensibilidad literaria?

Dicen que uno solo ve al mundo en la infancia, y que después simplemente recuerda. Si eso es así, el universo para mí son las montañas, un mundo religioso más bien fantástico, una vida familiar llena de canciones, de cuentos, un clima creciente de violencia que desde entonces nunca desapareció del todo, y un asombro continuo, porque nuestro destino continental es un eterno descubrimiento de América. Pasé poco tiempo en mi pueblo natal, algún tiempo en Guayacanal, la finca de mis abuelos, y mucho tiempo viajando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad por la amenaza de la violencia. Pero a pesar del miedo, lo que se abre paso en mi memoria es sobre todo un clima de maravilla, las canciones de mi padre, los relatos de don Ruperto Beltrán en Santa Teresa, en el Líbano, las historias de los bandoleros, más espeluznantes que los cuentos góticos, y un par de años de infancia en Cali, que me dieron una primera noción de la vida urbana, los mercados, las barriadas, las radionovelas, el mundo de las historietas de los años 60, mundos de ciencia ficción bajo unos cielos rojos, por calles llenas de mangos y de chontaduros, y, como una promesa, la vecindad del océano, que para un hijo de las montañas era como la vecindad de otro planeta.

Yo ya leía en esos tiempos. A los 10 años leí en Padua la Odisea, así que para mí Ulises volvió a Ítaca por entre las montañas, y los dioses hablaban castellano. Pero también pasé muchas tardes eternas de lluvia leyendo la Enciclopedia Jackson, sobre todo los volúmenes de arte y de literatura, de modo que mis recuerdos de Padua son más bien universales. La aldea y el universo no eran dos cosas distintas; para mí, mi abuelo Vicente Buitrago no vivía muy lejos de Zeus ni de Napoléon.

En su infancia primero estuvieron las canciones y las historias antes que los libros. ¿Cómo se produjo ese tránsito entre la oralidad temprana y la conciencia de que escribir podía convertirse en un destino?

Esa conciencia la tuve mucho más tarde. Al comienzo canciones y cuentos y conversaciones pertenecían todos al mismo mundo oral y cotidiano. En la adolescencia conocí a los poetas que vivían en el aire de la época, porque los poetas de verdad viven en el aire, en las conversaciones, en las memorias, en las declamaciones. Rubén Darío está en nosotros desde la cuna, Rafael Pombo también, y con la adolescencia todo colombiano aprende a exclamar “Decid cuando yo muera, y el día esté lejano”, aprende a decir “Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida”, y ha visto unos camellos lánguidos recorriendo el desierto, y ha visto “al barbero del pueblo que usa gorra de paja, zapatillas de baile, chalecos de piqué, y es un apasionado jugador de baraja que oye misa de hinojos y habla bien de Voltaire”, uno recibe sin esfuerzo a Barba Jacob, y a León de Greiff, a Valencia y a Luis Carlos López. Yo vivía esos versos con tanto júbilo, los disfruto todavía con tanto deleite, que es imposible no sentirse poeta en su presencia. Lo malo es que siempre tuve muy buena memoria, así que tengo el placer de recordar muchísimos buenos poemas, pero tengo el privilegio un tanto incómodo de saberme también de memoria los poemas que no me gustan.

Durante sus años de estudio de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Santiago de Cali entró en contacto con círculos intelectuales. ¿Qué autores o maestros influyeron en su formación en ese período? 

Uno es discípulo de todos sus amigos, y también de la gente que se cruza por la calle. Yo recibí el don de haber conocido y haber sido amigo de algunas de las personas más admirables que se han cruzado por mi camino. Seres originales y sabios como Mario Flórez, poderosos y divertidos como Darío Barberena, ebrios de imaginación como Adolfo Montaño, reflexivos y curiosos del mundo como Eduardo Aristizábal, ingeniosos y trágicos como Alejandro Hermann, a quien vi tres años en vida y a quien siento todo el tiempo presente, aunque hace 47 años que murió. Enumerar maestros sería un ejercicio de centenares o miles de páginas. Tengo mucho qué decir de Arnulfo Valencia, de José María Borrero, de Fernando Vásquez, de Gerardo Rivera, de Bernardo Gómez, de Olguita Córdoba, de Carol O´Flynn, de Ilse Konig, de María Cristina Llano, de Henry Valencia, de Fernando Duque, de Carlos Arellano, de Edgard Collazos, de Alberto Quiroga, de Charlie Pineda, para no hablar de Estanislao Zuleta, maestro de toda Colombia, solo comparable a Fernando González o a Danilo Cruz Vélez.  

Entre 1979 y 1981 vivió en Europa y recorrió varios países. ¿De qué manera ese viaje transformó su mirada sobre la literatura, la historia y América Latina?”.

Si uno quiere formarse una idea de América Latina le conviene ir a París; aquí América Latina está dispersa, separada en países, allá está mezclada, tiene un sabor particular, y se nutre de una idea de Francia y de una idea de Europa. Pero después uno tiene que volver aquí a interrogar cada país, a descubrir sus diferencias, que son tan preciosas como sus afinidades. Sobre esto se podría escribir todo un libro, por ejemplo, las diferencias que tiene el tango para los argentinos y para los colombianos. Se diría que en Argentina la vida engendra el tango y en Colombia el tango engendra la vida. En Argentina primero se vive, después se hace el tango, aquí primero se oye el tango, después se lo vive, se interpreta la vida con él. Y no sé si saben más del tango los colombianos que los argentinos. Al fin y al cabo, Argentina le dio a Gardel la vida y Colombia la inmortalidad. 

Recuerdo que yo corregí El país de la canela, un libro lleno de la exuberancia y el color de la América equinoccial, en Trompso, en Noruega, más allá de Círculo Polar Ártico, mirando por una gran ventana un patio blanco donde caía la nieve. Fue para mí un ejercicio inolvidable, y sin duda provechoso, porque solo vemos por contraste.

Su obra se despliega en varios géneros, poesía, ensayo, crónica y novela. ¿En qué momento descubrió que esas distintas formas de escritura podían convivir dentro de un mismo proyecto literario? 

Es que al comienzo no había proyecto. Todo simplemente iba ocurriendo. Yo no sé si esos géneros son compatibles, ni siquiera sé si esos géneros existen o si son tan distintos. Uno va escribiendo al ritmo de la necesidad. Parece que las únicas novelas que valen son las que están mal escritas, como las de Dostoievski, o como el Quijote, porque no hay un canon, no hay unas reglas, todo va surgiendo de las obsesiones de la vida y de los recursos del lenguaje. Como Faulkner, uno escribe a las trompadas, no siguiendo un manual. El que sigue un manual o cree tener un modelo, escribe cosas aburridas e ilegibles, el que escribe arrebatado por la pasión y la necesidad, puede lograr al menos algunas páginas memorables.

Su primer libro de poemas, Hilo de arena, (1986) inauguró una trayectoria lírica que luego continuaría con títulos como La luna del dragón, y El país del viento. ¿Qué buscaba el joven poeta que escribió esos primeros versos?

Creo que solo buscaba ser digno de la literatura, ser digno de la poesía. Trataba de aprender algo de Borges, de Neruda, de Hölderlin, de Edgar Lee Masters, de Emily Dickinson, de Robert Browning. Uno no debería tener miedo de imitar a los poetas que ama, solo así aprendían a pintar los jóvenes en los talleres del Renacimiento, imitando, casi que copiando. Borges solía decir que en otros tiempos se sabía que nadie tiene derecho a pretender hacer una obra totalmente original, sino ser digno de los modelos e ir incorporando algún matiz personal, algún tema nuevo. Aquí nos hacen creer que todo el que empieza tiene que hacer cosas que no se habían hecho nunca, nos educan en la vanidad de buscar una originalidad imposible, no nos dejan aprender con humildad, con respeto por la tradición. Además, está esa vanidad de las vanguardias, que creen que son mejores que Rubén Darío, que creen que la incoherencia o la arbitrariedad son virtudes. Hay quien piensa que, si algo no se entiende, es muy original. Además, se quiere desconcertar al lector, no emocionarlo.

Obtuvo, en 1992, el Premio Nacional de Poesía del Instituto Colombiano de Cultura. ¿Cómo influyó ese reconocimiento en su confianza como escritor?

Yo trabajaba entonces en publicidad, y a medianoche, un poco extenuado, escribía versos en el comedor de mi casa. Solo soñaba con un destino de escritor, pero no se podía vivir de eso, y los años pasaban. Entonces llegó ese libro, porque a la poesía es inútil buscarla, o llega o no llega, y cuando llega hay que dejarlo todo y copiar lo que sopla el espíritu. Llegó ese libro, yo lo escribí en unas jornadas febriles, y me animé a enviarlo al concurso de Colcultura. Nos dieron el premio compartido con mi querido amigo Gustavo Adolfo Garcés, con su libro Breves días. Y a mí ese premio me reveló un destino. Entonces es posible, me dije, es posible intentar una vida dedicada a la literatura. De modo que lo hice así, salté al vacío, viví unos años de estrechez y de incertidumbre material, pero me encontré con ese destino literario que siempre había soñado pero que no creía posible. Ese fue el verdadero premio, aprender a creer en una vida dedicada a la literatura. Después estuve en peligro de muerte, en 1994, y eso me determinó a que en adelante solo me dedicaría a vivir de verdad y a escribir mi verdad. Solo desde entonces empecé a escribir y a publicar. Ya tenía cuarenta años, pero creo haber publicado más de 30 libros desde entonces.

Sus ensayos —desde Es tarde para el hombre hasta ¿Dónde está la franja amarilla?— han reflexionado sobre la historia y la cultura colombiana. ¿Qué lo impulsa a examinar con tanta insistencia el destino del país?

Es que Colombia es la isla del tesoro. Uno nació en esa isla, pero no lo sabe, y por eso vive lejos, y ni siquiera tiene el mapa. Solo ve indicios. El agua infinita, las montañas tremendas, la vegetación exuberante, la historia siempre desconocida y sorprendente, la inmensidad del territorio, la sensación inicial de que aquí nunca ha pasado nada, seguida por la revelación abrumadora y gradual de que aquí ha pasado todo. Yo escribí El país del viento, eso me llevó a escribir Las auroras de sangre, eso me llevó a escribir mi trilogía de UrsúaEl país de la canela y La serpiente sin ojos; ya había escrito La franja amarilla, después América Mestiza, después En busca de Bolívar, y entonces murieron mis padres y eso me llevó a escribir Guayacanal, otra mirada, esta vez más íntima, sobre el mismo territorio, y después mi libro sobre Humboldt, Pondré mi oído en la piedra hasta que hable

Y cada vez estoy más sorprendido y desconcertado. Colombia resulta siempre más apasionante, más inabarcable. Y si uno piensa que es el país de Juan de Castellanos, de Humboldt, de Bolívar, de Caldas, de Jorge Isaacs, de Soledad Acosta de Samper, de Miguel Antonio Caro, de José Eustasio Rivera, de Gaitán, de Barba Jacob, de León de Greiff, de Aurelio Arturo, de Danilo Cruz Vélez, de Estanislao Zuleta, de Tomás Carrasquilla, de Gabriel García Márquez, de Fernando Vallejo, de Consuelo Triviño, de Piedad Bonnett, uno está cada vez más sorprendido. Basta un solo verso de Diego Fallon:

Las cenizas de mundos ya juzgados, 

o de Aurelio Arturo; 

Negras estrellas sonreían en la sombra con dientes de oro 

o de Barba Jacob: 

La paz es mi enemigo violento 

y el amor mi enemigo sanguinario 

o de León de Greiff: 

Sueño de ceibos robustos 

y de esbeltísimas palmas 

o este poema de Giovanni Quessep, 

¿Quién se ha puesto de veras

A cantar en la noche y a estas horas,

Quién ha perdido el sueño

y lo busca en la música o la sombra?

¿Qué dice esta canción entretejida

de ramas de ciprés por la arboleda?

Ay de quien hace su alma de estas hojas

Y de estas hojas hace sus quimeras.

¿De dónde vienes, madrigal, que todo

lo has convertido en encantada pena?

Ay de mí que te escucho en la penumbra.

Me pierde la canción que me desvela.

y uno ya está en un territorio fantástico, en un territorio embrujado, casi embriagador.

Muchos lectores consideran ¿Dónde está la Franja amarilla? un libro fundamental para entender la vida política colombiana. ¿Qué circunstancias personales y nacionales lo llevaron a escribirlo?

Yo viví la violencia de los años 50. Formé parte de los desplazados que llegaron a las ciudades colombianas hacia 1960. Viví la paz momentánea, las exclusiones y los formalismos del Frente Nacional, la orfandad de Gaitán, la muerte de Camilo Torres, el nacimiento de las guerrillas, el dogmatismo de las izquierdas, el crecimiento de la corrupción y la politiquería, el robo de las elecciones de Rojas Pinilla, el nacimiento del narcotráfico, la paz frustrada de Belisario, el exterminio de la Unión Patriótica, el auge del paramilitarismo, el terrorismo de las mafias, el milagro cultural de un país a pesar de estar asediado por el atraso, las violencias políticas y la quiebra de los valores cívicos, el fracaso de las élites y la mediocridad de las alternativas, el fracaso de la Constitución del 91, y por sobre todo aquello la capacidad de los colombianos de rebuscar y de resistir. Creo que el ensayo se iba haciendo en mí a medida que vivía, porque cuando me senté a escribirlo salió de un envión, como un sentimiento atorado en el alma. Y el modo como el país lo acogió y lo ha seguido leyendo durante treinta años me hace pensar que sí recogió mucho no solo de lo que nos ha enseñado la historia sino de lo que todo colombiano lleva en el fondo de sus duelos y de sus esperanzas.

Publicó, en 2005, Ursúa, novela que inicia su exploración narrativa de la conquista americana. ¿Cómo surgió la idea de reconstruir esa historia desde la ficción?

Bueno, llevaba como diez años leyendo a Juan de Castellanos, el poema más extenso del mundo, el relato prodigioso del choque de los mundos y el ejemplo de cómo avanzó la lengua castellana tomando posesión de un continente, aprendiendo a nombrarlo. Todo eso me había parecido extraordinario, y escribí Las auroras de sangre para rendirle homenaje a ese poeta, a esa época y a este mundo nuestro que después hemos narrado tan poco y tan mal. Cuando terminé aquel ensayo entre literario y biográfico, creí haber pagado mi deuda con el siglo XVI, pero entonces se me ocurrió que ahora podía hacer ya no un ensayo sino un relato, claro que no me atrevía a llamarlo novela, y que no podía ser una novela en el sentido europeo del término. Porque la novela es algo tan moderno y las culturas americanas eran algo tan antiguo, tan sumergido en el mito y en la naturaleza, que era mejor llamarlo un relato. Pero el libro se me fue convirtiendo en tres, el tercero la aventura de Ursúa a la conquista de la selva y del Amazonas, el segundo la aventura previa de Gonzalo Pizarro y de Orellana buscando un país de caneleros que se les convirtió en la selva amazónica, y el primero la vida previa de Pedro de Ursúa, que se confunde con el nacimiento de Colombia como país. Allí comenzó una aventura narrativa que me tomó doce años más. Creo que me toca decir que no fue mi elección, más bien es como si el tema me hubiera elegido como autor: yo ni podía opinar y por supuesto no podía oponer resistencia. Hay una suerte de tiranía del lenguaje, o de brujería del lenguaje, para ser menos severos.

El país de la canela obtuvo el Premio Rómulo Gallegos en 2009. ¿Qué significó para usted recibir uno de los galardones más importantes de la narrativa en lengua española?

A la sorpresa de que Ursúa había sido recibida como un acontecimiento literario, que se publicó enseguida en Francia y en otros países, se sumó ese premio por El país de la canela, que se publicó en francés, en árabe en Egipto, en portugués en Brasil. Yo no esperaba tanto de mis relatos, y sentí mucho asombro y mucha gratitud. El mejor premio para un escritor es ser leído, y ese lo obtuve ampliamente con esos libros. En cuanto al Rómulo Gallegos, me permitió el arduo privilegio de ser jurado en el certamen siguiente, y ser testigo de la abrumadora creatividad literaria de nuestra lengua. Había por lo menos veinte novelas de primer orden, de Ricardo Piglia, Sylvia Iparaguirre, Eugenia Almeida, Leopoldo Brizuela, Yuri Herrera, Andrés Neuman, Antonio Ungar, Javier Vásconez, Eduardo Lalo, Diamela Eltit… 

Las novelas UrsúaEl país de la canela y La serpiente sin ojos forman una trilogía sobre las expediciones del siglo XVI. ¿Qué descubrió sobre el origen de América mientras escribía esos libros?

Bueno, esos tres libros son mi particular descubrimiento de América. De su naturaleza, de sus culturas, de su historia, de sus mestizajes, de las cosas irrepetibles e irreparables que va tejiendo la realidad. Empecé odiando a los invasores españoles y terminé viéndolos de una manera más compleja. Empecé recelando del cristianismo y terminé creyéndole a Erasmo, quien pensaba que América le daría al cristianismo una dimensión aún más universal. Curiosamente al comienzo yo podía ver a los españoles, sus armaduras, sus espadas, sus lanzas, sus barcos, sus perros, sus caballos, y no lograba ver a los indígenas. Fue milagroso el momento en que le oí al narrador decir: “No vieron ni un solo indio por todo el camino, pero yo sé que no todas las plumas que vieron eran alas de pájaros, ni todos los barrancos que vieron eran tierra inerte”. Comprendí que los nativos estaban mimetizados en el paisaje, cuando querían ser visibles lo eran de una manera multitudinaria y radiante, pero cuando querían pasar inadvertidos eran más silenciosos que la niebla y más furtivos que la sombra. En realidad, no habitaban la tierra, sino que eran la tierra. Allí entendí por qué Castellanos dice en uno de sus versos, hablando de una batalla, 

Brama la tierra con mortal gemido,

y comprendí que estaba en presencia de dos mundos distintos, o de dos maneras abismalmente distintas de estar en el mundo. Aquello fue una verdadera summa de viajes, de aventuras y revelaciones. Recuerdo aquella época, que yo pensé inicialmente que sería época de sedentarismo y de bibliotecas, como un vértigo de expediciones por medio continente, pero también por Europa y la India. Los libros me pusieron a viajar como yo no imaginaba.

En El año del verano que nunca llegó entrelaza historia literaria, reflexión cultural y memoria personal. ¿Qué lo llevó a explorar aquel verano europeo de 1816 y sus consecuencias en la imaginación moderna?

Me veo tentado a responder que el azar, pero me llegan a la memoria los versos de Borges:

Algo que ciertamente no se nombra

Con la palabra azar, rige estas cosas.

Lo cierto es que nunca he visto tan entrelazada mi vida con la historia y con la literatura como durante los cuatro años en que escribí esa novela. Convergían en ella mis devociones poéticas, mis preocupaciones por los males de la época, mis preguntas por la creación literaria, mis reflexiones sobre el romanticismo, cientos de preguntas que para mí han sido fundamentales tenían allí su ámbito perfecto, preguntas sobre la belleza, sobre la monstruosidad, sobre la creación literaria, sobre la educación, sobre la naturaleza, sobre el azar, sobre el destino, sobre la fatalidad. Fueron años febriles y peligrosos, ahora no me siento capaz de hacer todo lo que hice entonces. Pero es tal vez porque ahora estoy dedicado a locuras distintas.

A lo largo de su obra se advierte un profundo interés por comprender el nacimiento cultural de América. ¿Cree que todavía estamos intentado descifrar quiénes somos como civilización?

Sí, pero sé que ese descifrar quiénes somos equivale también a inventarlo. La cultura está siempre en proceso de creación, no es algo acabado que pueda definirse. Nuestras preguntas son también rostros de nuestra cultura. La búsqueda del tesoro es ya parte del tesoro.

Además de escritor, ha ejercido el periodismo cultural durante décadas. ¿Qué le ha enseñado el oficio periodístico sobre la relación entre literatura y actualidad?

Que Borges tenía razón cuando dijo que la actualidad es siempre anacrónica. Tardamos siempre mucho en saber qué fue lo que leímos, casi nadie sabe leer en el presente, siempre vemos mejor con la memoria que con los ojos.

Después de tantos años de escritura, ¿cómo describiría hoy su método de trabajo y la disciplina cotidiana que exige la literatura?

Como ejemplo soy muy decepcionante. Soy la falta absoluta de método y la carencia total de disciplina. A cambio de eso tengo una curiosidad continua, cambio de tema con frecuencia, soy fácil víctima de esta época fragmentaria, momentánea y evanescente, pero me salvan unas incurables obsesiones. Cuando un tema me apasiona, no consigo soltarlo hasta que no le he arrancado algunas verdades. Y he aprendido a creer en mi intuición, porque a veces escribiendo invento cosas, y después descubro que eran verdad sin que yo lo supiera. O sea, a falta de método, de algo sirve el capricho, la locura de las cabras.

Para los jóvenes que desean iniciarse en el mundo de los libros: ¿qué tipo de autores y qué obras recomendaría leer para formar una sensibilidad literaria sólida?

Yo sinceramente creo que son los libros los que escogen a sus lectores. Yo he ido leyendo lo que la vida me iba poniendo en las manos. Si me interesaba, se quedaba conmigo para siempre, si no, se perdía en el siguiente recodo. Los libros que ya leí son los que no me interesan, los que me interesan son los que siempre estoy leyendo o deseo leer mucho más. Porque una gran pregunta es cuántas veces hay que leer un libro para vivirlo de verdad. A veces basta una sola vez: yo todavía vivo en El idiota de Dostoievski y en Luz de Agosto de Faulkner, aunque los he leído solo una vez, pero con La Odisea me pasa que, aunque lo he leído varias veces, siempre me siento a punto de comenzar. También con La Divina Comedia. A Borges, aunque casi lo sé de memoria, siempre me entretengo leyéndolo, como si fuera la primera vez. Siempre encuentro algo nuevo en frases que conozco hace 50 años.

En sentido contrario, ¿de qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes que comienzan a construir su biblioteca personal?

No deberían huir de ninguna lectura, porque aún de los libros malos se aprende. Por ejemplo, se aprende a abandonarlos, que es una primera muestra de criterio y de espíritu crítico. Pero sobre todo deben aprender a reconocer los libros que tienen resonancia en su carne y en su imaginación, y dejarse llevar por ellos.  

Y ya para terminar, después de una trayectoria tan extensa en poesía, ensayo y novela, ¿qué preguntas siguen inquietando hoy a William Ospina cuando se sienta frente a la pantalla en blanco?

Quiero escribir una novela sobre mi vida en Cali desde que era niño, otra sobre lo que le ocurrió a Cristo en aquellos tres días, otra sobre los personajes desconocidos que decidieron todo en la Segunda Guerra Mundial, otra sobre la isla de Patmos, donde San Juan escribió el Apocalipsis. Y mi instrumento es más la página en blanco que la pantalla en blanco. Me gusta más la caligrafía que la percusión digital. 

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom.-