El maestro, hermano de Alejo Durán y Rey Vallenato de 1976, falleció a los 94 años en Valledupar. Su trayectoria estuvo marcada por el acordeón, la composición y una estrecha relación con grandes nombres del vallenato.
El vallenato pierde a uno de sus grandes juglares. Náfer Durán, Rey Vallenato de 1976, murió este martes en Valledupar a los 94 años, después de enfrentar durante los últimos meses varios quebrantos de salud.
La noticia fue confirmada por su hijo, Luis Durán Escorcia, quien explicó que el maestro venía presentando complicaciones cardíacas y había recibido atención médica en diferentes oportunidades en la Clínica de Alta Complejidad de Valledupar.
Pero la historia de Náfer Durán no se reduce a una corona. Su nombre quedó ligado a una generación de músicos que hicieron del vallenato una forma de contar la vida del Caribe a través del acordeón, el canto, la composición y el verso.
Hermano del legendario Alejo Durán, Náfer creció rodeado de música y aprendió desde muy pequeño a tocar el acordeón. En una entrevista recordó que ese instrumento fue prácticamente su juguete de infancia y que nunca aprendió otro oficio.
“Era nuestro juguete preferido”, manifestó al recordar los primeros años de su formación musical.
El acordeón que acompañó a Diomedes Díaz
Uno de los capítulos más recordados de su carrera está relacionado con Diomedes Díaz.
Náfer Durán fue el primer acordeonero en grabar una producción musical junto al reconocido cantante vallenato. El encuentro quedó registrado en ‘Herencia Vallenata’, álbum publicado en 1976.
De aquel trabajo hacen parte canciones como ‘El Chanchullito’, ‘Teresita’, ‘Muebles Viejos’ y ‘Pobre Negro’, piezas que hoy hacen parte de la memoria discográfica del género.
La relación de Durán con los grandes nombres del vallenato también se extendió a los escenarios del Festival de la Leyenda Vallenata.
En 1983 fue declarado fuera de concurso, reconocimiento que lo ubicó entre los acordeoneros de mayor trayectoria de la época. Ese año la corona quedó en manos de Julio César Rojas Buendía, en un certamen cuyo jurado estuvo integrado, entre otros, por Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Rafael Rivas Posada, Miguel López Gutiérrez y Leandro Díaz.
Sobre aquel episodio, Náfer recordó una conversación con García Márquez. “Como no entendía, Gabo me dijo que eso era ser un fuera de serie”, contó en aquella oportunidad.
Un compositor de historias
Además del acordeón, Náfer Durán encontró en la composición otra manera de contar sus experiencias.
A lo largo de su carrera escribió más de 80 canciones, muchas de ellas grabadas por diferentes intérpretes. Entre sus composiciones más conocidas está ‘Déjala vení’, una puya que continúa siendo interpretada en distintos festivales vallenatos.
También dejó canciones nacidas de sus propias vivencias. Una de ellas fue ‘La Chimichaguera’, inspirada en Bernarda Cervantes, una mujer que conoció durante sus recorridos por la geografía costeña y de quien se enamoró en Chimichagua.
La canción fue grabada posteriormente por Rafael Orozco con Emilio Oviedo, llevando aquella historia personal a los escenarios del vallenato.
Detrás de la composición había también una historia familiar marcada por la pérdida. Náfer recordó que con Bernarda tuvo un hijo que murió siendo muy pequeño.
“Se parecía a mí”, dijo con nostalgia al recordar al niño.
Así transcurrió la vida musical de Náfer Durán: entre acordeones, versos, escenarios, historias de amor y las experiencias de un Caribe que convirtió en canciones.
A los 94 años, el maestro deja de tocar físicamente su acordeón, pero su nombre permanece en la historia del vallenato como uno de los juglares que ayudaron a construir y preservar la tradición musical del Caribe colombiano.
