Adán Peralta es de esos escritores que uno agradece haber encontrado sin estridencias, casi en voz baja, como llegan las lecturas que terminan acompañándolo a uno durante mucho tiempo. Oriundo del Caribe colombiano, su prosa es sencilla sin ser simple; es clara sin ser obvia, y posee ese don —cada vez más escaso— de atrapar el interés del lector desde la primera página y no soltarlo hasta el punto final. A mí, al menos, me ocurrió así. Con una gentileza que también es rasgo de su carácter, me hizo llegar dos de sus libros más recientes: ‘¿Dónde está Rebeca?’ (2024) y ‘Susurros del silencio’ (2025), ambos editados por Torcaza, en Sincelejo. Ambos volúmenes, juntos, no superan las 130 páginas. Son libros breves, de lectura ágil, pero trabajados con pulso y conciencia literaria: pequeños solo en apariencia.

‘¿Dónde está Rebeca?’ es un relato psicológico con aliento policial que se desarrolla a partir de una situación inquietante: un hombre llega a un sanatorio para enfermos mentales y comienza a narrar su historia a un psiquiatra. El eje del relato es la desaparición de su novia, un misterio que se despliega lentamente a través de su testimonio, en una atmósfera donde confluyen la intriga psicológica, el peso del entorno y una tensión narrativa creciente. En apenas 48 páginas, Peralta construye un clima envolvente, dosifica la información con inteligencia y conduce al lector por un territorio donde la frontera entre la razón y la obsesión se vuelve cada vez más difusa. No hay excesos ni golpes efectistas: hay, en cambio, una sobriedad inquietante que termina siendo más perturbadora.
’Susurros del silencio’, por su parte, reúne ocho cuentos que confirman la solidez de su propuesta narrativa. Son textos en los que el silencio no es ausencia, sino materia viva. Ahí, los personajes cargan historias íntimas, a veces dolorosas, a veces apenas insinuadas, y el lenguaje avanza con cuidado, sin alardes, pero con precisión. Hay en estos relatos una atención especial a los pliegues de la mente, a las grietas de la memoria y a esas zonas oscuras que suelen habitar la vida cotidiana sin que nadie las nombre.
Conocí a Adán Peralta en el segundo semestre de 2021, durante el Encuentro de Escritores de Sucre. Yo había acudido para ofrecer una charla sobre el maestro Héctor Rojas Herazo, con motivo del centenario de su natalicio, y participé en un conversatorio junto a David Lara Ramos. Al final del evento, Adán se me acercó con discreción, se presentó y me obsequió un libro de cuentos escrito por él. No alcancé ni siquiera a memorizar el título: lo dejé sobre una silla mientras fui al baño y, como si se tratara de una travesura del destino —o de uno de esos episodios que bien podrían habitar sus relatos—, el libro desapareció misteriosamente. Años después, la lectura de sus obras recientes vino a saldar aquella deuda pendiente.

Adán Peralta nació en Sincelejo el 9 de septiembre de 1968, un lunes. Fue criado entre libros, literalmente. Su padre, también llamado Adán Peralta, tenía en la ciudad la recordada ’Librería Cita’, un espacio donde convivían los periódicos del día, los libros de literatura, los textos escolares y aquellos ‘paquitos’ o cómics que marcaron a generaciones enteras: Kalimán, Arandú, Memín, Samurái, Tarzán, los relatos de vaqueros y tantas otras aventuras impresas en papel barato, pero inolvidable. Durante muchos años, Adán hijo trabajó allí como ayudante, respirando tinta y papel, aprendiendo sin saberlo el oficio de leer el mundo.
Con el paso del tiempo, cuando cambiaron los hábitos de lectura y el universo de los periódicos y los ‘paquitos’ comenzó a desvanecerse, su padre se retiró del negocio. La librería se transformó en una especie de miscelánea. Pero ese primer escenario —el de los libros apilados, las revistas, los clientes habituales— dejó una marca indeleble. No es difícil rastrear en la obra de Adán Peralta ese origen: su respeto por la narración, su amor por las historias bien contadas y su convicción de que la literatura, incluso cuando es breve, puede ser profunda.
Leer a Adán Peralta es volver a creer en la fuerza de la narración sin artificios, en el poder de una prosa honesta que no necesita gritar para ser escuchada. Es, también, confirmar que en el Caribe colombiano siguen surgiendo voces que escriben con oficio, sensibilidad y una mirada propia. Voces que, como la suya, susurran… pero dejan huella.

A esa primera impresión —la del narrador que sabe atrapar sin aspavientos— se suma una obra que avanza por los territorios más delicados de la conciencia. Adán Peralta ha ido construyendo una narrativa de hondo calado psicológico, atenta a los pliegues de la locura, al peso del lenguaje y a las zonas ambiguas del yo. Desde ‘Los giros del deseo’, libro que marca un punto de madurez, su prosa no se limita a contar historias: interroga, tensa, incomoda. Hay en su escritura una vocación ensayística que dialoga con el relato y que revela a un autor que piensa la literatura mientras la ejerce.
Formado como licenciado en Español y Literatura, Peralta ha transitado durante años el aula —como docente de secundaria y catedrático universitario—, al tiempo que desarrolla una labor constante como conferencista y tallerista en pedagogía y creación literaria. Esa doble condición, la del narrador y la del formador, se traduce en una defensa férrea de la lectura devota como cimiento del acto creativo. No es casual que, desde hace más de ocho años, mantenga una presencia activa en la revista literaria Crisol, espacio que concibe como trinchera contra el olvido cultural y lugar de memoria crítica.
El reconocimiento institucional llega sin estridencias, pero con peso. En 2019 obtiene el Concurso de Cuento Somos Palabra, organizado por la Universidad Santo Tomás. Un año después, ‘Los giros del deseo’ es distinguido como mejor libro de cuentos en el Portafolio de Estímulos ConfinArtes 2020, convocado por el Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes de Sucre. Ese momento marca un giro decisivo: no solo consolida una línea narrativa, sino que confirma una vocación sostenida, trabajada a lo largo del tiempo, lejos de la improvisación.
Desde entonces, la escritura no se detiene. Además de ‘¿Dónde está Rebeca?’ y ‘Susurros del silencio’, es coautor de ‘Cuentos para iluminar la noche’ I y II, publicados por la editorial Torcaza. De igual modo, varios de sus textos han sido incluidos en antologías colombianas. Es miembro activo de la Unión de Escritores de Sucre (UES).
Peralta sigue escribiendo con la misma premisa que atraviesa toda su obra: la literatura como ejercicio de conciencia, como forma de resistencia y como apuesta ética frente al tiempo que nos toca vivir.

A continuación, la entrevista con este narrador Caribe.
Dices que te consideras más lector que escritor. ¿En qué momento un lector decide traicionar la lectura y lanzarse a escribir?
Sigo siendo un lector. Creo que todo escritor jamás deja de ser lector. Lector de otros textos y también de los propios. Yo soy un descifrador minucioso de los textos que leo, y los míos los abordo con más sentido crítico. Como todo autor, a mis escritos los dejo reposar unos días o algunas semanas y luego los leo con más claridad y esto me deja ver lo que hay que mejorar en ellos. Esto lo hago ya no como autor sino como crítico literario, oficio que también practico con frecuencia.
¿Qué tipo de lecturas y qué autores les recomendarías hoy a los jóvenes que quieren entender el mundo antes de escribir sobre él?
Soy docente de castellano y literatura, y a los jóvenes siempre les recomiendo que lean todo tipo de texto que les llame la atención. Pero que pueden empezar leyendo textos de aventuras o misterios. También que se inicien con textos narrativos cortos como los microrrelatos, y del género lirico lean poemas que les gusten. Además, les hago énfasis en que si comienzan a leer un libro lo pueden abandonar cuando lo deseen, ya que es un mandamiento de todo lector. La lectura debe ser placer, un goce y no un momento de martirio. De esa manera podrán entender el mundo que les rodea y quizás atreverse a escribir sobre él y sus complejidades.
En sentido opuesto, ¿de qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes si no quieren empobrecer su mirada ni su lenguaje?
Creo que los jóvenes no deberían huir de ningún tipo de lectura. A veces estas lecturas iniciales de los niños y jóvenes los conducen a lecturas más profundas y de mejor trabajo estético. Muchos adolescentes comienzan leyendo historias románticas o libros de autoayuda, pero después ellos descubren que estas son repetitivas y que deben hacer un giro hacia otro tipo de textos, como obras literarias de gran factura estética. Obras que le generan a ellos inquietudes, que les haga cuestionamientos, que los emocionen, que los obligan a hacer mayor esfuerzo para comprender al autor, a tratar develar las intenciones del que escribió la obra literaria, y también a tener un dialogo con esa voz que les habla cuando abren un libro.
Estoy convencido que el exceso de publicaciones, talleres y premios han banalizado el oficio de escritor en Colombia y en todo el mundo. Y las redes sociales han banalizado aún más el oficio de escribir. Lo han convertido en algo frívolo y farandulero. También el exceso desmedido de editoriales independientes que no aplican el debido filtro en sus publicaciones, hacen que el verdadero oficio del escritor se desdibuje. Eso sí, hay que reconocer que gracias a algunas editoriales independientes que hacen su trabajo con seriedad, hoy podemos tener a la mano buenos libros que estaban sin salir a la luz, pero es indispensable que se haga control en las publicaciones para que cada día la literatura sea exquisita en su lenguaje y en lo que devela.
Por otra parte, hoy se ofrecen muchos talleres para convertir a ciudadanos en narradores o poetas, y les entregan un diploma que los acredita como escritores, pero la calidad literaria de lo que publican estas personas, deja mal parado a lo que se dicen esas certificaciones.
Vienes de la docencia. ¿La pedagogía ha enriquecido tu literatura o ha sido una camisa de fuerza que has tenido que romper?
El hecho de ejercer la pedagogía en Instituciones Educativas de secundaria y en universidades ha enriquecido mi literatura. En la mayoría de los casos trabajo con jóvenes y estos me han permitido saber que gustos tienen ellos con relación a las letras, a sus lecturas, y como les gustarían que le contaran las historias. Algunas de esas inquietudes de mis estudiantes me han servido para darles un nuevo viraje a mi forma de escribir. No solo para conocer a los jóvenes sino para escribir de tal manera que nos comprendan y disfruten lo que leen, y también para que crezcan en su nivel de lectura, y esta se transformen en inferencial y critica.
¿Se puede enseñar a escribir o solo se puede enseñar a leer con rigor?
Las dos cosas se pueden enseñar, porque estas se complementan. Pero, la enseñanza de la lectura no debe ser con rigor. Debe ser un espacio de agrado, de goce. Pero, enseñar a escribir también se puede lograr, si utilizamos las estrategias didácticas educadas para sacar a flote ese escritor que algunos jóvenes llevan dentro.
Con mi libro ‘Los giros del deseo’ gané en el año 2020 un premio como mejor libro de cuentos en la convocatoria del Fondo Mixto de Cultura Para la Promoción de la Cultura y las Artes de Sucre. Esto marcó un quiebre en mi vida como escritor, porque fue un premio que me estimuló a seguir haciendo las cosas bien, pero indudablemente me comprometió a ser más cuidadoso con lo que publicaba. No digo con lo que escribía, sino con lo que publicaba en libros o revistas literarias. Entonces, asumí que después de la publicación de ‘Los giros del deseo’, mi escritura estaba obligada a mantener ese nivel o superarlo. No podía salir con cualquier texto sin una revisión minuciosa. Debía saber que lo que publicara tenía que ser sugerente e inquietante para mis lectores.
¿Eres un escritor consciente de su estilo o alguien que escribe siguiendo una voz que aparece sin pedir permiso?
Soy un escritor que ha intentado y sigue intentando tener un estilo propio; pero sé que en el fondo soy un escritor dominado por esa voz que se aparece sin pedir permiso. Esa voz que me direcciona lo que estoy escribiendo y me va trazando derroteros para motivar a pensar a los personajes, que hagan monólogos interiores, o que tomen drásticas decisiones.
Has dicho que intentas escribir corto y te sale largo. ¿Desconfías del cuento breve o es el mundo el que ya no cabe en pocas páginas?
Intento escribir corto. Muchas veces he iniciado una historia que creo saldrá corta, en dos páginas y termina siendo una historia de largo aliento de 10 o 15 páginas. Y no desconfío del cuento breve, me atrae, e incluso me parece que el cuento breve es lo más difícil de hacer, es como intentar hacer un poema. Por eso leo mucha poesía para aprender la concreción, y saber jugar con la brevedad. Sé que cada palabra pesa, cada una es clave en lo que intentamos decir y nada es casual en un buen texto literario.
¿La literatura debe incomodar al lector o acompañarlo?
Considero que toda buena literatura debe incomodar al lector. No solo acompañarlo, no solo hacer que disfrute y se entretenga un rato con la historia que le estamos contando. El suceso que estamos focalizando debe incomodarlo, ponerlo a reflexionar, por eso yo acostumbro, en mis textos narrativos, dejar finales en suspenso, y esa otra parte del final le corresponden al lector. El lector deberá hacer conjeturas y preguntarse qué más sigue después de ese punto aparte.
En ¿Dónde está Rebeca? la atmósfera psicológica es clave. ¿Te interesa más el crimen o la mente que lo narra?
Cuando escribí esa novela corta titulada: ¿Dónde está Rebeca?, me centré un poco más en crear esa atmósfera psicológica. Para lograr comprometer al lector con la historia de Alfredo y de esa novia desaparecida. Entonces el mismo lector, tiene al igual que el psiquiatra Ramírez, convertirse en detective página tras página, para indagar si el paciente Alfredo está mintiendo y Rebeca solo existe en su mente.
¿Qué te atrae del límite entre la cordura y la locura como frontera narrativa?
Entre el límite de la locura y la cordura me atrae el propio límite. El estar en él, en ese espacio misterioso y mágico que une a la cordura con la locura. Uno como escritor intenta que una luz ilumine ese límite, para que el lector intente comprender los misterios de la condición humana y las complejidades que nos acechan en el mundo.
¿Hasta qué punto la realidad social, ambiental y simbólica del Caribe colombiano atraviesa tu obra, incluso cuando no es explícita?
Soy un escritor que nació en este espacio geográfico que llamamos el Caribe Colombiano, pero no intento describir ciertas características del entorno Caribe. Escribo historias que ocurren en otras latitudes: he escritos cuentos que ocurren Chernóbil, en Bielorrusia. Otros relatos míos describen cualquier pueblo que puede ser de Latinoamérica, pero también cualquier ciudad de Europa. No intento escribir en cierto modo una literatura del Caribe, sino contar historias que puedan ser leídas y comprendidas en cualquier parte del mundo y por cualquier tipo de lector.
Escribes ensayo y ficción. ¿En cuál de los dos géneros te sientes más libre y en cuál más expuesto?
Escribo ensayos, y textos narrativos que obviamente son ficción. Entre esos dos me siento con más libertad cuando escribo ensayos, y me es más fácil escribir ensayos literarios. Me siento más expuesto cuando escribo textos narrativos, porque en algunos de los textos narrativos en la que he utilizado el narrador en primera persona me pregunto: ¿Qué opinarán mis lectores de lo que dice la voz narradora?
Has dicho que tu libro de ensayos inédito es ‘para dar batalla’. ¿Contra qué o contra quién escribe hoy Adán Peralta?
Efectivamente tengo un libro de ensayos inédito titulado ‘Voces que emocionan’, y en cierto modo es un libro para dar batalla contra el olvido. Contra el olvido porque son ensayos literarios sobre autores nacidos en Sucre y otros del Caribe Colombiano. Son textos que he escritos sobre obras memorables que a mí me parecen que están también escritas y que merecen ser analizadas por alguien y registrar una mirada de un lector que se ha emocionado con esas voces de esos autores. ‘Voces que emociona’ es una obra a favor de libros y autores que merecen ser mencionados y rescatados del olvido.
En un país donde las revistas culturales suelen desaparecer, Crisol persiste. ¿Qué valor tiene hoy escribir en revistas frente al libro?
Tenemos un colectivo literario nacido desde Sincelejo, este colectivo se llama ‘Crisol’, y publicamos una revista con el mismo nombre. ‘Crisol’ dirigida por el poeta sucreño Óscar Flórez Támara, y ya lleva 10 años de vigencia con 102 ediciones que se publican mes a mes.
Es una revista de pocas páginas, pero con un contenido que trasciende las páginas que representa físicamente, y es una revista que circula de manera física pero también en algunos portales donde la pueden descargar. Crisol ha sido de gran trascendencia para los escritores porque nos permite mantenernos vigentes. Uno publica un libro cada dos o tres años, pero el hecho de que publiqué textos literarios en una revista de circulación mensual hace que nos mantengamos activos y vigentes.
¿Sientes que la literatura colombiana actual se escucha a sí misma o que cada autor escribe desde su propia isla?
Creo que cada autor escribe desde su propia Isla, y que la literatura colombiana no se escucha a sí misma, para fortuna de la propia literatura porque seríamos repetitivos.
¿Qué tanto pesa el reconocimiento —premios, estímulos, publicaciones— en la persistencia de un escritor?
Los premios pesan. Un reconocimiento o un premio es un estímulo que te compromete, te compromete a escribir mejor, a pulir tu técnica o perfeccionarla, y a tener presente que no todo lo que se escribe debe publicarse, y que debemos ser pausados, reposados a la hora de publicar porque los lectores se merecen un producto de calidad.
Si tuvieras que elegir entre ser leído dentro de cincuenta años o tener éxito inmediato, ¿qué escogerías sin titubear?
Pues escogería tener éxito inmediato, y después de pasado 50 años me gustaría que me sigan leyendo. No estaría mal seguir siendo leído y recordado.
Después de ‘Susurros del silencio’, ¿qué te inquieta más: quedarte sin historias o repetirte a ti mismo?
Después de este nuevo libro de cuentos publicado recientemente Susurros del silencio no me inquieta quedarme sin historias. No me inquieta eso porque tengo anotados varios argumentos de otras historias por escribir. Pero de estas historias por consolidar si me preocupa ser repetitivo, ser repetitivo en lo que presento y cómo se los presento a mis lectores.
