En la sala de su casa hay una moto diminuta que parece de juguete. No está ahí como adorno caprichoso, sino como memoria viva. Es una pocket bike, pequeña, casi simbólica. Alfonso Linares la conserva como quien guarda la primera página de un libro que aún se está escribiendo. Tenía tres años cuando se la regalaron. Hoy, después de más de 16 años de trabajo ininterrumpido, esa miniatura representa el punto de partida de una historia que ha ido a más de 200 kilómetros por hora.
Algunos le dicen Alfonso. Casi todos, “Alfonsito”. El apodo nació en casa, impulsado por su papá, cuando apenas empezaba a corretear entre motos y herramientas. Y aunque ya es campeón nacional, récordman y protagonista de campeonatos internacionales, el diminutivo sigue ahí, como recordatorio de que todo empezó siendo un juego.
Lo curioso es que, al principio, las motos no le gustaban.
Creció en un hogar donde el sonido de los motores era parte del paisaje cotidiano. Su padre competía en velocidad y Alfonso lo veía correr. Pero el niño sentía miedo. No quería subirse. Prefería mirar desde lejos. Hasta que un día decidió probar. Primero fue el motocross, a los cinco años, después de haber aprendido a dominar el equilibrio como cualquier niño: en bicicleta, con rueditas laterales. Los saltos llegaron sin demasiado temor. El gusto apareció casi sin avisar. Y cuando probó la velocidad en asfalto, ya no hubo vuelta atrás.

A los siete años empezó a ganar carreras. A los ocho ya competía contra pilotos mayores. No lo vivía como una obligación ni como una profesión. Era, simplemente, el lugar donde era feliz. “Nunca lo vi como algo que tuviera que ser por obligación”, recuerda. Pero el talento empezó a hablar más fuerte que la inocencia.
Su primera carrera oficial fue con una KTM 65 que transformaron de motocross a supermoto. Le cambiaron llantas, la adaptaron al circuito. Tenía seis años. Fue la moto que lo enamoró definitivamente de la velocidad.
En casa se respiraba motociclismo. Valentino Rossi sonaba en el televisor cada fin de semana. Su papá era fanático, y Alfonso creció viendo al italiano como quien mira a un superhéroe. Con el tiempo, sus referentes se volvieron más cercanos: Martín Cárdenas, Tomás Puerta. Los veía correr en Colombia y soñaba con algún día compartir pista con ellos. No imaginaba que terminaría ganándoles.
A los ocho años ya competía en el campeonato nacional en una Yamaha R15. Era tan pequeño que no alcanzaba bien el piso con los pies. A los nueve se subió a una Ninja 300. A los 10, después de ganar varias carreras, le hizo una apuesta a su papá: quería montar la Kawasaki ZX-6R, una de 600 centímetros cúbicos que superaba los 200 km/h. La edad mínima para competir en esa categoría era 15 o 16 años. Él tenía 10.
Ganó la apuesta.
Ese momento marcó un antes y un después. Empezó a entrenar en motos de alto cilindraje cuando la mayoría apenas estaba comenzando en categorías formativas. Más adelante probó suerte en España, en el campeonato de 400, pero su estatura y peso se convirtieron en desventaja en motos pequeñas. Decidió migrar definitivamente a las 600 a los 13 años.
A los 14 ganó su primera carrera en esa categoría. Y en 2021, cuando por fin pudo competir oficialmente el campeonato nacional de 600, ganó en su primer intento.
Lo más impactante no fue solo el triunfo, sino contra quién lo logró. En la grilla estaban algunos de los pilotos que habían sido sus referentes de infancia. Clasificó primero. Corrió contra Tomás Puerta. Y ganó. “Hace no mucho estaba viéndolos del otro lado”, recuerda.
Ese mismo año y los siguientes amplió horizontes. Corrió en México y fue campeón. Sumó títulos consecutivos en Colombia. Participó en el campeonato europeo de Supersport 600. Compitió en MotoAmérica, en Estados Unidos, uno de los campeonatos más exigentes del mundo, y en su primera carrera terminó en el Top 5 con un equipo pequeño. El margen de crecimiento era evidente.
En 2024 vivió uno de los capítulos más simbólicos de su carrera: disputó el campeonato de Superbike durante toda la temporada contra Martín Cárdenas, su héroe de infancia. Terminaron empatados en puntos. “Probablemente el mejor campeonato que he corrido”, admite. Más que el resultado, fue la constatación de un sueño cumplido sin haberlo formulado del todo: ya no era el niño que miraba desde la tribuna.
Mentalmente, el quiebre llegó con el primer campeonato nacional. Durante años fue rápido, ganó carreras, pero el título completo se le escapaba. “Era una barrera”, reconoce. Cuando por fin la rompió, se quitó un peso de encima. Desde entonces ha encadenado cinco años consecutivos como campeón en su categoría.
Sin embargo, hay un logro que lo marcó de manera especial: el récord del Autódromo de Tocancipá, el circuito donde creció. Había batido marcas en otros países, pero esa se resistía. El registro llevaba vigente desde 2016 o 2017. Ocho años intacto.
Sabía que podía hacerlo. Y esa certeza lo presionaba.
Primero rompió el récord en Supersport. Ese tiempo le dio el clic mental. Luego llegó la vuelta perfecta en Superbike: la primera moto en girar por debajo del minuto y ocho segundos. El transponder —el dispositivo que registra los tiempos— se cayó y generó dudas iniciales. Pero el GPS confirmó lo que él ya sabía. El récord era suyo. Se lo había arrebatado a uno de sus referentes.
Para Alfonso, romper un récord es más difícil que ganar una carrera o un campeonato. “Se vuelve una vuelta perfecta”, explica. La carrera exige constancia. El campeonato, regularidad. El récord, precisión absoluta. No perdonar un error. Ir al límite sabiendo que cualquier mínima falla puede terminar en caída. Es un ejercicio quirúrgico sobre dos ruedas.
Hoy su vida está dedicada 24/7 al motociclismo. Terminó el colegio y se entregó por completo al deporte. El plan para este año está trazado: competir el campeonato nacional en Colombia, correr en México en Supersport y Superbike, y buscar los recursos para disputar la temporada completa del campeonato europeo Superstock 600, antesala del Mundial de MotoGP. También proyecta algunas carreras en Estados Unidos.
Sabe que el talento no basta. Hace falta apoyo, estructura, oportunidad. Pero tiene claro el objetivo: “Hemos trabajado 16 años por ese sueño y lo seguiremos haciendo hasta donde sabemos que podemos llegar”.
En la sala de su casa, la pequeña pocket bike sigue intacta. Ya no le tiene miedo a las motos. Tampoco a los nombres grandes ni a los cronómetros. Alfonsito creció. Y ahora es él quien marca el tiempo que los demás intentan alcanzar.
Por Filiberto Rojas Ferro
Coordinador de comunicaciones
Comité Olímpico Colombiano
