jueves, abril 30, 2026 4:33 pm

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Andrés Francel: Pensar la ciudad, narrar el tiempo

por Redacción: Noticias Coopercom

Andrés Francel se erige como una figura singular en el panorama académico y creativo colombiano: un intelectual en quien confluyen, con rara armonía, la rigurosidad del investigador y la sensibilidad del artista. Su nombre es Andrés Ernesto Francel Delgado, y asegura, con jocosidad, que solo lo escucha así cuando su madre lo regaña.

Vio la primera luz el 21 de abril de 1980 en la Clínica Minerva, en Ibagué. Es arquitecto egresado de la Universidad de la misma ciudad, magíster y doctor en Historia por la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Argentina), y posdoctor en Arte y Arquitectura por la Universidad Central de Venezuela. Ha desarrollado una trayectoria amplia y decisiva en la Universidad del Tolima, donde se ha desempeñado como profesor titular, director del programa de Arquitectura, jefe de departamento y decano, además de ser el creador de la Maestría en Urbanismo.

Su llegada a la Universidad del Tolima, en 2013, no fue un simple nombramiento: fue el inicio de una transformación silenciosa. Desde entonces, su nombre ha estado ligado a los cambios más significativos de la institución, como si su paso hubiese ido dejando, más que resultados, una forma distinta de pensar la academia.

Ha sido profesor titular, sí, pero también algo más difícil de nombrar: un agitador de ideas. En las aulas, su voz no se limita a explicar; convoca, inquieta, abre preguntas. Enseña no solo contenidos, sino maneras de mirar.

Entre los cargos que marcan su huella, cinco sobresalen como hitos: director del programa de Arquitectura, jefe del Departamento de Arquitectura y Diseño, decano de la Facultad de Ciencias del Hábitat, creador y director de la Maestría en Urbanismo, y fundador de la revista B33 Arquitectura y Urbanismo.

Cada uno de estos roles no fue ocupado, sino habitado. En ellos dejó algo más que gestión: dejó una visión que aún respira en los espacios que ayudó a consolidar.

La Maestría en Urbanismo, por ejemplo, no fue solo un programa académico, sino una respuesta a una necesidad histórica: evitar que el talento local tuviera que emigrar para formarse, arraigar el conocimiento en su propio territorio.

La revista B33, por su parte, se convirtió en un punto de encuentro: allí la reflexión encontró cauce y la arquitectura dejó de ser un oficio solitario para convertirse en diálogo. Sin embargo, su impulso creador no se detuvo. Fundó también el Simposio Internacional en Arquitectura, Diseño y Urbanismo, y dio vida a laboratorios que hoy funcionan como semilleros de futuro: Prototipado Tridimensional, Realidad Virtual y Estudios Urbanos.

En esos espacios, la academia dejó de ser abstracta: se volvió experiencia, ensayo, descubrimiento.

Tal vez por eso ideó las ‘biciclases’, una apuesta pedagógica que rompe la solemnidad del aula y devuelve el aprendizaje a la calle. Allí, la ciudad deja de ser objeto de estudio para convertirse en maestra viva.

Porque para Francel, entender el urbanismo implica sentir el viento, recorrer las calles, escuchar el murmullo de los edificios y descifrar sus silencios.

Su trabajo investigativo es vasto: decenas de artículos, libros y ponencias que dialogan con escenarios internacionales. Pero más que la cantidad, importa la mirada: una insistencia lúcida en conectar historia, espacio y sociedad.

Esa producción le ha valido múltiples reconocimientos, entre los que destacan, por su resonancia, el Galardón a la Excelencia Docente (2025), el Premio Vida y Obra de la Gobernación del Tolima (2023), la Medalla Orden del Combeima (2022), el Premio Álvaro Castillo Saavedra (2025) y los Premios Con UT Ciencia en investigación y producción intelectual.

No son medallas que se exhiben: son huellas de una trayectoria coherente, señales de un trabajo sostenido en el tiempo.

Pero hay en su obra otra dimensión que desborda los márgenes de la academia. Andrés Francel no solo investiga: narra, imagina, traduce el mundo en múltiples lenguajes. Escribe, pinta, compone, ilustra. Es, en el sentido más amplio, un creador que se desplaza con naturalidad entre disciplinas.

En la literatura ha creado escenarios; historia y ficción se entrelazan sin fricción. En La lanza de Calarcá, la ciudad deja de ser escenario para convertirse en protagonista: la memoria se vuelve trama y el pasado irrumpe como una presencia viva que atraviesa a los personajes.

En esas páginas, no son los personajes quienes sostienen la historia, sino la historia la que los atraviesa, como si Ibagué respirara en cada línea, como si sus calles y sus fantasmas dictaran el ritmo del relato.

En El diseñador de esferas, la imaginación se proyecta hacia otros horizontes: la ciencia, la memoria y los afectos se entrelazan en una invención íntima. Un joven creador y su abuela reconstruyen, pieza a pieza, una geografía emocional donde recordar es también reinventar.

Sus libros dialogan entre sí como partes de una misma constelación narrativa, donde el pasado ancestral y las posibilidades tecnológicas del futuro no se oponen, sino que se reconocen y se continúan.

Esa vocación por narrar no se limita al libro. Incluso en las redes sociales ha encontrado un nuevo lenguaje: allí convierte la historia en relato breve, en imagen dinámica, en curiosidad compartida. Lejos de simplificar, traduce; lejos de banalizar, aproxima.

Gracias a esa capacidad de hacer accesible lo complejo sin despojarlo de profundidad, se ha convertido en un referente para nuevas generaciones que encuentran en su trabajo una puerta de entrada al conocimiento.

Su voz, en ese ámbito, no impone: seduce. Y en esa seducción hay una forma de enseñanza que no dicta, sino que despierta.

Andrés Francel no solo construye ciudades de ladrillo y concreto: levanta también ciudades invisibles, hechas de memoria, palabras e imaginación. En ese doble gesto —el del arquitecto y el del narrador— se cifra la singularidad de su obra.

A través de esta entrevista, el arquitecto y escritor Andrés Francel reflexiona sobre el vínculo indisoluble entre la creación literaria, el rigor académico y la memoria histórica. Defiende la ficción como una herramienta de conocimiento profundo que permite explorar las emociones y los vacíos que la ciencia no logra comprobar. Su visión integra el pensamiento arquitectónico con la narrativa, entendiendo la novela como un territorio habitado donde convergen la tecnología, la infancia y la reinvención personal. Además, destaca la importancia de la disciplina y la filosofía como pilares fundamentales para cultivar una sensibilidad crítica frente a la inmediatez del mundo contemporáneo. Todo ello configura una poética en la que el arte y la investigación se funden para rescatar la identidad y la esencia de la existencia humana.

En La lanza de Calarcá, usted entrelaza historia, mito y ficción: ¿en qué momento la imaginación deja de ser invención para convertirse en una forma de conocimiento?

Nuestro conocimiento es limitado y fragmentado. Cuando publicamos artículos y libros de investigación en historia, nos queda ese sabor de que falta la exploración de los sentimientos, de las ideas, de las pasiones, que son incomprobables por la ciencia, pero que laten en nuestro interior y originan los actos comprobables. Por eso, los actos contienen las ideas que los originan, pero sus caminos del mundo etéreo al físico son misteriosos y laberínticos. En esa circunstancia de incertidumbre, la ficción nos permite acceder a la mente hipotética de las personas que fabricaron el pasado. Y en ese momento atendemos al pacto entre los personajes y el autor porque debemos confiar en que quedaron tan bien creados de acuerdo a la información que tenemos de ellos, que nos revelarán sus pasiones y pensamientos para desembrollar lo que no puede la ciencia. Esto es conocimiento puro a través de la ficción porque va más allá de una entrevista a los personajes de un libro y se convierte en una revelación sobre cada uno de los latidos que anima su sentido de existencia, lo que nos autoriza su presencia en una narración como seres que sienten y actúan, que son vulnerables y gloriosos. Esa es la tinta con la que se escribe la vida y que la literatura intenta atrapar.

La figura de Ivana Sky encarna una reinvención identitaria: ¿es su novela, en el fondo, una reflexión sobre la posibilidad de rehacerse a sí mismo?

Constantemente nos preguntamos quiénes somos y quiénes seremos, ganando y perdiendo certezas hasta perdernos en la incertidumbre de nuestros sueños y reflexiones. Partimos de un pasado que recordamos vagamente para explicarnos el presente, por lo que nuestra identidad está hecha de magia, de invención, de la selección de los pasajes favoritos de nuestra memoria fugaz. Nuestras vidas se dividen en etapas de acuerdo a momentos clave en los que algunas situaciones se convierten en detonadores de cambio y somos forzados a reinventarnos, a convencernos de un sueño y hacerlo realidad. Esa es una posibilidad mágica porque seguimos siendo nosotros, a pesar de que hayamos eliminado gran parte de lo que recordamos de nosotros para ser una nueva versión que se adapte a ese futuro que apenas estamos imaginando. Ivana Sky es un símbolo de esa pugna en nuestro interior por eliminar lo que nos desagrada, lo que nos hace daño, lo que sabemos que fuimos, pero no queremos seguir siendo. Esa oportunidad de cambiar y seguir siendo nosotros, es una de las capacidades que más me agradan e inquietan de la vida humana, por lo que encontré en Ivana a una mujer que nos muestra cómo convertir la fragilidad en búsqueda y en fortaleza, en aciertos y en errores, pero con la confianza en que cada decisión tendrá que desembocar en una nueva incertidumbre que asumiremos con coraje.

Su narrativa transita por múltiples épocas: ¿cómo construye esa arquitectura del tiempo sin que el lector pierda el hilo emocional de la historia?

A todos nos gusta viajar en el tiempo y lo hacemos de acuerdo a nuestras posibilidades tecnológicas. En mi caso, la principal tecnología es salir a caminar o a montar bicicleta con mis estudiantes para estudiar la historia de las construcciones, de los espacios públicos, las calles y los monumentos. Estas experiencias pedagógicas nos permiten saltar mil años para reconocer una figura indígena, mientras esquivamos un carro eléctrico último modelo. Mientras escuchamos unas campanas del siglo XVIII podemos compararlas con los pitos simultáneos de busetas, taxis y motos. Frente a la escultura de Bolívar están unos tritones que nos recuerdan a la antigua Grecia y una ceiba sembrada al final de la Guerra de los Mil Días. Cuando nos damos cuenta de ese montón de estímulos, la historia es una avalancha sobre la que vamos surfeando y, en la medida en que logramos que cada uno de los elementos que la conforman se vuelvan significativos para nuestras vidas, podemos reconocer partes de nosotros, nuestras actitudes en la adolescencia, nuestros deseos de libertad, los criterios sobre la belleza, el esfuerzo por crear una obra de arte, la disciplina de siglos para desarrollar una técnica constructiva, el placer de estar vivos y ser unos niños descubriendo el mundo. Creo que ese placer de identificarnos en los objetos y las circunstancias del entorno, nos permite viajar en el tiempo sin que perdamos el hilo de emocionarnos con la existencia.

Aunque su estructura no es abiertamente experimental, hay una evidente meticulosidad en los capítulos: ¿cree usted en la disciplina como base de la libertad creativa?

Cada obra es un tributo a la dedicación. Durante siglos la humanidad ha ofrecido a sus dioses la sangre de mujeres vírgenes, de niños, de animales, corazones aún palpitantes, maíz, coca, horas de penuria y privaciones materiales y espirituales para obtener buenas cosechas, sanaciones, triunfos en guerras u obras inmortales. Todos ellos se han reunido en la disciplina como mecanismo para alcanzar la libertad creativa. Nuestro tributo es el tiempo y la vida que se transforman en obras que trascienden nuestra existencia. Las musas, los demonios, los dioses, todas las entidades inspiradoras se han sometido al trabajo dedicado de la modernidad. Sin embargo, la disciplina no es la creatividad sino su apoyo para transformar la realidad. La inspiración, la imaginación, la libertad pura es indiferente a la disciplina porque su función es romper barreras, hacerlas trizas, no puede ataviarse de contrapesos porque no logra volar, por eso es un poco torpe en la tierra, como el albatros de Baudelaire. La inspiración es el combustible que anima al trabajo cotidiano. La disciplina es la confianza que tiene la sobriedad en la idea que la alimenta. Es decir que la disciplina es cierta abnegación, es el precio que se paga por una promesa, es el tributo que ofrecemos a la vida para atrapar un suspiro de libertad creativa.

El narrador omnisciente en su obra parece comportarse como una cámara: ¿cuánto le debe su escritura al lenguaje audiovisual contemporáneo?

Mi generación es la de la transición tecnológica. Fuimos formados diez o quince años por las series animadas en televisión, las bandas de rock en walkman y discman y de ahí en adelante por los computadores con el internet chillón por vía telefónica, luego por fibra óptica, wifi, ipods chiviados y luego en el universo hipnótico de los celulares. Crecimos jugando fútbol en la calle mientras escapábamos de las vecinas rompebalones y luego nos sentábamos frente al televisor para aprender en Supercampeones las jugadas que nunca lograríamos hacer. Íbamos al cine de dos por uno, pirateábamos los cd´s, los videojuegos, las películas en VHS y veíamos los mundiales en pantallas de 21 pulgadas que en ese momento eran enormes. El mundo audiovisual ha sido para nosotros una fascinación. Cuando nos sentábamos a hablar de literatura luego de jugar fútbol, alguien comentaba entre el sudor y la sed que se había visto la adaptación cinematográfica de algún libro del que estábamos hablando, por lo que teníamos que ir a los cineclubes o cineforos para nunca resolver la discusión entre el libro y la película. Aunque cierta magia de la literatura se desvanece al encontrar el rostro de un actor en reemplazo del personaje del libro, la experiencia del conocimiento se nutre con los encuadres, los planos, los travelling, la experiencia sonora y la recreación espacial, cromática y la psicología de la actuación. Es inevitable que esa experiencia de mundo nutra la producción literaria, porque la novela es un espejo que pasa por un camino, como expresaba Stendhal, y en ella tenemos los cielos de mercurio de la ciencia ficción y el barro y el hambre de la realidad social. Ese espejo es tan similar a las pantallas de los dispositivos móviles que es imposible evadir su enorme influencia en las estrategias para narrar vidas.

En El diseñador de esferas, la tecnología se convierte en vehículo de la memoria: ¿es la ciencia ficción una nueva forma de nostalgia?

Cuando se firmaron los sucesivos acuerdos de paz entre el gobierno nacional y los grupos armados al margen de la ley, comenzó un proceso doloroso de restitución, reparación y no repetición para las víctimas de violaciones de derechos humanos. Las madres y los familiares de muchas víctimas clamaban para saber qué había pasado sus seres queridos, si estaban muertos, en dónde habían sido sepultados, por qué habían acabado con sus vidas. Vi algunas de esas sesiones en las que miembros de estos grupos confesaban frente a las madres lo que habían hecho con sus hijos, pero aún hay miles de personas que desconocen lo que pasó con ellos. Se me ocurrió entonces que podríamos inventar un dispositivo tecnológico que nos permitiera reconstruir ese doloroso pasado, identificar a quienes convirtieron sus vidas en empresas del crimen. Así como la información satelital nos facilita realizar redescubrimientos de ciudades perdidas y la inteligencia artificial nos permite animar fotos antiguas y analizar información más rápidamente, imaginé una pequeña esfera que pudiera copiar la información del mundo y duplicarlo a escala. Si pudiéramos recuperar la memoria de las víctimas, encontraríamos en ellas una captura de la mirada, del rostro de quien los mató y sus motivos. Y si a ello sumamos su posición geográfica, sabríamos en dónde están, que es un minúsculo pero significativo alivio. Y como son tantas nuestras guerras, decidí situar esa búsqueda a mediados del siglo XX, entre la Segunda Guerra Mundial y la violencia bipartidista, de modo que muchos personajes reconocidos en la actualidad podrían ser antiguos asesinos que no fueron descubiertos porque los medios de comunicación tenían menor cubrimiento. Finalmente, estas esferas tecnológicas son tanto un mecanismo de memoria, como de nostalgia y de escape frente a tanta crueldad.

Gabriel, su joven inventor, parece dialogar con la infancia y la memoria: ¿qué lugar ocupa la niñez en su universo literario?

Recuerdo una frase de Thomas Carlyle, el filósofo e historiador escocés del siglo XIX que elogiaba a Platón, diciendo que tenía los ojos de un niño, siempre abiertos para sorprenderse con el mundo, y simultáneamente el cerebro de un anciano sabio para juzgar con sensatez cada fenómeno. Todos los humanos tenemos un pasado que marca y explica nuestras vidas. Nos adaptamos a las situaciones de acuerdo a las herramientas de las que hemos dispuesto, por lo que cada personaje de una novela tiene una explicación para su comportamiento en las circunstancias de su infancia. La vida se torna una transformación constante de esas sorpresas de la infancia, que mutan en traumas, amores, odios y actitudes frente a los demás. Ese es el mecanismo esencial de la construcción de nuestro conocimiento: lo que nos conviene, lo que nos funciona, lo que obsesivamente tratamos de alcanzar para recomponer los innumerables vacíos de nuestra existencia y aquello con lo que simplemente nos gusta disfrutar. Y en todo ello está nuestra infancia luchando por convertirse en algo que no sabemos qué es, pero denominamos adultez.

Sus novelas hacen confluir historia, mitología y ciencia ficción: ¿considera que los géneros son fronteras o simples pretextos?

La especialización del conocimiento ha sido muy eficiente para la construcción de nuestro mundo. Sistematizar los datos, clasificarlos, profundizar cuanto podamos en ellos para encontrar verdades parciales y resolver con ellas los problemas de nuestra sociedad, es el corazón de la ciencia y el acierto de la tecnología. Sin embargo, es claro que siempre debemos llegar al cruce de variables, a la interacción de los campos fragmentados. Nuestra experiencia en el mundo itinera entre la formación y el trabajo en un campo del saber específico y nuestra necesidad humana de usar cualquier pretexto para vivir. El celular es un ejemplo de ello porque tenemos una cascada de información de todos los campos del saber que imaginemos. De algún modo nuestra mente logra articular la información más incompatible para que le demos sentido a nuestro entorno y nuestro interior. Mis novelas son una experiencia similar: cada recurso del mundo está allí para que ensamblemos una bomba o para inventemos un nuevo mundo.

Usted proviene de la arquitectura: ¿cómo se traduce el pensamiento arquitectónico en la construcción de una novela?

La formación en arquitectura traumatiza a cualquiera. Nuestra misión como arquitectos es comprender todas las condiciones humanas para darles una solución espacial. Esto implica una exploración obsesiva del comportamiento de las personas en diversas situaciones para entender sus movimientos en el espacio, en relación con las actividades que realiza. Estos datos comportamentales se convierten en un programa arquitectónico, que es un listado de espacios que contienen diversas actividades y deben articularse con armonía para que funcionen. Y esa relación debe tener una forma, que hallamos a través de los conceptos de belleza de la época en la que vivamos y de las teorías que hayamos estudiado. Pero esa belleza debe materializarse, perdurar y ser habitable. De modo que creamos un mapa para ensamblar todo y es el conjunto de planos y maquetas que servirán como ruta para construir una obra. Me gusta la expresión de la arquitectura de una novela porque incorpora ese diseño de una experiencia en el mundo. La novela es un espacio habitado por múltiples personajes y lectores. Los mecanismos de creación son diferentes, pero interdependientes. Quizás por eso en mis novelas siempre existen mapas, planos, obras pictóricas, musicales, escultóricas. Una novela es un detallado expediente de diseño.

¿Escribir una novela es, para usted, levantar un edificio o explorar un territorio?

Antes de construir un edificio, nos sumergimos en el espíritu del lugar, un concepto explorado en profundidad por el arquitecto Christian Norberg-Schulz y que podría sintetizarse en que la arquitectura proporciona un punto de apoyo existencial a la humanidad. Aunque muchas veces se construyen edificios indiferentes de su contexto geográfico, nuestra formación en arquitectura parte de la comprensión de los condicionantes sociales, climáticas, de las virtudes ambientales, de la conectividad, de una conjunción entre las expectativas de un usuario y las nuestras como arquitectos. La novela es un territorio paralelo a la realidad, en la que emergen ciudades y edificios que también van paralelos o en dimensiones inesperadas. La ventaja de la literatura es que te permite profundizar en argumentos que a veces los edificios callan.

Su producción académica es vasta: ¿cómo logra equilibrar el rigor investigativo con la libertad de la creación literaria?

Las publicaciones derivadas de investigación tienen un rigor maravilloso que nos permite entregarle a la sociedad productos que atienden a la verificación de datos y la invitación a construir conocimiento a través del método científico. Me siento orgulloso de aportarle al mundo esos descubrimientos que se ensamblan a investigaciones anteriores y que originan nuevas áreas de investigación porque considero que es uno de los mayores logros de la humanidad: sumar un bloque para ayudar a fortalecer la ciencia. Pero a veces es agradable imaginar qué pasaría si esa gran construcción se derrumbara o si se convirtiera en un gran monstruo que nos ataca y se come nuestras ilusiones. Y en la medida en que tengamos más datos y estén más sistematizados, tenemos más elementos para jugar con ellos y entrar en una onda experimental, trascendental y existencial. 

¿Qué le ha enseñado la historia —como disciplina— sobre la manera de contar historias?

Existe una distancia entre la investigación y la divulgación. No todos los científicos tienen la habilidad de comunicar sus descubrimientos y hacerlos atractivos al público en general, por lo que los divulgadores se insertan en ese espacio de vincular al gran público con el conocimiento más elaborado. Muchos de los mejores libros de ciencia son aburridísimos para la mayoría de personas, pero un texto que narre esa aventura del saber o un video que te atrape, logra que el interés general se vuelque sobre el tema. Creo que esa gran enseñanza la encontré en Carl Sagan, que en el libro de Cosmos nos cuenta que cuando la exploración espacial llegó a la Luna, la población se desanimó porque no había hombrecillos verdes. Eso implicó que la financiación de las misiones espaciales entró en peligro y fue necesario emprender una estrategia para recuperar el interés en la ciencia. La enseñanza, en ese sentido, es que la manera en que contamos historias puede animarnos a continuar con la búsqueda de conocimiento o sepultar la posibilidad del aprendizaje. Recuerdo con especial admiración a Indro Montanelli porque en su Historia de Grecia cuenta la mitología como si te encontraras con un parcero en un andén y la calle se hiciera infinita hasta cruzar el océano Atlántico y las palabras más sencillas estuvieran cargadas de todo el conocimiento del mundo. Contar una historia es un reto de equilibrista para que nadie pierda el interés cuando estás en medio de la cuerda a varios metros de altura porque se pierde todo el trabajo que realizaste para llegar allí.

Ha creado programas, revistas y espacios de investigación: ¿qué papel juega la escritura en la formación de nuevas generaciones de arquitectos y pensadores?

En muchas áreas del conocimiento la cultura escrita es marginal. En la mayoría de profesiones aprendemos leyendo, observando, escuchando y haciendo, por lo que nos centramos en productos que cumplen fines específicos por los cuales nos pagarán. Contratas un ingeniero para que te entregue unos cálculos, a un artista para que te haga una escultura y así con los contadores, médicos, veterinarios, odontólogos. La producción de textos en la mayoría de profesiones está ligada a la investigación y la reflexión sobre el papel de los profesionales en la sociedad. Esta labor solía ser restringida porque no teníamos maestrías ni doctorados que condujeran a los arquitectos a la producción de textos derivados de sus labores de investigación. Recientemente el número de posgrados en arquitectura ha crecido y con ello ha aumentado la producción escrita en el área. Surgen más revistas especializadas, indagamos más sobre la historia, las técnicas y las posibilidades de nuestra disciplina. Al tener más profesores investigadores, es probable que más estudiantes se unan a los semilleros de investigación y se animen a publicar los resultados de sus investigaciones. Eso también ha conducido a que la gran cultura de debate oral en arquitectura se vaya condensando en libros sistemáticos que profundizan sobre temas con mayor fluidez, superando un poco la tradición de los escritos breves de opiniones o criterios sobre edificios o proyectos urbanos, que carecían del rigor de la investigación. Existe un panorama que apenas estamos explorando y es la relación de la producción textual basada en el rigor científico y su apoyo en la inteligencia artificial. A mi juicio, es un camino que puede permitirnos avanzar muchísimo en el bloqueo textual que tiene nuestra disciplina desde la formación.

Sus múltiples reconocimientos dan cuenta de una trayectoria sólida: ¿los premios validan, orientan o distraen el ejercicio creativo?

Cada premio es una emoción enorme. Recibir un reconocimiento es un incentivo para seguir trabajando por la sociedad. Los premios validan parte de las labores que uno desarrolla porque permiten identificar el interés o la importancia que manifiestan algunas entidades por el trabajo que uno realiza. En algunos casos pueden orientarla, en el sentido de que te hacen dar cuenta de las posibilidades que existen si sigues esa ruta de trabajo por la que obtuviste el premio o porque a veces se reciben premios inesperados sobre actividades cuyo impacto social y profesional no habías considerado con suficiencia. En mi caso no son distractores porque no he ganado algún premio que me permita dedicarme al ocio absoluto, así que celebro, me tomo fotos con mi familia, mis amigos y al otro día sigo trabajando en lo que había dejado pendiente. Atesoro los reconocimientos que he recibido desde primaria y todos los días me acuerdan que hay que seguir entregando lo mejor a la sociedad.

¿Cuál ha sido el reconocimiento que más ha dialogado con su esencia como creador, y por qué?

El diálogo entre mis premios y yo ha sido gastronómico. En primaria recibí el premio al mejor lector y celebré con un cono de vainilla que me hizo saborear nuevamente cada palabra pronunciada. Las palabras se habían convertido en crema dulce. Cuando recibí la medalla Orden del Combeima, celebré con aguardiente Tapa Roja y lechona de mi región en honor al río Combeima que es el más famoso de Ibagué. Cuando recibí el Galardón a la Excelencia de la Agremiación Nacional de Facultad de Arquitectura, me atacaron unos chocolates artesanales con relleno personalizado en la 93 en Bogotá. El premio al Graduado destacado en Arte y Cultura lo saboreé con cerveza Póker en la tienda de doña Abelita, donde empeñábamos los carnets con mis compañeros de universidad. Para el Premio de Pintura de la Universidad de Ibagué, un novio de mi hermana había montado un bar al que le pusimos Sibaris en honor a la ciudad griega, famosa por su riqueza, lujo y vida desenfrenada. Ese día llevaba El Crepúsculo de los Ídolos de Nietzsche. Fui a un local de llamadas para invitar a una amiga y cuando me desperté, recordé que el embrujo de la noche se había llevado mi libro. Como solo se conseguía importado, gran parte del premio lo destiné a comprarlo, al envío internacional y a devolverlo a la biblioteca. No tuve que pagar el vino de esa noche porque era la contrapartida por haber pintado unas obras en el bar, así que el sabor del vino fue aterciopelado. Hay muchas más historias por cada premio, pero está bueno explorar algunos sabores.

En un mundo dominado por la inmediatez, ¿qué lugar cree que ocupa hoy la novela como forma de conocimiento profundo?

La publicación de novelas crece exponencialmente. Los medios digitales han permitido que las obras se difundan sin límites. Abundan los canales de booktubers y surgen escritores jóvenes muy buenos que con frecuencia desisten de su talento por la dificultad de vivir de la literatura. La mayoría de personas no encuentra tiempo entre su trabajo y su descanso para dedicarse a una obra literaria. Pero ese es un fenómeno histórico. Los libros siguen siendo un privilegio, antes por su precio, pero siempre porque requieren tiempo no remunerado y no necesariamente divertido. Y esa condición hace que el tiempo que destinamos a la lectura de una novela se convierta en un tesoro que nutre y transforma nuestras vidas. La novela tiene esa gran virtud de contener el mundo como un arte total, que nos permite explorar tanto la inteligencia como las pasiones y sumergirnos en ellas de una manera casi infinita. No existen aún otros lenguajes del arte que nos brinden la emoción de recorrer los intrincados caminos del universo como la novela. Así que por rápido que pase el mundo ante nuestros ojos y por fugaz que sean nuestras vidas, siempre habrá una novela que nos salve en la tempestad. 

¿Qué tipo de lectura recomienda a los jóvenes que desean formarse no solo como profesionales, sino como seres sensibles y críticos?

La filosofía es la mejor amiga que uno puede tener. Los aforismos de Heráclito, de Nietzsche o de Karl Krauss nos permiten días de reflexiones sobre una sola idea, mientras desmontamos lo que creíamos que éramos. Explicarse el mundo descarnado con Schopenhauer o Mircea Eliade es una experiencia fascinante y necesaria de impersonalización. Jugar a comprender el mundo como lenguaje con Wittgenstein o como matemáticas con Bertrand Russel o como juego de probabilidades con Laplace, rompe con cualquier día rutinario. Si uno quiere ser sensato, ahí está Epicuro para aconsejarlo, o Cicerón para darle argumentos, o Leibniz para convencerlo de que estamos en el mejor de los mundos posibles. Hasta en la negación existe conocimiento, si paseamos con Descartes o Xenón. Podemos ser menos abstractos y enfocarnos en la experiencia con Locke y Hume. Si tienes ideas de revolución conversa con Marx y Engels, si quieres administrar el poder con Maquiavelo, o las leyes con Montaigne y Montesquieu. Si la cosa se pone difícil ahí está Zuleta con el elogio a la dificultad o una charla con un nutrido combo de amigos con Platón. Si te inquieta la contemporaneidad puedes abordar a Byun-Xul Han, Zygmunt Bauman o Yuval Harari o decolonizarte con Dussel. Es una charla inagotable sobre todos los aspectos de la vida lo que la filosofía nos ha brindado.

¿Qué autores —de cualquier época o latitud— considera imprescindibles en la formación de un lector contemporáneo?

Considero que los caminos son personales. Existen listados de los autores más importantes, las novelas más importantes, los libros más importantes, las obras que debes leer antes de morir y están creados por grupos de grandes intelectuales que en grupo sopesan y juzgan estos factores. Quizás no haya imprescindibles sino favoritos. Por los que siento mayor afinidad son Nietzsche, Kafka, Borges, Dostoievski, Balsac, García Márquez, Homero, Joyce, Wihtman, Montaigne, Carlos Ruiz Zafón y Ken Follet.

En contraposición, ¿de qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes si desean cultivar un pensamiento sólido y una imaginación auténtica?

Me abstengo de ser un inquisidor literario. Quizás una obra que yo desprecie puede servir para que alguien construya un mundo maravilloso. No me gustan mucho los libros de autoayuda o crecimiento personal, pero son muy útiles para muchas personas, así que mejor no incorporo prejuicios al libre disfrute de la literaturidad.

¿Cree usted que ciertas lecturas pueden empobrecer el espíritu o limitar la capacidad crítica? ¿Cuáles y por qué?

Quizás todos aquellos libros dogmáticos de origen religioso o político suelen limitar la posibilidad de construir conocimiento. Puede que no sean los libros sino la activación que hacen de ellos los grupos humanos, por lo que no me agradan los manifiestos políticos ni los cánones religiosos. Prefiero los libros que nos permiten ser sensatos con nuestras virtudes y defectos, los que nos permiten soñar y comprender que constantemente nos equivocamos mientras creamos obras maravillosas. Me gusta ver una hermosa obra de Caravaggio y recordar que fue acusado de asesinato y que sus modelos eran prostitutas, desposeídos y con ellos creó los rostros de los santos. Ese tipo de suspensión del juicio y de contexto, me agradan mucho. Tampoco me agradan las biografías que exclusivamente enaltecen a una figura sin mostrar sus pasiones, deslices, desventuras, tragedias, porque realmente no fueron felices por siempre. Creo que la conciencia de la dificultad es importante para animarnos a continuar y no desfallecer, pero tampoco que gusta creer que si lo pides al universo te va a llegar por Amazon a la puerta. Claro, tampoco se puede negar la inteligencia de quienes realizan obras en diversos géneros, por más que sean segregadoras y criminales. Es demasiado compleja la humanidad para ser juzgada por sus obras. Aunque son sus obras las que nos permiten explorar su espíritu.