He disfrutado a plenitud dos exquisitos poemas de Angélica María Sierra Franco, que me llegaron por manos generosas del maestro José Luis Hereyra Collante. En ellos, la bella poeta explora la identidad heredada y la naturaleza, como si ambas fueran una sola respiración. Vincula a su padre, el entrañable amigo Julio Sierra Domínguez, con la libertad de los pájaros; y a su madre, Fanny Franco Albis, con la fragilidad de las mariposas. Su poesía conecta el corazón rural con la pérdida, el tiempo efímero y la memoria emocional de sus raíces.

El mérito de ‘Pájaros’ y ‘Mariposas’, los dos poemas aludidos, reside en su capacidad para transformar el vínculo filial y el duelo en una experiencia mística y naturalista, utilizando metáforas que desdibujan la frontera entre lo humano y el ecosistema. No se trata solo de evocación: es una forma de resurrección simbólica.
Disfruté, además, de una lectura de poemas dedicados a la memoria de su padre, Julio Sierra Domínguez, durante el Encuentro de Escritores de Sucre, celebrado en el Teatro Municipal de Sincelejo, en 2025. Allí, su voz no tembló: sostuvo el aire en su bella voz como quien sostiene una lámpara encendida en medio del viento.
También leí —esta vez enviado por la propia Angélica— su laureado poemario Simulador de especies, una obra que explora la melancolía y el cautiverio animal. A través de un recorrido por un zoológico simbólico, la autora vincula la fauna con la condición humana, el miedo y la pérdida de la libertad en la sociedad contemporánea.
El libro está conformado por 43 poemas o piezas numeradas, organizadas secuencialmente desde la ‘Entrada al zoológico’ hasta la ‘Salida’, en un tránsito casi litúrgico. Consta de 79 páginas de contenido principal.
La escritura de Sierra Franco es reflexiva, estructural y profundamente metafórica. Su formación como arquitecta se filtra en la composición: cada poema parece diseñado con planos invisibles. Su pluma construye un simulador en el cual el cautiverio animal sirve para hablar de las derrotas, los miedos y las melancolías humanas.
Transita entre lo científico-descriptivo —datos de especies, definiciones etimológicas, referencias anatómicas— y lo introspectivo. La zoofobia o el miedo irracional se convierte en herramienta para explorar la memoria familiar y la identidad. Los animales —del tigre al insecto palo— dejan de ser exhibiciones para transformarse en dioses o fantasmas que habitan las grietas de la piel y del lenguaje. Es, en síntesis, una arquitectura de la palabra que disecciona la realidad para encontrar belleza y dolor en lo doméstico y lo salvaje.
Nacida el 20 de noviembre de 1987 en Sincelejo, de raigambre compartida entre Córdoba y Sucre, es hija de Fanny Franco Albis y Julio Agatón Sierra Domínguez, ambos fallecidos. Arquitecta de la Corporación Universitaria del Caribe—CECAR, es especialista en Gerencia Ambiental y Gestión de Procesos Urbanos Sustentables (CECAR), magíster en Hábitat de la Universidad Nacional de Colombia y actualmente cursa estudios de doctorado en Estudios Urbanos y Territoriales.
Su producción académica se centra en artículos científicos sobre investigación arquitectónica y es coautora de varios libros académicos sobre el hábitat Caribe.
En el campo de la creación literaria ha publicado:
- La danza entre los árboles (2020, Editorial CECAR).
- Fragmentos de luz (2021, Editorial APIDAMA).
- El tiempo de la araña (2021, Editorial CECAR).
- Simulador de especies o prontuario natural de melancolías y aberraciones (2022), obra ganadora del Portafolio de Estímulos del Fondo Mixto de Cultura de Sucre.
En 2022 obtuvo el reconocimiento del Fondo Mixto de Cultura de Sucre por Simulador de especies, consolidando su presencia en el panorama poético regional. Ha participado en festivales nacionales e internacionales de poesía, y sus textos han sido publicados en revistas digitales, blogs y antologías de poesía colombiana contemporánea.
Actualmente, se desempeña como docente universitaria en el programa de Arquitectura de CECAR. Ahí orienta asignaturas de Diseño y Metodología. Vive en su natal Sahagún, desde donde dirige la Biblioteca Comunitaria Juana Domínguez, proyecto cultural que honra la memoria familiar y promueve la lectura en su terruño.
Angélica Sierra Franco no escribe desde la torre de marfil: escribe desde la raíz. Su poesía es un puente entre la casa paterna y el bosque, entre la arquitectura y la savia, entre la ciencia y el temblor. Y en ese puente, lector, también nosotros cruzamos.
A continuación, la entrevista reveladora con Angélica Sierra Franco, para comprender cómo se levanta, verso a verso, esta arquitectura íntima de la memoria y la naturaleza:
En tus poemas la naturaleza no es un paisaje, sino una extensión de la memoria. ¿Cuándo comprendiste que el mundo natural podía ser también un lenguaje poético?
Comprendí que el mundo natural podía ser también un lenguaje poético cuando dejé de mirarlo como paisaje y empecé a sentirme dentro de su respiración. Fue el instante en que entendí que no era el centro, sino apenas un nudo sensible en la vasta trama de la vida. Entonces supe que todas las cosas son criaturas, que yo no me ocupo de mí más de lo que los pájaros se ocupan del vuelo o los árboles del viento. Cada ser sostiene el mundo a su manera. Nacer en el Caribe, cerca de los Montes de María, me enseñó esa lengua sin gramática escrita. Allí la montaña parece inclinarse hacia el mar como si lo buscara, los árboles hacen las veces de cielo y bajo su sombra conviven los seres visibles y las presencias sutiles que nos rodean. En ese territorio, la existencia no se declara con palabras, sino con brotes, mareas, cantos y silencios. Por eso comprendí que el amor no puede nombrarse sin todo aquello que nos atraviesa: la humedad del aire, la memoria de la tierra, el rumor de lo invisible que se levanta para afirmar que estamos vivos y que pertenecemos. Porque cuando el mundo natural habla, no describe: nos incluye.
Pájaros y Mariposas son poemas atravesados por la figura de tus padres. ¿Cómo nació la necesidad de escribir desde ese vínculo filial?
La necesidad de escribir desde ese vínculo filial nació del deseo íntimo de no perderlos en el silencio. Supongo que intento mantenerlos cerca a través de los seres que los representan: así, cuando un pájaro cruza el cielo —sea cual sea y esté donde esté— siento que mi padre vuelve a visitarme; del mismo modo, cada mariposa trae la delicadeza y la persistencia de mi madre. En esa correspondencia viva, la ausencia deja de ser vacío y se transforma en presencia diseminada. Ellos ya no habitan una casa ni un cuerpo preciso: se han diluido en la respiración del mundo, en la luz que irrumpe sobre las hojas, en el temblor leve de las alas. Escribir sobre mis padres es una forma de duelar, sí, pero también de celebrar. La escritura me permite reconocer que no se han ido del todo: se han expandido. Y en esa expansión, el amor encuentra nuevas formas de quedarse.
En ‘Pájaros’, tu padre aparece asociado a la libertad y al vuelo. ¿Qué rasgos de Julio Sierra Domínguez quisiste preservar simbólicamente en ese poema?
Quise preservar, justamente, esa libertad esencial que lo habitaba. Padre fue —y sigue siendo— un hombre libre: me enseñó a darme, a entregarme entera y sin reservas, a vivir sin mezquindad frente al mundo. Su libertad no era huida ni distancia, sino una forma profunda de pertenecer: amar su aldea, pronunciar palabras para sostener el mundo y sembrar memoria allí donde el olvido acecha. Así ejerció su libertad: ofreciendo. Entregó una biblioteca a su pueblo para que el conocimiento permaneciera encendido; entregó su voz para nombrar lo común; entregó su vida a la certeza de que ser libre es darse. Esa es la libertad que el poema intenta resguardar: la libertad de ser uno mismo y, al mismo tiempo, entregarse al mundo para que el mundo sea. En el vuelo del pájaro permanece ese gesto: un movimiento que no se guarda nada, que atraviesa el cielo dejando abierta la posibilidad de existir con plenitud.
¿De qué manera el recuerdo de tu padre sigue influyendo hoy en tu escritura y en tu forma de habitar el mundo?
Creo que mi escritura resguarda la heredad de una vida poética, que fue la vida misma en la que crecí. No se trata solo del poema como objeto escrito, sino de la existencia contándose y cantándose a sí misma: una manera de estar en el mundo con levedad y, a veces, con una profundidad que duele. Esa fue la enseñanza primera. La presencia de mi padre no es una evocación distante; es una respiración que acompaña. Está en los recorridos por la casa, en los libros que aún sostienen la biblioteca, en los ojos de mi hijo menor y en ciertas posturas de su cuerpo que repiten, sin saberlo, un gesto antiguo. Está en mi forma de mirar: en esa atención que intenta no pasar por encima de las cosas, sino demorarse en ellas. Me enseñó una manera de ver y habitar el mundo que a veces es luminosa y otras veces exigente, porque implica compromiso, entrega y sensibilidad abierta. No siempre es un camino fácil, pero es el que voy andando. Padre no es todavía un recuerdo, es una presencia expandida. Sigue habitándonos. Y en esa permanencia, mi escritura encuentra su pulso.
En ‘Mariposas’, la figura materna se vincula con lo efímero y lo frágil. ¿Cómo fue el proceso emocional de escribir ese poema?
El proceso emocional fue menos una escritura que una escucha. A veces siento que mi madre me dictó el poema mucho antes de que yo lo pusiera en palabras. Ella solía decirme que, cuando viera una mariposa, era ella acompañándome. Con el tiempo, esa frase dejó de ser consuelo y se volvió declaración de presencia. Siempre hay mariposas en mis momentos más intensos —luminosos o difíciles— y cuando aparecen no las tomo como metáfora, sino como señal. Entonces puedo sentir, sin esfuerzo, que es ella: leve, cercana, vibrando en ese aleteo mínimo que, sin embargo, transforma el aire. Escribir ‘Mariposas’ fue aceptar esa forma sutil de permanencia. Mi madre era una mujer hermosa, de labios rojos, amorosa y alegre; tenía algo profundamente colorido en su manera de estar. Volaba sin tener alas: era leve, capaz de dejarse sostener por el viento sin perder su centro. Así la recuerdo, pero más aún: así la sigo viviendo. El poema fue mi manera de darle cuerpo a esa fragilidad que no se rompe, a esa fugacidad que no desaparece. Porque en lo efímero también habita lo eterno, y en cada mariposa que me cruza, ella vuelve a posarse.
¿Sientes que escribir sobre tus padres fue una forma de duelo, de homenaje o de permanencia?
Siento que es todo a la vez: duelo, homenaje y permanencia. La escritura abre un espacio donde la ausencia puede ser habitada sin desgarrarse del todo, donde el dolor encuentra una forma respirable y el amor continúa pronunciándose. Escribir sobre mis padres es una manera de estar en ellos y de permitir que ellos estén en mí. En cada verso se reanuda el vínculo: duelo, porque nombro lo que duele; homenaje, porque celebro lo que fueron; permanencia, porque al decirlos vuelven a existir en la materia viva de la palabra. Escribir no cierra la pérdida, la transforma en un lugar donde el amor continúa viviendo.
Tu poesía parece borrar los límites entre lo humano y el ecosistema. ¿Es una decisión estética consciente o una forma natural de tu mirada?
Es, ante todo, una forma natural de mirar el mundo. No concibo lo humano separado del tejido vivo que lo sostiene. Sin embargo, también es una sensibilidad afinada por mi formación y por lo que he estudiado: las formas de habitar multiespecie y la manera en que los territorios se configuran a partir de acciones compartidas entre seres humanos y no humanos. Hemos sido educados bajo una mirada hegemónica antropocentrista, pero la existencia misma desmiente esa separación: solo es posible desde una conciencia expandida y relacional. Eso intento que se refleje en mi poesía. Escribir así es también un recordatorio íntimo: volver a la pertenencia en medio de un mundo acelerado, anónimo e individual, y recordar que vivir es estar en relación con otros, que soy porque otros son y entonces SOMOS.
El corazón rural atraviesa muchos de tus textos. ¿Qué permanece de ese origen en tu escritura, incluso cuando abordas temas universales?
Antes no podía verlo con claridad, pero hoy lo digo con certeza “tengo un corazón de pueblo”. Mi sensibilidad nació y se formó en la ruralidad del Caribe, donde la naturaleza no es paisaje lejano sino contexto inmediato, donde las casas parecen hechas de bosque y las personas se nombran con palabras de hermandad. Ese origen permanece en mi escritura como una cadencia, una ética y una forma de mirar. Incluso cuando abordo temas universales, la voz que escribe proviene de ese territorio: del silencio compartido, del tiempo sin prisa, de la cercanía entre los cuerpos y la tierra. También es parte de mi defensa académica y vital, reconocer los saberes de estos territorios profundos, sus formas de ser y de habitar, y afirmar que allí existen modos de mundo que no son residuales, sino esenciales. En ese pulso rural, mi escritura encuentra raíz y horizonte.
¿Cómo interactúan —o se tensionan— tu formación académica en arquitectura y estudios urbanos con tu voz poética?
Creo —y lo he dicho muchas veces— que hablar de arquitectura y poesía es hablar, en esencia, de lo mismo. Un edificio no es más que una escritura humana en el espacio-tiempo, una palabra levantada con materia, cuyo propósito último es sostener la vida. Este descubrimiento se hizo claro durante mi formación en la maestría en Hábitat, cuando leí La poética del espacio de Gaston Bachelard. Allí comprendí que el lenguaje poético podía explicar las formas de construir el mundo, de moldear el espacio y de habitarlo. Desde entonces, mi voz poética y mi formación arquitectónica no se tensionan: dialogan. Ambas buscan nombrar el lugar donde la vida ocurre y preguntarse cómo hacerlo más habitable, más humano y más sensible.
¿Crees que tu sensibilidad por el hábitat y el espacio vivido ha influido en la manera como construyes imágenes poéticas?
Seguramente sí. En el fondo, mi escritura vuelve una y otra vez sobre las formas de habitar. Sin embargo, esa voz casi nunca es solo mía: suele pertenecer a otros seres, a otras presencias que ocupan el mundo, mientras yo intento percibir sus pausas, sus silencios y sus formas de quietud.
Me interesa ese instante en que la vida se detiene lo suficiente para revelar cómo se está en un lugar. La imagen poética aparece allí, en esa atención al gesto mínimo de habitar.
Eso ocurrió con mi libro sobre los animales: intenté que fueran ellos quienes hablaran, que pudieran expresar lo que significa habitar un zoológico. Más que describirlos, quise escuchar su confinamiento, su ritmo alterado, su manera de existir dentro de un espacio impuesto. En esa escucha, el poema encuentra su forma.
Tus libros La danza entre los árboles, Fragmentos de luz y El tiempo de la araña parecen formar un trayecto. ¿Cómo lees hoy esa evolución de tu obra?
Sí, los leo como un trayecto: un camino hacia mí, hacia el reconocimiento de mi propia voz. Cada libro buscaba decir algo urgente, nombrar una intuición distinta, pero hoy, al mirar atrás, siento que en muchos de esos poemas aún estaba atravesada por otras voces —por mis lecturas, por mis maestros, por la presencia de mi padre— como si escribiera acompañada. En La danza entre los árboles y Fragmentos de luz percibo una búsqueda, una sensibilidad que tantea su propio tono. En El tiempo de la araña, en cambio, empiezo a encontrarme con mayor claridad: la voz se asume, se sostiene, teje con más conciencia su propio hilo. Me gusta mirar ese proceso sin prisa. Me gusta el camino. Me gusta ir andando y reconocer que la escritura, como la vida, es una forma lenta y hermosa de ir siendo.
En Simulador de especies o prontuario natural de melancolías y aberraciones, hay una mirada más experimental. ¿Qué te permitió explorar ese libro que antes no habías abordado?
En Simulador de especies o prontuario natural de melancolías y aberraciones me permití algo que antes no había hecho: escribir sin contención, casi de corrido, después de un largo silencio. Era como si las palabras estuvieran agolpadas detrás de una puerta y, al abrirla, salieran todas juntas. Quise escribir como pienso: a veces de manera reiterativa, a veces en desorden, a veces apagando y encendiendo la conciencia. También me autoricé a unir sin pudor mi vocación investigativa con la poesía. Leí ciencia, me adentré en el universo del reino animal, exploré conceptos y datos como quien explora territorios vivos. El libro es, en ese sentido, una forma de producción sensible del conocimiento. Más que buscar metáforas refinadas, quise poner en palabras realidades vitales. Porque la vida misma es una gran metáfora: coexistimos, nos transformamos, somos otras cosas todo el tiempo. Ese libro me permitió asumir esa mutación sin miedo y escribir desde allí.
Has participado en festivales nacionales e internacionales de poesía. ¿Qué ha significado para ti compartir tu obra en espacios de lectura pública?
Compartir mi obra en espacios de lectura pública ha sido una forma vital de relación y de pertenencia. Escuchar a mis hermanas poetas, a otros poetas, y también escucharme a mí misma en voz alta, crea una comunidad sensible donde la palabra deja de ser íntima y se vuelve respiración compartida. Leer poesía es mi pasión más intensa, a veces la susurro, a veces la grito —descalza, sin resguardos— y en ese gesto encuentro una plenitud difícil de nombrar. No lo digo desde el ego, sino desde la entrega, es mi manera de darme y de dejar que la palabra circule entre los cuerpos.
¿Cómo fue para ti leer poemas dedicados a tu padre en el Encuentro de Escritores de Sucre, en Sincelejo, en 2025?
Leer Pájaros en el Encuentro de Escritores de Sucre, en Sincelejo, fue más que una lectura, fue un acto necesario. Nombrarlo en voz alta es afirmar que él sigue viviendo en su propio vuelo, en el vuelo de sus palabras y en el mío. Leer ese poema siempre me conmueve, pero también se siente como una responsabilidad, casi un mandato íntimo. Es la forma de sostener su presencia ante los otros, de decir que su libertad y su memoria continúan moviéndose en el aire.
Tus textos apelan a una lectura atenta y sensible. ¿Qué le pides, como poeta, al lector que se acerca por primera vez a tu obra?
No siento que pueda —ni quiera— pedir demasiado. Tal vez solo una cosa: que se detenga. Si pudiera pedir algo, sería esa pausa: que el lector entre sin armaduras, dispuesto a escuchar. Porque la poesía, al final, no exige; apenas susurra y espera que alguien se quede un momento más.
¿Qué autores o tradiciones poéticas han sido fundamentales en tu formación como escritora?
Mis lecturas han ido trazando mis propios trayectos poéticos. Hubo un tiempo en que la mística de Rumi me acompañó; después llegaron la intimidad radical de Emily Dickinson y la lucidez irónica de Wisława Szymborska, cuya mirada me habitó durante años. También me han sostenido las voces del Caribe, como Meira Delmar, Jorge García Usta, Patricia Iriarte y Miguel Iriarte, que me enseñaron una sensibilidad arraigada al territorio y a la memoria. Más tarde, dialogué con poéticas contemporáneas como las de Tania Ganitsky, María Gómez Lara, Piedad Bonnett, Chantal Maillard, Raúl Zurita y Herman Pardo, entre otras. Podría decir, sin exagerar, que soy también el eco de esas voces: leo para escuchar, escribo para continuar la conversación. Soy porque ellos fueron.
¿Qué tipo de lecturas y qué autores recomiendas a los jóvenes que se inician en el oficio de escribir?
Recomiendo, antes que autores, una actitud: leer con asombro y sin prisa. Leer poesía, sí, pero también filosofía, ciencia, narrativa, diarios, cartas. La escritura se alimenta de mundo. A quienes inician les sugeriría dialogar con voces diversas y exigentes: la hondura espiritual de Rumi y Safo, la intimidad radical de Emily Dickinson, la claridad conmovedora de Piedad Bonnett. También volver la mirada al propio territorio y leer a quienes han nombrado esa geografía sensible, por lo que, recomiendo a Carmen Alicia Pérez, José Ramón Mercado, Julio Sierra Domínguez, entre otros poetas de nuestros patios. Pero, sobre todo, les diría que no lean para imitar, sino para afinar el oído. Que permitan que las lecturas los transformen, los incomoden y los expandan. Escribir no es repetir una voz admirada: es descubrir la propia, a la luz —y a veces a la sombra— de quienes ya han abierto camino.
¿De qué tipo de lecturas consideras que deberían huir los jóvenes y por qué?
No creo que los jóvenes deban ‘huir’ de lecturas específicas, pero sí aprender a reconocer aquellas que empobrecen la sensibilidad o adormecen el pensamiento. Conviene desconfiar de textos que simplifican la experiencia humana, que repiten fórmulas sin riesgo, que ofrecen emociones prefabricadas o certezas cerradas donde no cabe la pregunta. También es útil tomar distancia de lo que se consume con prisa y se olvida con la misma rapidez: la escritura necesita hondura, contradicción y silencio, no solo estímulos inmediatos. Las lecturas que no incomodan, que no abren grietas ni ensanchan la mirada, difícilmente ayudan a crecer.
Además de la poesía, ¿hay otros géneros literarios o artísticos que te interese explorar en el futuro?
A veces me digo —y lo digo en serio, aunque sonría— que algún día compondré canciones. Mi padre también lo hacía, y quizá esa música quedó rondando en la sangre. Yo misma invento melodías para dormir a mis hijos: pequeñas canciones que nacen sin pretensión, como si la poesía necesitara volverse ritmo y arrullo.
Desde Sahagún y la Biblioteca Comunitaria Juana Domínguez, ¿cómo concibes hoy el papel de la poesía en la vida comunitaria y en la memoria colectiva?
Desde Sahagún y la Biblioteca comunitaria Juana Domínguez concibo la poesía como algo vital. En un mundo que parece avanzar hacia la insensibilidad y donde hemos extraviado el centro del amor, la poesía irrumpe como un grito que despierta, pero también como una liana que permite sostenerse ante la inminencia de la caída. En la vida comunitaria, la poesía teje vínculos, nombra lo que somos, resguarda la memoria y devuelve dignidad a las historias pequeñas que no siempre entran en los relatos oficiales. Es una forma de recordar juntos y de no permitir que el olvido arrase con lo que nos constituye. Para mí, ha sido refugio y resistencia; para la comunidad, puede ser un espacio de encuentro donde la palabra vuelve a tener cuerpo, afecto y raíz.
