miércoles, mayo 13, 2026 1:20 pm

Casa BarranquillaAntesala de los 20 años del Carnaval de las Artes con tres maestros y una noche para agradecer

Antesala de los 20 años del Carnaval de las Artes con tres maestros y una noche para agradecer

por Redacción: Noticias Coopercom

Decir enriquecedor, envolvente, maravilloso, emocionante, apoteósico, inolvidable resulta insuficiente. Las palabras, que suelen acudir presurosas cuando el asombro aprieta, esta vez se quedaron cortas, jadeantes, incapaces de nombrar del todo lo vivido. Hay noches que desbordan el diccionario y obligan a escribir desde otro sitio: desde el temblor.

La velada conmemorativa de la vigésima edición del Carnaval Internacional de las Artes fue una de esas noches que no se explican: se sienten. Pensando en Carnaval. Homenaje a Tres Maestros de Goce Tropical no fue un evento, fue un pulso compartido, una respiración colectiva donde la música y la palabra se reconocieron como viejas aliadas y se abrazaron sin pedir permiso.

Mi gratitud y admiración para María José Vengoechea, directora del Carnaval de las Artes, por su inteligencia sensible, su capacidad de invención y esa terquedad luminosa que hace posible lo improbable. A su lado, Marta y Maira, cómplices esenciales, guardianas del detalle y del afecto, pilares silenciosos pero decisivos de una fiesta que se sostiene gracias al trabajo incansable, la lealtad y el amor por la cultura. Sin ellas, esta noche no habría latido.

El restaurante La Cueva, epicentro de tantas conspiraciones culturales, se vio colmado hasta el último rincón. No cabía un cuerpo más, pero sí cabía el entusiasmo. Había en el aire una expectativa antigua, como si todos supiéramos —sin decirlo— que algo irrepetible estaba a punto de suceder.

En el centro, como un fogón encendido, el conversatorio. Allí me senté con tres nombres que no necesitan presentación porque son historia viva del Caribe musical: Aníbal Velásquez, Dolcey Gutiérrez y Juan Piña. Tres maestros. Tres formas de decir el país a ritmo de acordeón, bajo y vocalización.

No eran solo músicos. Eran memoria. Eran barrio, eran fiesta, eran raíz viva. Cada uno, desde su timbre y su trayecto, ha puesto sonido a la alegría popular y ha sabido traducir en canción eso que somos cuando bailamos para no olvidar.

El diálogo fluyó sin artificios. Hubo risas, anécdotas, silencios densos de sentido. El público escuchaba con atención reverente, consciente de estar ante una lección que no se aprende en manuales ni en aulas, sino en la experiencia vivida.

Se habló de la vida. De las historias mínimas y decisivas de tres artistas que han hecho del sonido una biografía. De cómo nacieron algunas de sus canciones más emblemáticas, entre la casualidad, el oficio y la intuición, y de los caminos personales que los llevaron a convertir experiencias cotidianas en himnos populares. Cada anécdota fue una lección íntima, una confesión compartida.

Cada intervención arrancaba aplausos sinceros, de esos que no se piden ni se ensayan. Aplausos que nacen cuando el reconocimiento es genuino y la gratitud mutua.

La noche avanzaba y La Cueva parecía latir. Las paredes, acostumbradas al humo de la bohemia y a la palabra libre, parecían escuchar también. Había una energía especial, una comunión rara entre quienes hablaban y quienes escuchaban.

Entonces llegó ese momento que no estaba en el guion, pero sí en el destino. Al final del conversatorio, Aníbal Velásquez, Dolcey Gutiérrez y Juan Piña tomaron los instrumentos y regalaron tres canciones.

No fue un cierre: fue una consagración. La música brotó como brotan las cosas verdaderas, sin estridencia, pero con una fuerza que sacude. Cantaron como quien agradece, como quien recuerda, como quien sabe que está dejando huella.

Para mí, fue profundamente emotivo. No solo por lo que son ellos, sino por lo que significan en mi propia historia con el Carnaval de las Artes. Verlos allí, juntos, celebrados, fue una forma de cerrar y abrir ciclos al mismo tiempo.

He sido testigo y partícipe activo del Carnaval de las Artes desde su inicio, en 2007. Aquel primer impulso, aquel sueño compartido que nació bajo la guía luminosa del inolvidable Heriberto Fiorillo.

Recuerdo con claridad esos días fundacionales, cuando el Teatro Amira de la Rosa era la sede natural y el entusiasmo suplía cualquier carencia. Éramos muchos, éramos distintos, éramos necesarios.

Allí estaban Fiori, su compañera de vida Claudia Muñoz, Miguel Iriarte, Efraim Medina Reyes, Lina Robles, Diana Acosta, Linda Roa, Antonio Celia, Tony Celia, David Lara Ramos y tantos otros nombres que hicieron posible la utopía.

No sabíamos entonces que estábamos construyendo una tradición. Solo sabíamos que había que hacerlo. Que el arte merecía su carnaval, su espacio de pensamiento, su fiesta reflexiva.

Por eso esta vigésima edición no fue solo un aniversario. Fue una confirmación. La certeza de que sembrar cultura también da frutos, aunque tome tiempo, aunque exija paciencia y terquedad.

La noche del 5 de febrero de 2026 quedó marcada. No por la fecha en sí, sino por lo que encarnó. Fue una noche de gratitud, de asombro, de esas que siguen palpitando cuando ya se han apagado las luces.

Gracias, Fundación La Cueva, por sostener el fuego. Gracias María José, Marta, Maira y todo el equipo por abrir de nuevo la casa a la fiesta del espíritu.

Gracias a los maestros por su generosidad, por su música, por su ejemplo. Gracias al público por estar, por escuchar, por responder al llamado del arte.

Y gracias a Dios, desde la raíz y la emoción, por acompañar este camino donde la palabra y la música siguen encontrándose.

Hay noches que no se cuentan. Se agradecen.
Esta fue una de ellas.
Para enmarcar.

Por : Fausto Perez Villarreal – Especial para Noticias Coopercom