El cerebro humano evolucionó de tal forma que responde favorablemente al sabor dulce. Eso funcionaba bien para los antepasados cazadores y recolectores, que tenían temporadas de hambrunas y necesitaban reservas energéticas en el cuerpo. Hoy sabemos que las gaseosas y demás bebidas azucaradas no son la opción más saludable, pero hacen que el cerebro se ponga feliz, liberando dopamina, y haciendo desear un poco más de azúcar.
El problema reside en las “calorías vacías”, azúcares que no van acompañados de ningún nutriente. Esas calorías, se suman a las otras que se consumen en los demás alimentos, lo que hace que al beber una gaseosa de forma habitual, haya un exceso de calorías que el cuerpo almacena como grasa.
El desbalance de las calorías consumidas y las que se utilizan diariamente es el camino al sobrepeso.
Además, el esmalte de los dientes está formado de hidroxiapatita, un compuesto de calcio que se disuelve en ácidos, así que si se debilita el esmalte, es más fácil que ataquen las bacterias que causan las caries.
La acidez de las gaseosas se debe a que contienen ácido cítrico y ácido fosfórico que acentúan el sabor característico de las gaseosas, pero contribuyen a la acidez, lo que más promueve la caries.
Edición: Gustavo Enrique Bossio Jiménez
Foto: dentistainfantilbilbao.es
