A raíz de los hechos violentos ocurridos en los últimos días en varios estadios de Colombia, protagonizados por los integrantes de las denominadas “barras bravas”, el investigador William Ricardo Zambrano, de la Universidad Sergio Arboleda, nos comparte una parte de su trabajo Tras las barras bravas, que explica los orígenes de este fenómeno y su llegada a Suramérica y a Colombia.
Por la mente de Edward Hooligan, según los historiadores, jamás pasó la idea de que su comportamiento fuera el punto de partida de las barras bravas, que a través de individuos vestidos de manera estrafalaria, con cortes salidos de la realidad, calzados con botas militares y pintados hasta el cuello, se convirtieran hace 65 años en sinónimo de terror, pánico y miedo dentro y fuera de los estadios de fútbol. Edward Hooligan era un personaje del sudeste londinense, que por allá en 1877 se caracterizó por ser un borrachín, perezoso, poco amante del trabajo y protagonista de las escasas peleas que existían en la capital inglesa.
A diferencia de lo que se vive casi siempre los domingos en el mundo, Edward armaba los enfrentamientos con todo el que se oponía a su exagerada forma de consumir cerveza los sábados, ya que el resto de la semana lo dedicaba al completo ocio. Le gustaba tomar en cantidades para ser un alcohólico consuetudinario y se agarraba a puños donde fuera para ser un peleador agresivo. Sus escándalos impresionaron tanto a la sociedad londinense que a partir de Edward, todo aquel que protagonizará hechos violentos y actuara en contra de las normas sería llamado “hooligan”, término acuñado después como barra brava.
Fueron las diferencias sociales producidas por la industrialización y el imponente capitalismo, las causantes de que en Inglaterra un sinnúmero de grupos juveniles comenzaran a imitar a Edward, generando el desorden y el caos social en nombre del naciente movimiento conocido como el Ultranacionalismo.
El mal ejemplo que copiaron los ultras de Edward y que se extendió rápidamente por Alemania, Italia, Holanda, Turquía y Argentina, se hizo oficial en el Mundial de 1966. Durante este torneo los grupos conformados por hippies, rockers, teddy-boys, rude boys, hell-angels y hard-mods empezaron a transformar los estadios de fútbol en campos de batalla.
Tras cuatro décadas de muerte las barras en Inglaterra no se hicieron bautizar con nombres especiales (excepto algunas como Eurofightur’ 97, del alemán Shalke 04), ya que el término hooligans fue genérico y sirvió para señalar a la mayoría de revoltosos en el fútbol europeo, aunque en cada país tienen una caracterización especial.

La variedad de influencias les dio vía libre a los skins, que entre 1966 y 1971 cobraron los primeros muertos en Inglaterra por las peleas generadas en los estadios. A partir de esta época, el caos comenzó a ser la nota predominante en el balompié inglés y en los estadios donde jugaran la selección y los equipos británicos. En los Mundiales de Fútbol, la Eurocopa, la Liga de Campeones y la Unión Europea de Fútbol Asociado (UEFA), los hooligans estamparon su firma con el sello del vandalismo.
Los cabeza rapadas y “buscapleitos”, como llaman a los hinchas ingleses en Europa, generó la conformación de grupos seguidores de Liverpool, Tottenham, Leeds y Manchester United, que dirigían sus acciones especialmente contra simpatizantes de equipos extranjeros con tendencias xenófobas, que convertían la alegría en terror.
Los hooligans se extendieron por toda Europa, formando varios colectivos juveniles que enfocaron sus acciones en el fútbol, la música y la cerveza. Con el paso del tiempo los grupos de adolescentes rapados en ciudades como Liverpool y Londres fueron tomando mayor auge; la situación se tornaba peor, a medida que estos jóvenes recibían apoyo económico y político de organizaciones ultraderechistas, como el National Front, el cual perseguía apoyo para futuras elecciones y el despertar de un sentimiento nacionalista.
En 1966, durante el Mundial de Inglaterra, se presentan oficialmente en sociedad los grupos ultra organizados como barras, denominados hooligan por la sociedad inglesa. A partir de ese momento nacieron los hooligans en el fútbol y con ellos la violencia en los estadios. Trascendió fronteras cuando estos jóvenes empezaron a acompañar a la selección inglesa y a protagonizar actos vandálicos. Posteriormente surgieron los revoltosos alemanes, daneses y holandeses. Los primeros, los panzers, se caracterizaron por romper las vitrinas de los estadios; los segundos, por agredir a los jugadores del bando opuesto, y los terceros los ruligans, por maltratar a las barras contrarias.
El inconformismo social, la negación de los asuntos políticos, raciales y la ideología neonazi se expandieron por toda Europa, especialmente por los países donde el fútbol era la razón de ser para los ciudadanos. Luego se crearon grupos similares: en Italia aparecieron los Tifosis, con su ideología de extrema derecha y de racismo (odian a los “sudacas” -suramericanos-, africanos y tunecinos). Lo mismo sucedió en Dinamarca con los ruligans y en Francia con los supporters. Posteriormente, el “hooliganismo” llegó a Holanda, Bélgica y España.
En España el fenómeno comenzó con los ultranacionalistas catalanes y vascos, sumados a los neofascistas, que llegaron a sumar más de 25 mil revoltosos que sembraron el pánico en la península ibérica. El rechazo social y las campañas gubernamentales diezmaron los grupos y la tranquilidad volvió al balompié español (Jorge Valdano, 2002, p.16), quien sintió la presión de los ultras en España, asegura que: “un club de fútbol es, a la vez, una excusa para sentirse juntos y una posibilidad de emitir un mensaje a través de los símbolos, pero dichos mensajes se estaban convirtiendo en violencia, alejando cada vez más al aficionado de los estadios”.
El fenómeno también se extendió a Rusia, Austria, Hungría, Albania, Turquía, Polonia y Grecia con la misma vehemencia de apoyar a sus selecciones y equipos. El auge creado por los hooligans con su particular cultura: “fútbol, cerveza y violencia” se tomó los países del viejo continente.

En América, la pasión que el balompié despertó, sumada a la problemática social y política que en algunos países ha creado inconformismo y hasta violencia, generó la conformación de colectivos de jóvenes que vivían el fútbol como lo más radical, agresivo y expresivo, no adoptaron el nombre de hooligans, sino de “barras bravas”.
Eran grupos de aficionados que apoyaban en todo momento al equipo, brincaban y cantaban detrás de las porterías y protagonizaban actos vandálicos dentro y fuera de los estadios, formándose así numerosas agrupaciones de casi todos los equipos de primera, segunda y hasta tercera división: “Estos colectivos con su comportamiento alejaban del estadio permanentemente a los aficionados, perjudicando a los conjuntos económicamente; sin embargo, los clubes en lugar de prohibirles el ingreso a los escenarios, los aceptaban como apoyo” (Parrilli, 2008, p.76).
Los hooligans significaron el origen, el arranque de las barras bravas, en muchos casos organizadas y financiadas por dirigentes. El fenómeno se extendió a México con las barras “Adicción Rayada” del Monterrey, “Los Tikos” del Morelia, “Los Libres” y “Lokos” de Tigres, que pregonaban su movimiento racista y xenófobo por los estadios aztecas, desde Centroamérica hasta Suramérica.
Los jóvenes gauchos con su formación de vida europea pronto fueron seducidos por ese “prototipo de afición europea y centroamericana”. A mediados del siglo XX en Argentina las barras bravas se configuraron como forma de expresión para apoyar a los equipos de Racing, Independiente, Chacarita y Boca Juniors.
En los inicios de los 60s aparecen las primeras barras fuertes organizadas y pagadas que profesaban la religión del resultado y que todo medio sería válido para lograrlo. Eran grupos que se dedicaban a alentar con canciones y estribillos a sus equipos, integrados por muchachos dispuestos a jugar un partido en las tribunas. Pero, comenzaron a hacer de las suyas en los estadios argentinos, “apoyados muchas veces por los dirigentes deportivos con el objetivo de conseguir votos” (Sabreli, 2008, p.233), ofender soezmente, agredir al contrario y hasta matar al enemigo por portar una camiseta del rival.
Hoy en día, pocas actividades generan en Argentina tanta pasión – en el campo de juego y fuera de él – como los encuentros entre los dos principales equipos de fútbol de Buenos Aires, Boca Juniors y River Plate. No es solamente por el fútbol lo que hace que esta competencia sea tan intensa. Boca y River se iniciaron como clubes en la misma zona de la ciudad, pero después que River dejara el barrio, se separaron en una forma de representación de las divisiones sociales de la ciudad. Ambos han sido también los dos equipos más exitosos en la historia argentina y con las barras bravas más fuertes del continente americano.
Boca siempre tuvo su hogar en el barrio que lleva el mismo nombre. Su estadio, La Bombonera, construido en 1944, se encuentra cerca del puente Avellaneda. En los inicios, River tenía su sede en el sur de la ciudad; los dos estaban orgánicamente ligados con el mismo barrio y competían por conseguir las simpatías de inmigración italiana. Pero River, en la década de los veinte poco después que el fútbol se volviera profesional, se estableció en el norte, su estadio Monumental se encuentra en el barrio de Núñez, cerca del aeropuerto local.
Boca se jacta de estar más cerca de sus raíces, aunque, curiosamente, su camiseta azul y amarilla fue inspirada en la bandera de Suecia, que ondeaba en un barco que entró al puerto de Buenos Aires en los inicios del siglo XX. A lo largo de los años, los dos clubes consiguieron simpatizantes más allá de los límites de la ciudad; pero, el mito social continúo siendo el combustible que encendía el antagonismo. Boca se vio como favorito de los marginales, de aquellos de piel oscura como Maradona; River de aquellos que gozaban de privilegios económicos, de piel blanca como la del “Beto” Alonso.

Los de Boca encuentran el barrio de River como un signo de su pretensión de clase alta. De todos modos, se piensa que el sobrenombre de River “los Millonarios” se copió del vocabulario futbolístico del país vecino Uruguay como símbolo de riqueza. Los hinchas de Boca llaman a los de River “gallinas” desde la vez que Boca ganó la final de un campeonato por 4 goles contra 2 después de que el marcador apuntara 2-0.
Por su parte, los seguidores de River insultan a los de Boca, y los acusan de ser “negros y bosteros” (bosta es el excremento de las vacas y caballos). Los hinchas de Boca no se sienten ofendidos al ser llamados “bosteros”, incluso en sus cánticos aparece la palabra. Un ejemplo es el canto original de la Barra 12 que dice:
¡ole, ole, ole, ole, cada día te quiero más.
oh, soy bostero, es un sentimiento, no puedo parar!
El escritor gaucho Amílcar Romero (2010, p.22) asegura que los hinchas argentinos son los alumnos más aventajados de los hooligans ingleses, aunque en “nuestro país las barras bravas fueron instruidas para violar las leyes, a partir de los once o doce años de edad cuando los varones empiezan los ritos del fanatismo, con base en la independencia personal. Situación que se agudiza más con las diferencias económicas y los problemas sociales que vive un país en caos”.
La forma desafiante de alentar al equipo a través de cánticos particulares, saltos continuos y agresividad, constituyó el principal motivo para denominarlos así “La 12”, seguidora del Boca Juniors; “Los Borrachos del Tablón” del River Plate y “La Guardia Imperial” de Racing. Según el periodista del diario deportivo Olé, Pablo Caballero (2010, p.12) los enfrentamientos entre “La 12” de Boca, “Los Borrachos del Tablón” de River, “Funebreros” de Chacarita y “La Guardia Imperial” de Racing, se encargaron de distorsionar la razón de ser del fútbol al infundir miedo y rechazar los símbolos sociales de Argentina desde los 80s.
El fenómeno también se presentó en Brasil, con la barra “La Garra Negra” del Corinthians; y con el antagonismo entre Flamengo y Fluminense que tubo raíces en problemas raciales. En Uruguay, la rivalidad es entre “Peñarol” y “Nacional”, reflejo del bipartidismo entre blancos y colorados. En Perú, la disputa es con “Alianza” y “Universitario”; el primero, se encargó de reclutar negros y mestizos; y el segundo, criollos. En Chile, las barras bravas son “Los de Abajo” del equipo Universidad de Chile, y “La Garra Blanca” de Colo Colo, los primeros con su lema “todos somos uno, todos somos iguales”; y los segundos, “todos somos combatientes” (Araujo, 2003,p.12). Eran colectivos de rock pesado que promocionaban e instaban a la droga.
Los anteriores grupos se han caracterizado por imitar a las barras europeas con su comportamiento, vandalismo y violencia en los diferentes escenarios que en ocasiones han sido cerrados por falta de garantías. Son grupos formados en su mayoría por gente de estratos bajos, sus integrantes oscilan entre los 14 y 25 años de edad.
Los barristas chilenos y argentinos modificaron su filosofía de acompañar a los equipos de fútbol del sur del continente, se cambió el vivir del fútbol por la violencia; la alegría por los insultos; y el amor de su equipo por el sentimiento de la barra. Pronto esta ideología llegó a nuestro país.
Por William Ricardo Zambrano
Post-doctor en Dispositivos Digitales. Doctor en Sociedad de la Información y del Conocimiento. Magíster en Comunicación Social. Especialista en Televisión y en Gerencia de Recursos Humanos. Comunicador Social y Periodista. Administrador de Empresas, y Publicista y Mercadólogo. Estudios avanzados en investigación en Gestión del Conocimiento.
Foto portada: Balones y mujeres.
