Hay amistades literarias que nacen en un café, en un auditorio o en la antesala de una entrevista. La mía con el poeta Dagoberto Rodríguez Alemán surgió de un modo menos visible y quizá más entrañable: a través de un libro.

No fue que yo llegara primero a sus versos, ni que alguien me hablara de su obra en voz baja, con ese fervor que suelen despertar los buenos poetas. Ocurrió al revés. Dagoberto llegó primero a mis páginas y solo después a mi vida. Un día cayó en sus manos mi libro El arte de escribir a 11 voces, publicado por la Universidad Sergio Arboleda en 2011. Lo leyó con atención —me consta— y decidió buscarme. Así comenzó una relación sostenida por el afecto y la literatura.
Aquel volumen aún descansa en su biblioteca. Lo conserva con el cuidado que algunos lectores reservan para los libros que inauguran una amistad. Recuerdo con precisión la fecha en que se lo firmé: 23 de agosto de 2011. En la página inicial escribí una dedicatoria breve: “Con inmenso cariño para Dagoberto Rodríguez. Un abrazo”. Cada vez que pienso en ese ejemplar guardado entre sus estantes siento que la literatura, además de palabras, también es un puente silencioso entre dos personas que aún no se conocen.
Con el tiempo leyó también El mago, el circo y el saxofonista, libro que escribí en coautoría con Leonardo Herrera, y otras obras que aparecieron después bajo mi firma. Esa fidelidad lectora, que no suele ser frecuente, terminó por sellar una cercanía que hoy me permite hablar de él con la confianza de los años.
Por eso digo, sin exageración, que antes de conocernos personalmente ya existía entre nosotros una conversación iniciada en el papel.
Un genuino deleite para el espíritu constituye la llamada poética reflexiva dagobersiana, expresión acuñada por mi colega Ricardo Arquez Benavides para definir el estilo del bardo momposino Dagoberto Rodríguez Alemán, fundador y miembro activo del taller literario La Taruya de Mompox.
En el ámbito de las letras del Caribe colombiano su nombre resulta ampliamente reconocido. Sus textos han circulado en páginas de periódicos como El Espectador, El Heraldo y El Universal, además de los libros que han marcado su trayectoria.
En su escritura —tal como ocurre en el poema Sobrevivencia de las palabras— el vocablo parece padecer una sed inagotable: busca nacer, expandirse, abrirse paso. Esa pulsión recorre los 45 poemas reunidos en su libro De las ilusiones entre el cielo y la tierra, volumen de 106 páginas publicado en los albores de 2025 por la Editorial Torcaza, bajo la coordinación de mi amigo Amaury Pérez Banquet.
A Dagoberto —poeta, periodista y gestor cultural— lo conozco desde hace largo rato, harto rato, como dicen en el interior del país. Esa cercanía me autoriza incluso a recordarle una deuda pendiente: una invitación a Mompox. Sigo esperándola.
La poesía de Dagoberto constituye un pequeño tesoro. Cada verso abre una puerta hacia la introspección. Hay en su escritura una sensibilidad serena y una hondura que invitan a detenerse, a mirar hacia adentro, a pensar en la condición humana y en los misterios cotidianos de la existencia.
Basta observar la portada de su libro para descubrir una pista de sus afinidades literarias: allí aparece la imagen del más universal de los poetas portugueses, Fernando Pessoa, quien falleció en 1935, el mismo año en que murió Carlos Gardel. El destino de ambos fue distinto: mientras el célebre Zorzal criollo perdió la vida en un accidente aéreo en Medellín, el autor de Libro del desasosiego murió en Lisboa a causa de una severa cirrosis hepática.
Esa elección iconográfica revela la admiración que Dagoberto siente por Pessoa. Tal afinidad aparece confirmada en el texto “Conversando con Fernando Pessoa”, pieza breve en la que imagina al poeta portugués sentado en una mesa del histórico Café A Brasileira, con su fino bigote, el gesto reflexivo y el papel doblado guardado en el bolsillo de la camisa. Cinco párrafos que merecen ser leídos sin prisa.
Mi respeto por la prosa poética de Dagoberto Rodríguez Alemán se asemeja —estoy seguro— a la admiración que despertaba en el sector de El Boliche aquel corpulento billarista apodado ‘El Matador’, capaz de ejecutar prodigios con el taco mientras los curiosos observaban sus jugadas. Para comprender del todo la comparación conviene abrir De las ilusiones entre el cielo y la tierra.
Poeta, periodista y gestor cultural, Rodríguez Alemán es miembro fundador del taller literario La Taruya, espacio de creación del que también dirigió su revista. Nació el 23 de diciembre de 1962 y, como suele contar con una sonrisa que mezcla ironía y destino, su llegada al mundo tuvo algo de circunstancial: “Nací accidentalmente en Barrancabermeja, con apenas siete meses de gestación. Un mes después de haber brotado del vientre materno me llevaron a Mompox”.
Hijo de Idalia Alemán Gutiérrez, maestra, y de Demetrio Rodríguez Nieto, comerciante, es el segundo de cinco hermanos —tres hombres y dos mujeres—. Desde entonces su vida ha transcurrido en Santa Cruz de Mompox, ciudad que con los años no solo lo acogió, sino que terminó adoptándolo como uno de sus propios hijos. Allí han echado raíces su memoria, su sensibilidad y buena parte de su vocación literaria.
Entre sus libros publicados figuran Liturgia de las palabras (1999), Alegres aurora con aromas (2004), De las mujeres ausentes (2017) y De las ilusiones entre el cielo y la tierra (2025). A ello se suma el volumen de cuentos La muerte de aluminio, aún inédito. Sus poemas han aparecido en revistas como Vía Cuarenta, Luna y Sol, Epigrama y Puesto de Combate, y han sido incluidos en diversas antologías.
También ha participado en encuentros del Parlamento de Escritores del Caribe Colombiano, en la Feria Internacional del Libro de Bogotá y en el Festival Internacional de Poesía de Medellín.
Dagoberto Rodríguez Alemán pertenece, en suma, a esa estirpe de escritores que viven en permanente conversación con las palabras. Y quienes hemos tenido la fortuna de cruzarnos con él —primero en los libros y luego en la vida— sabemos que esa conversación, iniciada en el papel, continúa su curso en la memoria y en los libros.

Con ese bagaje de vida, lecturas y escritura —cultivado entre el periodismo, la poesía y la gestión cultural— conversé con Dagoberto Rodríguez Alemán sobre su obra, sus obsesiones literarias y su manera de entender el oficio de escribir.
Su poesía ha sido definida como una ‘poética reflexiva’. ¿Cómo describiría usted, en sus propias palabras, el impulso íntimo que origina sus versos?
El impulso que origina mis versos nace, sobre todo, de la reflexión sobre la vida y de una necesidad íntima de comprender lo que sentimos y vivimos. Muchas veces un recuerdo, una imagen cotidiana o una emoción profunda despiertan el poema. La poesía, para mí, es una forma de diálogo interior: un espacio donde la palabra intenta dar sentido al tiempo, a la memoria y a la experiencia humana.
Su poema Sobrevivencia de las palabras parece insinuar que el lenguaje posee una vida propia. ¿Qué lugar ocupan las palabras en su proceso creativo?
En el proceso creativo sugerido por el poema, las palabras ocupan un lugar protagónico y casi autónomo. No son solo herramientas del poeta; son fuerzas vivas que buscan manifestarse, mientras el poeta actúa como quien las escucha, las organiza y las entrega al mundo para que perduren. En ese sentido, las palabras ocupan un lugar central y casi autónomo dentro del proceso creativo del poeta.
Su más reciente libro, De las ilusiones entre el cielo y la tierra, reúne 44 poemas. ¿Qué hilo invisible conecta estas composiciones y las convierte en una unidad poética?
De las ilusiones entre el cielo y la tierra, es un libro en el cual se comprendían varios ejes temáticos con dimensiones filosóficas que atraviesan El libro. Es así, cómo podemos ver en algunos poemas el tiempo como fuerza que transforma la vida, la memoria y las emociones. En síntesis, es una exploración poética del ser humano que vive entre la realidad de la tierra y las ilusiones que lo elevan hacia el cielo, buscando sentido en el tiempo, la memoria y la existencia.
A lo largo de su trayectoria ha transitado por la poesía, el cuento y el periodismo cultural. ¿Qué le ha aportado cada uno de esos géneros a su mirada literaria?
Cada uno de esos géneros ha contribuido de manera distinta, pero complementaria, a mi manera de entender y construir la literatura. La poesía me ha enseñado el valor de la síntesis y la intensidad del lenguaje; en ella aprendí que cada palabra debe tener peso propio y que la emoción puede decirse con pocas líneas, siempre que estén cargadas de sensibilidad y conmueva el espíritu. El cuento, por su parte, me ha permitido desarrollar la narración, explorar personajes, construir atmósferas y situaciones humanas con mayor amplitud. Finalmente, el periodismo cultural me ha aportado una mirada más atenta y reflexiva sobre la realidad y sobre el trabajo de otros creadores. Me ha obligado a observar, investigar y dialogar con el contexto cultural, lo cual enriquece mi escritura y la conecta con el tiempo y la sociedad en que se produce. En conjunto, estos tres caminos han formado una mirada literaria que busca equilibrar mi espíritu poético, la fuerza narrativa y la conciencia crítica de la realidad.
¿Recuerda el momento en que sintió por primera vez que la poesía sería una parte esencial de su vida?
Siempre recuerdo con especial sentimiento y amor a mi madre Idalia Alemán, quien fue maestra, fue la persona que me enseñó a leer y escribir. A ella le debo su empeño en inculcarme el aprecio y el gusto por la lectura. Me ponía a leerle todas las noches la lección que me correspondía para el día siguiente en el colegio. Me corregía y me indicaba cuándo debía hacer énfasis en los signos de puntuación, como admiración o de interrogación. Cuando perfeccioné mi lectura, me pasó a libros un poco más exigentes y de mayor envergadura, como La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson; Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain, y las obras de Julio Verne, entre otros. Más adelante, en mi juventud, también leí los llamados ‘paquitos’ o cómics. Luego entré al bachillerato y allí se soltó aún más mi gozo por la lectura. Recuerdo que comencé a buscar y leer poemas de poetas como Pablo Neruda, Porfirio Barba Jacob y Candelario Obeso, entre otros. Fue en ese momento cuando me picó el gusano de la poesía y empecé a amar profundamente este género. Además, vale destacar que tuve dos excelentes profesores de español y literatura, Luis Enrique Gómez y David Ernesto Peñas Galindo, quienes incentivaron en mí ese deseo por la poesía y la literatura en general.
Nació en Barrancabermeja, pero su vida ha transcurrido principalmente en Mompox. ¿De qué manera esa ciudad ha influido en su sensibilidad poética?
Decía el juglar vallenato Alejandro Durán que “uno no es de donde nace, sino de donde se cría”. En mi caso, esa frase se cumple plenamente, pues nací de manera transitoria — accidental— en Barrancabermeja, ya que a mi madre se le adelantó el parto mientras visitaba a mi padre, quien en ese entonces trabajaba en esa ciudad. Fui un bebé sietemesino, pero al mes de haber nacido me llevaron a Santa Cruz de Mompox, y desde entonces toda mi vida ha transcurrido en esta hermosa ciudad, que es una verdadera fuente de inspiración poética. Todo el que llega a Mompox se inspira con solo conocer su historia, su arquitectura, la belleza de la mujer momposina y la riqueza de su naturaleza. Desde luego, muchos poetas, músicos y artistas le han cantado a esta Tierra de Dios. De esta manera, para mí, Mompox ha sido fundamental y determinante en mi creación poética.

Usted es miembro fundador del taller literario La Taruya. ¿Qué significado ha tenido ese espacio en su formación y en la consolidación de su obra?
El Taller Literario La Taruya de Mompox se fundó el 12 de enero de 1986, fecha que coincide, curiosamente, con el nacimiento de nuestro poeta insigne Candelario Obeso. Desde sus inicios se constituyó en un espacio creado para dar a conocer los trabajos y creaciones que, de manera anónima, guardábamos en el ámbito de las letras un grupo de amigos soñadores, unidos por el amor a la literatura y que, hasta entonces, no nos atrevíamos a compartir públicamente nuestros escritos, ya fueran poemas, cuentos o ensayos. En la vida literaria del taller logramos publicar siete revistas. Estas eran financiadas por el sector público, en algunas ocasiones por la Alcaldía de Mompox y en otras por la Gobernación de Bolívar. Sin embargo, con el tiempo esa ayuda económica dejó de recibirse y, desafortunadamente, la revista desapareció. Como bien se sabe, la cultura ha sido con frecuencia la gran huérfana del presupuesto, pues estas actividades no generan votos. A pesar de ello, La Taruya marcó una época y dejó huellas. Fue, además, un espacio de formación para muchos de nosotros y contribuyó a consolidar nuestras obras. Hoy solo nos reunimos unos pocos, quienes seguimos con la terquedad y la pasión de trabajar la palabra.
Sus poemas han sido incluidos en diversas antologías del Caribe colombiano. ¿Cómo percibe hoy el panorama de la poesía en esta región del país?
El panorama de la poesía en el Caribe colombiano lo percibo hoy bastante heterogéneo y creativo; es un campo vivo donde nacen múltiples voces y formas que dialogan tanto con la tradición como con las realidades del mundo contemporáneo. Mantiene un buen pulso: es rico, diverso y se encuentra en constante transformación.
La portada de su más reciente libro presenta la imagen de Fernando Pessoa. ¿Qué representa para usted la obra de ese poeta portugués?
Fernando Pessoa es un poeta que me ha marcado profundamente, su obra me ha influido por la manera en que su poesía expresa un mundo múltiple y explora la paradoja. Creó varios heterónimos, entre ellos Alberto Caeiro, Álvaro de Campos, Ricardo Reis y Bernardo Soares. En cada uno de ellos construyó una voz propia y una obra distinta. Pessoa fue, en cierto sentido, un hombre de múltiples personalidades literarias. Mi libro de poemas, entre otras cosas, le rinde un homenaje, tanto en la portada como en un poema extenso que intenta recrear un diálogo ficticio que sostengo con el poeta portugués.
En el texto Conversando con Fernando Pessoa usted establece una suerte de diálogo imaginario con el autor de Libro del desasosiego. ¿Qué le diría hoy a Pessoa si realmente pudiera sentarse frente a él en un café de Lisboa?
Bueno, me gustaría preguntarle, en el ámbito de su vida íntima, por qué nunca llegó a materializar el amor que sentía por Ofelia Queiroz.
Sus libros anteriores —Liturgia de las palabras, Alegres aurora con aromas y De las mujeres ausentes— marcan distintas etapas de su escritura. ¿Qué evolución percibe usted entre esas obras y su libro más reciente?
Considero que, entre uno y otro de los libros de poemas que he escrito, siempre he procurado establecer un contenido diferente. Por ejemplo, en mi primer libro, Liturgia de las palabras, publicado hacia 1999, reuní diversos temas: el amor, la soledad, la muerte y Mompox. En el segundo poemario, Alegres auroras con aromas, publicado en 2004, el leitmotiv surge del viaje imaginario que realiza el poeta por distintos países de Europa, en donde describe la simbología que representan esas míticas ciudades. En De las mujeres ausentes, publicado en 2017, logro, principalmente, rendir un homenaje a aquellas poetas que alguna vez iluminaron el mundo con su poesía y que, sintiendo haberlo entregado todo a la humanidad, terminaron quitándose la vida, dejando sin embargo un legado perdurable para el universo literario.
Con el reciente poemario De las ilusiones entre el cielo y la tierra, publicado en el 2025, se advierte un proceso de decantación, evolución y madurez que universaliza los temas tratados, mostrando una poética más reflexiva y filosófica.
¿Qué lugar ocupan la memoria y la experiencia personal en la construcción de sus poemas?
Ocupan un lugar fundamental en la construcción de mis poemas, pues constituyen la materia viva de donde surge mi inspiración. La memoria me permite rescatar momentos, emociones, paisajes y vivencias que han marcado mi vida, transformándolas en imágenes poéticas que conectan el pasado con el presente. Cada recuerdo —ya sea de la infancia, de los afectos, de la tierra natal o de los encuentros con la vida y la muerte— se convierten para mí en un elemento que alimenta el lenguaje poético.
Como periodista cultural, ha tenido contacto con numerosos escritores. ¿De qué manera esas conversaciones han enriquecido su propia obra?
Evidentemente he tenido muchos contactos con escritores con quienes he mantenido una relación cultural. Este intercambio me ha servido como una forma de aprendizaje mutuo, pues interactuar con ellos siempre ha sido enriquecedor. Además, me ha permitido conocer sus obras, leerlas y reseñarlas. Hoy en día, mi página de Facebook está llena de comentarios críticos sobre textos que he leído y recibido de muchos escritores con los que he interactuado.
Usted también ha incursionado en la narrativa con el libro de cuentos La muerte de aluminio, aún inédito. ¿Qué lo seduce del relato breve?
El cuento es para mí uno de los géneros preferidos, al igual que la poesía. En el cuento se procura mantener en vilo al lector, evitando que abandone la lectura. Las historias, los ambientes y los personajes deben permanecer en constante movimiento y suspenso, de modo que el lector desee descubrir cómo termina la historia narrada. Por eso suele decirse que el cuento gana por nocaut. Personalmente me atrae el cuento breve, y en mi relato titulado Aluminio, descansa en paz se hace evidente esa preferencia por la brevedad y su contundencia. Este cuento se encuentra incluido en la reciente antología Cuentos para iluminar la noche III, cuyo compilador es el escritor sucreño Amaury Pérez Banquet.
Muchos de sus poemas invitan a la reflexión interior. ¿Considera que la poesía debe interpelar al lector o basta con que sugiera?
Mi poesía, que casi siempre presenta una reflexión interior, busca que el lector analice y, al mismo tiempo, encuentre en ella una sugerencia. No pretendo imponer un camino, sino simplemente ofrecer una posibilidad para que cada lector escoja el rumbo que más le guste.
¿Cómo es su disciplina de escritura? ¿Escribe todos los días o espera el momento en que la palabra lo reclama?
En mi caso, escribo por impulso, cuando la musa decide visitarme. A veces incluso sueño lo que escribo; quizá por eso siempre tengo papel y lápiz en mi mesa de noche, vigilantes, como cómplices de la inspiración. Así, cuando despierto sobresaltado por una imagen o una frase que insiste en nacer, puedo atraparla de inmediato. Debo hacerlo, porque de lo contrario la idea se disuelve y se pierde en el aire de la madrugada. De ese modo van surgiendo mis textos. También hay instantes de la vida cotidiana, pequeñas escenas, gestos o recuerdos que de pronto revelan su hondura y me parecen dignos de ser poetizados.
Después de varios libros publicados, ¿qué representa para usted el acto de publicar: una culminación o apenas una estación en el camino del escritor?
Publicar un libro es, en cierto modo, es un acto de íntima complacencia, porque en él se revela el trabajo literario que durante tanto tiempo ha acompañado al escritor en silencio. Sin embargo, una vez entregado al mundo, es el lector quien se convierte en su único juez. Como bien lo dices, publicar no es una meta definitiva, sino apenas una estación en el largo camino del escritor.
Pensando en los jóvenes que desean acercarse a la literatura, ¿qué tipo de lecturas recomienda y qué autores considera imprescindibles en ese primer camino?
Recomiendo a la nueva juventud leer aquello que verdaderamente le guste. El acto de la lectura debe ser libre, espontáneo, sin imposiciones de ninguna clase. Sin embargo, para quienes desean acercarse con mayor profundidad a este camino, resulta valioso leer a los clásicos, pues de ellos se desprende gran parte de la literatura que hoy conocemos. Personalmente, recomiendo los cuentos de Julio Ramón Ribeyro; las novelas de Guillermo Cabrera Infante y Gabriel García Márquez; la poesía de Fernando Pessoa y entre los contemporáneos, la obra de poetas como Héctor Rojas Herazo, Juan Gustavo Cobo Borda y Raúl Gómez Jattin, entre otros.
Y en sentido contrario, ¿de qué tipo de lecturas deberían apartarse los jóvenes si aspiran a formar un gusto literario sólido?
Si los jóvenes aspiran a formar un verdadero gusto por la literatura, más que apartarse de ciertos libros, deberían aprender a distinguir entre lo que solo entretiene momentáneamente y aquello que deja una huella estética y reflexiva en el lector. No se trata de prohibir lecturas, porque el acto de leer debe ser libre, pero sí de evitar quedarse únicamente en textos superficiales, de consumo rápido, excesivamente comerciales, los cuales son efímeros y no cuidan el lenguaje ni la profundidad de las ideas.
¿En qué proyectos literarios trabaja actualmente y qué nuevos caminos desea explorar en su escritura?
Actualmente trabajo en dos proyectos de investigación que ya han iniciado su proceso de escritura, aunque aún se encuentran en etapa de desarrollo. Ambos corresponden a libros de ensayo: uno dedicado a estudiar cómo llegó el cine a Mompox y otro centrado en la tradición de la Semana Santa en Mompox y Popayán.
