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Daniel Montoya y la potencia de lo breve

por Redacción: Noticias Coopercom

Me atraen los relatos que caben en la palma de la mano y, sin embargo, pesan como una vida entera. No es una preferencia ligera: es una forma de asombro. Hay autores que necesitan páginas y páginas para levantar un mundo; otros, en cambio, lo condensan en una línea que se queda resonando como un eco imposible de apagar. Ante ellos, uno no puede hacer otra cosa que inclinar la cabeza.

Ahí está Augusto Monterroso, hondureño de nacimiento y guatemalteco por identidad y formación, con su dinosaurio inmóvil en el tiempo, recordándonos que la brevedad también puede ser abismo. Y más atrás —o más adentro— aparecen otros orfebres de lo mínimo: Virgilio Piñera, con su desparpajo y su filo; Walter Benjamin, capaz de comprimir pensamiento y relato en formas fulgurantes; Juan José Arreola, maestro de la ironía y la precisión; José Antonio Ramos Sucre, con su prosa densa y visionaria; y Enrique Anderson Imbert, explorador de lo fantástico en su forma más concentrada.

En el Caribe colombiano, esa tradición encuentra una identidad propia en la obra de Jorge Campo Figueroa, cuya escritura afilada demuestra que la síntesis no es economía, sino precisión. Leerlo es asistir a una operación quirúrgica del lenguaje: no sobra nada, no falta nada.

Hace poco, en esa misma línea de asombro, me encontré con Los aprendices, de Daniel Montoya Álvarez, incluido en su libro La soledad de las hormigas (Colombia, 2026). Y lo que parecía una lectura breve terminó convirtiéndose en una inquietud que no cesa. El texto propone un experimento tan insólito como revelador: una profesora, agotada ante el bajo rendimiento de sus alumnos, decide poner a prueba su método con un león amaestrado. La escena, que podría rozar lo absurdo, adquiere una coherencia perturbadora cuando el animal —ese símbolo de fuerza indómita— comienza a leer con fluidez y a resolver exámenes con una solvencia que deja en evidencia a los estudiantes.

El giro no tarda en revelarse: mientras el rey de los felinos se aproxima a lo humano con disciplina y docilidad, los alumnos parecen retroceder hacia una condición primitiva, incapaces de articular otra respuesta que no sea el ruido, el gesto descompuesto, el desconcierto. El aula se invierte. El orden conocido se desmorona sin estridencias. Y es allí, en ese desplazamiento imperceptible, donde el relato encuentra su nervio.

No se trata solo de una fábula ingeniosa. Hay en el texto una mirada incisiva sobre los mecanismos de la educación, sobre esa idea de ‘formar’ que a veces roza la domesticación, sobre la fragilidad de lo que llamamos civilización. Montoya no necesita extenderse: le basta una situación límite, un contraste bien calibrado, para abrir una grieta que sigue creciendo después de la lectura.

Quedé con la sensación de haber leído algo más que un ejercicio de brevedad. Hay en este joven autor una conciencia clara del lenguaje y de sus posibilidades, una capacidad para sugerir sin explicar, para incomodar sin levantar la voz. Y eso, en tiempos de exceso verbal, no es poca cosa.

Decir que Daniel Montoya Álvarez nació el 16 de enero de 1984 en Puerto López (Meta), es apenas una verdad parcial, una de esas verdades administrativas que fijan un punto en el mapa, pero no alcanzan a contar la historia. En rigor, nació en Bogotá, aunque fue registrado en ese municipio de la llanura oriental que se levanta a orillas del río Meta y que el país reconoce como su centro geográfico. Allí pasó los primeros años de vida, dos o tres, lo suficiente para que esa geografía —abierta, extendida, casi sin límites— dejara una huella, acaso imperdible, en su manera de mirar.

Luego vino el desplazamiento, que en su caso no fue ruptura sino formación. De Puerto López fue llevado a Puerto Carreño, en el Vichada, frontera viva con Venezuela. Allí pasó cinco años decisivos, en los que la infancia aprende a leer el mundo antes que los libros. Más tarde, el tránsito lo condujo a Barranquilla. En la capital del departamento del Atlántico permaneció otros cinco años, sumando a su memoria el rumor del Caribe, su temperatura humana, su velocidad.

Hubo después estaciones breves: Villavicencio, San Martín, puntos intermedios en un recorrido que parecía no fijarse en un lugar definitivo. Hasta que apareció Ibagué. Y allí, por fin, algo se asentó. No fue solo un cambio de residencia: fue el inicio de una pertenencia. En esa ciudad cimentó su formación académica, estudió Lengua Castellana, comenzó a enseñar y, más importante aún, empezó a reconocerse como escritor.

Esa trayectoria, marcada por el movimiento, explica en parte su escritura: una mirada que no se instala del todo, que observa con atención lo inmediato, pero siempre sospecha de lo que se oculta detrás. Como si cada lugar recorrido hubiera dejado no una raíz, sino una forma distinta de percibir. Porque en Montoya Álvarez, más que el origen, importa el tránsito. Y en ese ir y venir se fue afinando una sensibilidad que hoy encuentra en la palabra su forma más precisa de permanecer.

Montoya es licenciado en Lengua Castellana por la Universidad del Tolima y cuenta con una maestría en Neuropsicología y Educación de la Universidad Internacional de La Rioja, en España. Su doble formación —entre la pedagogía y la mente— se filtra con naturalidad en su escritura: no hay en él una separación tajante entre enseñar, pensar y crear.

Profesor de la Universidad de Ibagué, Montoya Álvarez pertenece a esa rara estirpe de docentes que no abandonan la creación sino que la convierten en un ejercicio cotidiano. Él mismo lo ha dicho con una imagen reveladora: mientras algunos músicos ensayan acordes invisibles en el aire, él piensa la poesía de manera constante, como un murmullo interno que no cesa.

Su obra, que ya suma siete libros, recorre distintos registros. En el campo narrativo ha publicado los libros de minificción Ratones de fin de siglo (2013) y el volumen La soledad de las hormigas (España, 2019; con edición corregida y ampliada en Colombia, 2026), al que pertenece el relato comentado. En poesía, su trabajo incluye El libro de los errores(España, 2018; Colombia 2024), que fue Premio Internacional de Poesía Granajoven; Políptico del aire (Colombia, 2018), finalista del 34 Premio de Poesía de la Universidad de Antioquía; Manual de paternidad (Colombia, 2019), libro que recibió mención única de honor, en la cuarta versión, en el importante y extinto Concurso Nacional de Poesía Julio Flórez; Los apuntes de Humboldt (España, 2021; Colombia, 2022), obra con la que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez; además del reciente Diario de un niño de ceniza (2025), que obtuvo el Premio Nacional de Poesía María Mercedes Carranza, galardón otorgado por IDARTES. 

Estos reconocimientos no son menores: el Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez en 2021, año en qué lo ganó Montoya Álvarez, reunió 953 obras provenientes de más de 30 países, y el jurado decidió otorgarle el galardón por unanimidad. Destacaron en su libro una apertura hacia la vida y la naturaleza entendida como totalidad cambiante, en una línea que dialoga con el legado del científico alemán Alexander von Humboldt, convertido aquí en una excusa poética para pensar el mundo.

Montoya Álvarez ha construido su voz desde la observación minuciosa. Ya en El pueblo de la hierba —obra con la que obtuvo el segundo lugar en el Concurso Bonaventuriano de Poesía en 2018 entre más de mil participantes— se advertía esa inclinación por lo mínimo: insectos, pequeños gestos, escenas que para otros pasarían inadvertidas. En su mirada, lo diminuto adquiere una intensidad reveladora.

Más allá de los premios, hay una línea de pensamiento que atraviesa su trabajo. En sus propias palabras, la ciencia y la poesía no son mundos opuestos: en la naturaleza hay misterio, ironía, paradoja. Esa intuición —que parece sencilla— es, en realidad, una clave de lectura. Su escritura se mueve en ese borde: entre el dato y la revelación, entre lo observable y lo que se escapa.

También hay en su voz una conciencia crítica sobre el entorno editorial. Reconoce las limitaciones del circuito poético en Colombia, la centralización, la falta de difusión, y aun así persiste, como si escribir fuera menos una elección que una necesidad.

A los jóvenes les propone una ruta clara: leer poesía contemporánea, sin abandonar la tradición, pero evitando quedar atrapados en sus moldes. Leer el presente para entender cómo se está nombrando el mundo hoy.

Así, entre la docencia, la escritura y una mirada atenta a lo mínimo, Daniel Montoya va consolidando una obra que no busca imponerse por volumen, sino por precisión. Como en los microrrelatos que tanto fascinan, lo suyo parece decirnos que, a veces, basta un gesto, una imagen, una breve torsión de la realidad, para revelar todo lo que somos.

A continuación, la entrevista con Daniel Montoya Álvarez, quien profundiza en cómo su identidad literaria se forjó a través de constantes desplazamientos geográficos y una formación diversa. En sus respuestas, analiza la relación entre lo humano y lo animal, cuestionando los sistemas educativos que perpetúan la desigualdad y el uso del lenguaje como herramienta de poder. Su visión integra la poesía con la ciencia, explorando la naturaleza desde una mirada crítica que rechaza la superioridad del hombre sobre otras especies.

Usted se levantó en los Llanos Orientales y creció en Ibagué, ¿de qué manera ese origen —entre un lugar de infancia y otro de formación— ha marcado su sensibilidad como escritor?

Nací en Bogotá; me registraron en Puerto López (Meta), donde viví dos años; me llevaron luego para Puerto Carreño, Vichada, durante cinco años; después de nuevo el Meta: Villavicencio, San Martín; más tarde cinco años en Barranquilla; de nuevo Villavicencio tres años y finalmente Ibagué, donde hice la universidad, la familia, la escritura. Ese recorrido implica habitar una fractura. El llano y la ciudad no son solo geografías. Son formas de organizar la vida. En el llano hay una relación más directa con la tierra. Pero también una historia de abandono estatal. De economías extractivas. De promesas incumplidas. Ibagué, en cambio, encarna la urbanización intermedia. Una ciudad que no es centro, pero tampoco periferia absoluta. Esa tensión forma la mirada. Obliga a ver las desigualdades. Obliga a entender que el desarrollo en Colombia ha sido desigual y violento. Esa doble pertenencia genera desconfianza. Y la escritura nace de esa desconfianza.

Su obra revela una atención especial por lo mínimo, por aquello que suele pasar desapercibido, ¿cuándo descubrió que allí, en lo pequeño, había una potencia literaria?

La atención por lo mínimo es una forma de ser desde la infancia. Me gustaba ver animales, insectos, charcos; y también escuchar las historias de los otros. Disfruto cuando me cuentan sucesos. Con el tiempo he convertido esa atención hacia lo pequeño en una forma de resistencia. El capitalismo necesita grandes relatos. Necesita velocidad. Necesita distracción. Lo pequeño no produce ganancia. Por eso se vuelve invisible. Pero ahí está la vida real en los márgenes, en lo que no se mide. Descubrir eso fue también entender que la literatura no puede competir con la espectacularidad mediática. Tiene que ir en otra dirección. Tiene que detenerse. Tiene que observar. En un mundo atravesado por algoritmos y por inteligencia artificial, donde todo se optimiza, lo mínimo es una forma de recuperar lo humano.

En La soledad de las hormigas, particularmente en el cuento Los aprendices, propone una inversión inquietante entre lo humano y lo animal, ¿qué lo llevó a explorar esa idea?

Ese libro lo lanzamos en la reciente Feria del libro de Bogotá en 2026. Hubo una edición española anterior. La nueva edición es corregida y ampliada. Es un juego, una aventura. Y la inversión entre lo humano y lo animal surge de una incomodidad. La idea de progreso ha sido una narrativa dominante. Pero ese progreso ha implicado dominación sobre la naturaleza, sobre otros cuerpos y otras culturas. Lo animal aparece como un espejo. Hemos construido tecnología y sistemas complejos, pero seguimos operando desde las pulsiones básicas: el consumo, la obediencia, la repetición. En tiempos de automatización y de inteligencia artificial, la pregunta es inquietante. ¿Qué nos hace humanos si nuestras funciones pueden ser replicadas?

¿Considera que Los aprendices es una crítica al sistema educativo o una reflexión más amplia sobre la condición humana?

No hay separación. El sistema educativo es una tecnología de producción de subjetividad. Forma individuos funcionales, adaptados, no necesariamente críticos. En Colombia, además, la educación reproduce desigualdades, por ejemplo, las pruebas Saber 11 miden de la misma manera a los estudiantes de la zona rural (en condiciones educativas precarias) y a estudiantes de costosos colegios privados en las ciudades. ¿Qué resulta? Los mejores puntajes los obtienen en su mayoría estudiantes citadinos con privilegios educativos que pueden acceder a becas o universidades públicas. Los aprendices apunta a esa lógica. Pero también a algo más amplio. A la forma en que aceptamos estructuras que nos reducen. La pregunta no es solo qué aprendemos. Es para qué aprendemos. Y quién se beneficia de ese aprendizaje.

En ese relato, el lenguaje parece ser el verdadero campo de disputa, ¿qué papel le otorga usted al lenguaje en la construcción de lo humano?

El lenguaje no es neutral. Está atravesado por el poder, por la historia, por el colonialismo. Nombrar es clasificar. Y clasificar es jerarquizar. En América Latina, el lenguaje ha sido una herramienta de imposición. Lenguas borradas. Formas de pensar desplazadas. En el presente, además, el lenguaje es capturado por eufemismos y supuestos nombres técnicos para encubrir hechos atroces y verdades oscuras. Por ejemplo, los medios de comunicación se refieren al genocidio que está cometiendo Israel contra Palestina como el conflicto de Medio Oriente. No es conflicto, es genocidio. Al igual que en la novela 1984, se intenta eliminar a través del reemplazo ciertas palabras porque ellas derivan en formas de pensar y el pensamiento en ideas. Eliminar palabras es eliminar ideas. En la actualidad el lenguaje ha sido capturado también por los sistemas tecnológicos. Algoritmos que predicen. Que corrigen. Que normalizan. El riesgo es la pérdida del espíritu crítico. Por eso el lenguaje es un campo de disputa. Escribir es intervenir en esa disputa.

Su formación en Lengua Castellana y su maestría en Neuropsicología y Educación, ¿cómo han incidido en su manera de concebir la escritura y la lectura?

La formación en lengua permite entender la estructura. La neuropsicología introduce la pregunta por el funcionamiento. Pero entre ambas hay un vacío. No todo lo que pensamos se puede decir. No todo lo que decimos refleja lo que somos. Ese desfase es productivo. Ahí aparece la escritura. Además, en un contexto donde la educación tiende a instrumentalizar el conocimiento, estas disciplinas permiten complejizar, entenderla como experiencia.

Usted es profesor universitario, ¿qué aprende un escritor de su experiencia en el aula?

Se aprende en el aula y en las zonas abiertas del campus. Se puede aprender muchísimo sentado en una cafetería oyendo conversaciones y viendo las acciones de los jóvenes estudiantes. Y también, más allá de los temas de clase y los planes de estudio, si se habla con los estudiantes se puede encontrar la realidad sin filtros de la educación: estudiantes que trabajan y estudian, estudiantes atravesados por la precariedad, la violencia, la incertidumbre laboral y el reto de la educación universitaria para brindar sentido a sus vidas. Ahí se evidencia la crisis de la educación. Un escritor aprende a escuchar. A no romantizar. A entender que la literatura no puede desligarse de esas condiciones materiales.

¿Hasta qué punto la docencia alimenta su creación literaria y viceversa?

La docencia consume tiempo y energía. Pero también aporta materia. Es una contradicción constante e implica asumir esa tensión. Comencé a escribir con más rigor cuando ingresé a trabajar en la Universidad de Ibagué. Comencé a pensar en proyectos de escritura más grandes y arriesgados. En la universidad se puede contar con un poco más de tiempo para investigar y escribir. La escritura literaria es investigación. En los colegios privados, por el contrario, los profesores tienen poco tiempo para eso. Y añado otro punto: los compañeros de trabajo también enriquecen la mirada de alguien que quiere ser escritor. Han sido muy importantes las conversaciones con colegas que tienen formación en literatura, filosofía, psicología, antropología y ecología, como Martha Fajardo, Patricia Coba, Jesús Ramos, Sandra Gutiérrez y Richard Doughman. 

En libros como Ratones de fin de siglo y La soledad de las hormigas, ya se percibe una inclinación por lo breve, ¿qué lo seduce de la síntesis narrativa?

La escritura breve es un relámpago, una imagen, una escena, una mezcla de sueño y realidad. Y eso me seduce. Me encanta. Soy de las personas que sueñan sucesos de larga duración, a color, con olores, sabores, sonidos. Y muchos minicuentos han surgido de las nieblas del duermevela. Por otro lado, en la escritura breve no se trata de simplificar sino de condensar, de modo que se puede ser crítico, burlón, juguetón, poético.

Su obra poética, desde El libro de los errores hasta Políptico del aire y Manual de paternidad, muestra una evolución, ¿cómo ha sido ese tránsito en su escritura?

No hay una evolución lineal. Hay desplazamientos. Espirales. Cambios de enfoque. La escritura responde al contexto, a las lecturas, a las crisis personales y colectivas. En este mundo marcado por incertidumbre, por crisis climática, por transformaciones tecnológicas, la poesía también se transforma. Pero mantiene una pregunta central. Cómo nombrar lo que cambia constantemente.

Con Los apuntes de Humboldt obtuvo el Premio Internacional de Poesía Juan Ramón Jiménez, ¿qué encontró en la figura de Humboldt que lo llevó a convertirlo en materia poética?

Humboldt representa una forma de conocimiento no fragmentada. Ciencia, arte, exploración. Pero también es una figura ambigua. Parte de un proyecto europeo inserto en una lógica colonial de exploración. Muchas de las cosas que afirmó Humboldt ya lo habían dicho las poblaciones indígenas, hacía parte de sus cosmogonías. ¿Por qué a ellos no se les prestó atención y a él sí? Trabajar con su figura implicó tensionar eso. Recuperar su mirada, pero cuestionar su contexto. La poesía permite esa ambivalencia.

Usted ha dicho que la ciencia y la poesía no son opuestas, ¿cómo se construye ese puente entre ambas en su escritura?

La separación entre ciencia y poesía es reciente. Responde a una especialización del conocimiento. Pero ambas buscan entender el mundo. La ciencia desde la medición. La poesía desde la experiencia. En un momento donde la inteligencia artificial redefine el conocimiento, esa división se vuelve aún más problemática. Es necesario reconstruir puentes.

En El pueblo de la hierba, su mirada se posa sobre insectos y formas de vida mínimas, ¿qué le interesa descubrir en ese universo?

Los insectos descentran al humano. Obligan a mirar desde otro lugar. Es una mirada urgente. La literatura puede contribuir a desmontar la idea de superioridad humana. A reconocer otras formas de vida.

Su obra parece moverse entre la observación y una especie de revelación, ¿qué lugar ocupa la intuición en su proceso creativo?

La intuición funciona como acumulación, como experiencia sedimentada. También es apertura. Permite conectar elementos que no parecen relacionados. La revelación poética no aparece sin observación. A diferencia de la religión, donde hay que alejarse y enclaustrarse para recibir el mensaje divino, en la poesía contemplativa es necesario salir de sí, acercarse al mundo natural, detenerse, incluso dejar de pensar, evitar los sesgos, la humanización de la naturaleza. 

Ha sido reconocido en distintos concursos nacionales e internacionales, ¿qué significado tienen estos premios dentro de su trayectoria?

Los premios validan. Dan visibilidad. Y responden a lógicas institucionales. No siempre reflejan el valor de una obra. Sin embargo, en contextos periféricos, pueden abrir puertas. Los cinco libros de poesía que he escrito hasta el momento han ganado premios o han sido finalistas, y gracias a ello han logrado su publicación, difusión y participación en festivales. Sin los premios hubiera sido aún más difícil. Claro: es un error escribir pensando en premios. Se escribe para realizar una búsqueda corporal, emocional, intelectual o espiritual. Las búsquedas honestas desembocan en una profundidad rica en conocimientos, preguntas, aprendizajes, revelaciones, dudas, silencios, juegos con el lenguaje. Eso es notorio en un libro. Ya escrito el texto, sí es tiempo de pensar qué hacer con él.  

¿Cómo percibe hoy el panorama editorial para la poesía en Colombia, especialmente fuera de los grandes centros culturales?

La centralización es evidente. Bogotá concentra recursos. Publicar desde regiones implica más dificultades. Menos acceso. Menos circulación. Pero también permite otras voces menos condicionadas por el mercado. La poesía sigue siendo marginal. Y esa marginalidad es ambivalente. Limita, pero también protege. De todos modos, publicar en Bogotá u otro sitio de Colombia, es un asunto muy costoso. Muchas personas escriben muy bien, pero no logran publicar sus libros. Y esa lucha diaria es agotadora. Muchos terminan dedicándose a otra cosa. Al fin de cuentas hay que vivir. 

Usted habla de la escritura como una práctica constante, casi como un pensamiento en estado permanente, ¿cómo es un día habitual en su relación con la palabra?

La escritura no se limita al momento de escribir. Es una forma de estar en el mundo. De observar. De cuestionar. En un entorno saturado de estímulos, sostener esa atención es cada vez más difícil. 

¿Qué tipo de lectura y qué autores recomienda a los jóvenes que se inician en el camino de la literatura?

Más que libros me gusta recomendar visitas a las librerías y bibliotecas. Allí uno se antoja de muchas cosas. Incluso se puede descubrir cuáles son nuestros intereses como lectores. Y lo mejor: leer lo que nadie recomienda. Para mi formación poética mis pilares han sido: Nelson Romero, Rómulo Bustos, José María Zonta y Wislawa Szymborska.

¿De qué tipo de lectura deberían huir, a su juicio, los jóvenes que comienzan a formarse como lectores?

De las lecturas que simplifican. Que eliminan la complejidad. En un contexto dominado por plataformas y algoritmos, ese tipo de contenido se multiplica. Es necesario desarrollar criterio.

Para concluir, ¿qué le gustaría que permanezca de su obra en el tiempo: una idea, una imagen, una forma de mirar el mundo?

Quizá no una obra cerrada. No una verdad. Sino una forma de mirar. Crítica. Inconforme. Capaz de cuestionar lo dado. Si algo permanece, debería ser esa inquietud poética. 

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom