Baraya es un pueblo perteneciente al departamento del Huila, ubicado sobre la vertiente oriental del valle alto del río Magdalena, hacia las estribaciones del flanco occidental de la cordillera Oriental. Su temperatura promedio es de 28 °C. Allí nació, el 23 de enero de 1950, Édgard Sandino Velásquez, en el hogar conformado por Oliverio Sandino Vásquez y Diva María Velásquez Sepúlveda.

Desde aquellos días en que el sol del Huila parecía incendiar los caminos y el viento traía rumores de tamboras campesinas, comenzó a forjarse la vida de un hombre destinado a convertir el arte en una patria múltiple. Édgard Sandino Velásquez no fue solamente escritor. Tampoco únicamente hombre de teatro o maestro de danza. Su existencia terminó pareciéndose a esos viejos árboles de raíces profundas y ramas innumerables, capaces de tocar al mismo tiempo la poesía, las artes escénicas, la investigación, la docencia, profesor universitario por más de cincuenta años, y la memoria cultural de un país entero.
En Bogotá, lejos de los cafetales y de la respiración caliente de ese Baraya que no vivió de niño, y que vivió en otros escenarios, empezó a construir una trayectoria que con el tiempo se volvería inabarcable. Estudió ballet, danza moderna y contemporánea con maestros de enorme reconocimiento internacional como Jacinto Jaramillo, Martha Graham, Guenadi Lediaj, Alexander Minks, Ramón Zegarra, Héctor Zaraspe, Chela Jacobo y Nadia Potchikova. Aquella disciplina rigurosa de la danza le enseñó que el cuerpo también podía narrar historias, llorar derrotas y celebrar la belleza.
Muy pronto comprendió que Colombia era un inmenso escenario todavía sin explorar. Entonces, emprendió una tarea silenciosa y monumental: investigar las danzas del país. Recorrió territorios, escuchó músicas ancestrales y estudió más de cincuenta expresiones coreográficas provenientes de las costas, de los llanos orientales, del Macizo Colombiano, de la Amazonía y de la Región Andina. También volvió sus ojos hacia las danzas decimonónicas de la vieja Santafé de Bogotá, rescatando movimientos y ceremonias que parecían condenados al olvido.
Ese trabajo encontró un refugio permanente en la Fundación Artes y Ciencias Escénicas (FACE), Danza Teatro Arte de Bogotá, entidad de la cual es presidente y director general. Desde allí impulsó procesos culturales con niños, jóvenes y adultos mayores, convencido de que el arte no debía pertenecer a las élites sino caminar entre la gente como una forma de dignidad.
Quienes lo vieron dirigir ensayos recuerdan a un hombre exigente, casi obsesivo con la precisión, pero también profundamente humano. En las tablas fue director teatral, dramaturgo, bailarín, coreógrafo y creador de espectáculos que llevaron el nombre de Colombia a festivales de Caracas, Arequipa, Quito, México, Miami, Madrid, Avignon, Wroclaw y Viena. Durante décadas, su presencia se volvió familiar en encuentros internacionales de teatro y danza donde el idioma común era la pasión artística.
Pero, mientras los escenarios reclamaban su energía, la literatura iba creciendo en silencio dentro de él. Escribía de noche, entre papeles dispersos, recortes de prensa y recuerdos familiares. De esa persistencia surgiría una obra vasta que hoy supera los treinta y seis libros entre novela, cuento, poesía, ensayo y teatro.
Dejó huellas memorables en la novela. Publicó, en 2010, Arlequín, Historia de un Suicida, publicada por Caza de Libros en Ibagué. La obra había sido ya distinguida en 2008 como primera finalista y Mención de Honor de la Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera, en Neiva. Años después tendría una segunda edición y terminaría siendo recomendada por la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, para estudios literarios latinoamericanos.
Luego llegarían El mensajero de los dioses, cuya primera edición vio la luz en 2012 y que más tarde tendría nuevas ediciones en 2017 y 2023; Novelas Cortas (Narraciones intrascendentes), publicada en 2015; y Caecus (Crónicas Noveladas de una vida), aparecida entre 2016 y 2017, una obra en la que la memoria y la ficción se confunden como espejos rotos.
Regresó en 2026 a la narrativa con Pipe el trepatroncos, editada por Tiempo de Leer, una novela que volvió a conectarlo con la respiración de la naturaleza y el universo amazónico, que conoció tan de cerca ya que vivió ocho años en la selva, que tantas veces lo sedujo y quedó reflejado en Selva, libro de poemas, Cuentos de mi Padre y el ya mencionado, Pipe el trepatroncos.
En el ámbito del cuento construyó otra geografía entrañable. Ázimo, cuentos de mi padre, publicado en 2011 y reeditado en varias ocasiones hasta alcanzar una nueva edición en 2024, se convirtió en una de sus obras más queridas. Allí aparece la figura paterna circundada por la nostalgia, la oralidad y la provincia colombiana.
También publicaría Tiempo de fatiga en 2017 con Pijao Editores, Un día de calor y otros cuentos en 2016 y Cuentos urbanos en 2014, libros donde la ciudad y la soledad dialogan con personajes derrotados, soñadores o extraviados en sus propias incertidumbres.
Sin embargo, pocos textos le dieron tanta proyección internacional como Simijaca. Ese cuento terminó incluido por la Organización Internacional para el Libro Infantil y Juvenil (IBBY), entre los mejores cuentos infantiles del mundo. Traducido al alemán, inglés, francés y rumano, exhibido incluso en Tokio durante una exposición mundial en 1982, el relato encontró lectores en distintos idiomas y generaciones. Más tarde el propio Sandino Velásquez lo llevaría al teatro, obteniendo el Premio Distrital de Danza-Teatro en 2007 y estrenándolo en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán en 2008.
La literatura infantil fue otra de sus moradas. Allí aparecen títulos como El cóndor de los Andes, La guacamaya roja, La canción del arco Iris, Tabicuye y Simijaca y otros cuentos latinoamericanos, publicados entre 2001 y 2019. Son libros atravesados por animales tutelares, paisajes americanos y una permanente defensa de la naturaleza, del paisaje y de nuestra historia.
La poesía, entretanto, jamás dejó de acompañarlo. Publicó Selección de poemas, impulsado por ese gran educador que fue Jorge Enrique Molina, de la Universidad Central, con selección y prólogo de Joaquín Peña Gutiérrez; Palabras tenidas de noche para tu oído en 1983 por la misma universidad, con prólogos del mismo rector Molina y de ese hermoso cantor de nuestro Caribe José Luis Díaz Granados; Cantos en 1990, traducido al rumano por Marin Sorescu; Las palabras del amor en 2001, traducido al inglés por la Universidad de North Carolina; Todos los días son poesía en 2012; Sueño para iniciados en 2014; Selva en 2019; y Hai Kais de amor y desamor y algunas Tankas en 2024, donde la brevedad oriental se mezcla con la melancolía de un poeta colombiano que nunca abandonó la contemplación.
Como dramaturgo también tiene obras esenciales. Cinco Piezas para Escena, publicada en México en 1981, reunió textos como El país llamado hambre y La agonía. Décadas después aparecería la edición digital latinoamericana de Teatro, que incluyó piezas como Desaparecido, Desplazado, Simijaca y Diatriba de un amor inconcluso, reflejando un teatro atento a la fractura social y al dolor humano.
En el ensayo y la investigación cultural edificó otra obra inmensa: Introducción al folklore coreográfico colombiano, publicada en 1981, se convirtió en un texto de referencia para estudiosos de la danza. Más tarde vendrían Maestros de la danza en Colombia en 1997; Cien años del cuento en el Huila en 1999; Doce novelas y una bienal en 2015; y Diva María Velásquez Sepúlveda Viuda de Sandino Pintora en 2024, una obra profundamente íntima dedicada a la memoria de su madre.
Además de escribir, editó más de cincuenta títulos a través de sellos como Sandino Editores, Invierno Editores y la Fundación Tierra de Promisión. Creó revistas y suplementos culturales como La danza, considerado el primer y único medio especializado en danza del país, además de Teorema, El Debate, Letras. Nocaima y Tabio Cultural.
Su voz también llegó a la radio y la televisión. Durante más de cinco años dirigió en la Radiodifusora Nacional de Colombia los programas El Club de la Poesía, con ese prohombre del teatro, Fausto Cabrera, y La letra hace la palabra. Participó igualmente en emisiones culturales en Estados Unidos, Suecia y Reino Unido, trabajando para espacios relacionados con la BBC y ABC, además de emisoras comunitarias colombianas.
En los debates culturales del país ha dejado, del mismo modo, una marca profunda. Fue ponente general de los artistas nacionales durante la construcción de la Ley General de Cultura de 1997. Desde allí impulsó temas como la profesionalización y la seguridad social del artista, además de la creación de los consejos de área. Más tarde ejercería durante nueve años como Consejero Nacional de Cultura.
La docencia ocupó otra porción decisiva de su vida. Durante más de cincuenta años ha impartido enseñanza de Historia del arte, Historia de la cultura y el teatro, Dirección, Puesta en Escena y Dramaturgia en universidades como la Externado de Colombia, la Universidad Nacional, la Universidad Central, la Pedagógica Nacional, Inpahu y la Academia Superior de Artes de Bogotá, ASAB, de la que es uno de sus fundadores. Muchos de sus estudiantes recuerdan clases en las que la literatura podía desembocar en una coreografía y donde una pieza teatral terminaba explicando la historia de América Latina.
Los reconocimientos comenzaron a multiplicarse con el paso de los años. Ha recibido los premios, Jaime Orozco, por excelencia en la Danza, Declarado Archivo Vivo 2021, en 2023 recibió el Premio Vida y Obra, otorgados por la Alcaldía Mayor de Bogotá y el Instituto Distrital de las Artes. Ese mismo año obtuvo la Medalla Policarpa Salavarrieta Grado Oro al Educador. En 2022 fue distinguido como uno de los Grandes Maestros por el Ministerio de Cultura y entidades culturales de Cundinamarca. Antes, había recibido varias exaltaciones por su labor artística y pedagógica, como ciudadano emérito de la ciudad de Trujillo, Perú; igual reconocimiento en Zipacón, Anapoima Cundinamarca y Socorro Santander.
Asimismo, en el ámbito de la danza acumuló más de treinta premios nacionales. Sus coreografías y montajes obtuvieron reconocimientos como Mejor Danza, Mejor Coreografía Nacional y Premio a los Valores Humanos en universidades e instituciones públicas. Obras como Cuadro Llanero, Bolero, La Manta y La Romería permanecen en la memoria de generaciones de bailarines.
También ejerció como jurado en concursos de poesía, teatro, música y danza a lo largo del país. Participó en festivales nacionales e internacionales, evaluó becas de creación e investigación y acompañó procesos culturales en departamentos como Santander, Cundinamarca, Tolima, Huila y Risaralda.
Su nombre figura en antologías, manuales de literatura y diccionarios de autores colombianos. Fue incluido en el Diccionario de Escritores y Autores de Colombia de Plaza y Janés y en compilaciones como Quinientos años de poesía en Colombia, Crónica Poética del Huila y 50 Poetas Colombianos y Una Antología; Manual de Literatura del Huila y Colombiana de Félix Ramiro Lozada.
A pesar de la magnitud de su obra, quienes lo conocen dicen que es un hombre sensible, sencillo, solidario y profundamente humano. Conservó intacta la memoria de Baraya, la que visita con frecuencia; de sus padres y abuelos, y de aquel territorio caliente donde comenzó todo, la hacienda de sus abuelos, Demetrio y Ritha, Apauta, las Mercedes y San Vicente entre Nariño y Jerusalén Cundinamarca. Tal vez por eso su escritura nunca abandonó del todo el olor de la tierra ni el rumor campesino del Magdalena.
En Édgard Sandino Velásquez conviven el investigador y el poeta, el bailarín y el ensayista, el maestro y el cronista cultural. Su vida parece resumir varias vidas al mismo tiempo. Y acaso por eso, cuando se revisa su trayectoria, queda la impresión de estar frente a uno de esos raros personajes que no se conformaron con habitar una sola disciplina, sino que decidieron convertir el arte entero en una manera de respirar.

A continuación, la entrevista con Édgard Sandino. El escritor relata cómo su origen en Baraya y un entorno familiar artístico marcaron su obra multidisciplinar, donde fusiona la danza, el teatro y la literatura para expresar la identidad humana.
¿Qué recuerdos de Baraya siguen acompañando su escritura y su visión artística?
Baraya es un referente lejano, y a la vez cercano. Llevarla afectuosamente conmigo, como lo ha sido para mi familia, es y ha sido parte del ejercicio de vivir. Mi padre, Oliverio, que había nacido en El Agrado, Huila, incluso le escribió un bello soneto a Baraya, a esta pequeña población del norte del departamento del Huila, muy cercana al desierto de la Tatacoa. Tenía yo ocho meses de nacido cuando, por motivos de la violencia partidista que incendió al país a la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, tuvo la familia que salir huyendo de allí, de Baraya, para la finca de mis abuelos maternos entre Nariño y Jerusalén, Cundinamarca. Nunca volvimos. Las propiedades de mi familia en el Huila quedaron abandonadas y se perdieron para siempre. Baraya no tocó mi vida, no tocó mi infancia, no está en mi literatura. Y, sin embargo, está en mi corazón. Vine en realidad a conocerla ya mayor, cuando siendo jurado de cuento y poesía durante las celebraciones por el centenario del nacimiento de nuestro poeta mayor, José Eustasio Rivera, por los buenos oficios del escritor, y buen amigo mío, Antonio Palomar Avilés, ya fallecido, fui invitado por el alcalde de la época a un evento singular: leer poesía y conocer el pueblo. Me recibieron con la banda que tocaba nostálgicamente el himno del Huila: “Con la ternura de la tierra mía que me vio nacer…”, la presencia de los niños del colegio, y unos discursos muy emotivos. Hice una conferencia y declamé mi poesía en el teatro del colegio Antonio Baraya. Como anécdota debo contar que, al evento, además de la gente del pueblo, los profesores y estudiantes, fue la policía, el ejército y la guerrilla. Los unos se sentaron a un lado, y los otros al otro.
¿En qué momento comprendió que el arte sería el eje central de su vida?
Nunca he visto la vida de otra manera que no sea a través del arte. En mi casa se declamaba poesía, se cantaba, mi madre tenía una bella voz de soprano, se contaban cuentos, se narraba. A pesar de las dificultades que nuestro desplazamiento forzado permanente nos daba, cuando la vida se podía ordenar, así fuera por escaso margen, después de las faenas cotidianas, ordeñar las vacas muy temprano, ir a revisar el ganado, traer de la huerta lo indispensable para el día, las yucas, los plátanos, desyerbar con el azadón, revisar la huerta, alimentar las gallinas, dar de comer a los marranos, rozar los potreros con el tractor o el machete, terminado el día, acompañados de viandas caseras como arequipes, bizcochos, kumis, achiras, almojábanas, y otras cosas que mi madre preparaba, era usual sentarse en el patio a declamar, cantar, contar cuentos, la mayoría de espanto, mitos, leyendas, hablar de personajes de la cultura, en fin. A la muerte de mi padre, me vine a Bogotá, a educarme. Sólo pensaba en escribir, hacer teatro, cantar. Mis siete hermanos, con dos excepciones, hicieron lo mismo. El arte era nuestro lenguaje natural, nuestra forma de expresarnos, nuestro sueño. Pensando en lo que me preguntas, Fausto, el arte fue siempre un serio propósito. En casa, además de hacer domésticamente arte, se hablaba de la vida de artistas y creadores. Así conocimos a muy temprana edad de José Asunción Silva, de Julio Flórez, de Shakespeare, de Juan de Dios Peza, de quien mi madre recitaba Reír llorando, “Viendo a Garrik…”; de D’Annunzio, de Porfirio. El libro en mi casa era un objeto importante, casi sagrado. Caruso, Pedro Infante, Gardel, María Grever, eran nombres que oíamos de niños. Se cantaban sus canciones, boleros, tangos. En fin. En mi casa siempre hubo libros. Cuando teníamos que huir, a veces a altas horas de la noche, por la persecución implacable, llevábamos el baúl de los libros de mi padre con nosotros.
¿Cómo logró integrar la danza, la literatura y el teatro sin sacrificar la profundidad de cada disciplina?
Mi primer encantamiento siendo muy niño, algo así como de siete años, vivíamos en ese entonces en la finca ‘San Vicente’ por los lados de Nariño, fue oír a mis padres declamar, o decir poesías, cosa que ya mencioné atrás, donde la palabra no solo tenía esa música, esos acentos que la hacían diferente sino que en su altura poética y contenidos elevaban el espíritu a través de la imaginación por la sorpresa emotiva y sus alcances. En poemas como, “Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan, piden queso, piden pan…”, o, “Hay días en que somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar, tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonría, la vida es clara, undívaga, y abierta como un mar”. O, “En el islote de la azul laguna (hoy extinta) del parque abandonado de una antigua ciudad, solo y callado, hallé un mancebo (un loco acaso) en una noche glacial en que la blanca luna subía por un cielo encresponado…”, o, “Hermosa de ojos grandes, misteriosos como el cielo o el mar, en estos cantos, en estas palabras, no te pude cantar, estos versos de amor que susurran como un alboroto, y se esfuman mientras te imagino en esta tarde triste y pensativa”. (Silva, Porfirio, Flórez, D’Annunzio), tenían, las palabras, repito, ese poder de encantar, de llevar el sentimiento a espacios donde el alma conmovida se hermanaba con el universo. Pero fue la lectura de un paraje de Romeo y Julieta en la escena del balcón, acto dos, escena dos, si no recuerdo mal, como a mis nueve años, la que puso en mi alma ese anhelo y amor por la palabra. Esto ocurrió ya en el fundo en los llanos orientales. Quise hacer teatro, y desde muy niño empecé a escribirlo por ese deseo de llevar la palabra, mi palabra, a ese encantamiento: “¿Qué resplandor se abre paso a través de aquella ventana? ¡Es el oriente y Julieta el sol! ¡Surge esplendente sol y mata a la envidiosa luna, lánguida y pálida de sentimiento porque tú, su doncella la has aventajado en hermosura! ¡No la sirvas que es envidiosa! Su tocado de vestal es enfermizo y amarillento… ¿Y si los ojos de ella estuvieran en el firmamento y las estrellas en su rostro?”. ¡Ah! La palabra. El alcance sin igual de la poesía me sedujo. Y desde ese momento la palabra quiso engarzarse al poema y a la vida y no alejarse. Por extensión, nacida de allí, amé el teatro. Palabra y movimiento. Teatro Poético danzado. Fue el teatro el que me llevó a la poesía, a la danza, que es la poesía del movimiento, y luego…, lo demás vino por extensión. La novela, el cuento, el ensayo como explicación. Es un mismo universo. En el teatro todas las artes interactúan y se fusionan, muchas disciplinas se hermanan en beneficio del discurso escénico.
¿Qué le ha dejado el contacto permanente con las tradiciones culturales colombianas?
Colombia es el resultado de la mixtura, en los siglos XVI y XVII, de tres razas, una prejuiciosa, vanidosa y dominante, y las otras dos, surgidas de la entraña esplendente de la vida, igualmente hermosas, como es hermosa toda vida. Asumirse culturalmente, es ser consciente de eso que nos toca y nos envuelve, es asumir que somos historia, tradición, producto de un acontecer, de una circunstancia, como decía Ortega y Gasset, de la que no podemos escapar, y que configuran lo que somos como humanos. Es nuestra mayor riqueza. Somos uno de los países más ricos, culturalmente, de la tierra. Asumirnos a plenitud, es reconocer que esa riqueza es invaluable y es nuestro mayor tesoro. Como escritor, acudo con frecuencia a esa cantera inagotable; como bailarín y coreógrafo, lo expreso en el movimiento, un movimiento que nos define en nuestra sensibilidad como pueblo, y nos diferencia del sentir de otras naciones. Somos una mixtura hermosa donde se configuran lo griego, lo prehispánico, lo latino, lo negro africano. Expreso en la poesía, en lo narrativo y en lo teatral, la belleza del acto de vivir y ser conscientes de ese prodigio que es la vida, pero también el dolor y la vergüenza de todo lo malo que nos ocurre como sociedad. El no haber tenido el coraje y la sensibilidad para recrearnos y trascendernos en lo que somos, en nuestra grandeza, nuestra belleza como pueblo y como nación. Mi teatro expresa, refleja, esa realidad dolorosa que nos envuelve. Habla de la tragedia de vivir en un país sometido y doblegado, sin oportunidades, sin embargo tan rico y dueño de tantas e invaluables tradiciones. Esos dolores, esas negaciones mutilan la vida. El sufrimiento de nuestra gente, la tragedia diaria de vivir en un país que no se piensa y no se ama, que está ahí cotidianamente sumergido en la incertidumbre, nos sumerge en una incoherencia que no se valida con la vida. Hay mucho dolor y miseria en nuestro país. Una miseria que uno no entiende, porque somos un país muy rico. Ahí hemos caído. ¿Es egoísmo? No hemos sabido soñar y pelear para construir el país que nos merecemos. Hay entre nosotros, mucho dolor e incertidumbre. Añoro esa hubris, virtud vital y creadora, subterránea, que nos hace, nos haría únicos. Sin delirios, con los pies puestos en la tierra. Tenemos con qué. Sueño con una Colombia grande y única.
¿Qué buscaba transmitir en una novela como Arlequín, Historia de un Suicida?
Que somos una sociedad que no se reconoce, no se valora, no cree en sí misma. Mata y deja morir lo más bello que tiene. Agustín, el personaje de la novela, encarna un joven hermoso, lleno de ideales, de poesía, de inteligencia, de sensibilidad creadora. Y, sin embargo, encuentra tanta mutilación, tanta negación, tanta miopía, que siente que su Ser no está hecho para vivir en un lugar como este, donde no está, no existe el verdadero amor, el respeto, el reconocimiento. No se valora la vida, lo humano. ¿Cuántos Agustines no mueren cada día, sucumben ante la indiferencia, ante la negación, ante la ausencia de oportunidades, de educarse, de trabajar, de vivir con dignidad? El país y su realidad están allí en Arlequín. El país de los sueños, el país de la utopía. Pero hacemos lo posible para que no exista. Somos un país, de los más bellos de la tierra, que no sabe lo que es, lo que tiene, no valora sus hijos, y tanta disposición hecha para el crecimiento y la realización se asfixia por nuestra incompetencia para trascendernos. Arlequín es un símbolo. Es la metáfora del dolor. Es eso que dejamos morir cada día por nuestra indiferencia e inconsciencia. Necesitamos trascendernos como pueblo. Para que no haya más dolor en tantos Agustines que caminan por nuestras calles y encuentran ¡tantas! dificultades para vivir. El personaje es real. Fue un reconocido maestro de artes escénicas, graduado en el exterior, que murió tal como lo narra la novela. Colombia, por razones que los científicos sociales deben estudiar, es uno de los países donde, a nivel mundial, más se suicida la gente.
¿Qué elementos de la memoria personal aparecen en Caecus y en Ázimo, cuentos de mi padre?
Siendo yo profesor del Externado de Colombia por allá en el 96 del siglo pasado, esa universidad que está por la calle 12 contra los cerros, a Gustavo Silva, director en ese entonces de Bienestar, se le ocurrió, junto a Patricia Barrera Vásquez, que era su esposa, vincular las actividades de la universidad al Instituto Nacional para Ciegos. Llegué al INCI como profesor de teatro y danza. Y encontré en los jóvenes ciegos, muy niños y jóvenes en aquel entonces, una disposición, una alegría, una fe en la vida, unos deseos de hacer, de vivir, admirables. Trabajé el teatro, la danza, la literatura con ellos, logrando que hicieran un trabajo excepcional. Muchos de ellos se convirtieron en líderes, escritores, poetas. Fueron más de seis años de trabajo ininterrumpido, donde conocerlos fue aprender a amarlos, respetarlos, verlos en su auténtica dimensión humana. En ellos la ceguera no es un impedimento, algo insalvable. Todo lo contrario, es una fuerza que se alza contra la negación y el escepticismo general, diría más bien, prejuicio. La gran mayoría logró hacer una vida exitosa, vivirla, si se puede decir, exitosamente. Nombres como Dean Lermen, quien acaba de fallecer, que fue escritor, poeta, dirigente gremial de alcance latinoamericano; Nelson Villamizar, que se hizo escritor y tanto ha hecho en favor de la población con limitación visual en Colombia; Walter Azula, uno de los grandes poetas colombianos; Eudoro Granada Vélez, Carlos Alberto Parra Dusán, quienes han sido exitosos en sus profesiones; María Yamile León Suárez “MAYALESU”, quien es una reconocida pintora; todos ellos surgieron y se fortalecieron con esa experiencia. La novela Caecus (Ciego) es un homenaje y una manera de visibilizar y sensibilizar acerca de esta población, que es parte vital de nuestro país. Está muy apoyada en la realidad. ¿Por qué pensaba en Horus, ese significativo mito egipcio cuando la escribí?
Dean decía: Ser ciego es ver con el alma.
Ázimo, pan sin levadura, es un libro de mitos colombianos que escribí en el transcurso de muchos años, recordando en qué lugar mi padre los había contado. El libro narra la vida de la pequeña familia que huía de la muerte yendo de pueblo en pueblo, de vereda en vereda, de casa en casa, hasta terminar en un ‘Fundo’, por los lados de la Serranía de la Macarena, en los Llanos Orientales, donde mi padre pensó que estaría a salvo. El libro narra ese mundo mágico imaginario que vive en nuestras gentes, y hace parte de nuestra tradición, que entretiene, todavía, con sus personajes las noches campesinas, en aquel entonces sin luz eléctrica y muchas soledades y distancias. Aquellas reuniones luego de las faenas de la infancia, en aquellos variados y numerosos lugares las oí y así las narré. Los niños de los colegios de ahora, las leen con mucha sorpresa. La geografía y el mito son narrados como el niño las recordó, como son narrados también los personajes de cada uno de los ‘cuentos’. El mito y el cuento están aquí reunidos y unidos. El mito como narración simbólica, nos explica el universo a través de sus personajes que son sobrenaturales. El cuento nos narra lo real o lo ficticio. Y ahí en ese libro, del que se han hecho varias ediciones, la más reciente por la editorial Tiempo de leer, se encuentran personajes como la Patasola, la Madremonte, el Pollo de Viento, que hacen parte del imaginario colombiano y latinoamericano, venidos quizás de Oriente, de Asia, del antiguo mundo árabe, y son en los imaginarios, reales para nuestras gentes, mitificados, con enseñanzas morales que actúan como contenedores sociales. En el libro se mezclan los mitos con los cuentos. Éstos tienen mensajes muy significativos. Dejan una reflexión y una enseñanza. Del buen o mal vivir. Hay premio y castigo, y la vida se enriquece, o perturba, o se malogra, de acuerdo al proceder. La Puerta de las Brujas, el Chicote del Diablo o las Mulas de Medianoche, son un ejemplo.
¿Qué significa para usted que Simijaca haya sido reconocido entre los mejores cuentos infantiles del mundo?
Simijaca es un cuento afortunado. Tal vez lo es por ser único en su género. Narra la historia de un pueblo de ranas, sometido vilmente por unos tritones que venían llenos de codicia de más allá de los mares, sometiendo pueblos, esquilmándolos, expoliándolos, esclavizándolos, y cómo ese pueblo de ranas mediante el reconocimiento de sus valores, con la unión y estrategias muy particulares, lograron expulsarlos. Sí. Es un cuento que figura en un libro de Honor IBBY (Organización Internacional para el Libro Infantil y Juvenil), asociada a la UNESCO y a UNICEF, como uno de los mejores cuentos para niños del mundo. La primera edición latinoamericana hecha por la editorial El Mácaro, en Venezuela, fue ilustrada por el poeta, escritor y pintor, Benhur Sánchez Suárez. Ser incluido en un Libro de Honor IBBY, ha sido muy bueno para Simijaca. Porque ha tenido notoria divulgación nacional e internacional, y ese valor agregado hace que la gente lo vea con otros ojos. Quiera leerlo, conocerlo. Siento que, si Simijaca como cuento logra su objetivo, que es el de enseñar a amar el paisaje, la naturaleza, nuestros ríos, nuestros lagos, creer en los propios valores, en la unión, hace reconocible la historia cercana y personal, y logra hacer entender al lector infantil y adulto, porque la literatura es para todas las edades, lo extraordinario de nuestra geografía, de nuestros valores, ha logrado su objetivo, y eso me llena de alegría. Una de las cosas que siempre me preocupó es que nuestros niños se forman con una idea eurocentrista del mundo. Aquí, en nuestras escuelas, se estudia lo europeo, su literatura, su historia, antes que cualquier cosa. No sabemos de nosotros, de nuestra historia, quiénes habitaron este territorio antes de la invasión europea, su extraordinaria cultura, su universo y su relación con éste. No hemos escrito para los niños nuestros los cuentos que deben leer sobre su historia, su geografía, sus selvas, sus ríos, creando personajes inolvidables que los hagan amar este maravilloso territorio; contarnos y narrarnos para reconocernos. Nuestros propios cuentos, nuestras propias leyendas, nuestra propia poesía para niños. Claro, hay excepciones. Nombro unos pocos. Jairo Aníbal Niño, José Luis Díaz-Granados, Andrés Elías Flórez Brum, Lilia Gutiérrez, John Fitzgerald Torres. No. No hemos aprendido a amar lo que somos.
¿Cómo ha cambiado su manera de escribir desde sus primeros libros hasta sus publicaciones más recientes?
Escribir, decía García Márquez, es un noventa y ocho por ciento oficio y un dos por ciento talento. Se puede poseer la imaginación, las ideas, tener los relatos, las historias en la cabeza, pero sin oficio, pierden su capacidad de ser y de lograr comunicar lo que el autor piensa y siente. Los años lo hacen a uno más consciente, más preciso, más crítico. Hay que leer mucho, estudiar, tener el corazón limpio y el alma en paz. El oficio, la práctica diaria, nos afina, nos hace más efectivos. No sé si esa fuerza arrolladora, ese desparpajo de la juventud se pierda, pero la mente creativa permanece y se afirma con los años y el conocimiento. ¿Es mejor o peor? Eso lo puede decir el lector. La madurez tiene su encanto. El conocimiento, la mesura, la capacidad de síntesis la da el oficio. Ahora siento que escribo con más precisión, más soltura. Soy más coherente con la realidad que se narra.
¿Qué papel cumple la poesía en medio de una obra tan amplia y tan diversa?
Creo que la poesía está inserta en todo lo que escribo. Al momento de decir esto, tengo nueve libros de poesía, como tales, publicados. La poesía es el género más difícil. Es síntesis, descubrimiento, develación, revelación de lo oculto, de lo que no todos pueden ver. Todo verdadero creador es un poeta.
¿Qué le enseñó la experiencia de trabajar durante tantos años con niños, jóvenes y adultos mayores?
Enseñar es una de las experiencias más gratificantes que cualquier ser humano pueda vivir y asumir. La verdadera enseñanza implica un aprendizaje permanente, donde se es maestro y alumno a la vez. La mente humana es un prodigio, y saber estimularla, llenarla de curiosidad, de preguntas que requieran respuestas, es un desafío para el verdadero maestro. Hay que querer la profesión, tener la vocación, amar lo que se hace. Transmitir conocimiento, enseñar valores, despertar la curiosidad. El niño se forma, el joven se estimula, y el adulto mayor se afirma en todo lo que ha significado esa vida vivida. Es una experiencia que enriquece mucho. Enseñar a amar lo que se hace, amar la vida, enseñar a descubrir esas potencialidades que están ahí y se convierten en herramientas para la expresión, caminos para el arte, para la creación debe ser, repito, la función del maestro. Para mí eso ha sido permanentemente parte del mismo ejercicio de crear.
¿Qué tan importante ha sido la docencia en la construcción de su pensamiento artístico?
Desde siempre he enseñado arte, ya sea danza, teatro, pintura, canto, voz, y sí, literatura. Me ha permitido estar en una parte del juego. Se puede enseñar la técnica, pero el alumno debe ser todo. He formado muchos y verdaderos artistas, ahora muy reconocidos, que son ejemplo de creación y disciplina en el teatro, la literatura y la danza. El maestro se llena de preguntas que requieren respuestas. Debe estudiar mucho. Conocer. De todo. Es sobre la vida que surge la creación. La docencia me ha enseñado a prepararme, a pensar en cómo ser más efectivo, más claro en la exposición de cada tema, en ser preciso en lo que se expresa y se hace. En la vida como en la creación, debe haber un objetivo que clarifique la realidad, le dé elementos y fortalezas. En eso la docencia me ha ayudado mucho, sin duda.
¿Qué reflexiones le deja haber participado en la creación de la Ley General de Cultura de 1997?
Manuel Cepeda, uno de los personajes más conscientes de la realidad colombiana, de la necesidad de transformar el país, este que nos tocó, sentía que había que construir, crear herramientas para que eso fuera posible. Reconocernos culturalmente era un paso importante. Con esa idea él realizó el primer foro donde se recogieron los primeros insumos para la ley. Claro, allí estábamos. Pero Manuel murió, lo asesinaron antes de concluirla. Terminó siendo una ley a la deriva. Ese primer borrador, era prácticamente una ley de patrimonio. Había que enriquecerla. Poner allí todos los elementos que la hicieran efectiva y ayudar a los artistas, los creadores, al país a reconocerse. Este país, que todavía no se reconoce culturalmente. Reconocernos como un país pluriétnico y multicultural, con muchas naciones dentro del mismo territorio, diferentes, ricas en sus expresiones, únicas, es una labor que debe acompañarnos en todo momento. Y esta Ley, que todavía se está haciendo y debe seguir creciendo, nos da herramientas legales para hacerlo. Mi idea, al meterme como delegado de los artistas a los complementos de la ley, fue una experiencia muy enriquecedora. Para mí. Conociendo la precariedad de nuestros creadores, me interesaban los temas de la contratación, que sigue siendo una vergüenza, de la seguridad social del artista y el de la profesionalización. En Colombia no había dónde formarse como artista, en el teatro, en la danza, en las músicas y las artes tradicionales. Se había trabajado la Ley del Artista con Jesús Rincón, que está muy olvidado, tenor y escritor, que reconocía estos dos aspectos, la seguridad y la profesionalización. Pero prácticamente nos las borraron de la ley. Eso había que incluirlo de nuevo en la Ley de Cultura, como había que incluir allí el fomento, la financiación, los estímulos, y otras muchas cosas. Tuve que ir al Congreso, a la Cámara a hablar, a discutir de esas necesidades, de la importancia de la ley como elemento cohesionador y herramienta de transformación. Fue duro, dispendioso. Tuvimos personajes que nos apoyaron. Lorenzo Muelas, Piedad Córdoba, pero particularmente la representante a la Cámara y presidente de la comisión séptima de aquel entonces, María Isabel Mejía Marulanda, de Risaralda, quien nos abrió los espacios para los debates y nos acompañó en todo el proceso, fortaleciendo la propuesta general. En la etapa final Delia Zapata Olivella, y su hermano Manuel se unieron a la cruzada. Logramos que pasara en el Congreso, con dos faltantes: seguridad y financiación. Lo de la tarjeta profesional quedó, pero hasta ahora no se le ha parado bolas, ni a la tarjeta, ni al tema de la seguridad del artista. Grandes glorias nuestras viven una vejez triste, olvidados, no tienen una pensión mínima. El trabajo del artista no es reconocido. Eso nos lo sacaron de la ley. El presidente Samper la firmó faltando una hora para terminar su mandato. Y ahí está. Y sí. Algo ha servido. No es lo que imaginábamos. Debería ser, para Colombia, un ministerio importante que pensara el país, lo divulgara y lo hiciera reconocible mundialmente. Tenemos con qué. Este país tan rico culturalmente. Repito.
¿Qué siente al ver que varias de sus obras han sido traducidas a otros idiomas?
El ideal de un escritor, de un artista, es que su obra sea reconocida por toda la humanidad. Se escribe para la gente como una manera de dar a conocer, de visualizar el universo personal que es el universo social. Somos uno con la humana especie. Las realidades nuestras, yo escribo muy inserto en nuestra historia e idiosincrasia, merecen ser conocidas, y las traducciones ayudan mucho. ¿Qué ha hecho Francia, España, Inglaterra, Alemania, otros países, con su cultura, con la obra de sus creadores? La han divulgado. La valoran. La hacen conocer. Han creado un cuerpo artístico que se reconoce y hace que valoremos lo que son como naciones, como países. Hay traducciones afortunadas que son ejemplo para nosotros. Y aprendemos a amar y respetar esas naciones por las obras de sus artistas. ¿Qué nos queda de Grecia? ¿De la antigua India? ¿De estos países nombrados atrás, de las naciones del mundo que nos han hecho llegar sus creaciones, su visión del universo? Un inmenso afecto, una hermandad compartida. Una cercanía que suscita respeto y solidaridades. Hay que traducir más obras, hacer que lleguen al universo entero.
¿Qué diferencia encuentra entre escribir para niños y escribir para lectores adultos?
La literatura para niños es muy importante. Ayuda al niño a formar el carácter, a visualizar el universo, este universo infinito en que vivimos, a reconocer su entorno, aprender a sentir, y desarrollar la imaginación, a amar lo que es él como persona y amar su país, sus semejantes. Hace que se ame la vida. Encuentro en las dos formas de escritura, la diferencia en el tratamiento que se le debe dar a la obra creada para niños y para adultos. Son dos visiones que el escritor debe conocer. Para los niños debe ser sencilla y fácil de comprender. Y también bella, y que despierte la imaginación, y construya valores. Debe enseñar a amar. Que a través de la lectura desarrollen universos, complicidades y acercamientos. Enriquezcan la vida. Pero, sobre todo, debe ser la sencillez hecha creación, en el lenguaje, que debe ser poético y bello, y en el tratamiento del tema.
La literatura para adultos puede contener todos los elementos sin límites. Puede ser compleja, diversa. Incluir todo, asumirlo todo. Crear universos complejos, múltiples, de múltiples lecturas. Allí debe estar la vida en toda su abrumadora complejidad. Si. Cada una tiene sus propios parámetros y exigencias.
¿Qué valoración hace de la literatura colombiana contemporánea?
Colombia tiene excelentes escritores. Fue un país que amó la poesía, la creación, el arte en todas sus dimensiones. El escritor colombiano es exigente, riguroso, profundamente creativo. Y cada vez hay más y mejores escritores que han sabido plasmar y descifrar esta realidad compleja y difícil que nos tocó vivir. Hay nombres muy valiosos y la lista no sería corta. ¿Nombrarlos, para qué? Los leo con mucho agrado y sorpresa.
¿Qué autores marcaron su juventud y ayudaron a formar su sensibilidad literaria?
Muchos. Muchísimos. Es una lista muy larga. He sido un buen lector y un bibliófilo contumaz. Tengo una biblioteca grande, de muchos libros. Desde los poetas de la dinastía Tang de China, Li Bai (Li Po), Wang Wei; a los japoneses del haikai y el haiku, Bashō, Chiyo, otros; pero particularmente la poesía europea de muchos países, rumana, francesa, desde Villon a Mallarmé; ingleses, comenzando por mi amado Shakespeare a Keats, Shelley; latinoamericanos, Paz, Asturias, Mistral, Borges. Hay allí unos alemanes como Heine, Novalis, Goethe, Schiller, Mann, Kafka, Hesse, Rilke, los hermanos Grimm. Rilke es uno de los poetas que más respeto y quiero. Franceses, Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Valéry, poesía, novela, cuento, en fin. France, Gide, de Zola o Balzac. España en la generación del 98 y del 27, Unamuno, Antonio Machado, poeta definitivo en la poesía española del siglo XX; García Lorca, alma de España; Cernuda, la diferencia; Salinas, lo intensamente amoroso; Juan Ramón Jiménez, tan profundo, sensible, humano, tan poeta. Norteamericanos, tantos. Whitman, Eliot, Faulkner, Hemingway, Dickinson, Frost, Melville, Poe, London. De nuestra Iberoamérica, desde Borges, Paz, nuestro García Márquez, Silva, José Eustasio, León, Germán Espinosa, Jairo A. Niño, Asturias, Mistral, Neruda, en fin. Lograr un estilo, ser uno mismo, es decantar, leer mucho, escribir mucho, no tenerle miedo a la o a las influencias. El arte es suma, no resta, como lo es la historia, como es la vida, o debería serlo.
¿Qué tipo de autores les recomienda a quienes desean iniciarse seriamente en la lectura y la escritura?
Cada quien es una personalidad, un gusto y un mundo. Se decía que el estilo es el hombre. Cada sensibilidad se acomoda, se acerca a lo que más se le parece. Comenzando, debe leer mucho, mucho, de todo. Pero, sobre todo, construir un pensamiento, acercarse a la filosofía, a la poesía del mundo, a la gran literatura de todos los tiempos, los grandes autores de tantas disciplinas que van formando un pensamiento, una manera de ver la realidad, el devenir. En lo posible que no se le queden sin leer los grandes autores, Shakespeare, Hugo, Zweig, Cervantes, Goethe, Mary Shelley, Hugo, Dickens, Balzac, Dostoyevski, Tolstói, García Márquez, Wilde, Nabokov, Espinosa, de Greiff, en fin. Leer. Leer. Escribir. Escribir. Reflexionar. Su literatura, su historia. Leer de todo. Sin prejuicio, con la mente abierta. Buscando la sabiduría a través del conocimiento.
¿De qué tipo de lectura deben huir los jóvenes?
De la mala literatura, la que enferma la sensibilidad y pervierte el gusto. De la literatura fácil, negativa, insubstancial.
¿Qué significado tiene para usted haber recibido reconocimientos como el Premio Vida y Obra y la Medalla Policarpa Salavarrieta?
Son dos merecimientos muy valiosos. Vida y Obra por tantos años dedicados a la docencia, a la creación, sin permitir que nada apartara esa vida del camino del arte. El Policarpa, medalla de oro, de la Asamblea de Cundinamarca, a la excelencia en la docencia. Ser ejemplo de trabajo y esfuerzo. Muy valiosos, como también lo han sido el del Concejo de Bogotá, el otorgado por pueblos y ciudades, Trujillo, Perú, Socorro, Santander, Zipacón, Cundinamarca, Facatativá, Tocancipá. Muchos que llenan el corazón de alegría y dan fortalezas para continuar y crecer. Seguir trabajando con fe y amor en el oficio.
¿Qué proyectos literarios o artísticos continúan ocupando hoy sus días y sus entusiasmos?
Buscando la obra que llene el corazón, definitivamente, y el poema que encienda la vida. El poema perfecto. La obra maestra. Ahora y siempre, una obra que llene el corazón de los lectores, el lector. Estoy trabajando en varias novelas, libros de cuentos para niños y adultos, y algunos libros de poesía que están en corrección. Me interesa el tema americano, de nuestra América, crear identidad y fortalezas en nuestras gentes. Continuación de Simijaca, El mensajero de los dioses,Ázimo, cuentos de mi padre, y Pipe el trepatroncos, un relato amazónico, que han tenido muy buena acogida en los colegios de Colombia. Ahora mismo están por salir dos novelas nuevas mías, y un libro de poemas: Historia de una casa, una saga de una familia venida a menos, y El engaño, mujeres de mentiras, la novela de los sueños, una novela erótica, y un libro de poemas, bastante filosófico, Si acaso el tiempo. Tiempo es el que me falta para escribir.
Por: Fausto Pérez Villarreal-Espacial para Noticias Coopercom.-
