miércoles, marzo 11, 2026 10:58 am

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El oficio de contar: conversación con Nelson Castillo Pérez

por Redacción: Noticias Coopercom

Mi llegada a Nelson Castillo Pérez (Lorica, Córdoba, septiembre 25 de 1953) se produjo hace algunos años, durante un viaje de cuatro días a Montería.

El inolvidable escritor y maestro Julio Sierra Domínguez, Agatón para los suyos, —y ya huésped de otra dimensión— llevaba en la mochila varios libros destinados a la Biblioteca Comunitaria Juana Domínguez que inauguró en Sahagún inspirado en la memoria de su madre. Entre aquellos volúmenes —como quien encuentra una brújula en mitad del camino— apareció una novela que detuvo mi mirada: Un lugar para vivir, de 152 páginas, publicada en 2012 por Editorial Zenú, firmada por Nelson Castillo Pérez.

Aquel ejemplar, cuya carátula aún recuerdo, teñida de un sobrio color terracota, no era un libro más en el equipaje: tenía el peso específico de las historias que reclaman lectura inmediata. Le pedí al maestro que me lo prestara y accedió con esa generosidad suya que nunca llevaba inventario ni ponía condiciones. Esa misma noche me sumergí en sus páginas, en el barrio Castilla La Nueva, en casa de mi tío Miguel Ramón Villarreal Atencio —poeta, cuentista y cantautor—, mientras la madrugada avanzaba sigilosa y la obra se desplegaba ante mí con la tensión y la premura de un expediente judicial que exige ser leída sin pausas.

Al día siguiente se lo devolví a Julio Sierra, todavía bajo el impacto de aquella historia que no concede tregua.

—¡Caramba, qué rapidez! —exclamó—. Te tomaste muy en serio mi recomendación de que me lo devolvieras apenas terminaras…

Los libros, como ciertos destinos, no permanecen quietos. Tienen vocación de viaje. Un amigo escritor —de esos que rastrean novedades con olfato de editor— le pidió a Julio que se lo facilitara. Y el maestro, pródigo hasta el descuido, volvió a abrir la mano sin reservas.

Años después, en una conversación atravesada por la nostalgia, me confesó que aquel ejemplar jamás regresó a sus manos. El libro tomó otro rumbo: quizá descansa en un estante anónimo, quizá viajó en una mudanza sin memoria, quizá reposa olvidado entre papeles que nadie abre. Ironías del oficio: una novela que reflexiona sobre el arraigo terminó convertida en errante. Así entendí que en nuestra geografía cultural no solo se extravían historias humanas; también desaparecen libros, víctimas discretas de la desmemoria y de esa costumbre tan criolla de confundir préstamo con posesión.

Aquel volumen, de vocación introspectiva y cadencia firme, no era una ficción ligera: era un expediente moral. La obra reconstruye la trágica historia de Miguel Sabas Cantero, asesinado en su ciudad natal tras compartir una velada con amigos. Desde las primeras páginas se percibe que no estamos ante la simple narración de un crimen, sino ante la radiografía de una existencia.

Castillo Pérez se adentra con precisión casi forense en el perfil psicológico de la víctima. Miguel Sabas no es héroe ni villano; es un hombre signado por nostalgias y decisiones que pesan más por lo que sugieren que por lo que expresan. La novela levanta acta de sus últimos movimientos y teje una atmósfera en la que la fatalidad no estalla: se gesta.

La estructura alterna la pesquisa detectivesca con reflexiones de aliento antropológico. En esa mezcla —cercana al reportaje literario— el autor examina una sociedad en la cual la violencia no siempre obedece a consignas políticas ni a disputas económicas.

Aquí el móvil es otro: el orgullo herido, la obsesión que fermenta en la intimidad hasta transformarse en condena.

El autor intelectual del crimen, Augusto Lagares, no actúa por cálculo financiero ni por militancia ideológica. Lo empuja el rencor, una fijación enfermiza con el pasado sentimental de su esposa y la sombra atosigante de Miguel Sabas. La ejecución se convierte, entonces, en el desenlace de una batalla interior.

Un lugar para vivir termina siendo una meditación incómoda sobre la frontera difusa entre ficción y realidad. La violencia, sugiere Castillo Pérez, no siempre irrumpe con estridencia; a veces adopta el rostro de la cordialidad y se instala en la aparente normalidad provinciana. La novela desnuda un escenario en el que las apariencias funcionan como escenografía y el pasado, si no se resuelve, se convierte en pólvora.

Aquel día en Montería comprendí que no tenía entre las manos solo un libro, sino un testimonio narrado con pulso de cronista. Un lugar para vivir no es únicamente el espacio físico que habitamos; es el territorio moral que edificamos —o demolemos— con nuestras pasiones.

Hablar de Nelson Castillo Pérez es internarse en una tradición literaria que hunde sus raíces en las aguas lentas de Santa Cruz de Lorica, su tierra natal, pero que se expandió académicamente en la Universidad del Atlántico, donde se formó en Filología e Idiomas. Allí hizo parte del recordado grupo Punto y Aparte, junto a nombres como Guillermo Tedio, Ariel Castillo Mier, Martiniano Acosta y José Luis Hereyra, entre otros jóvenes que discutían literatura con la misma pasión con que otros discutían política o fútbol.

Cada diciembre, Lorica se convertía en tertulia. El investigador en antropología y arqueología precolombina, además tenor lírico, Orlando Yances, y el poeta José Luis Hereyra peregrinaban hasta la casa de Nelson para compartir lecturas, polémicas y sueños editoriales. En ese círculo también orbitaba un personaje entrañable: ‘El Flecha’, figura real que luego inmortalizaría David Sánchez Juliao en su universo narrativo. La literatura, allí, no era un ejercicio solitario sino una celebración colectiva.

Castillo Pérez amplió su horizonte académico con estudios de Maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad Nacional Autónoma de México y obtuvo el título de Magíster en Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá. Su vida profesional ha estado ligada a la docencia: fue Profesor Titular de Literatura en la Universidad de Córdoba, donde formó generaciones de lectores con rigor y entusiasmo.

Su obra comenzó a abrirse paso desde 1980 con El hombre que atrapó la noche (cuentos). En 1985 publicó la novela Conspiración contra Bertilda, que ese mismo año le mereció el Segundo Premio Nacional de Novela en el Concurso “Ciudad de Pereira”. También en 1985 obtuvo el Primer Premio Nacional de Libro de Cuento de la Lotería de Bolívar con Vestido nuevo y otros amores, publicado en 1987.

A lo largo de las décadas consolidó una producción diversa y constante: Breve historia de la inocencia(1994); El viaje (2001); Lenguaje y vida (2000); Discurso y humor (2009); Reflexión pedagógica sobre la felicidad (2011); la novela Un lugar para vivir (2012); Textículos (2013); Temas de nuestros tiempos (2014); Historia de la luz (2016); Crítica literaria (2017); Cómo se cuentan las historias (2018), obra que obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Manuel Zapata Olivella en Lorica (2015); Tiempo y olvido (2021); La vida breve(2023); Pesadillas de ahora (2023) y Palabras medidas (2025).

Fue finalista en varios concursos nacionales de cuento: Universidad de Córdoba (1975), 90 años de El Espectador (1976), Universidad Surcolombiana (1977), Concurso Nacional del Cuento Colombiano (1986) y San Andrés Islas (1990). Reconocimientos que no solo hablan de constancia, sino de una voz que fue afinándose sin perder el acento caribe.

En Nelson Castillo Pérez confluyen el académico riguroso, el narrador atento a las fisuras del alma y el ensayista que reflexiona sobre el acto mismo de contar. Su trayectoria confirma que la literatura, cuando nace de la provincia y se alimenta de estudio y disciplina, no es periferia: es centro. Y en su caso, un centro que dialoga con el país y con la memoria.

A continuación, compartimos una entrevista con el escritor Nelson Castillo Pérez, una conversación que nos permite adentrarnos en su universo literario y humano.

¿Cómo logra ‘Un lugar para vivir’ convertir un crimen íntimo —nacido del orgullo herido— en un retrato profundo de la fragilidad humana y de la violencia que late bajo las apariencias sociales?

El universo de la literatura es la humanidad. En literatura no hay temas malos ni buenos, dijo Cortázar. El tema, cualquiera que sea, es un motivo para que el escritor se introduzca en el alma de la humanidad, que es el insumo de la literatura.  La trama de mi novela ‘Un lugar para vivir’ proviene de la realidad. El personaje que ordena el crimen en la novela no se distancia mucho de los narcotraficantes colombianos, que se creen semidioses, capaces de ordenar un crimen por cualquier cosa tonta que los ofenda, como Pablo Escobar, que no permitía siquiera que una exmujer suya mantuviera una relación amorosa con algunos de sus subalternos. En literatura, la historia que se cuenta es tan solo un pretexto para tocar la fibra de la humanidad.

Su infancia en la señorial Santa Cruz de Lorica parece haber marcado su sensibilidad narrativa. ¿Cómo se filtra ese origen caribe, ribereño y popular en su escritura?

Santa Cruz de Lorica, mi lugar de origen, es una pequeña ciudad influida históricamente por la cultura cartagenera. Está ubicada entre el río Sinú y el mar Caribe. Sus habitantes son bullangueros, desabrochados, de espacios abiertos, anecdóticos. Podría decirse que Lorica es un enclave del Caribe en los valles y las sabanas del Sinú, y así lo ven los demás miembros de las otras comunidades que constituyen el territorio de Córdoba, incluyendo a los mismos arribanos de la capital del departamento. El tipo de lenguaje, en este caso la oralidad, con que se entrelazan en la vida cotidiana los miembros de esta comunidad, dista del que se habla en el resto del territorio. Se trata de un lenguaje fundado en metáforas y asociaciones que estimulan la imaginación, el humor, lo lúdico. Detrás de toda obra literaria está la lengua de la cultura del autor. En este sentido, creo que nacer y crecer en el seno de una cultura cuyos miembros suelen reunirse en las esquinas, que en el Caribe colombiano son espacios de convocatoria, y convertir todo en anécdotas que se cuentan a viva voz, impregnarse de todo ese ambiente narrativo, es ya un primer paso en el arte de contar historias, aunque es bueno aclarar que la vocación literaria proviene de la infancia o de la adolescencia, de algo que le sucedió al futuro escritor que lo marcaría con fuego para siempre y que en la adultez se le convierte en fantasmas que debe exorcizar mediante la creación literaria Vargas Llosa dijo en Historia de un deicidio que el escritor es un ser divorciado de la realidad, a la que quiere reinventar . Un escritor es un ser rebelde que quiere corregir la vida. Toda novela es una corrección, dijo Camus.

Usted se formó en Filología e Idiomas en la Universidad del Atlántico, en diálogo con un grupo intelectual muy activo. ¿Qué le dejó esa experiencia colectiva en la construcción de su voz literaria?

Ingresé al programa de Filología e Idiomas no tanto con la intención de formarme como licenciado —jamás pensé ser profesor—, sino más bien en busca de luces que me alumbraran el universo de la literatura. Antes de ingresar, había leído tres autores fundamentales: Albert Camus, Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivella. Y cuentos de diferentes autores publicados en los suplementos dominicales de los principales diarios de Colombia. Pero carecía de una formación sistemática. En busca de esa formación llegué a la Universidad del Atlántico. Necesitaba saber leer las obras literarias para conocer la estructura con que habían sido escritas, requería asomarme al abecé de la teoría literaria. Todo ese ambiente académico e intelectual que giraba en derredor de la literatura fue para mí el ambiente ideal que andaba buscando. 

   Tres profesores de la carrera fueron útiles en mi formación literaria, a saber: Carlos Jota María, Guillermo Tedio y Ramón Molinares. Con ellos aprendí a leer los autores latinoamericanos. Pero sería injusto si no mencionara a Roberto Vargas, con quien leí a Faulkner y a Hemingway en inglés. Hubo otras personas que me alimentaban la pasión por la literatura cuando me encontraba con ellas en la cafetería de la universidad, como el profesor investigador Orlando Yance, que había sido mi profesor de bachillerato en el colegio Lácides C. Bersal de Lorica, y el poeta y cuentista José Luis Hereyra, quien recitaba sus poemas a viva voz en cualquier parte. Sí, sin duda, la experiencia que me dejó la Universidad del Atlántico fue vital en mi formación de escritor.

¿Cómo recuerda su paso por el grupo Punto y Aparte y el intercambio con figuras como Guillermo Tedio, Ariel Castillo Mier o José Luis Hereyra? ¿Qué debates los atravesaban entonces?

El contacto que mantuve con estos tres amigos barranquilleros cristalizó mi vocación literaria. Por supuesto, antes de conocerlos ya había escrito y publicado mi primer cuento, “Salomé se sentó con la mala suerte”, en el suplemento literario del Diario del Caribe, a instancias de mi profesor Carlos Jota María, que hacía parte de la Comisión Coordinadora del Suplemento Literario del Diario del Caribe, al lado de Antonio Caballero Villa, Alfredo Gómez Zurek, Margarita Abello y Ramón Illán Baca, que en aquellos tiempos de la nostalgia se llamaba Ramón Baca Linares. 

   A veces creo que nosotros inventamos el concepto de “viernes cultural”. Pues todos los viernes en la tarde nos dábamos cita en el bar de un hotel ubicado en la parte diagonal de la universidad y allí, en la misma mesa de siempre, por encima del pico de las botellas, se hablaba hasta por los codos de literatura. Yo, provinciano, escuchaba las disertaciones de los tres caros amigos. Me llevaban años de lectura y era consciente de que me encontraba en una condición de aprendiz. Dos de ellos, Tedio y Hereyra, como se les llamaba desde entonces, eran ya premios nacionales de cuento. Los había leído en el Magazín de El Espectador, año 1971, cuando yo apenas era estudiante de bachillerato. De modo que les profesaba admiración. Ariel Castillo, mi pariente, que también escribía poemas, se perfilaba desde ya como un severo crítico literario ilustrado, de ceño fruncido. 

    En aquellos tiempos se hablaba mucho de las influencias literarias en los noveles escritores. El esfuerzo consistía en alejarse de la influencia de García Márquez, porque entonces la gente veía el fantasma de García Márquez en todo lo que uno publicaba. Había que andar con cuidado. Los sábados metía mis cuentos en una mochila y visitaba a Hereyra hasta el domingo, quien con suma generosidad leía, con su voz de poeta, mis cuentos, y yo seguía, a través de su voz, la melodía de lo que yo mismo había escrito durante la semana. De esa manera, en una labor que procuraba descubrir lo disonante en la prosa, lo que no sonaba bien, corregía mis primeros cuentos, como si la medida de mi literatura hubiera sido la música.

Su formación se completa con estudios en México y una maestría en Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo. ¿Qué le aportaron esos dos escenarios —México y Bogotá— a su mirada sobre la literatura latinoamericana?

   Concebí la UNAM como un punto de llegada, el escenario desde donde escribiría los textos que mis labores profesionales no me habían permitido escribir en Colombia. Gané una beca y me matriculé en la Maestría de Literatura Latinoamericana de esta prestigiosa universidad latinoamericana, que fue la forma más expedita, después de pensarlo muchas veces, de desconectarme de todo compromiso laboral para dedicarme, sin interrupción, a escribir una novela. La escritura de una novela exige concentración, la necesidad de impregnarse de las vivencias del tema que nos embarga, contemplarlo a la luz de la memoria y de la imaginación. Si uno es capaz de sentir lo que está escribiendo es porque las cosas van a salir bien, la escritura fluye. En La UNAM fui alumno de Antonio Alatorre, editor, junto a Juan José Arreola, de la revista Pan, que publicó los primeros cuentos de Juan Rulfo, como también lo fui de José Luis González en la asignatura Sociología de la Literatura, escritor puertorriqueño quien hizo todo lo posible para conseguirme un trabajo de medio tiempo que me permitiera leer y escribir, con el fin de que olvidara mi regreso a Colombia. La literatura es una imitación de la vida, dijo Aristóteles. Escribir algo que se parezca a la vida, qué cosa tan difícil, dijo Virginia Wolff, y tal hazaña requiere dedicación de tiempo completo. Debo decir que la visualización que gané del escenario de mis recuerdos durante mi permanencia en México fue útil en mi labor de escritura. Fue como si la distancia me hubiera aproximado. Los recuerdos se cristalizaron y la nostalgia se decantó, como si contemplara el desfile de mis recuerdos desde las cómodas gradas de la distancia. 

  Terminé la novela casi al mismo tiempo en que finalicé mis estudios de primer semestre, que consistieron en leer novelas y luego reunirnos con el profesor de la materia a lo largo de una mesa de banquete y hablar sobre ellas, que para mí es la forma ideal de enseñar literatura. Una amiga colombiana me matriculó en el segundo semestre, pero ya yo tenía ganas de regresar a Colombia, tenía el tiquete de regreso en la maleta (en aquellos tiempos se podía comprar el tiquete de regreso y guardarlo). Regresé al pasado a pesar de las voces amigas que me aconsejaban no hacerlo. Desde luego, en el fondo titilaba la esperanza de volver a la UNAM, pero no fue posible. Una vez llegué, me nombraron como profesor y volví a ganar plata, y no volví a escribir otra novela hasta cuando la Universidad de Córdoba, donde aún laboro, me concedió un año sabático.

   Cuando ingresé al Instituto Caro y Cuervo mediante una beca, respaldado por una comisión de estudio, me advirtieron de entrada que la Maestría no era para escritores —dicho así de manera expresa—, sino para investigadores de la literatura o del lenguaje. Sin embargo, es justo decirlo, las lecturas y los estudios de la obra literaria, orientados por excelentes profesores, fueron útiles para mi formación de escritor, que nunca termina. Debo decir que la novela escrita en México, Conspiración contra Bertilda, después de permanecer en el desván de la espera y ser revisada, ganó premio nacional de novela en Colombia.

En 1984 obtiene el Segundo Premio Nacional de Novela con Conspiración contra Bertilda. ¿Cómo nació esa novela y qué significó para usted ese reconocimiento temprano?

La novela Conspiración contra Bertilda tiene su génesis en mi adolescencia. Nací y crecí en el seno de una familia de mujeres modistas o costureras, como las llamaban en Lorica, mujeres —entre ellas mi madre— que detrás de una máquina de coser Singer confeccionaban vestidos de mujeres jóvenes. Esa eventualidad me puso en contacto con un mundo de alegría donde las mujeres jóvenes y bellas llegaban a mi casa los viernes en la tarde a buscar y medirse sus vestidos nuevos que lucirían en los bailes populares en la noche de los sábados. Conspiración contra Bertilda registra la evocación de aquellos tiempos de mi adolescencia.

  Cuando envié la novela al Concurso Anual de Novela Ciudad de Pereira, estaba seguro de que quedaría entre los primeros lugares. Estaba convencido de su calidad literaria, había sido escrita con sangre. De modo que el anuncio del fallo, leído en un noticiero de la televisión nacional y transmitido a mí por un amigo que lo oyó, no me sorprendió: ya lo había presentido. Por supuesto, la alegría correspondiente por el reconocimiento, porque ganar un concurso honestamente significa un reconocimiento, entrar por la puerta grande en el campo literario de un país.

Usted ha contado que no obtuvo el primer lugar por ser un ‘escritor desconocido’. ¿Cómo la lee hoy: como herida, como ironía o como confirmación de su camino?

Son palabras de uno de los jurados del concurso, Eduardo López Jaramillo (q.e.p.d.), doctor en Letras de la Universidad de Lovaina. Una gran persona. Un escritor e intelectual honesto nacido en la ciudad de Pereira. Cuando me notificaron el fallo, propuse que me enviaran por giro el dinero otorgado al segundo premio del concurso. Pero el presidente del Concejo de Pereira, ente organizador del concurso, insistió en que fuera personalmente a recibir el premio. Después habría de saber que los organizadores del concurso querían hacerme un desagravio. En efecto, en un momento del almuerzo oficial, Eduardo López Jaramillo, sentado a mi lado, me contó, después de manifestar su asombro por estar al lado de alguien que a pesar de vivir en una región remota conocía el arte de narrar, me contó que Gustavo Álvarez Gardeazabal y Fanny Buitrago, los otros dos jurados del concurso, convocaron una reunión urgente para revisar el acta del fallo. La decisión, sin unanimidad, fue concederme al segundo puesto porque según ellos, basados en mi biografía, yo estaba aún joven y podía esperar. Creían que el primer puesto me catapultaría y ese honor había que dárselo a un escritor que estuviera en ascenso. El primer fallo, el verdadero, firmado por los tres jurados, premiaba mi trabajo y colocaba de segundo lugar al escritor Triunfo Arciniega. El novelista Alexis Zapata Meza y el poeta José Luis Hereyra señalaron el daño que se me había hecho, pero atropellado por mi juventud no sopesé la real dimensión de aquel acto injusto que hoy sí veo y condeno. Sin duda, el primer premio, que consistía, además del dinero, en la publicación de la obra por la editorial Plaza y Janes, me habría posicionado en la escala literaria del país. Estoy seguro de que mi novela, difundida por esta editorial de prestigio, habría brillado aún más.  

Sus libros de cuentos, desde El hombre que atrapó la noche hasta Pesadillas de ahora, muestran una constante exploración de la condición humana. ¿Qué le ofrece el cuento que no le da la novela?

El insumo de la literatura es la humanidad. Toda obra literaria se centra en la exploración de la condición humana. La literatura, como ya dije, a instancias de Aristóteles, imita el alma humana. A diferencia de la novela, el cuento ofrece una estructura concisa y dada su estructura lo podemos escribir de un solo tirón en un fin de semana, lo que no es posible hacerlo con la novela, que exige tiempo completo si queremos en verdad escribir una obra de arte. La diferencia entre escribir bien y hacer una obra de arte, dijo Truman Capote, es sutil, pero brutal.

   Los cuentos de El hombre que atrapó la noche representan mi época juvenil de estudiante universitario, pero no por ello los subestimo. Algunos de ellos, de gran factura literaria, fueron finalistas en concursos nacionales de cuento. Los cuentos de Pesadillas de ahora, en cambio, presentan ya una fase más elaborada, un avance en el proceso de creación, más mesura y menos espontaneidad. 

Vestido nuevo y otros amores, Premio Nacional en 1985, es ya un clásico silencioso. ¿Qué obsesiones temáticas de ese libro siguen vigentes en su obra actual?

Vestido nuevo y otros amores son cuentos escritos después de mi llegada de México, y constituyen, si se quiere, la continuidad de la obsesión que gestó la creación de Conspiración contra Bertilda. Se nota en estos cuentos la fijación de establecer la íntima relación entre el amor y el vestido nuevo, preocupación propia de mi generación. Son cuentos recorridos por el amor, la soledad y la visión juvenil de la vida, las incertidumbres ante el horizonte del porvenir. Cabe destacar que este libro también ganó primer puesto en el Concurso Nacional de Libro de Cuento auspiciado por la Lotería de Bolívar. Compartí el primer puesto con Guillermo Tedio, que fue mi profesor de literatura en la Universidad del Atlántico, lo cual representa para mí un gran honor.

Usted ha transitado con solvencia por la narrativa, el ensayo, la crítica, la pedagogía e incluso la poesía. ¿Cómo decide qué forma literaria necesita cada idea?

Todo parte de los objetivos trazados, teniendo en cuenta lo pedagógico, lo académico, lo artístico y al público lector al que van dirigidos los textos. Cada modalidad exige su forma. Tengo formación literaria y académica, incluso periodística (he sido columnista en diferentes medios nacionales de la prensa escrita), y soy aún profesor de literatura de la Universidad de Córdoba, que es el oficio que me prodiga mi modus vivendi, ya que en nuestro país no es nada fácil vivir de la literatura, todo lo cual me facilita las distintas focalizaciones de los textos que escribo. Creo que percibo el mundo desde lo poético, a la luz de la memoria y la imaginación, y eso me permite expresarme a través de formas poéticas, que son aquellas que evocan emociones. 

En ensayos como Lenguaje y vida o Discurso y humor, el lenguaje aparece como una herramienta ética. ¿Hasta dónde cree que el uso del lenguaje define nuestra calidad humana?

El lenguaje es una capacidad biológica del ser humano, una capacidad que le permite abstraer la realidad, la praxis humana, a través de un universo conceptual que luego expresa a través de sistemas de signos. Una forma de hablar, dijo un filósofo del lenguaje, implica una forma de vivir, de ser y estar en el mundo. Solo basta investigar las diferentes formas de expresión de una cultura determinada para saber cómo son sus miembros. Mi monografía de graduación de la Maestría en Literatura Hispanoamericana en el Instituto Caro y Cuervo fue sobre el humor en El coronel no tiene quien le escriba. El humor aquí cumple una función narrativa que reduce el voltaje de la angustia del veterano coronel en medio de la precariedad económica. El humor equilibra las cargas. Frente a las infinitas quejas de la pobreza, las expresiones risueñas del coronel. Gracias al humor, el coronel sobrevive todos los días. De modo que me tocó leer mucho sobre las teorías del humor. La metodología que apliqué en el análisis estructural de la novela la utilicé en el análisis del discurso de los hablantes del Caribe colombiano. Descubrí con el trabajo de investigación sociolingüística que nuestra oralidad va más allá de un mero instrumento de comunicación cotidiana para convertirse en una forma de vivir que nos prodiga diversión de alguna manera. Nuestra oralidad está plagada de metáforas. Las asociaciones que nos permiten ser más expresivos en nuestros actos comunicativos nos llevan a asumir el lenguaje como un instrumento lúdico que históricamente nos ha puesto a salvo de la violencia. En Barranquilla, por ejemplo, ciudad donde viví un lustro, la oralidad es una fiesta. La metáfora y la franqueza están ligadas con el humor. Vivir al lado de personas que no tienen sentido del humor resulta una experiencia escabrosa.

Cómo se cuentan las historias es un libro clave para entender su pensamiento narrativo. ¿Qué considera indispensable para que una historia funcione más allá de la técnica?

Cómo se cuentan las historias, ensayo que obtuvo el primer puesto en el Concurso Nacional de Ensayo Manuel Zapata Olivella, es el producto de mis análisis de lectura literaria, una preocupación constante de desentrañar los mecanismos que utilizaron los grandes escritores para escribir sus obras. Siempre leo las novelas y los cuentos clásicos por dentro, como un permanente aprendiz de escritor, en busca de las costuras que se ocultan detrás de la gran obra. La obra literaria es el resultado de una estructura que va más allá del lenguaje, la interrelación armónica de unos elementos narrativos. Para Aristóteles, lo más importante de la obra literaria no es ni mucho menos el lenguaje sino la fábula, la organización de los hechos que entretejen la acción de las obras, la trama, el argumento, la forma como se maneja el tiempo y el espacio. El lenguaje se vincula a la estructura narrativa de la obra. Por eso no se puede hablar de lenguaje literario en abstracto. Un buen o mal lenguaje literario depende de los otros elementos narrativos, como la caracterización de los personajes y la temática tratada, lo que Cortázar llamó el estilo, el acople entre el tema y el lenguaje.

Como homenaje a la memoria de su gran amigo, el investigador en antropología y arqueología precolombina Orlando Yance, ¿qué le ha enseñado el pasado remoto sobre el presente cultural del Caribe colombiano?

Orlando Yance (q.e.p.d.) fue mi profesor de bachillerato en Lorica. De él aprendí las primeras nociones del marxismo. Luego fue mi amigo de andanzas en Barranquilla, junto al poeta José Luís Hereyra y mi compañero de estudio Francisco Turizo (q.e.p.d.). Le rendí el íntimo homenaje de incluirlo con su nombre propio en mi primera novela, él lo supo, que es lo importante, una muestra de aprecio para alguien que fue mi crítico de cabecera en los asuntos de la vida y de la literatura. 

Usted ha sido profesor titular en la Universidad de Córdoba durante años. ¿Qué ha aprendido más: enseñando literatura o escribiéndola?

Durante tres décadas he sido profesor de literatura en el programa de Español y Literatura de la Universidad de Córdoba, programa que con la ayuda de otros compañeros fundamos como una forma de contribuir al desarrollo de la educación en el departamento de Córdoba, sobre todo en lo que respecta a la literatura. Enseñar es una forma de aprender. En el esfuerzo que hacemos por esclarecer los conocimientos, aprendemos. Mi labor de docente de literatura consiste en leer obras, enriquecerlas a través de la investigación y la reflexión y luego reunirme con los estudiantes, que también han leído y enriquecido las obras, y hablar en torno de las obras, de las estructuras que las constituyen, de la condición humana, de la cultura que circula en ellas. 

Desde su experiencia docente, ¿cuál es hoy el mayor desafío en la formación de lectores y escritores en Colombia?

El mayor desafío de un profesor de literatura consiste en incrementar en los estudiantes el amor por la literatura, que fue lo que hizo Borges cuando fungió de profesor de literatura inglesa en la facultad de letras de la Universidad de Buenos Aires. Es de vital importancia leer el libro de Borges profesor, un libro que debe ser de cabecera para todos los profesores de literatura, Fue elaborado a partir de las grabaciones que hicieron algunos de sus estudiantes de sus clases, no porque vislumbraran el futuro brillante de Borges en las letras, sino para que luego las escucharan aquellos compañeros que faltaban a clase. En las páginas de este libro el lector podrá encontrar la metodología utilizada por Borges en la enseñanza de la literatura a partir de libros que él amaba, la primera condición de un profesor de literatura para introducir en el estudiante su pasión por ella.

¿Qué tipo de lectura les recomienda a los jóvenes que se inician en la literatura? ¿Hay autores que considere fundamentales en ese primer trayecto?

Un lector incipiente debe empezar con lecturas de obras vernáculas. Para un lector caribe, Cien años de soledad, por ejemplo, resulta de gran utilidad, puesto que, en esta gran obra, que me inmiscuyó en el universo de la literatura, circula la cultura del Caribe. La Ley 115 recomienda en uno de sus artículos leer obras de autores vernáculos como una forma de iniciar el amor por la literatura.  

A la inversa, ¿de qué tipo de lecturas deberían huir los estudiantes cuando estas no resultan formativas ni benéficas para su crecimiento intelectual?

Es lo que recomiendan los grandes escritores, como Borges y García Márquez: huir de aquellas obras que no nos satisfacen, que nos aburren terriblemente. Un lector sin dolor.

En libros como Un lugar para vivir o Historia de la luz, la memoria y el tiempo ocupan un lugar central. ¿Escribir ha sido para usted una forma de permanencia frente al olvido?

Escribir es dejar un testimonio. El escritor escribe más que todo para la posteridad. Lo asiste la necesidad de contar su tiempo, que viene de la infancia. El escritor es un organizador del caos de sus recuerdos. Sin proponérselo, lucha contra el olvido.

Sus columnas reunidas en Temas de nuestro tiempo revelan una voz crítica frente a la realidad nacional. ¿Debe el escritor asumir una responsabilidad pública?

El escritor debe ser sensible frente al destino de la humanidad. Si bien no asume una corriente ideológica de avanzada, en procura de promover la justicia social, al menos ofrece su preocupación existencial, su pensamiento, vela por la verdad, que construye caminos de luz, de sabiduría, para que sus lectores no se extravíen por los laberintos de la vida.  

Recientemente usted opinó sobre las políticas educativas y culturales del país. ¿Qué cree que le hace falta hoy a Colombia para tomarse en serio la cultura?

Toda transformación empieza por lo cultural, es decir, por ese universo conceptual a través del cual los miembros de la sociedad ven y sienten la vida. El alma humana se fundamenta sobre la forma como los seres humanos ven y sienten la vida. Uno siente a instancias de las ideas que nos asisten. El alma humana es ideológica, cultural. El único instrumento con el que cuenta una sociedad para transformar a sus miembros en busca de la felicidad es la educación, que no es ni mucho menos exclusiva del sistema educativo sino de todas las instituciones del Estado, incluyendo los individuos prominentes, como los políticos y los organismos privados que ejercen proyección social, como el periodismo, por ejemplo. La cultura se transforma, y es deber de la educación hacerlo para que los miembros de la sociedad sean justos y razonables. El fin último de la educación es la felicidad, dijo Aristóteles. La educación debe formar individuos razonables, virtuosos. La felicidad proviene de la virtud.

Después de más de cuatro décadas dedicadas a la literatura, la docencia y la reflexión crítica, ¿qué le sigue inquietando a Nelson Castillo Pérez como lector y como escritor?

Me inquieta, hablando con sinceridad, la falta de tiempo para dedicarme exclusivamente al quehacer literario, tanto a la lectura como a la escritura. Una vez me pensione, organizaré los apuntes sueltos que tengo en libretas secretas para ponerle punto final a la quizás última novela que he venido hilvanando con paciencia desde hace mucho tiempo. La vocación literaria es inmarcesible.

Por: Fausto Perez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom