Tras una lectura rigurosa y placentera de Yo soy el cantante —diálogo imaginario y salsero del dramaturgo puertorriqueño Carlos Canales—, indagué sobre los matices de este texto de largo aliento. En nuestra charla, exploramos cómo su artífice, residente en Norwich (Estados Unidos) y prologuista de mi libro Doce notas y un solo sabor, transforma la memoria en altar y la salsa en una revelación.

En esta pieza, el autor apela al recurso de la entrevista virtual, un género del periodismo en el que se establece un diálogo imaginario con un personaje inexistente. Bajo esa premisa, Canales da forma a un guion escénico de singular intensidad: una entrevista radial póstuma entre un locutor ficticio y Héctor Lavoe, ‘El Cantante de los Cantantes’, en la que la ficción, la nostalgia y el teatro se funden en una misma frecuencia emocional. Desde las calles de Ponce hasta el vértigo musical de Nueva York, la obra recorre los momentos luminosos y las heridas más hondas del salsero que transformó la tristeza en son y la soledad en canto colectivo. A través de ese diálogo espectral emergen los días de aprendizaje musical, la poderosa alianza artística con Willie Colón y el nacimiento de himnos inmortales como ‘El Cantante’.
Pero la pieza no se limita a exaltar al mito. Canales se adentra en la fragilidad humana de Héctor Juan Pérez: el hombre golpeado por la pérdida de su hijo, el peso de la fama, las adicciones y el abandono interior. El dramaturgo no escribe una biografía convencional; convoca una presencia. Levanta una ceremonia teatral en la cual la radio funciona como confesionario, escenario y eco de ultratumba. Cada intervención parece emitida desde una cabina anclada entre el recuerdo y la eternidad.
En esta entrevista, Carlos Canales revela el proceso creativo detrás de una obra que se aparta deliberadamente del canon biográfico clásico para explorar una dimensión más íntima y espiritual del cantante. Explica cómo fusionó el lenguaje radial con la tensión performativa, utilizando el ritmo de la salsa, los silencios y la musicalidad del habla como herramientas estructurales. La conversación permite descubrir a un autor obsesionado con el compás de las palabras y con la necesidad de humanizar a Lavoe más allá del estereotipo y la leyenda.
La memoria personal del escritor, su relación emocional con la salsa y el impacto cultural de Héctor Lavoe atraviesan toda la obra como un tumbao persistente. ‘Yo soy el cantante’ termina siendo mucho más que una pieza teatral: es un réquiem salsero, una misa de barrio, un acto de invocación poética donde la voz de Lavoe vuelve a encenderse, como un viejo vinilo girando en la penumbra de la memoria colectiva.
Sintonizamos, a partir de este momento, la frecuencia de este encuentro con Carlos Canales, artífice de un réquiem que se resiste al Olvido:
Carlos, este libro se siente como si abrieras un viejo LP y de allí saliera Lavoe hablándote al oído. ¿Desde dónde escribiste esa voz? ¿Te llegó primero la música o la memoria?
–Pienso que la idea se me ocurrió en 1993, en la ciudad de Nueva York. Una mañana de verano leí en un periódico en español sobre el fallecimiento de Héctor Lavoe. En ese momento tuve un fluir de conciencia: me vi en la plaza de Carolina con un radio transistor sintonizado en la primera emisora de salsa del mundo, la desaparecida WVOZ, Radio Voz, escuchando la salsa Che Che Colé. El fluir de conciencia me transportó a mayo de 1970, cuando fui con mi padre a ver a Héctor Lavoe con la orquesta de Willie Colón en las mejores fiestas patronales de Puerto Rico, que eran las de San Fernando de la Carolina. Héctor Lavoe no se presentó a cantar… Willie Colón lo cubrió acompañado de otros cantantes de salsa… Enterarme de la muerte de ‘El cantante de los cantantes’ me llevó a recordar toda su vida, ya que estaba al tanto de su carrera musical. Pensé en el tema de la muerte, que me conecta con mi angustia y mis bajos fondos existenciales. Después de ver películas, leer artículos de periódicos y revistas, libros y enterarme de obras de teatro, me dije: “Tengo que escribir una obra sobre Héctor Lavoe”. En varias ocasiones escribí unos monólogos, pero todos terminaron en la basura. Muchos años después, conversando con el profesor y director de teatro venezolano Oscar Acosta, un conocedor de la música salsa, tocamos el tema de Héctor Lavoe. Fue esa conversación el detonante de cómo contar la historia dramática de Héctor Lavoe.
Uno siente que Yo soy el cantante no busca contar la vida de Héctor, sino convocarlo. ¿Fue así?
–Ese fue el propósito: no contar tradicionalmente la vida de Héctor Lavoe. Porque se corre el riesgo de presentar solo hechos y cumplir con las normas que exige la biografía. Desde el principio yo tenía claro que no contaría la vida conocida de Héctor Lavoe. Aunque sabía que no podía faltar a la verdad. Inclusive, imaginé la entrevista realizada en un mall o plaza comercial; la gente vería a Héctor Lavoe a través del cristal y lo escucharía por los altoparlantes de la emisora. Convocarlo fue mi intención. En la composición de la obra fui descubriendo que lo convocaba, pero cuando diseñé el concepto de dirección terminé de convocarlo a plena conciencia. Por ello, hay una escena climática en la que dejé de convocarlo y Héctor Lavoe se convocó por sí mismo. Es una escena conmovedora y me alegro de que se me haya revelado. Para resumirte, es una escena inmortal. Es la convocación suprema.
En el texto hay una mezcla perfecta entre lo radial y lo teatral. ¿Por qué elegiste esa frontera entre micrófono y escenario?
–Yo no quería contar la historia de Héctor Lavoe utilizando formas de la dramaturgia tradicional. Escoger esa forma, esa mezcla que señalas, se debe a un hecho fundamental: la mudanza y posterior desaparición de la primera emisora de salsa del mundo, WVOZ Radio Voz, que estaba ubicada en el centro del pueblo de Carolina, Puerto Rico, donde tantas veces se entrevistó a Héctor Lavoe. Además, me ayudó escuchar entrevistas a salseros en otras emisoras de salsa. La radio sigue ejerciendo una fascinación… Porque la entrevista, en todas sus formas, presupone revelaciones que les interesan a los oyentes. “Voy a escucharla, ¿de qué va a hablar el entrevistado?”
Cuando uno lee los diálogos, parece que el DJ y Lavoe fueran dos reflejos de un mismo espejo. ¿Qué tanto hay de Carlos Canales en esa conversación?
–Esos diálogos pertenecen a escenas retrospectivas. DJ se convierte en Héctor Lavoe. DJ conoce al dedillo la vida de Héctor Lavoe. Lo que hay de Carlos Canales en esa conversación es mi memoria de Héctor Lavoe y la música salsa.
¿Cómo lograste que el ritmo narrativo respirara con el tumbao de una salsa, sin que se volviera musical literal?
–Yo soy obsesivo con el ritmo en la escritura teatral y no digamos con el ritmo en la representación. Conozco casi todas las letras de las canciones que grabó Héctor Lavoe. En la composición de Yo soy el cantante fueron aflorando; las parafraseé y las incluí en el diálogo.
Hay pasajes donde se siente el Bronx, pero también Barranquilla, Cali, Panamá… ¿Esa geografía la dicta la salsa o la memoria?
–Me la dicta la memoria. Yo estaba enterado de que Héctor Lavoe visitó todos esos países que mencionas; y también tengo conocimiento del impacto de la música salsa en los países caribeños, que va más allá de las islas y se adentra en algunos países de Centro y Suramérica que son del Caribe.
Lavoe dice: “Yo soy yo y tú eres los demás”. ¿Qué te dice hoy esa frase?
–Esa frase está en el contexto de la representación. Para romper con lo narrativo de las entrevistas me vi obligado a desdoblar los personajes en ellos y en otros: un juego dramático, una metateatralidad. La frase quiere decir que en el juego teatral los personajes pueden transgredir reglas que sería difícil romper en la realidad, y también es una frase que refleja el humor ingenioso que poseía Héctor Lavoe. Esa frase hoy me dice que tiene muchos significados. Un significado sería: está Héctor Lavoe y están los demás. Yo he escuchado a mucha gente decir: “Está Tito Puente y están los demás timbaleros”.
En la obra hay silencios tan potentes como los boleros que suenan. ¿Qué papel juega el silencio en tu escritura?
–El silencio es una acotación que utilizo para que los personajes piensen, provocar reflexiones en los espectadores y crear suspenso también. El silencio detiene la acción y el tiempo. El silencio provoca viajar en los laberintos y adentrarse en los misterios del universo. El silencio es comunión. El silencio es metafísico. En el cuadro La Crucifixión de Dalí, lo que me impresiona es Cristo crucificado y suspendido en el centro de la inmensidad, en un silencio absoluto, esa soledad…
El texto dramatiza la ruptura entre Lavoe y Willie Colón como si fuera una escena de teatro interior. ¿Era necesario narrar la herida para que sonara la voz?
–Es una de las escenas más tensas de la obra, pero es un clímax íntimo de sentimientos encontrados, de frases no dichas, de sobreentendidos, de secretos; imperativo en la acción dramática, porque a partir de esa ruptura Héctor Lavoe tiene que asumir responsabilidades que van a transformar su vida y cambiarle su relación con la salsa, como cantante y director de una orquesta. Por otro lado, Willie Colón enfrenta un conflicto, una crisis que lo empujaba a realizar otros proyectos con su vida personal y como director musical. Y sabemos que se convirtió en cantante.
¿Cómo fue escuchar a Lavoe desde dentro, no como mito, sino como hombre?
–Enfrentarlo como hombre me permitió que ese Héctor Lavoe de mi obra no fuera Héctor Lavoe, sino todos los hombres, porque todos los hombres y seres humanos tenemos conflictos, lidiamos con situaciones extremas como las que enfrentó Héctor Lavoe. Internarme en Héctor Lavoe fue sumergirme en mis propios conflictos; si no lo hubiera hecho de esa manera, me hubiera quedado en la periferia, en la superficie y hubiera creado un personaje plano. Te aseguro que si yo no me hubiera identificado con la vida de Héctor Lavoe no hubiera escrito la obra. En el proceso creativo del texto me fui acercando a lo más profundo de Héctor Lavoe. Para mí fue más importante el conflicto del personaje que presentar una historia panorámica de su vida.
Hay algo de ternura feroz en cada diálogo. ¿Ese tono lo encontraste escribiendo o escuchando sus canciones?
–No te podría decir cómo conseguí ese tono; quizá conocer todas las canciones me ayudó mucho, pero también mi conciencia e insistencia en mostrar a un Héctor Lavoe humano, con sus dudas y conflictos internos, y evitar crear un Héctor Lavoe estereotipado, construido por anécdotas y chistes.
En la parte en que se menciona a Fausto Pérez Villarreal —lo cual, debo decir, me honra profundamente—, tú rompes la cuarta pared y vuelves la historia circular. ¿Qué querías provocar ahí?
–Quise que Héctor Lavoe se enterara del libro Eternamente Lavoe que escribió Fausto Pérez Villarreal, pero también darles una clave a los lectores/espectadores. Decirles a todos que Héctor Lavoe sigue presente en el imaginario y provocando investigaciones… Pero hay otro propósito que no puedo mencionar; sí puedo decir que se relaciona con el final sorpresivo de la obra. En ese momento el lector/espectador comprenderá la mención del libro de Fausto Pérez Villarreal y entenderá la reacción de Héctor Lavoe cuando DJ se lo comentó.
En tu libro, la salsa no es solo ritmo: es destino. ¿Coincides con que Lavoe cantó su propia profecía?
–Podría hacerse esa conjetura. Sería más una construcción, una analogía, pero señala una mística. Tu pregunta plantea toda una tesis de la vida del cantante, pero también de cualquier ser humano. Cómo el arte y la vida se entremezclan y nos dan la pauta para hacer interpretaciones cuyas conclusiones arrojarían resultados que provocarían otras interpretaciones interminables.
¿Podría decirse que Yo soy el cantante es una misa salsera?
–Sí, pudiera decirse.
¿Qué le dirías hoy a Héctor Lavoe si lo tuvieras al frente en esta cabina?
–Yo no sabría qué decirle, podría paralizarme.
¿Y qué te diría él a ti después de leer tu libro?
–Podría decirme que no le sorprendió nada, aunque intuyo que me daría las gracias.
¿Cuándo supiste que la radio y la literatura podían hacer pareja perfecta?
–Fue un riesgo, sigue siendo un riesgo literario hasta que no estrenemos la obra, que será pronto en Caracas, Venezuela; sabremos cómo funciona en la representación. No fue nada fácil, porque tenía que ceñirme al formato de la entrevista, que suele ser informativo y descriptivo. A esta pregunta he de volver después del estreno. Pero puedo decirte que en un ensayo de la obra fue un familiar de uno de los actores, vio y escuchó los primeros quince minutos del texto, quedó maravillada y dijo que quería ver la obra completa. Lo asombroso de este pequeño relato es que ella no sabía quién era Héctor Lavoe. El relato y el deseo de ella por saber más de Héctor Lavoe podrían ser un indicio de que la radio y la literatura son una pareja perfecta.
¿Hay un próximo libro rondándote el oído?
–Hay varios libros de teatro y narrativa rondándome el oído.
Si escribir es cantar con la garganta del alma —como dices—, ¿cuál sería tu próxima canción?
–En Puerto Rico, hace unos meses, vi la excelente representación de mi obra María del Rosario y sus hermanas. Viendo la conmovedora puesta, la interpretación de las actrices y actores y una sobresaliente dirección escénica, me cuestioné qué voy a escribir, porque hubo revelaciones creativas. Yo sentí temor de que la próxima obra que escriba no esté a la altura. Ver la puesta de María del Rosario y sus hermanas y hacer la reflexión intuitiva pueden ser un presagio.
