Fabio Ortiz Ribón es, ante todo, un periodista cultural por convicción y por destino.

Colega y amigo, hombre de causas, palabra comprometida y poeta en vigilia permanente. He compartido con él mesas de debate, paneles y encuentros periodísticos donde la cultura no es un adorno sino una trinchera. Fabio no asiste: habita los eventos. Llega con la paciencia del oyente y se va con la lucidez del cronista.
Su figura es inconfundible. Durante gran parte del año, una barba hirsuta y blanca como la nieve le cubre el rostro; unos espejuelos redondos —casi anacrónicos— le dan aire de pensador antiguo, de intelectual de sobremesa larga. Pero cuando llega el Carnaval de Barranquilla ocurre la metamorfosis: Fabio se rapa la cabeza, corta la barba y conserva apenas el bigote. Entonces deja de ser solo periodista y poeta para encarnar, con rigor y respeto, a Mahatma Gandhi, el líder político y espiritual de la India que libró una lucha inclaudicable por la independencia de su pueblo mediante la no violencia. En la Batalla de Flores y en los desfiles carnestoléndicos de la capital del Atlántico, su figura se vuelve símbolo: un Gandhi caribe, pacifista entre tambores, conciencia ética en medio del jolgorio.
Fabio nació el 21 de mayo de 1961, a las 5:30 de la mañana, en San Pedro, corregimiento del municipio de Santa Bárbara de Pinto, Magdalena. Lo recibió una partera legendaria de la región, como si desde ese primer acto la tradición oral y la memoria colectiva hubieran sellado su destino. Años después, ese niño del río y del monte se convertiría en comunicador social y periodista, título obtenido en 1991, y en uno de los gestores culturales más persistentes del Caribe colombiano.
Residente en Barranquilla desde hace décadas, Fabio ha transitado con solvencia por los medios impresos, radiales y digitales. Fue parte de redacciones emblemáticas como Diario del Caribe, El Tiempo/Caribe y La Libertad. En la radio dirigió programas en emisoras como Riomar Todelar, Colmundo Noticias, Radio Aeropuerto y Radio Tropical. En esos medios ejerció un periodismo cercano, pedagógico y profundamente cultural. En el ámbito digital, su voz ha estado presente en Canal Tropical, La Gran Noticia y, de manera muy especial, en el espacio que fundó y edita: ruedalaprensa.blogspot.com, una rueda viva en la que gira la opinión, la crónica y la cultura.
Pero Fabio no se conformó con informar. Decidió gestionar, investigar, fundar. Es cofundador y editor de la revista Cultura Zeta, una apuesta editorial que sirvió de vitrina y refugio para escritores, artistas y pensadores del Caribe. Fue fundador —junto a otros profesionales— de la Fundación Marsolaire (Fundación para la Promoción del Arte, la Cultura, el Medioambiente y el Turismo), creada en 2003 y de la cual es director de Proyecto en el periodo 2024–2026. También ha sido asesor cultural de la Fundación Bohemia Itinerante y del periódico Bohemio Itinerante, confirmando su vocación de acompañar procesos más que de figurar en ellos.
Como escritor, Fabio Ortiz Ribón ha sabido mirar el Carnaval no solo como fiesta sino como texto social. Obras como ‘El descabezado en el Carnaval de Barranquilla’ (1996 y 1999) y ‘Mi vida es un carnaval’ (1998) son ya referencias obligadas para entender la simbología, la crítica y la poética de la celebración más importante del Caribe colombiano. A estas se suman publicaciones recientes como la antología ‘Poemas del mar y del río’ (2024) y ‘El libro de Cultura Zeta’ (2025). En esta última obra confluyen su mirada lírica y su compromiso editorial. Permanece inédito su poemario ‘Ojos de la noche’.
Los reconocimientos han llegado sin estridencias, como llegan las cosas justas. Gestor Cultural en 2022. Reconocimiento a toda una vida de apoyo a la difusión cultural por la Cumbiamba La Currambera en 2025. Distinciones del Ministerio de Cultura (Leer es mi Cuento, 2010), de la Alcaldía de Barranquilla (Periodista/Artista del Carnaval, 2020), de la Fundación Tambo (2016) y participaciones destacadas en escenarios como el Parlamento Internacional de Escritores de Cartagena (2018), el Encuentro Nacional de Declamadores de Chinú, los Encuentros Nacionales de Cuadros Vivos y las representaciones simbólicas de Joselito Carnaval en 2012 y 2019.
Fabio Ortiz Ribón es, en suma, un hombre que escribe, gestiona, investiga y se disfraza —cuando es necesario— para recordarnos que la cultura también es una forma de dignidad que no se rinde. Un periodista que no corre detrás de la noticia, sino que la espera, la escucha y la convierte en memoria. Un Gandhi de Carnaval y un cronista del Caribe que sigue creyendo, contra todo ruido, en la palabra como acto de fe.

Naciste en San Pedro, Magdalena, al amanecer, en un territorio marcado por el río, la oralidad y la fiesta. ¿Qué recuerdos fundacionales de tu infancia crees que sembraron la semilla de tu vocación literaria?
Las vivencias sostienen los recuerdos. De cada etapa de nuestro recorrer por los momentos de la vida vamos construyendo ese mundo de paisajes interiores. Tuve una infancia llena de emociones encontradas: nací y supe, por referencias externas, que a los cinco días de nacido quedé huérfano de padre, pues lo asesinaron para robarle una producción completa de algodón de una finca arrendada que él tenía.
Fui adoptado y crecí al lado de un abuelo bello y alcahuete, que me cantaba canciones folclóricas, cantos de vaquería y música pueblerina. Él me enseñó los secretos del monte: sembrar maíz, yuca, frijoles, todo lo que llamamos pan coger. Esa etapa fue muy significativa hasta mis ocho años.
Ya más grandecito comencé a andar con dos primos mayores, Tato y Mina. A los diez años me tiraban desde una canoa cuando salíamos a pescar a las aguas cristalinas de una ciénaga cargada de mitos legendarios. Los atardeceres llenos de paisajes y, en las noches, millares de chispas reflejadas en la superficie de las olas bajo suaves brisas, me marcaron profundamente.
Podría decirte que hasta los doce años fui un niño muy feliz, a pesar de la ausencia de un padre. Luego vino la migración a Barranquilla por pura sobrevivencia. Mi pueblo era un caserío de unas treinta familias, sin luz, sin educación, sin agua potable; en síntesis, sin esperanza. Vine huyéndole a la pobreza, a la falta de oportunidades y de estudios.
Salir de ese entorno tranquilo y parsimonioso para llegar a la urbe fue un cambio radical: un mundo agitado, de gentes vivas, donde “si no te avispas te tumban”. Eso arrancó mi inocencia y la paz interior que traía del pueblo. Mi tía Estela, hermana de mi madre, me recibió en la ciudad y su conversación giraba siempre en torno a los peligros de las calles, de los billares, cantinas y lugares concurridos de “gente avionada”, como solía decir para alertarme.
Hoy, la nostalgia de mi infancia nutre esa vocación. Son estampas acompañadas de virtudes que me regaló el Supremo, que eligió que yo estuviera entre los sobrevivientes de una vida cargada de trances desde la niñez.

Tu escritura parece moverse entre el mar, el río y el carnaval. ¿Cómo esos paisajes físicos y simbólicos han moldeado tu mirada poética y narrativa?
Esos elementos son esenciales por las emociones profundas que vivo en cada uno. El río, corriente permanente donde nunca se detienen sus aguas: nadie vuelve a disfrutar las mismas aguas con las que lavó su cuerpo. Es como pretender encontrar dos veces la misma suerte: imposible.
El mar es la inmensidad del universo frente a la pequeñez de la vida. Allí comprendes que incluso con una palabra se puede eliminar al otro si se induce con un propósito perverso.
En el carnaval, la motivación se centra en la razón de ser de los actos simbólicos humanos. Me conduce al uso de la ritualidad y el gesto para darle sentido a la realidad que vivimos los seres humanos, una realidad atravesada por traumas en el caminar de la existencia.
El carnaval es para la humanidad un vínculo terapéutico que permite sanar traumas y convertirlos en antídotos frente a lo inenarrable de la vida. Desde esa catarsis se reconstruye la subsistencia social. No me queda duda de que la poética, la narración y otros géneros literarios encuentran allí sus insumos en mi vida de amanuense de la cotidianidad.
Te formaste como comunicador social y periodista, pero también como gestor cultural. ¿En qué momento la palabra dejó de ser solo oficio informativo para convertirse en creación artística?
Son muchos los comunicadores sociales que dan ese paso. El oficio noticioso te permite vivencias que marcan derroteros y te muestran la generosidad de la profesión, pero también te enfrenta a una realidad golpeante. Si eres sensible al dolor, a la desgracia humana, a la inequidad, estarás dispuesto a asumir ese reto.
Sin embargo, son pocos los que logran reconocimiento en esas faenas. La palabra informativa, cuando se carga de sensibilidad, inevitablemente busca otros cauces expresivos.
Mi vida es un carnaval y El descabezado en el Carnaval de Barranquilla se inspiran en una de las fiestas más complejas del país. ¿Qué quisiste revelar del carnaval que suele quedar oculto tras el color y la música?
La vida de las personas que hacen de la fiesta su todo. Conocer de cerca a esos actores me enseñó que en los actos sencillos de la vida encontramos el verdadero sentido de existir.
En El descabezado en el Carnaval el lector halla una crónica de vida: la de Ismael Escorcia Medina (q. e. p. d.), quien, como yo, fue testigo de la vida pueblerina de su Calamar del alma. A través de la creación del disfraz del Descabezado representó simbólicamente la violencia partidista de una Colombia azotada por la avaricia y la muerte.
Mi vida es un carnaval es el resultado de una investigación que me tomó más de cuatro años. Muchos de sus protagonistas murieron en la indiferencia absoluta de las empresas operadoras de las fiestas, incluso después de haber sido explotados por firmas comerciales que utilizaron su imagen artística a cambio de migajas.
Todas esas injusticias suelen quedar envueltas en el celofán de la fiesta, ocultas tras el color, la música y la mofa, mientras la precariedad permanece invisible.
El carnaval atraviesa tu obra no solo como celebración, sino como metáfora social. ¿Es para ti un escenario de libertad, de crítica o de memoria colectiva?
El carnaval es una construcción colectiva que le permite al ciudadano tomarse el espacio público para decir verdades desde la estética, la lúdica, el gesto y la palabra.
En mis presentaciones busco edificar una conceptualización de liberación social. La calle es el canal comunicante que permite llegar a la emoción del espectador e instituir una reacción reflexiva. No hay disfraz mío que no encierre un mensaje humanista.
Un disfraz que no genera emoción es solo cartón cemento: ocupa espacio, pero no dice nada.
En Poemas del mar y del río se percibe una poesía anclada a lo natural y lo sensorial. ¿Qué te ofrece la poesía que no te permite el periodismo?
El tránsito del periodismo cotidiano —ese que se nutre de las circunstancias humanas, del corre-corre, la velocidad, la angustia y el dolor— termina por impregnarnos de tristeza. Avanzar hacia el lenguaje poético es siempre una decisión que exige sosiego.
La poesía, y en general la literatura, nos permite regocijarnos en la metáfora y en la historia. Es placentero acampar en un instante que puede parecernos una eternidad leyendo un cuento, sabiendo que allí habita la imaginación.
Para mí, la poética es un bálsamo contemplativo: observar una flor, una nube, una mujer cruzando una esquina. Es el disfrute de las brisas aromáticas y los olores de las flores. Frente a las urgencias noticiosas, la poesía me detiene; me salva de las afugias del día a día.
La lírica tiene la virtud de aliviar el cansancio de las prisas y el vértigo de la contemporaneidad en la que está sumergida la vida del periodista. En el periodismo, en cambio, uno siempre debe estar alerta: declaraciones cargadas de intereses oscuros, personas que te buscan o te usan. Eso termina erosionando el ánimo y la confianza.
Has transitado medios impresos, radio, plataformas digitales y gestión cultural. ¿Cómo han confluido esas múltiples voces profesionales en tu voz literaria?
En mi caso he logrado una sinergia interesante. Desde los medios tradicionales —los impresos y la radio de ondas hertzianas— hasta las nuevas tecnologías apoyadas en la conectividad instantánea, la digitalización y hoy la inteligencia artificial, todas han sido herramientas de gran valor.
Gracias a ellas me conecto con escritores, investigadores, gestores sociales, antropólogos y personas que realizan trabajos relevantes en el universo cultural de la región y del país. Compartimos saberes, intercambiamos lecturas, nos sugerimos autores y nos criticamos constructivamente.
Ese flujo de ideas es energía creativa. Allí he bebido para encontrar mi propia voz literaria: una integralidad entre cuerpo y espíritu.
Como cofundador y editor de Cultura Zeta, has sido un impulsor de otras escrituras. ¿Qué significa para ti crear espacios para que otros autores existan y sean leídos?
Apoyar al ser pensante es ayudar a transformar su vida, la sociedad y, en consecuencia, la humanidad. Por eso he creado y sostenido espacios de crecimiento para personas inquietas por la literatura.
Lo hicimos con Cultura Zeta; lo hago hoy desde la Fundación Marsolaire; lo continuamos con Bohemia Itinerante y el periódico literario Bohemia, junto a escritores amigos de Santa Marta como Alberto Prada Morales, Polidora Gómez Villalobos y Martiniano Acosta.
También participo en el Parlamento Internacional de Poetas de Cartagena, junto a maestros como Joce Daniels, Juan Magallanes y Miriam Castillo. Siempre que esté en mis manos apoyar a un creador, lo hago de corazón.
En El libro de Cultura Zeta se sintetiza una experiencia editorial y colectiva. ¿Qué aprendiste de la cultura cuando dejaste de mirarla solo como creador y empezaste a gestionarla?
De la cultura se aprende todos los días. Con el paso del tiempo uno comprende que es más lo que queda por hacer que el tiempo disponible para hacerlo.
Cultura Zeta fue la huella de un grupo de jóvenes cuya locura era leer literatura y soñar con escribirla. A finales de los años ochenta organizamos La Buhardilla, un pequeño apartaestudio en el barrio Vista Hermosa, donde la soledad se transformó en largas noches de lectura y bohemia.
Allí surgió la revista y luego llegaron escritores de mayor trayectoria. Hoy estamos próximos a publicar ese proceso como producto editorial. También publiqué recientemente la antología Poemas del mar y del río: los poemas del periodista, una compilación de periodistas-poetas del país.
Tu obra revela una preocupación constante por la identidad caribeña. ¿Qué Caribe has querido narrar y cuál has querido discutir o contradecir?
El ser caribeño es atípico, creativo, fraterno. Su razón de ser es la hermandad. Es una identidad universal.
Sin embargo, resulta inconcebible que, pese a tanta fuerza creadora, no tengamos dirigencias capaces de generar mecanismos de desarrollo cultural. Preocupa el futuro de las nuevas generaciones frente a una élite que administra la cultura desde el anacronismo y la politiquería.
Mi obra intenta narrar ese Caribe vital, pero también cuestionar el que se asfixia por la mala administración del poder.
El poemario inédito Ojos de la noche genera expectativa. ¿Qué atmósferas y obsesiones atraviesan este libro aún no publicado?
La vida humana es un prisma que pocos alcanzan a comprender. Ojos de la noche aborda esa fragilidad, esa lucha interna por no sucumbir.
Es un libro atravesado por la resiliencia, por la conexión con el entorno natural y por el diálogo entre realidad y ficción. Allí la emoción es el eje.
Has recibido reconocimientos como periodista, artista y gestor cultural. ¿Cómo convive el reconocimiento público con la soledad del escritor frente a la página en blanco?
El reconocimiento se agradece, pero hay que desconfiar del ego. Es el peor veneno.
La página en blanco es como el mar: al inicio intimida, pero cuando lanzas las primeras palabras descubres su generosidad. Allí se construye el verdadero texto.
Tu experiencia en radio y oralidad cultural es amplia. ¿De qué manera la voz hablada, la música y el ritmo influyen en tu escritura poética?
La radio y la poesía son hermanas. La voz hablada reconstruye mentalmente el mensaje y, cuando se acompaña de cadencia y ritmo, logra transformar al oyente.
Muchos textos nacen de entrevistas, de escuchar atentamente al otro. Allí se enciende la chispa creadora.
Como investigador cultural, has observado durante décadas las transformaciones sociales del Caribe. ¿Qué cambios te preocupan más y cuáles te generan esperanza?
Me preocupa la tecnocracia politiquera que administra la cultura sin sensibilidad.
Mi esperanza está en los creadores que siguen formándose. Estoy convencido de que la cultura educa y transforma sociedad.
La gestión cultural suele ser un trabajo silencioso. ¿Qué batallas invisibles has tenido que librar para sostener proyectos culturales en el Caribe colombiano?
Hacer gestión cultural en el Caribe es un acto de quijotismo. Crear públicos, defender lo propio y luchar contra la indiferencia estatal ha sido una batalla constante.
El mayor enemigo sigue siendo la politiquería.
Muchos de tus textos se nutren de la memoria festiva, pero también de la fragilidad humana. ¿Escribir ha sido para ti una manera de oponerte al olvido?
Escribir da razones para vivir. Mientras escribamos, resistimos al olvido.
La muerte comienza cuando dejamos de comunicarnos. Escribir nos mantiene vivos.
Desde tu experiencia vital y literaria, ¿qué libros o autores recomiendas a los jóvenes que se inician en la escritura?
La lectura es la base de la escritura. Los clásicos son imprescindibles.
La voz propia surge de la lectura crítica, constante y honesta.
Y como contrapunto necesario: ¿de qué modas literarias deberían huir quienes empiezan a escribir?
No hay mala lectura: incluso el peor libro enseña qué no escribir.
La autenticidad se construye con investigación y rigor.
Con una nueva obra en camino, ¿qué crees que aún te falta por decir como escritor?
Soy un discípulo del conocimiento. Falta mucho por aprender y escribir.
Mientras haya palabras, seguiré intentándolo.
Finalmente, si tuvieras que definir tu legado en una sola imagen, ¿sería el río, el mar o el carnaval?
Sería una composición de emociones, afectos y amor.
Río, mar y carnaval son las fuentes que nutren mi espíritu y mi escritura.
