“El amor es intensidad; no nos regala la eternidad, sino la vivacidad, ese minuto en el que se entreabren las puertas del tiempo y del espacio: aquí es allá y ahora es siempre. En el amor todo es dos y todo tiende a ser uno”.

Al evocar las palabras del mexicano Octavio Paz, Premio Cervantes en 1981 y Nobel de Literatura en 1990, pienso de inmediato en Fadir Delgado, la poetisa barranquillera que un día decidió salir de su terruño, impulsada por su ímpetu y en persecución de sus sueños, para luego materializarlos.
“La vida es una sola y los momentos de felicidad son fugaces. De modo que hay que vivir con intensidad”. Recuerdo que eso, palabras más, palabras menos, me dijo Fadir por allá en 2017, la última vez que nos vimos. Fue en la Intendencia Fluvial de Barranquilla, en una reunión que convocó la Secretaría de Cultura con los ganadores de ese año del Portafolio de Estímulos en diferentes categorías. Estaba, como siempre, acompañada de su amada madre, Fabiola Acosta.
Llena de amorosidad y soñadora. Así recuerdo a Fadir Delgado, ganadora en 2021 del Premio Internacional de Poesía Tiflos, en su trigésima cuarta edición.
De palabra segura y contundente, Fadir obtuvo el galardón en el importante certamen de la Madre Patria por La temperatura exacta del miedo, un libro inédito en el que aborda el complejo y mágico universo de la maternidad.
Fadir se impuso de manera unánime en el concurso, dotado con 10 mil euros y en el que participaron 645 poetas de diferentes países.
Sobre el poemario de la escritora barranquillera, Ángel Luis Prieto de Paula, uno de los miembros del jurado calificador, expresó que “es una obra distinta, de una intensidad extraordinaria, que produce un deslumbramiento también extraordinario y no solo es una obra agradable, de temática dulce, suave, sino que te golpea y que te llega a producir un ‘angor pectoris’ (angina de pecho), literalmente. Tiene una impresionante fuerza expresiva”.
Uno de los logros más significativos en la trayectoria de Fadir Delgado llegaría al ser galardonada con el Premio Nacional de Poesía, otorgado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes en su convocatoria correspondiente a 2023-2024, un reconocimiento de enorme relevancia tanto por su carga simbólica como por la visibilidad nacional que representa.
Su reconocimiento más reciente fue haber sido seleccionada entre los diez finalistas del Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen, en su décima novena edición, por su trabajo Trastornos de la sangre, escogido entre más de 400 propuestas procedentes de 25 países.

Con Fadir Delgado, hoy residente en San José, dialogué sobre su presente y los proyectos que vislumbra a corto plazo.
—En tiempo de pandemia, ¿no te asaltó el temor de tener el mismo destino del ‘pez’, personaje de gran protagonismo en tu más reciente obra: morir lejos del mar, en tu caso lejos de tu Barranquilla natal?
—“La ciudad irá contigo a donde vayas”, decía Constantino Cavafis. Con eso quiero decir que, aunque esté lejos, nunca dejo de sentir el lugar de donde vengo, y la escritura es precisamente una forma de tender esos puentes, de conservar intactos los vínculos con el origen. No estoy lejos del mar con el que crecí. Sus olas todavía atraviesan mis palabras.
—¿Por qué y para qué escribes?
—Escribo porque es mi manera de estar en el mundo, mi forma de respirarlo. La escritura me permite existir del modo en que deseo, dentro de una realidad que muchas veces insiste en anularte.
—¿Por qué te fuiste a San José de Costa Rica? ¿Cómo ha interactuado tu poesía con esa porción de tierra centroamericana y su paisaje emocional?
—El amor y la poesía me trajeron a San José. Mi esposo, Carlos Villalobos, que también es escritor, es de Costa Rica. Un día decidí empacar la vida y hacerle caso a la intuición. Aquí he construido una pequeña ciudad afectiva dentro de esa gran patria que yo llamo la patria de la poesía. Junto a mi esposo hemos levantado un espacio de creación permanente, un lugar donde la conversación cotidiana gira alrededor de la literatura, de lo poético y de las preguntas que deja el acto de escribir. Y alrededor de esa complicidad creativa han ido apareciendo otros cómplices entrañables: amigos escritores que comparten con nosotros esta pasión inmensa por la palabra y que, con el tiempo, también se han convertido en una familia construida desde la amistad y la sensibilidad.
—¿Por qué y para qué escribes?
—Escribo porque es mi forma de estar en este mundo, es mi forma de respirarlo. La escritura me permite existir de la manera en lo que deseo, en una realidad que a veces insiste en anularte.
—¿Por qué te fuiste a San José de Costa Rica? ¿Cómo ha interactuado tu poesía con esa porción de tierra centroamericana y su paisaje emocional?
—El amor y la poesía me trajeron a este país. Mi esposo Carlos Villalobos, que también es escritor, es de Costa Rica. Un día decidí empacar todo y hacerle caso a la intuición. En Costa Rica he construido una pequeña ciudad afectiva dentro de esa gran patria que yo llamo la patria de la poesía. Junto a mi esposo hemos levantado un espacio de creación permanente, un lugar donde la conversación cotidiana gira alrededor de la literatura, de lo poético y de las preguntas que nos deja el acto de escribir. Y alrededor de esa complicidad creativa han ido apareciendo otros cómplices entrañables: amigos escritores que comparten con nosotros esta pasión inmensa por la palabra y que, con el tiempo, se han convertido también en una familia construida desde la amistad y la sensibilidad.
—¿Háblanos de tu experiencia de ser madre?
—Ser madre era algo que nunca estuvo en mis planes como mujer. Es más: muchas veces dije que no deseaba hijos, pero la vida siempre te muestra sus lados más insospechados. Al principio tenía muchos temores y dudas al respecto, pero la poesía me permitió hablar de esos miedos desde otro lugar y me permitió vivir esta experiencia de madre desde otra luz y sensibilidad; me permitió desmitificar el escenario de la maternidad. Entender que esta es un tipo de experiencia humana que, como todo, tiene sus lados de sombra y de luz. Ese universo de madre e hijo está presente ahora en todo lo que escribo, pero desde la desacralización de lo materno.
—Dices que “las olas aún atraviesan tus palabras”. ¿Qué permanece del Caribe en tu escritura ahora que vives lejos de Barranquilla?
—Permanece un pulso invisible que no se nombra, pero sostiene cada palabra.
El Caribe sigue latiendo en el ritmo, en la respiración y en la musicalidad de lo que escribo. Aunque aborde otros temas, hay una atmósfera que remite a sus rituales, a su mística callada. Es una presencia que no siempre se dice, pero se intuye en el fondo de los textos. La distancia, lejos de borrarlo, me ha permitido mirarlo con más hondura y reinventarlo. Así, el Caribe no es solo origen: es una pulsación constante que atraviesa mi escritura.
—Octavio Paz habla del amor como intensidad y fugacidad. ¿Cómo dialoga esa idea con tu manera de escribir y de vivir?
—Esto que me citas de Octavio Paz me recuerda la frase de Henri Bergson que cito con frecuencia: “Lo que vio el poeta, ni siquiera el poeta podrá volver a verlo”. La experiencia que origina el poema es irrepetible y profundamente fugaz. Al convertirse en lenguaje y en hecho estético, deja de ser la experiencia original. Entonces nace otra realidad, otra forma de percepción y de memoria. La poesía atraviesa varias etapas: la visión inicial, la escritura y la lectura posterior del texto. En cada una de ellas la imagen cambia y adquiere nuevos sentidos. Por eso, la poesía está hecha de intensidad, transformación y fugacidad. En ella, el tiempo permanece siempre en tensión entre la memoria, la pérdida y el lenguaje.
—¿En qué momento sentiste que la poesía dejó de ser solo vocación y se convirtió en destino?
—Ese momento lo asocio con una imagen clara: la poesía abriendo una puerta que ya no volvería a cerrarse. Aunque empecé a escribir a los ocho años, fue hacia los 16 cuando entendí que no era solo un impulso, sino un camino. Venía de una infancia marcada por dificultades en el lenguaje, por la tartamudez, por palabras que no siempre lograban salir completas. En la poesía encontré un lugar donde esas palabras podían existir enteras, sin fragmentarse. Al inicio fue un ejercicio casi físico, una forma de sostener el lenguaje y habitarlo con menos miedo. Pero pronto comprendí que la poesía iba más allá: me enseñaba a entrar en la profundidad de las palabras. Mi primera lectura pública, en el teatro Teatro Amira de la Rosa, fue decisiva: allí enfrenté la crítica y el reconocimiento. Ese momento me confirmó que la escritura podía ser una disciplina, un oficio y una forma de vida. Desde entonces, no he dejado de escribir. Hoy la poesía es parte de mi respiración, una extensión de mi cuerpo y de mi manera de estar en el mundo.
—¿Qué autores o autoras han sido faros en tu formación poética, y cuáles hoy te inquietan o te desafían?
—Gaston Bachelard, Olga Orozco, Marguerite Duras, Warsan Shire, Ocean Vuong. Hay muchos, y ese universo siempre está creciendo.
—¿Qué textos les recomiendas a los jóvenes que se inician en la escritura?
—Historias de cronopios y de famas, de Julio Cortázar; el cuento El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga, y Cartas a un joven poeta, de Rainer Maria Rilke.
—¿Qué textos no recomendarías?
—Jorge Luis Borges decía que el verbo leer no soporta el imperativo, igual que el verbo amar o soñar. Decía que, si un texto aburre o no nos gusta, no debe existir la obligación de leerlo, y eso mismo pienso: no le recomiendo a nadie que lea un libro que no le gusta. Comencemos leyendo eso que nos apasiona; seguro, con el tiempo, iremos afinando o definiendo nuestras lecturas.
—¿Quién fue tu referente en la poesía?
—Mi primer referente en la poesía fue mi madre, Fabiola Acosta, que también es poeta. Luego vinieron muchas lecturas: Constantino Cavafis, Vicente Huidobro, Sylvia Plath y Olga Orozco, entre muchos otros.
—¿Leer o escribir, qué te causa mayor placer?
—Una va de la mano de la otra. No se puede escribir sin leer.
—¿Cómo te defines como poeta?
—Soy una poeta que tiene una obsesión con las palabras.
—¿Un texto que te haya marcado?
—La poética del espacio, de Gaston Bachelard.
—¿Qué papel ocupa la música en tu vida?
—La música y el arte en general son vitales para mi supervivencia. Me gusta la música que me conecta con algo que yo ni siquiera reconozco.
—¿Escribes desde la memoria o desde el presente inmediato?
—Considero que escribo desde el tiempo de la poesía, un tiempo con otra respiración y otra sensibilidad. La poesía no avanza con la velocidad del mundo cotidiano, sino desde una dimensión más íntima y silenciosa. Para mí, la poesía es memoria, pero una memoria viva y en constante transformación. Se construye en el diálogo entre lo vivido, lo recordado y lo que seguimos experimentando. En esa conversación permanente surge otro tiempo posible: el tiempo poético. Allí aparecen rupturas, ecos y superposiciones entre pasado y presente. La poesía confronta la experiencia y resignifica lo vivido a través del lenguaje. Es, finalmente, una manera de comprender el mundo y de volver a nombrarlo.
—¿Una canción que jamás te cansas de escuchar?
—Muchas, pero una de ellas es Ne me quitte pas, de Jacques Brel; Déjala llorar, de Etelvina Maldonado, y La llorona, en la versión de Chavela Vargas.
—¿La gran enseñanza que hasta el día de hoy has obtenido?
—He aprendido a quererme por encima de todas las cosas, a buscar lo que me otorgue tranquilidad y a renunciar a todo aquello que me ofrezca lo contrario.
—¿El papel de tu madre en tu vida?
—El papel de mi madre ha sido fundamental. Ella es la mujer que me ha dicho las palabras perfectas en los momentos en que he necesitado escucharlas. Ella fue quien creyó primero en mí.
—¿Cómo nace el proyecto ‘Casa de Hierro’?
—Nace desde 2003 con el fin de promover el arte en el espacio público y en escenarios alternativos. Hemos hecho un trabajo arduo por la cultura y la poesía en Barranquilla desde un lugar tan importante para la historia de la ciudad como lo es Barrio Abajo.
—¿Para ti, una triunfadora por excelencia, qué significado tienen los premios?
—Yo siempre he dicho que a los premios no hay que creerles nunca, ni cuando te los ganas ni cuando los pierdes, si es que se vale eso de “perder” en este caso.
Los premios son circunstanciales. Sin duda, son un gran estímulo en el camino. Pero al final la gente los olvida, y lo que queda es la escritura.
—¿Ante qué poeta vivo (hombre o mujer) te inclinas?
—Me inclino ante la poesía; siempre será así.
—¿Tu momento ideal para escribir?
—Escribo mucho en las tardes. Las tardes son mi tiempo de escritura. Me encanta la luz de las cinco.
—¿Por qué tu predilección hacia los animales en tu obra: el pez, el oso, el caracol, el león?
—Porque los animales nos permiten vernos desde otra sensibilidad, cuestionarnos y conectarnos con algo que nos trasciende.
—¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre?
—Caminar, correr, ir a parques, visitar restaurantes de comidas exóticas o probar sabores diferentes.
—¿Te consideras profeta en tu tierra?
—En Barranquilla he ganado premios de poesía y de cuento. Por ese lado, debo decir que la ciudad me ha reconocido. No sé si eso signifique ser profeta en mi tierra.
—¿El mayor problema de Colombia?
—El odio hacia lo diferente. Ese afán de anular todo lo que se oponga al poder o que demuestre otras formas de ser país. Eso es triste.
—¿Has llorado?
—Mucho. No me da miedo ni pena llorar. Lloro, siempre lloro.
—¿Qué te causa alegría?
—Una buena conversación acompañada de un buen vino.
—¿Y tristeza?
—El señalamiento que algunos insisten en ejercer frente a ti o frente a otros.
—¿Un poema que recomendarías?
—Madre, en mis cosas, de Eduardo Cote Lamus.
—¿A qué le temes?
—A dejar de ser, a anularme.
—¿El amor?
—Es vital. El amor es la respiración de todo, hasta de la muerte.
—¿Dios?
—Es una presencia que siento y necesito sentir más allá de templos o adoctrinamientos.
—Si tuvieras que definir este momento de tu vida en un verso, ¿cuál sería?
—No insistas en curar esta ciudad. La gente se cubre de tierra para luego limpiarse
y no pasa nada.
