Recuerdo que aquel noviembre de 1985 parecía decidido a marcar con hierro candente la memoria de Colombia. Apenas habían pasado unos días desde la Toma del Palacio de Justicia, cuando el país todavía no terminaba de comprender el incendio, los disparos y las cenizas que cubrieron el Palacio de Justicia de Colombia en Bogotá. La nación seguía estremecida por aquel asalto perpetrado por el Movimiento 19 de Abril (M-19), una jornada que dejó en ruinas el corazón jurídico del país.

Y entonces, como si la fatalidad hubiera decidido no conceder tregua, la noche del 13 de noviembre otra desgracia descendió desde la montaña. El Nevado del Ruiz, silencioso centinela de hielo entre Tolima y Caldas, despertó con un rugido oscuro. No fue una explosión descomunal la que anunció la tragedia, sino algo más insidioso: el hielo milenario comenzó a derretirse, y el agua mezclada con ceniza y piedras se transformó en un río espeso que avanzó por los cauces con la paciencia devastadora de la muerte.
Horas después, cuando la noche ya pesaba sobre los tejados, aquel torrente de lodo cayó sobre Armero. En cuestión de minutos, la población quedó sepultada. Casas, calles, árboles y recuerdos desaparecieron bajo una costra gris que lo devoró todo. Las cifras, dichas así, parecen frías: cerca de veintitrés mil muertos. Pero cada número fue un nombre, una historia, una voz interrumpida.
Entre los rostros que el país nunca olvidaría estuvo el de Omayra Sánchez, una niña de trece años atrapada entre escombros y vigas. Durante horas interminables habló con periodistas y rescatistas, con una serenidad que todavía hoy desarma el corazón. Su mirada —serena, lúcida, resignada— quedó grabada en la conciencia colectiva como un símbolo de la fragilidad humana frente a la indiferencia de la naturaleza y, también, frente a la lentitud de los auxilios.
Fue entonces cuando comenzaron a aparecer, en las páginas del diario El Tiempo, las crónicas de Germán Santamaría. Yo era apenas un estudiante de Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Autónoma del Caribe, institución que vivía por aquellos años un período de vigor intelectual bajo la rectoría del jurista Mario Ceballos Araújo.
Confieso que aquellas crónicas me revelaron algo que hasta entonces solo intuía: que el periodismo podía ser una forma de literatura sin traicionar la verdad. Santamaría no se limitaba a contar los hechos; los respiraba, los escuchaba, los reconstruía con un pulso narrativo que convertía cada línea en una lección de oficio.
Particularmente me estremeció su relato sobre Omayra. No era únicamente la tragedia de la niña atrapada en el barro; era la manera de narrar la espera inútil, el esfuerzo desesperado por liberarla, la ausencia de una motobomba que nunca llegó a tiempo, el progresivo agotamiento de una lucidez infantil que, no obstante, en el umbral de la muerte, no llegó a comprender la magnitud de lo que ocurría a su alrededor. Aquellas páginas, leídas a mis veinte años, fueron para mí verdaderas cátedras de periodismo. Confirmaban una vocación que ya había empezado a germinar al amparo de las enseñanzas y los textos del maestro Fabio Povea Márquez.
Con el paso de los años, aquella tragedia volvió a tomar forma en la literatura. Santamaría, cronista antes que novelista, transformó el drama de Armero en materia narrativa y publicó en 1993 la novela No morirás, bajo el sello de Editorial Oveja Negra. La obra, única incursión del periodista en el territorio de la ficción larga, obtuvo al año siguiente el Premio Iberoamericano de Novela de Chile, concedido por un jurado de alto calibre integrado por la brasileña Nélida Piñón, el chileno Antonio Skármeta y el argentino Eduardo Gudiño Kieffer.
La historia terminaría dando un nuevo salto cuando, en 1997, llegó al cine en una adaptación dirigida por Jorge Alí Triana, con guion de Manuel Arias, una película de dos horas que intentó traducir al lenguaje de la pantalla la densidad emocional de la novela.
Leí No morirás con la misma mezcla de fascinación y desasosiego que me habían producido aquellas crónicas iniciales. En sus páginas aparece José Durango, un hombre que huye con la mujer de Vicente Ávila rumbo a Ibagué y regresa meses después a Armero sin sospechar que encontrará un paisaje irreconocible. La avalancha ha arrasado con su casa, con su esposa y con sus hijos. Solo su hija Diana ha sobrevivido, pero lo recibe con un resentimiento que pesa más que el lodo. Se ha casado con el hijo de Ávila y no perdona la huida de su padre.
Durango, rodeado de cadáveres y memorias, desea morir. Busca a Ávila para que cumpla la promesa de matarlo, pero ni siquiera la muerte parece dispuesta a concederle esa salida. A su alrededor yacen más de veinticinco mil muertos, y entre ellos casi todos los rostros que alguna vez formaron parte de su vida. En su conciencia desfilan como sombras encendidas: voces, gestos, recuerdos que arden.
Así, la tragedia de Armero se transforma en algo más que un episodio histórico. Se vuelve una metáfora obstinada de la supervivencia. Porque, como sugiere la novela, hay veces en que vivir —seguir respirando entre los escombros de la memoria— puede ser el destino más duro.
Después de aquellas crónicas que me revelaron el poder narrativo del periodismo, quise saber más sobre el hombre que las había escrito. Descubrí entonces que detrás de esa prosa sobria y conmovedora estaba Germán Santamaría Barragán, nacido el 24 de enero de 1950 en el municipio de Líbano. Periodista de vocación temprana y narrador de mirada penetrante, su trayectoria lo llevaría décadas después a representar al país como embajador de Colombia ante Portugal, cargo que asumió en 2011.
A lo largo de su carrera ha reunido una constelación de reconocimientos en los campos del cuento, la novela y el periodismo. Entre ellos destacan seis galardones del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, además de distinciones internacionales como el Premio Merheingiger de Canadá y un reconocimiento otorgado por la Organización Continental Latinoamericana de Estudiantes (OCLAE).
Su temprana vocación literaria quedó plasmada en varios libros de cuentos publicados durante la década de los setenta: Los días del calor (1970), Marilyn (1974) y Morir último (1978). En el ámbito del periodismo también dejó obras significativas, como Crónicas (1981), editado por el Instituto Tolimense de Cultura, y Colombia y otras sangres (1987), una recopilación de una década de reportajes publicada por Editorial Planeta.
A su bibliografía se suman otros trabajos como Ambalema (1986) y el guion televisivo Quieta Margarita (1988), escrito para la novela homónima. Aunque ha confesado tener varias novelas inéditas, ha preferido mantenerlas lejos de las imprentas, una decisión que confirma cierto pudor literario en un autor que, paradójicamente, ha sabido narrar con valentía las tragedias y grandezas del país.
Su vida profesional no se limitó a las redacciones. También desempeñó cargos en la administración pública: fue representante de la Contraloría General de la República de Colombia ante la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia, trabajó en el Consulado General de Colombia en Nueva York entre 1989 y 1991, dirigió las comunicaciones del Ministerio de Comercio Exterior de Colombia entre 1992 y 1994 y estuvo al frente de Señal Colombia, el canal cultural de la televisión pública.
Pero fue en el periodismo donde consolidó su nombre. Durante once años integró la redacción del diario El Tiempo, desde donde recorrió el mundo como enviado especial en más de cuarenta países. Posteriormente dirigiría la revista Diners y sería elegido en dos ocasiones presidente del Círculo de Periodistas de Bogotá.
A lo largo de su carrera tuvo además la oportunidad de conversar en múltiples ocasiones con Gabriel García Márquez. Entre ambos existió una relación marcada por la confianza profesional y el respeto mutuo, aunque Santamaría siempre fue enfático en aclarar que no se consideraba amigo íntimo del Nobel. Antes de que el autor de Cien años de soledad recibiera el Premio Nobel de Literatura, Santamaría llegó a tener el privilegio de leer algunos de sus manuscritos antes de su publicación.
La editorial Oveja Negra, que publicaba buena parte de la obra de García Márquez, solía confiarle esos originales para que los revisara con detenimiento durante varios días. De ese encierro voluntario salían luego reportajes y entrevistas que acompañaban la aparición de novelas como Crónica de una muerte anunciada (1981) y El amor en los tiempos del cólera (1985), textos que Santamaría pudo leer antes de que llegaran a las librerías y que alimentaron su mirada crítica y su oficio de cronista.
Así, entre la literatura, el periodismo y el servicio público, la figura de Germán Santamaría se fue consolidando como la de un narrador que supo mirar de frente la realidad colombiana y contarla con la sobriedad y la hondura que exigen las grandes historias.
A continuación, la entrevista con el periodista y escritor Germán Santamaría Barragán sobre su obra, su oficio y su visión del periodismo.

Sus crónicas sobre la Tragedia de Armero marcaron a toda una generación de lectores y periodistas. ¿Qué recuerda hoy de aquellos días en que el país intentaba comprender la magnitud del desastre?
Haber estado allí, en aquel lugar, a esa hora, en ese momento… uno no sabe si fue un privilegio o una desgracia en la vida personal. Fue algo muy doloroso, muy profundo, que marcó no solamente mi vida, sino también a una parte de una generación de periodistas de Colombia. Ahora que se acaban de cumplir 40 años de esa tragedia, todo se rememoró, todo vino nuevamente a nuestro recuerdo y a nuestro corazón. Fue algo muy profundo y doloroso. En ese momento comprendí —como nunca antes— la fragilidad de la vida, la fugacidad de la existencia y el sentido de la humildad necesaria ante el mundo, ante la vida. Porque realmente, cada persona, es como una hoja al viento, y el viento se la puede llevar en cualquier momento. Entendí que Colombia es un país que no está preparado para afrontar una tragedia de esa magnitud, y que los seres humanos, individualmente, son los más valientes. Siempre he dicho que esta niña, Omayra Sánchez, ha sido la persona o el personaje más valiente de la historia colombiana. Una niña de solo 13 años que se enfrentó a la muerte con esa dignidad, esa entereza y ese valor, sabiendo que estaba condenada a morir, que su familia estaba sepultada debajo de ella y que no había oportunidad alguna. Aun así, cantó, recordó cosas de su vida y habló del futuro. Este es un ejemplo de grandeza humana para los colombianos. Por ello, después de 40 años, ella sigue siendo recordada en Estados Unidos, Europa, y hasta en Japón. Hay escuelas que llevan su nombre, porque fue y es un personaje inolvidable.
Cuando escribió sobre la agonía de Omayra Sánchez, ¿qué dilemas éticos enfrentó como cronista al narrar un dolor tan profundo y tan público?
Es natural que un periodista avisado, sensato y responsable —como quise ser yo siempre— tuviera un dilema ético frente a aquella tragedia y aquellas circunstancias de Omayra. Porque no se podía explotar el dolor de la niña y su tragedia, como una especie de pornografía de la muerte. Esto también me enseñó en su momento, que allí donde había una masa de 25.000 muertos tendidos sobre el lodo, cadáveres boca abajo y boca arriba, de manera fantasmagórica y terrible, todos anónimos, una niña tan pequeñita y tolimense como yo, valiente y digna, luchando con valor, era una presencia individual y un símbolo muy grande. Por eso traté de ser respetuoso en las preguntas que le hice, en la escritura del texto, que abordé con compasión y una inmensa solidaridad hacia su tragedia y con ella misma. Sin embrago, el dilema ético que tuve me lo resolvió en parte el maestro Germán Arciniegas, el gran escritor y columnista, cuando me dedicó una columna en el periódico El Tiempo. Dijo que la erupción del Vesubio en Pompeya, que había sido tal vez la erupción volcánica más famosa de la historia, no había tenido un testigo, no había dejado el testimonio de una presencia humana como la dejó Armero. Esto es la identidad personal e individual de los 25.000 muertos en una niña llamada Omayra.
¿En qué momento sintió que la tragedia de Armero podía transformarse en materia literaria para una novela como No morirás?
Siempre he pensado que la tragedia de Armero me hizo un hombre más viejo, más humilde y sencillo ante la vida. Aunque tuve muchas dudas sobre el material de Armero como forma literaria, la tragedia de Omayra la presenté como un telón de fondo, un personaje en un segundo plano en la historia para no explotar su tragedia. Decidí irme por el lado de la culpa de quienes no estaban allí presentes. El personaje que no estaba allí cuando murió su familia y cuyo complejo de culpa nace del no haber estado en esa cita con la muerte junto con los suyos, con quienes le correspondía morir. Lo que exploré es la culpa de los que sobrevivieron y lo perdieron todo, incluyendo lo que más amaban. Ese es un complejo profundo, especial y humano, y lo trabajé así porque nunca quise abordar la tragedia misma como una descripción geográfica o cinematográfica del hecho, ni tampoco a Omayra como una experiencia directa de la muerte.
En esa novela aparece el personaje de José Durango, un hombre condenado a sobrevivir entre los muertos. ¿Qué simboliza para usted ese destino de sobreviviente?
Durango es eso: el símbolo de esa pérdida y de esa culpa, el de no haber estado allí presente ese día, a esa hora, cuando murieron todos los suyos. Durango lo pierde todo: su pasado, y su vida, y queda vagando por el mundo como una sombra. En Colombia sucede mucho eso. Gente despojada de su vida, víctimas de la violencia que cayeron en el desarraigo, en un espacio sin nombre, como flotando en la oscuridad, porque lo perdieron todo. Durango prefiere buscar que lo maten a él, que lo asesinen, para salir de la vida y reencontrarse con los suyos.
Después del notable impacto de No morirás, una novela que obtuvo el Premio Iberoamericano de Novela de Chile y recibió elogiosos comentarios de la crítica, muchos lectores se han preguntado por qué Germán Santamaría Barragán no volvió a publicar otra novela. ¿Por qué privar a los lectores de una prosa que ya había demostrado su fuerza narrativa?
No me quiero comparar con Juan Rulfo, ni más faltaba, jamás porque él fue muy grande, y a quien de alguna manera también le rindo un homenaje. Algunos han señalado su influencia en la novela No morirás. A mí me parece que la grandeza de Rulfo es haber creado Pedro Páramo y El llano en llamas, de unas 100 páginas cada uno, y no haber escrito más. La proliferación de novelas en un autor, o la abundancia, puede ser interesante, como lo demostraron Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, que crearon obras monumentales y significativas. Pero, a veces, lo que quiero y tengo por decir, lo expreso de manera lacónica y breve. He tenido siempre —y voy a ser sincero aquí— el temor al fracaso, a no poder repetir los aciertos, modestos, que conseguí con No morirás, que durante todos estos años ha mantenido una fidelidad de lectores y cierta presencia en la literatura colombiana y en las traducciones a varios idiomas. No pienso ni pretendo pasar a la historia de nada ni de nadie, solamente que mi familia me recuerde con cariño y con amor, y, de pronto, algunos lectores. Un escritor tiene que escribir cuando tiene algo profundo que decir, algo muy arraigado a sí mismo. Si no lo tiene, no debe escribir por necesidad una novela cada año o cada dos años para que no lo olviden… porque, de todas maneras, siempre lo van a olvidar. Aunque una cosa es escribir y otra publicar…
Su obra transita entre el periodismo y la literatura. ¿Dónde traza usted la frontera entre la crónica y la ficción?
Siempre me ha interesado no quedarme únicamente en el periodismo informativo, sino explorar una forma de narrar que combine mi experiencia como periodista y mi pasión por ser escritor. En ese camino, han sido fundamentales referentes como Diario del año de la peste, de Daniel Defoe o Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez, donde la realidad se narra con una profundidad y belleza que trasciende lo meramente informativo. Y también la canción del verdugo, de Norman Mailer y A sangre fría de Truman Capote. A partir de ahí, he buscado construir textos que, aun siendo periodísticos y pensados para medios impresos, tengan también una dimensión estética. Me interesa que haya belleza en la escritura, profundidad en el lenguaje y una cierta armonía con la poética del espacio de la literatura. Creo que el periodismo puede ir más allá de la inmediatez de la noticia. No se trata solo de contar lo que ocurrió, sino de encontrar una forma de decirlo que también transmita la riqueza del lenguaje. Incluso en los temas más difíciles —la muerte, la tragedia, el dolor, hay una dimensión humana que puede ser narrada con sensibilidad y con una cierta poesía. Durante mucho tiempo se ha insistido en separar el periodismo de la literatura: se dice que el primero es inmediato y superficial, mientras que la segunda es profunda. Sin embargo, siempre he intentado cuestionar esa idea. Mi apuesta ha sido escribir crónicas que conserven el rigor periodístico, pero que también tengan densidad, profundidad y una intención estética clara.
Usted comenzó muy joven publicando libros de cuentos como Los días del calor y Marilyn. ¿Qué recuerdos guarda de aquellos primeros años de escritura?
Éramos muy jóvenes y felices, y no lo sabíamos. Eran aquellos tiempos de cierta bohemia en el Tolima, en Ibagué, con los hermanos Pardo, con Héctor Sánchez, con Policarpo Varón y con Roberto y Hugo Ruiz. Uno escribía con ímpetu, con vigor, porque apenas empezaba a descubrir la gran literatura. La mía era una escritura espontánea, muy personal. Había algún talento, pero con los años, cuando uno descubre a los grandes escritores, como Ernest Hemingway, William Faulkner, Stendhal o Stefan Zweig, se da cuenta de que la literatura es muy compleja y que muchas cosas ya están escritas muy bien. Eso hace que uno se vuelva más tímido, menos irresponsable con lo que escribe.
¿Cómo influyó su origen en El Líbano en su sensibilidad como narrador y observador del país?
El Líbano es un pueblo cafetero que tuvo una gran prosperidad. Hubo allí una fuerte dinámica cultural, estudiantil y revolucionaria en el siglo pasado, lo que generó muchas inquietudes intelectuales. El fundador de El Líbano fue el general Isidro Parra, quien llegó con un piano y una imprenta. Eso lo cambia todo: no fue un conquistador de hacha y machete, sino de piano y de imprenta. Venía huyendo de la represión conservadora en Bogotá, lo que ya marcaba un interés intelectual muy fuerte. Crecí en medio de ese ambiente estudiantil, lleno de inquietudes revolucionarias e intelectuales. Afortunadamente, me incliné hacia la literatura. Era la época del nadaísmo, y yo venía a Bogotá a comprar los libros de Gonzalo Arango y J. Mario. Igualmente, y por esos años apareció la novela Cien años de soledad, que me causó un enorme impacto en la vida. Estudié en el colegio Isidro Parra, como el fundador, que era realmente un gran colegio, con una fuerte dinámica cultural y académica. Allí también conocí a muchos jóvenes, la mayoría de los cuales murieron porque se vincularon a la insurgencia revolucionaria. A mí me salvó la literatura: haber leído libros, poesía, novela. De lo contrario, seguramente ya estaría muerto hace 50 años o más.
Durante once años trabajó en El Tiempo como reportero y enviado especial. ¿Cuál fue la cobertura periodística que más lo marcó?
Viví experiencias grandes. Estuve presente en algunos de los hechos más impactantes que han ocurrido en Colombia en los últimos 50 años: la tragedia de Armero, el terremoto de Popayán, la toma y retoma del Palacio de Justicia, donde permanecí 24 horas en vela desde el inicio hasta el final, y el terremoto del Eje Cafetero. A nivel internacional, también cubrí el terremoto de México y la guerra en Beirut. Tuve la experiencia de estar cara a cara con grandes personajes como Yasser Arafat, Muamar el Gadafi, Muhammad Ali, Bill Clinton y figuras tan controvertidas y trágicas de la historia nacional como Pablo Escobar. Pero también conocí personajes anónimos: como una mujer en la selva que se encerraba con sus gallinas para protegerlas de un tigre que ya le había devorado todo su ganado. Grandes hechos, grandes personajes y también personajes pequeños, pero maravillosos. Todo eso me dejó una especie de aura de humildad. He visto morir más gente que mi hija y mi yerno, que son cirujanos.
En su carrera ha recorrido más de cuarenta países como periodista. ¿Qué le enseñó ese contacto con otras realidades sobre Colombia?
Me enseñó que, en el fondo, los seres humanos son iguales en todas partes. No hay grandes diferencias, incluso aunque haya vivido experiencias en el mundo árabe —que realmente parece otro planeta— o en la India, una cultura milenaria que sigue completamente viva. También estuve en Egipto realizando trabajos periodísticos. Entendí que compartimos las mismas inquietudes de amor, muerte, soledad y esperanza. Y que todos, de alguna manera, buscan la felicidad para poder vivir.
Ha ganado en cinco ocasiones el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar. ¿Qué significado tienen los premios en una carrera que se construye día a día en la reportería?
Además de los cinco Simón Bolívar, lo que más me honra es haber ganado el premio de la Sociedad Interamericana de Prensa, en Canadá, por el cubrimiento de Armero y, específicamente, por el reportaje sobre Omaira Sánchez. Pero los premios no significan mucho, o significan muy poco. Nunca los busqué, nunca me envanecieron la vida, ni nunca me llenaron de falso orgullo. Lo que sí me enorgullece es que, por ejemplo, en una encuesta que se hizo hace muchos años entre profesores de universidades de periodismo y estudiantes de periodismo, los tres periodistas más leídos de Colombia éramos Daniel Samper, Enrique Santos y yo. Y también me importó mucho que la gente sencilla lo hubiera leído a uno con tanto fervor. Yo recuerdo que, cuando tuve una cirugía alguna vez, el cirujano me dijo: “Ay, mi mamá recortaba y todavía guarda todos sus artículos del periódico El Tiempo y en la revista Diners”. Todas esas son cosas muy bonitas, que de verdad lo tocan a uno mucho más que cualquier premio.
Usted también ocupó cargos en la administración pública y en la diplomacia, incluso como embajador en Portugal. ¿Cómo cambia la mirada de un periodista cuando entra en el mundo institucional?
No sé si esa haya sido una decisión buena o mala en mi vida, pero lo cierto es que Portugal es un país maravilloso, con una poesía que está en la calle, con la presencia de Fernando Pessoa casi en cada esquina, y también de José Saramago, de António Lobo Antunes y de tantos otros escritores. Es, para mí, la ciudad europea más poética y más literaria que existe. Esa experiencia me enriqueció mucho culturalmente, aunque también tuve la oportunidad de hacer un trabajo profesional por Colombia. Durante ese tiempo me dediqué a posicionar la presencia del país en Portugal. Publiqué diez libros colombianos traducidos al portugués, desde León de Greiff hasta Porfirio Barba Jacob, Álvaro Mutis y otros. Eso me permitió tener una presencia importante en el mundo diplomático portugués, y también se lograron avances comerciales significativos para Colombia. Puede parecer increíble, pero contribuí, junto con la canciller María Ángela Holguín, a traer a Colombia la cadena de almacenes Tiendas Ara. Hoy, hay más de 1.600 tiendas en el país y venden al año más de 14 billones de pesos. Incluso hay una tienda Ara en El Líbano (Tolima), algo que nunca me habría imaginado.
Su novela No morirás fue llevada al cine por Jorge Alí Triana. ¿Cómo vivió el proceso de ver su historia trasladada a la pantalla?
Jorge Alí Triana es un gran director, un intelectual y un realizador cinematográfico muy importante en Colombia y en Latinoamérica. La versión de la novela me pareció muy bien lograda. Tuvo una amplia audiencia, porque se transmitió por la televisión nacional en un horario estelar y tuvo mucho éxito. Entendí, por supuesto, que el cine no es igual que la literatura: se toma libertades, ventajas y licencias que no están en la novela. Pero creo que fue un buen logro. Yo estuve muy cerca de la grabación en Armero con Jorge Alí, y fue una experiencia muy interesante. Ojalá que esa versión cinematográfica no se pierda.
A lo largo de su carrera entrevistó en varias ocasiones a Gabriel García Márquez. ¿Qué aprendió de esas conversaciones con el autor de Cien años de soledad?
En el colegio Isidro Parra de El Líbano impuse que el centro literario llevara el nombre de Gabriel García Márquez, unos cuatro o cinco años antes de que publicara Cien años de soledad. Fue después de leer El coronel no tiene quien le escriba, que me impactó profundamente. En ese momento yo tenía cierto liderazgo en el colegio y logramos ponerle su nombre al centro literario. Conocerlo después fue maravilloso. Tengo un recuerdo muy especial en Nueva York, cuando yo trabajaba en la diplomacia. Un día me llamó por teléfono y me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que nada, y me invitó a acompañarlo a cine. Él iba de paso hacia Tokio y estaba en la ciudad. Fuimos a ver Los sueños, de Akira Kurosawa. Durante toda la película no pude concentrarme. Pensaba: estoy en un cine en Nueva York con García Márquez. Sentía una emoción enorme, casi como esas emociones juveniles de querer tomarle en matiné la mano a la novia, así sentí el deseo de cogerle la mano y decirle cuánto lo admiraba, cuánto había significado en mi vida. Esta anécdota la escribí en una columna que incluso la alcanzó a leer José Saramago y me la comento muerto de risa en Lisboa. Lo entrevisté tres o cuatro veces y aprendí mucho de él: la construcción de las historias, la potencia del lenguaje, la capacidad de captar los contrastes y, sobre todo, el manejo de los adjetivos. Los adjetivos son fundamentales en la narrativa, porque deben ser precisos y eficaces. No fui su amigo, pero sí tuve una relación cercana desde el periodismo, y su influencia fue muy grande. Yo sí creo que ha sido el único genio que ha producido la cultura colombiana, junto al maestro Fernando Botero.
Se ha dicho que usted tuvo el privilegio de leer manuscritos de García Márquez antes de su publicación. ¿Cómo fue enfrentarse como lector a obras como Crónica de una muerte anunciada o El amor en los tiempos del cólera antes de que llegaran al público?
En ese tiempo, el editor en Colombia de García Márquez era mi querido amigo José Vicente Kataraín, de Editorial Oveja Negra. A él le llegaban los manuscritos originales, recién salidos del computador de Gabriel García Márquez, desde México o desde Cartagena. Antes de llevarlos a la imprenta, los compartía con unos pocos periodistas en Colombia y en el mundo, para que los leyeran y escribieran por adelantado alguna crónica o comentario crítico. Así tuve el privilegio inmenso de ser, en Colombia, el primero en leer El amor en los tiempos del cólera, Crónica de una muerte anunciada, El general en su laberinto, entre otros. Era una experiencia única: leer esos textos aún con la frescura original, cuando todavía no eran libros, tenía algo muy especial. Y siempre, cuando terminaba de leerlos, llamaba a mi amigo Eligio García Márquez, que en paz descanse. Hablábamos de lo mismo y llegábamos a la misma conclusión: no había nada que hacer… su hermano era un genio.
Muchos jóvenes periodistas ven en sus crónicas un modelo de escritura. ¿Qué cualidades considera indispensables para un buen cronista?
Agradezco mucho que todavía algunos estudiantes de periodismo y jóvenes periodistas me recuerden y encuentren algo valioso en mis crónicas. Siempre les aconsejo que hay que tener una buena cultura general, sobre todo literaria. Hay que leer mucho, leer a los grandes escritores y a los grandes cronistas, porque ahí están las verdaderas enseñanzas. Y ya en la práctica, el periodista debe tener un ojo distinto, más atento que el del periodista convencional. Hay que mirar más allá de la realidad superficial, tratar de encontrar lo que está por debajo, arañar, auscultar la noticia hasta descubrir dónde está la verdadera historia. También es fundamental darle importancia a lo elemental, a lo sencillo, a lo que aparentemente no es importante. La historia de una persona común puede convertirse en una gran crónica. Una de mis crónicas que considero mejor logradas es la de un hombre, un humilde campesino, que llegó a Villeta, con un gallo de pelea. Lo había criado durante meses, quizás años, cuidándolo, entrenándolo, preparándolo para la gran pelea de su vida. Era una historia que parecía sacada de un cuento de Gabriel García Márquez, pero era completamente real. El gallo se enfrentó a otro que llegó en helicóptero, porque pertenecía a un esmeraldero. Era, en el fondo, la lucha entre el gallo del campesino —criado con amor, con esperanza— y el gallo de la opulencia, del mundo de las esmeraldas.
En una época dominada por la inmediatez digital, ¿cree que la crónica sigue teniendo espacio en el periodismo contemporáneo?
Lamentablemente, muy poco. Ya ni los periodistas tienen la osadía de escribir como lo hacíamos antes, ni muchos lectores —sobre todo jóvenes— tienen el tiempo o la sensibilidad para entender y leer estas historias. Yo suelo decir que, si no hay oferta, no hay demanda, y si no hay demanda, no hay oferta. Es como una ley del mercado. En ese círculo vicioso, quedan muy pocas revistas donde se puedan publicar crónicas, y muchas veces no las publican porque, supuestamente, no tienen lectores. También influye que la crónica exige más extensión y un tratamiento distinto. Sin embargo, yo siempre he sido un hombre optimista. Nunca he sido negativo. Creo que el presente también puede ser mejor que el pasado; no se puede vivir de la nostalgia ni afirmar que todo tiempo pasado fue mejor. Hoy existen formas muy valiosas de narración, especialmente en lo audiovisual, en el cine y la televisión. Además, hay cronistas jóvenes que están haciendo trabajos interesantes, y algunos veteranos que seguimos insistiendo. Por eso, creo que hay que seguir luchando, perseverar y mantenerse.
¿Qué tipo de textos, autores o lecturas recomienda usted a los jóvenes que desean formarse como periodistas o escritores?
Hay tantos que nombrarlos o describirlos todos sería imposible. Yo he sido un gran admirador, y un modesto conocedor, de la literatura y del periodismo norteamericano, porque me parece más vigoroso, de mayor acción: un estilo con menos adjetivos y más verbos, más directo y universal. Allí hay grandes cronistas como John Reed, Truman Capote, Norman Mailer, Gay Talese, Tom Wolf. entre muchos otros que lograron convertir el periodismo en una forma de gran literatura. Son, sin duda, autores muy recomendables para los jóvenes que quieran ser cronistas. A nivel colombiano también hay figuras muy importantes. Pienso, por ejemplo, en José Antonio Osorio Lizarazo, quien fue un gran cronista y novelista, con una obra muy sólida. Y también en personas que he conocido a lo largo de mi vida, como Germán Castro Caycedo, Germán Manga, Leonel Giraldo, Juan José Hoyos, Oscar Castaño (padre e hijo), Fernán Martínez, Gustavo Tatis, Alberto Salcedo, entre otros que en este momento puedo omitir sin querer. Hay que leer. Yo siempre insisto en eso: no se puede llegar a una escritura periodística con nivel literario, con una calidad estética elevada, si no se ha leído. Si no se tiene una cultura, eso no se improvisa, no aparece de manera espontánea. Gabriel García Márquez fue grande, sí, por su talento natural, que era extraordinario, pero también porque tuvo la fortuna de leer muy joven a grandes autores como William Faulkner y Ernest Hemingway. De allí proviene, en buena medida, la construcción de su maravillosa estética.
En sentido contrario, ¿de qué tipos de textos o hábitos de lectura cree usted que deberían huir quienes aspiran a dominar el oficio de escribir?
Creo que la mayor amenaza para el periodismo, y para muchas profesiones y actividades humanas, es hoy la inteligencia artificial, aunque también puede ser una gran herramienta si se sabe utilizar. Lo que sí hay que evitar es esa literatura artificiosa y superficial que se hace apoyándose en la inteligencia artificial sin más. Porque, en el fondo, lo que le da fuerza a un texto —periodístico o literario— es la impronta del estilo personal. Las máquinas, los computadores, los robots, son algoritmos matemáticos. No tienen sentimientos. No son capaces de llorar ni de hacer llorar. A mí me da cierta tristeza decirlo, aunque también algo de alegría, porque muchas personas me han contado que han llorado leyendo alguna de mis crónicas. Y yo mismo he llorado escribiendo y leyendo a otros escritores. Esa es la fuerza de lo humano: el corazón, el alma. Las máquinas podrán hacer reír, podrán hacer pensar, pero no creo que sean capaces de hacer llorar o de despertar una emoción profunda, una gran pasión, en un texto. Finalmente, hay que huir de los celulares inteligentes y sus maravillosas aplicaciones, de las cuales yo también he sido víctima.
Después de tantos años dedicados al periodismo y la literatura, ¿qué cree que sigue siendo lo esencial para contar bien una historia verdadera?
Quisiera, finalmente, rendir un homenaje a Ray Bradbury. Ahora que la misión Artemis II ha vuelto a rodear la Luna y que estamos, quizá, a pocos años de llegar a Marte, vale la pena recordarlo. Bradbury fue un verdadero visionario y logró una mezcla muy poderosa entre literatura y narrativa periodística. Hay una historia suya en la que, cuando Marte ya ha sido colonizado por los humanos, los afroamericanos deciden subirse a cohetes para irse hacia allá. Entonces, los blancos les suplican que no se vayan, que se queden en la Tierra, porque temen quedarse sin servicio, sin quienes sostengan su mundo. Es una historia dura, reveladora de un problema social o, mejor dicho, de racismo. Y hay otra, que me recordó mi hija: una familia vive en Marte, y un niño le pregunta a su padre, frente a un lago cristalino: “Papá, ¿dónde están los marcianos?”. Y el padre le responde: “Mira, ahí están”, señalando su reflejo en el agua. Es decir, los marcianos son ellos mismos, quienes les devuelven una larga mirada desde el agua. Historias como esas muestran la capacidad de tener un ángulo de visión distinto. Eso es lo que necesita un cronista: un tercer ojo, diferente al del periodista común e incluso al del escritor tradicional. Ver en la realidad una dimensión más profunda, una sensibilidad especial que permita descubrir historias de gran belleza escondidas en lo aparentemente normal. La crónica también tiene su técnica. Hay que construirla con una especie de matemática: manejo del suspenso, del dato oculto, de lo que se revela poco a poco, avanzar, recoger, sintetizar y llegar a conclusiones que sean significativas. Esa estructura hay que estudiarla y aprenderla. Y, sobre todo, hay que encontrar dónde publicarla. Hoy los espacios son escasos. Tal vez haya que acudir a editores como mi querido amigo Carlos Orlando Pardo en el Tolima, que sigue abriendo espacio a nuevos talentos. Porque muchas revistas han desaparecido y las crónicas de largo aliento —que no sean políticas, catastróficas o de farándula— casi no tienen cabida. Ese es el problema: la falta de espacios para los cronistas, pero también, hay que decirlo, la falta de vocación, de disciplina y de profundidad en algunos jóvenes para asumir este oficio con verdadera proyección. Pero todavía hay esperanza.
