Jaime Aparicio Rodewalt, quien falleció en Cali este jueves 7 de mayo, a los 96 años, dejó una huella eterna en Colombia, porque fue testigo y protagonista de varios sucesos que marcaron el primer cambio fuerte del deporte colombiano, en el siglo XX.
Inicialmente fue el más destacado atleta del Valle del Cauca, en los años 40 y 50, cuando su paisano Alberto Galindo Herrera lideró un proceso que elevó a la región a ser la primera potencia del deporte colombiano, con Aparicio como una de sus figuras. Después se consagró como el primer grande del atletismo colombiano y obtuvo figuraciones internacionales de corte mundial, como ubicarse entre los mejores corredores de 400 metros con vallas del mundo, en la antesala de los Juegos Olímpicos de la postguerra o “de la austeridad”, como fueron denominados los celebrados en Londres en 1948, poco después de terminar la II Guerra mundial, que había paralizado toda actividad deportiva en el mundo. Más adelante, se consagró como el primer campeón de Colombia en los I Juegos Panamericanos, realizados en Buenos Aires, en 1951, en los 400 metros con vallas, y desde entonces acumuló incontables victorias internacionales, especialmente en certámenes del ciclo olímpico.
Nacido en Lima, Perú, el 17 de agosto de 1929, en una familia de padres colombianos, que pronto se radicó en Cali, comenzó en el deporte, según él, “cuando los colombianos tenían mentalidad de perdedores. Ahí radicó mi éxito: tomé la práctica deportiva en serio, como lo hicieron los dirigentes del Valle del Cauca, para convertir a la región en potencia».
Aparicio estudiaba en el Colegio Berchmann, uno de los más aristocráticos de Cali, en el cual se practicaba mucha actividad deportiva. El joven, bajo de estatura; delgado, pero compacto; con gafas permanentes, por problemas en su visión, y dueño de una vehemencia que lo hacía pasar casi más tiempo corriendo y jugando, que en clase, probó en varios deportes, y en todos respondió. Fue nadador, futbolista y basquetbolista de calidad, pero tenía un problema: para jugar debía quitarse los anteojos, y entonces no veía nada.
Un día de 1946, con menos de 17 años, llegó a sus manos un libro de atletismo que ojeó por curiosidad. De todas las recomendaciones, de todos los consejos, de cuanto pudo captar, lo que más le gusto fue que no necesitaba quitarse las gafas, porque no había ningún tipo de roce con los rivales. En ese momento se decidió sólo por el atletismo, porque quería practicar una sola cosa, y hacerlo bien. Entonces se empezó a alejar de los grupos con los que jugaba baloncesto, porque los partidos terminaban en tremendas borracheras.
Al mes de rigurosos entrenamientos como corredor de velocidad, con él mismo como entrenador, compitió en unos juegos intercolegiados y ganó los 100 metros planos, con un tiempo de 11 segundos y una décima, registro que dejó al descubierto sus condiciones. Algunos meses después representó al Valle en unos chequeos que se realizaron en el estadio de la Universidad Nacional de Bogotá, para integrar la delegación colombiana a los IV Juegos Centroamericanos y del Caribe, que se celebrarían en Barranquilla, en diciembre de ese año. Aparicio logró clasificar y participar en los relevos de 4×100 y 4×400, que fueron eliminados en la primera serie, y en los 110 metros con vallas, que más o menos había practicado, prueba en la cual llegó a la final y terminó quinto.
Asombrado por la calidad de los vallistas cubanos, Aparicio habló con Manolo Suárez entrenador isleño, a quien le expresó su admiración por la calidad de sus compatriotas. Suárez le dijo, con prepotencia: “Para que ustedes los colombianos sean como los vallistas cubanos, tendrían que volver a nacer”.
A su regreso a Cali, le dijo al entrenador nacional y del Valle, Carlos Ávila, que quería correr los 400 metros con vallas. Sin embargo, Ávila le advirtió que tenía un gran defecto, porque atacaba la valla con la pierna derecha, que para los 110 metros no tendría problemas, pero para los 400 sí, por la fuerza centrífuga que lo hacía perder tiempo en las dos curvas. Además, le dijo que ningún vallista destacado en el mundo atacaba el obstáculo de los 400 con la pierna derecha.
Aparicio intentó cambiar su estilo, pero no pudo, y decidió que se la jugaría en los 400, aún con ese defecto, porque creía que no existía ningún misterio, ni condición natural que no pudiera ceder ante la disciplina y la constancia.
En 1947, en Lima, Jaime Aparicio volvió a ser internacional, y con menos de 18 años ganó los 400 metros con vallas y fue segundo en los planos, en los Juegos Bolivarianos.

La experiencia de los Olímpicos de Londres
Desde ese momento, Jaime Aparicio fue un campeón precoz. Al año siguiente, con solo dos de experiencia en el atletismo, es seleccionado por Colombia para participar en los primeros Juegos Olímpicos de la postguerra, los de Londres, junto con la máxima figura del deporte colombiano del momento, el nadador, también vallecaucano Luis Tiburón González, quien poco antes del certamen estaba en la posición 13 del mundo, en la prueba de los 1.500 metros estilo libre. Con ellos fueron convocados los luchadores Ricardo Caballero y Miguel Ortiz; los esgrimistas Miguel Valderrama, Emiliano Camargo y el mayor Ahumada, y el atleta Mario Rosas. En la capital inglesa, los resultados fueron malos. Todos, incluidas las dos esperanzas, Aparicio y González, fueron eliminados en su primera intervención.
En 1950, cuatro años después del categórico pronóstico del técnico cubano Manolo Suárez, Jaime Aparicio derrotó a los flamantes cubanos en los 400 con vallas, una de las pruebas más técnicas del atletismo, y se proclamó campeón Centroamericano y del Caribe. Y seguía atacando la valla con la pierna derecha.
Antes de su gran consagración internacional, en los Primeros Panamericanos de 1951, en Buenos Aires, Argentina, Jaime Aparicio integró la selección del Valle a los Sextos Juegos Nacionales, celebrados en Santa Marta, en los que ganó seis títulos, cuatro en pruebas individuales, 100, 200 y 400 metros planos y 400 metros con vallas, y dos colectivas, los relevos de 4×100 y 4×400.
Se consagra campeón Panamericano
El más grande compromiso de la vida, los I Juegos Panamericanos, en Buenos Aires, en 1951, lo asumió Jaime Aparicio con toda la disciplina y el amor propios en él, pero sin los elementos completos para su preparación. La pista de carbonilla del estadio Pascual Guerrero de Cali, en la cual se entrenaría para participar en ese certamen americano pionero se encontraba en reparación. Entonces debía correr menos de 200 metros continuos, e imaginarse los otros 200. Con esa desventaja y sin entrenador, como siempre, llegó Jaime Aparicio a Buenos Aires y derrotó a los mejores vallistas de América, en esa que fue su más grande consagración internacional.
Después de esos juegos, su otro perfil, el de estudiante de arquitectura, lo llevó a residenciarse en La Florida, Estados Unidos, en donde terminó los estudios. Esa fue la oportunidad para tener por primera vez un entrenador, cuando ya era el mejor vallista de América.
Durante su permanencia en Norteamérica, sin embargo, no ganó ninguna competencia, porque el óvalo de la pista era de 200 metros y las curvas era demasiado cerradas. Ahí sí se dio cuenta de la gran desventaja que tenía, al atacar la valla con la pierna derecha, porque la fuerza centrífuga le hacía perder tiempo en cada paso de obstáculo. Aparicio, sin embargo, alcanzó a ser campeón del Sureste de Estados Unidos, en los 200 metros con vallas, prueba que formaba parte del calendario del atletismo universitario.
El caleño regresó a su patria con la intención de asistir a los Juegos Olímpicos de 1952, pero Colombia no participó. Esta frustración no lo desmotivó, porque sabía que la experiencia acumulada en los juegos de Londres, en 1948, y en los diversos torneos internacionales posteriores, le servirían para los Olímpicos de 1956, en Australia, a los cuales llegaría en la mejor edad, los 27 años.
En 1954, Jaime Aparicio volvió a los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en México, y ganó los 400 metros con vallas, con 53.3, nueva marca para el área. Después fue campeón suramericano en Sao Paulo, con nuevo registro de 52.2. Con estos títulos, Jaime Aparicio se convirtió en el único atleta americano, campeón de todos los torneos existentes en el ciclo olímpico, con marcas para cada uno.

De nuevo, la estrella de los juegos
La preparación para los Séptimos Juegos Nacionales, que realizaría su ciudad, Cali, en 1954, fue tan intensa como las que adelantó para sus competencias internacionales.
Bajo la dirección del sueco Rolf Sbamberg, quien orientaba a 80 atletas más, lo que le impedía concentrarse en uno en particular, Jaime Aparicio adelantó la parte final de sus entrenamientos para esos juegos, que el Valle quería volver a ganar, ahora con más argumentos, que cuatro años atrás.
Y en esos juegos, los mejor organizados hasta entonces en la historia de Colombia, Jaime Aparicio ganó cinco medallas de oro, cuatro en pruebas individuales, los 100, 200 y 400 metros planos y 400 con vallas, y el relevo corto. A la sexta medalla de oro, la de los 4×400, renunció, porque se encontraba muy agotado, y el Valle sin él, tenía un equipo suficiente para ganarla, como en efecto sucedió.
La vida se le atraviesa al deporte
Jaime Aparicio ingresó a la edad de la plena madurez en el deporte, en el mismo instante en que la vida le exigía otros compromisos profesionales.
En 1955, durante los Segundos Juegos Panamericanos, en Ciudad de México, fue segundo en los 400 metros con vallas, con nueva marca suramericana, de 51.8.
El objetivo de 1956 eran los Olímpicos de Melbourne, Australia. Su preparación lo llevó al lugar más alto de los podios de los campeonatos suramericanos de Sao Paulo, Brasil. Ganó los 200 y los 400 metros planos y los 400 con vallas, e integró el equipo colombiano que triunfó en el relevo largo.
Ese año, sin embargo, aceptó ser el Secretario de Obras Públicas de Cali cargo en el cual trabajaba más de 10 horas diarias continuas, lo que lo obligó a disminuir el ritmo de los entrenamientos, lo que le generaría una sensible baja en el rendimiento y en los resultados.
Ese año de 1956 se cerraba con la participación de Colombia en los Juegos Olímpicos en Australia. Aparicio fue, pero sin la continuidad suficiente. A pesar de esto, llegó a las semifinales de los 400 metros con vallas, prueba en la cual superó la marca suramericana, con 51.8, pero no alcanzó la anhelada final.
En 1957 no tuvo figuraciones importantes, por las múltiples ocupaciones generadas por su trabajo.
Un adiós, en silencio
Llegó 1958 y fue seleccionado por Colombia al campeonato suramericano, en Montevideo, Uruguay. Primero ganó los 400 metros planos. Después, los 400 con vallas. Estas dos pruebas las ganó, y cuando terminó la segunda decidió que se retiraría del atletismo, sin contarle a nadie. Y, en efecto, nadie se enteró de la determinación tomada, porque el atleta se la guardó. Regresó a Cali para continuar su rutina de trabajo en la Secretaría de Obras Públicas. A los pocos días, en el estadio Pascual Guerrero, muchos empezaron a extrañarlo, pero nadie sospechaba que a los 29 años, cuando aún tenía tiempo para más victorias, Jaime Aparicio Rodewalt, el primer superhéroe del atletismo colombiano, ya no era atleta.
Tenía tantas condiciones para el deporte, que en los cinco años siguientes a su retiro del atletismo, Aparicio decidió practicar voleibol, en sus ratos libres, y fue seleccionado en dos ocasiones, en los equipos de mayores del Valle, a campeonatos nacionales.
El atletismo, por siempre
El boom de Cali como potencia deportiva de Colombia, que él ayudó a construir, no le sería indiferente en el resto de la vida.
En 1960 contrajo su primer matrimonio, que se acabó en 1966, del cual quedaron dos hijos: María Mercedes y Ana Isabel. En 1974 se casó por segunda vez, con Beatriz Jaramillo, con quien tuvo dos hijos más: Jaime Ernesto y Luisa.
Aparicio fue vinculado a las más importantes actividades deportivas de Cali en los años siguientes, como el Comité Prosede de los VI Juegos Panamericanos de 1971, que finalmente se logró, y en ellos fue el Director Técnico Deportivo, a cargo de 18 disciplinas. De 1971 a 1974, fue presidente de la Liga de Atletismo del Valle.
Su última vinculación directa con el deporte sucedió entre 1988 y 1992, cuando formó parte de la Comisión Técnica del Comité Olímpico Colombiano, que presidía su paisano Jorge Herrera Barona.
En 2014, Jaime Aparicio Rodewalt recibió el Premio Altius a Vida y Obra, otorgado por el Comité Olímpico Colombiano, durante la Gala del Deporte Olímpico de ese año.

