El nombre de José Luis Hereyra Collante está ligado a una de las apuestas editoriales que más ha contribuido a visibilizar la literatura del Caribe colombiano en los últimos años. Poeta, narrador, traductor, docente y notable bilingüe, Hereyra ha construido una trayectoria en la que confluyen la creación literaria, el conocimiento de las lenguas y la promoción de nuevas voces. Su consagración llegó tempranamente, a sus 20 años, con el Premio Nacional de Literatura de El Espectador, que obtuvo por El desagüe y, posteriormente, por Disección de un desencuentro en 1971. A estos reconocimientos se sumó el Premio Iberoamericano de Poesía Colombia-Chile (1985) y el Libro de Oro de la Literatura Colombiana otorgado por el Parlamento de Escritores de Cartagena de Indias (2019), entre otros que incluyen premios de poesía en lengua inglesa o española otorgados en los Estados Unidos y Colombia.

Su formación en Filología e Idiomas, en Colombia y Estados Unidos, y su extensa experiencia como traductor y profesor de inglés y literatura completan el perfil de un intelectual que se ha movido con solvencia entre dos lenguas y distintas expresiones de la cultura.
De Pepe Hereyra, como cariñosamente le dicen sus amigos y colegas más cercanos —entre ellos Miguel Iriarte, Álvaro Suescún y Jorge Campo Figueroa—, disfruté a plenitud Canción del día y de la noche, espléndida antología de 319 páginas publicada por Cecar en 2021. En medio de esa vasta muestra de su poesía me atrapó, quizá por mi conocida idolatría por el fútbol brasileño, Garrincha, dedicado al extraordinario delantero que contribuyó decisivamente, junto con Pelé, a los dos primeros títulos mundiales conquistados por la selección brasileña. Allí aparece el poeta frente al futbolista convertido en mito. “Prestidigitador de grama en el cielo”, lo llama, y en ese verso basta para advertir cómo Hereyra convierte la memoria deportiva en materia poética. Pero otra faceta suya adquiere especial importancia en estos días: su trabajo como director de la Colección Caribe de Pijao Editores, desde la cual ha propiciado la publicación de narradores y poetas de la región. En ese camino estuvo Entre Palabras, mi libro de entrevistas con 20 escritores del Caribe colombiano, proyecto que José Luis Hereyra acogió, leyó, corrigió y recomendó para su publicación. La obra pasó a integrar la Colección Caribe junto con títulos de autores como Alma Rosa Terán, Pedro Blas Julio, John N. Bitar, Antonio Mora Vélez, Eduardo Támara Galván, Atilano Medrano Suárez y Nelson Castillo, libros que fueron presentados en abril pasado en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.
La historia no terminó allí. La recepción de Entre Palabras llevó a José Luis Hereyra a sugerirme la realización de un nuevo volumen, esta vez dedicado a escritores del Suroccidente colombiano, una propuesta que él presentó a los fundadores y directivos de Pijao Editores —Carlos Orlando y Jorge Eliécer Pardo— quienes de inmediato, no solo la aceptaron, sino que la declararon como un gran objetivo literario desde el paraperiodismo, lo cual asumí como un nuevo y magno desafío para el periodismo literario del país.
Ahora nuestros caminos vuelven a encontrarse en el Tercer Festival Internacional del Libro de Tolima (FELIT 2026), que se cumplirá del 29 de septiembre al 2 de octubre, en un escenario donde la Colección Caribe Colombiano tendrá una relevancia significativa como Invitado Nacional. Hereyra llegará acompañado por una muestra de las voces que ha contribuido a poner en circulación desde la segunda Temporada de la Colección Caribe Colombiano de Pijao Editores, entre ellas Roberto Montes Mathieu, Alma Rosa Terán Tirado, José Gabriel Coley, Federico Santodomingo, Lidia Corcione Crescini, Sofía Camacho Chaljub y la gran antología poética La voz de la cigarra/Segundo Canto, escrita por 10 mujeres poetas, fundamentalmente desde el Caribe colombiano, Bogotá y Estados Unidos. La presencia de José Luis Hereyra permitirá apreciar otra faceta —que acaso resulte menos visible que la del poeta premiado, de fuerte acervo escénico, o del traductor bilingüe—: la del editor que abre caminos, reúne voces y consigue que los libros viajen más allá de las fronteras de su región, buscando la audiencia del mundo.
¿Cómo nació su vínculo con Pijao Editores y qué circunstancias lo llevaron a asumir la dirección de la Colección Caribe?
Soy amigo de Carlos Orlando y Jorge Eliécer de toda la vida, pero he tenido una relación mucho más profunda con Jorge Eliécer por cuestiones de coincidencias literarias, ya que siempre ha sido muy honroso para mí que mi poesía le guste mucho. Además, Jorge Eliécer desde hace muchos años ha estado visitando mi casa en Barranquilla y yo he compartido con ellos en Bogotá e Ibagué desde siempre, lo cual afinó la amistad y fortaleció los lazos.
Pero la historia por la cual preguntas es de dónde y en qué momento surgió la génesis de la Colección Caribe Colombiano. Como admiro tanto la obra de Jorge Eliécer y he estado siempre muy cercano a ella y a su autor, en octubre de 2025 nos reunimos en Bogotá para confirmar un ensayo mío sobre una de sus obras, “Los velos de la memoria”, exquisita y asombrosa obra literaria, la cual para mí es un prodigio no solo literario sino humano, sociológico, lingüístico, entre otros, con unas posibilidades asombrosas en sus inacabables niveles de lectura.
Pero mi compromiso era aun más fraterno: acompañarlo en el FELIT – Festival Internacional del Libro del Tolima, en noviembre de 2025, leyendo apartes puntuales del ensayo y sosteniendo al alimón un conversatorio poético de los autores que yo sentía que eran antecesores ilustres de su narrativa —específicamente, el Hemingway de The snows of the Kilimanjaro (1936), en ese doloroso y bestial relato de la vida, la muerte y la soledad ante el infinito; el Albert Camus de L’etranger (1942), cuando Mersault acciona el revolver y mata al árabe “y eran como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia”—, que se cumplió como un hecho hermosísimo, ante un público selecto. Éxito total, como esta entrañable obra literaria —“Los velos de la memoria”—, lo ha merecido y merecerá por siempre.
En esos mismos días recibí, apreciado Fausto, tu llamada desde Barranquilla diciéndome que estabas elaborando un proyecto de grandes escritores del Caribe colombiano y que nuestro querido amigo y poeta Jorge Campo te había recomendado entrevistarme. Así se fortaleció el proyecto de entrevistas que buscabas, y a mí se me activó la luz que hoy nos une: integrar un proyecto con Pijao Editores, una Biblioteca, una Selección, hasta que, finalmente, hablé con los Pardo y la idea fue aceptada de inmediato y quedé a cargo de ella en los niveles literarios y lingüísticos como Director de la Colección, para recibir libros o manuscritos a ver si, potencialmente, cumplen los parámetros de alta calidad literaria, lo cual es la única motivación que verdaderamente nos mueve.
Con respecto al nombre del proyecto editorial, Jorge Eliécer Pardo, siempre tan lúcido y acertado, una vez más acertó y la bautizamos Colección Caribe Colombiano.
Cuando recibe un manuscrito para la Colección Caribe, ¿qué elementos literarios, narrativos o poéticos busca para decidir que una obra merece formar parte de este catálogo?
Lo que acabo de anotar en lo inmediatamente anterior: verdadera calidad literaria, nada de publicaciones por recomendaciones o cercanías de algún u otro tipo, no, sino sencillamente alta calidad literaria. Así puede suceder que verdaderas óperas primas como El infinito mar del tiempo, de John N. Bitar, verdadera y bellísima novela de mar, acaba de ser publicada en la Colección Caribe Colombiano de Pijao Editores y presentada con su autor nada menos que en la propia FILBO 2026. Y, curiosamente, este básico requisito de alta calidad literaria, en el caso de la novela de Bitar, por ejemplo, abrió de nuevo un debate antiguo de que en el Caribe colombiano no había novelas de mar, pero ya la Colección Caribe Colombiano comenzó aportándolas con El infinito mar del tiempo.
La Colección Caribe ha reunido voces de distintas generaciones y tendencias. ¿Qué criterio ha seguido para construir ese mapa de autores y evitar que la colección quede reducida a una sola mirada sobre la literatura del Caribe?
A través de toda una vida, no solo leyendo copiosa y profundamente, sino que, compartiendo con los distintos autores del Caribe colombiano, hemos consolidado un conocimiento directo y lógicamente producto del quehacer literario diario por años. Por ejemplo, de los autores anteriores del Grupo de Barranquilla, pues es casi obligatorio saber de Cepeda, García Márquez, Alfonso Fuenmayor (a quien conocí y traté personalmente a través de una amiga común a ambos), a Germán Vargas Cantillo (quien fue amigo personal mío por muchos años) …
También tuvimos esa enorme cercanía con la famosa Comisión Coordinadora del Suplemento del Caribe, con Álvaro Medina, quien todavía publica novelas y dirige exposiciones y curadurías de arte; y los siempre recordados Carlos J. María, crítico literario de verdad; Margarita Abello, antropóloga; Antonio Caballero; Alfredo Gómez Zurek, poeta, ingeniero y pianista exquisito; el novelista Ramón Illán Bacca, gran amigo personal…
Todavía guardo amistad con Eduardo Arango Piñeres (Sincé, Sucre, 1931), quien, con 95 años, vive en Miami (Florida). Autor del notable libro de cuentos Enero 25, y a quien, por intermediación mía, Roberto Montes Mathieu le hiciera y publicara una entrevista en su famosa revista literaria, verdaderamente de culto, Magazín del Caribe. Con su hija Margarita ya tenemos el proyecto de publicarle a Eduardo Arango Piñeres una autobiografía que acaba de terminar.
Fuera de eso soy parte de esas generaciones posteriores (nací en Barranquilla, en 1951) y no solamente hemos trajinado lo literario a nivel Caribe colombiano sino en todo el país, ya que mi trabajo literario, académico y lingüístico lo he desarrollado desde Bogotá y Barranquilla como epicentros laborales y aun desde Estados Unidos, como cuando fui por varios años traductor simultáneo y escrito del Béisbol de Grandes Ligas para El Heraldo y Cadena Radial Olímpica, gracias a ese espíritu exquisito en música y fraternidad que era Farid Char en vida, y a quien extrañaré mientras viva.
En ese trabajo de traducción incluso deportiva, aparentemente desligado de la literatura, logré a través del boxeo la felicitada y muy recordada traducción, desde el libro de Norman Mailer The presidential papers y su capítulo Death, de la muerte de Benny “Kid” Paret en el ring a manos de Emile Griffith. Esa traducción llegó a la luz pública porque fue mi examen de entrada como Traductor de El Heraldo, y el primero que la leyó y la aceptó de inmediato fue nuestro hombre emblema del periodismo nacional y gran hombre Caribe Juan Gossaín, y a su lado la segunda lectura y también la aceptación inmediata la dio el inolvidable periodista deportivo, premiado tantas veces, Fabio Poveda Márquez.
En su experiencia como editor, ¿qué ha encontrado en los escritores del Caribe que todavía considera insuficientemente conocido por los lectores de otras regiones de Colombia?
La Colección Caribe Colombiano nace, precisamente, de la unánime apreciación mía y de Pijao Editores por cubrir con la publicación de los mejores escritores del Caribe colombiano, en una colección de exquisita altura lingüística y editorial, esa gran deuda que el país tiene con el conocimiento verdadero de sus mejores hijos en el campo literario. Así, tenemos seguidamente la extensión del proyecto hacia las otras regiones distintivas del país para tener, finalmente, un país, unido por sus letras, tal como debe, tarde o temprano, llegar a estarlo en otras instancias de la vida, del quehacer humano, del pensamiento y, en fin, de todas las expresiones humanas.
Carlos Orlando Pardo y Jorge Eliécer Pardo han sido figuras fundamentales en la historia y consolidación de Pijao Editores desde Ibagué y Bogotá para todo el país. ¿Cómo describiría el aporte de cada uno de ellos a este proyecto editorial y qué significa para usted formar parte de una casa que, durante décadas, ha convertido la edición de libros en una forma de promoción de la literatura colombiana?
Esa labor de Carlos Orlando y Jorge Eliécer es de lo más grande que se haya hecho en la literatura, y en la cultura en general, en Colombia. Porque partimos del hecho de que ambos son escritores consagrados, cada uno por sí mismo, en una historia de una inmensa altura ética que consolida como ideal humano lo que ellos han vivido con sus familias desde que pequeñitos fueron arrastrados por la violencia a huir de Líbano, su tierra ancestral, acosados y acuciados por una vorágine de oscuridad y fuego devorante, hasta llegar a instalarse en la gran metrópoli bogotana. De allí, diría yo, que parte su universalidad.
Y anotaba que ambos eran escritores consagrados, pero no se quedaron en las mieles del triunfo, sino que cada una de sus vidas es una prometeica hazaña de entregar ese fuego prohibido por el establishment chibchombiano al pueblo colombiano, a través de la gestión cultural y a través de Pijao Editores, la que hoy es, según relativamente reciente estudio del Instituto Caro y Cuervo “la más notable editorial independiente de Colombia, que representa a una región, Tolima”. Eso es Pijao Editores, con sus 54 años ininterrumpidos de arrancar la palabra divina a los dioses para que pudiera ser aprendida y aprehendida por nuestros mortales.
Y, por eso, para mi es un inmenso orgullo, un honor intelectual y humano, pertenecer hoy a esta casa editorial, y ser, además, el Director de la Colección Caribe Colombiano de Pijao Editores. It’s a dream come true.
Su poesía y su prosa ha estado acompañada por importantes reconocimientos desde sus primeros años, entre ellos el Premio Nacional de Literatura de El Espectador. Cuando mira aquella etapa inicial desde la perspectiva del escritor que es hoy, ¿qué permanece de aquel joven poeta y narrador y qué ha cambiado en su manera de entender la literatura?
El río de Heráclito fluye, es cierto, y por eso se dice que “nadie se baña dos veces en las aguas de un mismo río”. Pero, curiosamente, este río es el mismo a pesar de que sus aguas cambien permanente y eternamente. Inevitablemente, al fondo de toda abstracción, de todo razonamiento, por metafísico que sea, está la vida. Esta el cogito ergo sum. El pienso, luego existo. No podemos, ni podremos, prescindir del hombre, entonces, como no podemos ni podremos prescindir de la tierra, el hogar, la nave en la avanzamos en el nebuloso infinito del universo. La ley del hombre y de la tierra es la vida.
Sé quién era aquel muchacho que escribió “El desagüe” en narrativa y “Memoria no inicial” en poesía. Todavía lo llevo aquí dentro, a pesar de tantas destrucciones personales o a pesar de tantas refulgentes y prometedoras luces de esperanza. Y a pesar de que tantas cosas han cambiado, para bien o para mal, siento aquí dentro que el corazón de aquel joven sigue aquí intacto, a pesar de que sabe que allá o allí, no se sabe si muy lejos o muy cerca, lo están esperando siempre a uno la muerte y el olvido.

En Canción del día y de la noche y en Antología Personal de Pijao Editores reunió una parte significativa de su obra poética. ¿Qué representa para usted volver sobre sus propios poemas y contemplarlos reunidos en un mismo volumen después de tantos años de escritura?
Es un sentimiento extraño, como un vacío de ver todo lo que se ha ido de mi vida, y a veces releyendo algunos de mis poemas me pregunto si es cierto de que “todo en la vida es sueño y los sueños sueños son”. A veces cuando uno ve lo escrito expresado en varios libros, puede llegar a sentir el frío de una ausencia, no muy exacta ni descifrable, por todo aquello que no logramos ni llegamos a escribir.
Garrincha ocupa un sitio particular dentro de su poesía y convierte la figura de un futbolista en materia poética. ¿Qué encontró en Manoel Francisco dos Santos, Garrincha, que le permitió transformar la memoria del fútbol en una experiencia literaria?
Ya habían muerto, a mis once años, primero mi padre y al año 23 días mi madre. Yo quedé con una tía, Carmen Collante, hermana de mi madre, y su familia del esposo y 8 hijos. Su esposo viajaba repartiendo café excelso colombiano en un camión y se internaba siempre hasta Venezuela. De allí, el esposo de mi tía, Francisco Falquez, sabiendo mi formación en la lectura me traía revistas de futbol de Brasil y a revista Bohemia, que era cubana, con tiraje internacional. En esas revistas conocí a Garrincha sus dribblings, sus gambetas, y duré 20 años, hasta 1983, cuando escribí el poema “Garrincha”, sin saber que esa angustia, ese desasosiego, muchas veces, durante tantos años, era el poema que quería salir, pero que no podía porque los tiempos no se cumplían aún. Eso lo puedo decir ahora. Antes nunca lo supe exactamente. Pero llego el día. Yo era el Jefe de Traducción de todo el Proyecto El Cerrejón, era un sábado de mayo de 1983, y habíamos bebido toda la noche en el campamento de La Mina, donde fundamentalmente trabajábamos y vivíamos. Amanecíó, sábado, y así, amanecidos, tomamos en el aeropuerto de La Mina el avión Dash-7 a Barranquilla. Al llegar, con el amigo compañero de viaje, nos fuimos a mi casa de Barranquilla en el Barrio Bellavista, llegando por la Kico a la Vía 40. Seguimos tomando y recordé a Garrincha, como esa deuda sin cumplir. Sentí, de una manera serena, que ya podía hacerlo. Ya era poeta y escritor con el peso en la bola para lanzarla hasta en screwball, aun para un tema de fútbol, no de béisbol. Pedí papel y una pluma 1.0 y lo escribí de un solo tirón, como siempre escribo, prácticamente sin corregir. Esa historia de “Garrincha” era la misma historia de mis permanentes derrotas, mis sufrimientos morales, las frustraciones que no se disipan ni con los aplausos… Era extraño: compadecía la destrucción sistemática de otro ser humano, entendida perfectamente por ser en mí mismo réplicas de ese dolor universal.
Su trayectoria también está profundamente vinculada con el inglés, la traducción y la enseñanza. ¿De qué manera el tránsito permanente entre dos lenguas ha modificado su relación con las palabras, con la poesía y con la literatura?
Mi formación entrañablemente bilingüe se fortaleció día a día en los años de la Universidad del Atlántico, porque el Centro Colombo-Americano quedaba a medía cuadra y yo duraba todo el día en la Universidad del Atlántico, antigua sede, y en la biblioteca del Colombo leyendo e investigando literatura inglesa y literatura norteamericana en inglés. Así me formé personalmente mientras estudiaba las literaturas en lengua española en la universidad. Lógicamente, en algún momento llegué a un equilibrio de fuerzas que es lo que me constituye hoy en día.
Después de tantos años dedicados a escribir, traducir, enseñar y editar, ¿qué sigue buscando José Luis Hereyra cuando se sienta frente a una página en blanco?
Yo tengo muchas páginas en blanco, pero no exactamente ni siempre significan que voy a escribir literatura. Soy escritor, poeta y ensayista, pero, asimismo soy traductor profesional, normalmente de inglés-español y español-inglés, pero pueden ser otros idiomas muchas veces, como portugués y francés, sobre todo en los artículos científicos de las universidades a las que atiendo. También soy corrector de estilo y ortotipográfico y ese trabajo lo cumplo en universidades y editoriales, desde artículos y ensayos hasta libros científicos, deportivos, literarios, etc. De manera que la página en blanco para mi es permanente y todas sus vertientes con las palabras hacia donde descuelgan, me traen por lo general satisfacción y deleite.
