En Barranquilla y su área metropolitana, el rostro de la criminalidad tiene una edad cada vez más alarmante. Jóvenes entre los 15 y 29 años están siendo captados por bandas como Los Costeños y Los Pepes, no solo como víctimas de un sistema que les niega oportunidades, sino como actores dentro de estructuras delincuenciales organizadas.
Según cifras del DANE y Medicina Legal, este grupo de jóvenes concentra más del 50% de los sindicados por delitos como homicidio, hurto y tráfico de drogas.
El perfil que se repite en estos jóvenes es revelador, pues según los análisis estos se encuentran en grupos de baja escolaridad, desempleo, pobreza urbana y exclusión de los circuitos de educación y trabajo formal.
En palabras del profesor Alejandro Blanco, docente e investigador de la Universidad Libre, “este es un fenómeno que viene en crecimiento desde hace mucho tiempo en la ciudad de Barranquilla y en su área metropolitana”.
Para Blanco, uno de los indicadores más preocupantes es la deserción escolar, factor que deja a los jóvenes expuestos a un “riesgo” que las bandas criminales no dudan en aprovechar.
“Hay una población juvenil amplia que no está accediendo al trabajo formal y este tipo de población entra en una suerte de riesgo, captado por las bandas que les ofrecen dinero a cambio de integrarse a sus estructuras”, explica el académico.
Los roles que estos jóvenes asumen dentro de las organizaciones son múltiples y específicos, ya que estos van desde sicarios, cobradores, expendedores hasta extorsionistas y secuestradores.
Una de las cifras más alarmantes pasa por las edades de ingreso que presentan los menores sumergidos en el mundo del hampa. “Dependiendo del tipo de crimen, se puede ver desde niños de 8 años involucrados en el microtráfico o en el cobro de extorsiones, hasta jóvenes de 20 o 22 años usados como sicarios”, advierte Blanco.
Este fenómeno, sin embargo, no es nuevo ni espontáneo. Así lo explica Arturo García Medrano, analista e investigador judicial, quien señala que “indiscutiblemente es un proceso muy complicado, muy complejo, que no ha surgido en el último año, ni es exclusivo de la violencia criminal del periodo postpandemia”.
Según García Medrano, la instrumentalización de niños, niñas y adolescentes por parte de organizaciones criminales comenzó a tomar fuerza en Barranquilla hacia 2012 y 2013, cuando en parques y espacios públicos se concentraban grupos juveniles de hasta 300 o 400 integrantes.
Estos encuentros, según el experto, eran una fachada para lo que luego se conocería como procesos de adoctrinamiento e ideologización. “No se daba como en otras regiones a través de la imposición armada, sino mediante dinámicas sociales y culturales. Estos adolescentes eran llevados a inmuebles de barrios del suroccidente y suroriente, donde pasaban la noche y eran expuestos a prácticas delictivas, consumo de drogas sintéticas, música y actividades que los vinculaban emocional y económicamente a las bandas”.
García Medrano subraya que la pobreza es el principal anzuelo. “A estos menores se les ofrecían beneficios como un par de zapatos, un celular de alta gama o el dinero suficiente para cubrir sus gastos básicos o simplemente darse un gusto que no podían permitirse en casa. Muchos de ellos vivían con sus abuelos o con terceros debido a la ausencia de los padres”.
En muchos barrios las bandas suplen al Estado. “Las zonas más afectadas por la pobreza son aprovechadas por los grupos criminales para reclutar y ganar legitimidad. Se presentan como benefactores que resuelven problemas, especialmente el desempleo”, advierte el profesor Blanco.
Aunque existen programas de prevención enfocados en el deporte, la cultura o el acompañamiento policial, los expertos coinciden en que no son suficientes.
“Las medidas deben ir acompañadas de espacios de inclusión laboral y educativa para los jóvenes. La promesa del gobierno local de ampliar los cupos en las universidades públicas es un buen comienzo”, concluye Blanco.
Sin embargo, tanto él como García Medrano insisten en que, si no existe una intervención estructural y sostenida, la ciudad seguirá perdiendo generaciones enteras en manos del crimen organizado.
Redacción: Alejandro Sandoval
