Mi encuentro con José Luis Díaz-Granados ocurrió bajo el sol de la academia, cuando mis días transcurrían entre las aulas de Comunicación Social de la Universidad Autónoma del Caribe, de Barranquilla, en tiempos en que el rector era el jurista Mario Ceballos Araújo. Era 1986 o quizás 1987 —el tiempo, siempre caprichoso, ha difuminado el dato exacto— y yo no pasaba de los veintiún años. En aquel entonces, la literatura no era una materia, sino un asalto.

Uno de mis compañeros, tal vez Jesús Arroyabe, Mauricio Castro, Inés del Real o Federico Cervantes, me entregó una tarde aquella novela que todavía quemaba por su novedad: ‘Las puertas del infierno’.
La leí con un fervor casi religioso, propio de la juventud. Me sacudió la crudeza lírica con la que el autor nos precipitaba en el abismo de José Kristián, aquel poeta y estudiante de teología que luchaba por no naufragar en la inclemencia urbana de Bogotá. A partir de esa lectura, mi admiración por Díaz-Granados dejó de ser meramente intelectual para volverse entrañable. Sus textos en la prensa se convirtieron en mis preferidos, junto a los de Chelo De Castro C., Fabio Poveda Márquez, Germán Santamaría, Alberto Salcedo Ramos, Plinio Apuleyo Mendoza y Ernesto McCausland: auténticos maestros del periodismo.
Tuvieron que pasar los años para que el destino, siempre circular, me permitiera el encuentro personal. Fue en la FilBo 2025, bajo la luz tamizada de una mañana húmeda en Corferias, minutos antes de que él sostuviera un diálogo enriquecedor con Edgar Rey Sinning. Yo aguardaba la tarde para presentar mi propio libro, ‘Doce notas y un solo sabor’, cuando el azar me situó frente al maestro.
En esa charla informal, breve pero cargada de la cortesía de los grandes, compartimos el espacio con el periodista José Orellano y los escritores con Roberto Montes Mathieu y José Humberto Galiano La Rosa. La escena quedó inmortalizada por el lente de Sandra Muñoz, quien en una fotografía espontánea logró atrapar el brillo de ese instante, justo antes de que el maestro subiera al estrado.
Allí, José Luis me confió el génesis de su dualidad: nació en la Santa Marta de 1946, pero apenas un año después sus padres lo sembraron en Bogotá, la ciudad que ha habitado desde entonces y para siempre.
Su padre, economista de la Contraloría, y su madre, entregada a las Bellas Artes, trazaron en él una tensión fundacional: la nostalgia por un Caribe apenas entrevisto y la fascinación por la jungla de asfalto capitalina.
Fue su madre quien, sin saberlo, le entregó el primer mapa del tesoro. Ella coleccionaba poemas de los modernistas en cuadernos de bella caligrafía, una costumbre de las adolescentes samarias de los años 30. Al leer esos versos copiados a mano, el niño José Luis descubrió la ‘música de las palabras’, una euforia sonora que lo llevaría a escribir poesía mucho antes de intentar la prosa.
Sus años escolares en el Gimnasio Boyacá constituyeron el caldo de cultivo de su vocación. Allí, entre amigos y lecturas compartidas, comenzó a perfilarse el intelectual que no solo devoraba libros, sino que ya empezaba a cuestionar el entorno. En 1968, ese impulso juvenil cristalizó en la formación de ‘la Generación sin nombre’, un grupo de poetas que decidió alzar la voz en un país que se debatía entre la tradición y la ruptura.
Ese mismo año, 1968, marcó su primer espaldarazo internacional al recibir el Premio de Poesía Carabela en Barcelona (España). Fue el bautismo de fuego para un joven autor que ya comenzaba a publicar obras fundamentales como El laberinto, un título que se convertiría en una de sus insignias poéticas a lo largo de las décadas.
Durante los años 70 y 80, José Luis no solo escribió, sino que vivió la gestión pública y la diplomacia cultural. Ejerció en el DANE y como asesor en la Contraloría de Bogotá, roles que alternaba con su labor periodística en Lecturas Dominicales de El Tiempo. En 1979, su sed de conocimiento lo llevó a estudiar Teología en la Javeriana, un paso académico necesario para dar profundidad a su proyecto narrativo fundacional.
En 1985, la literatura colombiana se sacudió con la publicación de ‘Las puertas del infierno’. Esta novela, inspirada en los escenarios de la calle Caracas y los bajos fondos bogotanos, presentó a José Kristián, un ‘Ulises cachaco’ que recorría la ciudad entre el delirio y la teología. La obra fue tan potente que, en 1987, resultó finalista del Premio Rómulo Gallegos, consolidando a Díaz-Granados como un narrador de primer nivel.
El periodismo también le rindió honores. En 1990, su destreza para el diálogo y la profundidad analítica le valieron el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por la mejor entrevista en prensa. Esta faceta le permitiría, años después, dirigir el programa cultural de TV Ventana al Libro, junto a Eligio García Márquez, democratizando el acceso a la literatura.
La narrativa continuó dándole frutos en 1994, cuando obtuvo el Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira. Para entonces, José Luis ya era un puente cultural que viajaba por la Unión Soviética, Europa Oriental, Cuba y China, trayendo consigo reflexiones que plasmaría en libros como Las mil caras de la URSS.
El cambio de milenio lo encontró en la cima de su reconocimiento. En el año 2000, fue candidato al Premio Príncipe de Asturias y al Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, dos de las distinciones más altas de la lengua castellana. Su labor como presidente de la Unión Nacional de Escritores (UNE) y del Instituto Cultural León Tolstoi reafirmaba su compromiso con el oficio.
Cuba, país que siempre ha estado en sus afectos, le otorgó en 2001 la Medalla de la Amistad del Consejo de Estado, seguida años después por el reconocimiento de voces como Nancy Morejón, quien destacó su libro Gabo en mi memoria como una lección de ética y lazos familiares.
En 2004, el Gobierno de Chile le concedió la Medalla de Honor Presidencial Centenario Pablo Neruda, reconociéndolo como uno de los mayores conocedores de la obra del vate chileno en el continente. Su pasión nerudiana es tal que hoy preside el Fórum Pablo Neruda, manteniendo viva la llama de la poesía comprometida.
La academia también ha sabido honrarlo. En 2006 recibió la mención Honoris Causa de la Universidad La Gran Colombia, y en 2024, fue investido como Doctor Honoris Causa en Derechos Humanos, un título que refleja su coherencia entre la palabra escrita y la militancia por la vida y la justicia social.
Su obra poética, recopilada en tomos como La fiesta perpetua (2003) y su Poesía completa (2015-2022), es descrita por críticos como Juan Gustavo Cobo Borda como una oscilación perfecta entre los ritmos clásicos y los atisbos vanguardistas. Gabriel García Márquez, su primo y cómplice de letras, lo definió con sencillez absoluta: “José Luis es la poesía caminante”.
En 2017, su influencia internacional lo llevó a ser Huésped de Honor en Beijing (China), durante el Summit ‘One Belt One Road’. Su capacidad para dialogar con otras culturas, sin perder su esencia samaria-bogotana, lo ha convertido en un embajador de las letras colombianas ante el mundo.
Recientemente, en 2021, fue nominado al Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda en Chile. A pesar de los honores, el maestro sigue siendo el lector reposado que recomienda a los jóvenes buscar la euforia de las palabras y huir de aquellas lecturas que no posean el ‘temblor humano’ que él tanto defiende.
Su producción literaria reciente es asombrosa. Libros como Los papeles de Dionisio (cuentos completos) y La muñeca nocturna demuestran que su pluma no conoce el descanso. En 2020 publicó El escritor y sus demonios, un compendio de ensayos que sirven de brújula para las nuevas generaciones de escritores.
El año 2025 fue particularmente generoso en distinciones. La Cámara de Representantes le otorgó la Orden de la Democracia Simón Bolívar en el grado de Cruz Oficial, reconociendo una vida dedicada a ennoblecer la cultura nacional desde todos los frentes posibles.
Ese mismo año, vio la luz Los colores del paraíso y Juvenilia. Textos para niños y jóvenes, demostrando que Díaz-Granados posee la versatilidad de quien puede escribir sobre la sordidez de los infiernos urbanos y, al mismo tiempo, hablarle con ternura a la infancia.
Figuras de la talla de Manuel Zapata Olivella y Meira Delmar han celebrado su obra. Zapata Olivella vio en sus novelas la resolución de las preocupaciones estéticas latinoamericanas, mientras que Meira Delmar confesó leer su poesía con la alegría de quien encuentra un tesoro inesperado.
Incluso voces internacionales como el poeta y presidente de Senegal, Léopold Sédar Senghor, afirmaron que Díaz-Granados “eleva un continente que nos es querido”. Su lírica, definida por Fernando de Villena como honda, melancólica y conversacional, ha trascendido las fronteras del idioma.
Hoy, José Luis continúa siendo un habitante activo de la memoria. Su presencia en eventos como la FilBo 2025 demuestra que sigue siendo ese puente necesario. Como dijo Álvaro Miranda: sus novelas no envejecen, porque siempre están ahí para mostrar esa Bogotá que es hermana gemela de Dublín en sus subfondos.

Con este telón de fondo, iniciamos la entrevista con José Luis Díaz-Granados:
Maestro, usted nace en Santa Marta, en 1946, pero un año después se siembra en Bogotá. ¿Es su literatura un intento de reconciliar ese mar perdido de la infancia con el frío asfáltico de la Calle Caracas?
Por fortuna, soy oriundo del Magdalena Grande, con ancestros en Riohacha y el Cesar, o sea, que soy un caribe de Macondo, lo que me hace totalmente distinto del resto de los nativos y vecinos del extenso Caribe, porque ese universo geográfico —reinventado por García Márquez de manera tan genial—, tiene el poderío milenario del gran océano atlántico, pero también tiene cóndores, fauna, flora y caracteres andinos en la Sierra Nevada de Santa Marta, lo que hace del territorio algo peculiar y único en la geografía de Nuestra América. En Bogotá, sólo nos faltaba el mar y la temperatura tórrida, pero la familia, los amigos, los ambientes, la tambora samaria, la cumbiamba, los alegres paseos y merengues, incluso los valses melancólicos, los rones de vinola y los platos típicos de nuestra tierra estaban siempre al alcance la mano. Y, además, la colonia magdalenense era tan numerosa que era imposible sentir nostalgia de la Costa. Yo siempre me he considerado un águila bicéfala, costeño y andino, narrador y poeta, izquierdista y conservador, y otros varios etcéteras.
Usted menciona que su madre copiaba poemas modernistas con una caligrafía bellísima. ¿Fue esa ‘música de las palabras’ el primer hechizo que lo condenó —o salvó— para la literatura?
Esos poemas que mi madre adolescente en Santa Marta, a comienzos de los años 30, copiaba en un álbum, junto con sus amigas entrañables, Ana Joaquina Hernández (la futura mamá del poeta Álvaro Miranda) y Clementina Cayón Ebratt (futura progenitora de Jaime Bateman Cayón), nos los recitaba en voz alta, cuando mi hermano mayor y yo teníamos entre 5 y 9 años, y la “eufonía” de aquellos versos me fueron enamorando definitivamente de la poesía. “¿Cuentos quieres niña bella? / Tengo muchos qué contar: / de una sirena del mar, / de un ruiseñor y una estrella, / de una cándida doncella / que robó un encantador, / de un gallardo trovador / y de una odalisca mora / con sus perlas de Bassora / y sus chales de Lahor” (Rubén Darío), y hechizado en mi soledad infantil por aquella magia verbal, me lancé a escribir unas rimas deshilachadas para sentirme a la par… Pero ahí comencé…
Perteneció a la ‘Generación sin nombre’ en 1968. Mirando hacia atrás, ¿cree que ese nombre fue una profecía de libertad o una marca de marginalidad frente a los ‘monstruos’ del Boom?
En los años 60, no había poetas de mi edad en la capital de la república, y si los había, nos los conocíamos. Mis únicos amigos eran Luis Fayad, quien borroneaba una novela a los 15 años, y el también samario Álvaro Miranda, compañero de pupitre en el colegio en el barrio Palermo de Bogotá, y sólo nos conocían unas poetisas alabastrinas y otoñales que recitaban sus sonetos en la Biblioteca Nacional o en las casas de sus amigas, poetisas sofisticadas todas ellas, que se revelaban al público con seudónimos como “Bertha del Río”, “Ana Colombia”, “Magda Negri” “Gloria Dall”. De manera que cuando fuimos conociendo otros poetas de nuestra edad, nos comenzamos a reunir en el Café “Pasaje” o en las oficinas de la revista “Arco” y en 1968 vimos con mucho júbilo nuestros primíparos balbuceos líricos en letras de molde… No teníamos aún 20 años, y una tarde, María Mercedes Carranza, hija del poeta Eduardo Carranza, nos presentó a un joven alto y muy serio llamado Juan Gustavo Cobo Borda, quien nos dijo: “Voy a llevar al periódico El Tiempo varios poemas de nosotros. Es más fácil que nos publiquen en grupo, que individualmente”.
Y así fue. Nos reunimos en el bar “La Romana”, al lado de El Tiempo, María Mercedes, Juan Gustavo, Álvaro y yo. No tardaron en llegar otros amigos de aquellos, Darío Jaramillo Agudelo, Augusto Pinilla, Henry Luque Muñoz y David Bonells Rovira, reunimos los textos (sólo nos faltaba encontrar un nombre para el grupo) y nos disponíamos a subir al tercer piso del gran diario para entregárselos a Eduardo Mendoza Varela, cuando encontramos al admirado maestro Aurelio Arturo, quien nos dijo: “Hagan algo original: no le pongan nombre”. Y así se denominó el grupo: La Generación sin Nombre…
En cuanto al naciente “boom”, puedo afirmar que fue tanto el influjo literario y la devoción que le profesamos a Cortázar, a Fuentes, a García Márquez y a Vargas Llosa, que nosotros fuimos la primera generación de poetas en Colombia que escribió novelas…
Se dice que con Las puertas del infierno nació un ‘Ulises bogotano’. ¿Qué tan cerca estuvo de perderse definitivamente en esos bajos fondos durante el proceso de escritura?
Siempre quise escribir novela, porque me gustaba mucho el tema confesional y la crudeza expresiva. Leía mucho a Henry Miller, pero también acariciaba las difíciles grutas del Ulises de James Joyce. En 1972 me casé con una prima samaria llamada Alba Marina, a quien le escribí un poema titulado “Alba”, que unos años después fue musicalizado por Iván Benavides e interpretado por el dúo “Iván y Lucía”, que se convirtió en un éxito generacional en los años 80. Cuando me separé de Alba, estando mi hijo Federico muy pequeño, tuve “un descenso a los infiernos”, y comencé a visitar los bajos fondos del centro de Bogotá, en medio de embriagueces y alucinaciones sin nombre, hasta llegar a la adicción total por las “pájaras de la noche”.
Usted estudió Teología en la Javeriana específicamente para complementar esta novela. ¿Buscaba darle un sustento místico a la sordidez de la ciudad o era una forma de entender su propio ‘descenso a los infiernos’?
Cuando llegaba a mi casa, confundido, desmoralizado y aturdido, escribía y escribía para exorcizar aquellas experiencias tan contradictorias, y me sentí obligado a cursar unos semestres de Teología en la Javeriana para tratar de entender esa extraña experiencia entre el pecado y la culpa. En 1982, amparado por un amor providencial, me retiré de aquel infierno nocturno y culposo, y pude darle coherencia a lo que luego se convirtió en mi primera novela: Las puertas del infierno.
Cada 3 de octubre, sus amigos celebran el ‘Día de Kristian’ ¿Cómo se siente ser el creador de un personaje que ya no le pertenece a usted, sino a la geografía emocional de sus lectores?
La novela tuvo una inmediata acogida crítica y del público en general, luego que la Editorial Oveja Negra la lanzó en 1985 dentro de su “Biblioteca de Literatura Colombiana”, con un tiraje de 10.000 ejemplares. Tuvo fervorosos lectores y sus personajes se fueron convirtiendo en emblemas de un momento específico de la noche bogotana. Al igual que el Ulises, Las puertas del infierno se vive, se piensa, se desarrolla, se intuye y ocurre en un solo día (en mi caso, el 3 de octubre, en homenaje a la fecha de nacimiento de mi padre). Años después, en medio de la pandemia, amigos y lectores (al igual que se hace con la novela de Joyce, que sus lectores celebran el “Bloom’s Day” cada 16 de junio) decidieron inventar el “Krsitian’s Day” (por el protagonista de mi novela, José Kristián, “un cristiano pecador”) y desde entonces, cada año, se realizan recorridos por esos lugares prohibidos de la noche bogotana en homenaje a mi libro. Otro apéndice de la novela, es la prostituta llamada “Esperanza”, que fue adaptada al teatro en forma de monólogo y bajo el título de La muñeca nocturna se ha venido representando tanto en Colombia como en el exterior como muchísimo éxito, especialmente cuando trabajadoras sexuales, activas o retiradas, asisten a la obra y siempre confirman su autenticidad en lo que respecta a la veracidad de cada acto de la “muñeca”. Desde luego, esos personajes, dejaron de pertenecerme desde hace muchos años.
La crítica dice que su prosa en esta novela es ‘veloz y retadora’. ¿Fue James Joyce el director de orquesta de ese caos controlado o hubo más de la urgencia vital de Henry Miller?
A Henry Miller, y en especial a sulibro estelar Trópico de cáncer, le debo la liberación de mi conciencia y el enseñarme a historiar de manera descarnada las locuras de mis demonios interiores. A Joyce (lo mismo que a Kafka, Virginia Woolf, Anaís Nin y Samuel Beckett), les debo el saber expresar esas crudezas en lenguaje culto, con experimentos verbales y audacias narrativas, en lo posible.
Ha cultivado narrativa, poesía, ensayo y periodismo. Si la literatura fuera una casa, ¿en qué habitación se siente más cómodo cuando la realidad afuera se vuelve ‘invivible’?
Indiscutiblemente en la poesía, porque es la desnudez total del espíritu,el hechizo sonoro de la sinrazón, el género que está por encima de cualquier otro género, el azar del relámpago convertido en eternidad, en la música que nos hace diferentes que cualquier forma de vida, de luz y de razón, y donde podemos estar siempre en el nunca jamás, en el dolor y en la más descomunal o monstruosa alegría de vivir.
Usted ha sido un generoso reseñista de dos generaciones de escritores. ¿Siente que esa labor de ‘impulsar al otro’ le robó tiempo a su propia producción poética, como sugieren algunos críticos?
No, nunca, porque no fui más que un reseñista, como tú lo señalas. También, claro escribí ensayos agudos, pero no fueron muchos. Me sentía satisfecho de registrar —durante 20 años—, en el suplemento Lecturas Dominicales de El Tiempo, los libros literarios de los poetas desconocidos, los autores principiantes, los jóvenes, los escritores de provincia, lejanos a las estridencias de las grandes editoriales. Todavía, a veces, aparecen por las calles, hombres y mujeres que me sorprenden con sus agradecimientos por aquellas notas sencillas sobre sus obras primigenias.
Su relación con Pablo Neruda es profunda; preside el fórum que lleva su nombre. ¿Qué lecciones de ‘ética y vida’ le dejó el vate chileno que no haya encontrado en los libros?
Ya he completado 65 años de estar estudiando sin descanso la vida y la obra de Pablo Neruda. Aunó a ese duende incomparable que tenía para expresar el amor y las cosas sencillas, la más ferviente solidaridad humana. Era, sin duda alguna, un genio literario como Homero, Shakespeare, Cervantes, Dante, Joyce y nuestro Gabo. Por cierto, en 2004, hallándome exiliado en Cuba por razones políticas, fui sorprendido con la noticia de que el gobierno de Chile me condecoraba con la Medalla de Honor Presidencial “Centenario Pablo Neruda”, reconocimiento que compartí con Mikis Theodorakis, Mario Vargas Llosa, José Saramago, Bono (U2), Carlos Fuentes, Mario Benedetti y Nadime Gordimer, entre otros.
García Márquez lo llamaba ‘poesía caminante’. En un mundo que hoy corre hacia lo digital, ¿qué significa para usted seguir caminando la palabra palmo a palmo?
Fue, en verdad, un cumplido muy afectuoso que Gabo me hizo delante de un centenar de participantes al Festival de Cine de La Habana en 2001 o 2002. Creo que a diario, vivo atravesando la palabra, el lenguaje, la verbalidad en todos los sentido. Ese ha sido y sigue siendo mi único camino.
Viajó por la URSS, China Popular y Cuba en épocas de ardiente efervescencia. ¿Cómo transformaron esos ‘colores del mundo’ su visión de la grisura bogotana de los años 70 y 80?
Era como sostener en todo momento un estandarte contra tanta barbarie y tanta hipocresía. Cómo podía decirse que en Colombia predominaba la democracia cuando, superando las crueldades de las dictaduras del Cono Sur, exterminaban un partido político como la Unión Patriótica, con más de seis mil militantes asesinados, desaparecidos y exiliados, donde eliminaron en pocos meses a cuatro candidatos presidenciales, donde “cristianos crucificadores” anteponían el poder del dinero al amor por los más vulnerables… No era grisura, sino negrura oscurantista y siniestra.
Usted ha mantenido una militancia de izquierda coherente. ¿Puede la belleza de la palabra sobrevivir intacta cuando se pone al servicio de una causa social?
No hay obra más bella y más profunda en el Medioevo que la Divina Comedia. Dante Alighieri fue desterrado de Florencia (adonde no pudo volver jamás) por defender la causa social en la que creía, o sea la de los Güelfos, contra los Gibelinos, y por eso escribió una de las epopeyas políticas más importantes de todos los tiempos, incrustando para siempre en los profundos infiernos a todos sus enemigos, con nombres propios, incluyendo a papas, emperadores y príncipes… Y en nuestro tiempo, no hay epopeya más bella —aún, cuando la atraviesan corrientes fluviales de odio por los tiranos de América—, que el Canto general de Neruda, obra que nos hace sentir orgullosos de pertenecer al mismo género humano al que pertenece su autor.
Usted ha sido ‘Embajador de la Paz’ y defensor de Derechos Humanos. ¿Es la poesía, en última instancia, el último refugio de la dignidad humana?
Claro, y como siempre, en primer lugar, la poesía. Pero desde la antigüedad, en todas las épocas, y sobre todo en estos tiempos demenciales, el mejor refugio es y ha sido siempre el arte. Como decía Gabo, no hay lugar más dulce para vivir en paz que “junto al arroyo triste que hay detrás de La Gioconda”. Hoy en día los valores están trastocados. La gente vulgar e ignorante desconfía de quien quiere gobernar para los pobres. La gente inculta es emocional, habla a gritos y es odiadora. Y aunque se diga cristiana, no practica el amor, mucho menos el perdón. Y lo peor es que parece que esta caterva de rebuznos va cada día en aumento.
Maestro, usted que ha visto nacer y morir modas literarias, ¿qué autor o autores recomienda a los jóvenes que hoy se inician en el sagrado vicio de la lectura?
Perdónenme la inmodestia, pero acabo de publicar una selección de textos de mi novela “pecaminosa” Las puertas del infierno, adaptada para niños, con un prólogo explicativo con elementales enseñanzas de cómo narrar desde la pureza mental de la infancia, sus temas favoritos, su diario vivir, sobre sus papás, sus tíos, sus abuelos, sus compañeros buenos y no tan buenos, sus amores y sus lejanías, etc. El libro está destinado solamente a aquellos niños y niñas que se sientan con vocación para ser escritores. A los niños hay que contarles muy rápidamente de qué trata una novela o un cuento, para que sientan ganas de leerla, de lo contrario les da mucha pereza. Ellos mismos van, poco a poco, escogiendo sus lecturas, sus géneros o sus autores. Contarles, por ejemplo, cómo logró el Conde de Montecristo escaparse de esa cueva insular imposible, seduce al más desprevenido de los lectores de este mundo.
En una era de distracciones constantes y literatura ‘fast-food’, ¿de qué tipo de lecturas o tendencias cree usted que deben huir los jóvenes para no empobrecer su espíritu?
En literatura y en arte, no hay reglas. Tan genial es un disciplinado hombre de estudios, un académico como Vargas Llosa, que con mucha disciplina leía y escribía de tal hora a tal hora, que un autodidacta que sin horario escribe lo que le viene gana a la hora menos indicada, como Julio Cortázar, que escribía a ratos perdidos, y así fue construyendo su monumental Rayuela. (Ni siquiera corrigió su redacción ni su ortografía). Gabo fue un gran lector de los libros que le interesaban para la construcción de su universo literario, pero jamás fue un erudito. Picasso nunca fue a una academia de pintura, ni Neruda asistió a facultades o talleres de poesía. (Silva tampoco, ni Barba-Jacob y mucho menos, León de Greiff). Los jóvenes, poco a poco, van encontrando sus lecturas y autores favoritos.
Su libro más reciente es Los colores del paraíso (2025). ¿Ha encontrado finalmente ese paraíso o sigue siendo el ‘laberinto’ su hogar natural?
Sí. Los colores del paraíso es una novela que proyecté desde hace más de 50 años, como un libro caudaloso, denso, mamotrético, donde tuviera cabida toda mi trayectoria vital y cerebral. El paraíso para mí es la literatura, el amor y el fascinante oficio de vivir. Y esta novela es, como toda novela extensa, mayor de 600 páginas, una obra que nunca tendrá muchos lectores, pero que sin embargo, “siempre tendrá lectores”.
¿Cómo es un día en la vida de José Luis Díaz-Granados hoy?
Muy temprano me despierta la alarma del celular para indicarme que debo tomarme una pastilla anticoagulante. Enciendo el televisor para enterarme de lo que ha ocurrido en las últimas horas. Preparo una taza de café fuerte, miro mi agenda, me ducho, me visto, y salgo a dar una larga caminata por los laberintos arbolados e insondables que circundan mi casa de Santa María, Engativá. Regreso a mis habitáculos, enciendo la computadora y me pongo al día en los asuntos que tengo pendientes. Y hacia el mediodía me dirijo al centro de Bogotá a encontrarme con amigos, colegas y damas predilectas. Visito la más fascinante librería de Colombia: la Librería “México” del Fondo de Cultura Económica, en La Candelaria y luego me dejo envolver por las clases y talleres de literatura, mis compromisos con poetas y literatos jóvenes, y en estos meses iniciales de 2026, con algunas disciplinadas reuniones como consejero y amigo devoto de algunos candidatos y candidatas a las consultas electorales de marzo.
