Conocí a Lidia Corcione Crescini en San Jacinto (Bolívar), durante un luminoso mes de enero, en el marco de la Fiesta del Pensamiento, ese admirable encuentro cultural que ofrece un escenario común a la palabra, la música, las artes plásticas y todas las manifestaciones del espíritu para celebrar la inteligencia y la sensibilidad.

Nos hospedamos en el mismo hotel, una construcción modesta de una sola planta, apostada al borde de la carretera. Allí coincidimos con los escritores Jairo Soto Hernández (q. e. p. d.), Julio Olaciregui, José Ramón Mercado (q. e. p. d.) y René Arrieta Pérez. Fuimos recibidos con la generosidad y la calidez de los anfitriones Numas Armando Gil y Tomás Vásquez.
Bastaron unas pocas horas para advertir que Lidia llevaba la poesía respirándole por dentro. Existen escritores que aprenden el oficio; otros, en cambio, nacen ungidos por él. Ella pertenece a esta condición: la de las poetisas naturales, aquellas para quienes el poema no es un artificio sino una forma de existir.
Aquel encuentro inicial dejó una huella que el tiempo respeta. Recuerdo, sobre todo, una pregunta cuya respuesta terminó revelándome la esencia de la mujer y de la creadora que tenía enfrente. Le interrogué sobre su llegada a la poesía. No necesitó pensarlo demasiado. Respondió con la serenidad de quien evoca un destino y no una elección:
“Desde siempre, la vida se me ha revelado como un poema que se escribe al abrir los ojos. No es algo que se busque en los libros, sino una esencia que habita en el interior del ser, alimentada por el asombro de lo cotidiano. Para mí, la poesía fue el rastro minucioso de las hormigas y el silencio suspendido en el vuelo de una hoja que cae; fue descubrir que el mundo tiene olor, tiene color y una música propia que se despliega en la naturaleza”.
Bastaban tales palabras para comprender que Lidia Corcione Crescini no había arribado a la poesía: el verso había nacido con ella. Su contestación contenía, en miniatura, la poética que más tarde hallaría madura en sus libros: una escritura que convierte el asombro en lenguaje y la realidad diaria en una incesante revelación.

En aquella Fiesta del Pensamiento, Lidia puso en mis manos sus dos primeros alumbramientos literarios: Memoria de mis manos, poemario publicado por Trilce Editores en 2010, y Todo lo divino, lo humano y lo pagano, un libro de crónicas aparecido un año después. Leí ambos con avidez. Desde aquellas páginas descubrí una autora de lenguaje limpio, percepción honda y una singular capacidad para convertir la experiencia cotidiana en materia literaria.
Los años pasaron con la discreción de las corrientes fluviales: silenciosas, pero constantes. En junio de 2025, Lidia volvió a sorprenderme. Desde la siempre mágica Cartagena de Indias me hizo llegar su más reciente poemario: Mi cuerpo, otro mar, otro río, un volumen de 132 páginas publicado por la editorial Gente Nueva.
Confieso que ese libro no solo conquistó mi admiración: también acarició las fibras más hondas de mi sensibilidad.
Desde sus primeras páginas el lector comprende que se encuentra frente a una obra de notable madurez estética. La belleza de su aliento lírico convive con una profunda exploración del agua, esa sustancia primordial de la que provenimos y a la que, acaso sin saberlo, regresamos siempre. No es casual que el libro se abra con Correntía, poema que parece dialogar con aquella intuición fundacional de Tales de Mileto, para quien el agua era el principio de todas las cosas.
Leí el poemario con el fervor de quien descubre una voz plenamente realizada. La poesía de Lidia fluye con la naturalidad de los cauces antiguos: posee musicalidad, imágenes luminosas y una sensibilidad capaz de conmover sin estridencias. Esa plenitud expresiva se revela, por ejemplo, en Al son que le toque, donde un pez globo asume los ritmos cambiantes de la existencia —unas veces mambo, otra salsa— para esquivar el naufragio y convertir la supervivencia en una celebración de la vida.

Volvimos a encontrarnos el jueves 19 de marzo de 2026 en la Biblioteca Bartolomé Calvo de Cartagena, en el recital de prelanzamiento de la 1ª. Temporada de la Colección Caribe Colombiano de Pijao Editores, denominado ‘La palabra encendida’, acto organizado por José Luis Hereyra —Director de la Colección— con el apoyo de Pedro Blas Julio y Luis Roncallo Fandiño, y Sofía Camacho Chaljub, Lidia Corcione Crescini y este servidor como presentadores. En la antesala del evento, que tuvo notables asistentes como los poetas Miguel Iriarte, Alma Rosa Terán y René Arrieta, Lidia me confesó que su mayor fuente de inspiración ha sido la vida misma, vivida un día a la vez. “Para mí, la vida no es una rutina, sino un golpe de luz, un instante fugaz cargado de epifanías que estallan frente a mis ojos”.
Lidia Corcione Crescini nació en Cartagena de Indias el 15 de agosto de 1957. De padres italianos, Es abogada egresada de la Universidad de Cartagena, docente, gestora cultural, poeta, narradora, artista plástica, fotógrafa y columnista de opinión. Dirige el taller literario El Candil del Abuelo, desde donde ha acompañado la formación de nuevas generaciones de escritores y mantiene un permanente compromiso con la promoción de la literatura.
Su trayectoria ha sido reconocida con importantes distinciones nacionales e internacionales. Entre ellas sobresale el Premio Mundial Águila de Oro 2025, en la modalidad de Literatura, otorgado por la Unión Hispano Mundial de Escritores, así como el Premio Internacional de Literatura Alejandra Pizarnik, concedido por la editorial española Sial Pigmalión a su poemario Amanuense de la luz restante. En defensa del amor y al conjunto de su obra literaria.
Su producción bibliográfica revela una creadora de inagotable disciplina y notable versatilidad. Ha transitado con solvencia por la poesía, el cuento, la novela, la crónica y el relato, dejando una obra integrada por Memoria de mis manos(2010); Todo lo divino, lo humano y lo pagano (2011); Si un hombre te vende su ilusión… No se la compres (2012); Sueños de papel (2013); El amor de mi abuelo Torcuato (2014); La música de los ausentes (2017); Al filo del espejo(2018); Acaso alguien camine nuestros pasos (2018); Mi cuerpo, otro mar, otro río (2025); La voz de la cigarra (2025), y Amanuense de la luz restante. En defensa del amor (2026). Su poesía también hace parte de diversas antologías publicadas en Italia, España, México y Colombia, mientras un nuevo poemario permanece aún inédito, aguardando el momento de emprender su propio vuelo.
Hay autores que escriben buenos libros y otros que logran construir una voz. Lidia Corcione Crescini pertenece a estos últimos. Su escritura nace de la memoria, atraviesa el cuerpo y desemboca siempre en el agua, ese territorio donde la poesía encuentra su origen y, quizás, también su destino.
Presentamos, seguidamente la entrevista con Lidia Corcione, quien explora sus raíces culturales y su evolución como artista polifacética. Nos describe la influencia de su herencia italiana y su infancia en Cartagena como los pilares de su sensibilidad poética y su capacidad de asombro. A través del diálogo, se detalla su tránsito por diversos géneros literarios, destacando a la poesía como su refugio de libertad y a la crónica como una forma de honrar la realidad social.

Naciste en Cartagena de Indias, pero llevas en la sangre la herencia de tus ancestros italianos. ¿De qué manera esa ascendencia ha influido en tu sensibilidad artística, en tu visión del mundo y en la escritora que eres hoy?
Nacer en Cartagena de Indias es habitar la claridad del Caribe, pero mi primer territorio fue la memoria viva de mis ancestros. Aunque no conocí a mi abuela, mi mamá, que hoy a sus 96 años sigue siendo mi guía y mi testigo, me la trajo en sus relatos: ella me contaba cómo la llamaban ‘la Gramática’ porque recitaba La Divina Comedia en dialecto, volviendo poesía el exilio. Ella, una mujer profundamente leída, padeció los estragos de la Segunda Guerra Mundial, pero trajo en sus venas una forma holística de mirar el mundo. Fue quien guiaba mi mano para aprender a escribir. Junto a mi padre que entendió la inutilidad de la violencia en sus días de carabinero, transformaron el dolor del pasado en compasión. Como escritora, prolongo ese viaje: anido el Caribe, pero navego el presente con los faros que ella encendió en mi tinta; soy el eco de sus olas y la orilla donde su memoria sigue viva.
En una conversación me dijiste que “la vida se te reveló como un poema que se escribe al abrir los ojos”. ¿Recuerdas cuál fue el primer instante de tu infancia en que sentiste que la poesía ya habitaba en ti?
Recuerdo perfectamente que ese despertar ocurrió en el patio grande de mi casa. Para mí, ese lugar era un universo entero. Ahí empecé a entender el mundo por sus olores, sus colores y por el sonido de las hojas secas de mango que me encantaba pisar y lanzar al aire. Me quedaba suspendida escuchando el canto del grillo o contemplando las hileras perfectas de las hormigas piponas. Mi momento favorito era correr bajo el chorro de la lluvia y sentir la fuerza del agua golpeándome al salir de la canaleta. Creo que la poesía habitó en mí desde siempre porque aprendí que todo lo que nos rodea al abrir los ojos es un poema en sí mismo. Mi crecimiento y mi mirada artística se formaron de la mano de ese patio, donde descubrí que la vida es un milagro tanto en su silencio como en su estruendo.
¿En qué momento comprendiste que escribir no sería únicamente una pasión, sino una forma de vivir y de entender el mundo?
Pienso que lo supe desde siempre. De niña me encantaba escribir cartas porque en el papel volcaba, en verdaderas cascadas, todo lo que se me ocurría y me asombraba. Era mi forma de dejar un testamento de lo que sentía y de darle forma a lo que no podía materializar con las manos. La existencia es un sortilegio y una vigilia constante; morimos y renacemos en cada suspiro.
Para mí, escribir es un proceso ontológico. Al abrir los ojos me reconozco viva, y de esa mirada interior nacen las palabras para transformar y trascender la realidad. Es como si cada palabra abriera su boca y me llamara para entretejer sus fonemas. Escribiré hasta el último día que tenga entendimiento y que mis manos me lo permitan, porque concibo mi destino de una manera muy clara: soy una amanuense de la luz y una eterna defensora del amor.
Tus poemas parecen nacer del asombro. ¿Crees que el poeta nace con esa capacidad de maravillarse o que el asombro también puede cultivarse con los años?
El asombro no es un ejercicio que se cultiva con los años; es una condición intrínseca, inherente a la esencia misma del ser humano. En filosofía es un recurso fundacional: la premisa de que jamás debemos perder la capacidad de maravillarnos. En mi caso, me asombro con todo, pero no desde la ingenuidad, sino desde esa vibración profunda que se despierta en mi interior al enfrentar la realidad.
El asombro no obedece a motivaciones externas, invenciones, reglas ni estructuras. Es tu propio ser abriendo los ojos ante el milagro: es conmoverse al descubrir una luz malva, al contemplar un ocaso furtivo donde el mar se está devorando al sol, o al sentir que el llanto de un niño te estremece el vientre como algo que te pertenece. En el asombro no hay artificio; está el acto puro de descubrir, sentir y estremecerse para poder crear.
En lo personal, me asumo como poeta, escritora, narradora, artista plástica y fotógrafa. A través de todas estas disciplinas, mi búsqueda es siempre la misma, persigo incansablemente el alma de las cosas, y es justamente en mi asombro donde logro encontrarla. No sé qué es lo que busca o encuentra cada poeta, si todos son capaces de maravillarse, o si algunos escriben solo por el oficio de hacer poesía o sintiéndola verdaderamente a cada instante. Por eso elijo hablar desde mi intimidad. La poesía es un acto profundamente íntimo, aunque eventualmente salga a la luz y se dé a conocer al mundo, para mí, cada verso concebido en la soledad es una epifanía, un destello puro de asombro.
Memoria de mis manos fue tu primer libro publicado. Si hoy pudieras conversar con la mujer que escribió aquellas páginas, ¿qué le dirías y qué le agradecerías?
Publicar Memoria de mis manos en el 2010 fue el momento en que me sentí lista para entregar mis versos al mundo, haciéndolo con la responsabilidad y el rigor que el lector merece. A la mujer que tomó esa decisión le diría que valió la pena cada duda, porque ese puente de palabras me abrió nuevos horizontes. Le agradezco profundamente haber sido osada; en la literatura hay espacio para todos, pero se requiere valentía para exponer la sensibilidad propia sin saber si habrá aceptación o rechazo.
Le doy las gracias por sus cantos al espíritu y por la fortuna de haber conectado con otros. Ese libro me trajo bendiciones inolvidables, como el eco de mi entrañable amigo Óscar Collazos, quien al leerme sentenció: ‘Esto sí es poesía’. O el abrazo de Gloria Triana, quien se conmovió con Marioneta, un poema que retrata a las mujeres a través de una Eva castigada por un árbol de siglos. Me agradezco y le agradezco a ella haber caminado sola, construyendo su propio sendero sin soltar jamás lo sublime de la palabra.
Después de la poesía llegó la crónica con Todo lo divino, lo humano y lo pagano. ¿Qué descubriste en ese género que te sedujo hasta convertir la realidad cotidiana en materia literaria?
Escribo columnas de opinión desde hace veinte años, y muchas de ellas son, en realidad, pequeñas crónicas. Lo que me sedujo de este género es que permite expandir el lenguaje a través de los hechos reales, mostrando los sellos de la vida de una forma hermosa. Mi gran aventura con la crónica empezó con un secreto: me inventé un personaje llamado Penélope Truchón Azcárate, una mujer caricaturizada que me permitía escribir crónicas en un periódico local mientras colaboraba con mi propio nombre en otro. Revelar esa identidad tiempo después fue algo maravilloso. Para mí, la realidad cotidiana tiene el mismo valor que la poesía. Al abrir los ojos me encuentro con el material increíble que ofrece lo social: las pasiones, las alegrías, los disturbios y las tristezas de la gente. Me apasiona honrar la vida de los otros a través de la crónica. Por eso he escrito sobre amigos muy importantes para mí y para nuestra cultura, como Gustavo Tatis Guera, John Jairo Junieles, Alberto Salcedo Ramos, Winston Morales Chavarro, Camilo Calderón Forero. En la crónica encontré el espacio perfecto para seguir persiguiendo el alma de las cosas, pero esta vez, desde el latido de la calle.
Has transitado con naturalidad por la poesía, el cuento, la novela, la crónica y el relato. ¿En cuál de esos géneros sientes que respiras con mayor libertad y por qué?
Para mí, todos los géneros son ventanas de una misma casa, pero el lugar donde respiro con absoluta libertad es la poesía. Es la raíz de todo lo que hago. Siento que no podría ser novelista, cronista, ni siquiera artista plástica o fotógrafa, si primero no mirara el universo con los ojos de una poeta.
La crónica o la novela te exigen seguir un camino, ordenar los pasos y respetar ciertas estructuras. La poesía, en cambio, es pura intemperie, es el asombro en su estado más salvaje y libre. En ella no tengo que dar explicaciones; solo tengo que dejar que las palabras abran su boca y entretejan sus fonemas. Es mi refugio definitivo, el aire puro que me permite regresar a la realidad para seguir contándola.
En Mi cuerpo, otro mar, otro río el agua aparece como una presencia constante. ¿Qué representa ese elemento en tu universo poético y por qué vuelve una y otra vez a tus versos?
En mi universo poético. El agua capta nuestra propia naturaleza, somos seres en constante cambio. Para mí, el agua no es un simple paisaje; es una presencia que representa el cosmos primordial. Es el primer hogar que nos ocupa, la memoria sagrada del líquido amniótico en el vientre de la madre. Vuelve siempre a mis versos porque encarna el devenir humano. Como decía Tales de Mileto, somos agua que transita, y en mi poesía resuena siempre el eco de Heráclito: nadie se baña dos veces en el mismo río. El agua es un fluir perpetuo donde todo lo que somos cambia en un constante movimiento. Mis versos se inundan de ella porque el agua tiene voz, es correntina y es vida pura, igual que nuestra existencia. Es una fuerza mística que limpia y bautiza; un impulso que mueve, fluye y siente. El agua me poetiza el alma, profundiza mi pensamiento y me mece suavemente. A través de ella, me siento resguardada en el vientre de la tierra, eternamente bendecida por su caudal.
En ese libro el agua parece ser origen, memoria, cuerpo y destino. ¿Es también una metáfora de la condición humana?
Por supuesto que lo es. Cuando titulé el libro Mi cuerpo, otro mar, otro río, quise precisamente humanizar el agua y poetizar el cuerpo. La condición humana es exactamente eso: un fluir constante que une nuestro origen con nuestro destino. No somos de piedra, somos de agua; por eso tenemos memoria, cambiamos de curso y nos transformamos. El libro plantea que cada uno de nosotros lleva por dentro su propio caudal de tristezas, alegrías y búsquedas. Ser ‘otro mar’ u ‘otro río’ significa que albergamos tormentas, calmas y corrientes profundas. El agua es nuestra metáfora porque refleja nuestra fragilidad, pero también nuestra inmensa fuerza para adaptarnos, avanzar y seguir viviendo a pesar de los obstáculos del camino.
Tu poesía posee una musicalidad muy particular. ¿Qué relación existe, en tu proceso creativo, entre la palabra, el ritmo y el silencio?
Para mí, el poema no comienza en la grafía, sino en el latido. Hay una trinidad indisoluble en mi proceso creativo: el silencio es el vientre, el ritmo es la respiración y la palabra es el nacimiento. No concibo la escritura sin su partitura invisible; las palabras me llaman por sus fonemas, por esa música interna que traen consigo y que heredé de la tradición oral, de los cantos al espíritu y de los versos que mi madre me enseñó a escuchar. Pero la música necesita del vacío para existir. El silencio no es la ausencia de sonido; es la vigilia del alma, el espacio sagrado donde madura el asombro antes de volverse verso. Escribir es un acto de traducción, escucho el murmullo del mundo en el silencio, le doy un ritmo con los latidos de mi propio cuerpo y, finalmente, lo materializo en palabras. Mis poemas buscan esa cadencia porque persiguen el alma de las cosas, y el alma siempre se expresa en una melodía que solo se revela a quien sabe escuchar la quietud.
Tus lectores encuentran en tu obra una permanente celebración de la naturaleza y de los pequeños acontecimientos de la vida. ¿Por qué crees que lo cotidiano sigue siendo uno de los grandes territorios de la poesía?
Creo que lo cotidiano es el verdadero hogar de la poesía porque nosotros mismos somos lo cotidiano. Cada mañana, al abrir los ojos, volvemos a nacer para recorrer un camino que no está hecho de rutina, sino de vivencias puras. Nos transformamos en un minuto o en una hora; la vida ocurre en ese instante. En lo cotidiano nos desenvolvemos, crecemos y nos reconocemos frente al otro. Y lo más hermoso es que en lo cotidiano nos amamos, desde el detalle más mínimo hasta el sentimiento máximo. Por eso la poesía habita ahí, porque no hay nada más profundo ni más misterioso que el día a día, donde todo lo humano se revela en su forma más pura.
Me confesaste alguna vez que tu mayor fuente de inspiración ha sido la vida misma, vivida un día a la vez. ¿Cómo logras conservar intacta esa capacidad de asombro en una época dominada por la prisa y el ruido?
Conservo el asombro porque he aprendido a proteger mi propia esencia. Por más que a mi alrededor haya explosiones de ruido y la prisa domine el tiempo de los otros, yo elijo mi propio ritmo. Ha sido un camino largo, una vida entera que comencé a tejer desde aquella infancia en el patio de mi casa. Hoy, más que nunca, mi lema absoluto es vivir un día a la vez. No permito que la velocidad del mundo me arrebate el presente. Elijo vivir con alegría y desde el corazón, porque esa es la única forma de mantenerme fiel a lo que soy y a lo que transmito. El asombro no sobrevive en la prisa; necesita de la pausa, de la quietud y de la certeza de que cada día es un milagro único que merece ser caminado con lentitud y amor.
Además de escritora, eres artista plástica, fotógrafa, docente y gestora cultural. ¿Cómo dialogan todas esas facetas con tu literatura?
Siempre he pensado que el ser humano es un todo absoluto; no puedo entender la existencia fraccionados. No se trata de hacer muchas cosas por acumular oficios, sino de comprender que somos seres capaces de manifestar nuestra esencia a través de múltiples lenguajes. Mis facetas no compiten entre sí; caminan de la mano porque son aristas de un mismo propósito. En mi día a día dialogan la palabra de la escritora, la mirada de la fotógrafa, el color y el trazo de la artista plástica, y el hacer haciendo de la gestora y la docente. Ahí convive lo a priori y lo a posteriori, la memoria acumulada, los gestos y lo cotidiano. El ser humano es un permanente diálogo en cada cosa que ejecuta o proyecta. Para crear algo real debe existir un propósito trascendental, y el mío es siempre el mismo: buscar el camino hacia la realización, utilizando el pincel, el lente o la pluma para revelar la belleza y el alma del mundo.
Desde el taller literario El Candil del Abuelo has acompañado la formación de nuevos escritores. ¿Cuál es el consejo que nunca dejas de darles a quienes comienzan este camino?
En el taller El Candil del Abuelo siempre les recuerdo que la literatura no es una meta de velocidad, sino un camino, un andar pausado y un constante descubrir paso a paso. El consejo que jamás dejo de darles es que cuiden y defiendan su propia esencia: en un mundo dominado por la prisa y la imitación, el mayor tesoro de un escritor es su mirada única.
Les digo que no tengan miedo de habitar el silencio, porque es ahí, en la quietud, donde madura el asombro antes de convertirse en verso. Escribir con responsabilidad implica mirar lo cotidiano con ojos nuevos y aprender a escuchar cómo las palabras abren su boca para llamarnos por sus fonemas. Les aconsejo que se asuman como amanuenses de su propia luz, que forjen su sendero con rigor y que recuerden siempre que la literatura, antes de ser un oficio impreso en el papel, es un acto de amor y una forma ontológica de trascender la existencia.
Has recibido importantes reconocimientos nacionales e internacionales, entre ellos el Premio Mundial Águila de Oro y el Premio Internacional Alejandra Pizarnik. Más allá del honor, ¿qué significado tienen esos premios para ti?
Los premios son importantes, pero nunca determinantes. Conozco a grandes escritores que jamás han participado en una convocatoria y cuya obra es excelente. Para mí, estos galardones no alimentan la egolatría, la superioridad ni la banalidad; los asumo, más bien, como un estímulo luminoso que me obliga a ser mejor y a refinar el rigor de mi oficio. Dejando de lado el orgullo vano, es innegable que recibir un reconocimiento se siente hermoso. Si los escritores hacemos pública nuestra palabra a través de los libros, es porque deseamos ser leídos, porque buscamos que nuestro canto al espíritu toque la sensibilidad del otro. Contar con el privilegio de ser premiada es la certeza de que mis versos llegaron a su destino, una confirmación de que esa palabra que nació en mi intimidad logró encender un candil en el corazón de alguien más.
Al recorrer tu bibliografía se descubre una autora inquieta, siempre en movimiento. De todos tus libros, ¿cuál sientes más cercano a tu corazón y cuál fue el más difícil de escribir?
Sí, soy una autora inquieta porque entiendo que el movimiento es el que nos lleva a descubrir la existencia. Si giras el cuerpo en forma circular, a la redonda, encuentras infinitas realidades en ese giro; incluso estando estáticos, si miramos un punto fijo, podemos descubrir un milagro. Pero es en el movimiento, en la ondulación y en la palpitación, donde se siente la sangre latir con fuerza hasta encontrar el verbo.
El libro más cercano a mi corazón es, sin duda, mi volumen de relatos La música de los ausentes, editado por Sial Pigmalión. Es una obra donde habitan los que ya no están, los que padecen Alzheimer o una enfermedad mental: los ausentes del mundo. Por otro lado, el más difícil de escribir es un poemario inédito que pronto saldrá a la luz, titulado La piel del agua es un abismo. En sus páginas exploro la memoria de mi madre, ese recuerdo que no se arranca a pesar de los años, y el dolor y el hambre que padeció durante la guerra. Es mi obra más compleja porque escribirlo significó tocar el dolor original para transformarlo en poesía.
Si tuvieras que resumir toda tu obra en una sola imagen poética, ¿cuál sería y por qué?
Sería la imagen de un candil encendido en medio de la intemperie, cuyo resplandor se expande en círculos concéntricos para abrigar a los otros. Esa luz es el Amor Universal. Sin amor no nos sostenemos, no modulamos la existencia y caminamos en contravía de nuestro propio destino. Todo comienza en el amor a uno mismo, porque de lo que eres, piensas; de lo que piensas, hablas; de lo que hablas, escribes; y de lo que escribes, haces historia.
La literatura es solo el vehículo de esa luz que somos. Lo que eres por dentro es lo que terminas irradiando, y todo lo que irradias se impregna inevitablemente en los demás: en el que te rodea, en el que te sigue, en el que te admira, en el que te necesita y en el que te busca. Mi obra entera no es más que el registro de ese oleaje: un intento constante por impregnar el mundo de amor a través de la palabra, para que nadie se sienta a oscuras.
¿Qué escritores y poetas han dejado una huella profunda en tu formación y siguen acompañándote cada vez que te enfrentas a la página en blanco?
Mis referentes son innumerables porque la lectura ha sido mi vigilia constante. Me inspira profundamente el origen: los filósofos presocráticos que a través del Arjé movieron mis primeras fibras, la magistral Apología de Sócrates, y Platón con sus mitos de la caverna o el caballo alado. Ellos me enseñaron a pensar el cosmos. En la poesía, mis maestros son múltiples y habitan dimensiones distintas: el viaje sagrado de Dante Alighieri, el verso de Cervantes, la ternura cotidiana de Mario Benedetti, la fuerza telúrica de Pablo Neruda, la libertad cósmica de Walt Whitman, el misticismo de Rumi, las parábolas de Jalil Gibrán, el dolor de Rilke, el paisaje íntimo de Antonio Machado y el teatro existencial de Calderón de la Barca. A ellos se suman las voces contemporáneas de escritoras entrañables como Meyra del Mar, el abismo de Edgar Allan Poe, la inmensidad de León Tolstoi y las búsquedas espirituales de J.J. Benítez. Todas estas lecturas se aglutinan en mi interior, estallando en una explosión que me eleva a otra dimensión. Al final, uno lee para dialogar con los clásicos y estar siempre vigente, pero, sobre todo, para encontrar en medio de ese coro su propia voz.”
Muchos jóvenes desean iniciarse en la lectura, pero no saben por dónde empezar. ¿Qué libros o qué autores les recomendarías para enamorarse de la literatura y formar un criterio estético sólido?
Para enamorarse de la lectura hay que comprender que esta comienza mucho antes del papel, se siembra desde el vientre materno y se cultiva en la infancia. En este siglo XXI, donde la tecnología y las pantallas atrapan al lector y la inteligencia artificial reduce libros de mil páginas a resúmenes de diez, el verdadero reto es un acto de resistencia humana. Hay que enseñar a los niños a leer primero lo que los rodea: el paisaje, el viento, el sonido del arrullo y el grito de la realidad. Una vez despierto ese asombro, hay que llevarlos de la mano hacia los libros. Para sembrar esa semilla, recomiendo volver a la sabiduría eterna de las fábulas de Esopo, a la magia musical de Rafael Pombo y a la búsqueda de libertad que late en Juan Salvador Gaviota de Richard Bach. Pero también hay que abrirles las puertas del viaje y la travesía: invitarlos a navegar en la imaginación con los mundos extraordinarios de Julio Verne, a desafiar el mar con el Moby Dick de Herman Melville o a descubrir el misterio y la audacia en La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson. La lectura debe enamorar, debe atrapar, porque no es un ejercicio de velocidad, sino un hábito diario que te estructura el alma, te abre las ventanas de la imaginación y te prepara para ser un joven apasionado, dueño de su propio criterio estético frente al mundo.
Y, así como existen libros que despiertan la inteligencia y la sensibilidad, también hay lecturas que pueden empobrecer el gusto literario. ¿De qué tipo de textos deberían alejarse quienes sueñan con convertirse en grandes lectores y, quizás, en futuros escritores?
No me siento con la autoridad moral para erigirme en jueza de las lecturas ajenas, como si yo tuviese la última palabra. Cada libro nos lleva hacia alguna parte. Dependiendo de nuestros propios criterios, algunos autores nos parecerán densos, aburridos o vacíos, mientras que otros nos elevarán a universos y espacios insospechados. Vetar un libro o un autor es complejo; hoy, por ejemplo, muchos desestiman la autoayuda diciendo que no es literatura, pero al analizarla, descubro que hay obras en ese género que abren la mente, estructuran y dejan una enseñanza valiosa. Por eso, jamás le diría a nadie de qué alejarse. A mis estudiantes siempre les dije: si les gusta Condorito, lean Condorito; si les gusta Mafalda, lean Mafalda; si les apasiona el deporte o la ciencia, busquen páginas que hablen de ello. Lo verdaderamente importante es encender el hábito de leer; el discernimiento para saber escoger viene después, de forma natural, y va estructurando el gusto. Mi invitación es simple: lean todos los días y seleccionen aquello hacia lo que su alma se incline. Si de verdad están enamorados de la lectura, habrá libros que los atrapen para siempre y otros que, con total libertad, dejarán descansar en la segunda página.
