Hay autores y libros que no se leen: se padecen, se atraviesan con una nostalgia eléctrica.
Mi encuentro con la narrativa de Jorge Eliécer Pardo ocurrió mucho antes de que su pariente y paisano, el gestor cultural y buen amigo Hugo Morales, fiel seguidor de mis textos y audiocrónicas, me hablara de él y me sugiriera entrevistarlo.

Para entonces, el poeta José Luis Hereyra ya me había dado las primeras referencias, como si el destino literario se hubiese ido cerrando por insistencia.
Bastó escuchar su nombre y atender las primeras señales para sentir la urgencia de indagar. Fui a una librería informal, de esas donde los libros aún se descubren por azar y conversación, y pregunté por su obra. El hallazgo, en el emblemático Paseo Bolívar de Barranquilla, fue inmediato: Seis hombres, una mujer(Cangrejo Editores). La leí de una sola sentada. Devoré sus 189 páginas con la ansiedad de quien reconoce, desde la primera línea, una voz que no concede tregua.
La novela consigue lo que muchas sagas ambiciosas no logran: condensar con precisión una época y un estado del alma. Es una radiografía del amor universitario en los años setenta, una historia adolescente atravesada por la urgencia de una juventud que comenzaba a ensayar libertades mientras cargaba miedos todavía intactos. Pero lo que eleva el texto por encima del simple romance es su tratamiento del erotismo. En la escritura de Jorge Eliécer Pardo lo carnal no es ornamento ni provocación gratuita: es expresión de fragilidad, ámbito de anhelo y de conflicto. El cuerpo aparece como campo de batalla entre el deseo y la conciencia, como último refugio frente a la intemperie emocional.
A través de una intriga tejida con hilos de soledad, la novela nos conduce por relaciones que parecen nunca consumarse del todo. Esa incompletud persistente se vuelve espejo de la condición humana contemporánea: el vaivén trágico entre la necesidad de entregarse y el temor radical a ser herido.
Así, Jorge Eliécer Pardo consigue que el eco de aquellos pasillos universitarios y de los despertares setenteros no se diluya en la bruma de la nostalgia, sino que resuene hoy con una vigencia intacta, casi palpitante, recordándonos que, aunque las décadas muden de traje y de lenguaje, el corazón continúa siendo el lugar más incierto y peligroso de todos.
Tuve el privilegio de conocerlo en un encuentro grato y hondamente edificante, celebrado este Miércoles de Ceniza, en el amplio y luminoso patio de la casa de María Teresa Camejo, en el señorial barrio El Prado de Barranquilla. Allí departí también con su hermano, el igualmente prolífico y brillante escritor Carlos Orlando Pardo. Nos acompañaron, entre otros, el entrañable artista Hugo Morales; los escritores Álvaro Medina, Federico Santodomingo, Dina Luz Pardo y Fabiola Acosta; el documentalista Julio Charris, la reportera gráfica Zamara Arias y el pintor Nitho Cecilio. Fue una velada de conversación franca, de ideas encendidas y de esa fraternidad que solo la literatura sabe propiciar.
Concluida la jornada, sostuvimos una reunión más íntima en el Hotel El Prado, junto a Carlos Orlando y las distinguidas damas Elsa —esposa de Jorge Eliécer—, Jackeline —esposa de Carlos Orlando— y Sofía, hermana de los escritores. En ese ámbito más recogido, la palabra adquirió un tono confidencial, casi doméstico, sin perder su densidad reflexiva.
Jorge Eliécer Pardo nació en El Líbano (Tolima), el 30 de enero 1950, y desde muy temprano vinculó su existencia al lenguaje, a la enseñanza y a la creación literaria. Su formación como maestro en el Instituto Ibagué y como licenciado en español e inglés en la Universidad del Tolima cimentó una relación orgánica con la palabra, asumida no solo como herramienta pedagógica, sino como sustancia estética y compromiso ético. En él, escribir y enseñar no son oficios paralelos, sino vasos comunicantes de una misma vocación.
A esta base se sumaron estudios de doctorado en literatura en la Pontificia Universidad Javeriana y una especialización en Administración Pública en la ESAP, cruces que explican la doble conciencia que atraviesa su obra: una atención rigurosa a la forma literaria y una comprensión profunda de los contextos sociales y políticos del país.
Pardo es periodista profesional y ha participado como ponente e invitado en congresos, encuentros y coloquios nacionales e internacionales en ciudades como Caracas, California, París, La Habana y Moscú, así como en múltiples escenarios académicos y culturales de Colombia, consolidando una presencia intelectual perdurable más allá del ámbito estrictamente literario.
Durante varios años ejerció la docencia en colegios de secundaria en Ibagué; fue maestro de primaria en Honda y profesor universitario en instituciones como la Universidad Pedagógica, La Sabana y la Javeriana. Esa vocación formativa permea su escritura, que entabla un intercambio permanente con la memoria, la transmisión y la construcción de conciencia.
Su labor se ha extendido también al campo audiovisual como director y productor de documentales para la televisión pública y cultural, en espacios como Magazín Babelia y Página en blanco, dedicados a autores colombianos, ampliando los lenguajes desde los cuales ha pensado la cultura.
Fundó y codirigió las revistas de arte y literatura Pijao y Gato encerrado, proyectos editoriales que se convirtieron en plataformas de reflexión crítica y creación, y que marcaron una época en la circulación literaria independiente del país.
Es fundador, director y editor de la Biblioteca de Autores Tolimenses y Colombianos de Pijao Editores, una de sus contribuciones más significativas al patrimonio literario regional y nacional, concebida como un ejercicio de memoria cultural activa.
Asimismo, fue fundador y presidente durante varios años de la Unión Nacional de Escritores de Colombia, U.N.E., desde donde impulsó el reconocimiento del oficio literario y la defensa de la escritura como trabajo intelectual.
Su mirada artística se ha expresado también en la fotografía. Sus series sobre Mujeres compasivas con las víctimas del conflicto armado en Colombia han sido expuestas en París, Rennes, Estrasburgo y diversas regiones del país, de La Guajira a Leticia, reforzando el diálogo entre imagen, memoria y duelo.
Como narrador, Jorge Eliécer Pardo ha publicado nueve novelas que constituyen uno de los corpus más sólidos de la narrativa colombiana contemporánea. Su obra novelística se mueve entre la violencia histórica, la memoria íntima, el erotismo, el arte y la fractura del sujeto moderno.
Entre sus novelas se encuentran El escritor fantasma y los exterminadores (Cangrejo, 2025), Maritza la Fugitiva (Cangrejo, 2019), ganadora del Premio Internacional de Novela, y La última tarde del caudillo(Cangrejo Editores, 2018), en la cual la historia política se convierte en materia literaria.
A ellas se suman Trashumantes de la guerra perdida (Pijao Editores–Caza de Libros, 2016; segunda edición Cangrejo Editores, 2017), El pianista que llegó de Hamburgo (Cangrejo Editores, 2012), obra que cuenta con cinco ediciones y fue distinguida con el Premio Nacional de Literatura, y La baronesa del circo Atayde (Cangrejo Editores, 2015).
También integran su narrativa la ya mencionada Seis hombres una mujer (Cangrejo Editores, 2023), novela de honda exploración psicológica y amorosa; Irene (Cangrejo Editores, 2023), traducida al inglés por Angela McEwan; y El jardín de las Weismann (Cangrejo Editores, 2022), una de sus obras más estudiadas y traducidas.
El jardín de las Weismann ha sido traducida al francés por Jacques Gilard, al inglés por Raymond L. Williams y José Manuel Medrano, y al islandés por Anna Karina Sigurdardóttir. Fue llevada a la televisión bajo el título La estrella de las Baum por Caracol Televisión, y ha sido considerada una obra clásica contemporánea de la narrativa colombiana.
En el campo del cuento, Pardo ha publicado libros fundamentales como Les voiles de la mémoire(Éditions Folle Avoine, 2016), Los velos de la memoria (Ediciones Vericuetos, 2014), Cuentos —Antología personal— (Pijao Editores, 2014), Transeúntes del siglo XX (2007), Las pequeñas batallas (1997) y La octava puerta (Oveja Negra, 1985).
Su primer libro, Las primeras palabras, fue escrito en coautoría con su hermano Carlos Orlando Pardo y publicado por Pijao Editores en 1973, gesto fundacional que marcaría una fraternidad literaria decisiva en su trayectoria.
En 2014, Pijao Editores publicó cinco tomos de su obra —novelas y cuentos— en la colección Maestros Contemporáneos, consolidando su lugar dentro del canon narrativo nacional.

Sus cuentos han sido incluidos en importantes antologías internacionales en alemán, francés y portugués, y han sido estudiados en universidades como La Sorbona, lo que da cuenta de la proyección crítica de su obra.
Como poeta, publicó Entre calles y aromas, libro con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía en 1985, confirmando una sensibilidad lírica que atraviesa también su prosa narrativa.
La crítica ha dedicado numerosos estudios a su obra. Destacan La memoria herida de Manuel Neila, La estética del horror (ensayos colectivos), Mujer: guerra y memoria histórica de Eugenia Muñoz, y Guerra y Literatura en la obra de Jorge Eliécer Pardo de Fabio Martínez.
La edición crítica de El jardín de las Weismann publicada por la Universidad del Tolima en 2013 reunió textos de algunos de los más importantes críticos y escritores de Colombia y el exterior, y fue presentada en el marco del centenario de la universidad. Ahí, Jorge Eliécer fue distinguido como uno de sus egresados notables.
Su obra ha sido leída como una poética de la memoria herida: el lenguaje no se limita a narrar la violencia, la eleva a reflexión estética, ética y humana, alejándose del testimonio directo para internarse en una literatura de alta densidad simbólica.
En 2018, Maritza la Fugitiva recibió el Premio de la XVI Bienal Internacional de Novela José Eustasio Rivera; en 2013 obtuvo el Premio Nacional de Literatura por El pianista que llegó de Hamburgo; y en 2008 fue galardonado con el Primer Premio Nacional de Cuento sobre Desaparición Forzada.
Críticos nacionales e internacionales han destacado la potencia de su lenguaje, la complejidad psicológica de sus personajes y su capacidad para articular amor, arte, erotismo y guerra sin concesiones ni simplificaciones.
Jorge Eliécer Pardo ha construido, desde Pijao Editores y desde su propia escritura, una obra coherente y rigurosa que interactúa con la historia colombiana sin subordinarse a ella, y que convierte la literatura en un espacio de memoria activa, rebeldía estética y profunda humanidad.
A continuación, presentamos esta reveladora entrevista con Jorge Eliécer Pardo, en la que el autor desentraña los hilos de su obra y reflexiona sobre la memoria, la ética y el destino de la palabra.
Su formación atraviesa la pedagogía, la literatura, el periodismo y la administración pública. ¿De qué manera esa diversidad disciplinar ha modelado su mirada narrativa y su concepción del oficio literario?
El acercamiento con los jóvenes siempre ha renovado mi visión frente al mundo y el tan escaso optimismo en la inequitativa vida. Fui profesor de escuela primaria a los dieciséis años y luego pasé por la secundaria (experiencias contadas en mi novela El escritor fantasma y los exterminadores), y la universitaria, en talleres, y compartiendo lecturas y sensibilidades de la literatura colombiana. Otra gran experiencia ha sido el periodismo cultural y la edición, a través de Pijao. Hice televisión pública y, junto con mi hermano Carlos Orlando, divulgado a cientos de autores tolimenses y nacionales. La gestión pública me dio el premio de conocer a Germán Guzmán Campos y tener contacto con las comunidades desprotegidas de mi país.
Usted ejerció la docencia en primaria, secundaria y universidad. ¿Qué huella dejó el aula en su escritura y en su manera de concebir al lector?
Aún encuentro a mis estudiantes y no dejamos de recordar esos años maravillosos en colegios y universidades, (en parques, agarrados de los árboles, recitando a los nadaístas) algunos de ellos excelentes lectores, otros, escritores. Ser profesor de literatura en colegios secundarios ha sido lo mejor que me dio Ibagué. A pesar de que jamás escribo pretendiendo uno u otro tipo de lector, hay algo que nos une en distintos momentos de la vida: el amor, el erotismo, la memoria.
¿Cómo trabaja la lengua castellana, desde la intuición poética, la disciplina formal o una combinación de ambas?
La literatura que carezca de poesía, no es literatura. Entendida no como versificación sino como mundos simbólicos y estéticos que acompañan la ética literaria. Cuando me enfrento a una gran novela el argumento pasa a un segundo plano y es el lenguaje, la palabra y su mundo referencial lo que me importa más. Por eso trato de hacer que mis historias tengan más lenguaje poético que argumentos que pretendan eso que llaman ‘atrapar al lector’.
Gran parte de su obra se articula en torno a la memoria, la violencia y el conflicto colombiano. ¿En qué momento comprendió que esos temas serían un eje central de su literatura?
Soy hijo de la violencia, que es lo mismo que decir, hijo de la guerra así existan sectores que no reconozcan este hecho histórico de nuestro país. Además, hijo de los años sesenta y los cambios fundamentales del mundo, música, cine, psicoanálisis, revoluciones políticas, (la de Cuba especialmente), viaje a la luna, teatro, el existencialismo, surrealismo, el nuevo cine, y el compromiso del escritor con su tiempo, aprendido de Sartre y Camus. No escogí escribir sobre la memoria (que no es lo mismo que el recuerdo), los remas terminan buscando a los autores. Yo quería escribir canciones y cantar baladas, pero la realidad y el compromiso humanitario y social me avasalló, además, tener tres exilios o desplazamientos de mi pueblo, El Líbano, ver la inequidad en Colombia y formar parte de esa literatura que habría de mostrar a América Latina (en el mal llamado Boom), con sus dictadores, muertes e impunidad. Nacer en una familia con gran incidencia en el arte y la política (mi abuelo formó parte de la fundación del Partido Comunista en los años treinta); me llamó Jorge Eliécer porque mi padre con ello hizo homenaje a su líder asesinado en las calles de Bogotá, Jorge Eliécer Gaitán. Todos los colombianos tenemos una o varias historias que contar en este periplo de dolor. Me siento conforme con haberlo hecho de manera honesta, sin importar si permanezco al mal llamado canon de la literatura nacional. Esas memorias están impregnadas en la familia, la sociedad, el lenguaje y, en definitiva, el humanismo, mi única militancia.
La memoria aparece en su obra como herida, pero también como posibilidad de reconstrucción. ¿Escribir es, para usted, una forma de resistencia ética?
Si, es resistencia ética y, además, resistencia humana. Hay una herida histórica abierta que no se cierra fácilmente, que, además, supura porque los causantes aún tienen el puñal en la mano. Por esa herida mana la indefensión, la no reparación, el aparente olvido a través de todos los medios. Sí, es La memoria herida, el libro que escribiera el poeta Neila sobre mis libros, la misma que se reúne en el libro de la Universidad del Valle, Guerra y literatura en la obra de Jorge Eliécer Pardo donde su juntan los ensayos sobre la guerra, sobre mi trabajo literario. La reconstrucción es la utopía de estos tiempos de sociedades inequitativas; muchos albergan la esperanza de que todo cambiará y yo recuerdo que, al fondo de la caja de Pandora, quedó esa esperanza, y las guerras siguieron, y el hambre y la muerte diezmó a los esperanzadores y crédulos.
La crítica ha hablado de una ‘estética del horror’ en su obra. ¿Cómo se construye belleza literaria a partir de lo atroz sin banalizar el sufrimiento?
Fue la periodista de Radio Francia Internacional (RFI) quien, en una hermosa entrevista afirmó que mi literatura conformaba una ‘estética del horror’. Se trata de Angélica Pérez dando apertura a sus criterios sobre lo que significa la memoria desde la poesía y la ética. Lo que se ha generalizado es lo que Hannah Arendt llama ‘la banalización del mal’, instaurada por la hegemonía del poder, de las élites económicas y gubernamentales, la que debe ser combatida desde la responsabilidad del artista en la sociedad. No es novedoso hacer literatura desde lo atroz, sí lo es moldear una sociedad que pondera que la violencia es inherente al ser humano, lo mismo que aquello de que ‘existen vidas que no merecen ser vividas’. Mi traductor al francés de Los velos, afirmó que esos relatos eran un cementerio de poesía. Lamento que así sea, pero no pude callar.
Muchos de sus textos establecen una relación con la historia, pero rehúyen la crónica. ¿Cómo equilibra la fidelidad histórica con la libertad de la ficción?
Este dilema fue el primero de ese sueño de contar la historia de la guerra, temía que el dato histórico terminara imponiéndose en la narrativa. Me blindé lo mejor posible organizando la información e internalizándola para alejarme de ella. Fueron los personajes que deambulaban en sus páginas los que confirmaban o negaban estos hechos. Y fue el lenguaje literario el que me separó del de la crónica en pugilato con el de la novela, la ficción. La intertextualidad también me ayudó en el largo tránsito por más de un siglo del devenir histórico de Colombia. Sabía que muchos hechos históricos determinantes no podían caer en la tergiversación, pero si en la ficcionalización, desde lo que ocurrió a los héroes derrotados (el caso de Jorge Eliécer Gaitán y el nueve de abril, conocido como El Bogotazo). La historia, esa que muchos creen que es la verdad, es otra construcción de verdades individuales y políticas; tuve que leer y estudiar la llamada nueva historia de Colombia, ahí aparecían crónicas distintas a las del discurso hegemónico. Termino diciendo que la fidelidad no existe en ciencias sociales ni literarias.
El jardín de las Weismann ha sido calificada como una obra clásica contemporánea. ¿Qué lugar ocupa esta novela dentro de su proyecto literario?
Mi ópera prima de los veinte años, las respuestas a mi niñez y tiempo en las calles de mi pueblo, mi encuentro con la poesía y lo simbólico (el jardín como campo de batalla, el amor y la usurpación de lo humano, los odios y amores). Igualmente, el agradecimiento amoroso a William Faulkner, García Márquez y Juan Rulfo, lo mismo mi apertura, respeto y amor a las mujeres en todos los tiempos y libros. No he sido más que un enamorado (romántico a ultranza) que le tocó contar la violencia. Mi primera novela es mi bitácora, ha sido editada muchas veces, traducida al francés por Jacques Gilard, al inglés por Raymond Williams y al islandés por Anna Karina Sigurdardôtier. El número de generosos comentarios de críticos nacionales y extranjeros suma más páginas que mi jardín.
En novelas como El pianista que llegó de Hamburgo y La baronesa del circo Atayde, el arte —la música, el circo— aparece como salvación o refugio. ¿Es el arte, para usted, una forma de redención frente al horror?
Fue la crítica Luz Mary Giraldo quien encontró este enlace de la redención en la música, la novela y el arte en general en mis libros; yo comparto esa valoración, aunque jamás fue mi intención escribir como una manera del olvido; no creo mucho en los libros como catarsis en aspectos de la guerra y el dolor, tal vez sí en el aporte para autor y lector en su individualidad que a veces trasciende a lo colectivo. Las novelas no son manuales de historia, menos de psicología, ni libros de autoayuda, tampoco mundos ajenos que ocupan parte de nuestras vidas, la literatura ante todo es aventura, es deslumbramiento. En estas dos novelas (como en casi todos mis libros) el arte aparece como hecho fidedigno de los personajes, lo mismo la intertextualidad y la fragmentación de las estructuras.
Tras un prolongado silencio editorial entre 1992 y 2012, su obra reaparece con una fuerza notable. ¿Qué ocurrió en ese periodo y cómo influyó en su escritura posterior?
Dos hechos marcaron esa etapa de mi vida: mi traslado a Bogotá (vivía en Ibagué), la superación del viejo conflicto entre literatura rural y urbana y la poca importancia que tiene la vida personal de un autor para que se convierta en novela. Hay asuntos que no pueden variar en la existencia (el amor, el compromiso, la visión de mundo…) pero sí el oficio y su responsabilidad. Dos personas influyeron esa decisión: Germán Guzmán Campos (autor del emblemático libro La violencia en Colombia, junto a Eduardo Umaña Luna y Orlando Flas Borda) y Arturo Alape el más avezado escritor, cronista, periodista, investigador de la guerra en Colombia. Con ellos debatí las maneras como debía escribirse esa novela total sobre nuestro sino violento; los dos estaban de acuerdo sobre la dificultad que esto conllevaba; Guzmán me aconsejó hacerlo desde el tono de mi primera novela (El jardín de las Weismann) y Alape me desanimó porque era una ambición muy grande, tan grande como la guerra misma. Al final tomé la determinación de emprender un reto que me costó quince años de investigación y escritura de lo que sería El quinteto de la frágil memoria.
En su narrativa, el amor y la muerte aparecen como fuerzas entrelazadas. ¿Concibe esta dualidad como un reflejo inevitable de la historia colombiana?
Parece ser que esas dos palabras no tienen que ver con la historia colombiana; creería que son los odios y las venganzas, la voracidad del poder y el imperio del dinero que es el que determina a la sociedad actual. Es verdad, no me he apartado del amor, o mis personajes no lo han hecho, como una manera de entender que existe ese acercamiento plenamente humano, y no es la muerte que nos infunde temor, miedo, no, es la muerte violenta la que nos hace vulnerables frente al diario vivir.
Sus personajes femeninos —las Weismann, Rebeca, Irene— han sido ampliamente estudiados. ¿Qué le interesa explorar de estas figuras dentro de contextos de violencia y memoria?
Las mujeres son las víctimas que más duelen en este proceso violento de años y años. Mis personajes femeninos no son acompañantes sino protagonistas, participantes, autónomas. Todos tenemos a nuestro lado esas mujeres significativas en nuestras vidas, una abuela, una madre, una novia, una amante, una compañera permanente; mujeres que llegan y se van, que abandonan y dan bienvenidas. La mayoría de mis libros tienen nombres de mujeres, ellas pueblan el devenir de los pueblos desde tiempos remotos; han sobrevivido a las persecuciones y desmanes, han sido catalogadas como diosas y brujas, pero, en todas las épocas solidarias y dispuestas al amor. La más reciente, La mujer del agua, es mi compromiso con estos cincuenta años de trabajo literario, mi homenaje a la mujer, a la literatura, al lenguaje, a la poesía, a la fantasía. Con ella llevo a cabo un diálogo con la cultura universal y pretendo saldar deudas con las mujeres del mundo. Intertextualidad, como ha sido la literatura y los libros que no cambian la vida, sustentan este nuevo periplo. Mis autores dictaron sus reflexiones, yo sólo estuve atento y obedecí sus mandatos. Los dioses del Olimpo asistieron a mi banquete acusando a los humanos. Ah, las mujeres, razón de ser de la vida.
Los velos de la memoria ha sido leído como un ritual de duelo contra el olvido. ¿Cómo se escribe desde la voz de las víctimas sin caer en el testimonio ni en la denuncia directa?
La literatura siempre ha sido resistencia, la voz de los sin voz y la receptora de los coros griegos o los de las madres colombianas que aún trashuman por campos y avenidas preguntando por sus desparecidos. Es el eco, canto, poesía de las voces de mujeres compasivas con las víctimas de la guerra. Así se escucha la voz de ellas, las de los ríos, los paisajes, los animales, en conclusión, la memoria donde el cantor no debe callar. Había que correr los velos de los rostros de esas mujeres que albergan el dolor y piden justicia. Velos que develan en esas fotografías que tomé durante años para mi libro de relatos.
Varias de sus obras han sido traducidas a otros idiomas y leídas en Europa y Estados Unidos. ¿Cree que la literatura de la violencia colombiana tiene una resonancia universal?
A pesar de las roscas y los grupos y grupillos que descalifican o ignoran las literaturas no hegemónicas, la literatura siempre impone su calidad, si es que la tiene. Las grandes multinacionales, editoriales de grupos económicos con gran poder, hacen escritores a través del periodismo y las redes. Las traducciones de mis libros han sido producto del amor de los lectores y académicos por esas páginas. Si bien no cubren los grandes tirajes, el hecho de que estén en universidades del mundo (como La Sorbona, varias de Estados Unidos y Australia) me hacen agradecido con la vida y el oficio. Que Los velos haya salido en su primera edición en francés, editado por un colectivo de Estrasburgo, vertido al francés por el traductor de Martín Fierro, donde la poesía (dicen que su mayor virtud) ha sido protagonista dentro del libro que ya tiene quince ediciones, lo asumo como reconocimiento sin veleidad.
Usted ha sido editor, gestor cultural y fundador de proyectos editoriales como Pijao Editores. ¿Qué responsabilidad tiene el escritor frente a la circulación de la literatura nacional?
Las editoriales alternativas llevan a los lectores textos que no figuran en los falsos cánones. El mayor inconveniente ha sido siempre la distribución; los escritores han aprendido que no basta con escribir el libro sino ayudarlo a encontrar su camino. A pesar de que el autor sólo tiene la responsabilidad de escribir con calidad y ética su obra, lo que Isaías Peña llamó en cierto momento La Generación del Bloqueo y del Estado de Sitio, sigue vigente. Admiro las pequeñas editoriales, las ediciones de autor, los trovadores posmodernos, los escritores que han luchado y luchan porque su palabra tenga espacio en la vida cultural. La verdadera literatura viva se halla en las regiones, luchando contra el silencio que es lo mismo que a favor de la memoria de los pueblos.
Pijao Editores se ha consolidado como un proyecto cultural de largo aliento. ¿De qué manera la presencia y el trabajo de Carlos Orlando Pardo han sido decisivos en la construcción de ese horizonte editorial y en su compromiso con la memoria literaria del país?
Pijao ya es un sueño desbordado con más cincuenta años de presencia regional y nacional; ya se convierte en albacea de la memoria. Miles de ejemplares transitan por las regiones ya no tanto como actos clandestinos sino con voz, voto y veto. Uno de sus mayores aciertos es la credibilidad y el respeto que se le profesa en el país. Sus autores tienen en su catálogo igual presencia y divulgación. Abriremos colecciones regionales, haremos y participaremos en ferias culturales y del libro, abriremos discusiones académicas sobre las letras nacionales a través de libros de ensayos y reflexiones en amplias colecciones de y para los estudiosos de la literatura. Los inconvenientes que sufren las universidades (a quienes les correspondería hacer los debates) hemos venido cubriéndolos. La competencia nos la da la calidad y los libros como objetos bellos.
En Seis hombres una mujer el conflicto se traslada al espacio íntimo y psicológico. ¿Qué le interesa explorar del fracaso amoroso y del desgaste de la vida cotidiana?
Este libro es el cierre de esa etapa que mi biógrafo, el poeta español Manuel Neila, llama, literatura bisagra. Es verdad, una vez escribí y publiqué mis primeras tres novelas me di cuenta de que la vida no sólo estaba en lo cotidiano, en las sábanas y el erotismo, además, afuera el país ardía y la memoria se atacaba de tal manera que el compromiso camusiano del autor se hacía necesario. Sin militancia política sino con la de la vida. Las frustraciones amorosas no abandonan a mis personajes de El quinteto de la frágil memoria y los libros que vendrían después. La anomia duele más que los fracasos de pareja.
Irene ha sido abordada desde el psicoanálisis, el erotismo y el símbolo. ¿Qué lugar ocupa lo onírico y lo simbólico en su narrativa?
Este amoroso libro es otro de los llamados bisagra en mi literatura, el deslumbramiento de la ciudad y sus fantasmas. Existencialista en su más horrorosa pureza donde los monólogos cruzan las tuberías de un apartamento en Chapinero, barrio bogotano. En ella circula un ambiente de represión y militarismo, tortura y ensoñaciones. Sin un interés explicito la poesía (como en todos mis textos) se encuentra en lo simbólico (la migala, araña del tamaño de un gato adulto) y el fluir de conciencia a través de monólogos, que los psicoanalistas han interpretado como ‘el erotismo en el acto de morir’, así lo conceptualizó Fernando Fergusson.
Sus libros han sido estudiados por académicos de distintos países. ¿Cómo recibe usted la lectura crítica de su obra: como confirmación, diálogo o cuestionamiento?
Los lectores, académicos o invisibles forman ese espectro que me justifica en el planeta. Ellos se conectan conmigo, mis sueños, mis luchas utópicas, mis ilusiones temporales. Una vez, en la fila de un cine (cuando las salas de cine existían) había una pareja joven leyendo y susurrando una de mis novelas; quería no sólo abrazarlos sino agradecer ese tiempo junto al mío. Confirmé que existe un halo secreto que junta sensibilidades, un diálogo implícito que nos hace cercanos al no olvido, un cuestionamiento con los tiempos. Un sentido de ser.
Después de más de cinco décadas de escritura, ¿siente que hay temas que aún no ha abordado y que siguen llamándolo desde la sombra?
No creo en los autores que renuncian a eso que los hizo ser en el mundo. Porque, aunque no se escriba, se piensa y vive en función de la ficción, de los sueños, de esas sombras que no nos abandonan y que no queremos que lo hagan. En estos días últimos escribo sobre objetos (sin caer en la novela objetal de Alain Robbe-Grillet); una serie de relatos (La secreta inocencia de los objetos) que cuentan el destino que les tocó vivir, como las pistolas de Pushkin o José Asunción Silva).
Si tuviera que definir su obra en una sola idea fuerza, ¿diría que es una literatura de la memoria, del amor, del dolor o de la dignidad humana?
Es como un cuadro de Dalí, ‘la persistencia de la memoria’.
Desde su experiencia como maestro y escritor, ¿qué tipo de libros y qué autores recomendaría a los jóvenes que se inician en la lectura, y por qué considera que esas lecturas son fundamentales en su formación humana y crítica?
El profesor, maestro, sólo debe alimentar y orientar a los jóvenes en la sensibilidad del arte, de la literatura. Así que no debe imponer, sino seducir. Mi madre nos llevó de viaje y aventuras con Las mil y una noches, hicimos viajes interespaciales con El principito, escuchamos el ritmo de las palabras y el misterio con Los nocturnos de Silva. En mis tiempos de orientador, leíamos a García Márquez, a Bradbury, a Barba Jacob. Hay libros para tiempos de la vida y otros para todos los tiempos.
Por el contrario, ¿de qué tipo de lecturas deberían huir los estudiantes?, ¿qué riesgos ve en ciertos libros o consumos editoriales actuales y por qué nos haría esa advertencia?
Los estudiantes, jóvenes de estos tiempos, no son tan fáciles de engañar. Cuando conectan con un libro, ese hilo se prolonga por la existencia misma. Aunque existe una horda de jóvenes profesionales que leen lo que la moda les indica, los betsellers que las grandes editoriales comercializan, para tener tema de conversación en cocteles y congresos; se alegra uno de ver lectores en parques, antesalas de bancos, autobuses, aeropuertos, que leen ese libro que les llenó un pedazo de vida; uno observa a esos lectores de libros extensos, que sonríen, subrayan, marcan con tiras de colores. Esos, como en los buenos restaurantes, compran los mejores sabores y saberes.
