miércoles, septiembre 2, 2026 1:43 am

Casa CulturaLos Once de Calibán III: Alfareros de la palabra

Los Once de Calibán III: Alfareros de la palabra

por Redacción: Noticias Coopercom

Abrir el tercer volumen de Los Once de Calibán, bajo el sello de Editorial Torcaza, de Sincelejo, no es enfrentarse a un libro cualquiera: es asistir a un convite. Un manjar de esos que se saborean despacio, con la certeza de que cada página resguarda una cartografía distinta. He recorrido esta antología a plenitud, como se disfrutan las cosas que no admiten el engaño: con el oído atento y el alma desabrochada.

Estos once autores no se limitan a escribir; ellos modelan. Son, en esencia, alfareros del lenguaje que transforman la arcilla de lo cotidiano en piezas que subyacen en la memoria, incólumes ante el desgaste del tiempo.

Ahí están, dejando su huella indeleble: Adolfo Ariza Navarro, Jaime Cabrera González, Jorge Campo Figueroa, José Luis Garcés González, Annabell Manjarrés Freyle, Ramón Molinares Sarmiento, Amaury Pérez Banquet, Clinton Ramírez, Guillermo Tedio, Alcy Zambrano García y Martiniano Acosta Acosta. Once voces que no compiten, sino que dialogan en una mesa larga donde cada plato presume su propia sazón.

Recuerdo que, promediando noviembre del año pasado, el maestro puso el relato en mis manos por vía digital, entregándomelo con la premura y la generosidad de quien busca una primera lectura antes de ver su obra publicada. Fue entonces cuando le hice una observación de puro oído: aquel plural original en el título —Banda de vientos— se me antojaba una interferencia en la cadencia natural del singular. Compruebo ahora, con beneplácito, que la sugerencia fue acatada en la edición definitiva, permitiendo que el título respire con la misma limpidez que su prosa.

La suya es una narración de un costumbrismo de alta factura; aquí, la música folclórica no es un decorado, sino el motor, el latido y la viga maestra de la historia.

Entonces ocurre el milagro. El remate —ese giro inesperado— fractura la escena festiva para empujarla hacia una dimensión fantástica. Lo que parecía una celebración de pueblo se transmuta en leyenda, como si las voces de una estirpe ancestral hablaran desde una temporalidad circular. Ahí reside la grandeza: en lograr que la vida y la muerte dancen al mismo compás. Es un cuento memorable que deja la vara alta desde el inicio.

El rigor narrativo se mantiene en ascenso con Adolfo Ariza Navarro, quien en El cuervo se revela como un artillero de precisión. Su estrategia no es el asalto rudo, sino la captura hipnótica; atrapa al lector con unas tenazas invisibles que, lejos de herir, lo sumergen en una atmósfera de extrañeza desde el primer aliento:

“Papá empezó a elevarse como esas bolsas de plástico vacías que el viento levanta y hace rebotar contra las paredes…”.

Con esta imagen, Ariza Navarro fractura la lógica de lo cotidiano para instalarnos en una gravedad distinta. No hay tregua en su prosa: cada palabra está puesta allí para sostener ese vuelo improbable, logrando que lo fantástico no se sienta como una irrupción, sino como la única verdad posible en el universo del relato.

Jaime Cabrera González nos seduce con La dama, una pieza en la que la reputación del personaje es tan punzante como la curiosidad que su figura despierta. En sus páginas, la protagonista se yergue con una sentencia que marca el ritmo de la intriga: “Ella no afloja”. Esa viuda, dotada de atributos que el autor delinea con pincel fino, gravita el relato como una obsesión compartida, mil veces desnudada en los pensamientos varoniles, pero nunca poseída por completo por la realidad. Cabrera González logra aquí un equilibrio precario y fascinante: convierte el deseo en una atmósfera que se respira en cada adjetivo, recordándonos que, en la buena literatura, lo que se calla suele ser más perturbador que lo que se exhibe.  

Jorge Campo Figueroa irrumpe con una selección de microrrelatos: diez piezas de orfebrería que confirman que la síntesis, cuando es lúcida, también puede ser un universo contenido. En El fugitivo, nos entrega una muestra de relojería emocional en la cual el disfraz no es una máscara, sino una armadura contra la identidad. El brevísimo intercambio con la madre no solo marca una partida, sino una condena: ese “siempre” con el que responde el hijo transmuta la huida en una condición permanente de la existencia. En apenas un puñado de palabras, el autor logra capturar la tragedia de quien sucumbe a una partida interminable, recordándonos que el verdadero exilio no es un lugar, sino un estado del alma que se oculta a plena vista.

De José Luis Garcés González y su Sesión de medianoche, basta decir que su autoridad narrativa posee un peso contundente; hay en su escritura una densidad mineral que no requiere de artificios ni pirotecnias. Su frase late con una fuerza oscura: “Emboscadores de carroña, reducen el pasado del cadáver a leves gestos terribles, a fallas de buena fe”. Es una sentencia para leerla y desentrañarla, hasta que su eco se instale como inquilino perenne de la memoria.

Annabell Manjarrés Freyle despliega en El cansancio de la Mujer Maravilla una prosa sutil que interroga el mito desde una sensibilidad contemporánea.

Ramón Molinares Sarmiento, maestro de generaciones, nos entrega Vergonzoso amor: un relato que, en la ceremonia de su presentación —en el centro cultural Barracuda, dentro del programa La Espada Encendidaque dirige el poeta Harold Ballesteros, en Barranquilla—, fluyó desde la palabra dicha, dictado por una memoria que no necesitó del papel para honrar la majestad de lo sagrado.

Clinton Ramírez y Guillermo Tedio, alfareros consumados del relato, entregan Razones del héroe y El cuarto de San Alejo, piezas que portan una garantía implícita de calidad narrativa. Ambos maestros constituyen la columna vertebral de estos guardianes del linaje de Calibán; son ellos quienes custodian esa palabra que, lejos del éter de Ariel, se hunde en la materia, en el instinto y en la tierra compartida del Caribe. Si en Shakespeare Calibán representa lo telúrico y lo material frente a lo etéreo, Ramírez y Tedio asumen ese legado para demostrar que la gran literatura también se amasa con el barro de lo humano, con sus pasiones instintivas y su verdad más descarnada. Son, en definitiva, los alfarifes de una herencia que transmuta el barro de lo humano en una verdad universal que no admite el olvido.

Finalmente, Amaury Pérez Banquet (La otra cara del sueño) y Alcy Zambrano García (A la caza del topo) completan este ramillete de ficciones; son dos narradores que expanden los límites de la realidad con una inventiva que no admite concesiones. Sus historias, forjadas con el rigor de quien sabe que el vocablo es un organismo vivo, no solo se leen, sino que se quedan anidando en el espíritu mucho después de cerrar el volumen.

Al terminar la lectura, persiste la sensación de haber asistido a una ceremonia del verbo convertido en tambor, en río y en memoria. Estos once alfareros de la imaginación no solo cuentan historias: sostienen, con un pulso inquebrantable, la identidad viva de nuestra narrativa.

Por: Fausto Pérez Villarreal-especial para Noticias Coopercom