jueves, abril 16, 2026 3:04 pm

Casa CulturaLuz Mary Giraldo: “En mi poesía se percibe el ritmo interno y la melodía”

Luz Mary Giraldo: “En mi poesía se percibe el ritmo interno y la melodía”

por Redacción: Noticias Coopercom

Hurgando en internet, en una de esas noches en que el sueño se repliega y la vigilia se vuelve incierta, di con un poema de Luz Mary Giraldo que no tardó en instalarse en mi memoria como una imagen persistente.

La talentosa escritora con el maestro Carlos Orlando Pardo.

Su título —Estado de alarma— ya presagia una atmósfera enrarecida, un pulso de inquietud que atraviesa cada uno de sus versos. Y es justamente en ese umbral donde la palabra comienza a revelarse:

Reconozco el aire de la infancia en la cornisa
donde se posaban los pájaros que alimentó la abuela.
Ahora son tierra de miseria
costra sombría
formas torturadas
oscuridad y silencio.
Las puertas se cierran una detrás de otra como bóvedas
y nadie puede abrirlas con sus manos.
Yo intento abrirlas con mis letras.

En el poema, la infancia no comparece como un refugio sino como una ruina evocada. Aquella cornisa en la que alguna vez anidaron los pájaros alimentados por la abuela —símbolo de abrigo y de un orden íntimo del mundo— ha sido tomada por la desolación. Lo que antes respiraba vida hoy se ofrece como una superficie endurecida: costra, sombra, formas quebradas. La memoria, lejos de redimir, acentúa la fractura.

Pero es en la imagen de las puertas cuando el poema alcanza su zona de mayor densidad simbólica: se cierran una tras otra, con la contundencia de bóvedas que sellan no solo los espacios, sino también las posibilidades. No hay manos que logren abrirlas. El mundo, en su materialidad, se ha vuelto inaccesible. Y es justo allí, en ese punto de clausura, emerge la escritura como un gesto de insurrección silenciosa.

El sujeto lírico no cede ante el cerco. Si las manos fracasan, la palabra insiste. Escribir se convierte entonces en una forma de insurrección íntima: una tentativa de fisurar lo cerrado, de forzar —desde el lenguaje— las compuertas de una realidad que se repliega.

Esa tensión entre memoria herida y persistencia creadora no es ajena a la vida de la autora. Nacida en Ibagué, el 7 de junio de 1950, Giraldo se reconoce como parte de una generación marcada por la violencia: creció entre el eco de los relatos y la visión directa de una crudeza que dejó huella —el miedo, la noche, los cuerpos que la historia deja a su paso—, y que, de tanto en tanto, irrumpe en su poesía como una cicatriz que aún respira.

Su formación estuvo atravesada por dos corrientes que luego confluirían en su escritura: la música y la palabra. De un lado, la influencia paterna —humanista, lector de los clásicos, cercano a la música barroca—; del otro, la sensibilidad materna, ligada a la música andina y al temblor de sus letras. A ello se suma la tradición oral: abuelas, vecinas, relatos que tejieron en su infancia una temprana relación con la narración y el símbolo. No es casual que en su obra la música, Ibagué y el Tolima aparezcan como una respiración constante.

Su tránsito por la universidad no fue lineal: el paso hacia la filosofía y los rigores del pensamiento abstracto supuso un desafío inicial. Sin embargo, el encuentro con maestros y lecturas decisivas la condujo hacia su verdadero cauce: la literatura. Desde allí ha construido una obra sólida que se despliega en la poesía, el ensayo y la crítica, y que se extiende también a su labor como antóloga e investigadora.

Entre sus libros más recientes figuran Caligrafía de la sombra (2024), Caza de sombras (2019) y De artes y de oficios(2015), títulos que delatan una persistente exploración de lo fugitivo. Su obra, traducida a diversas lenguas, ha sido recogida en antologías publicadas en distintos países, ampliando el alcance de su voz.

Ese recorrido ha sido reconocido con distinciones de alto nivel, que no solo certifican una trayectoria, sino que iluminan la densidad de su propuesta poética: el Premio Casa Silva de Poesía, el Premio Internacional LASA–Montserrat Ordóñez y el Gran Premio Internacional de Poesía de la Academia Oriente-Occidente, al que llegó —como en un gesto casi literario— sin haber siquiera concursado formalmente. A ello se suma su designación como Huésped Ilustre de la ciudad de Salamanca en 2022, signo de la resonancia internacional de su obra.

No son menores, tampoco, los reconocimientos simbólicos que la sitúan en el mapa vivo de la poesía colombiana: fue poeta homenajeada en el Festival de Poesía de Bogotá en 2020 y ha hecho parte de iniciativas que preservan y proyectan la voz de los creadores regionales, como la plataforma audiovisual de artistas tolimenses impulsada por la Fundación Cultural y Social Pijao, con el respaldo del Ministerio de Cultura de Colombia. Su labor académica, por su parte, la ha llevado a ser profesora visitante de la Universidad de Chile, ampliando su influencia en el ámbito latinoamericano.

A continuación, una entrevista con Luz Mary Giraldo. En sus respuestas se revela el origen profundo de su cadencia: el hogar como primera escuela del oído, la música como respiración del verso. Allí se advierte el tránsito —no exento de tensiones— desde la oralidad primigenia, poblada de mitos y relatos, hacia una escritura que encara de frente la memoria del conflicto y las formas íntimas del desarraigo en Colombia.

En su palabra conviven lo íntimo y lo colectivo como dos corrientes que se entrelazan: la experiencia personal no se repliega, sino que se proyecta hacia una lectura del mundo. La sombra —imagen recurrente en su obra— deja de ser ausencia para convertirse en signo: una metáfora de la intemperie contemporánea, de esa orfandad que atraviesa al individuo y a la historia.

Giraldo reflexiona, además, sobre su labor como antologista, particularmente en torno a la escritura femenina, subrayando no solo su emergencia, sino su consolidación: autoras que han desplazado los márgenes, que han asumido la palabra como espacio de acción política y han forjado lenguajes propios, libres de tutela.

La entrevista es, en suma, una cartografía de afectos y pensamiento: en ella, Ibagué no es solo un lugar de origen, sino un espacio simbólico, una geografía emocional que nutre su obra. El Tolima aparece entonces como una fuente inagotable, una comarca íntima que no se agota en lo físico, sino que persiste —como la poesía— en la memoria y en la voz.

Usted ha dicho que su padre fue un humanista y lector de los clásicos. ¿Cómo influyó esa presencia intelectual en la formación de su sensibilidad literaria?

Fue definitiva. Mi papá cultivó la música, la lectura de autores universales y de la tradición; dominaba el griego y el latín. Aunque sacó adelante a su familia como contador público, su carácter humanista ocupó gran parte de su vida y la música lo llevó a ser organista de la catedral de Ibagué y a tener un grupo con músicos del Conservatorio que se reunían a tocar y tocaban distintos repertorios en eventos sociales. Yo era muy cercana a él y esto contribuyó a mi iniciación intelectual, a mi sensibilidad creativa y a creer que todo esto era parte de la vida. Igualmente, gracias a eso, desde muy temprano entendí el valor de la tradición que nos permite saber de dónde venimos, algo poco usual en el presente.

En su infancia convivieron la música barroca, que escuchaba su padre, y los pasillos andinos que cantaba su madre. ¿De qué manera esa dualidad musical se filtró en su poesía? 

Estuve oyendo músicas diferentes en mi infancia y adolescencia. Por parte de mi papá no solo la clásica del barroco sino los románticos europeos y el jazz. Siempre acompañando la hora del almuerzo.  Y con mi mamá los bambucos, guabinas y pasillos, los boleros, y ritmos más alegres como los de Pérez Prado… Esto era parte del diario vivir de todos nosotros, y fue parte de mi educación sentimental. Igualmente, gracias a mi papá estudié varios años canto, piano y teoría musical en el Conservatorio de Música del Tolima, lo que definitivamente fomentó el sentido del oído y el placer por esa expresión artística que alimenta los estados del alma. Voy con mucha frecuencia a conciertos de música clásica. Creo que en mi poesía se percibe el ritmo interno y la melodía, así como la melancolía que transmite esa música considerada ‘no culta’, en la que están el amor por la tierra, la vida cotidiana y las cosas sencillas, y en la que también se manifiestan diferentes temas universales: el amor, el dolor, la soledad. Con las letras de esas canciones campesinas y de los boleros llegué también a la poesía. Precisamente, en eso coincido con el poeta Darío Jaramillo Agudelo, cuando en su libro sobre el tema relaciona la poesía modernista con el lenguaje de los boleros.  

Antes de saber leer ya recibía libros de su padre como los cuentos de las Mil y una noches. ¿Qué recuerdos guarda de ese primer contacto con la literatura?

Son recuerdos entrañables. Eran unos libritos chiquitos y sencillos que contaban aventuras, sueños y fantasías. Con ellos empezaba a deletrear. Mi papá me los leía en voz alta, para que oyera cómo se hilaban las letras y palabras hasta construir frases y párrafos, y también historias. Poco a poco iba entendiendo lo que contaban. Eran como una iluminación. 

Su abuela y algunas vecinas le contaban mitos, leyendas y cuentos tradicionales. ¿Cuánto de esa tradición oral permanece hoy en su escritura?

Permanecen en la memoria y en el gusto por el cuento y el arte de contar que cultivo a través de la lectura. Crecí oyendo cuentos y leyendas. En ese sentido mis comienzos son de cultura oral y musical. Hay cierta oralidad o carácter narrativo en parte de mi poesía, pero su universo no pertenece a estas tradiciones. Si mi abuela me contaba cuentos como si fueran experiencias vividas por ella, personas cercanas a mi casa me contaban mitos y leyendas como hechos misteriosos y sagrados. Ya de adulta supe que esos cuentos que me generaban fascinación y entusiasmo, al ser narrados de manera vívida por mi abuela, eran los mismos de las Mil y una noches; de los hermanos Grimm, de Perrault, de Andersen. La manera de contarlos participaba, era persuasiva: atrapaba desde el comienzo, seguía un proceso narrativo que generaba intriga y entusiasmo ante la manera de hacer vivir los sucesos y ante el deseo de saber cuál sería el desenlace de esas historias que la abuela decía haber vivido.  Con las leyendas la experiencia era distinta. El pasado era mucho más lejano. Lo que me contaban no me generaba la misma intriga, sino la sensación de estar ante algo misterioso, desconocido, a veces aterrador y hasta angustiante. Se trataba de historias que hablaban de hechos que habían sucedido en tiempos muy lejanos y con seres muy extraños, de formas descomunales y con miradas capaces de atravesarlo todo, de hacer cosas inverosímiles que me causaban otra forma de fascinación y también terror. Así conocí el Mohán, la Llorona, La Patasola, que no eran figuras bellas que invitaban a aventuras y a la ensoñación y tenían finales felices, como las de los cuentos de la abuela, sino que enseñaban cosas próximas al bien o al mal, al peligro, a los miedos.  La verdad es que esos aprendizajes quedaron en mi memoria como parte del arte de contar y no los veo en mi escritura. Como lectora disfruto el arte de contar.

Usted estudió música en el conservatorio durante su infancia. ¿Qué le dejó esa formación musical para la construcción rítmica de sus poemas?

Por lo menos en mi época todo ibaguereño crecía con la impronta de vivir en ‘La Ciudad musical del país’. Un bello destino. La música favoreció y aguzó mi sensibilidad y mi formación artística con el sentido del ritmo y de la melodía. La música del alma se canta y se cuenta, incluso se ve. El ritmo de las palabras permite entender lo que decía Antonio Machado: “Canto y cuento es la poesía.  Se canta una viva historia contando su melodía”. Ya en la universidad, estudiando literatura y artes, de la mano de tres maestros definitivos, el poeta Giovanni Quessep, la poeta y crítica Martha Canfield, y la profesora de Historia del Arte Alicia Lozano, entendí que hay poesía en todas partes y que la conjunción entre lo musical, lo visual y lo conceptual da una profunda visión de vida y de mundo en el tiempo. Eso tiene que ver con cierta poesía que cuenta, que es narrativa, o con cierta poesía de imágenes que crean atmósferas y transmiten emociones y reflexiones sobre la existencia. Como sucede con la poesía de Aurelio Arturo, y anteriormente con Rubén Darío y sus poemas cortesanos. Hay poesía visual y poesía sonora; poesía cargada de imágenes y poesía hecha con pequeños relatos: es decir, la poesía se ve, se escucha, se siente, habla con ritmo propio y música interior.

Ha dicho que pertenece a la generación de los ‘hijos de la violencia’. ¿Cómo dialoga su poesía con esa memoria dolorosa del país?

Crecí en un país en estado de violencia, donde no se vive en paz y se ha oído hablar constantemente de muertes no naturales. Me ha tocado la violencia de medio siglo XX, la del paramilitarismo y el narcotráfico, la del conflicto armado. Mi infancia, la de mis hijos y la de mis nietos han estado determinadas por eso, atravesadas por la violencia. Crecí en Ibagué oyendo hablar de muertes violentas en las visitas, en las radio noticias, en la voz de los campesinos o familiares que pasaban por mi casa, en las historias de quienes eran asesinados por pertenecer a un partido u otro. Crecí viéndola cuando iba de vacaciones al Norte del Tolima, al Fresno, donde vivían mis abuelos y parientes: de pronto la algarabía de las calles se concentraba alrededor de algún camión de las empresas públicas cargadas de cadáveres descuartizados. Imágenes traumáticas para una niña de cuatro años. Desde el comienzo de mi poesía hay atisbos de esa memoria. Recuerdo unos versos de mi segundo libro, en el que acuño mis primeras pérdidas, Camino de los sueños (1981). El día de la presentación el poeta Augusto Pinilla destacó una imagen que le llamó la atención por su correspondencia con el tema que estamos teniendo en cuenta: “Despierta en la noche / el niño que guerrero antes de tiempo / ha aprendido a cantar a la tristeza”. Seguramente es un verso significativo. El tema lo he ido abordando desde distintos ángulos en cada libro. En Con la vida (1996), por ejemplo, algunos poemas se refieren a los exilios de los amigos que tuvieron que abandonar el país porque estaban incluidos en las llamadas ‘listas negras’ durante el llamado ‘Estatuto de seguridad’ que impuso Julio César Turbay Ayala. Poemas como Va quedando sin nadie la alegría y Silencio para vivir, son unos de ellos.  Pero, aunque en mi poesía pesa el intimismo, la vida familiar, el mundo doméstico, la reflexión y determinada forma de meditación, indudablemente cada vez más evoluciono a una poesía que confirma un país que se desangra y obliga a irse, lo que se evidencia mucho más a partir de Llévame como un verso (2011), referido a lo que hemos vivido aquí y lo que otros viven en sus propios países, los exilios que cada vez más definen al siglo XXI. El título viene de unos versos del poeta palestino Mahmud Darwish: “Llévame como un verso de mi tragedia; / llévame como un juguete, como un ladrillo de la casa / para que nuestros hijos se acuerden de volver”. Se trata del dolor de la ausencia forzada como dolor colectivo. Su poesía del exilio es de gran hondura. Mientras escribía este libro de poemas adelantaba una investigación, precisamente sobre migración y desplazamiento en la narrativa colombiana, publicada con el título En otro lugar (2008). La lectura de novelas, cuentos y poemas de autores colombianos y de estudiosos de las migraciones me llevó a entender que el que tiene que abandonar su territorio vive con una herida que no cicatriza jamás y que está condenado a añorar su territorio y a no encontrar su verdadero lugar en el sitio elegido para vivir o sobrevivir. Encuentro vasos comunicantes entre mis lecturas de narradores colombianos que van dejando conciencia de su tiempo, en la poesía sobre el dolor del emigrante que no habrá de encontrar su lugar, en algunos y algunas poetas víctimas del holocausto, y en ensayos y reflexiones sobre esta durísima experiencia vital de las guerras que oblIgan al exilio y al desplazamiento. Asumo que el sujeto migrante, desplazado o exiliado encuentra su lugar en las palabras y que los autores estamos destinados a constatarlo o darles su espacio en nuestras creaciones. La violencia y sus consecuencias se sostiene con mayor énfasis en Caligrafía de la sombra (2024), que quiere revelar una mayor conciencia de la época que nos ha tocado vivir. Allí se me impone la historia vivida por toda mi generación y las que siguen y se unen a las de otros territorios. Un poema de este libro, En las paredes de la guerra, se refiere directamente a esa experiencia de la niña que ve desde un balcón un carro con cadáveres, pero en otros me refiero a experiencias similares vividas por otros de otros territorios, a tener que irse, a tener que despedirse. Lo último que he escrito, tres libros cortos en vía de publicación, también hablan de esto, de este pueblo triste y confundido, de este mundo golpeado y roto, de saberse marginado o condenado a la miseria que provoca descontento e insubordinación. De las víctimas y a veces de los victimarios.  

En libros recientes como Caligrafía de la sombra o Caza de sombras la noción de ‘sombra’ parece recurrente. ¿Qué simboliza para usted esa imagen? 

La sombra es la muerte, el dolor, los estados agónicos, las ausencias y vacíos. Aquello que ha dolido y nos ha marcado. El poema, en mi caso, mira lo oscuro y lo sombrío, el desamparo. No me interesa mostrar solo el hundimiento, sino también alguna posibilidad de esperanza, algún rayo de luz. No hay sombra sin luz. Por eso algunos poemas sugieren o quieren mostrar estados positivos, el valor de la infancia como en Bruno con palomas, del amor en sus primeras manifestaciones, como en Taza de té, y en sus realizaciones como en Solo de amor, la música en una noche oscura, como Calle de París, incluidos en Caza de sombras (2019).

En varios de sus poemas aparece un mundo fracturado, marcado por la ausencia o el vacío. ¿Es esa una manera de nombrar la realidad contemporánea?

Yo creo que a nivel global la realidad contemporánea refleja un universo que ha perdido la presencia de lo sagrado como refugio y sustento, el sentido, los valores. Es un mundo huérfano. En muchos casos se gira alrededor de sí mismo, es mucho el narcisismo, lo yóico, y volcarse a las redes ayuda legitimarse. La proliferación de imágenes y la estridencia son formas de encubrimiento o de aturdimiento, casi una manera de evadir la confrontación y el encuentro consigo mismo. En algunos de mis poemas a veces me refiero a la ausencia de Dios, a los extravíos, a las cosas sin sentido, a lo que diariamente se fractura, el escepticismo, a lo que se acaba o agoniza. En este tipo de poemas intento subrayar la sensación de vacío y orfandad que veo en muchas partes e individuos. Es claro que para muchos la poesía no logra salvar, pero para otros es una forma de redención, una manera de encontrarse con lo más profundo del ser. 

Usted ha sido poeta, ensayista, crítica literaria y antlogista. ¿Cuál de estos oficios siente más cercano a su vocación?

Soy poeta por vocación, escribo ensayo por necesidad de reflexión, me ubican como crítica tal vez por el gusto del análisis y como parte de mi condición de profesora universitaria, pero no me interesa ser crítica en el sentido estricto del término, porque el crítico solo cree en su punto de vista y en su dictamen. A mí no me interesa eso. Me interesa más entender contextos, qué es lo que pasa, qué están o  han estado diciendo los y las autoras y cómo lo están o han estado haciendo, cuáles las expresiones y el pensamiento y de época, tal vez por eso en el espacio académico me consideran más historiadora de la literatura. La antóloga viene del placer de leer y seleccionar mis propias lecturas, y creo que también es resultado de mi ejercicio docente: el profesor ofrece sus propias antologías para cada asignatura. El poeta nace y se hace, mira y siente el mundo para expresarlo, se alimenta de experiencias vividas y leídas. Como poeta vivo en búsqueda y me siento cómoda como autora y como lectora de poesía. Las otras manifestaciones corresponden a mi profesión como investigadora y profesora de literatura que se alimenta de textos creativos de otros.

Como investigadora ha trabajado en antologías de narradoras colombianas. ¿Qué hallazgos le dejó ese recorrido por la escritura femenina en Colombia?

Con todas las antologías que he preparado, entre ellas tres de cuentistas colombianas y dos de poetas iberoamericanas e hispánicas, he reconocido que las mujeres han tenido mucho qué contar y qué decir desde siempre, y que durante mucho tiempo no fueron escuchadas y reconocidas, sino más bien marginadas. Por eso los títulos para mí son significativos: Ellas cuentan (1998), Cuentan (2019) y Contar la vida como contar los pasos (2023), Ellas cantan (2019) y Ojos de par en par(2022). Cuentan porque existen y saben narrar; hablan de la vida y tienen los ojos abiertos para ver el mundo y verse a sí mismas. Se las midió durante mucho tiempo con parámetros masculinos que dictaminaron formas y temas expresivos particulares, y desestimaron la noción de género al no tener en cuenta que cada cual tiene sus propias estructuras y modos de comunicación. Muchas veces he dicho que se consideró a las mujeres solo para la vida doméstica, para estar recluidas en el hogar y ser sus guardianas, y a los hombres como los artífices de grandes hazañas y conquistas. A ellas se les catalogó como confesoras de sus emociones y penas amorosas y a ellos se les definió como conscientes de la realidad. El reconocimiento de las poetas mejicanas Sor Juana Inés de la Cruz y Rosario Castellanos, muestra otra cosa. Preparando las diversas antologías que he hecho desde fines del siglo anterior, no solo he conocido a autores y autoras colombianas, sino he visto formas de pensamiento y expresión, temas e inquietudes de época, problemas sociales, políticos y culturales y, especialmente, he conocido la historia de Colombia, momentos álgidos, similitudes y contrastes con otros países. Pero con las antologías de autoras he percibido universos fascinantes que van más allá del inmediatismo personal. Sus cuentos, relatos y poemas no son únicamente confesionales, como se afirmaba con desdén, sino hablan de problemas de las mujeres en general, de la sociedad de su tiempo, de formas de vivir y estar el mundo. Cada época tuvo sus autoras que hablaron de sus miedos y supieron nombrarlos como algo también común, como fue el caso de la monja Francisca Josefa del Castillo en la Colonia que al escribir sus Afectos no solo hablaba de sus pesadillas, sino de las convicciones religiosas de la época y de las estructuras de la sociedad en general. Han sido agudas observadoras de la realidad y de las emociones,  como algunas de las escritoras de Cuadros de costumbres, que fueron  capaces de mostrarse a sí mismas y también a  la época que les ha correspondió vivir y, como Soledad Acosta de Samper, que a comienzos del siglo pasado escribió ensayo y narrativa crítica de la sociedad y de los modelos que encasillaron a las mujeres, e hizo señalamientos a la política y al enclaustramiento y fue capaz de invitar a las mujeres a tomar conciencia de sí mismas y les habló de la importancia de formarse para buscar otros derroteros. A medida que se avanza en el siglo XX, hubo narradoras que hablaron de violencia y crearon personajes con características psicológicas como Magdalena Fetty, otras mostraron la realidad social y la violencia, como Emilia Ayarza y Matilde Espinosa, y si gracias a la conciencia feminista algunas se expresaban rabiosas por el peso de la opresión de la que fueron víctimas y quisieron reivindicarse apostándole a la libertad de expresión y a la construcción del mundo, como Montserrat Ordóñez al ‘descubrir’ autoras como la mencionada Acosta de Samper y Elisa Mujica, de la que destacó la manera de asumir los retos de las mujeres y sus desplazamiento sociales y culturales en las grandes ciudades, así como a  Marvel Moreno, esa barranquillera que metió el dedo en la llaga de la sociedad patriarcal caribeña y renovó el lenguaje narrativo al darle importancia a la mirada. Por otro lado, la narradora y ensayista feminista Helena Araújo, autora de La Scherezada criolla, puso en crisis la sociedad bogotana con sus burlas y cuestionamientos y abrió las puertas a la reflexión profunda sobre la escritura de autores colombianos y especialmente de la de las mujeres, destacando temas sociales, eróticos y existenciales. A medida que se avanza en el tiempo hasta estos cinco lustros del siglo XXI, las escritoras se han desempañado con solvencia de pensamiento y las más recientes encontraron esas puertas abiertas y han asumido mayor autonomía y definición, seguridad con sus apuestas y conquistas de nuevos lenguajes y temáticas, siendo más épicas y personalistas, capaces de manifestarse con altura literaria en terrenos que antes eran impensables en las mujeres: escriben sobre historia y política, se aventuran con la ciencia ficción, la literatura grotesca, la narrativa policiaca, hablan de violencia, son críticas, irónicas y juguetonas y, curiosamente, cada vez hablan menos del amor y más del controvertible mundo actual. Para mí ha sido todo un descubrimiento y un aprendizaje. 

¿Considera que la literatura escrita por mujeres ha sido suficientemente reconocida dentro del canon colombiano?

En algunos escenarios y en determinados medios aún hay reticencia con la literatura escrita por mujeres y algunos siguen considerándola una escritura menor. No me parece que algunos autores las lean y percibo que son muy pocos los que asisten a las presentaciones de sus libros o a sus recitales. Noto, a veces, una especie de lucha de géneros, pero creo que en las más recientes generaciones se da mayor apertura para aceptar la escritura de las mujeres e incluso de la de los LGBTQ+, al reconocer sus potencialidades y logros. Si la narrativa ha sido conquistada, en la poesía sucede otro tanto con el carácter renovador, a partir de María Mercedes Carranza. La poesía de mujeres ha ido desprendiéndose del lenguaje meramente intimista para mostrar con escepticismo el mundo roto, las grandes fracturas de la sociedad, los vacíos, la crisis de la historia. Ha quedado abolido el lenguaje confesional y, sin lugar a dudas, están a la vanguardia.

En su libro de ensayo Ciudades escritas usted aborda la relación entre literatura y ciudad. ¿Cómo dialogan los espacios urbanos con la imaginación literaria?

La ciudad determina una forma de vida y de pensamiento, una manera de ser, actuar, de comportarse a nivel individual, social y cultural. La ciudad no es solamente una instalación física con calles y semáforos, casas y edificios, parques y centros comerciales, cines y espacios para espectáculos… La ciudad implica relación con sus individuos que son habitantes o transeúntes. Y también implica relación con la historia y sus conflictos. La casa misma habla de las formas de habitarla y refleja la condición humana, social y cultural de sus habitantes. Cada construcción obedece a unas estructuras y formas de vida de los individuos y de la sociedad y a unas maneras de ser y comportarse.  Los creadores escriben la ciudad haciendo diversos recorridos: unos las muestran en sus calles e individuos según clases sociales, creencias, ideologías y comportamientos, otros las recorren según determinadas experiencias diurnas o nocturnas, otras las miran desde los transeúntes, en la música y en el ruido, en la peligrosidad, en la crisis de sentido. La ciudad puede ser el lugar ideal para vivir y al mismo tiempo el lugar del desorden, la emergencia y la catástrofe. En ella coexisten lo íntimo, lo privado y lo público. Así que la imaginación literaria parte de la complejidad inherente a ese ser vivo y en constante transformación que depende también de sus habitantes o pobladores. No se trata solo de decir literatura urbana, sino de entender lo que representa para cada autor (llámese poeta, narrador, arquitecto, artista plástico, músico). Quienes se refieren a ella proyectan representaciones de la ciudad, imaginarios que despiertan en unos y en otros según su propia concepción de ciudad. Una ciudad es muchas ciudades. En las ciudades todos los caminos se cruzan y las visiones pueden ser efímeras: hay ciudades provincianas y cosmopolitas, ciudades museo, ciudades dormitorio, ciudades históricas, ciudades ideales o arcadias de la cultura o del mundo feliz, ciudades del caos, ciudades planetarias, ciudades de individuos solitarios… y como tal han sido representadas en la literatura. “Todas las calles son un largo monólogo mío”, dijo el poeta Rogelio Echeverría y hablaba de recorridos de individuos solitarios; otros poetas las ven como lugares de crisis de sentido, gueto o laberinto, como Juan Manuel Roca; otros como una jungla donde “hombres mitad gatos cazan entre ruinas”, según el poeta José Manuel Arango. Muchos y muchas poetas las han representado con efusión o cuestionamiento.

-Ibagué y el Tolima aparecen con frecuencia en su universo poético. ¿Qué significa para usted escribir desde esa geografía afectiva?

Son mis comienzos. Mi raíz. Lo entrañable. Lo memorable. El paraíso perdido, a pesar del dolor y el temor de la violencia. Ibagué y el Tolima son mi música, un patio con golondrinas y corcheas, digo en algún poema refiriéndome a mis años en el conservatorio, al parque de Bolívar y sus árboles con sus pájaros (antes eran las chicharras) a la salida del colegio de La Presentación, el mismo parque donde de niña aprendí a montar en triciclo y de adolescente a echar monedas en la fuente para pedir deseos, al parque Centenario como una evocación infantil, y el Nevado con sus leyendas que no olvido: ‘el río de nieve’. Son muchos mis lugares entrañables y geografías imaginarias que remiten al Tolima: lejanas fotografías familiares, el Fresno con las casas de amplios corredores y balcones, los espejos de luna de las tías, el campo, los viajes en tren, el olor de las frutas y del aire, los ocobos y sus flores derramadas en el suelo. Las comidas, el Bunde, el Bunde siempre. Los barrios de mi infancia y adolescencia: Belén, La Pola, Magisterio, La Macarena. Y los jardines de mi casa. Remitirme a esa geografía es asumir mi anclaje.

Ha recibido premios y reconocimientos en distintos países. ¿Cómo se vive la recepción internacional de una obra poética escrita desde Colombia?

Es bonito y grato ser reconocido afuera, ver que mi poesía y los oficios que he desempeñado atraviesan fronteras, que como poeta soy mucho más profeta fuera de mi país. Sin embargo, los premios y distinciones solo dicen que estoy haciendo bien la tarea y son un estímulo para seguir. Todavía queda mucho por hacer y por decir.  Los premios se agradecen, pero no son la última palabra.

¿Qué papel desempeña hoy la poesía en una época dominada por la inmediatez y la velocidad digital?

La poesía sigue siendo una forma de expresión importante que tiene un público muy selecto. Hoy más que nunca, en tiempos de falsos mensajes y experiencias espantosas la poesía se da como una necesidad de encuentro con lo más íntimo y profundo de las emociones humanas. El solo hecho de ver la convocatoria de festivales como el de Medellín, demuestra reconocimiento y entusiasmo tanto de los poetas invitados como del público.

Usted ha sido profesora universitaria durante muchos años. ¿Qué le han enseñado sus estudiantes sobre la lectura y la literatura?

La relación docente y estudiante es interesante. Es un mutuo aprendizaje. El profesor enseña desde sus propios aprendizajes y trayectoria; los alumnos enseñan desde su propia visión de la vida y desde sus propias lecturas y formas de percepción de la vida y de la literatura misma. A un buen profesor pueden hacerlo sus alumnos. Los muy aventajados son un reto, tanto como los menos interesados. Los alumnos ayudan a estar al día no solo en lecturas, sino en intereses y modalidades de comunicación, es desde ellos que el profesor entiende nuevos retos. No es una relación de arriba el profesor como autoridad y abajo el estudiante sumiso, sino entre futuros pares. También ellos tienen mucho por decir, no solo de literatura, sino de la vida y otras expresiones comunicativas. 

¿Qué tipo de lecturas y qué autores recomendaría hoy a los jóvenes que desean formarse como lectores o escritores?

Lecturas que sean afines a ellos, que les gusten, que los apelen. La lectura forzada de determinados libros y autores puede ser un repelente para un buen lector y un escritor. Generalmente, trato de interesarlos con cuentos y textos breves, para que vean el potencial que hay allí y entiendan que por larga que sea una obra no necesariamente hay que acudir a ella, que hay tiempo para leerla. Es un proceso de enamoramiento de la lectura. De iniciación. Los textos breves motivan. Los clásicos pueden aburrir, así que hay que pensar en los gustos y las personalidades de esos potenciales lectores y escritores. Al hacerles leer autores más cercanos, se les puede ir mostrando de dónde vienen sus temas y escrituras, irlos llevando de la mano hacia la tradición. Autores como Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Julio Cortázar, Jorge Borges, Juan Carlos Onetti, María Luisa Bombal, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Marvel Moreno, Augusto Monterroso… Los ensayos breves sobre los secretos de la creación, como los de Luisa Valenzuela, les abren perspectivas. Con la poesía es más complicado porque hay cierto temor con ella: algunos creen que se trata de rimar y expresar sentimientos amorosos y otros creen que es para expresar conceptos filosóficos. Les muestro que se puede escribir cantando y que la poesía en una canción del alma, como en Aurelio Arturo, o que se puede escribir pensando, como Borges, o que se puede escribir cuestionando, como María Mercedes Carranza. La iniciación es eso: llevar de la mano y hacer entender que en los autores hay quiénes los anteceden.  

-¿De qué tipo de textos cree que deberían huir los jóvenes lectores si quieren cultivar un criterio literario sólido?

Más que hacerlos huir de determinadas lecturas, es hacerlos entender que la lectura forma o deforma el gusto y el criterio literario y la misma concepción de la vida. Hay que hacer comprender que no todo lo que está escrito es valioso y que leer a los grandes autores puede ser un privilegio. 

Cuando mira su trayectoria, ¿qué libro o momento considera decisivo en la consolidación de su voz poética?

Cada libro pertenece a un momento. Con el primero, El tiempo se volvió poema (1974), siento especial sintonía; es un libro fresco, casi inocente y en el que introduzco una de mis preocupaciones: la temporalidad, el pasar. Fue un libro que me ayudó a armar mi profesor Giovanni Quessep, él seleccionó poemas sueltos y salvó los que quedaron. Con la vida(1996), ya muestra mayor madurez: es lo familiar, la vida y la muerte, los temas eternos. Y de lo más reciente, Caligrafía de la sombra me representa en lo que hoy soy, más comprometida con la época que me tocó vivir. Es un libro de preguntas y definiciones, un libro más cívico, como dijo el poeta Alfredo Pérez Alencart.

Finalmente, ¿qué palabra —si tuviera que elegir una— definiría su relación con la poesía?

Algarabía. Suena a canto y vuelo de pájaros.