Constituye para mí un placer, un deleite, un privilegio y, sobre todo, una bendición. Creo que no sobran los calificativos para expresar lo que significa entrevistar a mi tío materno Miguel Ramón Villarreal Atencio, hijo de Miguel María Villarreal Lericí, mi abuelo, y Zoila Elena Atencio Rivera.

El viejo Miguel María, en sus andanzas por los caminos rurales del antiguo Bolívar, llegó a Guaymaral, un caserío de Córdoba Tetón, y allí conoció a María Meza: mujer menudita, humilde campesina de belleza silvestre, de esas que parecen haber nacido con la gracia de los campos. Nunca pisó una escuela, pero la vida, con sus duros aprendizajes y sus hondas lecciones, fue su maestra.
De aquella noche de pasión nacería Victoria Elena Villarreal, la mujer que me daría la vida. A Miguel Ramón, mi tío, lo conocería muchos lustros después. Desde entonces hemos cultivado una relación afectuosa y sólida, alimentada por varias afinidades que parecen venir de la misma raíz: las letras, la música y el amor entrañable por la familia. Pero esa es otra historia.
Miguel Ramón es poeta, cuentista, compositor, guitarrista, topógrafo y profesor titular pensionado de la Universidad de Córdoba, donde ejerció la docencia en los programas de Ingeniería Agronómica, Topografía y Acuicultura, de la Facultad de Ciencias Agrícolas. Nació en Zambrano (Bolívar), el 4 de julio de 1950, con el río Magdalena extendido en la distancia y su rumor cercano como una de las primeras músicas de su memoria,
Como cantautor, intérprete vocal y guitarrista, inscrito en la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (Sayco) y Acinpro, ha construido una trayectoria musical que atraviesa diversos ritmos y geografías. Realizó tres trabajos con el grupo de cuerdas Los Zambraneros y uno con el grupo Ébano, integrado por catorce canciones de su autoría. Fue voz líder de los trabajos discográficos Corazón Caribe, Convéncete y La Sinú Star, en los que interpreta composiciones de compositores cubanos, puertorriqueños, argentinos y colombianos.
A esa discografía se suman Tributo a José Barros, realizado con la Orquesta de Gaitas del maestro Juancho Nieves y su Tribu Barají; Al compás del son, con la Orquesta Sinú, selección de canciones del folclor vallenato llevadas al lenguaje del son cubano y el danzón, y Soy el porro sinuano, una versión cantada de porros, sinuanitos, gaitas, cumbias y fandangos, en la que asume la voz líder de once temas con arreglos del maestro Hernán Contreras y la Banda Sinú Star. Estos trabajos pueden encontrarse en Spotify, YouTube y otras plataformas.
Su vínculo con la música también lo ha llevado a ejercer como jurado en distintos encuentros folclóricos: Pito Atravesao, en Morroa (Sucre); Festival Vallenato en Guitarra, en Codazzi (Cesar); Festival de Pitos y Tambores, en Zambrano; Festival Nacional de Poetas, Decimeros y Declamadores; Poema cantado Chinú (Córdoba), y Festival Nacional del Porro Pelayero, en San Pelayo (Córdoba), entre otros.
Su palabra, además, ha cruzado escenarios en los que convergen la poesía, la música y la narración, entre los cuales se cuentan el Parlamento Internacional de Escritores de Cartagena de Indias, La Cueva en Barranquilla, Biblioteca Municipal de Valledupar, Casa de la Cultura Raúl Gómez Jattin de Cereté, Río de Libros Montería, Festival de Literatura de Córdoba y del Caribe en Montería – Grupo El Túnel, Teatrino Comfamilar de Barranquilla y en muchas instituciones Educativas de Montería y El Alto Sinú en el Departamento de Córdoba.
Su producción bibliográfica revela otra de sus vertientes: la del escritor que convierte la memoria, el amor y la vida cotidiana en materia de creación. Entre sus títulos figuran Versos iniciales (2001), Bajo el mismo cielo(2003), Bajo el puente, antología en la que participa con cinco poemas, El burro catapila, cuentos (2005), La maestra de León Medio, cuentos, volumen que incluye también Un canto a la vida y el amor, de poemas (2013), Serenata antes de la hora final (2017), Luna de octubre (2019), El ocaso de un ruiseñor (2021), En la intimidad de tus aguas (2024), Versos para amar a una mujer (2025) y Poetas en el Valle del Sinú, Antología Poética (2026). Actualmente, como gestor cultural, dirije el programa de entrevistas Literatura, Música y Poesía, que se emite por Unicórdoba Stereo 90.0 FM, de la Universidad de Córdoba, en Montería. Un espacio dedicado a rescatar y exaltar la memoria y la obra de nuestros músicos, escritores y poetas de Córdoba y del Caribe colombiano.
De su vena de rapsoda me encanta un poema breve que suelo repetir, porque en apenas tres versos parece caber una historia de amor, un río y dos orillas que se buscan:
En las aguas del río
navega el beso
que une nuestras orillas.

A continuación, la entrevista con mi tío Miguel Ramón, ‘El Migue’, como lo llaman sus amigos. En estas líneas que vienen a continuación comparte sus pasiones artísticas y una mirada sobre la vida en la que la lectura se erige como fundamento de la creación, la honestidad como principio de la enseñanza y la búsqueda de la belleza en lo cotidiano como una forma íntima de espiritualidad.
Entre Zambrano, Cartagena y Montería transcurrió buena parte de su formación y, con ella, fue tomando forma una vocación que terminaría marcando su vida. ¿Qué maestros, circunstancias y decisiones fueron trazando ese camino hasta convertirlo en docente de la Universidad de Córdoba?
Tuve la fortuna de nacer en Zambrano (Bolívar), un pueblo pequeño donde recibí una de las herencias más valiosas de mi vida: la enseñanza de Don Rafael Mercado García, el mejor maestro que he tenido y quien todavía vive. En la Escuela Urbana de Varones recibí una formación tan sólida que, cuando llegué al Liceo de Bolívar, en Cartagena, llevaba bases firmes en lenguaje, matemáticas y geografía. Tenía apenas unos 14 años cuando llegué a la capital de Bolívar, y allí, mientras cursaba el bachillerato conocí a los profesores Simón Almanza Castillo y José A. Muñoz, a los que siempre guardaré en mi corazón, por la calidad de su enseñanza y su invaluable amistad. Después vine a Montería e ingresé a la Universidad de Córdoba para estudiar Topografía. Las enseñanzas recibidas me permitieron avanzar con solvencia y graduarme con honores. Incluso, por mi rendimiento académico, fui eximido del pago de la residencia universitaria, ubicada en la calle 30 con carrera segunda. Más tarde regresé a Cartagena y fui admitido en Hidroestudios, con un salario de cinco mil pesos, una suma considerable para aquella época. Pero el destino tenía otro camino reservado. Antes de partir, participé en un concurso de la Universidad de Córdoba gracias a la gestión de mi gran amigo Misael Díaz Urzola, quien años después fue asesinado y cuya memoria permanece en la institución. Fui seleccionado como profesor y tuve que escoger entre los cinco mil pesos de Hidroestudios y los cuatro mil quinientos de la Universidad. No lo dudé: escogí la docencia. Perdí quinientos pesos, pero gané el oficio que terminaría dándole sentido a mi vida. Desde entonces, aquí me quedé, acompañado por la certeza de que algunas decisiones no se toman con la calculadora, sino con el corazón.
¿Cómo llegó usted a la guitarra?
Llegué a la guitarra por fascinación. Cuando tenía unos doce años, en Zambrano, seguía a un grupo de guitarristas —Martín Hernández, Evelio Ramírez, Miguelito Ramos, Humberto Guerra y otros— y podía pasar horas viéndolos tocar. También, muy cerca de la casa de mi papá, ensayaba la Jazz Band Tropical Club, dirigida por Froylan Martínez, y aquello terminó de despertar mi amor por la música. Ya en Cartagena, cuando tenía unos quince años, el maestro José María Terán me preguntó por qué no aprendía a tocar guitarra. Le dije que no tenía una y él se ofreció a fabricármela. Mi mamá me ayudó a comprar las cuerdas, el clavijero y un metro de una varilla de acero para los trastes en el diapasón de la guitarra. El maestro puso la madera y su trabajo de ebanista. Así tuve mi primera guitarra.
Aprendí inicialmente por mi cuenta, copiando un método que me prestó César Cohen, y después recibí algunas enseñanzas de Martín Hernández, un extraordinario guitarrista de Zambrano. La falta de recursos me impidió estudiar en Bellas Artes de Cartagena. Mucho después, en Montería, conocí a Antonio Vanderbilt Puche, mi hermano y amigo de la música, y Alfredo Zumaqué, y con él realmente progresé. Conocí muchos guitarristas en distintas partes del país, pero nunca vi uno como Alfredo. Era diferente: tocaba la guitarra de una manera única y fue un maestro extraordinario para mí. Me enseñó las armonías en la guitarra, muchas formas de digitar, de tocar los bajos.
Para usted, la lectura parece ser el punto de partida de toda vocación literaria. ¿Qué autores recomendaría a los jóvenes y qué experiencia despertó en usted el deseo de escribir?
Recomendaría a Pablo Neruda y Gabriela Mistral, por la fuerza de su poesía amorosa y social; también a Rafael Alberti y Federico García Lorca. En prosa, aconsejaría los cuentos de Edgar Allan Poe, por la maestría de su escritura y su capacidad para crear atmósferas, y Doce cuentos peregrinos, de Gabriel García Márquez. También recomendaría leer novelas cortas y algunas buenas colecciones de cuentos, porque ayudan a comprender la estructura narrativa y a disfrutar la literatura. Recuerdo, además, un libro de cuentos ecuatorianos en el que aparecía El fraile que cabalgó en el caballo de la muerte, un relato extraordinario. El cuento es un género breve, pero de enorme complejidad: exige precisión, dominio del lenguaje y capacidad para construir una historia en pocas páginas. Para escribir hay que leer. La lectura es al
escritor lo que el estudio y la práctica son al músico: nadie aprende a tocar
guitarra o violín sin escuchar y estudiar a quienes dominan esos instrumentos.
En mi caso, el profesor José A. Martínez, del Liceo de Bolívar, despertó esa
inquietud. Cuando tenía unos 15 años nos pidió escribir un cuento, un
poema o un chiste. Yo escribí un cuento inspirado en los apodos de los jóvenes chaluperos de Zambrano, que viajaban a Plato, Córdoba Tetón, Magangué y Barranquilla. No recuerdo todos los detalles de aquella historia, pero sí recuerdo que aquel ejercicio encendió en mí una llama que nunca volvió a apagarse.
Su padre, Miguel María Villarreal Lericí (mi abuelo materno) nativo de San André del Río (en esa época corregimiento de Zambrano, Bolívar), parece ocupar un lugar esencial en su vida y en su obra. ¿Qué significa para usted su figura y cuál es la huella que dejó en su formación?
Para mí, mi padre lo significa todo. En él aprendí que la honestidad no es solo una virtud, sino una manera de caminar por la vida; que pensar libremente es también una forma de dignidad. Él sembró en mí el amor por la libertad, el sentido de la justicia y el valor de las buenas costumbres. Por eso, con el paso de los años, siento que su legado permanece en mí como una semilla que sigue dando frutos. Lo recuerdo como fue: un hombre libre, justo, honesto y de profundas convicciones.
Es un artista versátil que se mueve como pez en el agua
entre el verso, la prosa y la música, tanto en la composición como en la
interpretación. Esa multiplicidad de facetas plantea una pregunta inevitable: ¿en cuál de esas expresiones del arte siente que alcanza su mayor plenitud y fortaleza? ¿En la escritura de poemas, en la narrativa, en la composición musical o en el canto?
Bueno, la verdad, es una pregunta difícil de contestar,
porque yo amo el arte en todos sus géneros: en la poesía, en la música, en la
narrativa y en la composición musical. De tal manera que no puedo realmente
escoger entre una y otra, porque, por ejemplo, yo soy un apasionado por la
guitarra. Todos los días toco la guitarra, todos los días canto, pero también
algunos días me levanto y escribo, y escribo y escribo, ya sea poesía o sean
cuentos. Casi nunca dejo de escribir y lo hago siempre con el mismo amor y con
la misma pasión.
¿Qué lo motivó a publicar Versos Iniciales, su primer poemario?
Realmente, siempre tuve la expectativa de publicar. En ese
momento contaba con una poesía que había ido escribiendo y trabajando durante
muchos años. Entonces decidí reunir esos textos y publicar Versos Iniciales.
Fue también una manera de atreverme a entrar en ese difícil mundo de la poesía
y de mostrar que uno puede asumir el riesgo de compartir con los lectores
aquello que ha venido escribiendo y madurando durante tanto tiempo.
Si un apocalipsis borrara todo y solo pudiera conservar
cinco poemas de Versos Iniciales, ¿cuáles salvaría de ese naufragio y
por qué?
Salvaría, sin duda, los poemas dedicados a mi padre, Miguel María; a mi hermana Marina; a mi hija Noris; y a mi esposa Carmen Teresa, porque están ligados a
afectos muy profundos de mi vida. También rescataría los poemas de contenido
social, entre ellos Flores de Libertad y Dolor de amigo. En esos cinco
textos quedarían a salvo, de alguna manera, los afectos familiares que me han
marcado y también mi mirada sobre la realidad social.
En Flores de libertad, poema de una hondura social que conmueve al lector, aparecen personajes como ‘Jacinto Campo’, ‘Genaro Sindicato’ y ‘Joche docente’, que parecen trascender lo individual. ¿Son personas concretas o símbolos de una realidad colectiva?
Son símbolos. Cuando hablo de Genaro Sindicato, por ejemplo,
no me refiero a una persona específica, sino al movimiento sindical y a todos
aquellos trabajadores que luchan por sus derechos. Lo mismo ocurre con ‘Joche
docente’: representa a tantos maestros sacrificados por mostrar la realidad y
oponerse a la violencia. ‘Jacinto Campo’ encarna también a quienes han
terminado en el anonimato y el olvido. Y lo digo en el poema: A Jacinto
Campo, en las sombras de las aguas, los señores de la parca lo convirtieron en
N.N. Al final del poema, yo soy resiliente cuando digo que llevaré en mis
pasos a los sembradores de esperanza, condenados con sevicia por amar el dolor
de los demás, y cuando digo que, aunque me acechen las sombras, por respeto a
la vida, llevaré en mis manos flores de libertad.
El burro Catapila es uno de sus pocos textos en prosa y ha sido muy celebrado por la crítica. ¿De dónde nace este personaje y
qué realidad de Zambrano quiso representar en él?
Realmente, El burro Catapila y otros cuentos de Zambrano
nació de la memoria de mi pueblo y de muchas personas que conocí allí, hombres
y mujeres que, a pesar de sus carencias físicas y económicas, tenían la
capacidad de disfrutar la vida y de enseñarnos a nosotros a disfrutarla
también. De esas vidas sencillas, de esas historias y de esa manera de
enfrentar las dificultades nació Catapila, un personaje que, aunque tiene la
apariencia de un burro, lleva consigo mucho de lo que somos. Cuando Catapila es
vendido al circo, deja de ser solamente un animal y se convierte en un símbolo
de resistencia: representa la dignidad de quienes no permiten que los que
vienen de afuera compren su conciencia ni los traten mal. Catapila encarna, de
alguna manera, ese espíritu de mi pueblo que se niega a bajar la cabeza ante el
abuso. Y cuando aparece Juan Martínez, estoy hablando del campesinado, de ese
hombre que trabaja la tierra, que lucha por sus quehaceres, por sus cosechas y
por recoger el fruto de sus siembras. Por eso digo que no es Catapila quien se
come la cosecha. La cosecha se la comen otros: aquellos que no tienen
escrúpulos, los que roban al campesino su sustento y le arrancan de las manos
el producido de su trabajo. En ese sentido, Catapila y Juan Martínez dejan de
ser personajes individuales para convertirse en voces de una realidad que yo
conocí y que quise transformar en literatura.
Usted es un hombre de sólida formación académica y, al
mismo tiempo, poeta y narrador. ¿Cómo conviven en usted el rigor del docente y la libertad creadora de la literatura?
Como docente, siempre he entendido que el profesor no puede
especular ni fabular. Tiene que partir de un conocimiento, respaldado también
por la experiencia, y saber transmitirlo. No puede enseñar sobre premisas
falsas, porque, si parte de ellas, necesariamente llegará a conclusiones
falsas. Esa es la responsabilidad que corresponde al maestro. En la poesía y en
la narrativa ocurre algo diferente. Allí la fantasía tiene un papel
fundamental: así como adorna la poesía, también enriquece el cuento. Nosotros,
como poetas o narradores, podemos partir de hechos reales, pero también
recurrimos a figuras literarias como la hipérbole, es decir, a las
exageraciones, y a la fantasía propiamente dicha. Esa libertad permite
transformar la realidad y darle una dimensión distinta. Un poema, si es
completamente retórico, corre el riesgo de no cumplir su verdadera función.
Tiene que provocar al lector, despertar su pensamiento, llevarlo a preguntarse
algo. De la misma manera, cuando uno escribe un cuento, necesita incorporar
cierta prosa poética para despertar el interés; no puede ser un relato
demasiado lineal, demasiado seco. Por eso considero que existe una diferencia
muy marcada entre la docencia y la creación literaria. El profesor tiene que
enseñar desde el conocimiento, la experiencia y el rigor; el poeta y el
narrador pueden acudir a la imaginación, a la hipérbole y a la fantasía. Son
dos formas distintas de ejercer la palabra, y ambas forman parte de mi vida y
de mi actividad.
Su poesía social nace de una mirada atenta sobre las
heridas de la sociedad. En Niño de la calle, la infancia desamparada
deja de ser una imagen cotidiana para convertirse en una denuncia poética. ¿Qué realidad encontró en esos niños y qué quiso decirles, a través de sus versos, a las autoridades y a la sociedad?
Me inspiró el abandono que sufre la niñez en este país,
donde ser un niño desamparado parece no importarle a nadie. Las autoridades no tienen un plan suficiente para ellos y muchos terminan atrapados en la violencia y las drogas. Cuando uno recorre las calles encuentra niños en los semáforos, jugando,
pidiendo dinero y, algunas veces, realizando actos que no corresponden a su
edad. Esa realidad me conmovió y me llevó a escribir Niño de la calle. Más que contar una tragedia, quise levantar una voz de alerta por esa infancia olvidada. Quise decirles a las autoridades que detrás de cada niño hay una vida que merece ser protegida y rescatada. Esos niños no deben terminar en la violencia ni en la guerra; necesitan oportunidades para crecer, educarse y construir un futuro digno. La poesía, en este caso, no busca únicamente conmover: también quiere señalar una herida que permanece abierta. Porque cuando un niño es abandonado, la sociedad entera queda en deuda con él. Y rescatarlo significa impedir que la violencia le arrebate el derecho a convertirse en un ser humano útil y digno para la sociedad.
Además de guitarrista, compositor y cantante, usted ha ejercido como gestor cultural. ¿Cómo nació ese vínculo con la música y qué ha significado para usted dejar un registro sonoro de las expresiones musicales de su tierra?
Desde muy joven fui gestor cultural y procuré que los grupos de cuerdas de Zambrano (Bolívar) pudieran dejar su música para la posteridad. En una época en que todavía no existía el casete, impulsé tres trabajos discográficos bajo el título Los Zambraneros, con cerca de cuarenta canciones. Los discos fueron grabados en Felito Records, en Barranquilla, y en Discos Fuentes, en Medellín. Con los años, aquellas
grabaciones se convirtieron en memoria viva y todavía se escuchan en emisoras
de Zambrano, El Carmen de Bolívar y Plato. Después, como guitarrista y
compositor, comencé a incorporar mis propias canciones en diferentes proyectos
musicales. Con el grupo Ébano grabé catorce composiciones de mi autoría, con el grupo Nosotros se grabaron dos de mis canciones y el resto de los autores sinuanos, con el magistral requinto de Antonio Vanderbilt Puche, y posteriormente hice otras grabaciones con La Sinú Star. Ese recorrido me permitió vincularme a Acinpro y Sayco y consolidar una trayectoria como compositor. También trabajé con orquestas, grupos de cuerdas, conjuntos vallenatos y agrupaciones de gaitas. Parte de ese legado permanece hoy en plataformas digitales como Spotify y YouTube. La música me ha dejado satisfacciones, amigos y, sobre todo, la alegría de haber contribuido a conservar la memoria sonora de mi tierra, siempre bajo la generosidad de Dios.
Usted ha dedicado parte de su trabajo a rescatar y reunir
voces esenciales de la literatura monteriana y cordobesa. De ese empeño
nacieron dos antologías: Bajo el puente y, más recientemente, Poetas
en el Valle del Sinú. ¿Qué circunstancias dieron origen a estos dos
proyectos y bajo qué criterios escogió a los escritores que hacen parte de
ellos?
La primera antología nació de la Tertulia Bajo el Puente, un grupo literario que fundé en la compañía de un grupo de aventureros en la literatura, que reunió a poetas y escritores de Montería. Como publicar un libro era entonces casi una quimera para muchos autores, creé una fundación con personería jurídica y, a partir de ella, logramos reunir nuestros textos. Fue un acto de ilusión y también de osadía: llegamos a imprimir dos mil ejemplares. Allí quedaron las voces de escritores como Danith Urango Tuirán, Libardo Campos Gómez, Lina María Wadnipar, Betty Brunal, Alberto Garzón Buelvas, Serafín Velásquez Acosta, José Miguel Serrano, José Gómez Ramos, Emiliano Álvarez Olivella, Miguel Buelvas Sibaja, Asclepiades Rubio y otros autores que hicieron parte de aquella aventura. Algunos de ellos ya han muerto, pero permanecen en esas páginas. Por eso el libro terminó convirtiéndose, más que en una antología, en una pieza de memoria literaria. En este 2026 emprendí una segunda aventura con Poetas en el Valle del Sinú. Reúne 14 autores, siete mujeres y siete hombres, cada uno con diez poemas, para un total de 140 textos en 200
páginas de pasta dura. La selección reúne distintas generaciones y
sensibilidades de la poesía sinuana. Participan Carmen Alicia Pérez, Pedro
Olivella Solano, Yennilyn Lara, Serafín Velásquez Acosta, Ela Guavas, Félix
Manzur Jattin, Betty Brunal Soto, José Manuel Vergara, María Clara Rambao,
Manuel Ortiz Hernández, Carmen Cecilia Morales, José Luis Garcés González,
Irina Henríquez y Miguel Ramón Villarreal. Aspiro a que esta obra trascienda
Montería y encuentre lectores en Córdoba, el Caribe y Colombia. Pero, sobre
todo, quisiera que sirviera de estímulo para que otros antologistas emprendan
trabajos semejantes. El Sinú tiene voces suficientes para levantar muchas otras
páginas: de poesía, de cuento y de otros géneros. La literatura también
necesita quien conserve sus voces para que el tiempo no las borre.
En el mapa de la literatura, los festivales, las ferias del libro y los encuentros de escritores son puntos de confluencia para la palabra. Usted conoce algunos de esos escenarios. ¿Qué representan realmente para un escritor: una oportunidad para compartir su obra, un estímulo para la
creación o, en ocasiones, ¿una vitrina que también puede desvirtuar el sentido de la literatura?
Son espacios necesarios y valiosos, siempre que quienes los organizan los manejen con honestidad y no los conviertan en negocios. No se trata de reclamar privilegios, sino de reconocer que detrás de cada libro hay sacrificio, tiempo y trabajo. No es justo que eventos que manejan grandes recursos esperen que poetas y
narradores entreguen su obra y su esfuerzo a cambio de nada. Por fortuna, existen encuentros más modestos, pero mucho más dignos y honestos. Pienso en el Festival de la Literatura de Córdoba y del Caribe – El Túnel, de José Luis Garcés González, que llega a su edición 34 gracias a su tesón y sacrificio. Él es, como digo, un espadachín de la palabra, un hombre que defiende a los escritores a capa y espada. Los encuentros literarios deberían llenarse de verdadera literatura, de conocimiento, y no de premiaciones. No conozco todos esos escenarios; estuve en La Cueva por una circunstancia particular y no puedo hablar de otros que no conozco. Invitar a un poeta o a un narrador implica recursos, y conseguirlos de alcaldías y gobernaciones suele ser muy difícil. Pero esos esfuerzos son necesarios si queremos que la literatura conserve su dignidad.
Porque, como dice el dicho popular, la cultura no da bulla.
En su poesía, el amor y el erotismo ocupan un espacio esencial, pero usted aborda este último desde la estética, el respeto y la sugerencia. ¿Qué significan el amor y el erotismo en su universo poético?
El amor nunca muere, aunque algunos lo consideren cursi
cuando aparece en la poesía. El amor está en todas partes y, sin amor, no puede
existir la felicidad. Todos somos hijos del amor: mujeres, hombres, niños, ancianos; buenos o malos, provenimos de él. Por eso, cuando el poeta lo convierte en verso, también afirma su permanencia. En Versos para amar a una mujer rindo pleitesía a
la mujer, porque considero que es uno de los mayores dones que Dios le ha dado
al ser humano. En cuanto al erotismo, creo que puede enriquecer el amor cuando alcanza la poesía y se expresa con belleza y altura. Mi libro En la intimidad de tus aguas, prologado por el profesor Concepción Martes Charris, transita, como él mismo
señala, por el filo de la navaja. La clave está en no cruzar la frontera hacia la pornografía, porque entonces el poema pierde su condición estética y se vuelve grotesco. El erotismo poético exige insinuación, sensibilidad y belleza. Puede hablar del cuerpo y del deseo, pero sin degradarlos ni convertirlos en espectáculo. Por eso sostengo que en la verdadera poesía erótica no caben las groserías: el deseo también puede vestirse de belleza.
Usted ha defendido la lectura como una escuela para la vida
y para la escritura. Desde esa perspectiva, ¿qué tipo de literatura considera que un joven debería leer con cautela o, sencillamente, evitar?
Más que prohibir lecturas, creo que hay que aprender a
distinguirlas. Un joven debería apartarse de los textos vacíos, escritos sin
rigor, sin autenticidad y sin una experiencia humana que los sustente. Me
preocupa, además, el uso indiscriminado de la inteligencia artificial para
producir textos que aparentan ser literatura, pero carecen de una voz propia y
de la verdad de lo vivido. También existe lo que, sin ánimo de ofender, llamaría
basura literaria: obras que no enriquecen el pensamiento, no despiertan
sensibilidad y pueden desorientar a un lector que todavía está formando su
criterio. No quisiera mencionar nombres, porque no se trata de señalar autores.
La clave está en aprender a separar el ruido de la verdadera literatura: un
buen libro no solo entretiene; deja preguntas, transforma la mirada y permanece
en la memoria.
En su vida y en su obra aparece también una profunda dimensión espiritual. ¿Quién es Dios para Miguel Ramón Villarreal?
Dios es para mí ese ser magnífico del universo que nos llena
de amor y de bondad el alma. Como decía Baruch de Spinoza, el filósofo
holandés, Dios está en todas partes. Yo lo encuentro en los pájaros, que tanto
amo; en los árboles, en los ríos, en los arroyos y en la lluvia. Ese Dios
infinito, hecho de amor, está en las nubes y también en cada uno de nosotros.
Está en mi familia, en mis hijos y en mis amigos. Es un Dios que no necesita
templos para manifestarse, porque su templo es la vida misma: el vuelo de un
pájaro, el rumor del agua, la lluvia que cae, el abrazo de un hijo, la amistad
sincera. Ese es el Dios que amo, el que me acompaña en silencio, el que encuentro
en la belleza de lo cotidiano y al que, con humildad, respeto, venero y
agradezco cada día.
La muerte es uno de los grandes misterios que acompañan al ser humano. ¿Qué significa la muerte para usted y cómo enfrenta la certeza de que algún día llegará?
La muerte es para mí un paso trascendental, inevitable, porque los seres humanos no podemos aspirar a la eternidad en este mundo. Pienso que, con la muerte, se cierra un ciclo de la vida y el alma emprende su tránsito hacia otra dimensión, hacia esa luz maravillosa que es Dios. Por eso no le temo. Sé que algún día vendrá por mí y, cuando llegue, quiero recibirla sin miedo, con serenidad y con la conciencia tranquila de haber vivido. No sé qué habrá después, pero confío en que será un encuentro con esa luz que durante toda la vida hemos buscado. Cuando llegue la hora de partir, quisiera hacerlo en paz, como quien termina un largo viaje y, al final del camino, descubre que la muerte no era el abismo que temía, sino la puerta hacia otra luz.
