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Óscar Godoy: La precisión del lenguaje y la observación

por Redacción: Noticias Coopercom

En el universo de Óscar Godoy, las palabras no son simples adornos; constituyen herramientas de precisión quirúrgica. En esta entrevista llegamos a la conclusión de que la literatura, antes que inspiración, es una forma de observación técnica. Con la agudeza que heredó del periodismo, Godoy no solo mira, sino que escudriña la realidad colombiana, para encontrar lo que queda después de la tormenta.

La trayectoria del autor se revela como un viaje de escalas. Historias que suelen nacer en el refugio de la psicología íntima, allí donde los personajes lidian con sus propios fantasmas. Sin embargo, como quien abre una ventana en una habitación cerrada, la narrativa de Godoy termina inevitablemente conectando con el exterior: una Colombia marcada por la violencia y la necesidad de una memoria histórica que se resista al olvido

Para Godoy, el lenguaje es un músculo que se entrena. Su paso por las salas de redacción le otorgó una precisión lingüística que hoy define su ficción. Esa misma disciplina es la que traslada a las aulas. En su faceta como docente, huye de los romanticismos vacíos y apuesta por la formación integral.

Residenciado en Bogotá desde 1979, Óscar Humberto Godoy Barbosa nació el 5 de julio de 1961 en Ibagué. Ese origen no es un simple dato biográfico, sino el punto de partida de una trayectoria que lo ha consolidado como una de las voces más firmes de la narrativa colombiana contemporánea.

La formación de base como Comunicador Social Periodista en la Universidad Externado de Colombia, en 1984, funcionó como el primer cimiento de una carrera definida por la observación y el rigor en el uso de la palabra.

La curiosidad intelectual lo impulsó a cruzar el Atlántico para realizar estudios sobre América Latina en la Universidad Sorbona 3 de París en 1987, con un énfasis especial en la literatura hispanoamericana. Años más tarde, en 2012, consolidó su perfil académico con una maestría en Escrituras Creativas en la Universidad de Texas en El Paso, Estados Unidos.

Su experiencia en los medios de comunicación fue extensa y fundamental para su estilo literario, desempeñándose como periodista del área económica durante doce años en Bogotá. En ese periodo, trabajó en diarios de relevancia nacional como La República, El Nuevo Siglo y La Prensa, en los que aportó una mirada analítica y técnica a la realidad del país.

Además de su labor en la prensa diaria, Godoy colaboró en revistas de perfil diverso como Negocios, Diners, Hombre y La Nota Económica, entre otras publicaciones especializadas. Esta etapa periodística le permitió desarrollar una capacidad de síntesis y una claridad expresiva que más tarde trasladaría con éxito al campo de la ficción.

A partir del año 2000, su vocación se volcó hacia la enseñanza. Se convirtió en un referente de la formación literaria en la Universidad Central de Bogotá. Allí ha dejado su huella en el histórico taller de escritores TEUC, así como en el pregrado de creación literaria y en los programas de especialización y maestría en narrativa.

Ejercer la docencia le permite mantener un equilibrio entre la técnica y la sensibilidad; a través de sus clases, guía a nuevas generaciones de escritores en el proceso de encontrar una voz propia. Quienes pasan por sus aulas reconocen en él a un mentor que insiste en la revisión meticulosa y en la lectura constante como únicos caminos posibles para el oficio de escribir.

Como autor, Godoy Barbosa se erige como una de las voces narrativas más sólidas del Tolima, con una obra que, hasta 2026, reúne seis novelas publicadas. Su entrega más reciente, La última versión, contiene una trama entre el periodismo y el género negro. Confirma la madurez de un proyecto literario en constante evolución. 

Su debut en el género largo se dio con Duelo de miradas, obra que en el año 2000 resultó ganadora del concurso nacional de novela Ciudad de Pereira.

Duelo de miradas es una pieza de 165 páginas que destaca por su particular estructura temporal. Está dividida en cinco capítulos que relatan los sucesos desde las 6:05 a.m. hasta las 12:43 a.m. de un mismo domingo. Esta novela marcó el inicio de una exploración profunda sobre los conflictos humanos vistos desde la intimidad y la tensión psicológica.

Posteriormente, en 2008, publicó El arreglo bajo el sello Caza de Libros, una historia que indaga en las decisiones morales y en las consecuencias inesperadas que transforman la existencia. Siete años después, en 2015, apareció Once días de noviembre, una obra que se sumerge en la memoria social y los eventos políticos bajo una luz humana.

Su cuarta novela, Te acuerdas del mar, fue publicada por Alfaguara en 2020 tras haber ganado el premio ENE en la Ciudad de Buenos Aires en el año 2018. Este relato se aleja de la violencia explícita para centrarse en los vínculos familiares y la persistencia de los afectos a través del tiempo y la distancia.

En 2023, presentó Los aparecidos, también bajo el sello Alfaguara. Aborda el tema de la desaparición y el duelo desde una perspectiva ética y emocional. Esta obra confirma su madurez narrativa y su interés por los silencios que habitan en la sociedad contemporánea colombiana.

El reconocimiento a su talento no se limita a la novela, pues su trabajo en el cuento y otros formatos ha sido premiado en diversas ocasiones. Ya en 1988, obtuvo el primer lugar en el Concurso Nacional de Cuento para trabajadores en Medellín con el relato titulado Mis jueves sin ti.

Esa misma versatilidad le permitió experimentar con el lenguaje audiovisual, lo que le valió el primer lugar en el Concurso Nacional de Filminutos del Ministerio de Cultura en el año 2000 con la pieza titulada Emergencia. A este logro se sumó el Premio Nacional de Guion otorgado por la programadora de televisión Punch, gracias a su obra Concierto para violín y carretera.

El relato Susana y el sol alcanzó el segundo lugar en el Concurso Nacional de la revista Número en 2008, un reconocimiento otorgado en el marco de Bogotá, Capital Mundial del Libro. Esta maestría en la distancia corta se ratificó años después, exactamente en 2014, cuando obtuvo el Premio Distrital de Cuento Ciudad de Bogotá gracias a su obra La castigada.

La labor de Godoy Barbosa también se ha extendido a la coordinación de talleres para instituciones culturales de gran relevancia en el ámbito hispanohablante. Entre 2007 y 2009 trabajó con el Ministerio de Cultura de Colombia, y entre 2013 y 2023 colaboró activamente con el Instituto Distrital de las Artes, Idartes.

Su proyección internacional como tallerista incluye su paso por el Instituto Chihuahuense de Cultura en Ciudad Juárez, México, en el año 2011. En estos espacios, ha fomentado la creación literaria como una herramienta de desarrollo social y emocional para escritores emergentes.

Se estrenó con lujo de detalles en la cuentística con Todo al revés, una antología de quince relatos. En ellos, Óscar despliega una mirada profunda sobre el ser humano. En este conjunto, el autor esculpe, con pulso fino y mirada penetrante, relatos de profunda introspección y resonancia que indagan en múltiples aristas de la experiencia vital: desde los vínculos afectivos hasta las encrucijadas éticas, pasando por esas escenas de la vida cotidiana que, bajo su pluma, revelan una intensidad emocional insospechada. Algunos cuentos fueron premiados y otros salían a la luz por vez primera.

La narrativa de Óscar Godoy se inscribe en una tradición que privilegia la introspección y el análisis de la condición humana frente a las crisis. Sus personajes suelen ser seres vulnerables enfrentados a dilemas éticos que reflejan la complejidad de la vida cotidiana en contextos de incertidumbre.

Para este autor, la escritura es un proceso de búsqueda persistente que requiere una disciplina inquebrantable y una conexión constante con la realidad. Su formación en centros académicos de Francia y Estados Unidos le ha permitido integrar diversas estéticas y visiones del mundo en su propia obra.

El estilo de Godoy se caracteriza por una sobriedad que no resta profundidad a la carga emocional de sus relatos, permitiendo que el lector se involucre en la psicología de los protagonistas. Su capacidad para construir atmósferas envolventes es una de las marcas distintivas que atraviesa toda su producción bibliográfica.

A través de sus cuentos publicados en antologías nacionales e internacionales, ha demostrado que la brevedad requiere la misma precisión que la arquitectura de una novela. Su paso por diferentes géneros es testimonio de una curiosidad intelectual que no se detiene ante las etiquetas comerciales.

La figura de Óscar Godoy Barbosa se consolida, así, como un puente generacional en la literatura del país, uniendo la experiencia del periodismo clásico con la innovación de la narrativa contemporánea. Su compromiso con la palabra escrita es, en última instancia, un compromiso con el entendimiento del otro.

En sus clases y talleres, insiste en que la literatura es un acto de escucha mutua y de revisión constante, donde el texto nunca es definitivo hasta que encuentra a su lector. Esta filosofía de trabajo es la que ha impregnado sus cinco novelas y sus numerosos relatos premiados.

La evolución de su obra muestra un tránsito coherente desde los conflictos individuales hacia una preocupación más amplia por el tejido social y la memoria colectiva. Cada libro es una estación en un viaje de exploración sobre lo que significa ser humano en un entorno marcado por la pérdida y la esperanza.

El impacto de su labor pedagógica se siente en la cantidad de nuevos autores que han pasado por sus aulas y que hoy forman parte del panorama literario nacional. Para Godoy, enseñar a escribir es también enseñar a leer el mundo con una mirada crítica y compasiva.

Su trayectoria confirma que la literatura de calidad nace de la unión entre el talento natural y el trabajo riguroso, lejos de los artificios innecesarios. Óscar Godoy Barbosa representa la persistencia de un oficio que busca iluminar las fracturas interiores de la sociedad con la luz de la ficción.

Esa voz se mantiene hoy activa y en crecimiento, de modo que se erige como un referente indispensable para quienes buscan comprender la literatura que se gesta y se enseña en la Colombia del siglo veintiuno. El legado de Godoy funciona como un mapa de historias que invitan a no olvidar y a seguir interrogando la realidad a través de la belleza del lenguaje.

Su obra narrativa parece indagar en las fisuras íntimas del ser humano: ¿escribir es para usted una forma de explorar lo que nos duele o lo que nos define?

La literatura, como las demás artes, siempre hablará de lo que somos como humanos, de lo que nos constituye, lo que nos duele, lo que nos preocupa, lo que nos emociona, lo que nos enfurece, lo que nos pone a vibrar con el universo. En ese sentido, cuando escribo, cuando le doy vida a unos personajes de ficción y los sumerjo en una trama narrativa, es inevitable que los construya desde adentro, desde su condición humana más profunda, y por supuesto, por ese ejercicio de ponerme en sus zapatos se configura una indagación en las complejidades de la naturaleza humana.

En Duelo de miradas su primera novela, ya aparece una preocupación por la psicología de los personajes: ¿qué le interesaba revelar del alma humana en ese momento inicial de su obra?

La novela Duelo de miradas narra la historia de un grupo de personajes juveniles que empiezan a experimentar con el amor, el deseo, el erotismo, la frustración, la rabia y la rebeldía contra las imposiciones de la sociedad. Me interesaba justamente explorar esas sensibilidades exaltadas, esas pasiones insatisfechas, esa vitalidad que acaba imponiéndose a pesar de los obstáculos, esas decisiones impulsivas que se toman sin pensar en las consecuencias. 

El arreglo plantea dilemas morales complejos: ¿cree que la literatura debe incomodar al lector o acompañarlo en sus certezas?

Lo que siempre he buscado en mi escritura es indagar en los vericuetos de la naturaleza humana, tanto en situaciones límite como en las aguas aparentemente tranquilas de la cotidianidad. En esta novela se plantea una relación amorosa que se sale de lo cotidiano y se aventura por terrenos que pueden transgredir las reglas de la sociedad. Cuando escribo siempre me planteo búsquedas temáticas y estéticas que renueven lo anterior, que exploren nuevos territorios, y mi propósito siempre es lograr un texto que seduzca, que conmueva, que deje preguntas, que suscite emociones, dentro de un universo propio, coherente y verosímil. Si el resultado incomoda o acomoda al lector, eso entra en el universo de posibles del trabajo literario.

En Once días de noviembre, lo histórico y lo humano convergen: ¿cómo logra equilibrar la memoria colectiva con la experiencia individual?

Con esta novela empecé a distanciarme de esas historias intimistas y poco conectadas con el entorno que planteé en las dos obras iniciales, para arriesgar una exploración sobre las realidades de mi tiempo y mi país. Pero por el camino me di cuenta de que la única manera de conectar dos hechos tan dolorosos como la toma del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero era mediante la experiencia de un grupo de personajes que a su pesar acabaron involucrados en ambos hechos. La historia, lo sabemos muy bien, nunca ocurre en abstracto. Son seres humanos los que la propician y la padecen, y en esa medida no se puede escribir sobre temas tan dolorosos sin trasladarlos a la experiencia particular. Por eso, esta novela reconstruye de manera dramática los acontecimientos, pero siempre desde la perspectiva y la sensibilidad de ese grupo de personajes que viven sus propios conflictos, con el telón de fondo de la violencia y la tragedia natural.

Te acuerdas del mar parece una novela atravesada por la nostalgia: ¿la memoria es un refugio o una forma de condena?

Esta es una novela sobre los lazos de amistad y de solidaridad que pueden surgir en los contextos menos pensados, entre individuos que incluso pueden pertenecer a bandos opuestos. Los protagonistas provienen de violencias anteriores, a veces como actores y a veces como víctimas, y viven un presente marcado por la memoria de esas experiencias anteriores. En ese marco, la memoria es lo que permite conectar y sanar el pasado, al tiempo que cimenta alguna posibilidad de porvenir. 

En Los aparecidos, los fantasmas —reales o simbólicos— cobran fuerza: ¿qué papel juegan las ausencias en su universo narrativo?

En esta obra, el reto fue explorar un tema fantástico (esos seres míticos que pueblan las áreas rurales en cualquier lugar del mundo) en conexión con las realidades del mundo contemporáneo, desde la perspectiva de un personaje racional, que descree de la herencia mítica. No sé si en este contexto pudiéramos hablar de ausencias, pues, por el contrario, lo que atraviesa estas páginas es la presencia simultánea de lo fantástico y lo real, la interacción entre ambas dimensiones que impacta profundamente en el avance de la trama.  

Su narrativa es sobria, pero emocionalmente intensa: ¿cómo se construye ese equilibrio entre contención y profundidad?

Esta pregunta creo que ya está respondida en algunas de las anteriores, pero me llaman la atención los términos planteados. Por sobriedad entiendo la economía literaria, el decir, ese intento que siempre me acompaña de decir mucho con pocas palabras. Un silencio, una respuesta certera, un gesto, pueden darle gran intensidad a una situación determinada, sin necesidad de explayarse en palabras. Siempre busco que mis personajes expresen a fondo lo que están viviendo, bien con sus voces, bien con sus acciones y reacciones. 

Usted ha sido periodista durante años: ¿qué huellas dejó el periodismo en su manera de narrar la ficción?

De mis años en el periodismo fueron muchas las experiencias que le aportaron a mi oficio como escritor. La capacidad de escribir bajo presión, por ejemplo, en una sala de redacción llena de ruido. La exigencia de precisión con el lenguaje, de buscar siempre la mejor manera de expresar una idea, de crear una imagen. La capacidad de observación, tanto de lugares como de personajes, para trasladarlos luego al texto escrito. La curiosidad permanente y la actitud de sospecha sobre el mundo, sobre las personas, sobre los hechos. 

¿Hasta qué punto la observación de la realidad condiciona o potencia su imaginación literaria?

Para mí es fundamental. Nunca me canso de observar a mi alrededor. No logro entender a esas personas que se suben a un bus y se sumergen en sus celulares sin mirar nunca por la ventana. El mundo está allí, en todas partes, en los transeúntes, en el tráfico, en los árboles. Y, por supuesto, está también en el cine, en los libros, en los periódicos, en los restaurantes, en los andenes, en los viajes, en todo lo que nos rodea. No sabría decir con exactitud hasta qué punto esa disposición para la observación hace presencia en lo que escribo, pero no me cabe duda de que es un insumo esencial. 

Sus novelas parecen inscribirse en la historia reciente de Colombia sin caer en lo panfletario: ¿cómo se escribe sobre la violencia sin trivializarla?

Entiendo el panfleto como la denuncia explícita, tendenciosa, de la realidad, que busca conducir al lector hacia una actitud determinada. Para mí, esa no puede ser la intención del texto literario. Lo que yo busco es mostrar realidades como la violencia desde perspectivas distintas, como la de las víctimas o la de los desmovilizados, pero no en universos maniqueístas, de blanco y negro, sino de la escala de grises en la que nos movemos todos. Mi intención es que el lector se conmueva, se haga preguntas, se asome a eso que muchas veces no quiere ver y tenga una lectura distinta de la realidad. Me interesa más la literatura que abra al lector la posibilidad de sacar sus propias conclusiones, que la que lo conduce en una sola dirección.

Ha formado a varias generaciones de escritores: ¿qué errores son inevitables —y necesarios— en quien empieza a escribir?

Es muy difícil generalizar sobre esta experiencia tan fecunda de acompañar a quienes desean incursionar en el arte narrativo, pero tal vez habría dos errores que siempre menciono en mis talleres. El primero es el de tener un universo reducido de lecturas, dos o tres autores de cabecera de los que no se quiere salir. El escritor debe abrir ese universo, leer de todas las épocas, de todos los géneros y subgéneros literarios, de todas las culturas, pues solo así enriquecerá el acervo del que luego surgirá su propia obra. Y el segundo es el de la extrema sensibilidad que conduce a la frustración y el abandono cuando esos primeros textos no logran el impacto deseado sobre los lectores. El oficio literario es de paciencia y terquedad, de maduración lenta, de triunfos y fracasos, y quien desee asumirlo debe aprender a no desanimarse nunca.

En su experiencia como tallerista, ¿qué distingue a un escritor con verdadera vocación de uno que solo busca publicar?

Esto justamente tiene relación con lo que acabo de decir. La verdadera vocación se encuentra en quien vive y respira con su escritura, y persiste a pesar de los obstáculos. He tenido estudiantes que durante mucho tiempo insistieron pese a no encontrar sino obstáculos, hasta que por fin iniciaron una carrera literaria. Y por supuesto, esto va acompañado con un rigor para escribir, con un dominio de los recursos narrativos, con mucha lectura, con un oficio constante, ojalá diario, de escritura y reescritura, con la consolidación de una voz narrativa propia, en fin, una conciencia del oficio del escritor.

¿Se puede enseñar a escribir o solo se puede enseñar a leer mejor?

Mi experiencia de más de 20 años en programas de creación narrativa dice que en cada escritor se combinan factores íntimos, personales, con factores relacionados con la apropiación de los recursos de la escritura. Por supuesto que una parte esencial del proceso se encuentra en el propio escritor en formación, en sus preocupaciones, su sensibilidad, su disposición para el oficio, pero un taller, una carrera, una maestría, sin duda le brindarán, con claridad y eficacia, las herramientas para ejercer este bello oficio. Un programa de formación también propicia la exploración de múltiples autores y obras de la herencia literaria, que enriquecerán su labor y le ayudarán a desarrollar un criterio propio. La lectura del escritor va más allá de la pura anécdota, se fija en la manera cómo cada autor utiliza un narrador, maneja las tensiones dramáticas y los tiempos y espacios del relato, configura sus personajes y un largo etcétera. Es una lectura que se va cualificando con el tiempo, y que un buen programa promueve y estimula. 

Su obra ha sido reconocida con diversos premios: ¿los galardones transforman la relación del autor con su propia escritura?

Los premios son un estímulo bienvenido, cuando llegan. Son la recompensa para una labor callada, a veces de mucho tiempo, y llenan de energía al autor para seguir adelante. Pero uno no puede creer que porque ganó un premio ya está en la cima, y conformarse con eso, sino que terminadas las celebraciones es necesario regresar a la escritura, al oficio diario y silencioso. Un premio no tiene por qué transformar la relación del autor con su escritura, salvo por la necesidad de superarse, de ir más allá, de renovar esa fórmula de éxito y encontrar nuevos caminos. 

Entre sus reconocimientos, desde el cuento hasta la novela, ¿hay alguno que haya marcado un punto de inflexión en su carrera?

Sin duda los dos primeros premios que gané, durante los años del cambio de siglo, uno en novela y otro en cuento, fueron determinantes para dejar atrás mi vida en el periodismo y asumir plenamente el trabajo literario. Y muchos años después, en 2019, el Premio Nacional de novela de Argentina con la revista Ñ, del diario Clarín, fue un gran estímulo para persistir en esta labor, que además me abrió puertas que hasta ese momento estaban cerradas en el mundo editorial.

Su trayectoria combina docencia, creación y formación: ¿qué le ha enseñado enseñar sobre su propia escritura?

La docencia en creación literaria es una labor que disfruto cada vez más y que me enseña todos los días. Las preguntas de los estudiantes, su participación entusiasta, la vitalidad de sus textos, las dinámicas siempre renovadas de la clase, son actividades que me hacen renovar constantemente mis perspectivas sobre la escritura. Con la gratísima recompensa de encontrar después a esos estudiantes ganando premios, publicando sus libros, consolidando un recorrido literario. Es una labor, además, que no se acaba con el cierre de cada curso o taller, pues los contactos siguen, los reencuentros, los espacios para compartir la experiencia literaria. La literatura crea vínculos muy profundos de amistad y complicidad alrededor de la palabra, y es una dinámica que trasciende el salón de clase.

¿Qué tipo de lectura recomienda a los jóvenes que desean adentrarse en la literatura con seriedad y profundidad?

Las lecturas que estimulen, que cuestionen los cánones, que exploren, que experimenten, que desarrollen con fuerza buenas propuestas narrativas. Y como ya dije antes, siempre recomiendo salirse de las zonas de confort, acercarse a obras que no estaban en el panorama, leer de todas las épocas y de todas las culturas, no temerle a la complejidad, arriesgarse en la exploración de obras y autores. Entre más amplio sea el universo de lecturas, más criterios se consolidan para la propia escritura.

¿Qué autores —latinoamericanos o universales— considera fundamentales para formar una mirada literaria sólida?

Cuando me hacen esta pregunta, siempre dudo en recomendar nombres. Cualquier lista parcial siempre será injusta, pues dejará excelentes escritores por fuera, y una lista extendida no cabría en muchas páginas. Por supuesto hay que leer a esos escritores de gran renombre de la herencia universal, latinoamericana y colombiana, pero también hay que estar atento a los nuevos nombres, a autoras y autores que hoy colman con gran calidad y lucidez el panorama literario. También recomiendo leer historia, ciencia, geografía, filosofía, psicología, crónica, según las inquietudes de cada quien, pues el oficio del escritor necesariamente se alimenta del contacto con el mundo, con todas las dimensiones del saber y de la experiencia humana. Pero hay que entender también que una lectura así de amplia es casi imposible. Yo tengo la sensación de que cada quien va formando su propia biblioteca a partir de consejos, de hallazgos inesperados, de búsquedas personales, de afinidades. Y ya con eso tendrá un excelente material para leer, disfrutar y aprender. 

En contraposición, ¿de qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes si quieren desarrollar una voz auténtica?

Las lecturas que no aportan, que se apegan a clichés, a lugares comunes, a criterios no literarios. Aunque también esas escrituras pueden aportar al proceso de formación del escritor, en la medida en que ponen ante sus ojos aquello que no le interesa hacer.

¿Cree que ciertas lecturas pueden empobrecer la sensibilidad o la capacidad crítica del lector? ¿Cuáles y por qué?

Cada escritor, en su proceso, tropieza con obras que no le dicen nada, aún de autores de gran prestigio. Es parte del proceso de consolidar una lectura crítica, que será muy útil para su oficio con las palabras.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticías Coopercom