Casa CulturaPedro Blas Julio Romero: La palabra como acto de salvación

Pedro Blas Julio Romero: La palabra como acto de salvación

por Redacción: Noticias Coopercom

“‘Esto tengo que contarlo; los demás deben enterarse de esta ensoñación urbana de vitalidad’”.

Con esa sacudida interior —más revelación que intención— Pedro Blas Julio Romero comenzó a descubrir que su lugar en el mundo estaba hecho de calle y verbo. Nacido el 30 de enero de 1949 en la antigua San Antonio de Getsemaní —Centro Histórico de Cartagena de Indias—, se crio en un territorio donde la vida brotaba con la misma intensidad con que se desgastaban las paredes: una mezcla irrepetible de músicas africanas, voces del Caribe insular y murmullos criollos. Allí, en ese hervidero de humanidad, entendió que la poesía no se elige: se impone. Mientras sus contemporáneos corrían por las callejas ardientes, él buscaba en los anaqueles olvidados del Parque del Centenario la sombra y el brillo de Poe, Lorca, Baudelaire y Machado. Aquel pequeño mundo, marcado por la maresía y el sudor del pueblo, fue el primer laboratorio del que saldría quien después sería conocido como ‘El profeta del pueblo’.

Su irrupción en la literatura llevaba la audacia de la adolescencia. Con apenas 16 años, el Nadaísmo lo acogió como uno de sus miembros más jóvenes. Jaime Jaramillo Escobar, el mítico X-504, apadrinó su primer libro, ‘Cartas del soldado desconocido’ (1971), en el que la experiencia del servicio militar aparece escrita con una mezcla de furia íntima y lucidez temprana. Ese debut dejó en claro que su camino sería el de la insolencia poética, el de la contracorriente, el de la palabra que desbarata la comodidad. Desde entonces, Pedro Blas se propuso escribir para dejar huellas, señalar grietas y poner en la página lo que el poder intenta ocultar.

Pero antes de asentarse como poeta, escogió el horizonte. Durante 27 años fue marinero mercante: un oficio que lo llevó por puertos remotos, por noches interminables en altamar y por geografías impensadas. Allí descubrió que la humanidad se repite en sus dolores y celebraciones. En aquellos viajes coleccionó historias, rostros, acentos y cicatrices que más tarde se transformaron en poemas reunidos en ‘Pañol de proa’. La nostalgia que atraviesa esos textos parece escrita desde la borda, con la certeza de que ninguna travesía consigue borrar al barrio que lo fundó. Como en los versos de Kavafis, la ciudad lo acompañaba aun cuando él se alejaba de ella.

Cuando regresó definitivamente a Cartagena, en 1981, publicó ‘Poemas de Calle Lomba’, un libro que le da protagonismo a Getsemaní. El barrio aparece no como postal sino como pulsación: un universo que reúne fiesta y pobreza, memoria y rebeldía, música y heridas. Décadas después, su obra sería compilada en ‘Antología de Pedro Blas’(2010), editada por la Universidad de Cartagena y reeditada en la Biblioteca de Literatura Afrocolombiana del Ministerio de Cultura. Allí se congregan ‘Cartas del soldado desconocido’ (1971), ‘Poemas de Calle Lomba’ (1981), ‘Rumbos’ (1993) y ‘Obra poética’ (2009): un constelado vital que dibuja el territorio íntimo y colectivo de un poeta que lee el alma del barrio como quien descifra un mapa continental.

El reconocimiento decisivo llegaría con ‘Rumbos’. Este libro obtuvo en 1996, en su natal Cartagena, el Premio Nacional de Poesía Jorge Artel, gracias a la decisión unánime del jurado calificador, conformado por Sonia Burgos, Ariel Castillo Mier y el poeta Gustavo Ibarra Merlano. Ese hito se consolidó cuando Pedro Blas viajó, ese mismo año, a Santiago de Cuba a recibir el galardón. A partir de entonces, su nombre comenzó a recorrer festivales y ferias literarias en el Caribe y en América Latina: la Gran Cultura Caribeña, la Fiesta del Fuego y las ferias del libro de Guadalajara, Bogotá y Caracas. ‘Rumbos’ se transformó en una declaración estética: una poesía que interpela la estructura social, que reivindica la memoria negra y que dialoga con la espiritualidad yoruba, tan presente en su formación.

‘Rumbos’, el libro laureado, estaba conformado por 12 poemas. Su temática giraba en torno a las religiosidades africanas mediante un tributo a la música afroantillana, mejor conocida como salsa.

Me dice Pedro Blas, quien me confesó su fascinación por mi libro ‘Richie y Bobby en el corazón de Barranquilla’(Santa Bárbara, 2023), que su poemario galardonado es una puesta en escena de la presencia de los negros, pero, en lo esencial, de sus gestas independentistas y de sus manifestaciones artístico-culturales.

Pero Pedro Blas no se limita a la escritura. También construyó un proyecto cultural que se volvió emblemático: Tambor Negro del Génesis.

Como libro, ‘Tambor Negro del Génesis’, está listo en 2026 para salir al mundo como obra insigne de la poesía afrocolombiana por esa gran editorial que es Pijao Editores, faro iluminante de la verdadera cultura colombiana, en su Biblioteca de Autores del Caribe, colección dirigida por el poeta, narrador y ensayista José Luis Hereyra Collante. 

Y, como proyecto cultural, desde ‘Tambor Negro del Génesis’ se creó el tour Getsemaní del Macondo Mágico, un recorrido histórico y sensorial que entrelaza las rutas de la diáspora africana, las gestas libertarias, las cocinas del arrabal y las narrativas que sostienen a Cartagena. Su aporte es una pedagogía de calle: la historia puesta en las esquinas, el pasado convertido en relato vivo.

Además, ha sido un maestro persistente. Desde el año 2000 coordina el Taller de Poesía-Cine ‘Luis Carlos López’. Allí enseña a leer con el cuerpo, a escuchar el ritmo interior de cada verso, a entender que la poesía no es acumulación sino precisión. Su relación con el cine —de Buñuel a Godard, de Truffaut a Pasolini— nutre su mirada sobre la literatura: ambas, para él, son formas de encuadrar la experiencia humana.

Hoy continúa escribiendo y ampliando su universo: ‘Poemas de la Singladura’, la novela ‘El cocinero del Vapor Monrovia’ y otros proyectos en los que conviven la memoria africana, la religiosidad de los Orishas y la música afroantillana, con figuras como Chano Pozo, Lavoe, Celia Cruz, Bola de Nieve, Johnny Colón e Ismael Rivera, ‘Maelo’, El sonero Mayor, su cantante favorito, latiendo entre sus líneas. Su estilo, cargado de resonancias neobarrocas y ritmos ancestrales, insiste en narrar el mundo desde Getsemaní, esa porción de tierra que convirtió en mito. Porque para él la palabra es un testimonio: “necesito dejar testimonios”.

En Pedro Blas Julio Romero, la poesía es una forma de resistencia. Una forma de darle voz —fuerte, luminosa, profundamente negra— a lo que el olvido pretende enterrar. Mientras camina por sus calles fundacionales, saludando a quienes guardan la memoria del barrio, uno entiende que su obra nace de una convicción: el poeta, en un país que a veces quisiera silenciarlo, está hecho para saltar al abismo… y después contarlo.

Aquí empieza el diálogo con una voz que ha hecho de la palabra territorio, memoria y resistencia: Pedro Blas…

En tu obra aparece con frecuencia la idea de “contarlo todo”. ¿Qué es lo que aún sientes que falta por contar de Getsemaní y de tu propia historia? 

Sí, por ejemplo, la edición de mi segundo poemario ‘Poemas de Calle Lomba’, se lo tributo a mi Barrio Amenazado. Gracias a la protección de las Naciones Unidas, reconociéndole a Cartagena junto con su historicidad de intramuros el privilegio de Patrimonio Histórico. Se debe favorecer a sus nativos tradicionales con la exoneración del estrangulador impuesto predial, como de igual forma la congelación del pago de exorbitantes tarifas de los servicios públicos. Y este programa de las Naciones Unidas va inscribiéndonos, con otros países de similar privilegiada categoría, donde el Banco Mundial haría un préstamo sin intereses con el fin que el nativo tradicional restaurara sus viviendas convirtiéndolas en atractivo de sus tradiciones, así como en hoteles y restaurantes para el eventual visitante. Pero he aquí cuando se asoma lo nefasto de gente con maletines repletos de euros y dólares comprando casas en la historicidad de estos intramuros cartageneros. Se esperaba que salieran a ‘protegernos’ de lo anterior nuestras supuestas autoridades encargadas del “control de la ciudad”, llámense honorabilísimos con otros prohombres, prohombras, preclaros, padres de la patria, que sí los representantes a la cámara y senadores por nuestro territorio, alcaldes, gobernadores y dirigencia de los intramuros Sandiego, con el barrio Santa Catalina de Alejandría de la Catedral Primada o Centro Histórico con Getsemaní. Pero no, estas supuestas autoridades nuestras lo que van es viendo toda una mina de diamante y oro puro en estos sectores y dan cabida a sus fauces de voracidad convirtiéndose en mafiosas inmobiliarias, subastando a Cartagena, casi como si vendieran a su propia madre. Y van acentuando vil felonía, primero con ir desprendiendo la historicidad cartagenera con sus valiosos intramuros del programa con las Naciones Unidas. Hasta cuando su misera mala entraña logra desaparecer estas históricas joyas intramuranas que, de paso, aplastando el prisma de bulla lírica de perenne festividad cartagenera. Y un otrora nativo tradicional de ‘cartagenerío’ a tropel tropezándose le terminan arrojando a la humillante periferia…hacía los humedales. Y ahora quienes ante los ojos de todo el mundo pretenden aparecer como los ‘representantes’ de la comunidad germanícense, llegan ser los principales coadyuvantes de la desgracia de Getsemaní, donde ya tan solo quedan pocas familias. Y llevan décadas de irrespeto y burla contra la comunidad getsemanicense. Y digo impostores, ya que se tomaron aquel nombre para conveniencia de todo lo indecente de sus embaucamientos. Dramaturgos, poetas, investigadores, saltimbanquis, ensayistas, escritores, en fin, intelectuales de todos los matices se plega a una desesperada convocatoria, una propuesta por contrarrestar la amenaza que se cierne sobre Getsemaní, ya que, de la ciudad en sí, no quedaba nada, pero que absolutamente nada. Pero nos movía enfrentar desde la barriada una amenaza de despojo, que insistía en de desalojar a ese cartagenero nativo. Infame despojo que hiciera desaparecer primero al ‘bantustán’ Chambacú de negros. Yo allí visitaba con frecuencia a mis parientes piel tinta china. Desde aquellos días ya se va dando comienzo a la desaparición, sin saber por parte de quién, mutilándole al terruño de Cartagena potencialidad del ocaso al alba, hasta ocasionar sentencia mortecina a la estética visual tanto al barrio Santa Catalina de Alejandría de la Catedral Primada, como al intramuros Sandiego, dejándoles a los dos en gélido mausoleo, tumba caminada. Puesto que estos falsos ‘representantes’ tendieron un cerco en sucia hostilidad hasta tomarse por asalto única y exclusivamente para ellos el organismo que el suscrito ayuda a erigir en aras de contrarrestar amenaza de funestos compradores de nuestros inmuebles con sus maletines repletos de euros y dólares. Tal organismo ayudamos a erigirle a partir del privilegio de Patrimonio Histórico con el que cuenta Getsemaní y, por consiguiente, lograr para con el mismo la exoneración del cruel estrangulador impuesto predial, así como la congelación del pago de exorbitantes tarifas de los servicios públicos. Y este organismo logra inscribirse en las Naciones Unidas, donde las Naciones Unidas nos protegerían inscribiéndonos junto con otros sectores del mundo que al igual como nosotros contaban con el privilegio de Patrimonio Histórico. Un proceso largo que duró muchos, pero muchísimos años, enfrentándome a la realidad tanto en el día a día de lo que estuvo sucediendo como en toda la información que iba saliendo a la luz de lo que realmente había ocurrido en 70 años allí. No todo eran luces, había muchísimas sombras, más de las que pudiéramos imaginar; donde entregué mi sudor, mi sangre, todo mi esfuerzo en combatividad de activista independiente por salvar mi comunidad de Getsemaní. Estuve allí urgido en dar lo utópico como praxis de mi poesía, pero aquel grupúsculo infecto en constante traición, o ese provincianismo deleznable “obstruccionista” del que hablaba el poeta Ezra Pound, esmerados a todo momento y lugar en imposibilitar el paso civilizado de armonía entre los seres, se propuso desde su miserabilismo en ir desliéndose de manera inexorable en falso castillo de espumas, llegándose a comprobar cómo aquel “cerco en sucia hostilidad” hasta tomarse por asalto única y exclusivamente para ellos el organismo que el suscrito ayuda a erigir, no hace otra cosa que inscribirlo junto con la vil felonía perpetrada contra Cartagena y su historicidad intramurana, por parte de las consabidas supuestas autoridades encargadas del ‘control de la ciudad’, llámense honorabilísimos con otros prohombres, prohombras, preclaros, padres de la patria, que sí los representantes a la cámara y senadores por nuestro territorio, alcaldes, gobernadores y dirigencia de los intramuros Sandiego, con el barrio Santa Catalina de Alejandría de la Catedral Primada o Centro Histórico con Getsemaní… Por a la larga ver a los mismos triunfales en componendas con sus eternos socios de honorabilísima hampa oficial, de donde permanecen usufructuando pingües ganancias a través de indecencia que acomete haciéndose pasar dizque como ‘representantes’ del Getsemaní…que ya no está. Pero lo más desgraciado será ver como un oscurantismo ideológico de cochambrosa doctrina del tal dizque Causa Proletaria, que en su usual ambiciosa inmoralidad de obtener votos va echando por el suelo nuestro batallar que por décadas traíamos en Getsemaní, al concederle protección a este facinerismo pandillero despedazador de utopía con la que contaba la comunidad getsemanicense.

¿En qué momento descubriste que la poesía no era una elección, sino una urgencia vital?

A partir del drama que se vive en la comunidad de mi barrio Getsemaní.

Getsemaní es casi un personaje en tus libros. ¿Cómo ha cambiado el barrio en tu memoria y cómo lo habitas hoy desde la palabra?

Digamos como que ese ‘Brioso Tío Burlón de sandalias al hombro’ que sale humillado, más que todo con su corazón roto de sentirse traicionado por esa macula de impotencia de humanidad por parte de sus hijos.

Tu formación literaria empezó en los estantes polvorientos del Parque del Centenario. ¿Qué lecturas de aquella época fueron decisivas para moldear tu mirada poética?

El poeta insignia de la ciudad Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza, Jaime Jaramillo Escobar o X-504, Gonzalo Arango, J. Mario Arbeláez, Elmo Valencia, Eduardo Escobar, Raquel Jodorowsky; gran parte de los rusos desde Chejov, Tolstoi, F. Dostoyevski. El gran biógrafo de la humanidad, Stefan Zweig. Anais Nin, Zoé Valdés.  Los norteamericanos y franceses como Faulkner, H. Miller, Albert Camus, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir., E. Hemingway…entre otros; los poetas Emili Dickinson, el poeta Ezra Pound. Toda la generación Beatnik. A. Rimbaud, Baudelaire, Verlaine, Antonín Artoud, André Breton, Gastón Bachelier, Borges, Huidobro, los españoles y los surrealistas. Los negros norteamericanos de entre estos el poeta Emiri Baraka, el poeta y escritor negro George Jackson, Manuel Zapata Olivella, Wole Soyinka, Sedar Senghor…entre otros

A los 16 años entraste al Nadaísmo. ¿Qué te dejó ese movimiento en términos de libertad, rebeldía y sentido de ruptura?

Totalmente agradecido de aquel movimiento, que a través del poeta Jaime Jaramillo Escobar o X-504 se esmera el mismo en publicar mis poemas en la prestigiosa revista Nadaísmo 70, hasta editar Jaime Jaramillo Escobar la regocijante edición de mi primer poemario Cartas del Soldado Desconocido. Que de ahí en adelante me voy situando en nuevos dinámicos impulsos a seguir en esta forja artística de la poesía.

Cartas del soldado desconocido nace de una experiencia dura: el servicio militar. ¿Cómo fue convertir esa rabia y ese desconcierto en literatura?

Gracias al momento de la rebeldía junto con los Nadaistas; también las corrientes literarias de aquel entonces, incluidas las rebeliones de mis hermanos negros.

Fuiste marinero mercante durante casi tres décadas. ¿Qué aprendió el poeta en altamar que jamás habría aprendido en tierra firme?

Que mi gueto de negros Getsemaní iba conmigo ahí sobre la cresta de las olas; departiendo sublime baile con él en libaciones de todo bombolaye y cumbancha de gritos cantados, por todos los puertos del mundo.

Cuando viajabas por puertos y continentes, ¿había algún libro o autor que siempre llevabas contigo, como un amuleto? ¿Qué descubriste sobre Colombia mirando su sombra desde otros países?

Todo lo escrito por Jaime Jaramillo Escobar o X—504, el poeta cartagenero Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza, los escritores negros, el biógrafo de la humanidad Stefan Zweig, Annais Nin, Zoé Valdés, los Beatnik, Albert Camus. Y navegando del otro lado del orbe tengo la percepción de que cada colombiano es un país que odia a otro. Al menos antes nos matábamos entre nosotros mismos, pero ahora va dándose de asquerosidades concediendo patente a inmundicias foráneas para que nos asalten asesinándonos en nuestro propio suelo. Mantengo el escepticismo del poeta Cartagenero: Luis Carlos Bernabé del Monte Carmelo López Escauriaza, cuando el mismo va expresando que: “Esto ni en doscientos años cambiaría…”.

En Pañol de proa vuelves a la vida de la navegación. ¿Qué imagen del mar se repite más en tu memoria cuando escribes?

La magnitud imperecedera de los burdeles.

Poemas de Calle Lomba convirtió un barrio en un universo literario. ¿Qué momento concreto de esa vida barrial te abrió para siempre el camino de la poesía?

Su perenne música. Getsemaní es musical en todo momento. La sola Plaza de la Trinidad, vamos, ya es de por sí un arpa acostada que determina a todo lo largo y ancho del barrio despampanante bailadero más sabroso del mundo.

Rumbos fue un punto de quiebre en tu carrera. ¿Qué buscabas decir con ese libro y qué te sorprendió que los lectores encontraran en él?

Las religiosidades africanas donde se halla intrínseca la música que tiene bailando al orbe entero. Que igualmente el recorrido por el legado épico que nos proporcionara grandeza de nuestras ancestralidades negras; y no sé por qué hermanos negros se dejan asestar otra “carimba” en candente hierro sobre su piel y pensar por parte de oscurantismo ideológico degradándoles en obedientes marionetas de sus dictados dogmáticos.

Tu obra está atravesada por la negritud, la memoria del arrabal y la espiritualidad yoruba. ¿Cómo dialogan estas raíces con tu lenguaje poético?

A partir de mi gueto de negros Getsemaní, porque con Getsemaní están todas estas aristas.

Has formado generaciones de escritores desde el Taller Luis Carlos López. ¿Qué es lo primero que intentas arrancar de un nuevo poeta y qué es lo primero que intentas despertar?

En el caso de los negros enfatizo en que asuman un respeto por sí mismos, pensamiento propio sin ‘carimbas’, sin grillete mental ni espiritual. Al gran Zhaka Zulu, va el diablo colonialista lengua de horquilla obligándole arrodillarse y besar un crucifijo, donde le advierten que de lo contrario será condenado al fuego eterno. Y Zhaka Zulu les responde: ¡cabrones yo soy el fuego! Maldita sea, ¿qué les sucede a negros teniendo que depender de sombríos dictados de esos cabrones a los que se referías nuestro Gran Zhaka Zulu? ¿Cuándo se convencerán que el diablo colonialista lengua de horquilla es la hora y no se ha ido dejando aquí a sus engendros de hoy por hoy imponiéndole dictados a los negros?

Creciste amando el cine de Buñuel, Truffaut, Passolini y Godard. ¿Qué le ha enseñado el cine a tu poesía que los libros no podrían enseñarle?

La imagen cinematográfica trato de situarla en mis versos. De muy niño estuve refugiándome en las innumerables salas de cine que me proporcionara mi barrio. Ahí ya el asunto getsemanicense era ‘hembra’ y las salas de cine, sus ovarios.

Muchos de tus poemas parecen caminar como una cámara en movimiento. ¿Escribes viendo las escenas o escuchando su ritmo?

Ambas, de manera simultánea.

Eres un activista de la memoria negra desde la acción cultural. ¿Qué te revela el barrio cuando haces los recorridos del Getsemaní del Macondo Mágico?

Compenetrándome mucho más con la poesía en la ensoñación de aquella estancia solariega. 

¿Qué tipo de textos, autores o geografías literarias les recomendarías leer hoy a los jóvenes que quieren escribir?

Los que a lo largo de la historia de la humanidad permanecen pronunciándose contra la ignominia de represores totalitarismos, sean teocráticos, como los de podredumbre ideológica disfrazados de pobreríos.

¿De qué lecturas deben huir los jóvenes que se acercan por primera vez a la poesía o a la narrativa? ¿Qué consideras tóxico o inútil en su formación temprana?

Auscultar más allá de lo que ordenan predicadores de lo anacrónico y esquemático de la doctrinera fracasada graduándoles en estupidez zombi. Proponerse en aras del respeto por sí mismos contrarrestar lo impositivo ideológico antes mencionado, que somete, constriñe, limita.

Has dicho que necesitas ‘dejar testimonios’. ¿Qué testimonio te gustaría que se leyera de tu vida y tu obra dentro de cien años?

El no abandonar la rumba, el baile, como mucho menos el acogedor frenesí de los bares del mundo.

Por: Fausto Pérez Villarreal-especial para Noticias Coopercom