La primera imagen que cualquiera guarda de Robert Montes Mathieu permanece intacta en la memoria: con la boina vasca de Neruda, la barba de Hemingway y los espejuelos que evocan a Cortázar, avanza apoyado en un bastón igual que Borges, como si cada paso cargara el peso de los libros leídos y de las historias que todavía le quedan por contar.

Encarna a esos viejos sabios, esos que erigieron la lectura en estilo de vida y la tertulia en una fuente viva de conocimiento.
Nuestra amistad se ha ido construyendo a lo largo de los años, entre conversaciones sobre literatura y música, dos escenarios donde ambos nos sentimos en casa. Hemos coincidido en festivales, ferias de libros y encuentros de escritores, compartiendo escenarios, tertulias y, sobre todo, largas charlas sobre el Caribe y sus creadores, sobre todo músicos y escritores.
Uno de esos encuentros ocurrió en 2013, durante el Concurso Regional de Narrativa sobre Música Vallenata, convocado por la Universidad Popular del Cesar, en Valledupar. Los dos llegamos a la instancia final. Yo concursé con Aníbal Velásquez, el mago del acordeón, obra que obtuvo el segundo lugar. Robert presentó Maestros del acordeón y alcanzó el primer premio.
Jaime Maestre, gestor del certamen, describió el desenlace con una comparación que resumía la intensidad de la deliberación: “Fue como un combate de boxeo de altos quilates; una decisión cerrada, dividida”. Aquella victoria no fue un golpe de fortuna. Consagró a un autor que dedicó décadas a investigar y escuchar la música popular, combinando la precisión de la investigación documental con el pulso vivo del relato.
Roberto Montes Mathieu nació el 14 de febrero de 1947, a las seis de la tarde, en Sincelejo. Completó la secundaria en el Instituto Nacional Simón Araujo de su tierra natal, previo a fijar su residencia en Bogotá, para estudiar Derecho en la Universidad Libre (1967-1971). Más tarde se especializó en Derecho Administrativo, base sobre la cual ejerció el litigio, la consultoría pública y tres décadas de docencia universitaria en la capital del país.
La inclinación poética afloró temprano en su juventud. En 1968, alcanzó el galardón máximo en el certamen lírico de la Universidad Libre de Bogotá gracias al poema El ausente, escrito en homenaje a su amigo asesinado José Germán Gómez Jiménez; la pieza apareció en las Lecturas Dominicales de El Tiempo y cerró durante varios años la programación nocturna de Radio Sincelejo.
Su firmeza creativa cosechó un triunfo nuevo en 1979 al obtener el primer lugar en el Concurso Nacional de Cuentistas y Poetas del Sector Oficial, convocado por el Departamento Administrativo del Servicio Civil, gracias a la calidad de la narración con Y veras lo que nunca has visto.
La labor narrativa de Montes Mathieu dio muestras de vigor desde los primeros años de la década de los 70. En 1973 logró la figuración entre los cinco finalistas del Concurso Nacional de Cuento del suplemento Caribe Dominical, del Diario del Caribe de Barranquilla, distinción destacada dentro de un grupo de 88 aspirantes en una edición declarada desierta.
En mayo de 1977 obtuvo el triunfo mensual en el certamen nacional convocado por el Magazine Dominical en homenaje a los 90 años de El Espectador. Al cierre de esa convocatoria, que reunió a 1240 participantes, su relato El cuarto bate conquistó el segundo premio nacional compartido.
La repercusión de El cuarto bate saltó de los libros a las tablas. La agrupación cartagenera El Aguijón adaptó la historia al formato dramático y la representó con éxito en el Festival Internacional de Teatro de Manizales, inicio de un recorrido que sumaría tres montajes escénicos y una versión de stand-up. Este cuento protagonizó, además, un recordado hecho de plagio en Venezuela.
Un lector radicado en Caracas usurpó la obra, la presentó en un certamen local con su firma y recibió el galardón principal; el fraude fue descubierto por el periodista samario José Manuel Herrera. El periódico El Nacional de Caracas expuso la anomalía en su suplemento Papel Literario el 20 de julio de 1980. Meses después, el 6 de diciembre de 1981, el Magazine Dominical de El Espectador difundió un informe especial acompañado del facsímil venezolano, hecho que dejó constancia del engaño y restituyó la autoría al escritor colombiano.
Hilvanado mediante dos planos narrativos que se cruzan, El cuarto bate contrapone el fervor del béisbol con los dilemas humanos de los personajes. El relato combina oralidad, humor y dramatismo, elementos que lo erigieron en un referente de la identidad caribeña. La prosa de esta obra destaca por la soltura del lenguaje coloquial de la Costa Atlántica, ajena a los rígidos preceptos del centralismo bogotano. Esta búsqueda estética se complementa con una experimentación técnica, donde cada relato encuentra una arquitectura propia.
La trayectoria de Montes Mathieu incluye la participación como jurado en más de veinte certámenes de poesía, cuento, novela y ensayo en Bogotá y otras regiones de la geografía colombiana. A ello se suma una constancia académica como conferencista en universidades y centros de cultura del país.

El vínculo con la prensa empezó en la juventud mediante versos y textos divulgados en el semanario El Cenit de Sincelejo y en Ecos de Sucre durante el decenio de los 60, además de apariciones en el diario El Siglo de Bogotá en 1967 y colaboraciones en la revista de la Universidad Libre en 1970. Entre 1970 y 1980 mantuvo una presencia continua en Vanguardia Dominical, espacio de Vanguardia Liberal de Bucaramanga en el que aportó cuentos, poesía, crítica de cine y ensayo. Difundió también sus escritos en la revista El Burundún Burundá y en la publicación Puesto de Combate.
Diversas entidades han celebrado su legado. En 2010, la Unión de Escritores de Sucre le rindió un homenaje en Sincelejo, y en 2023 el Parlamento Internacional de Escritores junto a la Asociación de Escritores de la Costa le otorgaron en Cartagena el Libro de Oro de la Literatura Colombiana, tributo al que se suma un reconocimiento en el Encuentro Nacional de Poetas y Declamadores de Chinú.
La producción de Montes Mathieu integra recopilaciones como Antología de la nueva literatura de Sucre, Muestra de cuentos, El Gran Burundún, Palabra Viva, Breve historia y antología del minicuento latinoamericano, Antología del cuento caribeño, Antología del cuento corto colombiano, Cuentistas sucreños y Antología del cuento corto del Caribe colombiano.
Un lugar clave en su catálogo ocupa la novela Para qué recordar, editada en 2008 y reeditada en 2017, volumen centrado en la reconstrucción de la memoria. A esta vertiente se suma el título Hay un lugar para tus ojos (2019). En el terreno de la brevedad publicó el libro Tap tap. En el periodismo cultural dio a conocer las obras Maestros del acordeón (2012) y Cantantes y compositores del Caribe colombiano (2013). La labor de ensayo abarca los títulos Prosas de otro tiempo (2021), Historias del periodismo en Sucre (2023) y el volumen Breve historia de la narrativa del Caribe colombiano (2024), panorámica sobre la evolución de las letras en la región.
Desde diciembre de 2004 dirige Magazín del Caribe, proyecto editorial que suma 98 entregas, donde ha escrito 76 editoriales, un centenar de crónicas y 40 entrevistas. En la narrativa breve ha publicado el libro El cuarto bate (1985, con segunda edición en 2014), la antología El cuarto bate y otros cuentos (2019) y el volumen La muerte mira a encontrarte (2022).
Detrás de esa figura de intelectual —la boina, la barba, el bastón y los inseparables espejuelos— palpita un hombre que ha consagrado más de medio siglo a escribir, investigar y preservar la memoria cultural del Caribe colombiano. Cada libro suyo es el resultado de una paciencia casi artesanal; cada crónica, de una búsqueda obstinada de la verdad; cada cuento, de una manera particular de entender la condición humana. Sentarse a conversar con Robert Montes Mathieu es descubrir que su obra no termina en las páginas publicadas: continúa en la lucidez de sus recuerdos, en sus reflexiones sobre la literatura, en su defensa del lenguaje y en la pasión con la que sigue hablando de los libros, de la música y de este Caribe que ha convertido en geografía literaria.
Pasamos a la entrevista con Roberto Montes:
Naciste en Sincelejo, pero has desarrollado gran parte de tu vida en Bogotá. ¿Qué conservas intacto de aquella infancia y juventud en Sucre?
Nací en Sincelejo un día maravilloso, el de San Valentín, que en gran medida representa el amor y la amistad, núcleo de vida. El año, 1947, en el que casi se mata en un accidente automovilístico John Dos Passos, y perdió un ojo, según me dijeron porque yo no recuerdo, como sí recuerdo aquellos años junto a la familia; los amigos de los primeros juegos y travesuras; las letras aprendidas en “la cartilla de cartón”. Ese medio tan lleno de vivencias, tan vital de nuestro Caribe me motivaron a escribir casi que sin darme cuenta. Son recuerdos que no dejan de aparecer, como los fantasmas de que hablara William Faulkner.
¿Cuándo te diste cuenta de que la literatura dejaría de ser un pasatiempo para transformarse en tu vocación principal?
Desde que leí el primer libro, un tebeo, me entusiasmé. Quise hacer lo que hacía el autor, me pareció fácil y divertido. Tenía 7 años, la misma edad de Flaubert cuando aprendió las primeras letras, tarde sí, por eso Sartre en su biografía dice que era el idiota de la familia y así la tituló. De los tebeos viene mi admiración por Lee Falk; me dije que cuando creciera quería ser como él.
¿Cómo influyó tu formación de abogado en tu manera de escribir y de observar la realidad?
No hay incompatibilidad. Stendhal leía todos los días, antes de ponerse a escribir, varias páginas del código civil como una manera de evitar la grandilocuencia y ser más preciso. Lo mismo me decía Pedro Gómez Valderrama (con quien hablábamos mucho de la ley de contratación), además el derecho da muchos temas. Mira que Luis Brito García trabajaba en un juzgado en Maracaibo cuando se le ocurrió utilizar un expediente penal como estructura para una novela, Vela de armas. Y Rubem Fonseca, inspector de policía en Río, sus narraciones se originan en tantos casos de baranda que conoció.
Tu primer gran reconocimiento llegó en 1968 con EI ausente. ¿Qué significado conserva hoy ese poema pera ti?
Es la impresión del impacto que me produjo el asesinato en 1967 de un gran amigo periodista y hombre de radio, José Germán Gómez Jiménez. El gran aprecio por él y su familia, cercana a mí, permanecen inalterables. Si lees bien, el poema contiene todo el calor de la amistad. Fue mi primera publicación en el diario El Tiempo.
El cuarto bate es considerado uno de los cuentos emblemáticos del Caribe colombiano. ¿Cómo surgió esa historia y qué representa dentro de toda tu obra?
Aquí aparece el legado de mi papá, que me contagió el amor por los deportes emblemáticos del Caribe: el béisbol y el boxeo. Él me llevaba los fines de semana al estadio, donde disfruté al máximo y aprendí todo lo relacionado con los equipos que había en Sincelejo en los años de mi infancia. Mira que todavía hoy puedo recitar el line up y el nombre de muchos de ellos. Era difícil, por no decir que imposible, que no me sacara esos fantasmas con un cuento. Agrégale las transmisiones de las Grandes Ligas en la voz de Buck Canel, no me las perdía al lado de my father. El cuento es mi polo a tierra.
¿Qué sentiste al enterarte de que un escritor venezolano había plagiado El cuarto bate y había ganado un concurso con un texto que era tuyo?
Inmensa alegría, fuera de mi hábitat me leían con gusto al extremo de apropiarse de lo que escribía y pasarlo como propio. Lo malo: no compartir conmigo el valor del premio en valiosos bolívares de antes de la destrucción de Venezuela.
Tu narrativa se caracteriza por utilizar el habla cotidiana del Caribe sin complejos. ¿Por qué decidiste defender ese lenguaje cuando muchos escritores preferían ajustarse a modelos más académicos?
Es mi lengua, la manera de hablar de mis ancestros. La misma que aprendí a escribir en la escuela de la ‘Seño Pacha’ y que por ser vilipendiada en la zona andina más me apego a ella. En sus memorias GGM también lo exalta al hablar de ‘mi dialecto Caribe’. Te doy este dato que me justifica: Dante Alighieri escribió La divina comedia no en el culto latín, sino en el dialecto toscano de Florencia.
¿Qué autores colombianos y extranjeros han ejercido mayor influencia en tu formación literaria?
Dijo Rojas Herazo que la literatura colombiana es obra de gramatiqueros del páramo, por lo que hay que buscar las influencias en autores como Borges, Rulfo, Faulkner. Mi lista es larga, pero siempre estarán Lee Falk, Sterne, Carroll, Joyce, Jarry, Vonnegut, Philip K. Dick, Salinger, Chandler, McCarthy, Borges, Hemingway, Cortázar, Vargas Llosa y el más caribe: Guillermo Cabrera Infante.
Tu novela Para qué recordar tuvo el privilegio de una segunda edición casi diez años más tarde. Al volver sobre sus páginas con el paso del tiempo ¿qué descubriste en esa historia que el joven autor de la primera entrega no alcanzó a ver?
Es una bildungsroman. Es con las vivencias de mis años en Sincelejo, las del colegio donde estudié, el Simón Araújo; los bares y burdeles que frecuentaba; el parque Santander; casas de amigos donde bailábamos todos los sábados… y mi educación sentimental con el bolero, especialmente de la Billos Caracas, que tanto se escuchaba en la Costa. Fue un pedazo grande de mi formación y crecimiento, un ambiente inolvidable. Algo que no deja de pasar.
Has escrito poesía, cuento, novela, ensayo e investigación histórica. ¿En cuál de esos géneros te sientes plenamente realizado?
En todos, porque cada tema o idea exige su propia forma de expresarlo.
La música ocupa un lugar privilegiado en tu obra. ¿Qué te ha enseñado ese arte sonoro sobre la vida y sobre la literatura?
Te respondo con Nietzche: “La vida sin música sería un error”, y haber nacido en un medio donde la música está presente en todo, lo que se dice todo, no es posible sacarle quite al destino. Es la vida misma. Mira que mis libros de música, que son verdaderas memorias, han podido llamarse Vivir para cantarla.
¿Qué significó para ti obtener el primer premio con Maestros del acordeón en el encuentro de Investigadores de la Música Vallenata?
Un gran reconocimiento de mis investigaciones que agradezco, especialmente por venir de una institución académica, la Universidad Popular del Cesar, en Valledupar, ciudad donde conocen y aprecian la música.
Como editor de Magazín del Caribe, ¿qué vacío buscaste llenar en el panorama cultural colombiano?
Ese es uno de los trabajos que mayores satisfacciones me han dado. Más de veinte años publicando en el Magazín del Caribe una investigación que empecé en 1981, me ha permitido rescatar y dar a conocer una serie de escritores que revelan la existencia de una tradición letrada en la Costa que durante mucho tiempo se desconoció y desdeñó. Juan José Nieto, por ejemplo, primer colombiano en publicar una novela en 1844, todavía se niega, y por ahí muchos otros que permiten entender la aparición y grandeza de GGM.
Después de tantos años como jurado de concursos literarios, ¿qué cualidades encuentras con mayor frecuencia en un buen escritor y cuáles son los errores más comunes?
La mejor (diría la única) cualidad de un escritor es que sepa escribir. Que lo que diga sea legible y bien estructurado; el cuento se ajuste a lo que se considere cuento, y la novela encuadre en su condición proteica. Lo malo: el exhibicionismo y la fantochería, súmale la cursilería, y la incapacidad para superar la literatura rural campesina y, bueno, hay más, como más lectura, más rigor.
¿Crees que el Caribe colombiano ha recibido el reconocimiento que merece dentro de la historia de la literatura nacional?
No hasta la aparición y reconocimiento mundial de GGM, un Prometeo del Caribe. La Costa en sus letras ha sido subestimada, insisto, negada y hasta objeto de burlas. Cuando aparece Cien años de soledad, de la que salieron cuatro ediciones en menos de seis meses, la crítica o reseñadores bogotanos la ‘saludaron’ como ‘un libro más del folclor costeño’. Una relación de aquella ‘crítica’ resentida y sus autores, la publiqué en Lecturas Dominicales de El Tiempo en 1987 y muchos “me hicieron el feo”, “frente al pelotón de fusilamiento”.
¿Cuál de todos tus libros te ha exigido el mayor esfuerzo intelectual y emocional?
Posiblemente mi novela próxima a salir, editada por la Colección Caribe Colombiano de Pijao Editores, El vendedor de libros y la Maricuya. No anticipo nada para que la lean. Se van a sorprender: hay violencia desbordada, sexo sin freno, aventura, historia, lenguaje variopinto, información literaria incorporada al desarrollo narrativo, música, gastronomía y mucho etc. Imagínate que Conrad aparece discutiendo con un vendedor de ostras en Santa Marta.
Mirada en conjunto la totalidad de tu trayecto literario, ¿qué obra condensa tu espíritu con mayor fuerza y por qué?
Creo, y lo confirman algunos amigos que conocen mis inéditos, que es mi Libro de instrucciones, no publicado aún, porque revela mi verdadera forma de ver el mundo, ese absurdo que nos muestra Alfred Jarry con la patafísica del doctor Faustroll, y hasta el Ubú rey, que también influyó en Cortázar y en los del grupo Oulipo.
¿Qué tipo de lectura recomiendas a los jóvenes que se inician en el apasionante oficio de leer?
Que lean de todo: literatura (poesía, narrativa, teatro), historia, filosofía, memorias, libros de viajes, periódicos, revistas… con énfasis en los géneros preferidos: novela, cuento, minitexto… La crónica es fundamental, libros como la considerada madre de la crónica, que es una novela-crónica, Diario del año de la peste, de Daniel Defoe, las de Capote, Talese, en fin, leer y leer, porque sin leer no se puede escribir.
¿De qué tipo de textos deberían huir tos nuevos lectores y escritores? ¿Qué lecturas consideras que poco aportan a una sólida formación literaria?
Los tóxicos, como los ideologizados, que te sirven para otras cosas no para ser escritor literario. Recuerda a Hemingway, se escribe bien cuando se está enamorado. Y, agrego, en total libertad, voluntariamente, que no te impongan lo que debes hacer. Descarta autores como Benedetti, por ejemplo, de quien el poeta Juan Manuel Roca dijo que era a la poesía lo que Julio Iglesias a la filosofía.
¿Qué sueño literario te queda por cumplir?
Publicar mis inéditos, lo que cada día es más difícil, entre ellos Letras en el Caribe colombiano, donde recupero los autores que hicieron la narrativa del Caribe. Continuar con mis memorias (atípicas) antes que se me olviden, y ojalá publicar un cuento o varios en la revista Playboy. Y si es posible hacer un coro en Amor de adolescente con Alfredo Gutiérrez.
Si pudieras escribir la última página de tu propia historia, ¿con qué frase te gustaría despedirte de tus lectores?
Mi epitafio para un cremado, inspirado en el Génesis 3-19: Aquí hay un buen polvo…
