viernes, mayo 15, 2026 8:54 pm

Casa CulturaSilvia Miranda: La poesía como umbral entre la herida y lo sagrado

Silvia Miranda: La poesía como umbral entre la herida y lo sagrado

por Redacción: Noticias Coopercom

Con Silvia Patricia Miranda Bermúdez me encontré —y me reencontré— en el territorio luminoso de la palabra escrita, durante la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2025, en el stand de la Editorial Santa Bárbara, bajo el cobijo generoso de su propietario, mi querido amigo Alfonso Ávila.

Allí compartimos espacio, voces y afectos con la poetisa Adriana Acosta Álvarez y con los narradores Luis Felipe Vásquez Aldana y José Humberto Galiano La Rosa, en una conjunción feliz de miradas y escrituras.

Silvia Patricia era para mí un nombre ya habitado por la referencia y la memoria: desde hacía varios años sabía de su talento, no solo por su obra, sino porque fue compañera de bachillerato de mi hermano Roberto Carlos Pérez Villarreal en el Colegio Nacional José Eusebio Caro, ese recinto donde tantas vocaciones comenzaron a insinuarse en silencio, en la segunda mitad de los 80.

Aquel encuentro confirmaba lo que ya era evidente: Silvia Patricia Miranda Bermúdez es una creadora de múltiples orillas. Barranquillera (nacida el 27 de diciembre de 1972), magíster en Escritura y Narración, administradora de empresas con estudios de posgrado en logística, diplomada en finanzas y egresada de la Escuela Distrital de Artes Plásticas, ha sabido conjugar la disciplina académica con la libertad del impulso creativo.

Escritora, narradora oral, tallerista, mediadora cultural del Museo de Arte Moderno de Barranquilla y gestora incansable, su trayectoria da cuenta de una vocación guiada por el rigor y la pasión.

Autora de cuatro libros de poesía: De mi universo a tu espíritu (2020), El amor, la poesía y otras formas de protesta (2022), Cinco recuerdos de otras vidas (2024) y Fragmentos de nada (2025), su obra ha sido incluida en más de 15 antologías de circulación nacional e internacional, además de aparecer en revistas culturales de amplio reconocimiento. Ha participado como prologuista, jurado y colaboradora editorial, y su voz ha resonado en ferias del libro, festivales de poesía, encuentros literarios y recitales en Colombia y en escenarios internacionales, tanto presenciales como virtuales.

Miembro activo de la Fundación de Escritores Meira Delmar, del Parlamento Internacional de Escritores y de diversos colectivos artísticos, ha desarrollado una labor formativa notable a través de talleres de escritura creativa, procesos de mediación cultural y proyectos dirigidos a niños, mujeres y comunidades en condición de vulnerabilidad.

Su trabajo ha sido reconocido con importantes distinciones, entre ellas el Galardón Internacional Ciro Constantino Álvarez (Morelia, México, 2024), el Portafolio de Estímulos de Barranquilla en la modalidad de Literatura (2025), así como menciones y reconocimientos otorgados por universidades, fundaciones culturales y entidades públicas por su aporte sostenido al arte y la cultura.

La escritura de Silvia Patricia Miranda no es un ejercicio ornamental: es una travesía interior que convoca lo espiritual, lo femenino, la memoria, la herida y la insumisión del espíritu. Su palabra —simbólica y luminosa— se alza como ámbito común; en su pluma, el dolor se transforma en conciencia y la poesía cumple, una vez más, su antiguo oficio de nombrar lo que arde y lo que salva.

Desde aquí, la conversación se adentra en el corazón de la escritura de Silvia Miranda y en las claves de una trayectoria construida palabra a palabra.

De mi universo a tu espíritu propone una búsqueda de la verdad como esencia oculta de la naturaleza. ¿En qué momento de tu vida sentiste que la poesía debía convertirse en una vía filosófica y no solo estética?

“Lo esencial es invisible a los ojos”, Antoine de Saint-Exupéry. Inicio mi respuesta con esta célebre frase de “El principito”, porque la verdad no está oculta para nadie, solo que no es perceptible para muchos; no todo el mundo está preparado para verla. La poesía, como la verdad, está presente en todas partes, a la espera de alguien que la descubra. Yo no creo que haya habido un momento preciso de mi vida en el que haya sentido que mi poesía debía transitar la vía filosófica y no la estética. Creo que la estética es fundamental en la poética y no es un camino que se pueda evitar en este transitar.  Pero no siempre la belleza que deslumbra es la que permanece; por eso debemos sobrepasar la belleza, llegar a lo sublime y, ya estando en esa zona, permitir que ella misma nos muestre otras facetas menos superficiales, más profundas, tal vez filosóficas.  Cuando escribí De mi universo a tu espíritu acababa de regresar de un viaje de autoconocimiento a la India; venía prendada de esa experiencia espiritual. Fue justo en esa etapa de inmersión cuando mi poesía se tornó filosófica, porque la sola belleza se convierte en una trampa ilusoria si ella misma no es la puerta hacia otras dimensiones. Este fue mi primer libro, y estoy muy agradecida con la Silvia que lo escribió. En él convergen la pérdida, el amor, la muerte, la sabiduría y muchos otros temas atemporales que cada generación ha enfrentado y enfrentará. Quizá por eso se vislumbra filosófico: tenía la sensación de que la solo belleza no podía sostener el enorme peso de estos temas existenciales; en cambio las imágenes recreadas en la memoria del lector, sí. La poesía se volvió filosófica sin que esa fuera mi intención. 

El libro está organizado en seis capítulos que abordan vida, muerte, creación, angustia, Dios, amor y dolor. ¿Cómo se entrelazan entre sí estos estigmas existenciales dentro de tu universo poético?

Ciertamente, no son capítulos aislados sino estaciones de un mismo viaje. La vida aparece como un gran tejido de caminos entrelazados, la muerte como aquello que da sentido a la vida y la revela, el amor y el dolor como fuerzas gemelas, la creación como milagro cíclico, la angustia como motor que empuja a nombrar a Dios, y Dios como respuesta inexacta, pero perfecta. En mi universo poético, cada uno de estos estigmas existenciales se pasea. Y no como un leve viento, sino como turbulencias que lo transforman. Muchos poetas han coincidido en decir que, aunque todo cambie y aunque la poesía pueda abordar cualquier tema, lo que mueve al ser humano a escribir versos sigue siendo lo mismo, y este libro aborda esos grandes temas. 

En poemas como ‘Alzheimer’ y ‘Mi pequeña victoria’ se percibe una lucha íntima, casi corporal, con la memoria, el desgaste y la derrota. ¿Escribes desde la experiencia vivida o desde una conciencia simbólica del sufrimiento humano?

La memoria de lo que he vivido personalmente hace parte de la humanidad y, por lo tanto, es una pequeña muestra de la conciencia simbólica del sufrimiento humano. En mi poesía cohabita la experiencia personal y general; hay una mezcla entre lo íntimo y lo colectivo. No escribo siempre desde la experiencia vivida, pero no puedo apartar mi perspectiva de lo observado, porque la poesía se alimenta de la observación y de la percepción, por eso cambia tanto de una persona a otra.  Trato de que la poesía se decante para que en ella permanezca no la catarsis, sino la conciencia simbólica universal, es decir, convertir lo personal en espejo colectivo. En poemas como “Alzheimer” hay hueso y alma; miedos que se deshilachan y pesan en el cuerpo. Pero también hay una mirada que sabe traducir ese desgaste y convertirlo en arquetipo: esa memoria que se pierde es la memoria del mundo, el tiempo abrasivo, De igual manera, “Mi pequeña victoria” es un recordatorio de esa imperceptible victoria que es el aliento, el hálito de vida. Mis poemas son confesiones, pero también testimonios del prójimo; íntimos en la materia, universales en la forma.  

Tu poesía se nutre de un fuerte simbolismo y una intensidad emocional constante. ¿Qué tan consciente eres del ritmo y la musicalidad al momento de escribir?

Muy consciente. El ritmo, la musicalidad y el poema se amalgaman. Cuando desaparece el ritmo, solo queda el tedio; este es la respiración del poema. La musicalidad, por su parte, es el latido; ambos son conceptos distintos, pero están muy unidos y relacionados. Trabajo estos conceptos con la misma atención con la que el artesano elige la madera; leo en voz alta cada poema, lo escucho detenidamente. La musicalidad y el ritmo no son adornos, son los responsables de su fluidez y su sonoridad.

Borges decía que la poesía devuelve la palabra a su fuente original, y para mí el origen de todo es la vibración.  Cuando el poema tiene ritmo, es como si latiera en él un corazón, la forma no basta si no tiene vida. Cuando el poeta decide nombrar lo que otros callan, revelar lo que el otro no puede ver, el ritmo se convierte en el bálsamo que permite penetrar la mente del lector. Los grandes poetas han sido conscientes de ello, saben que el lenguaje mismo es musical y rítmico y que incluso en el silencio hay ritmo. Como en una partitura, cuando se logran combinar las palabras exactas con los silencios precisos, hacemos magia, y el poema, de seguro, permanecerá. 

El amor, la poesía y otras formas de protesta transita del sentimiento íntimo a la inconformidad social. ¿En qué momento el poema deja de ser contemplación para convertirse en acto de insurgencia?

A lo largo de la historia, la poesía ha sido muy usada como instrumento de protesta; ya sea oral o escrita, ya sea épica o lírica, su naturaleza es insurgente. Ella opera en un registro que la inmediatez no alcanza, instala preguntas sin preguntar, abre ventanas para que entre la luz o se revele la oscuridad, ella crea.  Si bien es cierto que podría pensarse que El amor, la poesía y otras formas de protesta vendría a ser lo opuesto a De mi universo a tu espíritu, como sucede con los movimientos culturales que el que emerge se opone al anterior, en este caso no es así. Y aunque el primero se basaba más en la introspección y en lo trascendente y el segundo en la crítica social, ambos son contemplativos y de naturaleza insurgente; solo que el momento histórico cultural por el que atravesaba el país en ese instante en el que nació mi segundo libro, demandaba un poemario así, con mayor fuerza protestataria. Pero una cosa no excluye a la otra; por ejemplo, el haiku japonés es contemplativo, pero a su vez fue un modo de insurgencia cultural, defendiendo la sencillez frente a la retórica. San Juan de la Cruz, al contemplar lo divino, se enfrentaba a estructuras de poder religioso; y en mi libro hay insurgencia silenciosa, pero no menos poderosa; hay poesía que dará cuentas a la historia y le hablará al que tenga oídos para oír.  Comparto esa idea de la poeta Gloria Fuertes que dice que el poeta, más que contar sílabas, debe contar lo que pasa; y ciertamente la poesía puede ser un arma eficaz para conquistar corazones y almas, para construir el pasado y recordar el futuro. 

¿Consideras que la poesía, hoy, sigue siendo un instrumento válido de protesta en una sociedad saturada de ruido y urgencias?

Totalmente. La poesía reclama tiempo, atención y presencia. Ella irrumpe la realidad con imágenes intensas y silencios que obligan a detenerse. Sin gritar, puede cuestionar estructuras de poder y denunciar injusticias. 

Hace un año tuve la oportunidad de hacer teatro físico en pleno Carnaval de Barranquilla; el tema era el silencio, y siendo un performance poético de principio a fin, enfrentar el silencio en medio del ruido del carnaval fue una experiencia absolutamente insurrecta. Y digo esto porque contrario a lo que se piensa, la poesía no compite con el ruido; ella está llena de silencios tan poderosos que son capaces de interrumpirlo. La fuerza, muchas veces, está justo en lo que no se dice, en la pausa, en la capacidad de abrir un espacio de reflexión en el lector. Y si eso no es un acto de revolución en un mundo que exige todo lo contrario —rapidez, inmediatez, ruido—, entonces no sé qué cosa lo sea.

Naciste en el barrio Lucero de Barranquilla. ¿De qué manera ese origen popular y caribeño atraviesa tu mirada poética y tu forma de nombrar el mundo?

Lo popular me acerca, me hace más humana. Se entiende mejor el dolor del pueblo si se ha vivido en carne propia, y yo, desde la raíz hasta los frutos, conozco el proceso. Desde muy temprana edad, la oralidad hizo parte de mi vida; estoy hecha de las historias del cementerio, de la iglesia, de los callejones polvorientos y las piedras que rasparon mis rodillas. No hay una sola calle de Barranquilla que no me cuente algo, que no me traiga un recuerdo.  Es sencillo que la poesía te encuentre así: mirando un palo de mango, un arrebol, oyendo el pregón de un vendedor deambulante.  El Caribe, como decía Gabo, es un universo propicio para la magia, para dejar fluir la inspiración, para sentir los colores, vivir la música y crear. La sabiduría cotidiana popular me enseñó a usar la lengua como puente entre lo culto y lo corriente. La sencillez a veces prima sobre lo solemne; creo que en los detalles pequeños está la grandeza de Dios y trato de que mi escritura lleve siempre ese pulso. 

Tu formación académica combina administración, logística, artes plásticas y escritura creativa. ¿Cómo conviven en ti la disciplina empresarial y la libertad del acto poético?

Albert Einstein, un hombre de ciencia, consideraba a la imaginación más importante que el conocimiento; y yo Gozo de una gran imaginación, la cultivo y la alimento como un gran tesoro. Esto lo digo porque yo siempre imaginé mi vida libre y rodeada de arte, y aunque por un largo periodo estuviese trabajando para una empresa, tenía claro lo que quería y nunca dejé de creer que lo lograría. Mi vida artística y la administrativa confluyen en un punto: todas exigieron un gran sacrificio, perseverancia y mucha disciplina. La administración y la logística me dieron orden, método y confianza; siempre he hablado de ellas como un desvío que tuve que tomar para salir adelante con mi hijo. Hoy estoy replanteando esa teoría; hoy creo que eran parte de mi camino hacia el arte, un camino necesario para aprender lecciones que necesitaba antes de llegar hasta aquí.  Las artes plásticas y la escritura requieren mucho más que ganas y talento; exigen paciencia, confianza en uno mismo, la certeza del vuelo y mucha tolerancia al fracaso. En este momento no conviven en mí la vida empresarial y la libertad artística, porque yo decidí dedicar toda mi energía a la creación artística y me aparté del mundo empresarial, pero me traje conmigo la disciplina.   En la práctica, ella me ha permitido sostener proyectos, publicar, enseñar y terminar lo que inicio.  

Has participado como narradora oral, mediadora cultural y tallerista. ¿Qué has aprendido del contacto directo con niños, jóvenes y comunidades vulnerables que luego se filtra en tu escritura?

Esa experiencia ha aportado muchísimo a mi vida. He aprendido a leer más al prójimo, a sentir su necesidad, a interpretarlo; he aprendido la urgencia de dar, de amar, de sembrar una semilla de conocimiento y de curiosidad en la niñez. El contacto con niños, jóvenes y comunidades vulnerables le devolvió el valor a la palabra servicio. Aprendí que la poesía puede ser viva y llevar consuelo; que la literatura es una herramienta efectiva de transformación; que la escucha a veces es más importante que la misma palabra. Aprendí que siempre hay algo que se puede hacer para ayudar al menos favorecido, y que hay demasiada necesidad como para transitar la vida en cuclillas sin dejar una huella.  Sí, en efecto, esa experiencia se ha filtrado en mi escritura; aparece en imágenes que nacen de la calle y no de la academia, del delantal manchado de mugre y no del escritorio. La poesía en la calle y con niños en condiciones de vulnerabilidad —que a veces ni siquiera saben leer ni escribir— me hizo volver  al origen, a  la oralidad, la rima, el juego, la imagen; todo se mezcla de la manera más sencilla y pura posible, en las manos de la inocencia. Esta experiencia me mostró que no basta con vivir.

Tus poemas suelen habitar paisajes de fragilidad extrema. ¿Escribir es para ti una forma de sanación, de catarsis o de confrontación contigo misma?

El año pasado tuve la oportunidad de dirigir un taller para mujeres que habían sido víctimas de maltrato, violencia, enfermedad o invisibilizadas por la maternidad. A medida que el taller se desarrollaba, yo también estaba siendo sanada.  La escritura puede ser una forma de sanación, de catarsis y de confrontación. Escribir sana porque nombra lo que duele; libera lo que pesa; confronta y obliga a mirar esas sombras de las que tanto habla Jung. Cuando escribimos, la palabra se convierte en un espejo que devuelve la verdad, aunque duela.  Ahora de la catarsis al poema hay un salto cuántico, todo el proceso creativo se desarrolla ahí, pero en definitiva escribir es una forma de transformar la memoria afectiva, y bien trabajado, puede llegar a ser arte.

Has sido publicada en numerosas antologías nacionales e internacionales. ¿Qué sientes cuando tu voz resuena con otras voces poéticas fuera de Colombia?

Siempre es una alegría, una conquista, porque hay tantas voces buenas como escritores en el mundo. En toda nuestra vida estamos recreando esa carrera del espermatozoide por llegar primero al óvulo; en este caso la carrera no es para que me publiquen, mucho menos por el reconocimiento internacional; en este caso la carrera es por supervivencia, por no morir en el intento, por llegar a “ser”, por fecundar tu poesía más allá de las fronteras que la atajan. Eso suena lindo, pero exige un precio: exige tiempo, lecturas, pasión, consciencia, paciencia, mucha paciencia. Eso sí, tienes que tener el valor de intentarlo, de enviar tus textos una y otra vez, de enfrentar la crítica, enfrentar el rechazo, trabajar, muchas veces con, las uñas sin ningún apoyo; y aun así, tienes que atreverte a ser el mejor  y que el eco de tu poética sea tan fuerte que traspase las fronteras.  Que mi voz resuene fuera de Colombia me reta y me confirma que debo seguir esforzándome, leyendo más, exigiéndome calidad, porque más allá de mis límites está la poesía.

¿Qué significado tienen para ti los premios y reconocimientos recibidos —como el Galardón Internacional Ciro Constantino Álvarez o el Portafolio de Estímulos de Barranquilla— dentro de un oficio tan íntimo como la poesía?

Los premios y estímulos ayudan, abren puertas, permiten visibilidad. Pero no pueden convertirse nunca en el fin; se perdería la esencia pura de lo poético. La medida de nuestro trabajo y a la vez nuestro derrotero mayor debe ser la autenticidad y el amor por lo que hacemos. Despojados del ego y del afán de figurar, el buen trabajo gritará tan fuerte que será imposible no escucharlo.   

Significó mucho para mí haber ganado el Portafolio de Estímulos de Barranquilla, así como todos los demás galardones y premios, pero ellos no me definen. Son simples señales que me han hecho más fácil el camino, que me han iluminado el rumbo. Pero una cosa tengo clara: ellos son derroteros, pero nunca el camino mismo. No quiero que los premios le pesen o le quiten la pureza o intimidad a mi poesía; su verdadero valor no está en el galardón, sino en lo que comunica, en su capacidad de tocar las fibras más profundas del lector y ese poder casi divino de crear a través de la palabra.

Como jurado y prologuista, ¿qué buscas en un texto ajeno para reconocer en él verdadera literatura y no solo un ejercicio retórico?

Vida. Ese es el reto enorme hoy, en una era en la que todo está disponible en internet. Este reto no solo lo enfrentan las universidades y la docencia, sino que se extiende a todas las disciplinas, incluyendo el arte. La pregunta es ¿qué debe tener un texto para que no sea solo un ejercicio retórico, o algo que pueda hacer sin problemas cualquier IA? Para mí la clave está en que debe tener vida, debe llevar hálito. Y eso no lo podrá imitar ninguna máquina, por avanzada que sea.  En particular, yo cuando evalúo, no busco perfección, más bien desconfío de ella. Busco textos que conmuevan y que muevan, que tengan autenticidad, riesgo y respiración propia. Prefiero la honestidad de un poema imperfecto a la perfección técnica sin alma.  La literatura verdadera es la que transforma al lector, no la que solo exhibe destreza. La literatura debe trascender lo utilitario y expresar de manera auténtica la experiencia humana. Detectar vida en un texto es un proceso parecido al que hace un médico al recibir un neonato; en un texto vivo debe latir algo, y ese latido se debe sentir. Ese latir puede estar dado por la originalidad, el ritmo, la imaginación etc. Lo importante es que ese texto transmita, que despierte la atención del lector, que lo toque.

En tu obra aparece con fuerza la idea de Dios, la fe y la trascendencia. ¿Desde dónde te aproximas a lo espiritual: ¿desde la duda, la certeza o la necesidad?

Desde muy niña inicié esta búsqueda espiritual. Como todo, las motivaciones de esa búsqueda han cambiado; quizá de niña me movía la necesidad de saber; en la adolescencia me movió la duda; hoy en día, posiblemente sea la certeza de que ese es el camino lo que me impulsa a aproximarme más y más a lo invisible. Aunque confieso que prefiero la duda y la necesidad: la certeza siempre me ha parecido peligrosa, así que esta respuesta puede cambiar con el tiempo. La trascendencia en mi poesía aparece como una posibilidad, un intento de transmitir lo indecible a través de la palabra.

Muchos de tus poemas parecen escritos al borde del abismo, pero sin perder lucidez. ¿Le temes a los límites emocionales cuando escribes?

Vivo al borde del abismo. Al límite. Para mí, escribir es una aventura extrema; requiere paz, pero también dinamismo, divergencia, pasión, entrega, sensibilidad. Te lleva a romper todos los límites emocionales.  No le temo al borde, no le temo a nada ya. He aprendido a caminar cerca del dolor y habitarlo con lucidez. Escribir al filo me permite ver con claridad lo que otros evitan.  Creo además que el riesgo es una condición necesaria para el descubrimiento; sin él, el poema se vuelve seguro y, por tanto, inofensivo. Mis poemas son animales que hay que domar. No confíes en una sola lectura, ni en una lectura segura; te sorprenderás de todo lo que hay en el último tramo, en la capa más profunda.

¿Qué autores o qué tipo de lecturas recomiendas a los jóvenes?

Que empiecen por lo que les gusta, pero que pasen sí o sí por los clásicos. No se imaginan lo que se aprende con los clásicos, Miguel de Cervantes Saavedra, Lope de Vega, por ejemplo.   Recomendar lecturas no me gusta mucho, va impregnado siempre de subjetividad y para gustos…los colores. En mi caso les recomendaría poetas que me enseñaron a pensar y sentir al mismo tiempo, por ejemplo, Alejandra Pizarnik, Idea Vilariño, Wisława Szymborska, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, son tantos en realidad. También les sugeriría una lectura a voces contemporáneas como la de Hellman Pardo, Elisa Díaz Castelo, Nilton Santiago, José Manuel Díez, Fadir Delgado, Carlos Villalobos y por supuesto Silvia Patricia Miranda. 

¿De qué tipo de lectura deben huir los jóvenes?

Sugiero evitar lecturas que conviertan la literatura en fórmulas, esos libros que prometen la inmortalidad en pasos a seguir. Evitar textos que, en vez de ejercitar el cerebro, adormezcan la capacidad de asombro.   Entre autoayuda y filosofía, siempre filosofía. Aunque prefiero que lean, así sea la sección de sociales de un periódico, a que no lean nada. Leer adiestra el cerebro y crea hábitos. Así que lean, porque como dice un amigo: “Leer da sueños”. Ojalá los jóvenes busquen textos que los desafíen y no que los anestesien.

En ‘Fragmentos de nada’ escribes desde el vacío y conviertes el abismo en ofrenda: poemas que no buscan respuestas sino presencia, que abrazan la herida y la transforman en fuego compartido. ¿Cómo fue el proceso íntimo y espiritual de escribir este libro y en qué momento sentiste que esos fragmentos dejaban de ser solo tuyos para convertirse en un umbral compartido, casi sagrado, entre quien escribe y quien lee?

Fragmentos de nada fue un libro doloroso. Hay libros que no se escriben, se tallan sobre el dolor. Nace del temblor que queda cuando todo se rompe. Su nombre alude al vacío cuántico, y si bien el concepto de vacío no es lo mismo que el de la nada filosófica, en este libro ambos se unen. Cada capítulo es un quiebre; cada grieta, el terreno donde la belleza germina. Tal como en el arte japonés del kintsugi, cada poema es una invitación a mirar nuestras fracturas con asombro y ternura. Nos recuerda que somos fragmentos de la nada: momentos rotos, partículas errantes, y aun así belleza pura.  Escribir Fragmentos de nada fue entrar en un territorio de ausencia y convertirla en ofrenda. El proceso fue lento, hecho de noches en vela, de aceptar la cicatrización; fue transformar el dolor en arte, aceptar que reconstruirse no es volver a ser lo que fuimos, sino aceptar lo que somos ahora. El libro incluye un juego con el lector, lo hace parte de la sanación; lo invita a escuchar música mientras lee, le ofrece imágenes de mi autoría con una fuerte carga simbólica; su portada es un círculo imposible del universo, mi interpretación de la cinta de Mobius, una invitación tácita a pensar en el infinito, en los límites ilusorios; y está traducido al inglés con la intención de acercarlo al mayor número de personas posible.   Lo que hice con esos fragmentos fue intervenirlos con total entrega, como se hace con una obra de arte.  Ya no son mis fragmentos, nunca lo fueron, provienen de la nada y la nada nos atraviesa a todos. Los poemas me abandonaron cuando los devolví al vacío; lo privado se volvió sagrado cuando el lector reconoció su propia herida en la mía.

Después de libros como Cinco recuerdos de otras vidas y Fragmentos de nada, ¿sientes que tu escritura ha entrado en una etapa de mayor desnudez o de mayor depuración?

Sí. Es el proceso natural del que avanza, no del que se mueve, sino del que avanza. Vivo eyectada hacia el futuro (como dice el filósofo) y como una flecha, mi escritura avanza. No me interesa agitar el agua por encima, quiero profundidad y quiero avanzar. Si mi escritura ahora es más limpia, tiene menos ornamentos y academicismos, entonces he progresado. Hoy busco la palabra justa en la imagen precisa, no quiero distraer, quiero estremecer, revelar, rebelar. La madurez literaria, para mí, es aprender a decir más con menos. Aprender que la poesía es poesía, simplemente es. Si algo de eso he logrado hasta ahora me daré por bien servida.

Si tuvieras que definir tu poesía con una sola imagen —no con una palabra—¿cuál sería y por qué?

Cuando tuve la oportunidad de conocer el fresco La creación de Adán de Miguel Ángel, lo concebí como un gran poema. La palabra poiesis, significa literalmente “hacer” o “crear”, y esta imagen condensa lo que puede lograr un gran verso en el lector con tan solo tocarlo. Ese instante preciso en que Dios extiende su mano y transmite a Adán la chispa de la vida con un simple roce de su dedo, es la imagen que escogería para definir mi poesía. Y no solo porque evoca el acto mismo de la creación divina a través del contacto, sino porque también encierra una profunda carga simbólica en cada trazo, porque por su disposición obliga al espectador a elevar la mirada al cielo, y porque en medio de su belleza el fresco logra inquietar, asombrar y conmover hoy igual que ayer, absolutamente atemporal.  Pienso también en la imagen del bosón de Higgs —la llamada “partícula de Dios”— que hace apenas unos años inundó la web. Esa representación contiene la tensión entre lo posible y lo imposible, entre lo eterno y lo efímero, entre la inmensidad y la pequeñez. La poesía es precisamente eso: un puente entre lo divino y lo humano, el instante en que ambas naturalezas convergen.  

De todo lo que he compartido en esta entrevista, quisiera que permanezca en tu memoria lo siguiente: la poesía se sostiene sobre un legado histórico de enorme trascendencia, y los puentes que enlazan lo contemporáneo con lo clásico deben ser respetados. Innovar es necesario, pero nunca a costa de olvidar el origen. Prestar la voz a quienes no la tienen es un acto noble, pero no olvides encontrar la tuya propia. Y aunque a veces surja el impulso de gritar, la verdadera potencia del verso suele residir en la sugerencia, en el espacio que deja al silencio. Porque, aun cuando cambien las formas, la poesía seguirá siendo esa chispa capaz de hacer arder al mismo cielo.

Por Fausto Pérez Villarreal-Espacial para Noticias Coopercom