viernes, agosto 14, 2026 7:48 pm

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Wilfrido Rodríguez, frente al espejo de la poesía

por Redacción: Noticias Coopercom

Movido por la nostalgia anticipada que me produce el inminente viaje de mi hijo, Fausto Enrique, a Praga, me refugié en la lectura de Curva kafkiana, uno de los poemas incluidos en Inquilinos viscerales, el laureado libro de Wilfrido Rodríguez Orozco, publicado en 2022.

La obra reúne textos que, en distintos momentos, obtuvieron reconocimientos en certámenes literarios de España, Colombia y Venezuela: TiranoLa conflagración del silencioFiebre de tinta negraVox populiLa loca de la casaDel libro de AlencartOtra ciudad para CioranLo que oculta mi sangreEpístola del combatiente y Peligro de extinción, entre otros. Curva kafkiana no recibió un premio individual, pero hizo parte de ese volumen que fue finalista del Concurso Departamental de Poesía de la Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez, en Valledupar, en 2020.

Praga, la ciudad donde Franz Kafka convirtió la angustia en literatura y que muy pronto abrirá sus puertas a mi hijo, comenzó a ejercer sobre mí una fascinación inesperada. Quizá por eso el poema de Rodríguez me encontró en el momento preciso. Son apenas cinco breves párrafos, pero en ellos palpita un existencialismo intenso que emparenta con el universo kafkiano desde el mismo epígrafe.

El texto se abre con una confesión que estremece: «Hoy tengo más ruido que la música de mis huesos». En esa sola imagen cabe un mundo de desasosiego. El ruido desplaza la armonía interior; la incertidumbre termina imponiéndose incluso sobre la arquitectura física del ser. Es un verso que ubica al lector, desde    el primer instante, en un plano donde la conciencia opaca al cuerpo.

Wilfrido Rodríguez posee el raro don de seducir con la palabra. Su voz lírica elude el mandato y apuesta por el encanto de la sugerencia. Bastó ese poema para que continuara la travesía por las treinta y ocho composiciones del libro, algunas dedicadas a figuras literarias y artísticas destacadas entre los que sobresalen los nombres de Jorge Luis Borges, Charles Baudelaire, Gabriel García Márquez, Paul Auster y el aludido Franz Kafka.

Detrás de Inquilinos viscerales hay un hombre que, en apariencia, pertenece a un universo muy distinto al de la poesía. Wilfrido Rodríguez Orozco nació en Valledupar el 18 de mayo de 1978 y se formó como ingeniero industrial. Más tarde amplió su horizonte académico con estudios de gerencia pública, desarrollo empresarial y gestión de empresas y economía social, entre Colombia y España. Sin embargo, al internarse en su obra queda claro que las cifras y los indicadores nunca lograron domesticar al poeta que llevaba por dentro.

Su trayectoria literaria confirma una vocación cultivada con paciencia. Desde Bajo la retórica del corazón (2002) inició un itinerario que continuó con De verdades y fabulacionesEl tren de las pasiones colectivasMetamorfosis de las sombrasInquilinos viscerales y La casa. A ese recorrido se suman el libro de cuentos Parvulario de heridas y la novela corta Las fronteras de la ausencia, que permanece inédita. Cada título parece prolongar el anterior, como si todos respondieran a una misma búsqueda del ser humano, de sus fracturas, sus pérdidas y sus inagotables formas de resistencia.

La propuesta literaria de Rodríguez Orozco está confeccionada con cuidado lingüístico. Posee una destreza narrativa (tanto en prosa como en verso) que conduce a una literatura diferente, donde el lenguaje que utiliza nos transmite una impronta particular en la modulación del tono y el tratamiento de los temas. Son textos bien logrados que transitan lo cotidiano, así como los límites de lo fantástico.

Los reconocimientos han acompañado ese camino sin alterar el pulso de su escritura. Ganó en 2025 la convocatoria de la Editorial Unimagdalena para la publicación de libros con su obra inédita Las fronteras de la ausencia; obtuvo el II Premio Internacional Palíndromus de Cuento, en Venezuela, el VI Premio Departamental de Poesía del Cesar, en Colombia, y el segundo lugar del certamen Letras Líricas de Santiago, en España. A ello se suman finales en importantes concursos de Colombia, España y Perú, menciones honoríficas en Argentina, Colombia y Venezuela, además de una presencia constante en revistas literarias de México, Argentina, Chile y Colombia. Es el recorrido silencioso de un escritor que ha preferido dejar que sean sus textos, y no el estruendo de la promoción, quienes hablen por él.

Esa trayectoria ayuda a comprender la madurez de Inquilinos viscerales. Sus poemas nacen de una conciencia que conoce el peso de la existencia y, aun así, insiste en encontrar belleza entre las grietas. En ellos conviven la memoria, la incertidumbre, la ciudad, el amor y la muerte, junto a las voces tutelares de escritores que han marcado la sensibilidad del autor. 

A ese recorrido se suman varias menciones honoríficas con publicación en antologías, obtenidas en el 79.º Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Camino de palabras (Argentina), el Concurso Internacional de Poesía Inédita En lo alto del río (Zapatoca, Colombia), el Premio Internacional de Poesía Bruno Corona Petit (Venezuela), el Concurso Internacional Mil poemas por la paz del mundo (Colombia) y el Concurso Literario Internacional de Poesía Dr. Julio Argentino Aguirre Céliz (Argentina). Su obra, además, ha sido acogida por publicaciones como Árboles Azules, la Revista Literaria de la Academia Nacional de Poesía de Ciudad de MéxicoMaría MulataLa Revista InexistenteEn sentido figuradoPrimera Página y Buenos Aires Poetry, lo que confirma la presencia constante de su escritura en diversos escenarios de la literatura hispanoamericana.

En Curva kafkiana esa resonancia adquiere un vigor singular. Rodríguez no imita a Kafka ni pretende traducirlo al verso. Lo visita. Camina por su dominio espiritual para explorar las dudas del hombre contemporáneo, sus pasadizos íntimos y ese ruido interior que amenaza con opacar la música esencial del ser.

Cerré el libro con la misma sensación que deja un buen viaje: la de haber regresado siendo otro. Mientras imagino a Fausto Enrique recorriendo las calles de Praga, pienso que hay ciudades que primero se conocen en los libros y después se descubren con los pies. Kafka me condujo hasta Wilfrido Rodríguez; Wilfrido Rodríguez me acercó, de otra manera, a Praga. Y comprendí que algunos viajes empiezan mucho antes del despegue.

Vamos, de inmediato, a la entrevista con Wilfrido Rodríguez, cuya estructura de preguntas y respuestas revela la evolución de un autor que navega entre su formación técnica como ingeniero y su vocación literaria mística. A lo largo de este intercambio, Rodríguez examina temas clave: la infancia entendida como patria fundamental, la literatura vista en tanto extensión del decir humano y la búsqueda de una poética universal capaz de superar el ego individual. 

Naciste en Valledupar, una tierra donde la música suele imponerse sobre la literatura. ¿En qué momento descubriste que tu verdadera patria estaba en la poesía? 

La verdadera patria de todos es la infancia, parafraseando a Rilke. Y mi infancia estuvo rodeada de libros. Se desarrolló bajo la sombrilla de un padre –abogado–, que era tan buen orador como escritor; y una madre, que fue una gran maestra de escuela. Ambos aún viven. Nunca sentí alguna presión por parte de ellos para acercarme a los libros. Al margen de la huella de mis padres, mi entorno físico guardaba una estrecha correspondencia con mi ser. Hacia los diez años, justo al iniciar el bachillerato, la estela aromática de los libros invadió mis sentidos y sus páginas reclamaron mi presencia. Entonces me mudé a la biblioteca. En un afán independentista, salí de la alcoba que compartía con mi hermano menor y pedí a mi madre que trasladara mi cama, la mesa de noche y un pequeño ventilador a esa mística habitación, abarrotada de libros y revistas. Recuerdo la avidez con la que llegaba del colegio para revisar las páginas ilustradas de las enciclopedias Cumbre, Lo sé todo, Larousse, Nueva Historia de Colombia, entre otras; y algunas publicaciones de interés general comoel Almanaque Mundial y la revista Selecciones de Reader´s Digest. Desde entonces, uno de los símbolos más importantes de mi patria fue la biblioteca: mi habitación. 

Eres ingeniero industrial, especialista y magíster en áreas empresariales. ¿Cómo logró el poeta sobrevivir entre fórmulas, indicadores y modelos de gestión?

Transcurría el año 2006. Durante la presentación de mi segundo libro, De verdades y fabulaciones, un amigo auguró –muy a su pesar– que esas fórmulas e indicadores terminarían matando mi pasión literaria. Para mi fortuna, el vaticinio no prosperó. En cambio, mi pasión por las letras ha crecido día tras día como la gráfica de una función que se extiende hacia el infinito. 

He sobrevivido porque la literatura se convirtió en un contrapeso de mis miserias. He sobrevivido gracias a la memoria poética que me permite conservar aquello que me conmovió, aquello que le otorga belleza a mi experiencia vital.

Bajo la retórica del corazón fue tu carta de presentación como poeta. ¿Qué motivó aquel primer libro y cuánto de ese Wilfrido de 2002 permanece en el escritor de hoy?

Ese primer libro lo concebí con ojos de ansiedad. Fue un acto apasionado, impulsivo y temerario que develó mi urgente necesidad de mendigar la mirada ajena. Esa urgencia invade en algún momento a todo escritor.

Poco queda del autor que en sus primeras obras fue vanidosamente barroco. Hay quienes nunca superan esa etapa y terminan alejando al lector. Con los años estoy tratando de alcanzar una modesta complejidad. Apoyándome en la concepción borgiana, diría que estoy empezando a conocer las trampas de la vanidad.

Inquilinos viscerales ha sido uno de los libros más celebrados de tu trayectoria. ¿Qué representa dentro de tu evolución como escritor?

Disrupción.

Convicción. 

Carácter.

Autenticidad.

Íntima comunión entre mi experiencia vital y mi experiencia literaria.

El poema Curva kafkiana roza la atmósfera de Franz Kafka sin caer en la imitación. ¿Cómo nació ese poema y qué encontraste en su obra que sigue interpelándote?

En una biografía de Kafka leí que trabajó en varios empleos que le resultaban en extremo aburridos, mientras lidiaba con el conflicto interno derivado de su vocación literaria. La metamorfosis aborda algunas de esas preocupaciones. De allí mis versos intentando ser una transmutación estética de su sufrimiento: 

… Disturbios en la memoria,

sueños decapitados…

… Hoy mis pasos describen

la curva del despilfarro…

A su vez, algunos versos al cierre del texto poético constituyen un manifiesto del dolor que representa la enfermedad en la postrimería de la vida, tal como lo vivió Franz.

… una soledad de lo no vivido

un funeral de lamentaciones…

… el lenguaje de las últimas cosas.

En tus versos aparecen con frecuencia Borges, Baudelaire, García Márquez, Paul Auster y Kafka. ¿Qué le ha legado cada uno de ellos a tu manera de escribir? 

La experiencia literaria, lo que leemos, es pábulo inagotable para la cosmovisión del individuo; más aún para el escritor. Todos coexisten en mi habitación, en mi memoria. Y no solo ellos, también:  Anton Chéjov, Lucía Berlín, Rosa Montero, Charles Bukowski, William Faulkner, Antonio Muñoz Molina, Blanca Varela, Darío Jaramillo Agudelo, Han Kang, Byung-Chul Han, Haruki Murakami, Julio Cortázar, Gustave Flaubert, Horacio Quiroga, Edgar Allan Poe, Hermann Hesse, Alfredo Pérez Alencart, Constantine Cavafis, Alda Merini, Virginia Woolf, León Tolstói, Raúl Gómez Jattin, Luis Mizar, E.M. Cioran, Milan Kundera, Juan Rulfo, entre muchos más.

Lo que arrastra la memoria de un escritor sobre el terreno seco y pedregoso es el peso del arado fundido con la amalgama de los metales preciosos que socava en los cimientos de lo vivido y lo leído. 

Tus poemas transmiten una permanente reflexión sobre la existencia, la incertidumbre y la condición humana. ¿Escribes para entender la vida o para soportarla? 

Escribo para reivindicar la necesidad del diálogo. La escritura es una de mis herramientas sociales más genuinas, porque reconozco mis limitaciones a la hora de abordar la oralidad. Debemos obligarnos a decir «me voy a conectar», como lo hacemos hoy día con las redes sociales. Octavio Paz concibió la conversación como un arte que nos ofrece una de las mayores recompensas del trato humano, uno de los placeres superiores de la civilización.  Estamos concentrados, por ejemplo, en el peligro que representan los daños ambientales, pero es precisamente la decadencia del arte de la conversación otro gran signo de que la civilización está en peligro. 

Leer no significa, en esencia, más que una conversación; desde esta óptica, la literatura nos regala un amigo que habla y que escucha. Y cada conversación estimula el apetito primitivo de seguir leyendo o escuchando.

Sobre las virtudes de la conversación, Sylvia Plath escribió en una carta dirigida a un amigo, en enero de 1950: «Es un alivio encontrar a alguien con quien hablar sobre la vida. Creo que la compañía espiritual, en un mundo tan superficial, es muy necesaria».  

¿Cuál ha sido el libro más difícil de escribir y por qué? 

Desastre natural. Es una obra inédita, pero a nivel poético es la obra que sucede a La casa. Esta última me ha dado un premio significativo y sembró una exigencia de superación estética que implica una insatisfacción perpetua. Llevo casi cuatro años bajo el yugo de esta nueva obra, ajustando el ritmo de las palabras, buscando la palabra exacta y el perfecto silencio.

Si tuvieras que escoger un solo poema de toda tu obra para que te sobreviviera, ¿cuál elegirías y qué tiene de especial? 

Desastre natural. Es un poema inédito de setecientos versos que transita entre el relato confesional y la crónica íntima. Nace en las fisuras del yo: una confesión descarnada, desplegada en fragmentos que abordan temas como la pobreza, la identidad del poeta, la sexualidad y la pérdida, con la fuerza volcánica de una voz que busca ser honesta, cruda e incómoda, pero además universal.

Soy habitante de una infancia que muchas veces duele y Desastre natural es un texto poético que nos atraviesa, que no escribí desde el decoro, sino desde la urgencia. 

Espero que, a estas alturas, falte poco para que la obra se separe de mí. Es como meterla en una botella y lanzarla al mar. La obra pronto quedará a merced de las olas, atrapada en la necesidad de encallar en algún destino.

Has obtenido reconocimientos en Colombia, España, Venezuela, Perú y Argentina. ¿Los premios cambian al escritor o solo cambian la manera como los demás lo leen? 

Creo que he sido privilegiado cuando algunos reconocimientos han llegado más temprano que tarde. No voy a hacer gala de una falsa humildad, diciendo que no los desearía. Claro que sí, pero cuando los premios llegan temprano pueden aturdir al escritor y hacerlo navegar en un mar de confusión, con la idea falaz de una grandeza o de una estatura intelectual o estética que aún no alcanza. 

Los premios tienen efectos en ambos escenarios. Indudablemente cambian al escritor. Pueden tener un efecto positivo al reafirmar las motivaciones y mejorar la autoconfianza, a partir del reconocimiento social, una necesidad descrita en teoría psicológica de Maslow. 

Por otra parte, un reconocimiento puede aproximar a muchos lectores que no conocerían al autor sin esa recomendación tácita que deriva del premio. 

A nivel personal, procuro que mis ambiciones vuelen a una altura intermedia. Que el peso de la humildad no me haga perder la dignidad cayendo al suelo, y que lo vacuo de la arrogancia no me eleve a las alturas de lo intrascendente.

¿Recuerdas el instante en que comprendiste que la literatura dejaría de ser una afición para convertirse en una vocación? 

La literatura es una experiencia pendular. El escritor oscila entre dos extremos: uno cuando lee y se sumerge en el deleite que produce ese diálogo donde se negocia la coherencia propia del texto y aquella que le atribuyen las emociones del lector; y otro extremo cuando escribe. Es una expedición, tormentosa y solitaria, intentando irrumpir en el terreno de lo no transitado.

No logro identificar un punto de inflexión exacto en mi oficio literario. Creo, más bien, que los poetas poseemos una virtuosa predisposición – una hipersensibilidad – que se nutre de la apropiación continua de herramientas técnicas adquiridas con cada lectura. En otras palabras, considero que el acto de escribir tiene destellos de fuego divino, pero es la disciplina la que nos prepara para traducir el relámpago. Solo la constancia en el oficio literario nos otorga la destreza necesaria para esculpir una buena obra cuando lleguen esos destellos de asombro.

En Inquilinos viscerales hay una constante conversación con la memoria. ¿Qué recuerdos nunca abandonan a Wilfrido Rodríguez? 

La infancia, los tomos rojos y el color envejecido de las hojas en la enciclopedia Cumbre; los coloridos tomos ilustrados de la enciclopedia Lo sé todo; la sobrecubierta negra, con la bandera de Colombia sobre el lomo, de la enciclopedia Nueva Historia de Colombia; mis primeros textos –aún los conservo– que fueron cuentos cortos , escritos con lápiz Mongol No.2 sobre hojas rayadas de cuadernos Norma, esos que imitaban la corteza de un árbol; el patio de mi casa rodeado de cuatro palos de mango, un cocotero y un guayabo; el traspatio… 

Evoco el aroma de mi habitación, donde la esencia amaderada de los libros viejos se trenzaba en franca lid con el olor limpio y penetrante de las resinas y el plástico de los ejemplares nuevos. Una amalgama rota solo por el ramalazo de naftalina que se desprendía de los rincones más apartados del mobiliario de madera. Mi madre ubicaba las bolitas nacaradas de forma escrupulosa para mantener lejos a los insectos.

Por otra parte, hay una serie de recuerdos que marcaron un hito en mi existencia: mi estancia en España y Portugal. Estuve durante una estancia de estudio en Andalucía junto a una veintena de colegas Latinoamericanos. El aporte cultural que absorbí de las conversaciones con mis compañeros, las entrañables charlas de José Saramago en Lisboa, las expediciones por los museos y palacios en Madrid, Sevilla, Huelva, el complejo monumental de La Alhambra en Granada, la casa de verano de Federico García Lorca, en España; las bodegas de vino en Oporto, el santuario de Fátima y la majestuosidad escultórica y los muros centenarios de Lisboa, en Portugal es incalculable. Esa experiencia vigorizó mis ansias por conocer nuevas culturas y el culto a la gastronomía. Estoy convencido de que esa movilidad cultural, que me ha llevado a visitar Panamá, México y varias ciudades de Estados Unidos, ha impactado de manera sustancial el desarrollo de mi identidad estilística; un proceso que asumo como una búsqueda constante e inacabada.

Recuerdo, también, el puñal que clavó Rosa Montero en mi sien cuando leí La loca de la casa. Después llegaron TemblorLa ridícula idea de no volver a verte y, hace pocos años, El peligro de estar cuerda. Todas me conmovieron de una forma inexplicable. Lo mismo sentí con Madame Bovary de Flaubert y con Una rosa para Emily de Faulkner. Siento que traiciono a muchos autores al no mencionar el estremecimiento que produjo en mí la lectura de sus obras, pero el espacio es limitado.

También has incursionado en el cuento y estás próximo a publicar una novela corta. ¿Qué posibilidades expresivas encuentras en cada género y cuál te exige más? 

Mi incursión en la narrativa se ha caracterizado por la construcción de textos breves con una gran carga poética. Borges afirmaba toda gran literatura era, en el fondo, poesía. Sostenía que un narrador que no entendiera la música oculta de las palabras, el ritmo, solo construiría tramas vacías.

En el cuento he encontrado la posibilidad de condensar historias que considero dignas de ser contadas con una carga de tensión, cotidianidad, realismo e ironía. No encuentro fácil escribir largos relatos. 

Antonio Muñoz Molina escribió en su obra Como la sombra que se va que «una novela se escribe para confesarse y para esconderse…». La novela me permite hilvanar y expresar con mayor detalle algunas realidades y reflexiones, a partir de las digresiones que no encuentran espacio en la extrema brevedad del cuento corto. 

Pero, al final, es la poesía la madre nutricia de todo lo que escribo, desde el poema hasta la novela. La poesía me ha brindado todas las posibilidades, abrió todos los caminos.

¿Qué buscas provocar en el lector cuando termina uno de tus poemas: emoción, reflexión, inquietud o preguntas? 

Asombro. 

Conmoción.

Mejores preguntas.

Muchos de tus textos parecen escritos desde la intimidad, pero terminan tocando experiencias universales. ¿Cómo consigues ese equilibrio entre lo personal y lo colectivo? 

Apelo nuevamente a la lucidez de Octavio Paz. En Corriente alterna, manifiesta que «… el ejercicio de la poesía exige el abandono, la renuncia al yo.» Es decir, la creación poética requiere anular el ego –sus prejuicios, racionalidad y vanidades– para disolverlo en una realidad más vasta: el habla colectiva. Dejar de ser uno solo para transformarse en todos los hombres. 

Aquí el concepto de otredad es fundamental, porque la genuina capacidad humana de descubrir en el otro una realidad que nos complementa se convierte en el puente hacia una verdadera revelación poética.

Ahora bien, existen otras formas de «tocar» las experiencias universales. Aunque hoy proliferen los mercachifles de la literatura, considero que mi vínculo con la palabra posee un misticismo particular. Hay cosas, experiencias comunes a todos los hombres, que el lenguaje cotidiano no ha logrado describir con suficiente belleza; es allí donde encuentro la posibilidad de violentar el lenguaje para que quepa en él más realidad. Ese artificio para expandir el horizonte semántico de las palabras, suele ser atractivo para la mayoría de los lectores.

Si pudieras conversar durante una noche con un escritor ya fallecido, ¿a quién elegirías y cuál sería la primera pregunta que le harías? 

Con García Márquez, porque fue un escritor en el que la mayoría de sus colegas contemporáneos no reconocían a un intelectual grandilocuente, sino a un artesano del lenguaje, un artista intuitivo y visceral que producía sus obras a partir de las percepciones cotidianas y no de la intención racional. Le preguntaría: ¿Cómo sorteó sus limitaciones en los debates teóricos y académicos antes de ser famoso o reconocido internacionalmente?

Después de tantos libros y reconocimientos, ¿qué sueño literario sigue pendiente? 

Creo que no tengo tantos libros, mucho menos reconocimientos. Mis sueños literarios van mutando con mi experiencia. Se alimentan de mi vida. Así pues, mientras haya vida, habrá sueños literarios pendientes. 

¿Qué tipo de lectura les recomiendas a los jóvenes que desean acercarse a la literatura y comenzar a escribir? 

El gran reto que hoy tenemos es cómo aproximar a más jóvenes a la lectura y los libros. Aquí me voy a amparar en apartes de un ensayo que escribí hace un par de años: Colombia es un país con grandes rezagos en la formación lectora. Además, la aparición de las redes sociales a mediados de la década de los años 2000 propició un cambio, tanto en la producción como en el consumo de información. Con todo ello, hay un fenómeno adicional que es la fragmentación de las audiencias, es decir, la división de una audiencia en diferentes grupos, cada uno con sus propias preferencias y hábitos de consumo de contenido. La oferta informativa de los medios digitales es muy superior a la que se puede llegar a consumir en los medios escritos, y la actualización constante de información difundida y compartida en redes sociales propicia un consumo mucho más raudo que el que se produce en los medios escritos. La reducción de los tiempos de consumo de información ha conducido a los medios escritos a suprimir buena parte de sus contenidos. A menor volumen de información, menor tiempo de lectura.

Frente a esa realidad estamos luchando. Contra el scrolling infinito, el culto a la satisfacción inmediata, las pantallas.

Luego, cada joven debería empezar por lecturas donde sienta que está comprendiendo lo que lee, cualquiera que sea la temática. Todo acto de lectura se rige por la comprensión. Que no teman abandonar un libro que no está hecho para ellos. Recordemos el fenómeno de fragmentación. Gabriela Mistral sugirió que la lectura fuese como el mirar: un ejercicio natural, pero gozoso siempre.

Aunque la mayoría de la gente todavía prefiere el papel, las actitudes están cambiando en la medida en que las formas de presentación y la tecnología de lectura electrónica van mejorando. Hemos visto desarrollarse dos circuitos concurrentes pero diferenciados. Uno de carácter conservador, imitativo de lo impreso, encarnado en los dispositivos de tinta electrónica, con destacados ejemplos en legibilidad y prestaciones como el Kindle, Sony o Kobo; y otro de carácter polivalente y multitarea representado por las tablets y smartphones, en los que aunque la lectura no constituye su función principal, los desarrollos de aplicaciones y de funcionalidades multimedia le confieren unas posibilidades de desarrollo editorial completamente novedosas y abiertas a la experimentación permanente.

Este tema es muy complejo y requiere un abordaje más amplio que podríamos discutir en otro espacio.

En cuanto a escribir, lo que me atrevería a sugerir a los jóvenes es que lean con avidez y abundancia antes de encarar una página en blanco, si quieren tener un parto saludable y sin tanto dolor.

¿De qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes si realmente quieren formar un criterio literario sólido y una voz propia? 

Hoy somos objetos de una dinámica industrial que satisface la estética del consumidor. Considero que los jóvenes no deberían alimentarse de la artificialidad del pensamiento positivo. Estos libros de autoayuda, manuales de coaching motivacional, soluciones mágicas, fábulas espirituales, entre otros, no buscan gente que educar, sino clientes que seducir con anuncios que solo pretenden excitar el deseo.

Si un lector que nunca ha oído hablar de Wilfrido Rodríguez solo pudiera leer uno de tus libros, ¿con cuál le pedirías que comenzara y por qué?

La casa, sin duda alguna. 

Con esta obra poética tuve un episodio que produjo en mí una reflexión inmediata. Saliendo de la sala en la que me otorgaron el VI Premio Departamental de Poesía del Cesar, nos dirigimos a otro espacio para una entrevista. En el camino un par de trabajadoras del área de Servicios Generales en la Biblioteca Departamental Rafael Carrillo Lúquez me abordaron para felicitarme. Recibí su deferencia con alegría. Una de ellas tenía el libro en sus manos. Compartí una breve conversación con ellas y quise confirmar si su acto de cortesía era un simple formalismo. 

__ ¿Lo leyeron? ¿Les gustó? –pregunté entre sonrisas–.

La respuesta, acompañada de una tímida risa, fue contundente:

__ Claro que sí. Es el único libro de un poeta que hemos podido entender desde que estamos trabajando aquí. 

Cuando dentro de cincuenta años alguien pronuncie el nombre de Wilfrido Rodríguez, ¿cómo te gustaría que fuera recordado: como poeta, como narrador o simplemente como un hombre que hizo de la palabra una forma de vivir? 

Dentro de cincuenta años espero estar vivo. Sin embargo, quisiera que me recordaran como un hombre que ayudó a mucha gente a hacerse mejores preguntas y pensar las realidades con hondura.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom