La primera impresión que me causó Yehudah Abraham Dumetz Sevilla fue la de un hombre cuya alegría parece abrir puertas invisibles. Conversar con él transmite una familiaridad inmediata, como si sus palabras reconocieran al otro antes incluso de pronunciarse.

Nos conocimos en agosto de 2021, durante el Encuentro Nacional de Escritores celebrado en uno de los salones del Centro Comercial Guacarí, en Sincelejo. Yo acababa de participar en un conversatorio con David Lara Ramos sobre el maestro Héctor Rojas Herazo cuando, entre voces, saludos y el rumor del público, se dio esa conversación espontánea con Yehudah.
Intercambiamos números telefónicos. Tiempo después le envié un ejemplar de mi más reciente publicación bibliográfica, ‘Richie y Bobby en el corazón de Barranquilla’, y su reacción —cálida, entusiasta, promocionando el libro en sus redes— confirmó que su manera de habitar la literatura está marcada por una generosidad que no necesita estridencias.
Leí su obra y supe entonces que entrevistarlo no sería solo un acto periodístico, sino una necesidad humana.
La trayectoria de Yehudah reúne sendas que rara vez convergen en una sola vida. Nacido en Lorica (Córdoba), el 19 de octubre de 1972, de padre libanés y madre de ascendencia judío-marroquí, Yehudah es teólogo de la Escuela de Teología ACC en Bogotá. Está formado también en educación y humanidades en Cecar. Es poeta, ensayista, investigador de estudios culturales, actor y conferencista en temas literarios. Su origen judío-mizrahí añade a su mirada un horizonte plural que se derrama sobre su escritura.
En 2025 recibió el Premio Nacional de Ensayo Literario Pentágono de Recitales, avalado por el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes dentro del programa de Concertación Cultural. Él es miembro del Parlamento Internacional de Escritores de Colombia, miembro honorario de Hispanic Heritage Literature Organization: Mi Libro Hispano (Miami, Florida, Estados Unidos) y director ejecutivo del Observatorio Cultural Manuel Zapata Olivella, roles que revelan un compromiso firme con la memoria afroamerindia y con la literatura como patrimonio vivo.
Su obra publicada es amplia y diversa. En poesía aparece ‘Pájaro de fuego. Selección de poemas’ (Escarabajo Editorial, 2025), libro que se presenta como un acto de sanación: una palabra-oráculo que redime, un fuego que se desliza por las cicatrices y renueva el pulso interior. Antes, en ‘Voces desde mi exilio’ (Amazon, 2021), la voz poética se expande desde la condición del viajero, del que observa dos mundos y convierte sus recuerdos, pérdidas, amores y silencios en un continuo fluir heracliteano. Otro libro fundamental, ‘Tiempo entre dos aguas’ (Biblioteca de Autores Loriqueros, 2011), sostiene su arquitectura sobre un silencio que actúa como demiurgo: una gota pesada que a veces hunde y otras impulsa al vuelo. Allí se condensa la dualidad humana entre el dolor y la alegría. Mucho antes, en ‘El otoño de otoño’ (AD Ediciones, 2001), aparece la nostalgia del Caribe nocturno: boleros, brisas y sombras que construyen una poética donde la noche se vuelve refugio y metamorfosis.
En el ámbito del ensayo, su contribución más reconocida es ‘El Griot y la Kora, Manuel Zapata Olivella, historia y pensamiento’ (Escarabajo Editorial, 2023). En este libro, nuestro personaje desmonta la visión reduccionista heredada de prejuicios raciales y coloniales, reivindicando la raíz múltiple —amerindia, africana y europea— como médula de la identidad colombiana. Para William Mina Aragón, profesor titular de la Universidad del Cauca y doctor por la Universidad Complutense de Madrid, la obra ofrece una lectura histórica y sociológica que devuelve dignidad a lo que durante siglos fue silenciado. A este volumen se suman ‘José Dolores Zarante González, entre la crónica, la poesía, la música y el fusil’ (USA, 2024); ‘Manuel Zapata Olivella. El mayor de los Griot’ (2023); ‘Voces de exilio en la poética de Mahmoud Darwish’ (2023); ‘David Sánchez Juliao: entre sus personajes literarios y la vida real’ (2022); y ‘Una poesía llamada Raúl, el poeta transgresor, pero no maldito’ (2022), este último traducido al inglés, hebreo y árabe.
Su presencia en antologías de poesía colombiana es extensa, desde ‘Puentes de agua’ (2017) hasta ‘Caribe poético. 7 años’ (2004), pasando por ‘Poesía del Bocachico Letrado’ (2015), ‘Magazín del Caribe’ (2012), ‘Poetas del Siglo XXI’ (Madrid, 2011), ‘Palabra abierta’ (USA, 2011), ‘Revista El bocachico letrado’ (2011) y ‘Antología poética ATA’ (2013), entre otras. Tal recorrido demuestra que su palabra ha sido, durante décadas, una presencia constante en los circuitos literarios del Caribe y de la diáspora hispana.
Pero todo ese inventario se ilumina cuando se le escucha hablar: su voz tiene la calma del caminante que conoce las sendas interiores. Sus libros, desde los poemas hasta los ensayos, buscan revelar lo que la historia oficial ocultó, lo que la memoria temió nombrar. En Yehudah, la literatura es puente entre exilios, raíz que se niega a desaparecer, fuego que vuelve a encenderse incluso en la noche más larga.
Cuando recuerdo aquel agosto de 2021 en el Guacarí, me sorprende que un encuentro tan casual haya conducido a la certeza de estar frente a un autor cuya obra crece con la misma fuerza con que él extiende su mano al otro: sin reservas, con la luz serena de quien sabe que la palabra, cuando es verdadera, siempre encuentra casa.
Seguidamente, damos paso a un diálogo con Yehudah Abraham Dumetz Sevilla, en el que sus palabras nos guiarán por los senderos de su obra y pensamiento:
Tu obra ensayística, especialmente ‘El Griot y la Kora’, propone desmontar perspectivas unidimensionales heredadas de prejuicios coloniales. ¿En qué momento de tu vida descubriste la necesidad de abordar la identidad colombiana desde la trilogía amerindia–africana–europea como punto de partida?
La historia nuestra (Colombia) es una historia de extremos, de amores y odios. Por un lado, se creen blancos españoles, italianos, franceses, haciendo énfasis en la cultura eurocentrista y con un sesgo hacia la indianidad y la africanidad; en el otro extremo encontramos los que están totalmente enmarcados con una fijación solo en lo indígena y todo un acervo cultural, en creer que solo nos identifica esta línea ancestral. Y están los que pontifican que África es la cuna de la humanidad, pero cuando alguna persona que fenotípicamente no tiene o posee los rasgos afro, pero se autorreconoce como afro, le cierran la puerta. Por lo que, en mi experiencia de vida y por las enseñanzas recibidas de Manuel Zapata Olivella y David Sánchez Juliao, aprendí que nuestra realidad cultural o identidad está fundamentada en el mestizaje: indianidad, africanidad, europeidad y, más recientemente, las masivas inmigraciones de judíos, sirios y libaneses. Somos un producto del mestizaje genético y cultural. Soy mestizo genéticamente, porque en mí confluyen muchos cruces de sangres de la humanidad y culturalmente, porque en la gastronomía nuestra está también ese mestizaje (el ajonjolí, el plátano, el mango, el ñame, la okra o candia, el arroz, la berenjena, el trigo, la naranja, el limón, el tamarindo, el cerdo, la res, la oveja, la preparación de productos lácteos, etc.), por lo que quien no es genéticamente mestizo (aunque la humanidad es un total mestizaje) lo es culturalmente. Todo esto me produjo la necesidad de abordar la identidad colombiana desde la trilogía amerindia, africana y europea como punto de partida para comprender y aceptar que no tenemos una sola identidad cultural, que somos pluriculturales y que existen múltiples identidades culturales y que donde mejor podemos verlas y estudiarlas es en el folclor.
En varios de tus ensayos se percibe un diálogo entre historia, literatura y sociología. ¿Cómo articulas estas tres dimensiones para construir una lectura crítica de autores como Manuel Zapata Olivella, Mahmoud Darwish o José Dolores Zarante González?
El diálogo que hago en mi poesía y también en mis ensayos no es otra cosa que la construcción de una lectura crítica, un ejercicio que se convierte en un enfoque interdisciplinario cuando articulo la historia, la literatura y la sociología. A partir de estas disciplinas creo un enfoque integral en mis escritos, con transtextualidad e intertextualidad. Para ello abordo la contextualización histórica en los casos antes citados —Manuel Zapata Olivella, Mahmoud Darwish y José Dolores Zarante—. Miro los puntos de convergencia que tienen y procedo a hilvanar, con el análisis literario, distintos aspectos como: la identidad cultural, la resistencia, el mestizaje, la negritud, el racismo, el colonialismo, las luchas, el exilio y la autodeterminación. Por lo que, al abordar la historia, soy consciente de su reflejo en la literatura a través de sucesos y procesos históricos. En el caso de la sociología, su reflejo en la literatura lo podemos encontrar en la construcción de identidades y estructuras sociales. Utilizo la literatura como una herramienta que esgrime resistencia y lucha por lo justo en la sociedad.
Tu libro ‘Pájaro de fuego’ está presentado como un proceso de sanación interior. ¿Qué heridas del poeta, o del país, consideras que la poesía tiene la responsabilidad de iluminar?
Como seres humanos, siempre somos herederos de heridas generacionales que se van evidenciando en lo físico desde la niñez a través de nuestro crecimiento y vivencias. Algunas heridas generacionales están enmarcadas en el plano de la guerra, la desigualdad, el racismo (epistémico y sistémico), todo resumido en una palabra: violencia. Por lo que la poesía, una vez convertida en poema, me permite plasmar mis emociones y sentimientos, pero con una carga de iluminación que se abre paso creando conciencia sobre los diferentes problemas que tenemos y traemos. Además, es agua que ayuda a empatizar con la otredad y, por supuesto, ‘Pájaro de fuego’ ofrece como poemario una esperanza. Por eso, este libro es un proceso catártico.
‘Voces desde mi exilio’ aborda una identidad atravesada por desplazamientos, memorias y despedidas. ¿Qué papel juega el exilio —físico o simbólico— en la construcción de tu voz poética?
Como puedes ver, provengo por parte de padre de inmigrantes libaneses y mis bisabuelos por parte de madre, de apellido Pinto Dagamma, también son inmigrantes judíos marroquíes, que llegaron a Cartagena y de allí pasaron a San Bernardo del Viento y tierras montuosas. Para mí, como poeta, el exilio no es solo un desplazamiento físico, aunque en mi familia se dio ese desplazamiento físico. Te cuento una anécdota: el escritor loriquero David Sánchez Juliao le preguntó a mi padre: “Toño, ¿por qué tu madre llora cuando hace el pan turco?”. Mi padre le contestó: “Porque se acuerda de su tierra”. Creo que la paradoja del universo bajaba justo cuando mi abuela María Sahér Banna comenzaba a amasar el pan; era un pan hecho de mucho amor para la comida de sus hijos, con mezcla de mucha amargura, pues el recuerdo de la tierra y la familia volvía siempre en horas de la tarde para decantar la nostalgia que había en ella y, por ende, en todos nosotros. Esto, ligado a mi vida personal, donde se anida una condición existencial de pérdida, añoranza y resistencia acaecidas en el transcurso de mis años. Por lo que el exilio ha jugado y sigue jugando un papel primordial en mi poesía; allí he podido explorar las múltiples identidades culturales, aunque fragmentadas, que componen mi vida, lo que también me conduce a evocar la memoria y, por supuesto, la búsqueda incansable de un hogar que va más allá de un lugar físico. Es lo que llamo el camino espiritual que me llevará a la sanación. No obstante, el exilio en mí se constituye no en punto de partida sino en punto de llegada para que reflexionemos de forma universal sobre nuestras identidades, sobre la esperanza y la injusticia. Y es allí donde entra la poesía a ayudar a entender la complejidad del drama humano vivido por todos.
En ‘Tiempo entre dos aguas’, el silencio aparece como elemento estructural y simbólico. ¿Cómo entiendes ese silencio en tu proceso creativo: como amenaza, como revelación o como método?
El silencio en este trabajo poético se convierte en un elemento estructural y simbólico. Entender el silencio es vivirlo, y vivirlo es sentir la poesía que luego se convierte en poema. Me trae a la memoria las palabras del poeta Octavio Paz cuando escribió: “La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar el mundo; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior”. Desde esta perspectiva, trazo las líneas en las que puedo vivir y observar la poesía más allá del simple oficio literario. Es justo entonces cuando la apreciamos y valoramos como el único medio avezado en desentrañar una carga espiritual que origine diversos estados de conciencia, capaz de derribar las barreras y romper las cadenas de la pertenencia fanática. En este sentido, la poesía es un elemento dinámico que viene a conmover al Ser, a salvarlo, a crear un sinfín de sensaciones, porque está más allá de las simples concepciones literarias, étnicas, políticas y religiosas. Analizada de esta forma, la poesía se transforma en el espejo de tolerancia y convivencia de la sociedad, sensibilizando y encendiendo la chispa de vida de un pueblo, cuyos hilos se han entretejido con los de otros pueblos para alimentarse recíprocamente en el tiempo y el espacio, plasmados ahora sobre el amarillo papel como método liberador. Una nueva manera de ver la vida y el mundo que me rodea en la poética del silencio, la convivencia y la tolerancia.
‘El otoño de otoño’ se sitúa en un Caribe nocturno, nostálgico y musical. ¿Qué aporta la tradición del bolero a tu propuesta poética y a la configuración de un Caribe imaginado desde la intimidad?
En el Caribe, el bolero es más que una expresión cultural, ya que define formas de pensar, de sentir y de vivir. Por eso siempre he considerado que me debo al bolero caribeño que heredé de mi padre. Para mí, el bolero es un ente alado cuya vocación es la nostalgia. Su aporte a mi propuesta poética ha sido poderoso; me ha servido para redimirme del olvido, para sacarme de la ausencia en las noches tropicales y meterme en las verdaderas ausencias de los seres humanos del trópico. En este recorrido he experimentado diversas formas del dolor del hombre contemporáneo. Por lo que este poemario nos llevó del bolero a la tragedia, atravesando siempre por el eje de la ausencia. Aunque este poemario fue escrito en la fría capital, lo publiqué cuando volví a mi Caribe, al que imagino como una noche alada que, con la melodía de las brisas, nos lleva a los recuerdos. Sabes, la noche es símbolo de nostalgia, de invocación a la mujer ausente, y cuando veo que el silencio se asoma me refugio en la noche. Ese mismo Caribe extenso es una mujer, un jardín, es sueño, es poesía, es lo real maravilloso a la que hay que conquistar con música y melodía, y para eso nos volvemos trovadores que conquistan la noche: boleristas.
Eres de origen judío-mizrahí y también caribeño. ¿Cómo dialogan estos dos universos culturales en tu obra y en tu manera de pensar la identidad?
Sí, soy de origen mizrahí y sigo el nusaj, costumbre o estilo litúrgico judío de estas comunidades. Mizrahí o mizrají es un término que marca una diferencia sociológica y no geográfica, porque se refiere a los judíos de lugares tan diferentes como Marruecos, Yemen, Siria e India, en esos países o en la diáspora. Pero también soy caribeño por haber nacido en este hermoso paraíso. El diálogo entre estos dos mundos lo puse de plano en mi poética cuando presenté en el año 2011 mi libro ‘Tiempo entre dos aguas’, cuyos poemas fueron traducidos también al árabe y al hebreo como ‘Hijo de dos mares’, haciendo alusión al mar Mediterráneo y al mar Caribe. En cuanto al diálogo entre mis dos culturas, que considero dos alas del mismo pájaro que soy yo, lo contemplo como un proceso único, personal, que puede manifestarse de diversas maneras: primeramente, lo encuentro en la comida; ambas, la comida judeo-árabe y la caribeña, comparten un amor por los sabores intensos y las texturas ricas, cuando combino platos judeo-árabes como el falafel o el shawarma con ingredientes caribeños como el coco, el cilantro o el ají. Comer el shawarma envuelto en casabe y no en pan pita. O como hizo mi papá una Semana Santa al no encontrar carne de carnero ni de res para hacer unos kibbes, los hizo entonces con el pescado moncholo: kibbes de moncholo. Pero también compartimos valores y principios como la importancia de la familia, la comunidad y la hospitalidad; valores de justicia social y compasión en ambas culturas. Me siento conectado a ambas culturas; siento que pertenezco a una comunidad más amplia que trasciende fronteras geográficas y culturales.
Como teólogo y estudioso de las humanidades, ¿qué puentes encuentras entre la espiritualidad y la literatura en su trabajo ensayístico y poético?
Considero que la espiritualidad y la literatura mantienen una estrecha relación, un puente en el que ambas buscan explorar la condición humana y la búsqueda de lo trascendente. Cuando exploramos la condición humana no es más que hacer una introspección, un viaje hacia lo interior con miras de buscar respuesta o conectarnos con la Gran Energía del Universo, El Or Ein Sof (el infinito), como llamamos en el judaísmo a Dios. Por otro lado, la literatura explora la fe, lo dubitativo, el sentido de la vida, que se constituyen en estructuras o ejes principales en la espiritualidad teológica. Por lo que tenemos un cúmulo de ejemplos: el Talmud; ‘La Comedia’ de Dante Alighieri, que más tarde se llamó ‘La Divina Comedia’; ‘El paraíso perdido’ de Milton; ‘La náusea’ de Jean-Paul Sartre, por darte algunos. Fíjate que en la literatura se pueden utilizar símbolos y tropos que nos ayudan a expresar conceptos teológicos y espirituales de manera más accesible. Casos literarios como el libro de ‘Yob (Job)’ del Tanaj; ‘El progreso del peregrino’ del predicador inglés John Bunyan; o por supuesto ‘La ciudad de Dios’ del gran San Agustín. Por lo que en mi trabajo poético siempre hay una búsqueda de la verdad y la sabiduría; también hay un puente entre lo literario y lo espiritual en mi ensayística: busco un camino hacia la iluminación, y de esto está llena la literatura universal, pues refleja esta misma búsqueda. Te pondré un último ejemplo de esta búsqueda que se palpa en uno de los textos más antiguos de la mística judía: te hablo del santo ‘Zohar’, pero también lo tenemos en ‘La República’ del filósofo Platón, o en el taoísmo con ‘El Tao Te Ching’, en fin…
Has sostenido que la literatura es un medio para descolonizar la memoria. ¿Qué autores latinoamericanos consideras esenciales para esta tarea?
La literatura es una poderosa herramienta que nos ayuda en el proceso de descolonización de la memoria, porque cuestiona y transforma las narrativas dominantes y, en el mayor de los casos, opresivas que han sido impuestas por la colonización y el establishment. Por otro lado, me preguntas sobre esta tarea de leer literatura de autores latinoamericanos que ayuden al proceso de descolonización; yo diría americanos y recomendaría: Frantz Fanon, ‘Los condenados de la tierra’, que me sirvió mucho para robustecer mi libro de ensayos socio-crítico ‘El Griot y la Kora’; Aimé Césaire, ‘Discurso sobre el colonialismo’; Octavio Paz, ‘El laberinto de la soledad’; Eduardo Galeano, ‘Las venas abiertas de América Latina’; ‘La muerte de Artemio Cruz’, de Carlos Fuentes; ‘Tierra Mojada’, ‘Chambacú, corral de negros’ y ‘Changó, el gran putas’, de Zapata Olivella; ‘Pedro Páramo’ y ‘El llano en llamas’, de Juan Rulfo; ‘El reino de este mundo’ y ‘Los pasos perdidos’, de Alejo Carpentier; ‘La Ilíada’ y ‘La Odisea’, de Homero; ‘El Popol Vuh, obra anónima, creada y transmitida por los mayas k’iche’ de Guatemala’; ‘La vorágine’, de José Eustasio Rivera. Así mismo, hay que leer obras de los poetas Jorge Artel, Jorge García Usta, Pedro Blas, Meira Delmar, Porfirio Barba Jacob, Langston Hughes, Walt Whitman, Pablo Neruda y César Vallejo.
En tus ensayos sobre Zapata Olivella aparece la noción del mestizaje como fuerza dignificadora. ¿Cómo evalúas el tratamiento contemporáneo de este concepto en la literatura colombiana actual?
Miro el mestizaje como el espejo donde podemos comenzar a mirarnos y a reafirmar todo nuestro proceso identitario y cultural. Por otro lado, no haré una evaluación como tal del tratamiento del mestizaje en la literatura colombiana actual. Más bien puedo decir que este concepto en la literatura colombiana actual es un tema complejo, pese a que es un elemento fundamental para la construcción de la identidad nacional colombiana. Mi gran maestro Manuel Zapata Olivella lo aborda en su literatura y, más específicamente, en su magno ensayo: ‘Indianidad, Africanidad y Multiculturalidad’. También exploraron este tema José Antonio Osorio Lizarazo, Juan Gabriel Vásquez, Carlos Alberto Hernández y la misma Laura Restrepo, entre otros. En verdad, ese tema ha sido poco trabajado en nuestra literatura.
Tu escritura se mueve entre la crítica literaria, la poesía y los estudios culturales. ¿Qué desafíos ha enfrentado al equilibrar estas tres vertientes sin sacrificar profundidad?
Verás, Fausto, aquí he enfrentado algunos desafíos, porque moverse en estas disciplinas, que a la vez son complejas, no es cosa fácil. El primer reto que uno se encuentra es la obtención de un enfoque conciso y de las herramientas adecuadas que nos permitan interactuar con las otras disciplinas sin sacrificar profundidad. Considero como herramientas necesarias tener en cuenta: la coherencia en cuanto al enfoque y la metodología, eludir la simplificación, buscar un equilibrio entre la teoría y la práctica, trazar una estrategia para equilibrar la crítica literaria, la poesía y los estudios culturales sin llegar a sacrificar profundidad. Otra herramienta importante es leer obras de crítica literaria, de sociología y de poética. El ejercicio de la escritura y la retroalimentación es imprescindible en este reto, pero, sobre todo, ser de mente abierta a los procesos críticos; esto implica desaprender para aprender.
En tu experiencia como investigador y docente, ¿qué vacíos observas en la formación literaria de los lectores y escritores jóvenes en el Caribe colombiano?
Un gran vacío en la formación literaria de los lectores y escritores jóvenes en el Caribe colombiano gravita en la desconexión entre la literatura y la realidad sociocultural de nuestra región. Algunos ejemplos de esto que afirmo están en la negación total de la diversidad cultural en la que nacemos o nos desarrollamos, genética o culturalmente; esto define nuestra construcción identitaria. Por lo que, en los procesos literarios infantiles, juveniles y en la gran mayoría para adultos, no se ve esta construcción representada. Los colegios e instituciones educativas están matando la literatura; tenemos docentes enfocándola únicamente en el análisis morfosintáctico y lingüístico. Aquí hay que propugnar un énfasis en la exploración y el disfrute de la literatura. Hacer más para que todos los niños y jóvenes tengan acceso a libros y recursos literarios. Capacitar al cuerpo docente de manera holística, ya que la literatura y la cultura no es un problema solo del profesor de español y literatura, sino de todos. Enseñar literatura de manera afectiva, encender la tea literaria en los corazones, y esto implica que el maestro lea primero y luego los motive relatándoles con pasión y amor ese cuento, esa novela, esa prosa poética, esa historia, sin que este docente termine totalmente la obra que está relatando; dejándolos, como decimos en el Caribe, ‘picao’, para que ellos se motiven a leer. Otro aspecto es buscar siempre la conexión entre la literatura y la vida real; esto nos ayuda a entender y reflexionar sobre la realidad social y cultural de todos.
¿De qué manera tu trabajo como actor y conferencista ha influido en la musicalidad o ritmo de tu escritura poética?
Considero que ha sido lo contrario. Antes de actor y conferencista soy poeta. Yo no elegí ser poeta; la poesía me eligió a mí, no tuve opción. Por eso considero que ha sido todo lo contrario a tu pregunta; pues mira, la poesía lo atraviesa todo y es ella la que ha influido en mi faceta de conferencista y la de actor. Como actor, la poesía me ha llevado a ser natural, ser yo; por lo que en los papeles que he encarnado no he tenido que actuar ni sobreactuar: he sido yo mismo. Y como conferencista ha otear desde la periferia, como un águila que lo observa todo, sensibilizándome.
Tus textos han sido traducidos al inglés, hebreo y árabe. ¿Cómo percibes la recepción internacional de tu obra y qué cuidados debe tener un escritor al dialogar con otros códigos culturales?
Fue muy satisfactorio ver mi poesía y textos literarios traducidos al árabe, hebreo e inglés, por ser un acto de reinterpretación por parte de otras culturas en esta mezcla de sangres. Aunque sé que esto es un proceso complejo y multifacético. Lo veo también como un diálogo cultural en cuanto a la traducción de mis textos literarios al inglés. Pero al recibirlos en árabe y hebreo lo recibo no tanto como ese diálogo cultural, sino como un reencuentro ancestral con mi otra herencia cultural. Por otro lado, todo escritor que pretende dialogar con otros códigos culturales debe tener el cuidado de investigar y comprender el contexto cultural con el que se considera interactuar, pues las traducciones a menudo son procesos complejos, ya que las palabras y las expresiones en el mayor de los casos tienen diferentes significados en diferentes culturas.
En ‘El Griot y la Kora’ se analiza la palabra como memoria viviente. ¿Cuál es, para ti, la función política del relato en sociedades marcadas por la desigualdad?
Esa palabra como memoria viviente es la que nos mantiene con la fortaleza de sobrevivir ante tanta injusticia. No obstante, el relato como tal tiene una función política fundamental en sociedades marcadas por la desigualdad: se constituye en un instrumento poderoso que permite al narrador denunciar la injusticia social y al lector sensibilizarse y también denunciar a través de la lectura. En ‘El Griot y la Kora’ abordo una crítica a dos grandes obras de Zapata Olivella: ‘Tierra mojada’ y ‘En Chimá nace un santo’. Aquí la función política del relato se convierte en un índice que nos ayuda a crear conciencia sobre la problemática de la tenencia de la tierra, el analfabetismo, el racismo, la desigualdad y la marginalización a la que son sometidos seres humanos menos favorecidos. Por supuesto, esta función política del relato también puede coadyuvar en la sociedad a inspirar a los lectores a tomar acción para cambiar la situación.
¿Qué lugar ocupan la nostalgia y la pérdida en tu estética poética, especialmente en obras como ‘El Otoño de Otoño’ y ‘Voces desde mi exilio’?
Tanto la nostalgia como la pérdida son temas fundamentales en mi estética poética. En la obra de prosa poética ‘El otoño de otoño’ existen varias tonalidades de nostalgia y pérdida. Hay tardes grises con vino rojo en la fría capital, como también boleros donde la brisa del Caribe y la oscuridad se confabulan para crear el espacio de ensoñación de la noche tropical. Pero toda esta concepción se convierte en un ente alado cuya vocación es la nostalgia y la pérdida. En estas letras, el ser, para redimirse del olvido, despierta a la noche que es alada y esta, con la melodía de las brisas, lo lleva a los recuerdos. En el caso de ‘Voces desde mi exilio’ hay tonalidades de recuerdos personales, ancestrales, familiares, de amigos ausentes o presentes, de examigos, de amores y desamor. Pero en ambas obras hago, desde la poética, un intento por capturar la esencia de la memoria y la identidad en la nostalgia y la pérdida, por explorar esa relación entre el pasado y el presente. La pérdida es un tema que se repite en mi poesía; sin embargo, la pérdida en mi poesía no constituye un fin, sino un proceso de transformación que vive el poeta. Por otro lado, la nostalgia es el sentimiento que se encuentra en el corazón de mi poesía. Es un sentimiento de pérdida y de anhelo por algo que se ha ido, pero que sigue siendo parte de nosotros y cuando vuelve en el poema llega como algo sanador. Para mí, la pérdida es la oportunidad para encontrar nuevas formas de ser y de estar en el mundo. Por lo que tanto la nostalgia como la pérdida son temas fundamentales en mi estética poética, ya que me han permitido explorar la relación entre el pasado y el presente y encontrar sentido en la fugacidad de la vida.
Has participado en varias antologías a lo largo de dos décadas. ¿Qué cambios percibes en la poesía caribeña desde los comienzos de tu carrera hasta hoy?
Efectivamente, he participado en un sinnúmero de antologías, no solo nacionales sino también internacionales. Verás, Fausto, en estos 25 años que han corrido del siglo XXI considero que la poesía del Caribe colombiano ha venido experimentando cambios significativos, entre los que están nuevas temáticas como la identidad, la memoria, la historia y la pluriculturalidad; enfoques diferentes que podríamos asociar a una poética ecléctica, con innovaciones en cuanto a la forma y la estilística al incorporar nuevos elementos de la cultura moderna; el lenguaje es más accesible. Por lo que, a mi criterio, la poesía del Caribe colombiano ha experimentado y sigue experimentando un dinamismo de renovación y diversificación.
Tras recibir el Premio Nacional de Ensayo Literario Pentágono de Recitales (2025), ¿cómo reconfigura este reconocimiento tu compromiso con la literatura y con el pensamiento crítico?
Que yo, como escritor, haya recibido un Premio Nacional de Literatura es para mí un reconocimiento importante y ha tenido un impacto significativo en mi oficio de la escritura. Uno de esos impactos positivos es que me ha motivado a ser más responsable en el ámbito literario, a tener un compromiso aún mayor con la literatura y el pensamiento crítico; con la sociedad en lo ético, político y cultural. Pero, además, este premio ha reconfigurado mi compromiso de escritor con la literatura de varias maneras: una de ellas ya la mencioné, la responsabilidad y el compromiso. Sin embargo, con este premio también se abren nuevas oportunidades en editoriales y en distintas latitudes, lo que constituye una ventana de validación, reconocimiento y mayor visibilidad. Ahora, dentro de esta reconfiguración, quizá la más importante para mí sea la reflexión y la autoevaluación sobre mi obra y el papel de esta en la sociedad.
¿Qué lecturas consideras adecuadas para jóvenes en sus primeras experiencias lectoras, sobre todo aquellos provenientes de territorios periféricos o con limitado acceso a bibliotecas?
Bueno, haré algunas recomendaciones de lecturas que considero adecuadas para jóvenes en sus primeras experiencias lectoras, especialmente en nuestra costa Caribe: ‘Tierra mojada’, ‘Levántate mulato, por mi raza hablará el espíritu’ y ‘Pasión vagabunda’, de Manuel Zapata Olivella; ‘Dulce veneno moreno’ y ‘Pero sigo siendo el rey’, de David Sánchez Juliao; ‘El amor en los tiempos del cólera’ y ‘El otoño del patriarca’, de Gabriel García Márquez; ‘La casa grande’, de Álvaro Cepeda Samudio; ‘La ciudad y los perros’, de Mario Vargas Llosa; ‘El principito’, de Antoine de Saint-Exupéry; ‘Pedro Páramo’ y ‘El llano en llamas’, de Juan Rulfo; ‘El reino de este mundo’ y ‘Los pasos perdidos’, de Alejo Carpentier; ‘La Ilíada’ y ‘La Odisea’, de Homero; ‘El Popol Vuh, obra anónima, creada y transmitida por los mayas k’iche’ de Guatemala’; ‘La vorágine’, de José Eustasio Rivera. Así mismo, hay que leer obras de los poetas Jorge Artel, Jorge García Usta, Pedro Blas, Meira Delmar, Porfirio Barba Jacob, Langston Hughes, Walt Whitman, Pablo Neruda y César Vallejo.
¿Qué libros no recomendarías y de cuáles considera deben huir los jóvenes por su carácter nocivo, simplista o deformador de la sensibilidad lectora?
Esta es una pregunta muy difícil de responder, pues mi recomendación puede ser relativa; de hecho, es relativa, porque lo que yo considero nocivo, simplista o deformador de la sensibilidad para otro escritor puede que no lo sea. Sin embargo, te diré más bien libros a los que no les gasto tiempo leyéndolos, pues vivimos en un país que ha estado atravesado por la violencia, el narcotráfico y el terrorismo y lo vemos diariamente, que terminan matándonos hasta la esperanza. Por lo que no recomendaría: ‘Mi confesión de Carlos Castaño’, de Mauricio Aranguren; ‘El cartel de los sapos’, de Andrés López López. No hay que seguir haciéndole apología y glorificando la violencia y la agresividad. Hay formas de hacer verdadera literatura de la situación violenta que vivimos, pero no de esta forma. ‘Escobar: el patrón del mal’, de Alonso Salazar. Estos libros, a mi parecer lector, no ofrecen un valor literario significativo. Pero como te he dicho anteriormente, cada joven lector es diferente y lo que puede ser nocivo para uno puede no serlo para otro. Es fundamental que desde las instituciones educativas y universidades enseñen a que los jóvenes lean críticamente, pero también animándolos a reflexionar sobre lo que leen.
Por: Fausto Pérez Villarreal – Especial para Noticias Coopercom

