Siempre tuve la intuición —esa punzada leve que antecede a las certezas— de que aquella muchacha de figura menuda y armoniosa, de cuerpo equilibrado como una guitarra fina, estaba llamada a trascender.

Había en ella un atractivo envolvente, cautivador, ajeno a todo artificio: el contraste de su piel morena clara con la caída generosa de la cabellera negra, los ojos grandes y expresivos que parecían absorberlo todo, la nariz fileña sobre una boca de medida justa y esa postura firme y delicada a la vez. Pero más allá de ese porte que atraía la mirada sin proponérselo, era su inteligencia —aguda, estructurada, sorprendente para su edad— la que terminaba por revelar que estaba ante alguien destinada a trazar su propio rumbo con sello inconfundible.
Era una de mis estudiantes en la cátedra de Crónica de la Escuela de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda, sede Santa Marta. Por encima de sus calificaciones —que siempre fueron sobresalientes— o de aquella belleza que parecía heredada de un linaje de agua, me deslumbraba su capacidad de contexto: su pericia para trascender el dato suelto y tocar la médula de las historias.
En sus textos había un pulso firme, una gravedad poco común en jóvenes de su edad. Siempre afloró ese potencial para la escritura que algunos llevan como una marca en la sangre.
Con el tiempo, la vida se encargó de confirmarme que aquella intuición no era un sesgo afectivo de profesor orgulloso. La vi crecer en el periodismo, primero como redactora del Diario Hoy del Magdalena, donde sus crónicas ya mostraban esa mirada que ilumina lo invisible. Incluso coincidimos una noche en el Barranquijazz, en el salón Jumbo del Country Club: ella con la soltura de quien empieza a saberse dueña de su voz; yo, festejando en silencio la victoria de verla avanzar.
Annabell Manjarrés Freyle (Santa Marta, 8 de octubre de 1985) es de esas estudiantes que dignifican al profesor y le devuelven, años después, una especie de recompensa moral: la posibilidad de decir, sin pudor ni grandilocuencia: “Fui su profesor”. Periodista, narradora y una poeta de calado profundo, ha sabido recorrer los dominios de la memoria, el cuerpo y el tiempo con una lucidez que incomoda, libera y transforma.
En las aulas —y luego fuera de ellas— fue construyendo una obra que no surgió de la improvisación, sino de esa zona en la que confluyen disciplina, sensibilidad y riesgo. Poemarios como Espejo lunar blanco, Óleo de mujer acosada por el tiempo, Animales invertebrados y Una ciudad como Saturna no solo delinean una trayectoria: la consagran como una de las voces de mayor resonancia de la poesía del Caribe colombiano de la actualidad.
Pero antes de convertirse en ese nombre que hoy resuena en festivales internacionales de Estambul, Craiova, Caracas y Medellín, hubo en ella una joven que escribía como quien se contempla en una marea en penumbra. Una muchacha que ya vislumbraba que las palabras podían convertirse en selva, en herida, en respiración, en un cuerpo anfibio capaz de sobrevivir a todas sus sombras.
Poco a poco su voz adquirió una gravitación que no provino de la solemnidad, sino de un careo hondo con sus propias claridades y oscuridades. Sus versos albergan símbolos, bestias interiores, ríos de sangre y dominios femeninos poblados de instintos. Hay ecos de ritual y de revelación, como si cada poema fuera la escena íntima de un regreso a sí misma.
Su trayectoria, sin embargo, no se ha limitado a la poesía. También ha sido docente de la Universidad del Magdalena y de la Sergio Arboleda. Desde esos escenarios ha acompañado procesos de lectoescritura y creación literaria. Esa doble condición —la de quien escribe y la de quien enseña— le ha dado un equilibrio extraño: una postura ante la literatura que se nutre por igual de la entrega y del recogimiento interior.
La vida académica no apagó su brío creador. Más bien lo afinó. Obtuvo el primer lugar en poesía y el segundo en cuento en el Concurso de Poesía y Cuento Joven de la Gobernación del Magdalena (2013). Luego vinieron reconocimientos como el Premio Nacional de Cuento Bueno y Breve (2015) y el Premio Internacional de Poesía Voces Nuevas (2018), otorgado en Madrid. Cada logro era una confirmación: la muchacha que yo había visto escribir con seriedad nacía, definitivamente, escritora.
Su presencia en festivales internacionales no se limitó a leer poemas. Quienes han compartido escenario con ella saben que Annabell encarna la palabra con singular maestría como si cada lectura fuera un despojo, una revelación, un fulgor callado. Sus versos actúan como una marca a fuego: se graban en quien los lee. En su narrativa —quizá menos difundida, pero igual de poderosa— se advierte esa misma capacidad para registrar el temblor de la experiencia. Historias que parecen encontrarse con la vulnerabilidad humana y la devuelven convertida en gesto literario. Su libro Vía alterna revela esa vocación por el periodismo cultural que ella ejerce sin estridencias, pero con un rigor admirable.
La poesía, sin embargo, es su casa primordial. Un refugio que no siempre consuela, pero que siempre responde. En sus textos se asoma una mujer que se encarama a sus espejos sin temor a romperlos; que reconoce sus heridas sin victimismo; que convierte el tarot, la sombra, la humedad y la noche en símbolos de un destino asumido con lucidez.
Quizá eso es lo más admirable en Annabell: su capacidad para convertir la vulnerabilidad en estética. Hay en ella una especie de valentía íntima, una insistencia en volver a sí misma, aunque duela. No todos los poetas pueden mirar su fractura sin temblar; ella lo hace con una serenidad que asombra.
Hoy, cuando reviso el camino que inició aquella joven de mirada profunda en la Sergio Arboleda, entiendo que en su escritura siempre estuvo el germen de esta mujer que es ahora. Una autora que no imita, que no declama, que no se arropa en ornamentos: escribe desde el silencio que arde, desde la transparencia que hiere, desde la selva indómita que ruge en toda mujer que regresa. Y yo, como su antiguo profesor, como ese testigo silencioso de su crecimiento, no puedo más que sentir orgullo. Orgullo de haber acompañado, aunque fuera brevemente, la formación de una de las voces más luminosas del Caribe literario. Orgullo de haber visto, en aquella estudiante de respuestas bien hiladas, a la poeta que hoy celebra la palabra como si fuera un destino que siempre estuvo escrito.

Hecha la memoria, entremos en la palabra: esta es la entrevista con Annabell Manjarrés Freyle.
Annabell, cuando miras hacia atrás y recuerdas tus años como estudiante, ¿sientes que algo en particular encendió en ti la decisión de tomarte la palabra en serio?
Escribo diarios desde la adolescencia, pero no fue sino en la época universitaria que empecé a intuir que en algún momento tendría que publicar. Sabía, incluso, que algún día sería docente universitaria, pero todo estaba cocinándose adentro aún. Una vez, no sé por qué, le di a leer unas páginas de mi diario a una compañera de la universidad y ella me dijo: “Esto tienes que publicarlo”. Tiempo después abrí un blog y allí empezó la travesía: los lectores llegaron y las invitaciones también. Las palabras de esa compañera de clase me dieron el empujón que inconscientemente estaba esperando.
Tu obra poética explora el cuerpo, la memoria, la vulnerabilidad. ¿Cuándo descubriste que ese mapa vital terminaría definiendo lo que escribes?
Lo descubrí mucho después, con los años, cuando empecé a ver mi obra desde lejos y a entender que todas esas pulsiones en la escritura de mis poemas nacían de la fragilidad, de la memoria y el cuerpo.
¿Cómo ha cambiado tu relación con la poesía desde Espejo lunar blanco hasta Una ciudad como Saturna?
Mi relación con la poesía ha cambiado en intensidad, más no en su concepción. Los poemas de Espejo lunar blanconacían cada cierto tiempo, porque exploraba con curiosidad mis propias forma de escribir, era una búsqueda de mi voz y un autodescubrimiento maravilloso en una época igual de intensa. En Una ciudad como Saturna ocurre cierto desplazamiento.
Esa intensidad ya no es la misma, pero la forma de concebirlo se mantiene, solo que este período de mi vida, tan distinto, trae novedades que interrumpen la introspección necesaria para la creación poética: llámese maternidad, trabajo, quehaceres, entre otras tantas distracciones.
Sueles escribir desde imágenes muy poderosas, casi rituales. ¿De dónde vienen esos símbolos que pueblan tu poesía?
Sueño mucho. Todos los días. Sueño cuentos.
Has sido docente de lectoescritura y creación literaria. ¿De qué manera enseñar ha transformado tu forma de escribir?
Enseñar a escribir es reaprender a escribir, porque la responsabilidad de enseñar a otros me obliga a enseñar con el ejemplo. Aunque en realidad, lo que yo enseño en la universidad es a redactar, porque la escritura es un arte que se aprende con otros métodos y muchos de ellos se adquieren con la persistencia o la terquedad que da la vocación. En los talleres de escritura creativa, sucede algo similar, aprendo para enseñar y aprendo de quienes enseño, de sus recursos, mundos y formas de abordar ciertos temas. Esto siempre enriquece.
¿Qué experiencias personales o vitales te han dado la fuerza emocional que se siente en tus poemas más íntimos?
La ciudad, el amor, el desamor y la maternidad. Esos han sido los materiales de creación poética, la materia prima que me impulsa a escribir. Son experiencias que atraviesan todo lo que vivo y terminan entremezclándose. Por ejemplo, esa relación de amor y desamor con mi ciudad es el caldo de cultivo que incentiva la escritura de Una ciudad como Saturna. Sin embargo, durante el embarazo, escribí en una sentada los poemas de Animales invertebrados. Fue una experiencia irrepetible. Digamos que la autora de ese poemario es mi hija Simona.
Estuviste en festivales de poesía en Turquía, Rumania, Venezuela y Medellín. ¿Qué te revelaron esos escenarios sobre tu voz poética?
Fue muy interesante sentir la recepción de mi voz en otros espacios. Escuchar la poesía contemporánea en boca de sus propios autores en vivo y en directo, no solo fue un privilegio, sino que además me permitió escucharme a mí misma como poeta latinoamericana que tiene algo que aportar a través de su propio canto.
¿Qué significa para ti la identidad caribeña dentro de tu obra? ¿La asumes, la cuestionas, la reinventas?
No me identifico como caribeña en mis poemas, esto solo se manifiesta en algunos elementos del paisaje que se dejan entrever en algunos versos. En mi poesía, el Caribe no es un discurso, es un hecho.
Tú, que vienes del periodismo cultural, ¿cómo encuentras el equilibrio entre el rigor informativo y la pulsión poética en tu escritura?
Escribo mis reportajes con la misma mística con la que escribo mis poemas. Cada texto periodístico que escribo debe ser una pieza artística, respetando el género, claro está. En eso también soy rigurosa. Lo que aprendí en la academia es sagrado. A su vez, el periodismo le dio a mi pulsión poética el aliento necesario para escribir cuentos. Mis cuentos, aunque breves, se alimentan de la crónica, y viceversa.
¿Cuál ha sido el momento más decisivo —o más doloroso— que haya marcado tu escritura?
La adolescencia. Se adolece de muchas cosas en esa etapa vital.
Tu poesía ha sido traducida a varios idiomas. ¿Cómo se siente escuchar tu voz en otras lenguas? ¿Te reconoces en ellas?
Nunca imaginé que mis poemas llegaran a ser traducidos, lo cual es maravilloso. Siempre será grato leer, o intentar leerlos, en otros idiomas. ¿Que si me reconozco en ellos? Claro que sí, los poetas traductores tienen esa virtud de mantener el espíritu del poema transando palabras con el idioma.
¿Qué proyectos literarios tienes ahora? ¿Algún nuevo poemario, crónica o novela en proceso?
Tengo dos novelas en proceso y continúo escribiendo Una ciudad como Saturna.
¿Cómo manejas la tensión entre la vida cotidiana y la necesidad de escribir? ¿Eres de las que espera el impulso o de las que escribe por disciplina?
Sigo escribiendo diarios, eso me ayuda a mantener el pulso y a conservar las ideas para proyectos literarios; pero cuando se trata de hacer literatura, no escribo una sola palabra que no haya sentido o vivido, pues para mí el escribir literatura siempre será un estallido después de mucho rumiar una idea, una imagen o una emoción, por eso tardo en publicar.
Muchos lectores encuentran en tus poemas un refugio. ¿Quién o qué te ha servido de refugio a ti?
Por mucho tiempo me refugié en Arthur Rimbaud y en Boudelaire. Admiraba su honestidad, su transgresión y esa forma de mirar la belleza incluso en la decadencia. Al leerlos sentía que conversábamos los tres. Era como pertenecer a su mundo, solo que no desde un café de París, sino desde en mi habitación en La Ciudadela. Después llegaron Rafael Cadenas, Eunice Odio y Blanca Varela; más tarde, Szymborska y otros poetas polacos y anglosajones que me mostraron otras posibilidades para la poesía.
¿Qué autores y qué tipo de lecturas les recomiendas a los jóvenes que se inician en la lectura? ¿De qué tipo de lectura deben huir, qué libros no recomendarías?
Tienen que leer a los clásicos. No hay de otra. El escritor, como buen lector, debe leer todo lo que quiera, siempre y cuando no deje de lado la literatura clásica, porque allí están muchas de las preguntas fundamentales de la literatura. Hay que leer a autores como Kafka, Dostoievski y Víctor Hugo para entender el drama del individuo frente al mundo; leer a Hemingway para descubrir cómo los hechos más simples pueden contener profundidad, belleza y una enorme carga emocional; leer a Toni Morrison para admirar la fuerza de una narrativa capaz de dar una voz única y memorable a cada uno de sus personajes; y leer a nuestros autores del boom latinoamericano para aprender cómo hicieron de nuestra historia y desde nuestra cultura, un material relevante para la literatura universal. Los clásicos no son libros viejos, son libros que siguen diciendo algo esencial sobre la condición humana.
Para alguien que escribe sobre la intimidad y la fragilidad, ¿qué tan difícil es exponerse públicamente en un recital?
Nunca me ha parecido difícil, más bien es liberador. No es una página de mi diario lo que leo, es una pieza artística en forma de poema que otros han decidido ir a escuchar. Sé que algunos agradecen escuchar un poema muy humano que quizás no son capaces de decir desde sus propios medios.
¿Cómo entiendes hoy la madurez poética? ¿Crees que ya la alcanzaste o sigues en búsqueda?
Sigo buscándola…
¿Cuál ha sido el elogio que más te ha conmovido y la crítica que más te ha hecho crecer?
Tal vez el mayor elogio que he recibido es el reconocimiento de mi voz poética, de mi mundo propio. En cuanto a las críticas, me han hecho crecer aquellas que señalaron excesos en mi escritura, desde palabras o versos que sobraban, imágenes o cierta información innecesaria que hace tropezar la cadencia del poema. Y este tipo de detalles me han hecho crecer porque aprendí que escribir también consiste en saber renunciar.
Si tuvieras que describirte con un solo verso —tuyo o ajeno—, ¿cuál sería?
No sé si tengo un verso para describirme. Tal vez me describa mejor una búsqueda: escribo para averiguar quién escribe.
