Casa ColumnistasPor fortuna se equivocan, columna del profesor Agustin Garizábalo

Por fortuna se equivocan, columna del profesor Agustin Garizábalo

por Redacción: Noticias Coopercom

La tragedia empieza cuando uno de los padres le dice: “Tranquilo, mijo, que yo hablo con el profesor”.

A partir de ahí ocurren tantos disparates que los padres terminan quejándose con el entrenador:

la verdad, ya no sabemos qué hacer con ese muchacho, por favor hable con él”

Quizás entonces ya sea tarde. A esas alturas las relaciones estarán tan deterioradas que el joven no reconoce autoridad en ese par de señores.

Los adultos tenemos que saber cómo es la cosa con los jóvenes. De lo contrario terminamos siendo manipulados, rebasados, confundidos, sin saber qué hacer.

¿Para qué lo busca a uno un adolescente si no es para pedirle un favor? Son adolescentes precisamente por eso, porque carecen de todo. No tienen nada claro, no tienen trabajo, no tienen experiencia, no tienen sexo garantizado, no tienen dinero. A veces ni vergüenza. Sólo deseos y ambiciones. Y mucha rabia.  Ese es su mecanismo de defensa. Por eso esa cara de aburrimiento, ese ceño fruncido, ese rictus en la boca, ese mirar para otro lado conservando convenientemente una mueca de irritación porque saben que es la mejor manera de mantener a raya y bajo su dominio a su madre, por ejemplo, y esta, a su vez, infructuosa, procura interpretar lo mejor que puede esas señales ambivalentes, con el ánimo de no fastidiar al niño.

Generalmente los adultos nos equivocamos en la forma en que abordamos al paciente: Esa manía de sentirnos con la obligación de estar dándoles consejos, esas críticas ácidas por el corte de pelo, la música que escuchan o los amigos que se gastan. No en vano están prevenido contra nosotros. ¿Por qué siempre queremos que piensen y se porten como adultos si no lo son?

Se trata entonces de superar ese abismo entre generaciones, construir puentes seguros para acercarnos al joven a través de la comprensión de sus momentos de crisis. (Comprensión, no necesariamente aceptación). Con seguridad estas relaciones mejorarán cuando los dejemos ser. Cuando entendamos que son seres imperfectos, inseguros, infantiles aún. Que necesitan mucho de nosotros. .

¿NO SERÍA MEJOR MOSTRARLES DE UNA BUENA VEZ QUE LA VIDA ES IMPERFECTA? ¿QUÉ PESE A TODOS LOS ESFUERZOS QUE HAGAMOS SIEMPRE HABRÁ ALGO QUE CORREGIR, ALGO POR MEJORAR, INCLUSO, ALGO DE QUÉ AVERGONZARNOS?

Si observáramos más sus acciones y quietudes, si escucháramos más sobre sus necesidades, si resaltáramos sus aciertos, si fuéramos un poco más tolerantes con su caos, si los analizáramos más y los cantaleteáramos menos, conoceríamos mejor sus verdaderas motivaciones y quizás encontremos entonces la dinámica para hablarles en el momento preciso, cuando realmente están interesados y son vulnerables, cuando son sensibles a las preguntas que indagan sobre sus ilusiones y frustraciones, porque les encanta hablar de ellos mismos (¿Y a quién no?) porque resulta que en esos momentos las barreras se convierten en puentes y las debilidades en fortalezas y la mejor prueba de ese avance es cuando el propio joven percibe que está creciendo. Empieza a empoderarse de su vida. En ocasiones de manera dolorosa y cruel, pero sabiamente es así.

Recordemos esta premisa: Se van a equivocar, más temprano que tarde. Pero van a mejorar. El peor método es la impaciencia. Si tu hijo, en medio de su incertidumbre, encuentra que tú sigues esperando una grata sorpresa de su parte, con seguridad encontrará los caminos deseados. Es la mejor manera para entrar en sus vidas.

Pero nos equivocamos cuando nos mostramos profundamente decepcionados y desbastados por algunas de sus acciones. ¿No sería mejor mostrarles de una buena vez que la vida es imperfecta? ¿Qué pese a todos los esfuerzos que hagamos siempre habrá algo que corregir, algo por mejorar, incluso, algo de qué avergonzarnos?

Esta es la verdadera tesis para desarrollar: Conozcan verdaderamente a sus hijos valorando sus motivaciones,  utilizando la estrategia de los retos, planteándoles metas posibles, para que ellos mismos puedan intentar sus propios proyectos de vida de una manera honesta. Y permítanles que asuman y enfrenten sus situaciones conflictivas: ¿Cómo así que el papá o la mamá deban llamar a dar las excusas porque el niño (de 17 años) no pudo ir a entrenar?

Queridos padres: ¿Quieren hacer algo por sus jóvenes hijos? Empiecen por no tenerles miedo, que no se van a ir, no los van a dejar de querer. Ellos, en el fondo, lo que más desean es que les exijan ser mejores. A veces lo piden desesperadamente con muestras de rebeldía.