miércoles, junio 17, 2026 7:27 pm

Casa CulturaCon su Festival de Orquestas, Soledad cantó hasta la madrugada y confirmó su estatura

Con su Festival de Orquestas, Soledad cantó hasta la madrugada y confirmó su estatura

por Redacción: Noticias Coopercom

Apoteósico. Maravilloso. Monumental. Bello. Inolvidable.
Esta vez los adjetivos no exageran: apenas alcanzan.

El Estadio Venancio Pacheco, en el barrio El Hipódromo de Soledad, fue el epicentro de una jornada musical colosal, de esas que marcan época. El Festival de Orquestas, organizado el segundo día de las carnestolendas por la Alcaldía de Soledad bajo el liderazgo de la alcaldesa Alcira Sandoval, confirmó que la fiesta puede crecer sin perder identidad.

El acceso fue gratuito, aunque por razones de aforo se exigía boleta para ingresar al escenario principal. La burgomaestre las distribuyó en los centros comerciales Plaza del Sol y Nuestro Atlántico. No hubo credenciales para la prensa —al menos no para este cronista—. El acceso lo conseguí gracias a la generosidad de mi colega y amiga Dubbys Coronado, quien tuvo la deferencia de dejar dos boletas con el también apreciado periodista Raymundo Barrios Barceló, en la sede de Madrigal Estéreo. La gratitud, conviene decirlo, también forma parte de la memoria del Carnaval; en estas fiestas la solidaridad suele abrir puertas que los protocolos cierran.

Y para cumplir a cabalidad con el oficio, no me limité a la gradería. Recorrí los alrededores del escenario, caminé la calle 30, me mezclé con la multitud que seguía el concierto desde la pantalla gigante, escuché comentarios, medí temperaturas, palpé entusiasmos y descontentos. Una crónica no se escribe solo desde la tarima; se construye, sobre todo, desde el pulso vivo de la gente.

Desde las dos de la tarde del domingo festivo, cuando se abrieron las puertas, Soledad comenzó a latir distinto. No era un concierto más: era una afirmación de grandeza. El público ingresó de manera ordenada y entusiasta. Familias completas, jóvenes con camisetas festivas, adultos mayores con la memoria musical intacta. El estadio, pronto desbordado, se llenó de esa electricidad anticipada que solo la música en vivo es capaz de provocar.

Milena Vidal Donado y Víctor Soto condujeron la jornada, acompañados por la animación de Emisora Madrigal. Hubo sobriedad institucional, pero también cercanía popular. Se percibía organización, visión, propósito. El festival ya no era la cita tradicional en la plaza: se descentralizaba, se expandía, se proyectaba.

Killa África abrió el telón sonoro. El sol ardía alto, pero el ritmo empezó a refrescar la tarde. Percusión firme, energía joven, una descarga que preparó el terreno.

A las seis, cuando la brisa comenzaba a insinuarse, subieron al escenario Hansel y Raul, nombres ya entronizados en el corazón salsero. ‘Ayer’, ‘Una mentira’, ‘El reloj’, ‘En carne viva’, ‘Soy’ y un mosaico con ‘Dime sí’ provocaron un estremecimiento colectivo. Hubo parejas que bailaron como si el calendario hubiera retrocedido tres décadas. Una hora exacta de nostalgia viva.

En una acertada decisión logística, se cerró la calle 30 entre las carreras 23 y 24 y se instaló una pantalla gigante, nítida, que permitió a cientos de personas seguir cada presentación. El festival desbordó el estadio y se tomó el municipio.

A las 7:30 p.m., con la noche ya madura, apareció Eddy Herrera. El merengue convirtió el espacio —graderías, calles, esquinas— en una sola criatura rítmica. Brazos en alto, coros multitudinarios, celulares iluminando la penumbra.

A las nueve, el turno fue para Juan Piña, eterno Niño de San Marcos. ‘La canillona’, ‘La tumba catre’, ‘La rama del tamarindo’ reafirmaron que la tradición no envejece: se renueva en cada garganta.

Y a las 10:30, el clímax. El estadio colmado recibió a Carlos Vives con una ovación cerrada, casi sísmica. ‘La tierra del olvido’ fue un himno coral; ‘Maité’ desató saltos generacionales. Más que cantar, Vives dirigió una ceremonia colectiva. El artista samario recordó a su inolvidable compañero de fórmula Egidio Cuadrado, hoy habitante en el cielo. Los fuegos pirotécnicos bordaron el cielo soledeño y sellaron el instante.

Ya entrada la madrugada, la salsa impecable del Grupo Niche sostuvo la euforia. Nadie miraba el reloj. Nadie quería irse.

La alcaldesa Alcira Sandoval, vestida con blusa fucsia y pantalón negro, recordó su promesa: el concierto superaría al anterior. Y anunció otro mejor para 2027. La multitud respondió con aplausos.

Hubo, sí, una sombra inevitable en medio del esplendor: los precios excesivos dentro del estadio. Ocho mil pesos por una botella de agua; sumas desproporcionadas por alimentos sencillos, casi domésticos. La sed terminó costando más que la música. Algunos aprovecharon la multitud para inflar tarifas con una ligereza que desentonó con la grandeza del espectáculo. Fue un desliz comercial que no empañó la fiesta, pero sí dejó un murmullo incómodo entre los asistentes: la alegría no debería tener recargos abusivos.

“Ahora habrá que echarle la culpa de estos abusos al presidente Petro, que es quien —según algunos— ordena los aumentos desmedidos”, comentó con ironía un asistente, mientras intentaba justificar, entre sonrisa y resignación, los 20 mil pesos que acababa de pagar por un chuzo de carne de calidad discutible, acompañado de dos torrejas de bollo igualmente discretas.

La música corría puntual sobre el escenario, pero en las afueras del estadio el tiempo tenía otra lógica. Revendedores ofrecían boletas que habían sido distribuidas gratuitamente, incluso cuando el concierto ya había superado la mitad de su repertorio. El espectáculo no solo estaba en la tarima: también en ese mercado improvisado donde la urgencia y la picardía hacían su propia función nocturna.

En contraste, la celebración fue auténtica en las graderías. Mi esposa, Yenis Cárdenas, vivió la jornada con júbilo contagioso, acompañada de sus amigas —‘Yule’ De la Hoz, Yolima Daza, Petra, Heidy y mi comadre Alma Danila—, quienes cantaron, bailaron y celebraron cada presentación como si el escenario estuviera a pocos pasos de sus corazones. Allí entendí que, pese a cualquier lunar, la música sigue siendo el mejor argumento de la felicidad compartida.

Con todo, el balance es contundente. El Festival de Orquestas de Soledad dejó de ser cita local para convertirse en acontecimiento regional de gran formato. Creció sin perder su raíz.

Soledad no solo celebró: se reafirmó.

Y el Venancio Pacheco, esa noche, no fue simplemente un estadio: fue un corazón multitudinario latiendo al compás del Carnaval.

Por: Fausto Pérez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom.-