Por: Alejandro Sandoval Navarro, Cristian Álvarez Gómez, Edwin Montaña Amaris y Mateo Rueda Gómez
El imponente sol de Barranquilla se ubica sobre la lejanía del río Magdalena, tiñendo el cielo de un azul fuerte y con una brisa cálida; en toda la ciudad se respira ese ambiente que comienza cada año y envuelve a toda la urbe; allí, en las calles del barrio San Roque, el bullicio aumenta con el resonar de los tambores que recorren por sus venas, tradición y cultura pura. Es la danza del Torito Ribeño, una manifestación de vida y alegría permanente, como una ola de emoción, historias y sentimientos que nunca ha dejado de moverse y se instaura como símbolo de resistencia cultural.
La música retumba el paso frenético de esos artistas, quienes, con sus trajes coloridos, simulan el enfrentamiento o una guerra, donde la danza se convierte en un grito vehemente de alegría, lucha y sobre todo, identidad. Una historia entrelazada por los hilos imperceptibles, capaz de unir a los barranquilleros en una tradición que trasciende generaciones.
Torito Ribeño no es solo una celebración que se limita a los cuatro días de fiesta, sino que representa una manifestación cultural de gran significado para la comunidad. Su esencia trasciende el tiempo, convirtiéndose en identidad que une a generaciones a través de sus danzas, trajes, colores y expresiones artísticas.
Esta tradición, que tiene profundas raíces en la historia, es mucho más que un evento festivo. Cada baile, cada vestimenta y cada tonalidad reflejan la herencia de quienes han mantenido viva esta práctica a lo largo de los años. La danza, en particular, es una mirada al pasado, una conexión con los ancestros y una reafirmación de la identidad cultural de la región.
Para poder sumergirse en el mundo de fantasía creado por los congos, debían ser ellos quienes nos tomarán de la mano, nos iluminaran y guiaran en este sendero lleno de las raíces ancestrales que componen su historia.
Es así como nuestro recorrido, nos llevó hasta la Casa Cultural Danza el Torito, un sitio donde la cultura es un estilo de vida y las voces del arte carnavalero retumban en las paredes de este museo plagado de detalles pintorescos, los cuales resaltan el impacto que siguen generando estas muestras ilustres a la hora de definir las memorias de la celebración más importante de Barranquilla y gran parte de la región Caribe.
Es aquí, donde nos recibió con los brazos abiertos Alfonso Fontalvo, un hombre de 83 años, quien nos guió a este universo caracterizado por encender el fuego de los hombres, mujeres y niños que siguen haciendo parte de la herencia que sigue promoviendo la Danza el Torito Ribeño.
“Esta casa es la muestra viva de lo que representa esta danza para la cultura barranquillera, aquí han llegado distintas personalidades que se entregan a enriquecer sus saberes sobre el arte y la fantasía que ofrece el Carnaval”.





Con la calidez que caracteriza al barranquillero, Alfonso, con su piel arrugada, ojos llenos de esperanza y una voz que transmite nostalgia, inició el relato de su vida hablando de su abuelo, Elías Fontalvo, el artífice de esta obra conocida como el Torito Ribeño que tuvo sus cimientos de una forma un tanto particular.
Durante la cálida visita a la casa museo, Alfonso Fontalvo no escondió su emoción al contar la historia detrás de esta magna danza, una tradición que sin importar su avanzada edad le sigue emocionando bailar. Acompañado de cuadros, pinturas y posters, Fontalvo explicó el significado representativo del Carnaval de Barranquilla para quienes lo viven fielmente a través de las narraciones emanadas desde las paredes de esta casa.
Con alto orgullo resaltó el trabajo realizado por la cultura en la ciudad, la forma en la que sin importar la edad o la hora, siempre recibía turistas para enseñarles la importancia de la danza, el cómo esta no ha cambiado a lo largo del tiempo y la manera de sostenerse hasta nuestros días.
“Yo aquí he recibido turistas a la 1,2,3 de la madrugada y se van de mañanita, y quien me paga a mi, nadie, pero yo continúo con esto”, decía Alfonso con una sonrisa en su rostro la cual reflejaba los centenares de recuerdos posados en su mente al responder cada pregunta que se le realizaba.
‘Don Alfonso’ como decidimos llamarlo, mientras nos paseaba por sus paredes de historia, relataba como ninguna celebridad era esquiva de la fiesta, ni mucho menos de la danza; a través de pinturas y fotografías, resaltaba el cómo estos jugaban un papel trascendental en la cultura popular, nacional e internacional. También resaltó su hogar como ese espacio de convergencia académica que ninguna otra biblioteca de la ciudad podría ofrecer.
Tanta es la magnitud de la casa museo, que ‘Don Alfonso’ destacó que ninguna reina ha pasado por alto su visita, siendo esta una parada obligatoria una vez son convertidas en soberanas de las celebraciones carnestolendas.
“Y la reina que no viene aquí se siente como un vacío, porque ellas mismas lo dicen. La primera casa que visitan cuando son nombradas es aquí, porque la casa le sirve por varias condiciones y la principal es que aquí se viene a orientar, porque lo que hay aquí no lo van a conseguir en la oficina del carnaval”, expresaba ‘Don Alfonso’ con una risa llena de la confianza de quien se sabe conocedor de los secretos ancestrales que posee esta celebración.
Además de sus paredes adornadas con muchos colores, fotos y afiches que resaltan la tradición, el Torito también guardaba un espacio de respeto, en el cual, honraban a sus antepasados y lo veneran a través de la danza. Un acto que demuestra la conexión del pasado con el presente.
Esta danza no solo se creó con el objetivo de promover el jolgorio que representa el Carnaval de Barranquilla, pues su abuelo, Elías, quería algo más, ir con una mirada más allá de lo que los ojos ven en los cuatro días de fiesta. Fue ahí cuando ‘Don Alfonso’, ideó una forma de honrar a todo aquel que puso un peldaño para edificar lo que a día de hoy sigue siendo uno de los legados más reconocidos dentro de las distintas corrientes artísticas inmersas en esta tradición costera.
Por ello, cada año sin falta alguna, los integrantes de esta agrupación se daban cita en las instalaciones del mausoleo donde yacen las almas de quienes instauraron el amor y el sentido de pertenencia por las raíces del Carnaval en los hacedores culturales que hasta la actualidad defienden con alegría y orgullo la representación de el suelo y la historia barranquillera.
Un espacio donde dejaban a un lado los gritos y los saltos, para concentrarse en agradecer y honrar a quienes por años construyeron la historia de la fiesta y de la ciudad. En palabras de ‘Don Alfonso’, un espacio importantísimo pero que de un tiempo para acá, ya no es llevado a cabo en la interna del Cementerio Calancala por órdenes ajenas a su jurisdicción. Sin embargo, estos mantienen la tradición de otras maneras, preservando con vitalidad el legado de sus antepasados.
Testigo de la tradición: ‘La danza del Congo honra a nuestros antepasados, siempre presentes’
En la vibrante capital del Atlántico, no hay persona que haya impregnado y comprendido la esencia de la cultura como Diana Acosta Miranda. Investigadora, Comunicadora social, gestora cultural y un alma apasionada por las tradiciones, Diana no solo se ha adentrado en el estudio, sino que ha tejido lazos afectivos profundos con la danza y los gestores culturales de la región.
“A mí, Alfonso Fontalvo me dio el honor de ser la madrina de Sebastián, uno de los herederos de la danza del Torito. Es admirable ver el amor y la generosidad con los que comparten sus historias. De hecho, salí a desfilar con ellos, y el vestido que me regalaron era el mismo que usan en la danza. Destacó esa generosidad, no solo de ellos, sino de todos los gestores del Atlántico, que siempre han sido tan cálidos conmigo”, relató Acosta, con la mirada llena de gratitud.
Para Diana, esta manifestación cultural es una joya única dentro del Carnaval de Barranquilla, una tradición que se transmite de generación en generación, un legado en la sangre. La danza del Torito Ribeño no es solo un espectáculo, sino una vivencia de vida que persiste con fuerza cada año, en el Cementerio de Calancala, donde la tradición se celebra de forma innegociable.
“Es profundamente emocionante cómo los Congos rinden homenaje a sus muertos. Lo hacen con su música, sus versos, y sus coloridos trajes, llevando este homenaje hasta las tumbas. Es un acto que nos recuerda que nuestros antepasados siguen vivos, siguen presentes. Estos son los mismos ancestros que cimentaron las raíces profundas de nuestra cultura, y a través de danzas que tienen más de 50 años de historia, nos conectamos con ellos. Estas danzas tienen fechas marcadas en el calendario, porque son parte de lo que representa el carnaval: una celebración que trasciende el tiempo”, destacó la experta, mientras su voz reflejaba la profunda emoción que siente por esta tradición.
Una tradición tan poderosa que en 2003, la UNESCO la reconoció como Patrimonio de la Humanidad, un logro que llevó a la danza del Torito a escenarios internacionales, como Alemania y Francia, donde el Carnaval de Barranquilla fue presentado con todo su esplendor.
“Cada una de estas danzas recibe un reconocimiento por su valor cultural. La UNESCO las denomina ‘tesoros vivos’, y en este sentido, personas como Alfonso Fontalvo, Julio Sánchez y Manuel, entre otros, son verdaderos guardianes del patrimonio. Gracias a ellos, no solo preservamos la tradición, sino que también la compartimos, creando un diálogo cultural entre lo que está fuera de nuestro territorio y lo que nos pertenece por derecho”, expresó Diana, con una mirada de respeto hacia aquellos que han dedicado sus vidas a mantener viva esta herencia.
El Cementerio Calancala como punto de conexión entre vivos y muertos en el Carnaval.
En los alrededores del Cementerio Calancala circulan muchas historias, además de una sensación de familiaridad que une a quienes frecuentan el lugar, es común escuchar relatos sobre la conexión entre los vivos y los muertos, especialmente durante las festividades del Carnaval.
Cada sábado de Carnaval, de manera ininterrumpida, se llevaba a cabo el ritual de la danza del Torito Ribeño, una expresión cultural que ha perdurado por años. Durante este tiempo, generaciones han sido testigos de los rituales y homenajes que se realizan en honor a los difuntos, ya sea dentro o en las afueras del cementerio. Esta tradición no solo representa una manifestación folclórica, sino también un vínculo espiritual con aquellos que fueron parte del Carnaval en vida.
Alexis, un miembro cercano al recinto, nos compartió su visión sobre esta tradición:
“Es una tradición, algo que va desde los ancestros que han muerto y los participantes o familiares de los grupos antes de ir al desfile vienen a la plaza o al cementerio y desde donde Dios tenga sus almas designadas puedan escuchar su ritual para poder conceder el permiso y la buena suerte en las fiestas”.
Desde su perspectiva, Alexis destaca cómo, año tras año, numerosos visitantes acuden al cementerio no sólo por devoción, sino también para mantener viva la memoria de quienes hicieron del Carnaval una parte esencial de sus vidas.
Uno de los homenajes más representativos dentro de esta tradición es el que realiza el Congo Ribeño. Desde hace tres años, sus miembros visitan la tumba de Campo Elías Fontalvo, fundador del grupo, quien en vida se distinguió por su profundo amor y entrega al Carnaval. Su legado sigue vivo en cada danza y en cada canto, recordándonos que el Carnaval no solo se vive en las calles, sino también en el recuerdo de aquellos que lo hicieron grande.
Una Batalla de Flores sin un Congo, se ve ‘maluca’.
¿Qué tan importante es un Congo en el Carnaval de Barranquilla? La respuesta es sencilla: sin ellos, las carnestolendas no serían lo mismo. Jaime Díaz, un hombre humilde, vendedor de flores desde hace 19 años a las afueras del camposanto, habla con el corazón sobre el valor primordial de esta danza para los ‘curramberos’.
“Esto es una tradición que no la van a perder. Son el símbolo del Carnaval de Barranquilla. Una Batalla de Flores sin un Congo se ve maluca, porque ellos son la imagen, y la gente lo admira por el colorido de su vestimenta. Al barranquillero le encanta eso”, nos cuenta el señor, cuyos ojos reflejan el alma de esta cultura.
El ritual que cumple en el cementerio, además de ser un homenaje, también es un permiso que los integrantes piden para poder ‘parrandear’ en los carnavales.
“Esto tiene tantos años que, antes de que yo empezara a vender flores, ya se celebraba esta tradición. Se rinde homenaje al primer fundador de los Congos, pero también es como pedirle permiso para poder disfrutar del carnaval. Para nosotros es algo normal, pero para ellos, al venir aquí, sin ellos no se hace, y si no vienen, todo estaría mal. Esta tradición no se muere, a menos que muera el carnaval”.
Finalmente, las danzas patrimoniales tienen un significado sumamente importante en lo que hoy llamamos Carnaval de Barranquilla, detrás de cada manifestación hay muchas historias por contar y hazañas por aprender. Un Congo hoy nos narra una vida de colores acompañado de un sentir espiritual, continuando con el legado que en la actualidad es frente, cultura y tradición.
Los colores con los cuales hoy se pinta el Carnaval no son solo eso, son huellas, historias y vivencias, las cuales narran este patrimonio, el cual por años ha contado al mundo cada riqueza cultural que nos identifica y vuelve únicos en todo el mundo.
