A veces, los libros cumplen una tarea que ni siquiera sospechamos: acercan a quienes durante años caminaron por los mismos pasillos sin encontrarse. Eso ocurrió con Jorge Arturo Abello Gual y conmigo. Ambos ejercemos la docencia en la Universidad Sergio Arboleda, sede Barranquilla: él, en la Escuela de Derecho; yo, en la Escuela de Comunicación Social y Periodismo. Coincidimos varias veces como visitantes de la biblioteca, rodeados de libros y silencios, pero nunca cruzamos una palabra. Tampoco llegamos a conversar en un par de presentaciones de libros del doctor José Humberto Galiano La Rosa, a las que asistimos los dos. Éramos, en cierto modo, dos desconocidos que compartían el mismo paisaje académico y literario.

Fue la gestora cultural Gemma de María Hanaberg quien terminó tendiendo el puente. Gracias a ella conocí a Jorge Arturo y, casi de inmediato, comenzó a tejerse una relación afectuosa. El reconocido establecimiento Barracuda abrió las puertas de su auditorio para la presentación de La Colonia, una comedia histórica de notable estatura creativa. Allí tuve el privilegio de conducir el conversatorio con su autor, un encuentro que nos permitió profundizar en su obra, su trayectoria y las razones que lo llevaron a internarse en ese particular universo narrativo.
Antes de aquella cita me sumergí en las páginas del libro. Quería llegar a la conversación no solo con las preguntas preparadas, sino con la lectura suficientemente reposada para comprender qué había detrás de aquella propuesta narrativa. Y la lectura me condujo a una certeza: Jorge Arturo Abello Gual decidió mirar el pasado desde una perspectiva distinta, despojada de solemnidades innecesarias y enriquecida por el humor, la aventura, la imaginación y una profunda comprensión de las debilidades y grandezas humanas.
Abogado de profesión, especialista en Derecho Penal y magíster en Derecho, Abello Gual desarrolló su tesis alrededor de la responsabilidad penal del médico. Su trayectoria intelectual, por tanto, ha estado estrechamente vinculada al universo jurídico. Es autor de catorce libros: once pertenecen al campo del Derecho y tres a la literatura. Estos últimos son La samaria, Asesinos e inocentes y La Colonia, obra publicada en Amazon y de 225 páginas.
En La Colonia, el escritor nos conduce hasta la España del siglo XVIII, pero no para impartir una lección convencional de historia ni para convertir la novela en un inventario de fechas, nombres y acontecimientos. Su apuesta es otra. Toma una época, sus personajes, sus conflictos y sus circunstancias, y los transforma en materia narrativa. El pasado, entonces, deja de ser una sucesión fría de acontecimientos y adquiere rostro, voz y temperamento. Se convierte en un escenario poblado por hombres y mujeres que aman, padecen, se equivocan, conspiran, sobreviven y buscan, con los recursos que tienen a mano, la manera de salir adelante.
Una de las fortalezas más evidentes de La Colonia es el humor. Pero no estamos ante una comicidad postiza, añadida desde afuera para provocar una sonrisa. El humor nace de los propios personajes, de sus comportamientos, de sus contradicciones y de la manera como afrontan las circunstancias que les corresponden. Abello Gual comprende que incluso los episodios difíciles pueden ser observados desde un ángulo inesperado y que, en esa mirada lateral, puede aparecer la chispa que transforma una escena en un momento de comicidad.
Esa es una de las virtudes de su propuesta: atreverse a jugar con la historia sin faltarle al respeto. El autor no convierte el pasado en una pieza de museo, sino en una materia viva, susceptible de ser recorrida por la aventura, la imaginación y el humor. Sus personajes, lejos de aparecer revestidos de una perfección imposible, cargan con sus flaquezas, sus temores, sus ambiciones y sus contradicciones. Precisamente por eso resultan cercanos.
Jorge Arturo Abello Gual ha escrito una obra que encuentra en la historia un territorio para la imaginación; en la aventura, una posibilidad de entretenimiento, y en el humor, una puerta de entrada hacia la condición humana. La Colonia consigue así que el pasado deje de parecer distante y que sus personajes, imperfectos, entrañables y memorables, encuentren un lugar en la sensibilidad del lector.

A continuación, la conversación con Abello Gual:
Usted comenzó sus estudios de Derecho en la Universidad del Norte en el año 2000. ¿Qué encontró en esa etapa de formación que terminó definiendo su vocación por el Derecho Penal y su posterior camino como docente e investigador?
Encontré muy buenos amigos que me acompañaron, me apoyaron y dieron la mano, entre ellos Rafa Borge, Mandy, Mario, Luigi y Arturo, con quién hice mi grupo de estudio y fueron como mi familia. Comencé estudiando con ellos, enseñándoles cuando no entendían y sacando lo mejor de mí, en lo académico y en lo personal para salir adelante. También conté con mi tío Alvaro Mozo, que me acogió en su familia y me brindo un hogar durante toda mi carrera. También encontré el cariño y aprecio de mis profesores, quienes también me apoyaron. En el campo del derecho penal encontré al profesor Jaime Sandoval, quién me acogió como un discípulo, y me dio un espacio para aprender y para enseñar.
En su formación hubo maestros que dejaron una huella profunda, entre ellos Jaime Sandoval. ¿Qué enseñanzas de aquellos profesores siguen acompañando hoy su manera de entender y ejercer el Derecho?
En aquel entonces, muchos profesores dejaron muchas enseñanzas, en derecho administrativo el profesor Aleksey Herrera, en derecho civil la doctora Nicolasa González De Luque, en Constitucional la Dra Ana María Velásquez, en Derecho Penal Jaime Sandoval y Luis Felipe Velásquez, en derecho laboral Víctor Julio Díaz, en Comercial la Dra. Silvia Gloria. Cada uno dejó una enseñanza académica y una huella en la enseñanza, que definitivamente me marcaron como estudiante, y que hoy replico como profesor. El afecto y sus enseñanzas hacían que uno creciera no solo como estudiante de derecho, sino también como persona.
Durante cinco años fue monitor de Derecho Penal General y participó en una investigación sobre La Corte Penal Internacional y la salida negociada al conflicto armado colombiano. ¿Qué significó aquella primera experiencia investigativa para su trayectoria académica?
Esa experiencia me marcó mucho, pues ahí aprendí a escribir académicamente. No solo era escribir un discurso o una clase para un auditorio, era escribir como académico, citar varios autores, soportar mis afirmaciones en libros escritos por grandes maestros del derecho penal. Pero en el caso de la Corte Penal Internacional, me marcó en especial, entender la catástrofe y los efectos de una guerra, me tocó estudiar la segunda guerra mundial, los casos de Ruanda, Yugoslavia, Camboya, las dictaduras de Chile y de Argentina, y con base esos casos, también estudiar el conflicto armado colombiano. Entender que había una Colombia dividida entre el campo y la ciudad, que una cosa era los pueblos donde se cometían masacres, y otro era lo que se vivía en las ciudades. Masacres espantosas como la del Aro, la Granja, la de Pueblo Bello, la del Salado, fueron estudios que me impactaron mucho. Esos hechos tan bárbaros, me llevaron a formular una tesis sobre como establecer un acuerdo de paz en medio de las exigencias internacionales de Verdad Justicia y Reparación. Con ese trabajo se tuvo un reconocimiento académico importante tanto en la Universidad del Norte, y un reconocimiento en los premios Otto Greift. Además, fue una tesis que causó mucho temor en la Universidad del Norte, e incluso, antes de presentarla, me preguntaron si estaba seguro de seguir adelante, porque acababan de matar al profesor Alfredo De Andréis, por investigaciones sobre el conflicto armado colombiano, así que tocó darle un enfoque netamente académico y normativo, de cumplimiento de los estándares internacionales sobre los derechos humanos.
Su carrera lo llevó de Barranquilla a Bogotá y por distintas universidades del país. ¿Cómo ha enriquecido su mirada sobre la enseñanza del Derecho ese recorrido por instituciones y ambientes académicos tan diversos?
Me fui de Barranquilla a Bogotá, con un maletín cargado de ilusiones, fui a trabajar con Tarquino Pacheco, quien me dio la gran oportunidad de trabajar en Bogotá en la UTL en el Congreso de la República. Tuve la oportunidad de conocer el Congreso, a los Congresistas, a las Altas Cortes, a grandes funcionarios del Estado, ministros, viceministros, y fue una experiencia formidable. Trabajaba para hacer leyes, y para hacer debates. Me tocó la primera reelección de Uribe, la reforma al código de procedimiento penal, y muchas cosas más. Aproveché mi estancia y pude también introducirme al campo académico, comenzando en dos Universidades al tiempo, en el Politécnico Grancolombiano, con el Dr. Billy Escobar ex Superintendente de Sociedades, y en la Universidad Republicana, cuyo decano era el Dr. Iván Cancino, actual ministro de Justicia. Luego se me abrieron otros espacios académicos, como la Universidad del Rosario, la Universidad de la Sabana, La Universidad Militar, también gracias a mi primo José Manuel Gual, quién me abrió muchas puertas en la académia. En cada una de las Universidades aprendí a dictar clases, a manejar la organización académica, a montar programas académicos y a manejar profesores y estudiantes.
Ha dedicado buena parte de su trayectoria al Derecho Penal y a la investigación jurídica. ¿Qué asuntos del Derecho Penal continúan despertando especialmente su interés intelectual?
Varios temas, como la criminología, que es tratar de entender el delito, es tratar de entender por qué hay delincuentes, y por qué se cometen delitos. El conflicto armado, el Derecho Internacional Humanitario, las normas que se deben respetar en los conflictos, algo que me marcó desde mis inicios con mi tesis en Corte Penal Internacional. El derecho penal empresarial que me ha dado una visión diferente del derecho penal y un buen campo para trabajar.
Su trabajo académico abarca temas como responsabilidad médica, imputación objetiva, delitos económicos, Derecho Penal Internacional y Derecho Probatorio. ¿Qué relación encuentra entre la investigación jurídica y los problemas concretos que enfrenta la sociedad?
Cada tema es una historia que va ligada a parte de mi vida. La responsabilidad médica por ejemplo, está ligada a mis estudios de maestría en derecho, una etapa muy especial donde tuve a un gran maestro como Ricardo Posada de director, y que también me enseñó mucho. El Derecho Internacional, estuvo ligado a mi tesis de pregrado, y luego a mis primeras clases en Derecho Internacional en el Politécnico Grancolombiano, gracias a ese conocimiento del derecho internacional, pude dictar mis primeras clases. Los delitos económicos, es un tema particular, es un campo muy especial del derecho penal, que vincula a la empresa como ambiente del delito, y que me permite dictar dicha materia en postgrados, entre ellos, el de la Sergio Arboleda y el de la Norte en un tiempo. Y el derecho probatorio, fue también un campo muy particular que se me abrió en la Universidad del Norte, y era, aplicar mi práctica como abogado, en la parte probatoria, y luego, analizar todo lo complejo que es probar los hechos en la teoría y en la práctica.
En la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá tuvo la oportunidad de trabajar con Fernando Velásquez y de coordinar programas de posgrado. ¿Qué representó para usted esa experiencia y qué aprendizajes conserva de ella?
Fue un reto enorme. El profesor Velásquez es de los académicos más reconocidos en todo el país y el mundo. Un paisa trabajador, meticuloso e incansable, dedicado a la academia, con grandes amigos penalistas en todo el mundo. Me enseñó a ser más estricto en mi trabajo, y mucho orden. Las cosas debían funcionar como un reloj. Disciplina, trabajo y relaciones. Con el conocí a muchos profesores del derecho penal en todo el mundo, y me enseñó que la academia permite abrir fronteras, abrir puertas y crear grandes amistadas.
Su formación también contó con el aporte de juristas nacionales e internacionales de reconocida trayectoria. ¿De qué manera ese intercambio intelectual contribuyó a consolidar su pensamiento jurídico?
Una de las grandes cosas que tiene relacionarse con los sabios, es su vocación para enseñar, y tratar a las personas de una forma diferente. Conocer a personas como José Luis González Cussac de España, Luis Chiesa de Puerto Rico, Mario Trapani de Italia, Kai Ambos de Alemania, entre otros, y tratarlos en ambientes diferentes, como en un almuerzo, un desayuno o una comida, hacen ver a estas personas de forma diferente a lo que puede uno compartir en un salón de clases.
En su ejercicio profesional participó en asuntos como Foncolpuertos, Saludcoop y Caprecom, además de intervenir en procesos relacionados con miembros de la fuerza pública. ¿Cómo transformó esa experiencia profesional su manera de enseñar el Derecho?
Hay una frase, que dice, no se puede enseñar derecho si no tienes un libro en una mano, y un expediente en la otra. La práctica profesional siempre es una gran escuela, y combinar la academia y la práctica, es un privilegio que no tiene todo el mundo. Yo he tenido la posibilidad de estar en ambos ámbitos y de ambos he aprendido mucho. Se cómo hacer una ponencia para un auditorio académico, pero también se hacer un interrogatorio a un testigo dentro de un juicio penal.
Ha publicado más de veinte artículos de investigación y ocho libros jurídicos. ¿Qué lo impulsa a convertir sus reflexiones académicas en libros y cuál considera que debe ser la responsabilidad de quien escribe sobre Derecho?
Siempre me gustó escribir, y siempre ha sido una pasión en mí. Las palabras se las lleva el viento, pero cuando uno escribe deja memoria, y la escritura, es sin duda una forma de lenguaje muy eficaz para aprender a enseñar y trasmitir. Escribir en derecho implica la responsabilidad de no maltratarlo, de resolver conflictos y de argumentar posiciones con fundamentos legales, jurisprudenciales y doctrinales, el derecho no es una opinión, es una construcción racional de la mejor forma de resolver los problemas y los conflictos en la sociedad. Los abogados respondemos a la mayor cantidad de preguntas con la palabra “depende”, y es porque siempre habrá muchas variables que analizar para dar una respuesta.
Después de una trayectoria tan estrechamente vinculada al Derecho, ¿en qué momento apareció la literatura como una necesidad distinta de expresión y qué encontró en ella que no encontraba en el lenguaje jurídico?
Yo soy escritor, antes que abogado. Antes de graduarme del colegio ya escribía historias, parodias, y fui codirector de una página del periódico El informador, que teníamos desde el Colegio San Luis Beltrán y salía semanalmente. Luego estudié derecho, y aproveché mi don en la escritura para trasladarla y moldearla desde el punto de vista académico. Así que primero fue la literatura, y luego el derecho.
Es autor de La samaria, Asesinos e inocentes y La Colonia. ¿Qué une y qué diferencia a estas tres obras dentro de su recorrido como escritor?
La samaria fue una biografía basada en el carácter de mi abuelo Anselmo Gual, mi abuelo paterno. La Colonia es un relato histórico y cómico, dos temas muy vinculados a mí, que son la historia y la comedia. Y asesinos e inocentes hace parte de mi experiencia profesional unido a contar historias, y a enseñar a partir de casos, el derecho a los estudiantes. Asesinos e inocentes es una obra académica acompañada de un buen relato, y basada en casos reales de mi experiencia profesional.
En La Colonia se traslada a la España del siglo XVIII y convierte un periodo histórico en materia narrativa. ¿Qué fue lo que encontró en esa época que despertó su imaginación literaria?
Historias de piratas, de batallas navales, los relatos de Blas de Leso en Cartagena, las guerras napoleónicas, las guerras entre los indígenas y los españoles, la historia de los Tayronas de mi tierra, de los Chimilas, y las historias de piratas en Santa Marta. Todo ese conocimiento iba sumando, y creo un ambiente, que me permitió no solo contar una historia, sino reírme con ella.
¿Cómo fue el proceso de investigación y escritura de La Colonia, y qué retos encontró al intentar recrear una época histórica sin convertir la novela en una lección convencional de historia?
Lo primero, era encontrar cómo era la historia en Santa Marta durante la Colonia. Se sabe mucho de Cartagena de Indias y de los ataques piratas a esa ciudad, en especial el ataque de Bernon a Cartagena que defendió Blas De Leso, pero no se sabe mucho de Santa Marta. Y ello, porque Santa Marta fue quemada en más de 18 veces, y muchas cosas se perdieron. Lo que se encontró de Santa Marta fueron cartas que enviaban los Gobernadores a España, y de ahí se pudo reconstruir parte de la historia de Santa Marta. Hay un historiador que fue Bermúdez Bermúdez con sus libros que me permitieron conocer cómo era Santa Marta en ese entonces, con sus libros piratas en Santa Marta y otra obra sobre breves relatos de Santa Marta, lo que me permitió pensar en un ambiente de la época de la colonia para recrear esa época.
El humor ocupa un lugar importante en La Colonia. ¿Qué posibilidades le ofrece el humor para acercarse a la historia, construir personajes y revelar las contradicciones de la condición humana?
El humor es sin duda una forma muy caribeña de narrar los acontecimientos, es una visión de la vida, pero a su vez una forma muy eficiente de llevar un mensaje a la gente. Todo el mundo le gustar reírse, pero no todo el mundo sabe hacer reír. Trasmitir un mensaje a través del humor es todo un arte. Una escritora Loor Naysir, me comentaba, que la historia es aburrida, que a muy pocos le gusta leer la historia, y que era interesante que yo le sacara humor a la historia.
Sus personajes están lejos de ser figuras perfectas: aman, se equivocan, conspiran, padecen y buscan sobrevivir. ¿Qué importancia tiene para usted mostrar esas imperfecciones al momento de construir un personaje literario?
Las personas son imperfectas, esa es la humanidad, pero de las imperfecciones también surgen virtudes, y de las imperfecciones surge también el humor, y eso es lo que trato de mostrar en mis historias.
Como abogado y escritor, usted se mueve entre dos lenguajes: el rigor conceptual del Derecho y la libertad creativa de la literatura. ¿Cómo conviven esas dos voces en su manera de escribir?
Ambos tienen un elemento común, y es que no se trata de solo crear una historia, sino de tener bases para narrar una historia. El derecho en parte es la historia contada de una persona a través de un proceso judicial, una novela, es una historia que al igual que un caso, se organiza a partir de unos presupuestos o unos precedentes. Ni el derecho, ni la literatura surgen de la nada. Son cuentos basados en relatos, donde pueden darse verdades o mentiras, porque tanto en una historia, como en un caso, hay una parte de verdad y otra de imaginación.
Después de haber recorrido tantos años entre libros jurídicos, investigaciones y obras literarias, ¿qué significa para usted leer y qué lugar ocupa la lectura en la formación de una persona?
La lectura es la forma de aprender cosas nuevas, cosas desconocidas, cosas que se pueden enseñar, cosas que se pueden contar. La lectura es una de las principales fuentes de conocimiento. Uno puede no ver un video o una película, pero siempre habrá un escrito que se refiera a ellos, y siempre habrá una historia sobre todo lo que te interese aprender y conocer.
¿Qué tipo de lecturas recomienda a los jóvenes que apenas comienzan a descubrir el oficio de leer, y qué autores, géneros o libros considera especialmente valiosos para acompañarlos en ese camino?
Es difícil recomendar libros, porque las personas deben leer lo que les guste, la lectura es un placer y por ello, no puede ser un castigo. Pero en esta pregunta recuerdo a mi profesor Alfredo Avendaño del colegio nos decía, un buen curso de castellano no es otra cosa, que un curso de buenas lecturas, y vaya que nos hacía una selección de obras interesantes. Creo que eso me marcó en la academia, y es que uno para enseñar, debe tener buenas lecturas para que la gente aprenda.
Y, en el extremo contrario, ¿de qué tipos de lecturas cree que deberían huir los jóvenes que empiezan a formarse como lectores, y por qué?
En el mundo de la lectura, hay gusto para todos, y hay gente que le parece que un libro es interesante, y otro, en cambio, piensa todo lo contrario sobre el mismo libro. Pero s i es necesario que toda persona tenga claro que no todo libro es bueno, y hay ideas que no se pueden tragar sin antes masticarlas. Es necesario tener criterio crítico para leer, para discernir y para formarse una posición sobre algo, evitar los fanatismos y ser abierto, y para ello, es necesario aprender y leer mucho. El gran problema de hoy es que, por temas de las redes sociales, las personas solo leen de lo mismo, y a veces no encuentran otras posiciones y se terminan radicalizando, ese es el gran problema del mundo de la lectura.
