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Lucho Diaz y el baile de la chichamaya

por Redacción: Noticias Coopercom

La vez que tomó agua de pozo y aprendió a correr detrás de los venados.

Él solo se purgaba con el agua de sal cuando visitaba el valle de los cangrejos.

Luis Fernando Díaz, había tenido varios sueños cuando niño.

El más hermoso tener una mujer con todos los encantos, que lo dejara hechizado de verdad.

Nunca le importó si para atrapar su corazón tuvieron que bailarle la chichamaya o tomarse un aperitivo de “chirrinche”, dormir varios días en hamacas y su dama confinada en un cuarto de su ranchería.

El amor todo lo puede. “Qué más da, habló del sueño, “si he tomado mucha agua salobre del pozo, más ligero tomo el “chirrinche” para tener a mi amada que me dará mi primera hija.

¡Bienvenida la purga! Es un hombre con una humildad y sencillez que los éxitos y las cámaras del mundo no lo encandilan.

Solo piensa cuando salió de su ranchería, buscando a los amigos “arijunas” en la civilización de un departamento que tiene el remoquete de la “rica pobre”, porque siendo petrolero y con la mina más grande de carbón y sal, yacimientos de gas natural, no tiene carreteras, ni acueductos, ni alumbrado público.

Gracias a su padre logró aprender los juegos indígenas de su tribu wayuu, el redoblante, correr en sentido contrario, no dejarse pisar de la hembra que lo perseguía, lanzar la flecha y construir cerbatanas, lo indujo a jugar futbol, pero no con los cocos secos que se desgajaban en la playa de la avenida primera de Riohacha, si no con balón mediano.

Se dio cuenta de la plasticidad y lo puso a corretear venados y chivos para ver su resistencia y velocidad. La especie caprina solían tomar sol a las cuatro de la tarde, por eso, con esa luz incandescente, se le llamó poéticamente, “el sol de los venados”.

En ese trance del sueño logró ver algo. La acumulación de residuos de pasta dental, que solo servirían para una emergencia, cuando se careciera de dentífrico y no había forma de salir de la ranchería que quedaba de una o dos horas de trochas al casco urbano del pueblo menos distante, llamado Barrancas.

“Pa que no vayan creer, que por ser pobre no me lavo los dientes. Así sea con agua de mar.”

Hablaba solo en el sueño y rastrillaba los dientes, llegó a decir un día su abuela.

Su proceso de maduración fue rápido como el “friche” que se comía. Sangre de caprino revuelto con arroz. Cuando supo de que estaba hecho, cambio el tráfico de cuchara por una palangana de mazamorra de maíz con lecho y clavito de olor, un diente de sal y azúcar. Un día se le escuchó a la abuelita decir, que “gracias al friche es que no engordó”.

Aprendió a tocar el oboe

Luis Fernando, así como aprendió a danzar con la Chichamaya, llegó a su oído guajiro, esa mezcla fina de la música, tocar el oboe y armonizar con los violines clásicos. Todo está dado para romper los esquemas impuestos por los dictadores del futbol. Lo de él, fueron versos armoniosos que pudo decantar. Esos versos poéticos en una cancha en mal estado, le puso la gracia de la música y fue todo un compendio de colores.

Cuatro pinturas que deja anonadado al más experto en futbol.

Hizo malabares con sus pies, algo de magia blanca, algo que encandiló al contrario para irse al fondo con esa velocidad de venado y convertir dos goles de gran factura que lo convierten en una pieza insustituible en cualquier engranaje.

Tenía hambre, mucha hambre de gol.

Con su partitura musical, también logra desvertebrar la defensa de Brasil y Argentina.

Solo él, acaparó las miradas del mundo, en virtud de recordar a Manoel Dos Santos “Garrincha”, Pele, con sus pies movilizados, ocultando el balón, saber salir de los espacios reducidos, encerrado como los animales caprinos, para deshacerse de los marcadores que ejercían una guardia pretoriana.

Emerger de la pobreza y encumbrarse gracias a la virtud de un juego limpio, dúctil, llega al salón de la fama, a la élite, descrestando, con la bailada que le dio a Messi, para subirse en los papeles de la bolsa de los grandes jugadores.

Ni su abuelita, ni su papá, jamás se preocuparon por comprar el pipelon, porque Lucho Díaz, nunca fue gordo.

Él solo se purgaba con agua de sal cuando visitaba el valle de los cangrejos.

Por: Ramiro Diaz Romero (Especial para Noticias Coopercom)

Fotos : FCF – ConmebolJunior FC –