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Vicenta María Siosi: la palabra que camina el desierto y defiende la vida

por Redacción: Noticias Coopercom

Vicenta María Siosi Pino, indígena wayuu del clan Apshana, nació el 29 de septiembre de 1965 en Pancho, una población de la media Guajira asentada en la ribera del río Ranchería, jurisdicción del municipio de Manaure, a cinco kilómetros de Riohacha.

En esa franja de tierra donde el desierto flirtea con el agua, aprendió temprano que el territorio se recorre con los pies y con la palabra. Durante años caminó el trayecto hasta la capital guajira, como lo han hecho históricamente los suyos; hoy ese andar ha sido reemplazado por motocicletas, pero la experiencia del camino persiste en su memoria. Comprendió entonces que desplazarse no es solo un acto físico, sino una manera de pensar, de contar y de habitar el mundo.

El notable narrador magdalenense Clinton Ramírez la define como una presencia nítida y fresca en la narrativa colombiana actual.

Su verismo depurado ofrece un ejemplo preciso de cómo narrar, sin alardes ni estridencias, las vicisitudes y los conflictos cotidianos de personajes situados entre las leyes de su etnia y las ofertas y, a menudo, exigencias del mundo de los arijunas. Su escritura, paciente y lenta, es también su forma de mantener la labor creativa al margen de toda presión.

Wayuu del clan Apshana, Vicenta creció escuchando historias que no pedían papel para existir. De esa oralidad primordial surge una escritura que no imita el habla, sino que la honra. Su paso por la escuela pública Remedios Morales y el Colegio Divina Pastora fue el inicio de un trayecto académico que la llevó a Bogotá, donde se formó como comunicadora social en la Universidad de La Sabana, se especializó en planificación del desarrollo regional y municipal en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y obtuvo la maestría en Escrituras Creativas en la Universidad Nacional de Colombia. Ese recorrido no la apartó del origen: lo amplió.

Desde las aulas de la Universidad de La Guajira, donde ha sido docente en cátedras ligadas a la expresión oral y escrita, la tradición oral y la lengua y cultura, Vicenta ha defendido una pedagogía que escucha antes de enseñar. También ha sido tutora de la UNAD en Comunicación Social Comunitaria, convencida de que la palabra compartida puede transformar territorios.

Su relación con la imagen la llevó a dirigir documentales como Matrimonio wayuu y Fiesta de los embarradores de Riohacha, este último ganador del Premio-Beca de Colcultura en 1995. Pero fue en la literatura donde su voz comenzó a resonar con fuerza. En 1992, la Universidad de La Guajira publicó su cuento Esa horrible costumbre de alejarme de ti, texto que luego circularía en el Magazín Dominical de El Tiempo. Tres años después, El honroso vericueto de mi linaje(1995) reafirmó una escritura que dialoga con la memoria familiar y colectiva, y la situó en el campo de la etnoliteratura wayuu.

La infancia se convirtió pronto en uno de sus territorios narrativos. En 1998 obtuvo una Mención de Honor en el concurso ENKA: Premio Andino y Panamá de Literatura Infantil con la novela corta El dulce corazón de los piel cobriza. En 2000, La señora Iguana le mereció el Premio Nacional de Cuento Infantil Comfamiliar del Atlántico; el libro fue celebrado por la crítica, recomendado por El Tiempo y publicado por Editorial Norma, incluso en sistema braille, como un gesto de inclusión coherente con su ética narrativa.

La investigación también ha sido una de sus formas de escritura. En 2004 apareció la cartilla bilingüe Juegos de los niños wayuu, resultado de un trabajo prolongado con la comunidad. Sus cuentos Esa horrible costumbre de alejarme de ti y La señora Iguana integraron en 2010 la antología Pütchi biyá uai, editada por la Alcaldía Mayor de Bogotá, confirmando la proyección nacional de su obra.

Vicenta ha llevado su palabra a escenarios diversos: encuentros de escritores como Latitud Caribe en San Andrés (2006), el Hay Festival de Cartagena (2010), ferias del libro en Bogotá (2011) y Bucaramanga (2013). En 2019 fue homenajeada en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por su aporte a la conservación de las lenguas nativas. Luego vendrían las ferias de Madrid y Dinamarca en 2021, y Santa Cruz de la Sierra en 2022.

Su voz ha resonado también en universidades como Bucknell (Estados Unidos), Aarhus y Copenhague (Dinamarca), y en talleres realizados desde las selvas del Vaupés hasta el Caribe insular. Allí, más que enseñar técnicas, comparte una manera de mirar y de decir.

Uno de los momentos más contundentes de su vida pública ocurrió cuando una multinacional planeó desviar el río Ranchería. Vicenta escribió entonces una carta que circuló por el mundo, traducida a varios idiomas, y que despertó una movilización en defensa del único río del pueblo wayuu. Fue la prueba de que la escritura, cuando nace del territorio, puede convertirse en acto colectivo.

Su obra ha cruzado fronteras y lenguas. Participó en la antología internacional Mensaje indígena de agua (2014), presentó el cuento bilingüe Danza de tortugas en el mar, vio cuatro de sus relatos incluidos en Hermosos invisibles que nos protegen, y celebró la traducción al francés de El bebé duerme en 2016. En 2017 publicó Cerezas en verano con la Universidad del Valle, libro traducido al danés en 2020 por Aurora Boreal. En 2023, su cuento Voz de lechuza apareció en la antología Hijas de América Latina, editada en inglés por HarperCollins.

A estos títulos se suman la investigación Agüeros de la etnia wayuu (2021), su presencia en la antología Felinos (2022) y la invitación del Banco de la República al programa Leer el Caribe en 2024, que la llevó a recorrer colegios públicos de la región. En 2025 obtuvo el segundo lugar del Premio de Novela Corta Roberto Burgos Cantor, y en 2026 la Universidad Javeriana publicó su novela Invierno en la tierra del pan.

Primera mujer indígena colombiana en ver publicada su obra y en alcanzar reconocimiento literario internacional, Vicenta Siosi ha construido una escritura que no grita, pero permanece. Críticos y lectores coinciden en señalar la potencia ética de su palabra, capaz de conmover sin rencor y de despertar conciencia sin estridencia.

Hoy vive de nuevo en su ranchería materna y se desempeña como mediadora de lectura. Desde allí, confirma que la literatura no siempre nace en los centros, sino en los márgenes que saben nombrarse. En Vicenta, la palabra camina, regresa y se queda.

Viene, a continuación, una entrevista profunda con Vicenta Siosi, quien explora la intersección entre su identidad wayuu y su labor literaria. La autora describe cómo sus vivencias infantiles junto al río Ranchería y la tradición oral de su madre cimentaron una narrativa que funciona como resistencia cultural y pedagógica.

A través del diálogo, se destaca su transición del periodismo a la literatura, subrayando la importancia de la palabra como herramienta de paz y preservación de lenguas nativas. Siosi enfatiza que su obra busca dignificar a los pueblos indígenas, promoviendo el respeto por la naturaleza y la sabiduría ancestral frente a la modernidad. Este diálogo revela su compromiso social mediante talleres de escritura y su visión de una literatura universal que brota desde las raíces del desierto.

Vicenta, crecer en Pancho, a orillas del río Ranchería, qué imágenes de tu infancia siguen regresando a tu escritura como una memoria insistente?

El río en La Guajira es sinónimo de alegría. Los baños prolongados, los juegos del agua, la construcción de juguetes con barro de la orilla, están descritos en mis historias para mostrar que la felicidad está cerca y se produce con lo que tenemos.

Los wayuu caminan el territorio y también la palabra. ¿Cómo ese caminar ancestral se convirtió para ti en una forma de narrar?

Caminaba con mi madre visitando las rancherías de los parientes; también iba y venía a Riohacha; buscaba frutillas en el monte. El gusto por escuchar los pájaros, sentir la brisa, aguzó mi observación y me capacitó para describir esta tierra silenciosa y vibrante.

¿Qué significó salir de La Guajira y formarte académicamente en Bogotá sin desprenderte de tu raíz wayuu y de tu lengua?

Se me entumecían las manos por el frío bogotano; en 1983 cuando llegué llovía cada día. Regresar al calor me motivaba a estudiar, nunca perdí una materia. Comprendía que debía aprender un oficio y luego servir en mi tierra. Las raíces indígenas me abrazaban y yo no quería cortarlas.

En tu obra conviven la oralidad y la escritura. ¿Cómo logras ese equilibrio sin que una anule a la otra?

Las narraciones wayuu son arte. Descripción precisa, ritmo arrollador, humor refinado, desenlaces sorprendentes, musicalidad. Me nutrí de las historias que contaba mi madre en las noches cálidas de mí infancia. Construyo historias contemporáneas siguiendo la estructura de la mitología wayuu. Soy sucinta al describir, profunda en el mensaje pedagógico. Hoy los lectores quieren rapidez sin perder el lirismo.

¿En qué momento comprendiste que escribir también era una forma de resistencia cultural y política?

Admiro a los putchipuü (conciliadores wayuu) quienes solo con su palabra reflexiva detienen una guerra. Supe desde niña que la palabra es una herramienta para construir paz. La palabra escrita es un misil hipersónico capaz de llegar lejísimo y permanecer en el tiempo, dándonos la oportunidad rumiar un texto. Los wayuu adoptamos lo que nos sirve; desde la escritura puedo contar mi punto de vista y eso es poderoso.

En tus textos hay una delicadeza profunda incluso cuando abordas el dolor. ¿Escribir ‘sin odios’ es para ti una decisión ética, estética o espiritual?

Es un mandato divino escribir con bondad. No vine a esta tierra para aniquilar a nadie. Decido consolar, animar, sanar, bendecir con mis textos. Si otro autor escoge ser beligerante con sus letras debe ser aceptado; de hecho, nada en la naturaleza se repite; no hay uniformes en la literatura. 

La infancia atraviesa gran parte de tu narrativa. ¿Qué crees que los niños wayuu les enseñan a los adultos que ya olvidaron escuchar?

Los wayuu poseemos valores que las nuevas generaciones desconocen; animo en mis narraciones a que los pequeños se comprometan con el cuidado de la naturaleza, la disciplina, la responsabilidad personal. Los niños deben recibir el saber ancestral, los preceptos que nos identifican y dignifican sino desaparecería el corazón wayuu.

¿Cómo fue el tránsito de la comunicación social al ejercicio literario sin abandonar el compromiso con la comunidad?

Ejercí diez años el periodismo; dirigí el primer noticiero de La Guajira en Telecaribe, fue en 1992. Era estresante estar pendiente de todo lo acontecido en el departamento. Me gustó producir varios documentales para televisión, pero quería contar los sucesos del pueblo wayuu y descubrí que a través de los cuentos podía lograrlo. Ahora, realizo talleres de escritura creativa, así apoyo a los jóvenes de mi comunidad que aspiran ser escritores. Transmito mi saber intentando ser útil a mi comunidad. 

‘La señora Iguana’ es leída como una obra poética y pedagógica. ¿Qué responsabilidad sientes cuando escribes para niños, en especial para niños indígenas?

Los niños no deben avergonzarse de ser indígenas. Con responsabilidad recalco que ser wayuu es una alta dignidad y pertenecer a un pueblo histórico con una filosofía propia es motivo de gran orgullo. Escribir para niños es ser positivo siempre.

Has llevado tu palabra a ferias, universidades y talleres en selvas, costas y ciudades. ¿Qué aprendes tú cuando enseñas escrituras en territorios tan diversos?

En un encuentro con jóvenes en San Andrés islas ninguno conocía La Guajira y nada sabían sobre los indígenas. En otros países desconocen la existencia de los wayuu. Descubrí que si hablo de mi pueblo los otros se interesan. He recibido en mi ranchería personas de otros países que han venido a La Guajira porque leyeron mis libros y quieren conocer a los wayuu. Me emociona que los indígenas causen admiración y generen sumo respeto. 

¿Qué lugar ocupa hoy la lengua wayuunaiki en tu proceso creativo, incluso cuando escribes en español?

Publico en wayuunaiki para que la lengua no desaparezca. Ella es un bien que nos identifica y expone un universo semántico y espiritual. Cuando das importancia a las lenguas nativas, otros lo hacen también y se recalcan las particularidades de cada grupo humano. 

La carta en defensa del río Ranchería conmovió al país. ¿Cuándo comprendiste que una palabra bien escrita puede movilizar conciencias?

Los wayuu conocemos el valor de la palabra. La retórica mueve a la guerra o a la paz. Si uno explica y el otro escucha con disposición podemos comprendernos. Ignorar las razones de los demás lleva a injusticias. Me atemoriza las personas en las redes sociales que tienen por oficio mentir, denigrar, destruir, asesinar con sus palabras a otros seres humanos. Es la degradación moral total del hombre.

Tu obra ha sido estudiada en universidades de Colombia, Estados Unidos y Europa. ¿Cómo recibes esa lectura académica de una escritura nacida de la oralidad?

Me honra que lean y estudien mi obra. Ellos visibilizan no solo a Vicenta Siosi sino a la nación wayuu. Los análisis críticos validan la calidad de la escritura expresando que los autores indígenas no hacen literatura menor, sino que exponen gran calidad literaria.

¿Qué sientes al ser reconocida como la primera mujer indígena colombiana con una obra publicada y con reconocimiento literario internacional?

Es una bendición de Dios y una gran responsabilidad ser el referente de los nuevos escritores wayuu.

En libros como ‘Cerezas en verano’ o ‘Invierno en la tierra del pan’, ¿qué nuevas búsquedas narrativas te permitiste explorar?

‘Cerezas en verano’ son nueve historias reales acontecidas en el desierto wayuu. Una es un monólogo, otra un microrrelato. En la novela ‘Invierno en la tierra del pan’, ganadora del segundo lugar en el Premio Roberto Burgos cantor de la Universidad Javeriana, inicio con un narrador en tercera persona y termino con un narrador protagonista en primera persona. Es una novela de contenido histórico con datos verificables y estructura enmarcada, o sea, posee historias independientes, las cuales podrían extraerse y ser perfectamente entendibles sin necesidad de leer toda la novela; eso sí, unidas por un hilo conductor al tema central.

Hoy, viviendo nuevamente en tu ranchería materna, ¿qué lugar ocupa la mediación de lectura en tu vida cotidiana?

Cada semana reúno un grupo de niños, les doy consejos, les leo y luego dibujan sobre las tablas de apoyo que les entrego. Al final compartimos un bocadillo de guayaba o un pan. Estoy buscando patrocinio para construir en Pancho una biblioteca; yo donaré mis libros. En los alrededores de Pancho hay comunidades que nunca han tenido luz eléctrica ni solar y esto es muy triste.

¿Crees que la literatura indígena sigue siendo leída desde el exotismo o sientes que ya dialoga en igualdad con otras tradiciones literarias?

Encuentro en los poetas indígenas un lenguaje radiante con bellísimas metáforas. Hugo Jamioy, Fredy Chicangana, en Colombia; Mikeas Sánchez, Briceida Cuevas Cob, en México; Humberto Ak´abal, en Guatemala, solo por mencionar algunos, son maestros todos de la palabra. La literatura es una sola, es la temática la que cambia. Poco a poco se hacen visibles y reconocidos autores de origen indígena por su literatura profunda y cargada de musicalidad. 

¿Qué tipo de lecturas les recomiendas a los jóvenes que se inician en el ejercicio de escribir, y qué textos consideras fundamentales para formarse como lectores y escritores? 

Los clásicos son imprescindibles. Iniciar con cuentos y novelas cortas; sin afanes. Beber de la literatura que ha pasado la prueba de los siglos. Hay autores latinoamericanos muy buenos con un manejo extraordinario del lenguaje. Un escritor joven debe leer mucha poesía para darle sonoridad a su narrativa.

Después de tantos libros, viajes y reconocimientos, ¿qué palabra sientes que aún no has escrito y sigue llamándote desde el desierto?

Escribí sobre el primer internado indígena en La Guajira, pero me falta documentar qué pasó después de 1953 cuando por las inundaciones el internado fue trasladado de Pancho, pero ya la cultura occidental había impactado a la nación wayuu.

En contraste, ¿de qué tipo de autores o textos deberían huir quienes empiezan a escribir, aquellos que no enriquecen, empobrecen la mirada o vacían el lenguaje?

Prefiero no responder.

¿Qué es para ti ser wayuu?

Es tener un linaje histórico y un pensamiento de paz. Es concederle inmortalidad al alma y poder a los sueños. Es creer que la vida es sagrada y otorgarle fuerza de ley a la palabra. Pertenecer a la gran nación wayuu es ser solidario y poseer una tierra propia que siempre nos espera.

Por: Fausto Perez Villarreal-Especial para Noticias Coopercom